Alain Finkielkraut A La Raiz De La Ideologia
autor: Massimo Marucci
fuente: Alain Finkielkraut: alla radice dell'ideologia
traducción: María Eugenia Flores Luna

"Creo de haber entendido el mecanismo fundamental de la ideología". Durante una conferencia milanesa suya, es Alain Finkielkraut, un gran pensador francés, que enseña Filosofía en la École Polytechnique de París, a "osar" esta afirmación sugestiva; la tarea que se propone es ardua, pero para él urgente y apasionante: tratar de coger, a través de la comparación entre utopía y realidad, la fuente de la cual mana la ideología. La ideología no ha muerto con el final de la Guerra Fría, ni con la caída de los grandes regímenes totalitarios: al contrario, sobrevive, más o menos sutilmente, porque aún muy vivo es su manar teórico. El profesor francés propone algunos factores latu sensu filosóficos que, a su modo de ver, están a la raíz de la tendencia a hacer política, una política ideológica. Ante todo se vuelve a llamar a Rousseau, y a su doctrina según la cual el mal tiene un origen esencialmente histórico-social: "Odio la servidumbre como fuente de la desgracia humana" afirmaba el filósofo francés. Existe un crimen original que está al inicio de todos los males, más bien que determina todos los males y todos los crímenes particulares. Aquí entra en juego el segundo punto filosófico, que es el principio de razón suficiente de Leibniz. Según la conocida teoría leibniziana, si un evento ocurre, quiere decir que existen razones adecuadas y suficientes para que ello ocurra. No estamos frente a una tautología, sino a un verdadero y propio determinismo: todos los eventos del universo, y también pues las acciones humanas, son atribuidas a una serie de causas necesarias que las han determinado. El ejemplo de Finkielkraut es el más evidente, pero al mismo tiempo conmueve la lucidez con que él lee la actualidad teniendo la capacidad de describirla antes de interpretarla, de describirla en sus dinámicas. Se trata de los EE.UU. después del Once de septiembre, un evento que enseguida ha suscitado desconcierto y estupor en todo el mundo. Pero pronto el estupor ha cesado, y la gente ha iniciado a hablar de lo que había ocurrido en América en términos diferentes. Los Estados Unidos - se ha iniciado a decir - eran culpables de su propia potencia. En otras palabras: la razón de las cosas, que de toda premisa trae la necesaria consecuencia, ha hecho que esta superpotencia, culpable originalmente de ser precisamente tal, haya tenido la justa pena por la propia culpa. Y quien le ha infligido esta pena, ha en cierto sentido aplicado el principio de Razón, se ha hecho intérprete de lo que "estaba escrito" en la historia. He aquí la ideología en acción: a partir de un principio teórico, las víctimas se convierten en culpables, y los responsables se convierten en víctimas. Este principio determinista, junto a aquel rousseaniano del crimen originario, determina un modo de relacionarse a lo que sucede en el mundo, precisamente ideológico. En efecto la humanidad está dividida en dos grandes categorías, que sin embargo no encuentran alguna razón de ser en la realidad: quien actúa y quien reacciona. Los destinos de estas dos categorías de hombres son muy diferentes. Quien actúa, en efecto, actúa por su voluntad, y es pues responsable de lo que hace. Se podría decir, siempre con Finkielkraut, que actúa según un principio de razón insuficiente: actúa es decir sin ser determinado, en lo que hace, por una cadena de causas que solas son capaces de explicar y agotar su acción. Su acción resulta pues por último irreducible a cualquier explicación determinista; es una acción libre y, en cuanto tal, susceptible de responsabilidad moral. Muy diferente es la suerte de quien reacciona: éste, en efecto, actúa según el principio de razón suficiente (o principio de Razón), por lo cual, cualquier cosa que haga, será siempre inocente, en cuanto la verdadera causa de sus acciones no reside en él, sino fuera de él, en aquellas que genéricamente podemos llamar "circunstancias". De esta categoría se vale la sociología moderna, que trata de explicar los comportamientos humanos partiendo de las circunstancias que los determinan a actuar. Y aquí Finkielkraut no ahorra una conocida polémica, y recuerda como a menudo, en su patria como en otros lugares, se haya dado el caso siguiente: de hablar, frente a la violencia en términos sociológicos, indagando a fondo las causas externas que pueden llevar a un hombre a cumplir actos inadecuados; y de manifestar en cambio con desdén una "indignación moral" frente a un fascista o a un racista. Más allá de lo correcto o no de los respectivos juicios, parece evidente a nuestro intelecto un mecanismo en la obra que se agrega a la realidad, colorando ahora en un modo ahora en otro según la arbitrariedad de quien tira las riendas de la opinión pública. Alrededor de este recorrido teórico, Finkielkraut pone numerosos ejemplos de actualidad, que van desde la situación francesa al horizonte internacional. Sobre esta división ideológica entre quien actúa y quien reacciona, entre quien es culpable y quien justamente se rebela, está el caso del antisemitismo en Francia: Francia es por definición una nación antisemita; ahora bien, justo en estos tiempos se asiste a una nueva oleada de antisemitismo, que sin embargo no es considerada como imputable al dominio de los "culpables". Los antisemitas hacen parte de los que reaccionan; ellos, excluidos y marginados, víctimas de sus mismas condiciones, y sobre todo víctimas de aquel crimen original que los hace absolutamente no responsables de sus crímenes particulares. Sobre este alejamiento de la justicia de la realidad, sobre esta impostación del crimen fuera de la historia concreta, Finkielkraut se pronuncia duramente acerca del Tribunal Penal Internacional. Según él, tal institución, teniendo la tarea de juzgar crímenes sin prescripción, se sustraería al dominio del tiempo, trasladando la administración de la justicia a un nivel casi divino. A un derecho universal, parece decir, prefiere en cambio una política real para la humanidad. Y cita el caso de Croacia, un país que en los últimos años estaba teniendo una abertura democrática, hasta cuando el Tribunal Penal, pidiendo la extradición de un nazi de 83 años, ha hecho que se despertase el sentimiento nacionalista. Finkielkraut, hijo de una familia hebrea marcada por el drama de Auschwitz, habla también del conflicto entre Israel y Palestina; no cumple un análisis de la situación, ni toma explícitamente partido por una o por otra parte. Sólo muestra, una vez más, el mecanismo de la ideología en acción. En este caso, por ejemplo, la Memoria, la muy invocada Memoria, se vuelve contra Israel. Cita un juicio de una periodista italiana que acusaba a Israel de haber sido el único país a no haber hecho el mea culpa después de la Segunda Guerra Mundial. De aquí, según la férrea lógica de la ideología, derivaría la violencia extrema de los Israelitas. El profesor francés también habla de la posible guerra contra Irak, y de la perplejidad frente a ella, frente a la debilidad de ciertos argumentos pacifistas, frente a la extrañeza de la situación medioriental. Arabia Saudí, por ejemplo. Es el único país del mundo en cuyo nombre comparece el nombre de la familia gobernante; sin embargo, según los Estados Unidos, se trata de un país absolutamente moderado. Y no es el único punto de incertidumbre alrededor de América: ésta, sola, querría reconstruir el Medio Oriente, además con sus medios, invirtiendo una posible guerra de razones morales que en cambio no tienen que ser tales. Razones sí las hay, en efecto, éstas no son morales. Hay en medio un pueblo, por ejemplo; y las manifestaciones a favor del pueblo iraquí, y entonces contra la guerra, según Finkielkraut no tienen en cuenta el hecho de que justo no hacer la guerra significaría abandonar este pueblo a sí mismo. Y es justo sobre este tema que el profesor hace su declaración de pesimismo. Por cuanto concierne a la guerra, ello se traduce en un "no a la guerra, mas con la muerte en el corazón". Pero más en general, una mirada pesimista respecto a la realidad histórica parecería ser la única posibilidad respecto al avanzar de la ideología. Sin embargo, poco antes Finkielkraut había contestado de modo diferente a una pregunta que demandaba si una esperanza todavía es posible, y cuál es el lugar de la esperanza. Había retomado la categoría del acontecimiento, que es por excelencia el lugar en que la realidad huye del control del hombre. Vivimos en un mundo - decía - donde el hombre tiene el deseo de dominar la realidad, en cierto sentido de producirla él mismo, para poder controlarla mejor. Con una implícita seña a la visión hegeliana de la realidad, real y racional vienen así a coincidir. Todo lo que ocurre, y en cuanto tal es dado, viene siempre puesto más a los márgenes, para hacer espacio a lo que es producido. La tecnología, también en su versión biológica, está empapada por este espíritu. Al contrario es justo en el acontecimiento que nuestra esperanza va repuesta, en aquello que nos es dado; en aquello que, independientemente de nosotros, nos es dado. Hannah Arendt usaba como paradigma de la gratuidad en el darse de la realidad la figura del nacimiento. El nacimiento es el paradigma ontológico del evento: "¡Un niño ha nacido por nosotros!" Un nacimiento es un milagro, y el milagro es lo que puede vencer a la utopía. Es siempre Finkielkraut que habla, pero la pasión de estas palabras parece traspasar su "método" pesimista muchas veces manifestado. De hecho, su labor no es sólo una labor de crítica, de crítica de la ideología y la utopía. De otro modo sería fin a sí mismo. En cambio, a través de esta crítica, se percibe que su deseo es construir algo, una cultura nueva, que llegue a aquel punto de la razón en que, si es verdad que la realidad nos viene al encuentro con gratuidad, la última palabra frente al hecho humano puede ser sólo… gratitud.

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