Antropología 2. La persona humana y su transcendencia
autor: Stanislaw Grygiel
fuente: La persona umana e la sua trascendenza
traducción: Camilo
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Individua substantia rationalis naturae
Las facultades cognoscitivas: la ratio
El intellectus
El ser es pensado, querido, amado
El cumplimiento de la identidad del hombre

El ethos - La persona
Quiero empezar nuestra reflexión con la definición, que ya se ha vuelto clasica, de persona humana dada por un filósofo de la primera edad media, Severino Boecio: persona es "individua substantia rationalis naturae", una sustancia individual de la naturaleza racional.
Empezamos con la palabra racional, con los problemas epistemológicos. Santo Tomás ha reconocido en la facultad cognoscitiva de la persona humana dos aspectos o más bien dos funciones: una ha sido llamada ratio, razón, y la otra, intellectus, intelecto.
Para poder entender bien las palabras es indispensable sacar el sentido originario de su etimología. Las palabras, en mi opinión, nacen de la experiencia humana y están estrechamente, ligadas orgánicamente a esta experiencia y a la realidad vivida en tal experiencia.

Ratio deriva de reor y significa contar, calcular. Hoy esta palabra tiene un gran éxito, todos nosotros exaltamos el "racionalismo". Hoy esta ratio es aplicada sobre todo a las ciencias exactas como la matemática, la física, la biología.
Para funcionar, la ratio tiene antes reducir todo a una realidad que pueda ser calculada; luego el presupuesto del funcionamiento de la ratio es una reducción de la realidad, incluido el hombre, a una realidad calculable. En filosofía esto ocurre cuando la materia es expresada sólo a través la cantidad. Lo que cuenta para esta razón es la cantidad, la grandeza y el movimiento de la materia. Todos nosotros que hemos estudiado las ciencias exactas sabemos bien qué significa.
¿Cómo funciona esta ratio? Si reduzco un objeto a cantidad de materia señalada y soy determinado por el prejuicio por el cual de la realidad así reducida puedo hacer todo lo que quiero, ya que de la materia que se expresa y está determinada sólo por la cantidad, puedo hacer todo lo que me permiten hacer la materia y la cantidad misma, entonces no hay ninguna otra regla para mi comportamiento si no el tamaño y el movimiento (por ejemplo, si no logro saltar tres metros es sólo porque la materia y la cantidad me determinan de esta forma). Si no hay ninguna otra regla, de la realidad se puede hacer todo lo que se quiere.
Quien conoce sólo por medio de la ratio, frente a una cierta materia antes tiene que saber lo que quiere hacer con ella. Entonces hace una hipótesis: si pongo esta cosa en una determinada situación debería comportarse de un determinado modo; es una hipótesis que después se tiene que verificar. Éste es el procedimiento de los científicos. Si logro conseguir de una materia lo que he querido aplicando la hipótesis que he hecho, puedo decir que mi hipótesis se ha verificado, pero no puedo decir que haya conocido esta materia que tengo delante.
Hago un ejemplo: estoy caminando por los campos de noche, hay la luna, veo un punto negro a cierta distancia; ¿qué hay? Como científico hago una hipótesis: quizás sea un ladrón. Para verificar tomo a un muchacho y le digo que el es un ladrón: si es un ladrón el muchacho debería asustarse. Pero aunque se asuste, aunque mi hipótesis funcione, no he conocido realmente que hay en aquel punto; otro muchacho podría no asustarse.
Nosotros hacemos una hipótesis sobre todo lo que existe y luego intentamos verificarla, si no sucede así la modificamos; de este modo nos construimos un mundo artificial, abstracto. Hoy nuestra civilización es así: vivimos en un mundo artificial, construido por las hipótesis y por los experimentos que verifican las mismas hipótesis. Este mundo no se orienta según la verdad de los seres, de las cosas, de este punto negro sobre el que he hecho muchas hipótesis (ladrón, elefante), sino está construido por las hipótesis, por las verificaciones y está impregnado por la eficiencia, por el éxito, no por la verdad de los seres.
Todo esto en la ética, en la vida moral, tiene consecuencias desastrosas porque hasta en la ética, ya desde hace tiempo, nos orientamos según el éxito y la eficiencia. Es muy significativo que también en el mundo eclesiástico, también en la pastoral se nos propone como primer objetivo la eficiencia. Todos estamos formados un poco de esta manera. Por ejemplo: cuando un muchacho encuentra una muchacha se comporta según una mentalidad ya formada: hace una hipótesis sobre la muchacha, por ejemplo es bonita, inteligente, rica, se enamora y quizás se casa con ella; de este modo no se ha casado con una muchacha, sino que solamente con una hipótesis sobre ella. Los jóvenes a menudo se casan con una hipótesis sobre la muchacha encontrada, no se casan con esta muchacha. Por consiguiente la vida se convierte sólo en una verificación de una hipótesis. Si la hipótesis no se verifica, o se verifica sólo parcialmente, tiene que ser cambiada. (Cada hipótesis puede ser modificada porque sólo explica un detalle). El divorcio a menudo no es abandonar a esta muchacha, porque no la he conocido nunca, si no abandonar una hipótesis sobre ella, se divorcia de una hipótesis; en este caso hasta el matrimonio no ha existido. Toda nuestra vida corre el peligro de ser reducida a construcción de hipótesis y verificaciones, de ser un experimento o una serie de experimentos; el amor mismo se convierte en un experimento.
Esta actitud frente a la realidad y al mundo que ello produce, lo llamo racionalismo. De este mundo racionalista emergen muchos problemas: en el matrimonio, en la vida personal e interpersonal. También emergen los problemas ecológicos porque también reducimos el árbol a un ejemplo, a una hipótesis, sólo considerándolo como una cantidad de materia del que podemos hacer cualquier cosa sin respetar la verdad misma del árbol, su ser sujeto, su ser algo ya determinado. Así reducimos toda la verdad del árbol a su cantidad de materia y movimiento. También el hombre es considerado de este modo.
Tal mundo antes o después se revela no racional, si no irracional. El racionalismo no es racional, sólo construye un mundo adulterado, artificial, abstracto. Quien vive en el mundo artificial del racionalismo ya no tiene ningún contacto con la realidad. En la civilización técnica todos vivimos "en las nubes", en la abstracción, no tenemos contacto con lo que existe, y hasta con nosotros mismos, porque también nosotros construimos hipótesis sobre nosotros, y su efecto siempre es un desastre. En un mundo de ste tipo falta el contacto con lo que existe y tal como existe: falta la verdad.
El razonar como calcular puede ser también desarrollado por una máquina: en el mundo abstracto, racionalista, el hombre cada vez más es reemplazado por máquinas calculadoras, porque la máquina cuenta mejor, es más eficiente; la regla es: mínimo esfuerzo, máxima eficiencia.
Heidegger dice que las ciencias exactas de hoy no piensan. Nosotros podemos decir hasta que lo científico, en cuanto científico no piensa, sino calcula, hace hipótesis sobre la materia, y si la realidad es reducida a la materia y a su cantidad, no nos queda más que calcular con precisión.

La otra función de la facultad cognoscitiva, de que ha hablado Santo Tomás de Aquino, es el intelecto. La palabra intelecto, también desde el punto de vista de su etimología, nos dice algo muy profundo. Santo Tomás nos ha dado una etimología equivocada, pero en este error nos ha hecho vislumbrar una gran intuición sobre el funcionamiento de esta facultad cognoscitiva. Según él intellectus deriva de intus legere, leer dentro, en el íntimo de la realidad. La verdadera etimología es en cambio otra: inter legere, leer entre. Nosotros seguimos la etimología de Santo Tomás porque expresa su verdadero pensamiento. Intellectus, leer dentro de un ser, significa que tengo que entrar dentro de este árbol, dentro de esta flor, dentro de este hombre si quiero conocerlos; entrar dentro y mirar, no construir, sino mirar y leer lo que es la realidad.
Santo Tomás llama este acto de mirar dentro y desde dentro de la realidad, intuitio (Nosotros hemos banalizado este concepto: la intuición no es un presentimiento, si no es un mirar). Intuitio deriva de in tueri: tueor significa custodiar, vigilar. Leer la realidad tal como es, significa velar sobre ella, custodiarla. El que conoce así la realidad es protector de ella, respecto a lo que ella es. Conocer la verdad del árbol, de la flor, del hombre significa velar, custodiar, defender su verdad, es decir su identidad. Heidegger dijo que, no lo científico, sino el pensador, el hombre sabio, es pastor del ser.
Si es así, es posible afrontar el conocimiento del hombre en dos modos: desde un punto de vista racionalista, que no es racional y sólo permite disponer una hipótesis sobre el hombre; o bien, desde el punto de vista intelectual, podemos tratar de leer dentro de lo que él es, viviendo así en un continuo estupor frente al árbol, a la flor, pero sobre todo frente al hombre. Esta actitud intelectual nos lleva al hombre concreto, no a una idea del hombre.
También la metafísica sólo es posible sobre el plano intelectual; lamentablemente también nosotros hemos construido una metafísica racionalista, que habla de un concepto abstracto del ser, pero una metafísica tal es una ciencia falsa, una imitación de la ciencia, es una construcción de teorías que no nos acerca a lo que existe.
Estudiando el pensamiento de Rosmini, he encontrado en él un genial sentido de lo concreto y el rechazo de la abstracción y de las hipótesis sobre lo que existe.
Rechazamos una filosofía abstracta porque queremos conocer al hombre concreto. Es lo que Boezio expresa en su definición diciendo que la persona humana es una sustancia individual, no es una cosa abstracta sino esta realidad concreta.

Cuando nosotros "leemos" en la persona humana o en cualquier ser, encontramos en primer lugar, y esto nos lo dice la metafísica, que cada ser (el hombre, el árbol, la flor) ya ha sido determinado, definido. Los signos de esta definición previa a nuestro pensamiento acerca del hombre son tres.
1) El hombre rehúsa espontáneamente ser tratado como un objeto; también mirando dentro de mí, me doy cuenta de que cualquier tentativa de hacerme objeto encuentra un categórico "no", es un rechazo espontáneo.
Podemos volver la flor un objeto, explotarla como queramos, pero a cierto punto la flor morirá: desapareciendo en mis experimentos, con su muerte me ha dicho "no", que no me he comportado de modo adecuado a su verdad, que la he violentado.
Así hoy las ciencias tratan el hombre como objeto, porque han reducido toda la realidad, cada realidad, a una materia determinada por la cantidad de que se puede hacer todo lo que la técnica permite.
2) El segundo signo de que cada ser esta ya definido es que cuando yo, a pesar del "no" que el hombre me responde, lo trato como un objeto, siento el remordimiento, me avergüenzo. El objeto siempre es útil por un interés o por un placer; convertir en un objeto a la otra persona significa explotarla para lo que me sirve. Pero después siento el remordimiento: significa que este ser no estaba destinado a ser explotado por algo distinto. Convirtiendo en objeto al otro hombre no he conocido su verdad.
3) Tercer signo que la realidad está ya definida. Si yo me comporto según el "no" que el otro dice, entonces yo me adecuo a esta exigencia, a esta llamada que proviene del otro ser o de mí mismo. Así me siento beato, me siento como uno que es si mismo, libre, dueño de si mismo, me siento uno que existe según la propia identidad. Esto significa ser dominus sui, dueño de si mismo, significa habitar en la propia casa: sólo en nuestra casa somos nosotros mismos, somos libres, como hijos; sólo el hijo es libre. Si en una casa alguien no es libre es mercenario, pagado: el mercenario no es libre, no actúa según su verdad y la verdad de las cosas, sino según las órdenes y los intereses por los que es pagado. Es posible sentirse beatos sólo en la casa donde existimos como hijos, en la casa del padre.
El hecho que la flor, el hombre… es ya determinado, significa que esta flor, este hombre ya ha sido o es continuamente pensado y, en este sentido, definido.
Si yo, por ejemplo, construyo un fósforo, un pedacito de madera con el azufre, como fósforo es sólo una realización de mi pensamiento, un marciano podría utilizarlo como arma; para poder conocer el fósforo el marciano debería leer en aquello la definición que viene de mí, porque fui yo quien ha construido el fósforo. En el fósforo como tal se revela mi pensamiento. Así cuando veo una obra de arte leo el pensamiento del artista que se revela en la obra misma. Por ejemplo imaginemos el Moisés de Miguel Ángel: el pensamiento de su creador se revela en aquel trozo de mármol; si yo veo que aquello no es sólo materia sino una forma que expresa un pensamiento, puedo decir que aquel trozo de mármol ya está definido por un pensamiento que tengo que descubrir.
Así, si cada ser es definido, significa que alguien está pensando en este ser, este árbol, esta flor, este hombre: la realidad está ya pensada. Pensar de este modo significa crear: Miguel Ángel crea a Moisés. En este sentido toda la realidad en cuanto pensada, es creada. Si alguien rechaza la creación no podrá jamàs pensar y hablar de la verdad.
Si hoy tenemos la tendencia a reducir nuestro hablar de la verdad y dudamos de todo, significa que hemos disminuido el sentido de la creación misma del mundo. Si subrayamos el dudar significa que hemos reducido el conocer al calcular, al construir hipótesis modificables, y que estarán sin duda modificadas, en una continua búsqueda de la mayor eficiencia. Lamentablemente este modo de pensar se ha insinuado hasta en la teología y cuando la teología debería hablar de Dios, a menudo nos habla de hipótesis sobre Él, prescindiendo de la Revelación construye hipótesis humanas. Una teología que nos lleva a las hipótesis sobre Dios y a Dios mismo es una obscenidad, es el fruto del racionalismo entrado en la teología. Tales teologías están contra el primer y el segundo mandamiento.
Hablar de la verdad sin la creación no tiene ningún sentido, sólo queda lo que nosotros logramos construir y nada más. Si la flor no es pensada, si yo no la encuentro como se ha pensado ya no puedo conocerla, si el mundo no es ya pensado, no es conocible, porque no hay nada que conocer, hay que construir todo.
Algunos filósofos, por ejemplo Sartre, rechazan a priori la creación y llegan a decir que cuanto más hábiles somos en construir, mas libres somos. Dostoevskij dice: "Si Dios no existe todo es lícito". Así no es la verdad que decide sobre nuestra libertad, sino son las construcciones eficientes que manifiestan que tan grande es nuestra libertad. Sartre en su obra El ser y la Nada dice que un borracho que se emborracha libremente cada día, eligiendo su embriaguez, es más grande moralmente que un líder que hace el bien de su pueblo, pero que se siente obligado a comportarse así; entonces un santo obligado a ser tal no es grande, pero un borracho que elige libremente ser así es grande. Se llega a una paradoja tal.
Entonces si la flor no es conocida no es conocible para nosotros, sólo hay que construirla; si la flor así definida existe significa que alguien la ha pensado, la ha definido, la ha querido: esta flor existe porque ha sido querida y continúa siendo querida. Si yo no quisiera tener este lápiz en mis manos, no estaría, si está aquí, significa que ha sido querido aquí por mí. Desear en este sentido, querer que esté lo que es querido, significa amar. La flor, el fósforo, el hombre en cuanto existe es querido, es amado, por lo tanto es amable. Si este lápiz es querido por mí ahora, en mis manos, si es "amado" por mí, entonces, por este motivo es amable para todos ustedes. Si se niegan a amar este lápiz, golpean mi amor, y si lo usan para un objetivo diferente del suyo, destruyen mi pensamiento creante este lápiz; No solo se comportan contra el lápiz, sino que están contra mí, contra mi pensamiento y contra mi amor.
Lo mismo ocurre con todos los seres pensados y queridos por Dios en el acto de la creación. Rechazar el conocer lo que es conocible porque es conocido y rechazar el amar lo que es amable porque es amado, es un acto contra el acto de la creación, contra la verdad y contra el amor.
Como no podemos hablar de la verdad sin la creación, así no podemos hablar tampoco del amor sin la creación, porque sólo se convertiría en una construcción, servirse de algo para algo y nada más.
En esta perspectiva será más fácil entender las palabras de la primera carta de San Juan: el amor entre nosotros no consiste en el hecho de que nos amemos, sino en el hecho de que hemos sido amados antes; en cuanto amados, somos amables entre nosotros, en cuanto conocidos, somos conocibles entre nosotros.
Por lo tanto sin la creación no tiene ningún sentido hablar del conocimiento, de la verdad y del amor.
De esto nacen importantes consecuencias, porque entonces se puede comprender en qué consiste la laicización de la flor, del elefante, del hombre, en último análisis la laicización de nuestra conciencia, de nuestra ratio y del intellectus: consiste en el despegar la flor, el elefante, el hombre del acto de la creación, del pensamiento amoroso de Dios. Laicizar significa por lo tanto reducir cada ser a su fatalidad, a su inmanencia y cortar la unión con Dios, con la Transcendencia. Cuando esta unión es cortada, cuando la flor ya no es flor porque ya no es pensada ni querida por nadie, entonces puedo hacer lo que quiero con ella, todo es lícito. La ciencia y la sociedad laicizadas no se paran tampoco delante de la matanza del hombre (aborto, eutanasia) porque no hay ninguna unión entre este hombre y la Transcendencia, no es pensado, soy yo que lo pienso, si no me sirve más puedo eliminarlo. Las consecuencias de la laicización son desastrosas para los seres, para la flor, el agua, el bosque y sobre todo para el hombre.
El ser que se manifiesta en el rechazo de ser tratado como objeto, porque ya es pensado y amado, es el ser que viene descubierto como sujeto. El ser pensado por Dios constituye lo que en filosofía se llama naturaleza: es el contenido, lo que ha sido definido en mí en cuanto constituye el principio de mi actuar y de mi existir. Si yo he sido concebido, definido como hombre, significa que tengo que actuar como sujeto, que este contenido, pensado por el pensamiento creador de Dios, constituye el principio de mi actuar y de mi existir: tengo que existir y tengo que actuar según mi naturaleza.

Llamamos loco a quien pretende que un elefante se comporte como una rosa, pero lamentablemente las ciencias lo hacen porque consideran a cada ser solo como una materia con la que pueden hacer todo lo que quieran. Entonces para las ciencias, teóricamente no hay que excluir que en un futuro no se puedan conseguir de un elefante los efectos propios de una rosa, sólo es un problema técnico. Todo esto es análogo al exigir que el hombre se comporte según nuestra hipótesis.
La definición de persona humana individua substantia rationalis naturae, puede ser a este punto comprendida en su significado.

He dicho que ser si mismos significa ser felices, realizar en si el pensamiento que nos piensa creativa y amorosamente. Si amo a una muchacha tengo que respetar su ser sujeto, tal como es pensada por Dios.
Pero nosotros sabemos dolorosamente, por experiencia, que no somos plenamente nosotros mismos, existimos en el tiempo, por lo tanto nos convertimos en nosotros mismos. Devenir significa que la plena realización del pensamiento que está pensándome, creándome ahora, que la plena realización de mi identidad, de mi naturaleza, se encuentra en el futuro.
Si amo a una muchacha, la amo a través de su futuro: el fundamento del amor se encuentra en el futuro en el cual ella será plenamente si misma, en aquel futuro hacia el cual ya está caminando. Cada uno de nosotros camina hacia a si mismo, participa de si mismo, en cuanto debe todavía realizarse plenamente.
Queriendo contestar adecuadamente a la pregunta ¿quién eres? debería hacer ver mi futuro porque yo estoy plenamente en ello. Si me revelo a una persona, yo la llamo a creer en mí, en el futuro en el cual seré plenamente yo mismo. Yo me siento llamado a ser yo mismo, por lo tanto llamando a otro a amarme exijo de él la fe en mí, exijo que él se sienta obligado a tener en cuenta mi futuro.
De eso emanan consecuencias enormes, por ejemplo para la ética. Cuando me revelo a otro a través de mi futuro, me revelo como uno que camina hacia sí mismo, hacia aquel futuro. Yo me revelo como a uno que vive en un éxtasis, soy un ser estático, que está en su futuro: estoy aquí, pero soy prisionero de mi futuro, del cumplimiento de mí mismo, de mi identidad, vivo como uno que sale del propio presente hacia el propio futuro. Por lo tanto, me reveló a los otros como uno y doble, aquí y allá, como uno que está, pero al mismo tiempo debe todavía ser porque no es plenamente.
En esta perspectiva hace falta ver toda la historia de los Judíos que hacen un éxodo de Egipto, salen hacia su futuro, hacia la tierra prometida.
El cumplimiento de la identidad, cuya promesa encontramos dentro de nosotros, constituye para cada uno la tierra prometida hacia la cual caminamos: existimos como una continua respuesta a la promesa, es decir, como una fe, como una esperanza, como un amor. Ésta es la respuesta a la llamada que viene de la tierra prometida que está dentro de nosotros: yo soy llamado por mí mismo a existir hacia mi mismo y hacia el cumplimiento de la realidad, de la flor, del bosque, del agua, de la muchacha.
Somos seres estáticos, nuestra plena definición se encuentra en el futuro: cual es para mí este futuro, tal soy yo. Yo puedo elegir y decir: mi futuro es un millón de dólares, contesto a esta llamada, ésta es mi tierra prometida. Definirse a través del futuro entendido como el cumplimiento de mi identidad significa identificarse con tal realidad. Si mi tierra prometida es el dinero, yo me identifico con el dinero, si es el sexo, me identifico con el sexo, si es Dios me identifico con Dios.
Aquí podemos encontrar la más profunda explicación del término alienación. El término ha sido divulgado por Marx y tomado por Hegel pero antes usado en el Nuevo Testamento por San Pablo y por Cristo, y expresado por primera vez en el Génesis. Si yo me identifico con una realidad que tengo que poseer, con el dinero, con el sexo, con la carrera… entonces me convierto en un objeto que tengo que poseer, actúo contra mi ser sujeto, me convierto en un ajeno de sé mismo, diferente de sé, tal como ha sido concebido, pensado y amado. Ésto es alienarse. Para poder salvar mi ser sujeto debería identificarme con una realidad que sea sujeto desde cada punto de vista y en cada momento, que no pueda ser de ningún modo poseída.
En el Simposio de Platón, la viejecita Diotima le contesta a Sócrates explicando como el hombre liberándose de los prejuicios se vuelve más libre y menos esclavo saliendo de la cueva, y qué cosa sea la Belleza. Dice que ante todo tiene que ser fascinado por algo, por ejemplo, por un cuerpo hermoso, porque un cuerpo hermoso suscita bellos pensamientos; pero si se limita a poseerlo, descubrirá que este cuerpo no solo es bello, también es feo y entonces será desilusionado. Si en cambio no tratará de poseerlo, descubrirá que en un cuerpo bello hay bellos pensamientos, bellas acciones. Quizás entonces le será concedido por un instante vislumbrar qué sea la Belleza, una realidad que por cada parte y en cada momento es bella. Si se vislumbra en un instante una cierta realidad uno es salvado, merece la pena vivir sólo gracias a un instante de este tipo.
Hölderlin, un poeta alemán, dijo que estos momentos son raros, quizás uno o dos en la vida y toda la existencia después sólo es un sueño de estos instantes; si sentimos que nuestra vida tiene un sentido sólo es gracias a la memoria de los instantes en que hemos vislumbrado la Belleza.
Buscar un ser que sólo es sujeto e identificarse con ello, autodefinirse a través de ello sería volverse plenamente sujetos: es éste el cumplimiento de nuestro deseo de ser sujetos y de ser tratados como sujetos. Según este deseo tenemos que existir hacia la realidad identificándonos con la cual nos convertiremos plenamente en sujetos, libres, felices.
De la Revelación sabemos que todas las cosas que se revelan a nosotros (árboles, agua, dinero, sexo), nos dice que sólo son el reflejo del Sujeto, porque cada cosa es sujeto en cuanto es atada al Sujeto; cada cosa me dice que es algo en cuanto es pensado por Alguien y me orienta hacia este Alguien como hacia la fuente de la subjetividad de los seres.
Una realidad que sea plenamente sujeto también tiene que revelarse a nosotros, de otro modo sólo podemos vislumbrarla gracias al reflejo, como entrevemos el reflejo del sol sobre la cima de una montaña.
Si yo como hombre laicizado, corto el vínculo que se refleja sobre las cosas, aquellas me aparecen como feas. Cuando hombres y mujeres, fascinados recíprocamente, se abrazan de modo laicizante, cortan el vínculo, sólo quedan cuerpos que tampoco son bellos. Al hombre laicizado yo aplicaría lo que los psicólogos toman de la experiencia de los animales y la refieren al hombre: "Post coitum omne animal triste". Esto es verdadero solo si es un coitus laicizado, no adecuado a la identidad de los seres humanos, si corta la unión con el Sujeto que es Dios. Este coitus laicizado es un abrazo en que el hombre no ha ayudado el otro a ser más sí mismo, a caminar hacia el cumplimiento de la propia identidad que está en Dios, en el Sujeto.
Cristianos y Judíos saben que este Sujeto puro, en que no hay nada que poseer es aquel Dios que se reveló como " yo soy El que Soy". Cuando Diotima le ha dicho a Sócrates que, teniendo la experiencia del cuerpo bello y de los bellos pensamientos, podía serle dado un instante en el cual vislumbrar la Belleza que es siempre bella, ha expuesto una experiencia que es muy cercana a la de Moisés y de la zarza ardiente. Ver en el hombre, en la flor, en el árbol, en cada ser la revelación de El que es, es vislumbrar la revelación del Sujeto puro. La unión de los seres con este Sujeto cumple su naturaleza, su ser sujeto y no objeto.
Si es así, entonces el Sujeto puro, "Soy El que soy", que se revela en nuestro ser pensados y amados, y por esto pensables y amables, constituye nuestro futuro: también podemos llamarlo Trascendencia (transcender = superar, ir más allá de). Cada futuro es en cierto sentido una trascendencia: si hoy yo no tengo, por ejemplo, mil dólares, éstos, en cuanto están todavía por ser ganados, constituyen una realidad que me trasciende. Por esto cada realidad que nos falta y en la cual hemos elegido reponer nuestro cumplimiento, puede constituir para nosotros la trascendencia, (ser presidente, ministro, ser feliz…)

De este punto de vista se puede leer la historia de Don Juan que ve en una mujer su trascendencia por hoy, pero, después de haberla conquistado y abrazado de modo laicizante, descubre que no es trascendencia porque no se ha cumplido en ella; como una mariposa vuela de una flor a otra. El comportamiento de Don Juan revela una gran verdad del hombre y sobre el hombre. Sólo una realidad que es Sujeto puro, Dios, "Soy El que soy", constituye la Trascendencia en sentido verdadero y propio.
Hasta cuando una realidad cualquiera es puesta para el hombre como su trascendencia, ella es sagrada e inviolable; está fuera de discusión; si pongo mi trascendencia en el dinero, podré discutir el modo en el cual proporcionármelos, pero no discuto el dinero mismo: la trascendencia es una cosa sagrada.

Mircea Eliade cuenta que los nómades caminaban porque buscaban una tierra que pudiera ser para ellos patria, morada, una tierra sobre la cual sentirse beatos, dueños de sí mismos. ¿Cómo encontrar tal tierra? Los nómades esperaban una señal sin la cual no podían decidir quedarse en un sitio, esperaban una señal divina.
También el pueblo polaco, por ejemplo, buscando la patria, la morada, esperaba una señal. Una mañana este pueblo vió sobre la encina bajo la cual pasó la noche, un águila que hizo un nido. En una noche, en un tiempo no adecuado y en un lugar donde no existían las águilas, al Norte de Polonia, el hecho de que el águila hubiera nidificado era una señal a través de la cual se revelaba para ellos la divinidad. Aquel sitio se convirtió entonces en el centro de su mundo. Alrededor de la encina nació el primer país, que se llama Gniezno, (de gniazdo, nido), y que hoy es la sede del Primate. El lugar en que ha ocurrido la epifania de lo divino se ha convertido en el centro de la patria de los polacos. Hoy sobre el escudo de armas polaco hay un águila.
Heráclito ha dicho que la morada para el hombre es lo que constituye para él la divinidad, la morada para el hombre es su Dios. Morada en griego se dice ethos. Si yo contesto a la pregunta: ¿quién soy? A través de mi futuro, esta respuesta revela mi casa, el lugar que he elegido como morada, como ethos (dinero, sillón de presidente…).
La señal del águila ha introducido de inmediato un orden en la vida de los polacos, ellos han empezado a construir las casas alrededor de la encina. También en las ciudades medievales siempre había un punto central donde se encontraba la plaza, la iglesia, el ayuntamiento y todas las calles eran ordenadas en función de este punto central.
Asi también nuestra vida, la vida de la sociedad y del hombre, se desarrolla en función de un punto central, de la transcendencia (Dios, dinero, sexo, carrera,) alrededor del cual nosotros construimos calles que recorrer, es decir, una ética.
Ahora, la trascendencia es la epifanía (o la revelación), de lo divino. ¿Pero, como ocurre tal epifanía? Lo divino se manifiesta, se revela, baja sobre esta tierra y la ordena. Los griegos como los Judíos, inician su mitología hablando de un Caos primordial, luego el cielo, Uranos, ha bajado y se ha unido amorosamente con la tierra, Gaia, así ha nacido el Kosmos, el orden. Los griegos viendo el horizonte han entendido que el acto de amor del cielo y la tierra da el punto de referencia, el horizonte, que nos permite entender la tierra misma; sin horizonte no habría orden.
He dicho que cuando alguien me pregunta quién soy, contesto indicando mi cumplimiento, mi futuro, mi trascendencia: dinero, carrera, pantalones, sexo, Dios.
En el teatro romano los actores, cuando representaban cada personaje sobre el escenario, llevaban una máscara y a la pregunta ¿quién eres? contestaban a través de la máscara. Máscara en latín se decía persona. ¡Ven cómo es coherente con todo lo que hemos dicho! Dios, dinero, sexo, chaqueta de Armani… son la máscara que nosotros usamos sobre el escenario de este mundo para contestar a la pregunta ¿quién eres? Todos nosotros somos actores.
El actor antiguo era más bueno cuanto más se identificaba con su papel, con su máscara, cuanto más difícil era distinguir entre él y su personaje. Así quien se identifica con el dinero de modo tal que sea muy difícil distinguir el dinero de él, es un buen actor; también quién se identifica de este modo con Dios, es un buen actor. Sólo que hay una diferencia entre presentarse a través de la máscara, la persona que es Dios y la que es el dinero. Sobre el escenario un buen actor representa con el mismo empeño a un ladrón, un caballo, un santo o un rey, pero en la vida no es así: no sólo nuestra grandeza depende de nuestra habilidad, sino también de la máscara misma: hay una gran diferencia si la máscara es un caballo o es Dios.
Además identificarse con la máscara, del caballo, por ejemplo, sólo depende del actor, de su habilidad, no del caballo; en cambio frente a la otra persona, que será en su futuro o frente a Dios plenamente Sujeto, el identificarse no depende sólo de mí, sino también de la otra persona, de una gracia. Esto vale a fortiori en la relación con Dios que es Infinito, a tal punto que, con respecto a este futuro absolutamente puro y carente de objetividad, todo depende de la gracia. Frente a este Infinito, un ladrón y San Francisco de Asís se encuentran a la misma distancia y se necesita la misma gracia para que puedan cumplirse sus identidades.
A la pregunta: ¿quién eres? el hombre, que es su deseo de ser sujeto, debería contestar: "soy Dios", no ahora, pero por la gracia. No hace falta tener miedo de esto; los Padres de la Iglesia lo decían espressis verbis: San Ireneo decía que Dios se ha convertido en hombre para que el hombre pudiera convertirse en Dios. En esta frase de los Padres se encuentra toda la visión de la persona humana que nosotros hemos tratado de explicar.

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