5. Pensamiento científico y religiosidad en la enseñanza
autor: Giuseppe Tanzella-Nitti
fecha: 2009-02-14
fuente: Pensiero scientifico e religiosità nell’insegnamento scolastico: per un progetto educativo aperto all’unità del sapere
(Pensamiento científico y religiosidad en la enseñanza escolar: para un proyecto educativo abierto a la unidad del saber)
traducción: María Eugenia Flores Luna

La relación entre ciencia y religiosidad ha acompañado un poco toda la historia del pensamiento humano y encontramos las huellas sea en la historia que en la reflexión filosófica, así como en el debate cultural también común. El debate entre cultura científica y pensamiento religioso es actual en buena parte de la divulgación científica y en los medios de comunicación, apasionando a vastos estratos de la opinión pública. De aquí la necesidad de que también el mundo de la escuela tenga presente este debate y sepa considerar las tendencias. Ello constituye, más bien, una singular oportunidad para estimular la reflexión y la formación crítica de los estudiantes, para el alcance educativo y cultural de estas temáticas, sin reducirlas al nivel de una mera comparación de opiniones privadas que se tienen en la sala de la propia casa.
Sin embargo, justo por la delicadeza de la temática en cuestión, relación entre ciencias y religión y el carácter público del posible lugar de debate, la escuela, nos impone algunas reflexiones previas. Una de las más importantes concierne a la mediación cultural que este debate experimenta antes de poder llegar a los libros de escuela (aunque les llegue). Se trata de una mediación que posee aspectos ciertamente evidentes, como por ejemplo el carácter impersonal, siempre vencedor y exhaustivo en la interpretación de la realidad con la que es presentada la empresa científica; o aquel de un cierto retraso entre la reflexión filosófica e interdisciplinaria de la que la ciencia actual es objeto y las escasas repercusiones de este debate en los libros de texto; o en fin el modo de presentar las relaciones entre ciencias y religión, todavía centradas en torno a algunas herencias históricas a todos bien conocidos, transmitidas a través del cliché del lugar común, carente, en este último caso, de una preocupación por los criterios de contexto, de integridad o de corrección epistemológica.

Relación entre ciencias naturales y pensamiento religioso. Actualidad y alcance del tema

El detalle de la Capilla Sixtina, La creación de Adán de Miguel Ángel, indicada en la figura 1, propone una imagen hoy bastante conocida, que podría indicarnos una cuestión que vivimos comúnmente; esa concierne a las últimas cuestiones sobre el sentido, sobre el origen y sobre el significado de la vida. Cuestiones que una vez fueron prerrogativa de la filosofía de la religión, transmitidas por el lenguaje filosófico o religioso, pero que hoy son cuestiones que también se hacen en el ámbito científico.

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FIGURA 1
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FIGURA 2

En el dibujo propuesto en la figura 2 hay dos barbudos científicos con el detalle de las manos de la Capilla Sixtina; uno dice al otro: “El telescopio Hubble está mandándonos imágenes extremadamente lejanas de los primeros tiempos del universo”. ¿Cuál es el rol de la iconografía, también respecto a la literatura y a la religión? Porque las imágenes como ésta de la creación de Adán, nos proponen toda una serie de contenidos que son religiosos y teológicos.

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FIGURA 3

Una imagen como aquella de la serie de chimpancés que alcanzan la postura erguida, (figura 3) que es aquella del hombre, evoca una serie de otros contenidos. Si confrontamos esta imagen con la pintura de Miguel Ángel, el problema es, dicho en términos directos, que las dos imágenes son falsas, en el sentido de que las cosas no se han desarrollado de ese modo. La creación de Adán de Miguel Ángel es, en efecto, una representación artística y antropomorfa de Dios Creador, aunque, como todos saben, es una pintura rica de percepciones teológicas: por ejemplo los dos dedos que no se tocan hacen pensar en la autonomía de la criatura, en la transcendencia de Dios con respecto a todo lo que ha creado. Pero el punto es que las cosas no se han desarrollado tampoco en términos de la figura 3, porque en esta serie está detrás un chimpancé, lo que es falso, porque esta especie, evolutivamente, ha llegado después del filum que ha dado origen al homo sapiens. Aquí detrás haría falta poner un pitecántropo, un australopiteco; pero tenemos solamente de estos individuos pocos huesos y es difícil reconstruir precisamente cómo eran. Si metemos, en cambio, un chimpancé, el resultado es mucho mejor iconográficamente, porque al chimpancé lo han visto todos en el zoológico.
El pensamiento científico ha modelado la racionalidad y el modo de pensar de nuestro tiempo y también pues el enfoque del hombre común sobre el tema religioso. Los resultados de las ciencias y sus aplicaciones pragmáticas ejercen un notable atractivo, determinando los criterios corrientes de veracidad. En esto hay un aspecto positivo, porque la ciencia ha mejorado la calidad de vida del hombre, sirve al desarrollo cultural y a la organización de la sociedad; pero también hay un aspecto que pudiéramos definir problemático, aunque el adjetivo no es óptimo: el método científico pragmático, adecuado para el estudio de su objeto específico, que es la realidad mensurable, es visto como único método válido para comprender la entera realidad y como único criterio de conocimiento. Y ésta es la situación en que nosotros nos movemos hoy. Hay, en efecto, una serie de puntos comunes que es difícil desarraigar porque siguen estando fuertemente presentes en nuestra sociedad a propósito de la relación entre ciencia y religión. Iniciamos a examinar algunos.
Una cierta “herencia histórica” lleva a ver en la religión un rol de “freno” al desarrollo del progreso científico, como en el caso de Galileo o Darwin. Existiría una “resistencia” a la novedad, por la dificultad de interpretarla en la visión bíblica del mundo, ya consolidada. De una parte, por tanto, la religión es vista como depositaria de una visión rígida, porque está ligada a textos escritos, donde todo lo que es novedad no es considerado; de la otra se identifica, (erróneamente) la religión o la fe cristiana con la sagrada Escritura leída de modo literal (eso en la teología católica no se ha hecho casi nunca), ignorando la riqueza de la tradición y de la reflexión teológica (riesgo del fundamentalismo). También el nacimiento y el progreso de las ciencias no habrían sido otra cosa que un radical proceso de emancipación, de la (cuando no contra la) filosofía y teología. Se insiste mucho sobre el hecho de que las ciencias se han hecho autónomas de la filosofía y de la teología, y por lo tanto, al fin, han despegado con su método. Y eso es verdad, pero hasta cierto punto. Porque sin un substrato de conocimiento de la realidad, tampoco las ciencias podrían hacer su labor e históricamente no es verdad que haya habido un proceso de exclusiva emancipación. Pensemos en los antecedentes que hoy la filosofía sigue dando a la ciencia: por ejemplo que exista una racionalidad de la naturaleza, que existan principios de deducción, que se logren deducir de las propiedades universales mirando propiedades que son locales, el principio de causalidad, toda una serie de principios lógicos y a veces también ontológicos que le permiten al hombre de ciencia hacer ciencia. Una ciencia que se emancipara de la filosofía no podría hacer su trabajo.
Otro punto común es que la religión respondería a los porqués y la ciencia solamente a los cómo. La verdadera ciencia, en cambio, se ocupa, y cómo, de los porqués: ella es un scire por causas. Toda nuestra ciencia funciona con los porqués, la ciencia consiste en poner a la naturaleza los porqués que cuestan energías, dinero, tiempo, recursos. El punto es que hace falta ayudar a reconocer muchos niveles de porqués. Existen unos porqués que hacen parte de la filosofía y luego hay porqués a los que tampoco la filosofía logra dar una respuesta exhaustiva. Entonces se requiere un horizonte más grande que debe abrirse a una palabra que nos llegue de lo alto, y por lo tanto la teología con la revelación.
Todavía se piensa que el diálogo entre ciencias y teología sería favorecido por una religión siempre dispuesta a renunciar a sus dogmas, y de un conocimiento científico considerado sólo provisional, basado únicamente en modelos convencionales, incapaz de alcanzar verdad de carácter irreformable. A primera vista este estado de cosas podría parecer útil y más favorable al diálogo, porque sea la ciencia que la religión, renunciando a sus dogmas, serían menos ciertas de sus resultados y dialogarían más fácilmente. En realidad el diálogo no se basa en eso. Dialogan bien teología y ciencias si tienen la capacidad de sustentar lo que dicen con una verdad que de algún modo tenga su raíz en el ser de las cosas y por lo tanto sea de acceso tanto al filósofo, cuanto al teólogo y al científico.
Aún la religión, irracional, se ocuparía de una esfera totalmente subjetiva, concerniente a valores privados y a un conocimiento no comunicable, mientras la ciencia, racional, concerniría a un saber comunicable, de ámbito objetivo y universal. Se dice a menudo: si van a Nueva York o a nueva Delhi, y le preguntan a la primera persona que pasa “¿quién es tu Dios?”, cada uno contestará de modo diferente; si preguntan en cambio “¿cuál es la composición de la molécula del agua?” todos contestarían: “H2O”. Entonces, se concluye, la ciencia es comunicable, tiene la capacidad de dialogar con todos, la religión no. Pero si luego nosotros preguntamos si el sentido de la vida y de la muerte es significativo, les dirán todos que sí. Si preguntamos si han pensado alguna vez en lo que hace bien y en lo que hace mal, les contestarán que, al menos alguna vez, lo han pensado. Si preguntamos si el ser humano tiene de algún modo una valencia suya, responderán que sí. Luego sobre los grandes temas de la existencia hay una unidad entre los pueblos y las culturas muy grandes y los grandes temas emergen con fuerza en todo lugar.
Otro lugar común es que debería ser superada la visión tradicional del hombre como “ser superior”, porque la persona humana sería sólo y exclusivamente un animal, con precisas consecuencias en campo ético. Los comportamientos humanos deberían ser interpretados hoy en esta óptica de reduccionismo antropológico mucho más difundido que el reduccionismo epistemológico.
Baste ver las transmisiones científicas que se ocupan de los comportamientos de los animales, que vienen siempre puestos en paralelo con los comportamientos del hombre, buscando una justificación al porqué haya aquellos comportamientos humanos en la naturaleza animal.
Existe sin embargo otro aspecto de esta meditación, menos evidente que aquellos precedentes, sobre el que merece la pena detenerse brevemente. El modo con que los grandes temas de la existencia humana están presentes en la enseñanza escolar - quién soy, de dónde vengo, adónde voy, para usar una formula convencional pero siempre útil -, este modo concierne esencialmente a las oportunidades ofrecidas por las disciplinas humanísticas, como por ejemplo la literatura o la filosofía. Tales disciplinas acercan al alumno a las diferentes visiones del mundo y del hombre de los varios autores y unidas a las varias etapas de la historia. Otras materias, como por ejemplo la historia del arte o la historia política, pueden acercarse a eso a veces, aunque de manera indirecta. Aquello que todos, o casi todos, dan en cambio por descontado es que materias de carácter científico como la química, la física, las matemáticas o la biología, no tengan que contestar a ninguna visión particular del mundo o de la persona, por motivo de la naturaleza objetiva e impersonal de su método. El esquema clásico que se somete a este juicio es la división entre ciencias del espíritu (o ciencias humanas) y ciencias naturales impuestas en la pedagogía en occidente a partir de Dilthey (1833-1911), pero cuyas bases filosóficas están ciertamente presentes ya mucho antes en Kant.
Este estado de cosas asume el carácter de una mediación cultural implícita, escondida. El hecho de que el cielo bajo el cual Giacomo Leopardi componía los versos de su poesía Canto nocturno de un pastor errante de Asia sea igual y el mismo cielo objeto de la astronomía y de la física; o bien el hecho de que aquella persona humana del cual un autor como Pirandello ha así bien expresado toda la riqueza psicológica sea el mismo hombre cuyas funciones vitales la biología interpreta y analiza, son cosas que aparecen, a los ojos de los estudiantes, y quizás de no pocos profesores, del todo secundarias, prácticamente accidentales. Si luego dijéramos que aquella noción de universo que nos presenta la física y aquella noción de ser humano que nos presenta la biología no son neutrales ni objetivantes, sino contienen tácitamente una precisa visión filosófica de qué sea el universo y de qué sea la persona humana, vale decir responden también ellos, a su modo y con su lenguaje, a aquel «quién soy, de dónde vengo y adónde voy», entonces la sorpresa todavía crecería.
No es mi intención desarrollar en esta sede las implicaciones de tal fragmentación o, si se prefiere, de estos interrogantes, sino solamente señalar la presencia de una mediación indirecta en la presentación de la relación entre cultura científica y pensamiento sapiencial o religioso. El mismo pensamiento científico es transmitido en su dimensión pragmática, siempre vencedor, abstrayendo de su dimensión humana, de sus resonancias filosóficas, personales o hasta religiosas, ignorando que pueda o haya podido tener alguna de esas. Emerge entonces una visión fragmentada del conocimiento y de la misma cultura, no excluyendo una cierta conflictividad entre las exigencias de la ciencia y las reflexiones de la sabiduría, mientras al pensamiento religioso no le es asignado ningún rol que unifica estas diferentes visiones. Si una cierta unidad fuera alguna vez posible, cada uno la encontrará por su cuenta, pero la historia de la humanidad no tendría nada que enseñarme acerca de eso, visto que no encuentro huella de ello en los libros de escuela.

Cultura de inspiración cristiana y proyectos de formación escolar

Interrogarse sobre la relación que podría establecerse entre pensamiento científico y pensamiento religioso en el contexto de un programa de formación escolar implica estar en primer lugar consciente de que el cristianismo es depositario de una precisa visión del hombre, del mundo y de la historia. Pertenecen al núcleo de esta visión: a) la concepción del ser humano como imagen y semejanza de Dios, creado para conocer y dialogar con su Creador, con la tarea de custodiar y humanizar la tierra que le ha sido confiada; b) una comprensión del mundo como creación o bien efecto de una palabra creadora, personal, racional, o bien un mundo que ha tenido un origen y es guiado de modo providente por su Creador hacia el cumplimiento de su objetivo; c) la convicción de que la historia del hombre y de su cultura sea un camino caracterizado por la aparición de cuestiones filosóficas, existenciales y por tanto religiosas, cuestiones que se manifiestan en el arte, en la literatura, en el deseo de conocer la realidad, y en las varias formas y actividad con que se ha expresado a lo largo de los siglos y continúa hoy expresándose el espíritu humano.
El cristianismo iría por tanto considerado como fuente de una cultura que involucra muchos campos del saber humano y dialoga con ellos. Todavía más, los mismos campos del saber humano tienen la capacidad de mostrar una abertura hacia cuestiones para las que el cristianismo posee una respuesta. Tarea de un profesor y, en línea todavía más general, tarea de cada educador de inspiración cristiana debería ser aquella de saber expresar estas cuestiones y enseñar, en el respeto de la autonomía y del método propio de las diversas disciplinas, cuáles son las respuestas ofrecidas por la Revelación y por la tradición del pensamiento cristiano

Cada proyecto educativo tiene en su centro a la persona. Tales cuestiones son siempre cuestiones de la persona, cuando ella se acerca a la realidad a través del estudio de las varias disciplinas; no son cuestiones puestas por las varias disciplinas en cuanto ámbitos de saber aislados. Pensemos en las cuestiones sobre el origen y sobre el todo (origen del cosmos, de la vida y del hombre); o en aquellas sobre el sentido del mundo y de la historia (sentido de la historia entre libertad y necesidad, sentido de la evolución biológica entre causalidad y finalismo); la cuestión sobre el significado del progreso (humano, científico, tecnológico, económico), y sobre cómo establecer las relaciones entre el hombre y la naturaleza (¿cuál es el verdadero lugar del hombre en el cosmos?); las cuestiones sobre el porqué del orden, de la racionalidad o de la belleza de la naturaleza, sobre los sentimientos de estupor suscitados en quien la estudia; las cuestiones supremas sobre el sufrimiento, sobre la vida y la muerte, cómo ellas surgen no sólo en las disciplinas humanísticas, sino también en aquellas científicas. Un profesor que acepte el reto de esta perspectiva interdisciplinaria, necesariamente deberá ponerse en el horizonte de una “unidad" del saber”. Tendrá que proponerse no presentar los diferentes campos del conocimiento como sectores aislados, sino más bien: a) saber enseñar la unidad a la que tiende la experiencia intelectual de quienquiera, científico o literado, histórico o poeta, se pone frente a la realidad para estudiarla y darle voz; b) creer que cierta síntesis y cierta unidad puedan ser también realizadas en el estudiante como fin del proyecto educativo. Cualquier reflexión sobre cuál pueda ser el diálogo entre ciencia y religión en un contexto escolar no puede prescindir de esta perspectiva personalista y de esta tensión positiva hacia la interdisciplinariedad y la unidad del saber.
¿Quiénes son los sujetos y cuáles son los contenidos de este diálogo? Sujeto del diálogo necesariamente son los docentes y los estudiantes, cuyas relaciones recíprocas deberían sin embargo reproducir los cánones de una relación entre maestro y discípulo o bien una relación en la que se logren comunicar no sólo los contenidos de una disciplina, sino también la visión de la vida y las motivaciones que acompañan a quien la expone y a quien la estudia. En línea general, y en un contexto escolar de modo particular, sujetos del diálogo son primero las personas, luego las disciplinas. A las preguntas suscitadas por las ciencias no se puede pedir que respondan los libros de filosofía o religión: deberían hacerlo en primer lugar los profesores, aunque su síntesis cultural y existencial resultara todavía incompleta, porque ya estarían transmitiéndoles a sus estudiantes la importancia de buscarla como resultado de un camino personal, laborioso y de compromiso.
Acerca de la importancia de tenerse que confrontar con el pensamiento científico, resulta de interés, para los profesores, reexaminar algunos principios de la constitución
Gaudium et spes del Concilio Vaticano II (1965):

« La transformación de las condiciones de vida está vinculada a una revolución global más amplia, que da creciente importancia, en la formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y a las que tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la técnica y a las ciencias de ella derivadas. El espíritu científico modifica profundamente el ambiente cultural y las maneras de pensar. La técnica con sus avances está transformando la faz de la tierra e intenta ya la conquista de los espacios interplanetarios.» (n. 5)

« Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales, debido a su método, no pueden penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas, puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el método de investigación usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla suprema para hallar toda la verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre, confiado con exceso en los inventos actuales, crea que se basta a sí mismo y deje de buscar ya cosas más altas. Sin embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos necesarios de la cultura contemporánea ni deben hacernos caer en la tentación de no reconocer los valores positivos de ésta. Entre tales valores se cuentan: el estudio de las ciencias y la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones científicas, la necesidad de trabajar conjuntamente en equipos técnicos, el sentido de la solidaridad internacional, la conciencia cada vez más intensa de la responsabilidad de los peritos para la ayuda y la protección de los hombres, la voluntad de lograr condiciones de vida más aceptables para todos, singularmente para los que padecen privación de responsabilidad o indigencia cultural. » (n. 57).

La doctrina contenida en estas páginas conciliares podría resumirse así. El pensamiento científico ha “modelado” la racionalidad y el modo de pensar de nuestro tiempo y, además, sus resultados y sus aplicaciones pragmáticas ejercen un notable atractivo. En esta influencia existe un aspecto sin duda positivo, porque la ciencia ha mejorado la calidad de vida del hombre y sirve al desarrollo cultural y a la organización social; no va sin embargo descuidado un aspecto negativo, porque el método científico, adecuado para el estudio de su objeto específico (la realidad mensurable) puede ser erróneamente comprendido como único método válido para comprender la entera realidad y como único criterio de verdad

Situación actual del diálogo entre ciencia y religión en el debate de la opinión pública

Una mirada a la cultura contemporánea y al debate de la opinión pública muestra fácilmente que, con respecto a la primera mitad del Novecientos, y en todo caso en las últimas décadas, existen hoy cambios sustanciales en la relación entre teología y ciencias naturales.
Cuestiones filosóficas de cierto relieve (sobre el origen y sobre el destino del universo, sobre la naturaleza y sobre el sentido de la vida, sobre el rol del hombre en el cosmos, etc.) descuidadas por los filósofos de la segunda mitad del siglo XX, parecen suscitar hoy principalmente el interés de los científicos. Y cada vez más frecuente asistimos a forum de científicos al que son invitados también a hablar filósofos y a veces hasta algún teólogo, mientras asociaciones profesionales de prestigio, (por ejemplo la American Association for the Advancement of Science, AAAS), o revistas científicas internacionales (Nature Science) hospedan a menudo debates sobre la relación entre ciencia y sociedad y, en su interior, afrontan aquella con la filosofía y religión. En universidades de prestigio como Chicago, Princeton, Berkeley, Oxford o Cambridge, están hoy presentes cátedras de Religion and Science o se imparten programas post-grado a nivel universitario sobre estas mismas temáticas.
Basta entrar en una librería para darse cuenta del gran número de libros que afrontan algunos problemas de actualidad por la simultánea perspectiva de las ciencias, de la filosofía y de la teología, o aún más explícitamente, libros de divulgación científica que llevan el término “Dios” en el título de la portada. En buena parte de los casos, una mirada a estos textos enseña que la ciencia parece revaluar formas de racionalidad desde siempre más cercanas a las materias humanísticas como la racionalidad analógica, simbólica, estética, mostrando una mayor sensibilidad hacia formas de saber no formalizables, como la tradición, el testimonio, la intuición, la empatía, etc. Además, sobre temas centrales para el futuro del planeta y de la misma comunidad humana, se advierte la exigencia de una reflexión de carácter ético sobre los problemas puestos por las ciencias. Completa el panorama, la existencia, en la “aldea global”, de numerosos sitios web dedicados a la religión y a sus relaciones con las ciencias.
Surge por tanto una nueva pregunta: ¿por qué algo ha cambiado en estas relaciones? Creemos que eso sea debido a muchos factores, que esquemáticamente exponemos aquí.
En primer lugar, hemos asistido a la superación de la pretensión de autorreferencialidad de la empresa lógico-matemática deseada por el neopositivismo lógico.
Es un poco como si hubiera sido un “despertar” del prefijo meta. La lógica y la matemáticas han llegado a algunos resultados de cierto relieve interdisciplinario, que han abierto un nuevo espacio al diálogo con la filosofía: existen nociones de infinito que no pertenecen a la matemáticas (Cantor); han sido localizados teoremas de insuficiencia de los sistemas axiomáticos (Gödel); se ha destacado la necesidad de metalenguajes y la imposibilidad de obtener una definición de todos los enunciados verdaderos de un sistema (Tarski); se han reconocido los límites de cada operación lógica automatizada (procedimiento efectivamente calculable) y la incapacidad de “juzgar desde fuera” el proceso lógico-matemático (Turing); además, se ha reconocido la necesidad de una trascendencia del lenguaje formal, acogida esta vez desde el interno de la filosofía del lenguaje (Wittgenstein y las nuevas corrientes de filosofía analítica de él derivadas).
Siempre desde el punto de vista epistemológico, múltiples factores localizados dentro de la empresa científica, y no impuestos externamente por la filosofía, han conducido al abandono del mecanicismo determinista, como tentativa de comprensión exhaustiva de lo real, haciendo sí que buena parte de la ciencia renunciara al reduccionismo ontológico como salida del reduccionismo metodológico. Este resultado ha sido debido, principalmente a la reflexión sobre las implicaciones filosóficas emergidas en algunos ámbitos de las ciencias: el descubrimiento de la imprevisibilidad matemática de muchos fenómenos, sustancialmente aquellos descriptibles con ecuaciones diferenciales de segundo orden (Henri Poincaré); el abandono del mecanicismo determinista debido a la moderna física cuántica (Werner Heisenberg); la termodinámica de los sistemas de no equilibrio y la emergencia de la complejidad (Ilya Prigogine); el progresivo imponerse de enfoques holísticos y teleonómicos en biología, con el consiguiente descubrimiento de los conceptos de forma e de información (el todo es mayor que la suma de las partes, etc.).
En sustancia, parece que el pensamiento científico hoy haya percibido la existencia de problemas de insuficiencia, lógica o bien ontológica, y su incapacidad de reconducir a un monismo deductivo algunas relaciones irreducibles, como por ejemplo aquellas entre: topología y leyes de naturaleza en cosmología; sintaxis y semántica en la inteligencia artificial; información genética y estructura celular en biología; entre mente y cuerpo en el estudio del cerebro, etc. Desde el punto de vista, luego, del sujeto que hace ciencia, podemos recibir hoy la superación de la idea de conocimiento científico como totalmente impersonal y objetivante, superación debida, entre otras cosas, a las importantes reflexiones de Michael Polanyi sobre la dimensión personal e implícita del conocimiento científico. Aunque la imagen de las ciencias mediada por la divulgación científica no tenga en cuenta siempre estos resultados, de hecho ellos han favorecido una mayor abertura de las ciencias hacia otras formas del saber o de visiones de la realidad, incluida la reflexión sapiencial y la misma religión.
Un importante factor de aproximación ha sido el descubrimiento, de parte de la historiografía del Novecientos, de las raíces cristianas de numerosas ideas filosóficas que han favorecido sucesivamente el desarrollo del pensamiento científico. Autores de relieve con respecto a eso han sido: P. Duhem (Système du Monde, 1913), A. Koyré (estudioso de las relaciones entre pensamiento medieval y desarrollo de las ciencias), A. Crombie (estudios sobre la historia de la ciencia), S. Jaki (influjo histórico del pensamiento cristiano en las ciencias), y aún A.N Whitehead, O. Pedersen, T. Torrance, etc.
Va en fin señalado que ha habido también cierto cambio en la actitud de la teología respecto a los resultados de las ciencias: éstos ya no son vistos como “fuente de problemas”, sino se subraya ahora también su importancia por la labor teológica. Un cambio, esto, debido sobre todo al Concilio Vaticano II (Gaudium et spes) y al magisterio de Juan Pablo II. Se consideren acerca de esto los siguientes textos:

« La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia.» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 44)

« Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas. Por otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época. » (Ibídem, 62).

«Los desarrollos actuales de la ciencia provocan a la teología mucho más intensamente que lo hizo en el siglo XIII la introducción de Aristóteles en la Europa occidental. Además estos desarrollos ofrecen a la teología un recurso potencial importante. Justo como la filosofía aristotélica, por medio de eminentes estudiosos como santo Tomás de Aquino, logró por fin dar forma a algunas de las más profundas expresiones de la doctrina teológica, ¿por qué no podríamos esperar que las ciencias de hoy, junto a todas las formas del saber humano, puedan corroborar y dar forma a aquellas partes de la teología con respecto a las relaciones entre naturaleza, humanidad y Dios?» (Juan Pablo II, Carta al Director del Observatorio Vaticano, 1.6.1988)

Reflexiones conclusivas

Señalamos, para terminar, que laicidad y autonomía de la ciencia no impiden que las dimensiones interdisciplinarias y las aberturas filosófico-religiosas de la ciencia contemporánea también sean impartidas en el contexto de la formación escolar. El hecho de que el debate entre cultura científica y pensamiento religioso haya acompañado buena parte de la historia cultural del occidente y continúe estando hoy presente en la divulgación científica y en los medios de comunicación sugiere que ello también encuentre espacio en el mundo de la escuela, valorizando las resonancias interdisciplinarias de las ciencias, de la filosofía y, ¿por qué no?, también de la religión. Un docente que se acerque al estudio de estas relaciones sin preconceptos, pero con el deseo de entender, encontraría una singular oportunidad para estimular la reflexión y la formación crítica de los estudiantes. Y eso es posible no sólo a partir de las disciplinas humanísticas como la historia o la filosofía, sino también, como hemos visto, a partir de las ciencias. Más bien, un primer paso propedéutico a la comparación con la religión y con la fe cristiana es representado precisamente por el operar un mayor enlace entre ciencias humanas y ciencias naturales. Cuando se asume una radical división entre ellas, de un lado las ciencias del espíritu (el hombre y sus problemas existenciales), del otro las ciencias de la naturaleza (el mundo objetivo bajo los ojos de todos), se acaba implícitamente con el sancionar, como recordábamos al iniciar, la negación de cualquier unión entre el cielo bajo el cual Giacomo Leopardi componía los versos de su Canto nocturno de un pastor errante de Asia y el cielo objeto de la astronomía y de la física; o creer que por un término como “infinito”, sería completamente accidental que ello comparezca sea en los versos del poeta de Recanati, sea en la teoría de conjuntos de Cantor.
¿El estudio científico del universo o de la persona humana, considerado objetivo y existencialmente neutro, no es quizás, como hemos visto, capaz de suscitar cuestiones existenciales o hasta religiosas? Tales cuestiones, por el hecho de ser humanas, pertenecen también ésas al ámbito del saber científico, en el sentido que ellas pueden nacer, y de hecho nacen, también de una reflexión sobre las ciencias. Cuando en una presentación científica (especialmente si es de tipo divulgativo o escolar) no se aclara esta dimensión, en realidad se está proveyendo tácitamente una precisa visión filosófica de qué sea el universo y de qué sea la persona humana. A su modo y con su lenguaje, la ciencia ha ya muchas veces respondido, sin decirlo, a aquel «quién soy, de dónde vengo y adónde voy».

Cuando el pensamiento científico sólo es transmitido en su dimensión pragmática, abstrayendo de su dimensión humana, de sus resonancias filosóficas o también religiosas, ignorando que pueda o haya podido tener alguna, derivan inevitables consecuencias. No sólo la cultura, sino también la persona se fragmenta, y emergen dolorosas conflictividades entre las supuestas exigencias de la ciencia y las reflexiones de la sabiduría, entre la ética y la técnica, entre progreso humano y progreso científico. Si bien una cierta unidad fuera posible, cada uno debería encontrarla entonces por su cuenta, pero la historia de la humanidad no tendría nada que enseñarme acerca de eso, y por tanto tampoco la escuela. Una de las principales tareas de quien enseña religión en un contexto escolar es enseñar, en cambio, que una parecida síntesis interesa al entero terreno de la historia del pensamiento, en sus dimensiones públicas y culturales, y que la Revelación cristiana posee elementos de gran valor para hacerla posible. La escuela es sin duda el lugar privilegiado donde este desafío debería ser acogido, enseñando que la unidad del saber no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe, como testimonian estas dos citas:

“A nuestra entrada en un nuevo siglo probablemente destinado a ser dominado por formidables progresos científicos y tecnológicos, la necesidad de una guía espiritual será más fuerte que nunca. La ciencia sola no puede proveer adecuadamente a nuestras necesidades espirituales, pero cualquier religión que se niegue a abrazar los descubrimientos científicos difícilmente sobrevivirá en el siglo XXII”
P. Davies, //Science and Religion in the XXI Century (2000), DISF, p. 2286.

“La realidad es una unidad de muchos niveles.
Puedo percibir a otra persona como un agregado de átomos, pero también como un sistema bioquímico abierto en interacción con el ambiente, o como un ejemplar de Homo sapiens, como un objeto de belleza, o como alguien cuyas necesidades merecen mi respeto y mi compasión, o en fin como un hermano por el cual Cristo ha muerto.
Todos estos aspectos son verdaderos y coexisten de manera misteriosa en aquella-única persona. Si negara uno de ellos, significaría que disminuyo sea a aquella persona sea a mí mismo, que intento entenderla; significaría no hacer justicia a la riqueza de la realidad”.
John Polkinghorne, Reduccionismo, en DISF, vol II, pp. 1236-1236.

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