Arquitectura Cisterciense
autor: Vicky Porfidio
fuente: Architettura Cistercense

Una espiritualidad renovada en el rigor y en la armonía

La interpretación de la regla benedictina promovida por los abades de Cluny entra en crisis al final del siglo XI a causa de una degeneración de la vida dentro de los monasterios, donde se pierden de vista los valores fundamentales expresados en la regla misma.

Al interior del orden se siente la necesidad de intervenir con movimientos de reforma que proponen el regreso a la observancia de los preceptos de la regla: el rechazo del lujo, la necesidad del trabajo manual de los monjes, la meditación individual.
Hay dos reacciones a la crisis de la regla: los Certosinos proponen una alternativa radical al sistema de Cluny, indicando el método del ascetismo más rígido, en lugares inhospitales y en absoluta soledad, en cambio el abad borgoñón Robert de Champagne busca un equilibrado compromiso, inspirándose en la alternancia de las horas de ruego y de trabajo propuesta en precedencia por San Benito, en la exigencia de la concentración necesaria por el logro del verdadero conocimiento. Junto a otros veintiún monjes funda en el 1098 en Citeaux la primera abadía fundada sobre la nueva espiritualidad y a la renovada regla es dado el nombre latino de la localidad Cistercium. Los verdaderos fundadores del orden son considerados los abades Alberico y Esteban porque Citeaux consigue la llena independencia bajo su abadiado y entre 1113 y 1115 se juntan otras cuatro nuevas abadías: La Fertè, Pontigny, Clairvaux y Morimond.

De estos lugares toma inicio una expansión rápida y difusa, al final del siglo XV se cuentan en Europa unas 700 abadías cistercienses, en Italia son 88, predominantemente unidas a Clairvaux (Chiara-valle, Claraval).

De Clairvaux proviene San Bernardo, el personaje más significativo en la evolución de la espiritualidad y la arquitectura cisterciense. Encendido reformador y vivo protagonista de la vida intelectual, San Bernardo contrapone al ejercicio de la dialéctica el salto místico del amor. Inspirándose en San Agustín, San Bernardo afirma que la razón no es suficiente para alcanzar el conocimiento de Dios, sino sólo a través de la concentración y la oración, y gracias a la intercesión de la Virgen Maria, el monje puede acceder al grado supremo: los pasos son la cogitatio (investigación sobre la materia y sobre el mundo sensible), la meditatio (momento de reflexión y repliegue introspectivo) y la contemplatio (intuición mística de la verdad).

La forma arquitectónica de las abadías responde perfectamente al nuevo misticismo cisterciense, ellas nos aparecen completamente sin decoración, los fundadores del orden habían dado claras indicaciones en tal sentido: los metales preciosos son limitados a la necesaria vajilla litúrgica, cualquier empleo no necesario de material precioso o dinero tiene que ser evitado cuidadosamente, prohibidos las torres de piedra y también cada decoración de pisos y escaños del coro. San Benito afirma que decoraciones talladas o pintadas no ayudan la meditación del monje que viene más bien distraído por tales formas, las iglesias demasiado a menudo son escandalosamente ricas mientras los fieles son pobres, la exagerada proyección de las anteriores construcciones es "Vanidad de las vanidades, más ridícula que vana."

Sobre la base de estos conceptos, se explica el motivo del aspecto desnudo y austero de las abadías cistercienses: no una reacción negativa, iconoclasta, respecto al arte, sino una precisa y motivada indicación mística.

Algunas de las abadías cistercienses son todavía bien guardadas y siguen valorando los escritos de San Bernardo: tenemos en particular notables ejemplos en Fontenay en Borgoña, Silvacane en Provenza, Poblet en Cataluña, Fossanova y Casameri en Lacio y Chiaravalle milanés, Morimondo y Chiaravalle de la Paloma en Val Padana.
Los elementos característicos son la atenta y lógica distribución de los ambientes conventuales alrededor del claustro, el equilibrio armónico de las proporciones, la presencia simbólica de la luz. La alternancia de las horas del día señala los momentos del trabajo y el ruego colectivo o individual: el transcurrir de la luz a través de los ambientes de la abadía señala simbólicamente los tiempos del día, también subrayados por el orden regular de la arquitectura. El módulo según el que las abadías son erigidas sea en planta sea en alzado también es aquel cuadrado para favorecer esta organización, la arquitectura resulta de este modo muy simple y regular y las relaciones dimensionales son equilibradas y armónicas. La difusión de la luz ocurre por grandes ventanas no historiadas, pues muy luminosas.

Las abadías cistercienses de clausura a menudo son cerradas por una tapia, a lo largo de la cual se abren entornos de servicio, como la hospedería, la capilla destinada a las mujeres y a los visitadores no admitidos al interior, la panadería con horno y la entrada-portería, generalmente fortificada. La elección del lugar de edificación es ligado a la presencia de cursos de agua, por esto predominantemente encontramos las abadías cistercienses en los valles.

La distribución de los ambientes sigue cuidadosamente las indicaciones de San Bernardo, y resulta pues muy parecida en las abadías distribuidas en toda Europa.
Corazón de la abadía es el claustro cuadrado, alrededor del cual son distribuidos los ambientes en una regular dialéctica arquitectónica. Sobre el lado septentrional encontramos la iglesia, a tres naves con presbiterio, capillas absidales y transeptos cuadrados. Las bóvedas, sustentadas por los típicos pilares a haz con capiteles sencillamente decorados, siempre son a cruz en las naves laterales, mientras que aquella central a menudo es cubierta con bóvedas de cañón. La impresión de desnuda y rigurosa geometría comunicada hoy por las abadías cistercienses era un tiempo interrumpida por la presencia de un tabique, dotado de púlpito, que dividía en dos las naves, separando la parte de los conversos de la zona reservada a los monjes. Además, en la nave central estaban alineados los escaños del coro.

A nivel del coro, alineada al transepto derecho, se encuentra la escalera capitular, abierta por grandes ventanas hacia el claustro para permitir a los conversos de asistir a las reuniones del capítulo. A su lado se encuentra la escalera que conduce al piso superior, completamente ocupado por el dormitorio común de los monjes, que domina también el “scriptorium”. A lo largo del lado opuesto a la iglesia se organiza la parte más característica de las abadías cistercienses, por la que San Bernardo ha elaborado significativas derogaciones a la costumbre benedictina. Entre las cocinas y una cosecha y un ambiente bien calentado se encuentra en efecto el refectorio, orientado en sentido perpendicular a la nave de la iglesia. En correspondencia se eleva en el claustro un edículo-lavabo para las abluciones.

El último lado está reservado a un amplio almacén, un depósito y a los locales por los conversos con el dormitorio y el refectorio sobrepuestos.

Cuanto a los materiales, la regla impone que sean simples y de bajo costo: pues las abadías cistercienses siempre están construidas con piedras procedentes de canteras vecinas o con ladrillos, sin inserciones de mármoles o materiales preciosos.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License