Antropología 5. La libertad y las tres virtudes teologales
autor: Stanislaw Grygiel
fuente: La libertà e le tre virtù teologali
traducción: Carmína Vasquez
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La libertad
El don de sí en la libertad
El conocimiento de la verdad
Las virtudes teologales como expresión de la libertad
Amor - Fe - Esperanza

Hemos dicho que la libertad consiste en el ser nosotros mismos. El hombre para poder ser él mismo no tiene que vivir en algo fuera de sí mismo: se vive en alio [otra cosa] con el propio corazón (en el sentido bíblico del término) se identifica en este alio en el cual vive.
Analizando la profanación hemos dicho que, si alguien quisiera dominar al otro hombre, debería encontrar y adueñarse de un objeto fuera de este hombre (pantalones, zapatos…) con el cual él se ha identificado, así que tal hombre está en alio, y no en sí, es enajenado.
Así podemos explicar todas las molestias, las enfermedades que nos dividen en nuestra identidad, las esquizofrenias: uno es dividido, vive en los pantalones, en la máquina,… pero de hecho también se queda en sí mismo porque hay dentro de él la memoria de él mismo. De aquí la escisión, es decir la esquizofrenia: la etimología de la palabra es corazón dividido, como si fueran casi dos identidades.
Podemos decir entonces que la libertad está allí donde no hay profanación, donde el corazón no es dividido, donde uno vive en sí.
Hoy, en un tiempo en el que Dios ha sido eliminado de nuestra vida y de la vida de la sociedad, ya no somos conscientes de ser pensados por Dios, por lo tanto no somos nada, no tenemos una identidad. Podemos ser por lo tanto cualquier cosa, podemos encontrar una identidad e identificarnos en cualquier objeto.
La filosofía contemporánea, en particular aquella de tipo sartriano, nos dice justo esto: la dignidad del hombre consiste en el ser condenado a elegir el objeto, uno cualquiera, con el cual vivir, con el cual identificarse. Pues, si el hombre elige libremente, sin ser obligado por alguien o por alguna razón, si también elige vivir en el vodka es moralmente santo, más santo que uno que hace beneficencia, o que cuida a los enfermos por ejemplo, pero es obligado a hacerlo por otras personas o por una razón, incluso aquella divina.
Repito las palabras de Sartre: hemos llegado a un punto en que concebimos nuestra libertad como nuestra voluntad no medida por ningún intelecto. Luego hemos identificado nuestra voluntad con nuestro intelecto: es la voluntad que piensa, es el intelecto que quiere. En la civilización actual no hay más distinción de hecho entre intelecto y voluntad.
Si es así, entonces la libertad consistiría en librarse de los objetos. Pero para que yo pueda decir “no” a un objeto, debería tener la posibilidad de decir “sí” a otro objeto, ya que mi intelecto no puede no pensar nada, tiene que siempre pensar en algo, e intelecto es igual a voluntad.
Ser libres de toda la serie de objetos a los cuales tenemos que decir continuamente “no”, es posible a la condición que hay una diferente realidad, no un objeto, al cual poder decir “sí”. Entonces si hay Dios como realidad que no es objeto por poseer sino sólo por ser, nosotros estamos libres del mundo de los objetos. Si no hay Dios, somos condenados a ser enajenados. Sólo podemos cada día recomenzar de nuevo, ya siendo convencidos, ya conscientes a priori que nos espera una quiebra, que nuestra libertad fracasará.
He usado dos imágenes: aquella de Ulises y aquella de Moisés. Ulises es libre de las islas, de las bellezas de las diosas porque siempre recuerda la casa paternal de Itaca, su familia. Pero también Itaca es un objeto. Sólo si existe Dios podemos estar realmente libres. He aquí entonces la imagen de Moisés y la tierra prometida. A la luz de la tierra prometida hacia la cual caminamos, vemos todo lo que está entre ella y nosotros en otro modo: estamos libres de todos los objetos, porque hemos dicho un "sí" absoluto a ella, a una realidad que no es por poseer. Identificándonos con una realidad que sólo existe, "soy El que Soy", participando en tal realidad, nosotros somos, y en eso consiste nuestra libertad. Cuando en cambio nos identificamos con los objetos por poseer, podemos presentarnos como "soy con él que tiene estos pantalones, esta casa, este dinero"… pero no podemos identificarnos y presentarnos a través de nuestro ser, no podemos decir "soy El que soy." “
Si es así, hay un único sujeto no enajenado: es Dios; nosotros no somos enajenados en la medida en la cual participamos de Dios. También los hombres de ciencia quizás podrían descubrir esto, que un cierto aislarse, apartarse de Dios, conduce siempre a la esquizofrenia, a la alienación. No es un caso que la enajenación sea un concepto fundamental de la filosofía atea.
Cuando Dios se presenta como “soy El que Soy”, se ofrece a Moisés, es decir le permite participar en Su divina realidad del ser: Dios es don. Dios por cuanto es Ser, y es plenamente Ser, es don, por lo tanto es plenamente don.
Nosotros no ofrecemos a menudo a los otros nosotros mismos, porque primero damos lo que tenemos (pan, dinero…), para no dar lo que somos, porque es difícil dar nosotros mismos.
Por esto nosotros no participamos en la eucaristía divina, porque no damos nosotros mismos, no estamos presentes en los dones: nuestros dones son inaceptables, humillantes, profanizantes, son interesados. Dar significa realmente dar, si sucede sin alguna razón: sólo te ofrezco yo mismo porque tú eres, no porque tienes una bonita nariz, bonitos ojos. Otra cosa es si el otro es capaz de aceptar o no.
Si uno es don así, está libre, no interesado, no es obligado por ningún objeto, por ninguna razón determinada. Sólo el que es capaz de ser don así, también es capaz de recibir y aceptar el don del otro. Podemos estar seguros que cuando uno ofrece sí mismo y no es aceptado, significa que el otro no es capaz de ofrecerse: sólo el que es capaz de ofrecerse, también es capaz de aceptar el don. Pienso que es una experiencia cotidiana el sentirnos incómodos cuando alguien nos lleva un regalo, y no queremos aceptar. Aquí se manifiesta nuestra enajenación, nuestra esclavitud, es decir nuestro no ser don, por lo tanto no ser amor, no ser todavía persona. Porque ser persona significa ser don y nosotros somos don en cuanto estamos en comunión con el otro: ya hemos hablado de esto. Luego dar y aceptar, ésta es la estructura del actuar de la comunión de las personas.
Ahora es más fácil vislumbrar qué significa estar libre: libre es el que es capaz de dar y recibir. Esto significa lanzarse en un abismo, tener confianza en el otro, y también el otro se bota en el abismo hacia mí, sin ninguna razón, sólo porque es. En esta perspectiva leo las palabras del salmo: "Abissus invocat abissum", el abismo, la persona, llama el otro abismo. Tal acto es acto de la libertad.
Si es así, entonces nosotros ofreciéndonos, donándonos cada vez más libremente a los otros, maduramos, caminamos hacia la Trascendencia.
Podemos hablar así del continuo morir: continuamente nosotros morimos a nosotros mismos ofreciéndonos a los otros, es un morir cotidianamente. Así morir significa ser libre, porque sólo quien es libre sabe ofrecer sí mismo. La experiencia me dice que cuanto más me ofrezco, muero a mi “facticidad”, tanto más me encuentro en el otro. "La semilla que no muere no renace": hace falta morir para poder renacer más plenamente, para ser más nosotros mismos. De este modo nosotros maduramos por un acto último, por el acto de ser plenamente don.
Cuando yo ofrezco mí mismo al otro, uno mí mismo al otro, es una comunión, dos seres se convierten en un conjunto. En latín esto es expresado con la palabra consummare, cumplir, llevar a perfección (no consumere, agotar, destruir).
Después de cada don hecho al otro, yo puedo decir consummatum est, somos más unidos, aunque no plenamente. Madurar significa para mí cumplirse cada vez más profundamente, en cada acto de donarse.
Entonces cuando hablamos de la consumación del matrimonio, no hablamos del “consumismo conyugal”, sino del donarse recíprocamente de modo pleno, no sólo con el intelecto, con la voluntad, sino también con la carne, ofrecer todo lo que uno es. Al principio el matrimonio está solo planeado, calculado “en latino ratum, pero todavía no se ha consumado, no ha sido hecho todavía el don recíproco completo. Cuando esto ocurre, los dos en su identidad constituyen un conjunto y dividir este conjunto significa destruirse recíprocamente. Por esto ya en la antropología, en la revelación del hombre tal como es, el matrimonio es indisoluble. También esto es un algún morir a sí mismos para renacer en el otro: el marido se muere a sí mismo y renace en la mujer y viceversa. Ofrecerse así significa estar libres.
Quien cada día se consumma (consume) así, ofreciéndose cada vez más, madura a la muerte stricto sensu, el último acto de la vida: ofrecerse sin alguna razón o interés, botarse en el abismo. En la muerte ya no hay la mínima posibilidad de agarrarse a ningún objeto, seremos abandonados y tendremos que abandonar todos los objetos. En la vida en cambio siempre hay objeto al cual agarrarse, por esto nuestro donarnos siempre es un poco interesado, un poco calculado. En la muerte somos casi obligados a estar plenamente libres y a confiarnos a la trascendencia, o bien a desesperarse, no hay una tercer camino.
De este punto de vista yo pienso en la muerte de Cristo sobre la cruz: Él se sintió abandonado hasta el final, "¿por qué me has abandonado?", abandonado inclusive por Dios, por el Padre (ser más abandonado no se puede). A pesar de esto, Él, justo en este ser abandonado, se ha hallado a sí mismo, ha sido capaz de decir: ”me encomiendo en Tus manos" y enseguida después de "consummatum est", todo se ha cumplido, se ha unido con el Padre, con la Trascendencia.
Si es así, entonces el acto de la muerte es el acto de la plena libertad, o puede ser el acto de la desesperación, de la plena esclavitud. El resultado de la esclavitud, de la enajenación es la desesperación, porque no vivimos en nuestro ser, que hemos olvidado, y tenemos que abandonar todo lo que poseemos.
En la muerte se realiza la plenitud de la comunión con la Trascendencia y también con todos los seres que son pensados creativamente por la Trascendencia, porque están en el pensamiento de Dios con el cual yo me consummo, me uno.
En esta perspectiva reflexionen sobre cada amistad, sobre este continuo consagrarse, reflexionen sobre el matrimonio, sobre la paternidad, sobre la maternidad, sobre cada acto de dedicarse a los otros: si falta este morir a sí y el renacer en el ser, mejor no hacerlo, porque es inútil. Pienso que también una gran actividad caritativa, por ejemplo de ayuda a los drogadictos o a los pobres, si falta el morir a sí, el “consumarse” juntos sería como una pandereta que repica en el vacío (S. Pablo). No sirve, o sólo puede servir por un premio, una medalla, es decir una cosa más que poseer y un motivo más para desesperarse en fin a última hora.
La libertad emana de la verdad. Si yo conozco la verdad de mi ser persona, si mi actuar emana de este ser, entonces estoy libre. Cristo ha dicho: "La Verdad os volverá libres."
Si en cambio somos esclavos (utilizo el mito de la caverna de Platón), significa que somos esclavos de las opiniones, de las hipótesis: yo soy estos pantalones, estos zapatos, este automóvil…. Es una hipótesis que contesta a la pregunta "¿quién soy?” a través de la posesión, el tener: es una sombra. Entonces librarse significa, como decía Platón, librarse de las sombras de la cueva y ver a la luz de la verdad que brota dentro de nosotros, significa ofrecerse, donarse, ver todo en su verdad. Este mito es genial, en ello hay toda la filosofía del hombre.
En esta llave yo también interpretaría la historia de Abraham e Isaac. Dios ha prometido y ha dado un hijo a Abrahán, con la promesa que de este hijo habría nacido un pueblo más numeroso que la arena. Pueden imaginar cuántas y cuáles opiniones se había construido Abrahán concernientes a su hijo: se habría convertido en un rey o un caudillo. Nosotros los hombres, todos soñamos con un futuro para nuestros hijos, construimos muchas hipótesis, sólo que olvidamos quiénes son en realidad estos hijos nuestros.
Pero Dios querría que Abrahán matara y ofreciera a Él su hijo Isaac: parece una contradicción. Pero Abrahán, padre de la fe, cree que Dios salvará Isaac, pero ahora tiene que matarlo. Entonces Abrahán e Isaac van hacia el monte Moria. Los esclavos los acompañan hasta los pies del monte, luego suben sólo el padre y el hijo.
Empieza un diálogo estupendo, en el cual veo la esencia de la pedagogía. Isaac sabía que habrían tenido que hacer una inmolación, pero no veía la víctima del sacrificio: Isaac busca la verdad. Abrahán no sabe cómo contestar a su pregunta: decirle que él sería la víctima era cruel y peligroso, porque Isaac no era maduro para entender qué significaba ser donado, ser ofrecido a Dios. También Abrahán no entendía bien, pero contesta, de modo genial, que Dios habría provisto al tiempo oportuno. Así ¡tan sólo un creyente podía contestar! Juntos empiezan a buscar la verdad; Isaac y Abrahán se educan recíprocamente. Mientras Abrahán ya está a punto de matar a su hijo, oye la voz de Dios que dice de no matar. Abrahán entiende que no tiene que matar el hijo en su ser, sino en la propia hipótesis: tiene que cambiar sí mismo, no matar a Isaac.
Entonces hace falta matar la hipótesis sobre el otro y cambiar a sí mismos, aceptar el ser tal como es, no como querríamos que fuera. Sobre el monte Moria, ocurre la conversión de Abrahán y la maduración de Isaac que participa de esta conversión. El padre y el hijo están en la comunión, más allá de la dialéctica sirviente - patrón: si fueran sirviente y patrón uno ya habría matado antes, subiendo. Bajan del monte ambos más libres, hacia los esclavos que los esperan a los pies del monte. Bajan en la cueva platónica y dan testimonio de como es grande y como es liberante Dios.
Pienso que morir a sí mismo y ofrecerse al otro solicite el matar las opiniones sobre el otro y el cambiar a sí mismos. En esta perspectiva leo la parábola del samaritano: un hombre pasa, otro, sólo el samaritano se detiene. Cristo pregunta quién es el próximo del hombre herido. Es estupendo, Cristo vuelca el problema, dice: "Ve y haz lo mismo". Tú tienes que hacerte próximo al otro, no busques quién es lo próximo: cambia ti mismo. También Abrahán tuvo que hacerse próximo del hijo.
Esto significa ponerse cada vez más libre, es decir persona; si esto no ocurre en nuestra vida, nosotros no nos convertimos en personas maduras.
Hemos hablado del ser dono, es decir del ser persona, del ser libre, del donarse y del recibir el otro, del morir y renacer en el otro, por que yo recibo a mi mismo donado a mi por el otro. ¿Pero cómo se expresa una tal libertad? ¿Y qué es? Una libertad que así se manifiesta es el amor. Las otras dos expresiones de la libertad son la fe y la esperanza. Las tres virtudes teologales son tres expresiones de la libertad de la persona humana.
¿Qué es por lo tanto el amor? Partiendo de la reflexión hecha ya podemos decir todo. El amor es una identificación de mí con el otro y del otro conmigo, es decir comunión. Amor significa que mi corazón se encuentra en el otro y el otro me devuelve mi corazón enriquecido de su realidad; por lo tanto he renacido más grande: el amor nos hace crecer. Si es así, también el amor es morir y renacer. Ahora pueden vislumbrar qué desastre, qué derrota es la profanación, es decir querer lo que es poseído, los zapatos, los pantalones. San Pablo dice: "transit figura huius mundi", pasa la escena de este mundo. Quien se identifica con las cosas de este mundo, se pierde con ellas. Una tal identificación está contra el hombre, es una derrota del hombre, es enajenación. Luego si quiero ser curado tengo que empezar a amar, porque en el amor el hombre se pone libre, tengo que “consumarme”, unirme a lo real, no a lo hipotético, a la opinión.
Hay dos visiones del amor, una precristiana y una cristiana.
Aquella precristiana es la concepción del eros griego, que consiste en sentir necesidad de algo y en buscar este algo, es ser atraídos por una riqueza. Recuerdan el mito de Eros: la Pobreza, durante una fiesta con ocasión del nacimiento de la belleza, Afrodita, a través de la bocallave ha entrevisto la Abundancia; entrada a la fiesta, se ha unido a la Abundancia y ha concebido Eros. Por lo tanto esto es deseo de poseer lo que hay que poseer, es anhelar la abundancia. El amor así tan intenso proviene de nosotros, nace dentro de nosotros, es casi sentir una necesidad de algo y movidos por esta experiencia de la necesidad, es ir hacia lo que lo satisface.
En la visión griega del amor falta el ser: Eros no significa ofrecer sí mismos al otro, sino desear el otro para poderlo poseer. El amor erótico es un deseo de poder tener al otro para conseguir también la propia salvación, porque ésta consiste en la abundancia, en poseer. En tal amor, todo es tener: nosotros lo vivimos cotidianamente.
En el amor cristiano en cambio, yo deseo ser. Pero, hemos dicho, para que yo pueda ser, tengo que participar en el ser de El que sólo es y no tiene nada: así es excluida la desviación erótica hacia la posesión. Un tal puro Ser tiene que bajar primero hacia mí, despertar dentro de mí el deseo de ser, es decir tengo que sentirme amado por Él y tratar aún más de realizar mi ser amado. He aquí entonces las palabras de San Juan: el amor cristiano consiste no en el hecho que hemos amado, sino en el hecho que antes hemos sido queridos. Sobre el plan del ser, sólo puede querer el que ya ha sido querido.
Vivimos esta experiencia, por ejemplo, en las familias: un hijo que no se siente querido, no es capaz de querer, puede en cambio anhelar, desear de poseer, es agresivo, pero no es capaz de ofrecer el propio ser para poderlo recibir como donado de nuevo, enriquecido por el otro; no entiende esto porque no ha vivido la experiencia de ser amado, es decir devuelto y enriquecido por el amor de la madre y del padre. Así el amor de Dios, que por primero ha amado, es una realidad de la que nosotros tenemos que tomar la medida por nuestro amor, para poder ser padres, madres, hijos, amigos.
Cuando se habla del ser sujeto, de la subjetividad del hombre, hablamos justo de todas estas cosas: si falta la realización de la libertad en el amor, falta el ser sujeto, nos convertimos en objetos del amor erótico.

Para que yo pueda lanzarme hacia el otro en el abismo que es el ser persona y, últimamente, hacia la Trascendencia, mi libertad tiene que expresarse en un acto que se llama fe: tengo que creer en la persona y a la persona a la cual me ofrezco. Si no creo, no puedo ofrecerme y si no me ofrezco, sólo puedo hacer hipótesis acerca de la otra persona. Se repropone entonces toda la problemática sobre los esclavos, las sombras, la dialéctica, la enajenación y el conocimiento de la verdad. Sin la fe, este acto que me abre el camino hacia el otro, hacia este abismo en el cual tengo que botarme, la verdad queda cerrada para mí: no puedo conocer la verdad sin la fe, estoy condenado a las hipótesis, es decir al cientismo, me quedan solo las ciencias como último punto de referencia y como salvación pero no la verdad.
¿Qué significa creer en el otro hombre en el cual yo me encomiendo, con el que me uno? Si yo lo considero tal como es, hay poco para amar y hay también poco para creer, porque cada día este hombre, cada uno de nosotros, comete muchas infidelidades, no es confiable tal como es. Si quisiéramos amar al hombre tal como es, el amor y también la fe serían imposibles.
En el siglo pasado el poeta polaco Ciprian Kamil Norwid dijo que "creer significa leer en la esencia de las cosas". Podemos decir entonces que creer en el hombre significa leer dentro de su esencia. Si yo miro al hombre como persona veo, a pesar de las infidelidades y las caídas, que es, por naturaleza misma, uno que está frente a Dios y su plena esencia se encuentra en el pensamiento divino creante, no en su facticidad, en lo que él es ahora. En este proyecto que es el hombre tengo que leer lo que él debería ser, tengo que tratar de vislumbrar su cumplimiento en Dios.
Si veo así al hombre que está frente a mí, aunque es un ladrón, yo creo en él, no puedo no creer. Entonces yo lo trato no por como lo veo, sino por como creo en él, por como vislumbro su esencia plena, completada en el pensamiento creante.
Si es así, para que yo pueda conocer la esencia del hombre, para que pueda vislumbrar algo del proyecto que él es en su facticidad, es indispensable la revelación de la verdad del hombre; no puedo conocer la esencia de la persona humana sin la revelación. Es decir el pensamiento creante, Dios debería revelar mí a mí mismo, para que yo conozca y crea plenamente en mí mismo; y tiene que revelarme a mí mismo en su pensamiento creante, es decir en su Logos. Así ha sucedido en Cristo: la Revelación de Cristo no es sólo la revelación de la realidad trinitaria de Dios, sino, me parece, es sobre todo revelación del hombre al hombre; cuando miro a Cristo veo como soy: no como soy ahora, sino como soy en mi verdad.
Hemos hablado del ethos, la morada edificada por nosotros alrededor del centro, a la trascendencia, alrededor de Dios. Ahora podemos hablar de nuestro ethos construido alrededor del hombre en que creemos, alrededor de nosotros mismos en los cuales creemos, revelados en Cristo. Entonces un ethos de la libertad es imposible sin la revelación de la verdad del hombre. También la ética, el orden que deriva del ethos, es por lo tanto imposible sin revelación, podemos tener sólo unas éticas, (unos ethos acerca de los pantalones, a los zapatos, a la carrera).
En la facticidad del hombre yo no veo la razón de creer, más bien soy determinado a no creer, porque no es confiable; pero creer en el hombre como es pensado en Dios, expresa de modo perfecto (pero creer no es nunca perfecto) nuestra libertad. Recuerden, la plena libertad es encomendarse a la Trascendencia, a Dios: entonces la fe se convierte en pura expresión de la libertad.
Hemos hablado de Ulises, que se detenía sobre las islas y luego, acordándose de Itaca, repartía. Lo mismo les sucedió a los Judíos: el recuerdo de Egipto los hizo detenerse, pero luego gracias a la memoria de la tierra prometida y sobre todo gracias a Moisés que despertaba el pueblo, recomenzaban a caminar. Ahora aplicamos esta imagen a la fe: si nosotros miramos el hombre tal como es, en su facticidad que no es confiable, nos detenemos, ya no caminamos más hacia él, no nos ofrecemos más a él; sólo el hombre en su identidad plena, como está en el pensamiento divino, despierta nuestra fe en él. Entonces podemos decir que la identidad completa de cada uno de nosotros constituye para nosotros la tierra prometida. Yo soy prometido a mí mismo en la comunión con el otro, soy tierra prometida en Dios.
La última expresión de la libertad es la esperanza. Hablábamos del continuo morir a sí, ofreciéndose al otro, y recibiendo nosotros mismos devueltos, enriquecidos en la comunión con el otro. Así nos preparamos para el último acto que es la muerte tour court: en Tus manos encomiendo mí mismo.
Esta maduración ocurre en los pequeños actos de ofrecerse (como ofrecer una hora para un enfermo) que nos preparan al acto último, el gran acto de la vida. Cumpliendo estos pequeños actos nosotros vivimos una estupenda realidad: nos sentimos cada vez más nosotros mismos. Por ejemplo cuando un zapatero hace no sólo los zapatos para cobrar, sino por amor al otro, se ofrece en estos zapatos al otro, después de cada par de zapatos se siente más él mismo, hasta el punto que los otros no pueden comportarse como si él no existiera, tienen que darse cuenta que existe esta persona y hace falta respetarla. Y es extraño, pasamos junto a muchos profesores de universidad y es como si no los viéramos, como si no existieran; en cambio hay limpiadores a los cuales no pasamos cerca sin decir: "éste es alguien". Significa que el profesor de universidad no es presente en lo que hace, en cambio el barrendero está presente en sus actos y se vuelve cada vez más él mismo. Quiero decir que haciendo cualquier cosa nos volvemos cada vez más nosotros mismos y crece la esperanza de ser plenamente nosotros mismos.
Cito de nuevo Norwid: "Esperar significa poner la confianza en las consecuencias de la verdad hecha por nosotros": poner la confianza que las consecuencias de las pequeñas cosas que hacemos bien, de las verdades que realizamos hoy, serán buenas; las consecuencias de lo verdadero y del bien que nosotros realizamos no nos decepcionarán, porque ya hoy no nos decepcionan (un zapatero que hace los zapatos con amor no será decepcionado). De aquí surge nuestra esperanza: toda mi vida, todo el conjunto de los actos hechos así, en sus consecuencias no pueden decepcionarme. Si uno pone confianza no en los objetos, sino en el bien, en el amor que penetra, que vibra en hacer las cosas, entonces las consecuencias no lo decepcionarán. Así los objetos ya no son las razones que determinan para esperar, sino es una pura libertad.

La esperanza es la tercera expresión de la libertad. Pueden por lo tanto amare, creer, esperar sólo los hombres libres; los esclavos no pueden ni amar, ni creer, ni esperar porque son agarrados a sus hipótesis, a los experimentos, a las verificaciones de la eficacia de las hipótesis.
La civilización cientista, en la que desaforadamente nosotros nos encontramos, es una civilización de los esclavos, por lo tanto del no-amor, de la no-fe, de la no-esperanza; no es una civilización de las personas y para las personas, sino una civilización de los objetos y para los objetos, es civilización del vender y del comprar, no del donar y del recibir.
Pienso que nosotros que estudiamos las ciencias, si queremos salvarnos con las ciencias, tenemos que fijarnos en la luz de estas tres expresiones de la verdad: a la luz de la fe, del amor, de la esperanza, es decir de la libertad del hombre, de otro modo estamos perdidos.
¿Cuál es el lenguaje con que podemos expresar la realidad de la persona humana, es decir expresar la libertad, el amor, la fe, la esperanza y la muerte? El lenguaje de las ciencias no expresa estas realidades; tampoco la muerte es expresada en las ciencias: la eutanasia, el aborto son actualmente sólo la eliminación de un objeto del sistema funzionante, pero yo hablo de la muerte como acto de la libertad, de la fe, de la esperanza y del amor.
¿Entonces cuál es el lenguaje que puede hablar de la muerte, del amor, de la libertad?

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