¿Aprender para enseñar o aprender enseñando?
autor: Felice Crema
investigador de Historia de la Pedagogía en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán (Italia)
Tommaso Lanudo (entrevistador)
periodista
fecha: 2013-03-28
fuente: Imparare per insegnare o imparare insegnando?
Libertà di educazione, Quaderno 34 (Libertad de educación, Cuaderno 34)
traducción: María Eugenia Flores Luna

En una situación tan caótica e incierta para quien quiera empezar a trabajar en la escuela se abre paso la necesidad de aclarar acerca del problema de la formación del maestro y - sobre todo - sobre aquello mucho más radical de su identidad. Para definir en efecto las modalidades según las cuales un futuro profesor deba ser formado a fin de ser considerado hábil para desempeñar su profesión, hace falta al mismo tiempo interrogarse sobre la naturaleza de su profesión: ¿qué cosa es llamado a hacer un docente y cómo puede hacerlo del mejor modo? Hemos hablado con el profesor Felice Crema, docente de Historia de la Educación en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán.

Profesor Crema, ¿cuál es según Usted la fórmula para una buena formación de los maestros? ¿Cómo se forma un maestro?
La formación de los maestros necesita tiempo, se incrementa poco a poco. El maestro no es simplemente el repetidor o sólo uno que transmite un saber adquirido al inicio de su profesión. Al contrario: podríamos decir que el recorrido de su formación coincide con su recorrido profesional.
La formación siempre es el resultado de una disponibilidad a acoger cuanto es propuesto, sea a través de una enseñanza formalizada, sea por la consciente participación en la realidad.
En el tiempo la proporción entre estas dos fuentes de conocimiento cambia, pero los dos factores siempre están presentes. Para comprender esto basta con reflexionar sobre cuánto pesa la propia experiencia de estudiante en la idea que nos formamos del ser maestro ya durante nuestra carrera de estudiantes.

¿Por lo tanto la formación del maestro va más allá de la sola formación inicial?
Formación y ejercicio de la profesión no son nunca separables en todo el recorrido de la formación. Eso se comprende muy bien reflexionando sobre todo lo que ocurre cuando se prepara una lección (y, con mayor razón, un curso plurianual). En esta tarea de rutina el maestro siempre se mueve teniendo dos referentes: ¿el presente como anticipación de un futuro muy próximo y el pasado al cual regresa, repensando las lecciones, ya hechas sobre el mismo tema, aun a la luz de su eficacia para el aprendizaje. En esta dinámica entran en juego los contenidos (¿aún son adecuados? ¿Muy pocos o muchos?); uno se interroga sobre los propios alumnos, sobre el interés con el que están participando; más raramente sobre cuál sea el recorrido propuesto y sobre el paso con que los alumnos están avanzando.
Un buen maestro es un sujeto que estudia, se forma, investiga pero sobre todo está presente en el contexto concreto (humano, cultural, educativo, formativo) dentro del cual se coloca su enseñanza. Sólo en clase, y en el tiempo, se hará evidente el resultado, más o menos positivo, de este trabajo.

¿El maestro tiene que concebirse pues como un sujeto activo no sólo en la transmisión del saber, sino también en su elaboración?
Se piensa hoy muy a menudo que la elaboración de contenidos y la indicación de los métodos sean una tarea reservada al especialista. Pero se olvida que si esto por algunos aspectos tiene razones convincentes, sobre todo en la primera formación, su aceptación acrítica, y por tanto totalizadora, de parte del maestro implica dos consecuencias muy graves.
La primera: se olvida que la gran parte de lo que se enseña (y aún más de aquello que se aprende) no pertenece al saber académicamente (científicamente) definido.
La segunda: que de este modo el maestro es conducido a transmitir un conocimiento que, aun cuando fuera por absurdo perfecto, sería advertido inevitablemente como prefabricado, separado es decir del modo con que el sujeto (alumno pero también maestro) conoce en sentido propio. ¿Podemos pensar en serio que estos contenidos puedan suscitar el interés del alumno para el aprendizaje, aun sólo escolar?

¿En este proceso qué rol deben tener los manuales adoptados?
La posición que los libros de texto ocupan hoy en la didáctica es el resultado, pero también una continua confirmación, de lo apenas recordado. Ellos en efecto, con su mole y su pretensión de objetividad y exhaustividad, se proponen no como un instrumento para entrar más profundamente en la realidad, sino como un mundo cerrado, que se sustituye al mundo real, en el que maestro y estudiante son llamados a entrar. Me parece que nada pueda ser más dañino, sea por las modalidades de aprendizaje que promueve, sea por la incapacidad a solicitar al alumno un interés al estudio y al conocimiento.
Esta lógica - en que el interés de la industria editorial escolar es dominante aun desde el punto de vista de la dirección metodológica y cultural - sería necesario romperla, con opciones radicales aunque ciertamente laboriosas para el maestro y por eso incómodas. Saber realizar instrumentos didácticos justos no sólo ocasionales sino pensados como guía para el entero recorrido de la propia enseñanza representa hoy una ocasión importante para el maestro, a la cual es posible responder sólo compartiéndola con otros, no necesariamente sólo maestros, y que, aun por eso, representa una potente ocasión formativa.

¿A la luz de todo eso, qué relación existe entre formación inicial y formación en servicio?
Es evidente que sea la formación inicial sea aquella en servicio ambas ponen en juego las fuentes de las que el maestro trae alimento para el propio trabajo, el saber constituido y la experiencia de aquella situación específica que caracteriza la escuela, no un monolito que se conserva en el tiempo, sino un recorrido con formas y con esperas que se distinguen en el tiempo - piensen en los diferentes ciclos - y que se articulan - piensen en la diferenciación existente, sea por los contenidos que por métodos y motivaciones, entre recorridos técnicos, profesionales, escolares. La diferencia entre formación inicial y formación en servicio no es por tanto ‘estructural’, orientada a hacer presente una abstracta ‘función docente’, sino está ligada más bien a las proporciones, de tiempo y de cantidad, con las que las dos fuentes están presentes y a las modalidades con que son propuestas con objetivos formativos. Eso justifica el mayor peso que en la formación inicial tienen aspectos de contenidos (habilitativos, formativos, disciplinales, etc.), pedagógicos y didácticos; pero no se puede ignorar, o haber conocido sólo a través de la propia experiencia de estudiante, el ámbito en que se tendrá que enseñar, la escuela, una institución con una organización para nada indiferente con respecto a las finalidades y a las modalidades con que el maestro es llamado a obrar.
La formación del maestro no puede ser pensada ni agotada por la fase que precede al inicio del ejercicio de la profesión ni por el estudio (y por la actualización) de un saber formalmente definido: necesita tiempo y es un proceso largo que no nunca puede decirse concluido.
La calidad profesional del docente depende de su capacidad de integrar la propia formación académica con el conocimiento del contexto al que uno es llamado a obrar y con la conciencia de que todo eso cae en una realidad constituida por una trama de relaciones, entre adultos y con los alumnos. La existencia de una pluralidad de referencias representa en realidad la razón más importante que nos permite hablar de la enseñanza como de una ‘profesión’ en sentido propio, según el significado atribuido por Hipócrates, hace 2.500 años, que definió al médico como el que ‘siempre tiene como fin el bien del paciente’ y es por tanto portador de una responsabilidad a la cual tiene que responder, privilegiando la dimensión ‘ética’ con respecto a aquélla ‘técnica’.
Y en la dimensión ‘ética’ toma forma el tema de la educación mientras en la dimensión ‘técnica’ se recolectan conocimientos, habilidades, competencias puestas en juego por la específica enseñanza colocada en aquel específico recorrido escolástico que lo califica desde el punto de vista formativo.

¿En la profesionalidad del docente ética y técnica son pues inseparables?
Separar estas dos dimensiones propias de la profesión del maestro significa separar la tarea de enseñar de aquella de educar. Para ser buenos maestros no basta ‘conocer el latín y conocer a Juanito’ como afirmaba Dewey, sino también hace falta estar dispuestos a ‘encontrar a Juanito’ y cada encuentro ocurre siempre en un sitio definido que lo señala porque establece condiciones y razones.
Conocer el contexto concreto al que será llamado a obrar, por lo tanto la escuela que propone un sentido y un objetivo específico y reconocible a la acción de enseñanza/aprendizaje, se vuelve indispensable. No basta sin embargo con conocer leyes y reglamentos; hace falta ‘encontrarla en acción’, es decir ser partícipes de su vida, y es ésta la razón por la que también en la formación inicial hace falta prever momentos, no cortos ni marginales, en los que el futuro maestro también tenga la posibilidad de verificar completamente las razones y los rasgos operativos de la propia decisión.

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