Alain Finkielkraut - ¿A qué sirven hoy poetas y novelistas?
autor: Alain Finkielkraut
fecha: 2015-02-01
fuente: A cosa servono oggi poeti e romanzieri?
Publicado en el n. #5 del 02/2015 de Lineatempo
traducción: María Eugenia Flores Luna

Tomado, por gentil concesión del editor, de la Segunda Lección. Las dos culturas, capítulo 6 del volumen de Alain Finkielkraut, Noi, i moderni (Nosotros, los modernos), trad. it. Lindau, Turín, 2006 (ed, or. 2005), pp. 129-140.

A principio de 1989, la revista francesa «Le Débat» envía a algunos grandes poetas una especie de cuestionario de crisis. Partiendo de la constatación de que la poesía, como tal, ya no tenía la presencia social o interés público que tuvo lugar en Francia después de la guerra, los editores de la revista preguntaban a sus consultores, a los mismos expertos, cómo explicaban las causas de una tal situación, si se trataba según ellos de un eclipse momentáneo o definitivo y, por último, si estaban de acuerdo al interpretarla no como un evento fortuito de la historia literaria, sino como una ruptura en la tradición y en la sociedad, ruptura que afectaba a una parte esencial de nuestra identidad.

Aquello que sucede en la literatura con la erosión de la tradición poética – responde en sustancia Yves Bonnefoy – sucede también en la humanidad. Para el autor y su destinatario, de hecho, el poema nace en efecto de una actitud humana fundamental: el asenso a lo que existe. En toda simplicidad, sin esconderse detrás de expresiones decorativas, Bonnefoy habla de «instintiva solidaridad entre poesía y naturaleza».

Y tiene razón al desafiar con estas cándidas palabras, la desconfianza ambiental hacia las ideas de naturaleza y de instinto. Aquella solidaridad existe. El instinto insiste y atraviesa sea las épocas sea las filosofías. En el siglo XVI encantaba el mundo mostrando a Ronsard, «el príncipe de los poetas», los árboles del bosque de Gastine no como agradables decoraciones o cosas útiles, sino como habitaciones vivas de seres divinos: «Escucha Bûcheron, detén un poco el brazo».

Aún en el siglo XX, a pesar de que la Historia invadiera sin piedad la vida y a pesar del desencanto del mundo, el mismo instinto obligaba a W.H. Auden a tomar la decisión del elogio.

Yo podría (ustedes no pueden)

Encontrar velozmente una razón

Para afrontar el cielo, para sonrojar de cólera y desesperación Delante a lo que sucede,

Pidiendo que el cielo nombre

A aquel, quienquiera que sea, que es de reprobar.

El cielo no esperaría otra cosa

Que mi respiro se agotara.

Luego permanecería,

Como si yo no estuviera,

Aquel singular mandamiento

Que yo no entiendo,

Agradece por lo que existe,

Al cual debo obedecer, porque

¿Para qué otra cosa estoy hecho yo,

Que esté de acuerdo o no?

Es verdad que ni siquiera esta crisis es de ayer. Es vieja como los tiempos modernos. Más bien es consustancial a los tiempos modernos. En efecto desde cuando el cartesianismo ha tomado posesión de las consciencias, la poesía ha sido desactivada, lo que no quiere decir suprimida, sino encerrada en la prisión dorada de la estética. El público culto amaba los versos bellos, pero sin cuestionar la separación de lo Bello y lo Verdadero.

El espíritu científico había nacido de una ruptura entre el conocimiento sensible y el conocimiento racional: el primero subsistía sólo como título de elegante o tocante variedad de la ingratitud. Viendo en el burgués un objeto de desprecio, algunos poetas han interiorizado la división de los roles entre «descubrimiento» y «expresión». Excéntricos y condescendientes, se han adaptado a las razones de la concepción científica del mondo. No han cierto abandonado aquella disposición afectiva que Julien Gracq llama «el sentimiento de la maravilla, aquella maravilla única que es el haber vivido en este mundo y en ningún otro», pero se han resignado a hacer de ello un simple sentimiento, un estado de ánimo, el testimonio de su subjetividad incomparable. Pasando poco a poco del elogio del ser a la autocelebración, se han convertido en el Poeta, mientras la naturaleza se ha vuelto el espejo de sus deseos o de su melancolía. Han explorado, intrépidos, los territorios del sueño, de la imaginación, de la sensibilidad, lo que significaba que incluso para ellos ya no había ningún territorio de la realidad que escapara a la cantidad y a la medida.

La poesía del siglo XX se ha rebelado, en todos los modos posibles, contra esta división de los roles. Desde los más discretos a los más majestuosos, los poetas se han hecho un punto de honor al frustrar la tentación subjetiva. Jaccottet: «El apego a sí mismo aumenta la opacidad de la vida». Rilke: «Hasta que tú no sigas y no aferres lo que tú mismo has lanzado, todo lo demás no es más que habilidad y ganancia venal». Milosz: «lindos discursos, de su propio rumor brama la nada». El poeta tiene mejores cosas que hacer que crear lo bello. Debe despojarse de su embarazoso personaje y dejar salir su arte de la cochera en que la tienen estacionada todos aquellos que con Carnap sostienen: «El objetivo de un poema en que aparecen palabras como “nube” y “rayo de sol” no es aquel de informarnos sobre hechos meteorológicos, sino de expresar emociones y suscitarlas análogas en nosotros ».

No informar no quiere decir encerrarse en sí mismos, ni proyectarse o desfogarse en las cosas, sino proporcionar un tipo de conocimiento diverso de la información, replican Milosz, Rilke, Jaccottet o Bonnefoy. Existe una verdad de lo real que no es ni aquella de la ciencia, ni aquella del reportaje. El objeto de una poesía es justo no abandonar la verdad al concepto (« ¿Existe el concepto de un paso que avanza en la noche, de un grito, de una piedra que cae en un arbustoz,
De la impresión que hace una casa vacía?» pregunta Bonnefoy); el objetivo de una poesía es aquel de no dejar a los anticiclones y depresiones atmosféricas el monopolio de la definición objetiva del clima. La creación poética lleva en el lenguaje un modo de ser de las cosas, y no sólo el humor o el temperamento del poeta. «El ser – escribe Merleau-Ponty – es lo que exige de nosotros creación para que podamos tener la experiencia». Si esta creación ya no viene deseada, quiere decir que el ser se ausenta, o, por decirlo con otras palabras, que la parte del dato continúa reduciéndose en la vida de los hombres».

Respondiendo al «Débat», Bonnefoy afirma que la sociedad contemporánea está a punto de convertirse en «el campo de producción y consumo de objetos que nos utilizan como simples medios que han encontrado para existir, abundar y sobreabundar, que, en resumen nos transforman en su ambiente conductor». Objetos, pues, y no cosas. Las cosas han desaparecido. Hemos llegado al final del gran movimiento de sustitución descrito por Husserl. El vestido de ideas tallado en infinidad de experiencias posibles, ahora, se adhiere a la piel del mundo. El hombre moderno ya no debe sólo intercambiar el método por el verdadero ser. Ahora vive en el espacio que el método ha perfilado para él y consume lo que el método ha producido. Así la región PACA [1] ha puesto a la Provenza, los Alpes y la Costa Azul en la imposibilidad de ir más allá de su función económica. A realidad nueva, lengua inédita. La diablura evocativa de nuestra civilización técnicamente asistida está hecha de siglas como PACA, o TGV, DVD, CD-Rom, GPS, SMS, CDI, TPE, MP3, iPod, e-mail, wanadoo.fr., google, bug, blog, hipertexto, clip, rap, trazabilidad, ecosistema, zona peatonal, zapping, biodiversidad, chat en Internet, bit electrónico, mouse informático, bouquet satelital y otras floras y faunas artificiales. Esta sarta de neologismos febriles no rejuvenece el viejo diccionario, le mete sólo el yelmo del Progreso en la cabeza. Así en efecto habla el hombre que ya casi no evoluciona en su propio universo de signos. «La vida humana» – escribe el filósofo Rüdiger Safranski – «se vuelve tautológica cuando no encuentra más que las huellas de su propia actividad». Y la ciudad tautológica no tiene necesidad de perseguir a los poetas como hacía el Estado totalitario. Incluso dedicándole «Jornadas de poesía» en espacios reservados, condena a la poesía misma por anacronismo. ¿Qué puede representar el Canto de la Tierra para el hombre que, como balada, conoce sólo el «walkman» [2] y accede al conocimiento de la naturaleza a través de una disciplina llamada SVT [3]?

O, como dice aún Bonnefoy: «¿Es posible la poesía en una sociedad que deja invadir sus modales, su modo de enseñar y hablar por las palabras de la tecnología, del comercio, aquellas que ya no conocen el infinito que está dentro del objeto natural y por tanto incitan a manifestarse a otro infinito, aquel del sueño, pero en una manera mísera, en medio a los estereotipos publicitarios?»

Bonnefoy lo subraya en varias ocasiones, en particular en su artículo sobre el «Débat»: la poesía no es ni inocente, ni tanto menos indemne de la gran división entre las culturas y entre los humanismos. El conflicto de los Modernos contrapone los poetas a los poetas. Escuchamos Bonnefoy: «¿Qué les sucede a cuantos continúan siendo atraídos por las palabras por un motivo diferente del discurso de la ciencia o del “lenguaje del reportaje?” [ … ] Se lanzan a una escritura que acepta ser sólo una estructura verbal, sin la vocación a fundar un lugar, a abrir un tiempo en la relación con los demás, a meditar un destino». Aquellos poetas obedecen al gran requerimiento lanzado por Mallarmé a desertar la tierra y a elegir por única patria el lenguaje. Mallarmé ha sido el primero en crear el modelo de la obra pura contra aquellas dos modalidades inferiores o degradadas de la palabra que son «el reportaje universal» y «la expresión del sentido de la vida»: rechazando ser el histrión de sus propias lágrimas, ha proclamado «la desaparición elocutoria del poeta». Y, con el mismo movimiento, se ha despedido de la realidad: «Yo digo: ¡una flor! Y musicalmente se alza, la idea idéntica y suave, la ausente de todos los ramos».

El sentimiento del asombro deja con Mallarmé la trama del mundo para invadir el tejido de las palabras. Y el paso, algunas décadas más tarde, recibe su gran consagración teórica en un artículo del lingüista Roman Jakobson sobre las funciones del lenguaje. La función poética – dice Jakobson – se distingue de aquella denotativa que mira al referente y de aquella emotiva que «mira directamente a expresar la actitud del sujeto hacia eso de lo cual habla», en el sentido que pone el acento sobre el mensaje for its own sake, para sí mismo o la propia gloria. Ruptura de la palabra con el mundo, ruptura del arte moderna consciente de sí misma con sus formas antiguas enyesadas, ancilares, impuras. Es una dúplice revolución que, según Bonnefoy, corresponde a un rendimiento. Como todos los poetas, Bonnefoy hace suya la voluntad de Mallarmé de «separar casi a la vista de diversas atribuciones el dúplice estado de la palabra, por un lado rumor o inmediatez, por el otro esencialidad».

Pero antes que encerrarse en sí misma para gozar mejor de su esplendor, la palabra esencial es aquella que une denken y danken, pensamiento y gratitud: «En efecto entre una naturaleza que muere por todos los anillos rotos en la gran cadena del ser y aquella palabra que nunca ha tenido otro deseo que hacer del léxico una totalidad significativa para una tierra habitable, hay mucho más que una simple analogía». Mallarmé ha roto el sortilegio, y al amigo Casalis confiaba: «Por aquí hay olor a cocina». Bonnefoy en cambio, frente al decreto de la modernidad en su definición puramente textual, lo mantiene.

Pero otro poeta, Hölderlin, a menudo citado y largamente comentado por Heidegger, ha dicho: «Allí donde está el peligro, allí crece también lo que salva». Y recientemente el augurio para una tierra habitable ha recibido un precioso e inesperado concurso de parte del mismo Método. Aquel Método que había dado cuerpo a la idea de Progreso y dirigido triunfalmente la revolución industrial. El desprecio de C.P. Snow por la nostalgia estética de los literatos se basaba aún en la promesa de un mejoramiento continuo. Pero el Método que sostenía aquella promesa siente ahora la amenaza que incumbe a la biósfera, mide la extensión del saqueo, cuenta y calcula las diversas formas de contaminación, programa el agotamiento de las energías renovables, moviliza investigadores, especialistas, expertos para tentar de racionalizar la gestión de los recursos naturales.

«Quizá – escribe Bonnefoy – se logre comprender que hoy es la sociedad quien es la causa del mundo y puede decidir si dejar o no un poco de vida en el globo terrestre destrozado por nuestros excesos y por nuestra locura». Y aún, para que la competencia ecológica no sea sólo una variante de la tautología técnica y de su aburrimiento asfixiante, faltan «los embajadores del mundo mudo», que – como dice Francis Ponge – descienden «al trigésimo sexto más abajo» para «nutrir el espíritu del hombre haciéndolo coincidir con el cosmos». Y el autor del Partido preso en las cosas precisa también del método usado por aquellos emisarios meticulosos: «Balbucean, murmuran, se hunden en la noche del Logos, hasta que al final se encuentran a nivel de las RAÍCES, donde las cosas y las formulaciones se confunden». A aquel nivel, inalcanzable por las operaciones contables e ignorado por el vocabulario funcional, el lenguaje abre al hombre una verdad fuera de sí misma. Por tanto es el ser quien exige a los poetas para que podamos tener esta experiencia.

Una vez desencadenada, la revuelta de Mallarmé estaba destinada a trascender la esfera puramente poética haciendo saltar la barrera de los géneros. ¿Qué otra cosa eran en efecto los géneros literarios si no fórmulas adecuadas a un orden de representaciones? Más representación, más género, pero, poema o novela, el Libro accede a la mayúscula sólo porque, gracias a la autorreferencialidad, se sustrae al «reportaje universal». ¿De qué habla la literatura? De la literatura, responde la vanguardia.

Lo que merece ser llamado literario no es esta ingenuidad – la escritura de una aventura – es la aventura de la escritura, es el discurso que se da como mandato decir la propia forma, es el lenguaje que no remite a ninguna otra realidad fuera de sí mismo. «Sólo la obra importa, pero al final la obra existe sólo para conducir a la busqyeda de la obra», escribe Maurice Blanchot en El libro por venir. Continua Blanchot:
«La obra es el movimiento que nos lleva hacia el punto puro de la inspiración, de donde proviene y al cual parece que no pueda llegar si no desapareciendo. Importa sólo el libro por lo que es, lejos de los géneros, fuera de las rúbricas – prosa, poesía, novela, testimonio – dentro de las cuales rechaza meterse y a las cuales niega el poder de encontrar un lugar fijo y una forma determinada.»

La vanguardia: un mallarmeismo generalizado. De aquí el chock provocado por la aparición, en 1986, del ensayo de Milan Kundera El arte de la novela. No que el autor se encapriche, en modo explicito y directo, con los campeones mallarmeanos de la escritura pura. No que polemizase abiertamente con la vanguardia, una serpiente tan orgullosa que, después de tantas inútiles excursiones, terminaba por morderse la cola. Kundera no hacía otra cosa que presentar a sus aturdidos lectores otra versión de la historia. Regresando a las raíces de las cosas, veía en Cervantes el cofundador, con Descartes, de los tiempos modernos, la época en que el Dios cristiano pierde su poder sobre el destino del hombre. Pero la emancipación respecto al dogma religioso, según Kundera, había tomado contemporáneamente dos caminos distintos. Al inicio, evidenciado y expresado por Descartes, hubo el advenimiento del hombre en la posición de sujeto. Moderna es la relación con el mundo a través de la cual el hombre se pone a sí mismo como subjectum, lo que está abajo como base sobre el cual ahora debe apoyar todo.

«Con el ego cogito – escribe Heidegger – el hombre se funda a sí mismo como el Metro de toda escala con la cual medir (vale decir calcular) lo que puede pasar por cierto, es decir por verdadero, y es decir por existente». La cosa decisiva, en otros términos, no es que el hombre se haya liberado de los viejos lazos para acceder a su verdadera esencia, sino que es el mismo cambio de ausencia lo que constituye su percepción como sujeto. Sujeto, lo que en este caso significa soberano: «Todo lo que es extrahumano se vuelve objeto para este sujeto. Desde aquel momento, el término subjectum ya no es adecuado, como nombre y concepto, ni al animal, ni a la planta, ni al vegetal. Ser sujeto ya es la caracterización distintiva del hombre en cuanto ser pensante-representante». Esta primera palabra de los tiempos modernos será quizá también la última. Pero no es la primera única palabra, recuerda Kundera. Y en efecto, si Descartes pone al hombre en el mundo como sujeto soberano, Cervantes por su parte lo destrona de manera discreta:
«Mientras Dios estaba dejando poco a poco el lugar del cual había dirigido el universo y su orden de valores, separado el Bien y el Mal y dado un sentido a cada cosa, Don quijote salió de casa y ya no fue capaz de reconocer el mundo, que, en ausencia del juez supremo, le aparece al improviso una pavorosa ambigüedad; la única Verdad divina se descompone en centenares de verdades relativas que los hombres se dividieron entre ellos. Nació así el mundo de los tiempos modernos, y la novela, su imagen y modelo, nació junto a eso.»

Hacía falta coraje y hasta heroísmo para concebir al ego pensante como el fundamento de todo; pero era necesaria igualmente la fuerza para «concebir el mundo como ambigüedad» y para «poseer como única certeza la sabiduría de la incertidumbre». No es sólo el espíritu de Descartes quien ha dejado su huella en los tiempos modernos, haciendo su especialidad, sino también la tensión entre Descartes y Cervantes.

En el momento en que los ejecutores del Método, con la cabeza llena de líneas, números y signos algebraicos, «fuerzan el paso a través de las tortuosidades de la vida», el espíritu de la novela elimina los obstáculos interpuestos para la comprensión de las paradojas y de los enredos de la existencia respecto a las viejas antinomias metafísicas de lo alto y de lo bajo, de la tragedia y de la comedia, del estilo sublime y de la prosa cotidiana. Mientras la ciencia «se ensaña al tomar en examen el porqué de todas las cosas de modo que todo lo que aparece sea explicable o sea calculable», el espíritu de la novela se esfuerza por entorpecer el principio de razón. El suyo, en efecto, es el campo de lo imponderable, del matiz, de la parte de verdad que termina por aplastar cada certeza triunfante.

A la equiparación de los problemas de la humanidad el espíritu de la novela responde con la continua exploración del fenómeno humano. A las ideas claras y distintas continúa oponiéndose el contrapeso del escrúpulo. «Igual que Penélope – escribe magníficamente Kundera – el espíritu de la novela descose la trama urdida la noche anterior por teólogos, filósofos y doctores».

Evidentemente no es una casualidad que el que escribió esta defensa e ilustración de la literatura de la novela haya sido un novelista que ha vivido la juventud y parte de su madurez en un país, la República Checa, a merced del sueño comunista de l transparencia total, y es decir de una sociedad sistemáticamente depurada por tradiciones, costumbres, intereses egoístas, jerarquía, privilegios, clases sociales, todo lo que fuera de obstáculo a la realización de la Razón universal. Kundera estaba en primera fila para ver a qué cosa portaba la voluntad de acceder, para la máxima felicidad de todos, a la racionalización integral del mundo de la vida. Y ahora ve realizarse otro destino, sin dolor pero mortal, que hace venir a la mente aquellos versos de T.S. Eliot denunciados por C.P. Snow en una conferencia suya como la más anticientífica – lo que dicho por él significaba la más absurda – de las profecías humanas: «Así termina el mundo, no en una deflagración sino en un suspiro». Aquel destino es la inspección metódica y eufórica de la esfera del tiempo libre de parte de la industria cultural, en el marco de la movilización contable de todos los sectores de la realidad como potencial riqueza económica.

La complejidad no se percibe espontáneamente, más bien, se evita porque sube a la cabeza. Pero el espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. «Cada novela dice al lector: “Las cosas son mucho más complicadas de lo que piensas”». Quien quiera poner el «sector cultural» bajo la jurisdicción del imperativo de eficiencia debe por tanto evitar que la espontaneidad enfrente este tipo de encuentros desagradables.

«La cultura de masa es una cultura de consumo, construida totalmente para el placer inmediato y la recreación del espíritu», escribe Gilles Lipovetsky en El imperio de lo efímero. «La seducción que ella ejerce está en parte en su misma simplicidad. Hace falta evitar lo complejo, presentar historias y personajes inmediatamente identificables, ofrecer productos de interpretación minimalista».

Tendremos siempre historias bien hechas, eficaces, emocionantes, sentimentales y sanguinarias; confesiones indiscretas, expresiones dulces o violentas del sentimiento de la vida; también la novela sin embargo es perecedera, como la poesía.

Notas
1. Acrónimo de Provence, Alpes, Costa Azul.
2. De notar aquí el juego de palabras, intraducible, entre el término baladeur, «walkman», y el corradical ballades, «ballata». [N.d.T.]
3. Acrónimo de Sciences de la Vie et de la Terre.

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