Arte, razón en acción
autor: Davide Rondoni
fecha: 2008
fuente: Arte, ragione in atto
Publicado en el No. 14 de Atlantide (2008.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Como si hubiera otra cosa que hacer. Digo: como si hubiera otra cosa que hacer en lugar de estar aquí, donde la vida pasa y continuamente, fuerte y sutilmente se presenta, para mirarla a los ojos, y decir: no te vayas. ¿No hacen así los que aman? ¿O aquellos que, perdidamente, la persiguen y en los ojos sólo en ciertos instantes se sacian? ¿Qué es vivir como protagonistas si no advertir continuamente el protagonismo de la vida en la vida? Como algo que urge y rompe el telón en la escena visible, una presencia invisible y que sin embargo se impone

No me importan aquellos que piensan que razón y arte están divididos, dos mundos incomunicados. No saben de qué hablan. No saben qué es la razón y no saben qué es el arte. Arte y razón son los monos que han producido siglos de reducción al racionalismo del uno y al sentimentalismo del otro. Siglos, o mejor artificios seculares de poder, porque el tiempo, o en cambio el tiempo confirma y reconfirma que ellos dos, el arte y la razón son hermanos por los cuales corre sangre común en las venas: la sangre de la visión. En cambio aquellos que las quieren divididas y malquistas, tienen a los dos pequeños monos domesticados, los hacen parlotear y luego enfrentarse, entre la burla de los presentes, que ya dormitando repiten cansadamente: oh, el artista un irracional…

Santo Tomás decía que el arte es razón en acción. Le hacía eco ochocientos años después o por allí Flannery O’Connor, gran escritora del Sud de los Estados Unidos. Y más sutil y esplendente, si así se pudiera decir, el viejo “Tio” de nosotros entonces jóvenes poetas italianos que en los años Ochenta no nos resignábamos a una poesía post vanguardista o muy apagada - Piero Bigongiari, el poeta que dedicó al dedo que escribe en tierra de Jesús un libro oscuro y fuerte. Decía: la poesía es una ciencia nutrida de estupor.

Y entonces ¿qué más hay que hacer? me vuelvo a decir, vagando ya más allá de mis cuarenta años, diseminado entre muchos libros y países, y ya endeudado con muchos hijos, ¿qué más, si no estar aquí a mirar el presentarse de la vida, de su secreto y probar cómo una nada del niño o del muchacho del coro que mueve los labios y los precordiales de voz para gruñir, silabar, murmurar la música relacionada con aquel ritmo de caída de océanos y precipicios de luz, de perfiles que giran en el aire y de trenes, en resumen este curso del mundo o también en la estasis esta presencia de la vida en la vida? ¿Es razonable todo esto? ¿Es conveniente? ¿Es civil?

Al premio Nobel Josip Brodskij los esbirros de Stalin preguntaban: « ¿Cuál es su ocupación?» «El poeta». No le creían: « ¿Qué trabajo hace?» Y él: «El poeta». Y para qué sirve la poesía se habría preguntado también él, como todos, mientras iba a retirar el gran premio. Para salvar el “rostro no común”. La dignidad del individuo, la singularidad de cada personaje y de cada lector. No sólo la razón de la libertad una vez más se encontraba opuesta a través de gran parte de la literatura y de la poesía, en la época del joven poeta, contra las pretensiones totalitarias – como ocurre también hoy, pero en otro más disimulado contexto de totalitarismo pseudo sentimental. Estaba también, en oposición, a la política etc., un elemento que reclamaba también al último de los poetas teniendo como razón para el arte el “rostro no común”.

Cuando inicié a escribir poesías más inevitablemente de cuanto hacen casi todos, me encontré ante mí los ejemplos de Mario Luzi, de Giorgio Caproni, de Giovanni Testori y de otros, cuya humanidad me persuade que no se estaba haciendo, escribiendo poesías, algo de locos, sino una cosa dentro del tejido del mundo, del corazón y de la historia. Habría sido razonable, es decir humano, mientras los amigos se convierten en profesores, médicos, abogados, maridos, sacerdotes, convertirse en aquella figura sin tarjeta de presentación y sin pudor, como un punto descubierto del mundo, una flor de contagio o una canción: un poeta. En aquellas huellas, y en aquellas a distancia de Rimbaud, Baudelaire, Leopardi, y hasta Dante, habría sido razonable dar la propia vida a la poesía, y ser lo poco o mucho que hubiera querido el destino, protagonista de mi vida con la voz de la poesía. No una elección, sino un destino. Aceptado, con lo que implica, fatigas de todo tipo. Y aún hoy y más grandemente vivo aquel inicio.

Los años no han aclarado por qué yo haya hecho este camino de arte y vagabundeo de alma y, qué sé, mi hermano, sin duda más dotado de inteligencia que yo, no. La razón en acción, la razón en acción… Tenía razón Santo Tomás. Y su lectora Flannery O’Connor en efecto respondía a quien las objetaba: ¿pero cómo puedes ser, en el siglo XX, artista y católica? «Precisamente porque soy católica no puedo dejar de ser artista». Razón en acción… La catolicidad de la razón, o de la apertura a lo existente, que se convierte en acción y visión. Y el misterio de la Encarnación al centro de la mirada, como punto de enfoque, como elemento que revela el nexo, el vínculo entre lo particular y lo infinito. Sin buscar, entender, sentir este vínculo entre detalle e infinito, el mundo y la vida no pueden jamás convertirse en objeto de una visión.

Cada detalle, sin relación, quedaría ponderado como objetos o gestos casualmente entrados en escena y tirados en la tarima. No por casualidad Pablo, el santo nervioso y tierno, usa la metáfora de la escena, y casi suplica que esta escena pase. Para revelar otra, definitiva. En una escena teatral, en efecto, cada presencia es vista y propuesta en relación con todo el espacio y todo el desenvolvimiento del tiempo. Tal relación permite que se tenga una visión. El hombre de hoy, como anticipaba Shakespeare, se siente lanzado a una escena cuyo copión está escrito por un loco borracho, y donde la visión no es posible, y la escena se vuelve una pesadilla. Muchos hechos, muchas presencias terribles, muchos escándalos e insoportables dolores vienen a complicar la escena. Para pedir mirar mejor en vez de cubrirse los ojos, como habría que hacer ante ciertas cosas.

Hoy vivimos con los ojos metidos en las pantallas, nos hacen ver de todo. También los artistas proveen a este perseguir, pero no hay visión. También el poeta Wojtyla en los mismos años, en un poemita en prosa, que dialoga sobre la materia de la vida, concluye que ciertamente el hombre contemporáneo necesita de muchas cosas, pero sobre todo carece de “visión”. Y de falta de visión hablaban en los mismos años, si bien distantes entre sí, también poetas como Álvaro Mutis, Jorge Luis Borges, Mario Luzi…

Para mí el problema del protagonismo de la vida tiene esta raíz y este horizonte.

Túneles, hombres

Me compras las Diana (cigarrillos), me compras
las Diana -

Lo encuentro porque he vendido el auto,
ni siquiera
el habitáculo para repararme en los viajes,
estoy en el hall,
mareas.
En los túneles hasta los rieles
nos tocamos,
ojeadas espinas y rosas en los túneles
dadas por desconocidos
Las Diana, me compras
no tiene dientes, las pide, es anciano, simpático,
perdido.
Lagos lejanos, detenidos
en las miradas fijas
en los display. Sombras
que se curvan y se tienen del brazo.
Dicen que el mundo es armonía,
fusión. - Sí, pero paritaria
dura,
aquí se pierden astilla a astilla,
roce de cal
molecular, alegría y pena, no piden
perdón chocándose por las escaleras.
Qué cosa pasa por la cadena
de huesos en los senos magros, errores en el rostro
o bellezas fugitivas, me compras las Diana
tiene ya sólo aquella letanía mi imagen
y semejanza,
como ella cuando dice
amor llévame contigo y yo ya no sé
dónde mirar - -
Si me giro en el túnel 36 E
¿qué veo, un misterioso fresco
o la rapidez del óxido
su devorante frondosidad?
Figura humana,
extrema y variada, jamás mirada
por los legisladores,
sudar horrores apareciendo
en los túneles entre neón y losetas, y deseo
y favor del cielo, soberbia y
desesperación,
avanza en estos túneles
o altiplanos
en un viaje que quizá es retorno,
en una noche que no oscurece
todas las vitrinas del día.
(de Apocalipsis amor, Mondadori)

¿Qué diablos es mi visión? No me refiero naturalmente a la construcción de un sistema filosófico o de un canon estilístico-literario: sino al enfoque del mirar. Qué veo cuando veo los rostros de mis hijos, o en el túnel la gente que avanza, o en quien me detiene para pedirme mendigando un cigarrillo… Qué veo cuando veo algo… He mencionado en un poemita sobre el pintor Lorenzo Lotto, leído en Bérgamo. Y en esta poesía, que nació entre la muchedumbre del Grand Central Station en Nueva York y en otros miles y miles de vestíbulos de estaciones, túneles, escaleras… Además el Meeting 2008 se titula «Protagonistas o nadie», de una frase de don Giussani. El cual pone la clara alternativa. Y no entre protagonistas y coprotagonistas entre protagonistas y comparsa… No, la alternativa al protagonismo de vivir con una visión que vincula el particular y el todo es la nada. El anonadar de lo humano, por vía trágica o, más fácilmente como vemos, y como habían previsto el gran Baudelaire y Eliot, por vía del aburrimiento y del lamento. El protagonismo pertenece como posibilidad también a quien en la escena del mundo es poco más que una comparsa - ¿y no lo somos todos? ¿Incluso de los más famosos y honorados, qué queda? el cartel en una calle… Y el ser ninguno es también de quien piensa de ser “alguien”.

La visión es la señal de ser protagonista. Es la acción del protagonista. En cuya mirada está la posibilidad de una acción, también para todos los otros, gracias a este misterioso conectarse de infinito y finito, desde ya y aún no, a esta razón en acción… Así que se puede ir a escena, sintiendo urgir otra escena. La razón en acción de los artistas, por lo que concierne a mi poca y miserable experiencia, de perro que persigue la grandeza de palabras que digan la vida, y la digan con el realce que merece, he aquí la razón en acción de los artistas es uno de los antídotos en una época racionalista y pseudo sentimental, época donde a la despiadada cínica razón que calcula todo, hasta cómo debe ser un hijo, acompaña la melaza odiosa de un sentimentalismo que todo iguala y confunde. El arte, reclamando el realce que tiene la vida ante el hombre con los ojos y el corazón abiertos, será siempre una ayuda para mirar, para buscar el sentido de la escena, para permanecer como protagonistas (cualquiera puede disfrutar de Dante, o Leopardi y mirar con aquellos ojos en los ojos) sea que se hagan cabriolas y grandes lances en el proscenio, sea que en la sombra de estos faros pasajeros se esté preparando la materia del sol.

El amor al inicio y al final no es
un sentimiento
pero en tu llegada una furia
inmóvil, ojo de ciclones, el sueño
de la mirada fósil
partida bajo el ámbar
disponerse de las estrellas
eìn el aire y en tu rostro -
un juicio universal en cada paso.
Los sentimientos cambian, no la lucha
entre la vida que busca la vida
y la vida que busca la muerte.
Amor, sujétame fuerte, ¿lo oyes?
mudo grito en las calles de Italia
y de aquello en que Italia está convirtiéndose
entre relámpagos de sangre y maleducados
camareros
algo que no sabe tu nombre, y
como un asesino, ni ojos ni ayer
Pero tu amor al inicio y al final
reclama el viento, inventa las vías de retorno
no dejes desiertas de ti estas plazas
las manos en las cunas, los autos
en columna contra el sol
y las poesías y las mujeres, estas locas
(de Apocalipsis amor, Mondadori)

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