Aquella “profecía” sobre los banqueros de Wall Street
autor: Paolo Gulisano
fecha: 2013-05-19
fuente: CHESTERTON/ Quella "profezia" sui banchieri di Wall Street
traducción: María Eugenia Flores Luna

Gilbert Keith Chesterton no es un escritor del siglo pasado, sino del futuro próximo. En la producción decididamente abundante, de acuerdo con su autor, que nos ha dejado, junto a las tan conocidas obras narrativas, entre las que destacan las narraciones del Padre Brown además de las novelas, ricas de fantástica imaginación, desde El Napoleón de Notting Hill a La Hostería Volante a El hombre que fue Jueves, encontramos una producción de ensayos absolutamente excepcional: su talento tuvo modo de lograr obras como Ortodoxia o las biografías de santos como Francisco de Asís y Tomás de Aquino y otros más. Después de años de olvido, Chesterton parece haber vuelto de moda: se lo reedita, se ofrecen (por fin) al público italiano diferentes inéditos, y se habla en encuentros y congresos. Se pone en evidencia - y justamente - el espíritu apologético del cristianismo, pero también hay otro aspecto fundamental que señalar del gran periodista y escritor inglés: su capacidad de leer proféticamente la realidad. Ya en los años 30 escribía y discutía de eugenesia, pero no sólo: vio con antelación todos las fallas que habrían producido los sistemas políticos que por diferentes razones sofocaban las libertades auténticas, en particular juzgando con extraordinaria previsión los apuros de un moderno “estado servil” donde el hombre es despojado de la soberanía personal, de la posibilidad de contar con el propio trabajo, con el propio tiempo, hasta con los propios talentos.

Chesterton escribió en una carta a la novia, a inicios del propio empeño periodístico: “Es fácil, a veces, donar la propia sangre a la patria, y aún más fácil donarle el dinero. A veces es más difícil donarle la verdad”. Apremiaba en él el deseo apasionado de salvaguardar las conciencias y el pensamiento de sus connacionales de los venenos de la propaganda de un grupo, con todas sus falsedades y mentiras. 

El intento de Chesterton era aquel de tomar en serio integralmente la realidad, empezando por la realidad interior del hombre, y de emplear confiadamente el intelecto - o bien el sentido común - originalmente sano, purificado de cada incrustación ideológica.
Frente a los males de la Modernidad, y, a su progresivo afirmarse, Chesterton no responde con pesimismo recriminatorio, sino con la alegre rebelión del cristiano.

Con el empleo sabio de la paradoja, Chesterton no se limita con hacer sonreír al lector. Le revela que el mundo dejado a sí mismo siempre se vuelve peor. La consecuencia más deletérea de la descristianización no ha sido pues el grave extravío ético sino el extravío de la razón. El mundo que rechaza a Dios, que le da la espalda, que quiere prescindir de Él, enloquece. La relación individuo-sociedad, libertad personal-orden civil, o bien persona-estado, es una de las coyunturas cruciales de la modernidad. Uno de los modos más originales de afrontarlo ha sido representado por el movimiento inglés del Distributismo, al que hace noventa años Chesterton dio vida junto a los amigos Hilaire Belloc, escritor, periodista y parlamentario y Vincent MacNabb, fraile dominicano irlandés.

El Distributismo o bien una alternativa al capitalismo y al socialismo. Un problema nunca resuelto, se podría objetar, aquel de la “tercera vía” entre liberalismo capitalista y socialismo colectivista, y quizás superado por los tiempos. En realidad cuanto ocurre hoy, las señales de sustancial quiebra de la globalización, nos invitan a retomar seriamente en consideración la cuestión, y un redescubrimiento del pensamiento de Chesterton es más actual que nunca. 

Chesterton y sus amigos distributistas habían identificado en el “Estado servil”, capitalista o marxista es indiferente, la sumisión del hombre al Estado o al propietario, y a sus pretensiones.
Al contrario, según el Distributismo, se debería permitir que las personas sean capaces de ganar para vivir sin deber contar con el uso de la propiedad ajena. Ejemplos de personas que se ganan la vida de este modo son los campesinos que poseen su tierra y las relativas máquinas (o bien en cooperativa con otros campesinos); los artesanos que poseen sus instrumentos, y que por ellos pueden desarrollar su talento y su creatividad. El Distributismo además preveía un enfoque corporativo, o cooperativo, que preveía la co-propiedad de comunidades locales más grandes que una familia, por ejemplo, socio en un business o bien en un consorcio, incluso siempre quedando en una forma de independencia empresarial.

El Distributismo, además, preveía la eliminación o una profunda reelaboración, del sistema crediticio, con un rol muy diferente de los gobiernos en campo económico, por ejemplo por acuerdos fiscales con esas pequeñas (si no pequeñísimas) empresas, finalizados a la incentivación de la confianza de los bancos respecto a los acreedores usuarios del crédito social y del desarrollo de la fiscalía monetaria.

¿Utopías? En realidad Chesterton no hace más que reclamarse explícitamente aquellos principios de doctrina social católica que ahondan las propias raíces en la experiencia benedictina (Ora et labora) expresada modernamente en diferentes encíclicas papales.

Chesterton y los distributistas creían que cada autoridad, en la familia, en el negocio, en la empresa, en la región, no existe en el estado nunca, en ningún caso, a beneficio de los que la poseen y hacen uso de ella. Ningún dueño tiene derecho a explotar a un solo hombre. Sin embargo cada época, hace notar Chesterton, ha tratado de producir su versión de la tiranía y del esclavismo. El gobierno debe gobernar, pero nunca volverse un tirano; los gobernados tienen que obedecer, pero no deben conformarse nunca con hacerse esclavos.

El fundamento de la libertad - a diferencia de cuanto recitan las diferentes ideologías de hace doscientos años - está en Dios. Olvidar que Dios es la única fuente de autoridad es un empezar a ofrecer a César aquello que es de Dios, venerar a la Bestia del Apocalipsis y adorar lo que desea destacar.

El verdadero drama de la modernidad, por tanto, está en la elección entre Dios y los ídolos, entre la civilización cristiana y el nuevo paganismo que adora poder, dinero y lujuria.

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