2. La historia y el hoy
fuente: La storia e l’oggi, en La consegna tradita. Riflessioni sul senso della storia
traducción: María Eugenia Flores Luna

Esta estructura del “no propio” implica la necesidad de enfrentarse con la historicidad no sólo del saber, sino del nuestro mismo pensar, que no es un pensar que ocurre a partir de la nada. Ello es, en cambio, ya un efecto, algo que resulta de una tradición, de un proceso de transmisión histórica, y tomar conciencia de esta estructura generativa de nuestro pensar implica que nuestra relación con el saber no puede más que tener lugar en forma de gratitud, hacia un origen que no deja de producir efectos. En este sentido, «un pensamiento implicado es un pensamiento agradecido, es un pensamiento que se vuelve hacia lo que lo involucra» (Botturi). Nuestra relación al pasado, a la historicidad es pues un volverse hacia nosotros mismos, ya que nosotros mismos resumimos, en nuestras existencias individuales, lo que la tradición ha dejado llegar hasta nosotros. El pasado es algo que ocurre en el momento en que lo acojo, y sólo porque lo acojo se vuelve comprensible (Botto). Por eso el pasado, la historia, es tan interesante: porque comprender el pasado significa comprender hoy a nosotros mismos.
Comprender a nosotros mismos no puede más que significar que hace falta expresar las posibilidades que el pasado nos entrega, aquellas posibilidades que nos han llegado y que viven ahora en nosotros: un “no propio” a la obra en el corazón mismo del presente viviente, un presente dividido y agrietado de aquel “no propio” que es el tiempo y el otro. Este movimiento hacia el origen, que la tradición a menudo ha llamado “conversión”, se configura como una estructura de la razón.
Rémi Brague, en su libro sobre Europa (El futuro del occidente. En el modelo romano la salvación de Europa), dice que la esencia de Europa consiste en su ser bárbara, en el reconocer un origen inagotable y mantener esta diferencia de potencial entre sí misma y los propios orígenes (Maletta). Volverse hacia el pasado significa por consiguiente buscar las potencialidades y las posibilidades para el futuro que ello guarda en sí, las posibilidades que ello nos prepara y nos destina, sabiendo que estas posibilidades se nos revelan sólo a condición de saber implicarse en ellas. La experiencia de ser transformados es, en efecto, una experiencia que ocurre dentro de la historia, la que es, pues, habitada por una alteridad que genera efectos de transformación.
Justo esto hace emerger cómo el problema de la comprensión histórica sea fundamental: si es decapitado, impide pensar en la idea de una verdad viviente. La historia reúne experiencia y verdad. La experiencia te llega en la historia ya estructurada como una verdad. Pero la experiencia misma me llega en la historia. Por eso, volverse hacia la historia no significa olvidar el hoy, sino buscar precisamente el origen y el dinamismo que está actuando en el hoy.
En relación al saber se trata pues de moverse de manera oscilatoria, entre el hoy y la historia, mirando el hoy como lo que nos llega de la tradición, sin ignorar que hay una parte de este mundo de hoy en ruptura con la tradición. Y si esto ocurre es porque se ha olvidado que razón y experiencia son la misma cosa, ya que «es experiencia sólo lo que llega a ser pensado. El pensamiento no puede ser distinto de lo que lo promueve» (Maiocchi): es decir la experiencia nace de un significado ya captado (Dalmasso).
Para llegar a hablar hoy de razón es pues necesario retomar conciencia, de un lado, de la dimensión histórica de la razón, y, del otro, de la historia como movimiento de la razón. Y comprender que también los problemas del hoy, incluso el divorcio entre experiencia y razón, entre historia y vida, y por lo tanto la falta de sentido histórico de las jóvenes generaciones, se arraigan ellos mismos en algo que se ha producido históricamente, que ha ocurrido en la historia.
Esta expectativa y este itinerario hacia el pasado, ¿qué relación pueden instituir con la disciplina histórica y aquéllas a ella conectadas, aquel conjunto de saberes a los que es institucionalmente asignado el estudio del pasado? Hoy percibimos poca sintonía con las grandes disposiciones del ochocientos. De ella no nos convence la obstinación en dar consistencia objetiva casi absoluta a los hechos históricos, extraíbles casi mecánicamente de las fuentes, una vez che haya sido comprobada la autenticidad. Tampoco percibimos como adecuada la convicción de poder ordenar los hechos históricos según un estricto nexo de causalidad evolutiva, creando así jerarquías en las épocas y entre las épocas, en la cumbre de las cuales se colocaría nuestro presente. Más caduco aún nos parece el cuadro de referencia de estos procesos evolutivos, entonces identificado en los distintos Estados nacionales y/o en sus naciones.
De otra parte, no debe ser olvidado que el enorme empeño de aquella historiografía ha creado la base, el casco duro de instrumentación y de datos sobre los que también podemos basar hoy nuestro conocimiento del pasado y nuestra búsqueda de caminos que sentimos más adecuados (sólo para hacer un ejemplo: piensen en cuánto menos sabríamos del pasado medieval si no existieran las colecciones de fuentes reunidas en los diferentes Monumenta Historica).
Aquello que todo el Novecientos historiográfico ha puesto en tela de juicio no es la solidez de toda esta documentación; el número de las fuentes ha sido más bien continuamente incrementado, a consecuencia de la ampliación del espectro de las preguntas con que se interroga el pasado (a la formación estatal se han sumado la economía, la forma de la sociedad, la estructura de las clases, la diferencia de género, la sociedad de masa…). La pregunta crítica más bien ha concernido al modo de entender la validez de los datos ofrecidos por las fuentes, el rol del sujeto en la elaboración del discurso histórico y la profunda insuficiencia de los esquemas generales evolutivos en los cuales insertar los hechos del pasado.
El pasado, efectivamente, se ha mostrado más ingobernable de lo que los históricos positivistas pensaran, increíblemente más rico que los esquemas que se han querido sobreponer a ello. Se ha hecho patente la incapacidad de las historias generales de reunir en un único discurso todos los hechos de un lugar y de una época, de filtrar de un solo modo aquéllas significativas, de situar el pasado en una separación tranquilizadora respecto al presente. Y la relación entre los dos habría tenido que ser gobernada justo por el discurso historiográfico. En cambio el pasado ha desbordado estos filtros, en la experiencia de nuestras sociedades aún antes que nuestra manera de pensarlas.
Hemos asistido al final de las aspiraciones revolucionarias y, hecho fundamental, estamos viviendo una inmensa mezcla migratoria, étnica, cultural. Aquellos de nosotros con más de sesenta años, hemos nacido bajo un cielo y estamos viviendo bajo otro: en el primer cielo estaban los Estados estables con sus sociedades, sus clases, sus contradicciones, mientras en las últimas décadas nos encontramos en nuestro trabajo a pensar en un mundo que parece ser desplazado de la estabilidad a la movilidad, en todos los niveles de la vida religiosa, social, cultural y política. (Guidetti).
Ocuparse de historia significa, pues, tratar de entender lo que está sucediendo ahora, de orientarse en esta enorme mescolanza de todas las cartas, de todos los grupos y posiciones. Y eso quiere decir que la gratitud hacia el origen también es la fatiga o el trabajo de descubrir, en lo que tenemos enfrente, el realizarse de la esperanza de hallar los juicios de aquel origen.
Interrogar a la historia significa entonces, ante todo, partir de un desorientación del hoy. Si no se puede evitar que la historia sea un relato, quiere decir que su crisis es una crisis del sujeto. La historia no se puede arrancar de mí. Para el medieval la forma del comentario es soberana, es la estructura de la quaestio. El problema de la historia coincide, como don Giussani enseñaba, con una estructura de juicio. Fuera del juicio la historia se despedaza rompe, y el juicio se despedaza fuera de la historia.
Hace falta pues empezar a pensar en la historia no como en una opacidad, y tampoco como en una estructura pedregosa, porque la historia son los actos de los hombres (Dalmasso). Los actos de los hombres no son separados de mí, no son objetivables, sino ya están dentro de una elaboración, y es esta elaboración que me impulsa, que me lleva, como un río. El río que me impulsa es el lenguaje y su elaboración. Aficionarse de nuevo a la historia significa, pues, sacar a la luz los hilos que conectan el movimiento de las generaciones, y eso puede ser hecho a partir de un juicio. Se trata es decir de hacer emerger cómo en la historia, en el pasado, sean contenidas nuestras posibilidades de futuro.
Por ejemplo, al muchacho de hoy no le importa nada de aquello que sucedía en el siglo V. ¿Pero por qué? Porque es una curiosidad, porque no es evidente que en aquel punto histórico se jugó el problema de cómo, a través de qué forma es imaginable la comparación y la cohabitación entre culturas diferentes, que allí emergió el problema político de cómo un pueblo pudiera ser capaz de hospedar a otro pueblo: entonces los nudos de la historia son términos en los que de veras pongo a tema, en un juicio, el problema de la cohabitación y de la hospitalidad, para mí, hoy (Dalmasso). Por lo tanto, volver a enfrentarse con la historia significa darse cuenta que no es posible afrontar la historia fuera de un juicio sobre mí, porque decir “historia” es como decir “mi estómago y la circulación de la sangre”.
Del resto, cuando hablamos de tradición se necesita tener presente que las tradiciones nacen y se inventan. También la tradición cristiana se ha sedimentado a través de los siglos. No estaba ya depositada en las Escrituras, sino se ha hecho en el tiempo (Guidetti). Basta pensar en la invención de aquella forma de comunicación cultural, completamente inédita, que ha sido la predicación. La predicación sistemática, hecha para enseñar a todos, para construir un tesoro de conocimiento común, fue una novedad.
Los Padres del IV siglo, que sobresalieron en la predicación, eran hombres formados por los grandes rétores paganos, de los que habían aprendido cómo articular un pensamiento y suscitar emociones, y sin embargo de estas capacidades hacían uso para retomar datos extraños a la tradición clásica: las Sagradas Escrituras y el método hebreo de la interpretación, además de la misma gramática de base de la experiencia de fe. En ello, laboraban tratando de interpretar los problemas concretos de los interlocutores de las ciudades en que hablaban. En este trabajo, que es extremadamente innovador, crean una tradición. Eso nos tiene que sugerir de ver la tradición como una componente dinámica, (Guidetti). En efecto, «acontecimiento es algo que ad-venit, que ocurre, en el sentido que es algo externo que me encuentra y obra un cambio en mí. Este algo se convierte en acontecimiento y sale de la banalidad, adquiere un sentido para mi vida que nunca se perderá. El acontecimiento, así definido, es lo opuesto al cierre. El acontecimiento es tal en cuanto abre. Es luego acontecimiento, en primer lugar, porque ocurre, adviene de lo externo; en segundo lugar, abre porque ocasiona una ruptura, una novedad dentro de la vida de la persona; en tercer lugar, porque permite ver de modo diferente» (Camisasca).
La historia de los hombres, en diversas escalas, es secuencia de acontecimientos de variado alcance, cuya interacción da lugar a cambios de escenarios, en el que se inscriben cada vez nuevos acontecimientos, que determinan todavía novedad, permanencias, transmutaciones. He aquí, entre los tantos posibles, un ejemplo de este dinamismo a la obra en la transformación de la relación entre hechos arquitectónicos, cultura y sociedad. Hoy en Brianza, tierra un tiempo de veraneo para la nobleza milanesa más encumbrada, la gente se identifica con las villas que eran de aquella nobleza exclusiva “una segunda morada”. En estas residencias, en sus jardines, hoy comúnmente parques públicos con especies arbóreas preciosas, la gente reconoce calidades peculiares del propio paisaje. Se conservan y se transmiten edificios nobles y edificios como componentes de una tradición local importante; el fenómeno sin embargo no es caracterizado por continuidad en sentido pleno. Continuidad con la tradición. En la transmisión de factores culturales complejos ocurren, en efecto, desplazamientos de significado. Los nobles, entre el siglo Seiscientos-setecientos y Ochocientos en Brianza, explotaban el territorio, sin grandes intenciones ideales. Pero el patrimonio producido entonces, rico en valores artísticos y culturales en general, no se ha dejado perder, sino es conservado con cuiado, sus contenidos de significado y valor transmigran en el presente para encontrar equilibrios inéditos dentro de nuevos contextos sociales. El pasado, en este proceso, no es leído sencillamente en clave clasista, sino se captan aspectos positivos, preciosos para el presente y el futuro, (por ejemplo se aprecian las calidades artesanales de las producciones de arte, la migración de escuelas artísticas, la introducción de cultivos de Países extra europeos, etc.). Por esta vía el pasado se vuelve amigo, suscita gratitud y estupor por la previsión a largo término de los proyectos por los que ha sido habitado.
La tradición, por otro lado, no es sólo recuperar el origen, también es selección de factores que decido tener vivos y transmitir (Crippa). Si la tradición de las villas nobiliarias en el Norte de Milán ha dado lugar, entre la mitad del Ochocientos y a lo largo del Novecientos, a la construcción de una miríada de casitas por imitación, hoy la gente siente la villa nobiliaria como propia en cuanto manufactura de calidad, depósito de valores artísticos a los cuales han contribuido, con el propio trabajo, campesinos y artesanos del pasado. Surge la necesidad de reconstruir la historia de este mundo campesino y artesano, hasta ahora demasiado olvidado. En la configuración de las tradiciones se anidan problemas de selección también radical, hasta incluso reversiones de significado (un fenómeno elitista puede “volverse” por ejemplo un hecho rico en cultura popular, ser es decir redescubierto como tal). (Crippa).
Justo esta dialéctica de innovación y mirada hacia el origen es la que parece ser quebrada en la conciencia juvenil y popular, en la situación cultural actual. En efecto, a un nivel más interior al sujeto, «falta hoy, en particular en las generaciones de los últimos años, el sentido de la historia, aquélla social y aquélla personal. Más bien, es justo aquí que tenemos que fijar nuestra atención. Falta sobre todo el sentido de la historia personal» (Camisasca). Este olvidarse del sentido de la historia se arraiga en un cierre de la temporalidad personal. En efecto, «para que haya sentido de la propia historia hace falta que la persona sea abierta al pasado y al futuro» (Camisasca).

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