/1. Anuncio evangélico
autor: Luigi Negri
fecha: 1997
fuente: Annuncio evangelico
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La rotura de la unidad de los cristianos
El proyecto de una sociedad atea
La Iglesia y el Estado absoluto
La Iglesia frente al proyecto ateístico
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El anuncio evangélico en el mundo griego-romano y judaico

El Acontecimiento cristiano se pone por primera vez dentro de la historia de los hombres, frente a dos mundos que coexistían sin casi entrar en contacto: el mundo griego-romano, es decir el mundo de la cultura y aquél hebreo, considerado indigno de cada relación con el primero. Existía también un tercer mundo, constituido de los así dichos bárbaros, pero ello, frente a otro dos, representaba una especie de prehistoria. Distinguimos que el Cristianismo entró en contacto con todos los dos mundos, y después también con los bárbaros, sin elegir uno de ellos contra otro, pero haciéndose un hecho significativo para cada uno de ellos. Es claro que el cristianismo es un fenómeno capaz de diálogo con lo humano, desde el primer momento en que entra en la historia. No existe en la historia de los hombres, y en particular en la historia de la civilización mediterránea, otro hecho otro tan “utilizable” por personas en situaciones tan diferentes. Las cartas escritas entre el 50 y el 100 d.C. por Pablo, Pedro, Santiago y Juan son los primeros documentos que exprimen como la Iglesia se ha concebida o se ha puesto. Una frase de San Pablo (1 Corintios 1,22) nos ofrece la clave de lectura: “Mientras los Judíos piden milagros y los Griegos buscan la sabiduría, nosotros predicamos Cristo crucifijo, escándalo para los Judíos y estolidez para los paganos. Para los que están llamados, sea Judíos sea Griegos, predicamos a Jesús, potencia y sabiduría de Dios.”
El Cristianismo se inserta en el ámbito de una problemática fundamental del hombre de cada tiempo y condición: el problema de la salvación, es decir, de la verdad y del significado de la vida. Para los griegos, es decir, para la cultura del tiempo, la sabiduría coincidía precisamente con la búsqueda de este significado. La originalidad de la Iglesia no consiste, sin embargo, en el hablar de la salvación, sino en el anunciar que la salvación es un hecho, un acontecimiento. Lo confirma el capitulo séptimo de los Hechos de los Apóstoles, cuando Pablo habla por primera vez al mundo cultural griego, el más alto expresado por los hombres en aquel tiempo, que buscaba la salvación a través de una tentativa de interpretación racional de la realidad. En la búsqueda del sentido último de las cosas, los griegos habían avanzado muchísimo, hasta entender que este sentido es de una naturaleza totalmente diferente respecto a la historia y a la materialidad de los elementos de la existencia: es otro mundo, el mundo del Ser, de Dios. La dramaticidad de la vida humana consistía en el hecho de que el hombre se descubría al mismo tiempo parte de Dios y de su mundo y parte de la historia corruptible; alma y cuerpo juntos. El vértice de la sabiduría griega era, por eso, la idea de abandonar la materia, la historia, para refugiarse en lo absoluto de la vida como contenido y finalidad de su propia búsqueda intelectual. Por su parte los Judíos, por una degradación interna de su tradición, creían que la sabiduría fuera una postura moral frente a la vida y a la historia. El Ser de Dios tenía su expresión autentica en el código de comportamiento que había dado. Era necesario, por eso, comportarse coherentemente para ser felices. Frente a estos dos grandes pautas culturales, la novedad cristiana no consistió en proponer otra doctrina de la salvación, sino en afirmar que la salvación existía ya, había acontecido en la historia.
Precisamente aquí está la gran provocación del Cristianismo: los Griegos escucharon con horror a Pablo que hablaba de la resurrección de Cristo, y, con una fuerte incomodidad, Plinio, en el 112, escribía al emperador Trajano sobre “este Cristo que algunos quieren resucitado” y Trajano, contestará, más o menos: “No te preocupes, ¡están locos!” Luego, los cristianos, diciendo que “El Verbo se hizo carne y habita entre nosotros”, afirman no sólo que la salvación es un hecho histórico, contingente, sino también que sigue permaneciendo presente. En efecto el Cristianismo no es una doctrina, sino una realidad histórica, un grupo de hombres que afirma ser el lugar donde el evento definitivo de Cristo sigue estando presente e influyendo en la historia (el Concilio Vaticano II definirá la Iglesia “sacramento de Cristo”). El anuncio cristiano de la salvación entendida como vida, muerte y resurrección de un hombre y continua presencia de Dios en la historia a través de la unidad de los cristianos, fue para unos, locura, para otros, escándalo.

La vida de la Iglesia primitiva

Al final del siglo II aparece una bellísimo presentación del Cristianismo al mundo griego-romano, conocida como “Carta a Diogneto”: los cristianos no se distinguen de los otros hombres ni por territorio, ni por idioma, ni por costumbres: no habitan en ciudades propias, ni usan un idioma particular, ni conducen un especial genere de vida. Su doctrina no es un descubrimiento del pensamiento de algún genio humano, ni se adhieren a corrientes filosóficas. Viviendo en ciudades griegas o barbares, como a cada uno tocó y uniformándose a las costumbres del lugar, en el traje, en la comida y en todo los demás, dan ejemplo de una vida social admirable, que es, más bien, una paradoja”. Pues la Iglesia aparece como una vida social que se expresa diferentemente con la conciencia de que el fundamento de su unidad es el acontecimiento de Cristo, que perdura en la historia como salvación de Dios ofrecida a todos los hombres. Nos equivocamos completamente en la comprensión del hecho cristiano si no nos damos cuenta que ha aparecido como un pueblo nuevo, no más caracterizado por la raza o la cultura, sino una unidad profunda entre personas diferentes. El término mismo con que la Iglesia se llamó, “ecclesía” (es el termine técnico que indica la asamblea de los hombres libres en la “polis” griega) es, contemporáneamente, el más genérico y el más particular.
Él indica, en lo mismo tiempo, la única asamblea y todas las asambleas particulares que poco a poco nacían. Desde el comienzo la Iglesia aparece en el mundo como universal y particular al mismo tiempo, y los dos términos no se eliminan. Iglesia es la Iglesia que se reúne en la casa de Águila y, en el mismo tiempo, Iglesia es la única Iglesia católica. La Iglesia es pues una única realidad social que, en fuerza de esta unidad suya, se expresa hasta en modos muy diferentes.
Desde las primeras décadas aparece absolutamente claro que esta unidad tiene como garantía la función autoritaria particular reservada a los que prosiguen, dentro de la vida de la Iglesia, la función de los doce Apóstoles, es decir, de los que habían compartido la vida publica de Jesús. Entre ellos tiene una particular responsabilidad el sucesor de Pedro en la sede en que el apóstol había puesto su residencia después de haber abandonado la Palestina: Roma se vuelve el guía de toda la Iglesia.
En otras palabras, la unidad está garantizada por la referencia de los obispos, sucesores de los Apóstoles, a “él que preside la universal caridad de la Iglesia” (como se expresa en su carta uno de los más antiguos y conocidos obispos, Ignacio de Antioquia), es decir al jefe de la Iglesia de Roma.
Ya al final del I siglo las cuestiones más importantes que surgen entre las Iglesias son resueltas recurriendo al obispo de Roma, que interviene sin encontrar ninguna dificultad o contestación. En el mismo modo, por lo menos desde la segunda mitad del siglo I, se vuelve bastante usual el hecho de que la elección de los obispos como jefe de una comunidad local, normalmente efectuada por el clero y por el pueblo reunido, sea ratificada por el obispo de Roma o por un delegado suyo. Por lo tanto la teoría según la cual la estructura jerárquica de la Iglesia suplantó la Iglesia de los Evangelios a través una rotura sucesiva actuada por un aparato eclesiástico y por la voluntad de poder de alguien, choca contra esta realidad; la Iglesia, desde Pentecostés, se ha resuelto como realidad unitaria, universal y contemporáneamente particular, jerárquica, garantizada por la referencia ultima al ministerio de Pedro.
Precisamente esta estructura suya muy ágil y muy esencial ha permitido a la Iglesia tener lo máximo de la penetración también en los contextos culturales, sociales muy varios, empezando por la conciencia expresada por S. Pablo en la Carta a los Galatos (3, 26-29). “pues todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que han sido bautizados en Cristo, de Cristo están revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si ustedes son de Cristo, son ciertamente linaje de Abraham, y herederos según la promesa.”
La Iglesia se revela como una vida de pueblo que sabe integrar a todos. Las diferencias que existen no son criterios determinantes, sino condiciones simples de la vida. Lo que, en cambio, es la definición de la persona es el encuentro con Cristo, que la involucra en la relación con Dios volviéndola verdaderamente “hombre”. Mientras en la edad moderna las grandes ideologías que tiene el poder siempre intentaron eliminar hábilmente y violentamente las diferencias (el estado unitario italiano ha nacido intentando cancelar las diferencias culturales), para la Iglesia las diferencias no niegan la unidad en el nombre de Cristo, que de hecho, siendo algo absoluto, se expresa más precisamente a través de ellas. Desde el inicio, por lo tanto, la Iglesia ha afirmado que la salvación está unida a un acontecimiento histórico continuamente presente a través de la realidad de la misma Iglesia. Ésta última se presenta estructurada como un organismo viviente dirigido y fundado en la regla de la comunión en el nombre de Cristo (la posibilidad de poner en común la vida, considerando con mucha libertad sus recursos materiales y espirituales).
No solamente: la Iglesia también ha tenido la pretensión de ser el lugar donde se hace experiencia de la salvación. La afirmación extraordinaria es, por lo tanto, que la salvación sucede históricamente por la pertenencia de cada hombre a la Iglesia, sin esperar el futuro. Viviendo en ella, en efecto, aceptando a esta compañía, la verdadera humanidad del hombre se manifiesta y la salvación se vuelve experiencia.
Como todavía demuestra la carta a Diogneto: " Habitan en su ciudad, pero como peregrinos; participan a la vida pública, pero están separados de todos; se casan como todos y generan a hijos, pero no exponen a sus nacidos; tienen en común la comida, pero no la cama; viven en la carne, pero no según la carne; viven en la tierra, pero son ciudadanos del cielo; aman a todos y todos les persiguen; no les conocen y les condenan; les matan pero ellos sacan la vida de eso.”
Esta diversidad demuestra que la salvación acontece para quien vive en la iglesia. He aquí uno de los documentos más significativos del tiempo (mitad del siglo III) escrito por el gran obispo de Cartago Cipriano: "la Iglesia extiende sus ramas sobre toda la tierra con exuberante fecundidad y se amplía en regiones inmensas. Uno solo pero es el principio, una sola la fuente y una sola la madre rica y fecunda de hijos. Nacemos de su gremio, nosotros nos alimentamos de su leche, nos animamos de su espíritu. Quien abandona a la iglesia jamás alcanzará a Cristo, convirtiéndose en un extraño, un profanador, un enemigo. No puede tener a Dios como Padre quien no tiene la Iglesia como madre.”
Una posición cultural, aquella griega, ve la ideología separarse de la historia para intentar volverse a Dios de varias maneras; la otra, la de los judíos puede sólo esperar en una iniciativa final de Dios. En cambio, la Iglesia se pone como el lugar donde de inmediato la persona hace la experiencia de la salvación, es decir, de su humanidad verdadera, adhiriendo a este comunidad viva e introduciéndose en la comunión con Cristo en los sacramentos, que constituyen el tejido de la misma iglesia. Por esta razón las expresiones “los salvados”, “los redimidos”, “los renacidos”, son todos sinónimos de la palabra “cristianos”.

Una concepción nueva del hombre y de la historia

El hombre que hace esta experiencia de salvación percibe como su precisa responsabilidad, la de comunicarla a todos: la salvación es lo que todos los hombres, en cuanto hombres, desean.
Pues, esta vida nueva produce unos frutos fundamentales respecto al concepto del hombre y su experiencia. En primer lugar la Iglesia afirma que cada hombre, precisamente porque está llamado a la salvación, adquiere un valor absoluto. Ya no es un individuo en una masa anónima, sino una persona que tiene como fundamento ultimo de su vida, por lo tanto de su valor, el hecho de ser hijo de Dios. Esto vuelve al hombre infinitamente más grande que todos los condicionamientos en que vive y que todas las vicisitudes que le acontecen. El mundo griego-romano no había logrado dar un valor al hombre, en cuanto él, ambivalente mezcla de una chispa divina y de la materia incorruptible, era inmediatamente conducible a la condición social en la cual había nacido (si había nacido esclavo, no tenía ningún derecho, si bárbaro no se le podía hablar). También en el mundo hebreo el hombre está reconducido a los condicionamientos exteriores de su vida. Pero si el hombre es hijo de Dios, él se levanta libremente sobre todos los condicionamientos exteriores de su vida. Con el cristianismo, por lo tanto, nace el hombre como sujeto responsable, en cuanto responde a Cristo, es libre.
La libertad, es decir, la energía de su propio ser persona, es una palabra ignota en el mundo anterior, presente en esto sólo como exigencia que no logra encontrar su justificación. Se puede decir, con una expresión apasionante de Pasternak en “El doctor Zivago”: "dentro del abrazo de Cristo nace el hombre.” Lo que define la persona ya no es su posición en la pirámide social o política (Diocleciano había hasta fijado a cada uno a propia condición social, para consolidar, también desde el punto de vista político, el estado), sino la pertenencia a Cristo, que involucra y transforma todo el ser (“judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer”). Si en primer lugar está la persona, la primera consecuencia del encuentro con el acontecimiento de Cristo es que "al hombre está revelada toda la verdad de sí mismo (cfr. Juan Pablo II, Redemptor hominis): se revela a él que es hijo de Dios y por esto tiene un valor infinito y una responsabilidad precisa frente a Dios, a sí mismo y al mundo; por lo tanto es un sujeto que conoce y ama y que, en el conocimiento y en el amor está llamado a construir su personalidad.
Todo el mundo es deudor al cristianismo del nuevo concepto de persona, cuyas consecuencias, de la importancia fundamental, son documentables históricamente. El mismo término de persona, que en el mundo griego indicó la máscara del actor, viene totalmente significado de nuevo en el contexto cristiano que indica por primera vez el sujeto humano en cuanto participa de la comunión con Dios que da valor absoluto y capacidad de actuar en la historia. Luego, con respecto a lo que concierne la responsabilidad de los hombres en los eventos, la mentalidad griega había madurado en el tiempo. La imagen de lo griego que funda la vida en un ideal de belleza y de equilibrio, como nos la han presentado los ilustrados, es deformada y parcial, porque ignora el drama de de hombres llamados a vivir dentro de grandes hechos de dolor y de muerte sin saber, ellos mismos, si son responsables o víctimas del hado. En cuanto pone este problema, la tragedia es el punto de mayor crisis del mundo Griego. Euripides intuyó que la experiencia humana no podía ser entendida por el mundo griego, que pensaba llegar a la salvación sólo a través de la doctrina.
Otro gran elemento de valoración de la persona en la concepción cristiana es la potenciación de su capacidad de razón y de afección. Se renueva la inteligencia que puede conocer lo verdadero y, es más, tiene que buscarlo continuamente (la afirmación que la salvación es Cristo no quita la búsqueda de las verdades que se celan dentro del mundo y de la realidad en sus varias dimensiones) y se renueva la capacidad de amar.
Una segunda consecuencia es que se inicia en modo conciente la historia, entendida como campo de expresión de esta libertad y de esta responsabilidad. Para los griegos la historia, siendo lejanía absoluta de Dios, encontraba un mínimo de comprensibilidad sólo si entendida como ciclo, es decir, como un eterno retorno de los eventos que se repetían, mecánicamente y sin ninguna responsabilidad por los hombres después de un cierto periodo (según los Estoicos después de un año, entendido con una duración correspondiente a diez mil años). Sólo la idea de este eterno retorno podía, en un cierto sentido, acercar la historia a la divinidad de Dios. Pero “¡Vuestros ciclos han explotado!”, dirá San Ireneo de Lión (final de II siglo). La historia, con el Cristianismo, ya no es un ciclo, sino una construcción en la que se compone la libertad de Dios, que salvó a los hombres en Cristo y guía la historia, y la libertad de los hombres, que pueden fundar la vida como respuesta a Él o como rechazo, expresando su personalidad en la condiciones personales y sociales en que viven.
En síntesis a un hombre dramáticamente quebrado entre alma y cuerpo que ignora donde radique su consistencia y por esto fácilmente presa del poder y a una historia que es sólo repetición mecánica de eventos determinados fatalmente, suceden un hombre que tiene su consistencia en Dios, y por esto es más grande que el mundo entero, y una concepción de la historia como ámbito de la expresión del hombre.

La fidelidad al origen: lucha a las herejías y choque con el poder

Si el acontecimiento de Cristo está presente en la Iglesia a través de su misma vida, su predicación de Cristo y su práctica de Cristo (los Sacramentos), la Sagrada Escritura es un instrumento fundamental, interior a la Iglesia, para volver siempre más clara y madura esta conciencia de Él. Es decir, tiene valor en cuanto ha sido fijada por la Iglesia como regla para la interpretación exacta del acontecimiento de Cristo. Por esto no tiene sentido para el cristiano leer la escritura fuera de la Iglesia. Por otra parte lo que la Iglesia dirá de Cristo no podrá nunca estar en contrasto con lo que dice el Evangelio; es más, para volver siempre más verdadero el anuncio de Cristo la Iglesia tendrá que volver a proponer continuamente y profundizar el Evangelio. A la primera generación cristiana Cristo ha confiado esta extraordinaria aventura: la responsabilidad de fijar la regla de la fe. No hay “palabra”, por lo tanto, fuera de la Iglesia. El contenido de la salvación no es esta palabra, sino el acontecimiento de Cristo presente en la Iglesia a través de la predicación y de los Sacramentos. La ortodoxia es aceptar que la inteligencia que tenemos del acontecimiento de Cristo y, por tanto, de nosotros mismos, madure en la pertenencia. Lo que aconteció y vive en la Iglesia juzga la inteligencia, el modo normal de percibir las cosas. Viceversa no se puede aproximarse a Cristo y juzgarle a partir de la filosofía o de las religiones orientales o del modo greco-romano o hebreo de concebir al hombre. Es necesario que el acontecimiento de Cristo sea el criterio de juicio, no el contenido que se juzga. Ésta es la diferencia entre la ortodoxia y la herejía, que es siempre la tentativa de leer el acontecimiento di Cristo a partir de la mentalidad mundana.
La primera terrible herejía fue la gnosis, es decir, el conjunto de las doctrinas relativas a la salvación unificadas. Fue como una gran ideología común del mundo greco-romano en los primero siglos del cristianismo. La tentativa de los gnósticos fue aquella de insertar el cristianismo en este patrimonio común, reduciendo Cristo a una doctrina. Entre el final del siglo II y el comienzo del III, la herejía más difundida fue el arrianismo, que representaba la tentativa de leer la realidad de Cristo a partir de la ideología, es decir, de la doctrina griega que ponía el abismo entre Dios, ser absoluto, y el mundo. Que un hombre, Cristo, fuera hijo de Dios era absurdo: como máximo podía ser la más alta de las criaturas. El arrianismo fue, por tanto, la tentativa di volver en filosofía el acontecimiento cristiano. Todas las herejías tenían en común la tentativa de cambiar el punto de partida, de elegirlo (herejía = elección), mientras el punto de partida es el acontecimiento de Cristo como permanece y se experimenta en la Iglesia. Por esto una conciencia exacta del acontecimiento cristiano, y, por tanto, de la realidad del mundo – también en el sentido cultural – es fruto no sólo de la inteligencia, sino también de la afección.
La pertenencia a Cristo en la Iglesia es una postura que compromete la inteligencia y el corazón y tiene su punto más agudo en la obediencia a quien guía la comunidad. Hay una consecuencia: el acontecimiento cristiano, conciente de su originalidad, se hizo enseguida capaz de dialogo y de valoración, sintiéndose heredero de la sabiduría griega. Lo que los filósofos buscaban, Jesús lo había llevado. Por esto entre Cristo y toda la filosofía hubo fractura, pero también continuidad. La Iglesia, en efecto, conciente de sí misma y lanzada en un dinamismo misionero, se sintió capaz de dialogar sin complexo de inferioridad con las tradiciones culturales anteriores, eligiendo más la filosofía que la religión, porque las religiones oficiales eran mucho más una corrupción del sentido religioso que una expresión de ello.
Los motivos del choque político entre la Iglesia y el estado romano tenemos que entenderlos bien. La acusación movida a los Cristianos fue aquella de impiedad (es decir, de no adherir a una precisa religión) y de anarquía (es decir de no aceptar el culto al emperador). La historiografía más reciente ha demostrado que no fue emanada una ley contra los cristianos, en cuanto eran suficientes para acusarlos las leyes normales. El Estado romano, en efecto, por su misma estructura jurídica, no podía no perseguir los reos de estos dos delitos.
El choque frontal con el Estado, extremamente violento, dura por tres siglos, a través las persecuciones que diezman millares de personas. Los cristianos, en realidad, rechazan el absolutismo político romano; no aceptan, es decir, que la dimensión (y por tanto la estructura) política sea la definición última de la persona. A tanto llegó el mundo griego-romano; no pudiendo pensar en el evento de Cristo, y más aún en un hecho como la Iglesia, el había debido volver absoluta la convivencia social. La “polis”, entendida como el conjunto de relaciones políticas, no es la expresión del valor, sino constituye todo el valor del hombre que vale justamente en cuanto incluido en ella. El culto del emperador nace de esta concepción del poder como única cosa que da valor absoluto a la vida, sin la cual no habría que la desesperación universal.
El Estado greco-romano propuso a los cristianos sacrificar al emperador e introducir su religión en el “panteón” de los cultos admitidos, de los cultos, es decir, que aceptaban ser reducidos a afirmaciones privadas al interior de la afirmación que el Estado era todo.
Los cristianos que concebían, en cambio, la vida social como expresión del valor de la persona (que últimamente está constituida por su dimensión religiosa), no aceptaron ni de introducir su religión en el “Panteón”, ni de sacrificar al emperador, incluso cuando el sacrificio era más formal que substancial. El hombre, en efecto, o depende de Dios o depende de la estructura del poder: son dos lógicas inconciliables. Precisamente por esto, el cristianismo luchó contra las demás religiones que habían aceptado su propia reducción y dialogó, en cambio, con la filosofía, que había resistido a la concepción absoluta del Estado, sobretodo después del nacimiento del Estoicismo.
El cristianismo, sea bien claro, no rechazaba el Estado como autoridad política, sino el culto del Estado. También para los cristianos la convivencia social es una dimensión natural y es cosa buena organizarla, siempre que no pretenda ser Dios ni tener un valor absoluto.
Tertuliano: “El emperador es grande, pero está debajo de Dios”. El valor absoluto tiene que ser reconocido sólo a la persona, precisamente por su relación con Dios. Por esto la convivencia social y el poder tienen que dar espacio a las personas y a su libertad. Es notable, a este propósito, el hecho que alrededor del año 150 un grupo de cristianos, llamados apologistas, haya escrito al emperador pidiendo libertad para todos (para los ciudadanos, para los grupos, para las religiones, para los pueblos) y dando la imagen de una vida social absolutamente no anárquica, sino estructurada, no ciertamente símil a un monolito que sufre los contragolpes del personalismo del emperador. Esto demuestra cómo el cristianismo no se haya puesto en posición de rotura respecto al Estado negando las exigencias de la estructura social y política, sino haya, ya al comienzo, rechazado su lógica absolutista, que reduce la persona a su vida social y al poder estatal. El hombre es tal no en cuanto tiene una posición social, sino en cuanto es hijo de Dios. Por esto San Pablo en la Carta a Filemón, devolviendo el esclavo al dueño, le dice: “Te devuelvo el esclavo, que es tu hermano”. Aparece claro que el cristianismo, aunque no discutiendo inmediatamente la estructura de la sociedad, puso dentro de ella una sociedad diferente.
Con el siglo IV terminó el choque frontal con el poder, pero no el choque político en cuanto tal, porque, también cuando los emperadores fueron cristianos, intentaron poner “el vino nuevo” del cristianismo en “las barricas viejas” del estatalismo romano, actuando una pesada protección respecto a la Iglesia.
El viejo absolutismo utilizaba ya el cristianismo como ideología. Así en los siglos IV y V, sobre todo en Oriente, la Iglesia tuvo que defenderse también de los emperadores cristianos. Desde siempre la Iglesia ha defendido la libertad de la persona y de su conciencia llamando el Estado, no a determinar, sino a servir al hombre y su libre expresión. Los testimonios de estos choques están recogidos y documentadas por el gran histórico de la Iglesia Hugo Rahner en el volumen “Iglesia y estructura política en el cristianismo primitivo”, donde se demuestra que, mientras la Iglesia ha siempre sostenido la relatividad del Estado respecto a la persona, la tendencia del Estado romano, aún cuando guiado por emperadores cristianos, fue aquella de ponerse como valor absoluto.

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