¿Atomo indivisible? Preguntas y certezas en la ciencia
autor: Lucio Rossi
Head of the Magnets, Cryostats and Superconductors Group, CERN
Mario Gargantini (entrevistador)
Periodista y Director de la Revista Emmeciquadro
fecha: 2011-08-22
fuente: Atomo: indivisibile? Domande e certezze nella scienza
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "E l’esistenza diventa una immensa certezza", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Y la existencia se convierte en una inmensa certeza")
traducción: María Eugenia Flores Luna

LUCIO ROSSI Estoy muy feliz de poder contar las cosas que hacemos. En efecto, hacemos cosas difíciles, respecto a las cuales no es simple ir a buscar certezas: hoy en día buscar certezas es la cosa, quizá, más difícil. La falta de certeza está enmascarada por la solicitud del bienestar: la gente casi no pide certeza, se contenta con lo que lo hace sentir bien. Yo trabajo en el Cern, (Organización Europea para la Investigación Nuclear) donde tratamos de entender cómo está hecho el universo. Advierto inmediatamente que lo que digo representa mí opinión personal y no compromete la dirigencia del Cern. Partimos precisamente de una pregunta «¿Por qué existe una entidad como el Cern?». El Cern ha sido constituido para responder a preguntas que exigen respuestas ciertas. En el imaginario colectivo del hombre moderno la ciencia es aquel nivel, quizá el único, capaz de darnos respuestas ciertas, porque es objetiva. De cualquier manera a nosotros los científicos nos preguntan: ¿pero esta verdad es científica? Como decir: ¿es cierta? tenemos en efecto la idea de que la certeza no dependa de mí y de ti, no dependa del sujeto, en otras palabras tenemos la idea que para llegar a la certeza no sea necesario comprometerse; en cambio no es exactamente así. Ante todo las certezas, los conocimientos, a los que nosotros llegamos, ¿en qué ámbito se colocan?

La física de las partículas es uno de los dos extremos del espectro espacial del conocimiento, de una parte es lo infinitamente grande, la observación del cielo siempre más lejano, las estrellas, las galaxias, el cosmos. Es la primera investigación, en el sentido que todos nosotros pensamos: el hombre, mirando las estrellas, ha comenzado a hacerse preguntas, sobre el mundo y sobre su lugar en el mundo. Esta es ciertamente la primera porción de lo real que se ha ofrecido a nuestra exploración: la observación de lo infinitamente grande. En medio a dos extremos, entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, significativamente está el hombre; nosotros somos más o menos de la dimensión del metro, y somos «la unidad de medida» de nuestras observaciones.

Con nuestros aceleradores indagamos lo infinitamente pequeño; hacemos microscopios (y microscopio quiere decir mirar un millonésimo de metro) siempre más potentes que, desde hace algún tiempo, nos dejan «ver» átomos de las dimensiones de un nanómetro (un mil millonésimo de metro): es por eso que son así difusas las nanotecnologías, justo porque logramos ver los átomos, logramos manipularlos, y por tanto los podemos utilizar. En el Cern, aprovechando el hecho que las partículas son también ondas, podemos crear una luz finísima, mucho más fina que la luz que nos hace ver los átomos: es una luz que logra iluminar detalles de un mil millonésimo de millonésimo de metro; estamos por tanto realizando aquellas que podríamos llamar las nano- nano tecnologías, es decir un millonésimo de las nanotecnologías Ésta es efectivamente la pequeñez de las dimensiones que vamos a explorar.

Recorremos este camino hacia lo infinitamente pequeño, para entender cuál es el último nivel que logramos «resolver». Imaginemos mirar una regla graduada y el mundo a lo largo de esta escala: en medio está el hombre, de nuevo, y nos dirigimos aún hacia lo infinitamente grande. Para explorar el universo en su inmensidad, tengo que usar un cierto tipo de instrumentos, los telescopios, radiotelescopios, los telescopios espaciales, etc.; con estos instrumentos se indagan distancias de 10 26 metros, o distancias de más de 13 mil millones de años luz, hacia el lado derecho de la regla graduada. El otro lado de la regla es la zona explorada con el LHC (Large Hadron Collider), el súper microscopio: lo llamo actoscopio, porque puede ver detalles de un mil millonésimo de millonésimo de metro (10 -18 m por lo cual el prefijo «acto»). Muy a menudo se dice que con el LHC «vamos hacia el big bang». Con el LHC estamos en realidad aún distantes: nos acercamos, pero el big bang es un asíntota, al cual se intenta llegar. Hace falta también ser modestos: en nuestra carrera hacemos cosas difíciles inimaginables hace sólo algún tiempo, pero la naturaleza nos sobrepasa por todas partes.

Y en esta carrera para ver qué hay dentro, qué se esconde en los detalles infinitesimales, nos hemos dado cuenta antes que la materia está hecha de moléculas, luego que está hecha de átomos, después hemos entendido que el átomo, a su vez, no es «á-tomo» es decir indivisible: el átomo está hecho de elementos constitutivos, el electrón y el núcleo. Luego nos hemos dado cuenta que el núcleo a su vez está hecho de protones y neutrones y al final, hace treinta-cuarenta años, nos hemos dado cuenta de qué están hechas las partículas que componen el núcleo: los «quark». Hemos llegado a los elementos que en este momento nos parecen oportunos, el electrón y los quark, nos parecen verdaderamente las partículas últimas, pero no podemos ver los quark. Podemos ver y estar seguros de cosas que no vemos directamente. Ya no es como cuando vemos una célula, metiéndola bajo el microscopio y de algún modo viéndola directamente: en la ciencia, como en la vida, el «ver» no significa ver con los ojos de manera simple, sino elaborar toda una serie de conocimientos y admitir que una cierta realidad existe; la veo en el sentido que todos los indicios directos e indirectos me llevan a conocerla.

Retornando a nuestra escala graduada de las distancias, yendo hacia lo infinitamente pequeño, vamos también hacia el big bang, nuestro origen: cualquier cuestión fundamental se liga con una cuestión que es de todas las ciencias, de la astrofísica sobre todo pero no sólo eso, la cuestión del origen: de dónde venimos. Los números como aquellos citados antes son enormes: nuestro universo tiene una edad inimaginable: 13,7 miles de millones de años, no sabemos ni representarla en nuestra mente, no tenemos ni idea de qué cosa quiera decir.

La longitud del universo también es enorme, 10 26 metros, ¡un 1 seguido por 26 ceros!, sin embargo ambos números enormes son números finitos. Quisiera subrayar esto: son números enormes, pero son finitos, podemos de alguna manera medirlos, y nosotros los hemos medido. Como hemos medido las partículas elementales: hace cuarenta años después de la hipótesis de los quark hemos construido nuestra suma teológica, talmente bella y convincente que la hemos llamado modelo estándar, es decir modelo de referencia. Este modelo estándar es nuestra nueva tabla de Mendeleev, porque organiza el conjunto de las partículas elementales. Son doce: seis partículas son muy «pesadas» (sería mejor decir masivas), las llamamos quark, y seis son en general más ligeras, las llamamos leptones. Luego están las llamadas «partículas-fuerza».

Hemos logrado simplificar fenómenos complejos a través de la estructura que está bajo, aquella de las partículas elementales. Pero este edificio tiene algunas complicaciones: ante todo las partículas no son tan pocas para ser elementales, doce partículas, más las partículas fuerza, y además está el sutil «detalle» que cada partícula tiene su antipartícula. La materia sustancialmente se produce en dos familias completamente simétricas, la materia y la antimateria: muchos piensan que la antimateria sea una cosa de ciencia-ficción, pero existe de verdad, es utilizada aun en los hospitales, cuando nos sometemos a un examen médico muy difundido, la Pet. La «P» significa «positrón», que es la antimateria del electrón.

La antimateria no sólo la conocemos, la hemos domesticado, también la podemos utilizar para fines médicos. Regresemos a nuestros ladrillos fundamentales y preguntémonos: ¿Pero entonces el átomo de Rutherford, el modelo planetario con el núcleo duro y pesado, al centro rodeado por electrones, ha desaparecido, era todo falso, es una certeza que se ha desmoronado? ¿Y qué quiere decir, que la verdad se evapora? A primera vista, el hecho que todo aquello que conocemos es siempre de cualquier manera modificado parece hacer imposible la certeza y parece indicar que aquello que se conoce nunca es verdad, aquello que es verdad hoy, mañana ya no es verdad. Sin embargo, aquello que conocemos como certeza en un momento dado luego es superado, no sólo no es inútil, sino lo comprendemos como la etapa de un camino: hay puntos sin retorno. Tanto es verdad que continuamos a decir que el átomo está constituido por un núcleo y por la nube de electrones, como Rutherford: esto es verdad, simplemente no es la verdad última, es la etapa de un camino, hacia un logro y una verdad. Cuando ha sido hipotizado el átomo, por ejemplo, suscitaba perplejidad porque contenía dos contradicciones fundamentales. Sin ir al tecnicismo: el núcleo en sí no puede estar unido porque las partículas que tienen todas carga positiva como los protones no pueden estar juntas, tienden a rechazarse.

Los electrones no podían – según los conocimientos de entonces – girar en torno al núcleo sin emitir energía y por tanto ser inestables. Sin embargo Rutherford ha propuesto el átomo con el núcleo, casi «obligado» por las observaciones, porque todas las evidencias dicen que debía ser así incluso en presencia de algunos problemas fundamentales. Ha sido partiendo de una hipótesis positiva, que daba cuenta de todas las observaciones en modo razonable, que se ha podido hacer un camino en el cual lo que era oscuro, las contradicciones aparentes, han sido aclaradas. Y se ha convertido aún más seguro de la certeza inicial. Regresemos a la tabla de las partículas: decíamos que además del hecho que parecen tantas, muchas para ser elementales, además hay otra complicación: en la tabla hay una pieza, con un punto interrogante: ¿por qué este punto interrogante?

Este modelo estándar explica muy bien la física hasta un cierto nivel, cómo estas partículas interaccionan entre ellas, pero no responden a algunas preguntas fundamentales: 1. ¿Por qué hay tantas partículas? 2. ¿Por qué existen estos tipos de fuerza? 3. ¿Qué es la masa y por qué las partículas tienen una masa tan distinta la una de la otra? La cuestión es verdaderamente fundamental porque la masa, junto al espacio-tiempo y a la energía, determina la estructura del universo. ¡Sin la masa no existe la gravitación! Por tanto la masa es verdaderamente una cuestión fundamental, y nos disturba el hecho que las partículas tengan esta propiedad tan ignota. El científico escocés Peter Higgs, con otros colegas, ha propuesto un mecanismo que puede lograr dar razón del porqué las partículas tienen la masa que tienen.

El LHC ha sido pensado hace veintiocho-treinta años justo para verificar esta hipótesis, para responder a esta pregunta: ¿por qué las partículas tienen la masa que tienen, de dónde viene la masa, este origen? Ha sido sólo después que hemos proyectado el LHC, mientras lo construíamos, que nuestros amigos astrofísicos se han encontrado frente a otras dos cuestiones fundamentales, que hace treinta años no pensaban. Nosotros pensábamos, construyendo el LHC, entender el origen de la masa, y conocer por tanto el contenido del universo. Y sin embargo de las observaciones astrofísicas han emergido dos hechos nuevos: el primero es la existencia de la materia oscura, hace veinte años nos hemos dado cuenta que gran parte de la materia se nos escapa, no la conocemos; el otro, hace trece años, que existe una forma de energía que no conocemos, tanto es verdad que la llamamos energía oscura y pensamos pueda ser una especie de antigravedad. Hace treinta años, cuando hemos creado la LHC, pensábamos: encontramos – simplifico obviamente – el bosón de Higgs y vamos a casa porque hemos conocido todo. Ahora nos damos cuenta que la masa que nosotros logramos explicar, en realidad representa sólo aquella tajada, el 4-5 por ciento del universo, del contenido de masa y energía del universo.

Es una cosa increíble: logramos entender que existe mucho más que aquello que vemos y sin embargo no logramos aún darle un nombre, tanto es verdad que la llamamos materia oscura, energía oscura. Una cosa inesperada genera otra: el LHC debería lograr hacer «ver» la materia oscura, quizá; entonces nuestro acelerador servirá para explicar mucho más aquello para lo cual ha sido hecho. Todo esto para decir que nuestro trabajo consiste en verificar las hipótesis; todo nace, hemos creado el LHC, de una hipótesis positiva.

No crean, como se trata a menudo de hacer creer, que la ciencia nazca de la duda sistemática: no es verdad. La ciencia nace de hipótesis positivas por verificar, al final la realidad es la maestra: nos comparamos con ella, disponibles a poner a parte nuestras teorías y cambiarlas según aquella que corresponde a la observación de la realidad. Hemos podido hacer un LHC, una máquina que cuesta cinco millardo al contribuyente europeo, ¿basándonos sólo en las dudas? ¡No! Ha sido hecha sobre hipótesis razonables que germinan como intuiciones, o que surgen en el momento «glorioso» de un descubrimiento inesperado que excede la comprensión que teníamos antes pero que aceptamos porque todo sucede para decir que la hipótesis más razonable es que tenga que existir aquella realidad apenas descubierta. Nuestros descubrimientos no los vemos directamente, debo verificarlos, sobre todo si son inesperados. Y aquí vuelvo a aquello que he dicho inicialmente: la idea que la ciencia pueda tener certezas objetivas, independientes del sujeto, digamos, en el cual el sujeto no tiene que fatigar para verificarlas, en las cuales el sujeto no tiene que involucrarse, es errada. La ciencia, como todas las actividades humanas, tiene necesidad de la energía y de la dedicación del sujeto: éste es otro punto fundamental. Con LHC no sólo esperamos entender por qué las partículas tienen masa, sino también unificar las fuerzas que interactúan entre ellas, que tienen unido el mundo: nosotros estamos profundamente convencidos que todo venga de una sola fuente.

No obstante las fuerzas que nosotros conocemos nos parezcan muy diferentes entre ellas: la fuerza de gravedad, que tiene unida la tierra, la luna, el sistema solar, el universo entero; la fuerza electromagnética que tiene unidas las moléculas y los átomos; las fuerzas nucleares, que tienen unido el núcleo; las fuerzas débiles, que son responsables de procesos muy delicados como aquel en el cual arde el sol; estas cuatro fuerzas nos parecen diversas, pero estamos convencidos que son la imagen de una única fuerza que se manifiesta cuando se llega a altísimas energías, hacia el big bang o lo infinitamente pequeño. Descubriendo las fuerzas de los quark y las fuerzas débiles hemos explicado muchos fenómenos, como la radioactividad, pero otras preguntas nos surgen, siempre más profundas. Parece increíble, pero nosotros producimos certezas que abren a su vez otras preguntas: no generan incertidumbre, sino suscitan preguntas.

La idea que la certeza pueda ser algo que se mete en el bolsillo, y que la partida está cerrada, es equivocada desde un punto de vista científico: la certeza es una dinámica en la cual más conoces, más por tanto hay certezas, y más te abre a las cuestiones, te das cuenta que nuevas preguntas se asoman, originadas precisamente por las certezas alcanzadas. ¿Cuáles son los métodos con los que respondemos a estas cuestiones, con las cuales tratamos de ganar nuevas certezas? Ver y convencerse no es un gesto inmediato: todos piden a la ciencia «dadnos respuestas ciertas», «hacednos ver». Pero nosotros ¿cómo «vemos» en LHC? Tomamos partículas, las aceleramos, las estrellamos una contra la otra para romperlas. Estas partículas son en realidad ondas, y estas ondas las hacemos siempre más cortas: en otras palabras refinamos siempre más la luz con la cual puedo iluminar los detalles. Más la luz es corta, más es fina y más pequeños son los detalles que logro iluminar. Por tanto haciendo chocar las partículas en realidad voy a iluminar espacios siempre más pequeños, logro ver («resolver» en término técnico) detalles que antes, con mis ojos o con los instrumentos precedentes no lograba ver. Por tanto ver y convencerse no es casi nunca en la ciencia una evidencia inmediata sino es fruto de una hipótesis positiva que debe aplicarse a la realidad con un método de trabajo.

Tantos descubrimientos han sido fruto de la obstinación perspicaz de una hipótesis positiva que al inicio no parecía verdadera. Soy un experto de superconductividad, de los magnetos superconductores que pueden observar en la muestra – y este año es el centenario del descubrimiento de la superconductividad. Hace veinticinco años ha sido hecho un nuevo descubrimiento: los superconductores a alta temperatura crítica.

Uno de los dos descubridores, que fueron condecorados inmediatamente con el Premio Nobel, el profesor A. Müller, que he conocido personalmente y con el cual he tenido diversos cambios de ideas, ha descubierto el fenómeno sobre un material que había sido ya estudiado por otros científicos, que sin embargo no estaban «listos» para el descubrimiento: no tenían los ojos «abiertos». Él trabajaba con una hipótesis positiva, estaba convencido que aquel tipo de materiales pudiera esconder aquel tipo de interacción que podían manifestarse como superconductividad a alta temperatura crítica. Es decir no basta mirar para ver, se requiere también una mente preparada. La hipótesis positiva, el trabajo del sujeto, es indispensable para lograr verificar una hipótesis y por tanto convertirla en certeza. La certeza es un «dato» (se podría decir: donado), no dependiente del sujeto, sino es un dato al cual sin embargo el sujeto se debe abrir. Tornando a los aceleradores, ésos son máquinas enormes que hacen estrellar las partículas, generando esta luz finísima: pero no basta la luz para ver, se requieren los ojos. El ver es el conjunto de luz, que ilumina estos objetos, y de mis ojos, que ven y perciben los objetos, los «revelan».

Nosotros llamamos «reveladores», los cilindros en torno al punto de colisión, que son nuestros ojos. El Cern de Ginevra es la continuación de la experiencia de Rutherford, en escala gigantesca. El túnel de LHC con los muchos otros túneles, más pequeños, constituyen toda la cadena de aceleradores del Cern. El LHC es un anillo largo 27 km, que está a cien metros bajo tierra. En cincuenta años hemos construido varios aceleradores, poco a poco siempre más gruesos, que hacen funcionar el LHC. Las partículas parten, vienen pre aceleradas en aceleradores poco a poco siempre más grandes, luego al final vienen puestas en órbita dentro del LHC y al final se encuentran: ¡nosotros esperamos ver el bosón de Higgs salir de una colisión en LHC!

El Cern es uno de los ejemplos más bellos de la valorización de la tradición: se ha construido sobre aquello que ya se sabía, sobre aquello que ya existía para ir más lejos. La construcción del acelerador LHC ha durado más de veinte años, necesarios para el desarrollo y la construcción de los magnetos súper-conductores. Me permito recordar que los orígenes del LHC son muy italianos, yo si estoy en el Cern, es precisamente porque en los años Noventa hemos construido en Italia (gracias al Infn, Instituto de Física Nuclear) el primer magneto superconductor para LHC. La luz sería nada, sin el ojo del sujeto que la percibe. Los dos haces (o nubes) de protones se chocan cien millones de veces al segundo, y nosotros esperamos ver, según nuestras previsiones, un evento X. Los reveladores son máquinas fotográficas digitales que hacen cuarenta millones de fotografías al segundo, tantas cuantos los encuentros de partículas que hace LHC: si uno tomara todos los datos de LHC de un año, y los metiera en un dvd que luego apilase, sin sus estuches, ellos harían una montaña de 20 km, más de cuatro veces el Monte Blanco. Tenemos por tanto una masa de datos que hace falta descremar, analizar, repulir, verificar, confrontar: llegar a una certeza no es una cosa tan inmediata, la certeza no la tenemos en el bolsillo, la certeza no llega sin fatiga; es verdaderamente un trabajo enorme, analizar todos esos datos. La máquina ha partido el 10 de setiembre de 2008, hemos sido celebrados y festejados por todos, desde Google hasta los Premios Nobel; pero inmediatamente después ha habido un accidente que habría podido ser – que ha sido – desastroso, pero del cual nos hemos liberado. Un accidente debido a una parte no de altísima tecnología; un sistema que ha sido subestimado precisamente porque era de más baja tecnología, por la prisa, o bien porque en un cierto momento hemos cometido un error. Hace falta considerar que estos instrumentos son muy complejos, y esto debería reforzar el sentido del límite; pero a menudo, el hecho de hacer cosas difíciles y de hacerlas generalmente bien, puede crear arrogantes.

Cuando sucede un problema, si uno tiene una actitud arrogante queda perdido, no sabe aceptar que se ha equivocado. En cambio el problema no está allí para derribarte, sino está allí para indicarte la vía, exactamente como el camino hacia la certeza; si uno tiene el sentido de un camino, el error, el límite está allí para indicarte la vía; el límite es algo que si abrazas y aceptas te hace ir adelante y no te hace quedar donde estás. Es aquello que decimos a nuestros hijos: «no te preocupes, aprende de los errores, sigue adelante y aprende a no repetirlo». Podemos decir que hemos aprendido, nos aliviamos. En noviembre de 2010 hubo el primer evento de física inesperada: una ligera asimetría que en general es siempre indicio de alguna cosa. Es el primer signo seguro de la posibilidad que el universo haya pasado al estadio de «sopa primigenia», como llamamos el plasma de quark y gluones. Esta señal la verificaremos al inicio de noviembre de 2011, para una confirmación definitiva. Todo esto nos lleva a decir una cosa: aquello que encontramos, aunque parece tan tenue, tan dependiente de un análisis complicado es sólido. Creemos que los resultados no sean fantasías nuestras sino que sean el reflejo, el signo de una realidad conocible, tanto es verdad que lo comunicamos a los otros; en efecto es en el Cern que el web ha sido inventado en 1989, precisamente como valorización máxima de la comunicación, del hecho que existen datos objetivos que vale la pena comunicar.

La web ha nacido por eso: para compartir, de manera rápida, los datos, en el convencimiento que los datos reflejan una realidad, somos un índice de algo. Hace dos años hemos celebrado los veinte años de la red, Tim Berners-Lee ha regresado al Cern con Robert Cailliau, son dos ideadores de la web. En el Cern la cantidad de datos para el LHC es tal que, para analizarlos, hemos debido encontrar un sucesor para el web, se llama «grid» la grilla. Ideada para lograr hacer frente a la capacidad de cálculo de LHC, ahora es utilizada también para fenómenos meteorológicos y para estudiar el ADN.

Quisiera concluir tratando de evidenciar cuáles son los factores de la cuestión en las investigaciones científicas, y cómo se puede llegar a la certeza. Me parece que, ante todo, se requiera una observación sin límites, sin preconceptos, excepto un punto: ¿cuál es el límite? ¿La investigación es verdaderamente sin límites? El límite, o mejor el criterio guía, es el bien del punto en el cual emerge la cuestión misma, el bien del hombre. Aquella es la única estrella polar, no lo llamaría límite, sino es el único criterio que nos tiene que guiar al decir que no todo aquello que podemos hacer es bueno hacerlo. El otro factor es la curiosidad, es decir la apertura: nos abrimos sólo si hay un afuera. Hay un aspecto estructural en el cual yo estoy separado de las cosas que conozco y es un milagro que pueda conocerlo.

La muestra «De uno al infinito. Al corazón de la matemática», presentada en el Meeting del año pasado, se concluía con una bellísima frase del Papa en la cual sustancialmente se reitera el hecho que yo pueda conocer la realidad, que la realidad sea racional, es decir que me sea afín, no es una cosa descontada, es un milagro que debe indicarnos alguna cosa. Y luego, sobre todo, si miro el camino, que ha comenzado desde el átomo y arriba hasta los quark, me resulta evidente que la pregunta implique una respuesta, una certeza, que se abre siempre hacia otro nivel de certeza. La respuesta que damos, las certezas que tenemos, no son certezas finales, o mejor no son exhaustivas, nos abren siempre a algo más verdadero con un dinamismo que yo diría ilimitable. En esto veo – y es un paso en el cual apuesto mi libertad, no pretendiendo dar una demostración científica sino dándome cuenta que es conforme a mi razón – la posibilidad que el infinito se manifieste en mi mundo finito por esta raíz de inagotable que tiene. En el camino no sólo las certezas que encuentro no evaporan, sino ésas, aun si son superadas, no hay que botarla: son como los hitos de un camino, en el cual voy adelante. Y las certezas por cuanto precarias, son recuperadas y comprendidas en las certezas ulteriores a las cuales ellas nos mandan, y revelan su valor propio al indicarnos una meta, la certeza completa que nos atrae inagotablemente.

Quisiera concluir citando a uno de los últimos grandes maestros de la física, el Galileo del mil Novecientos de la física italiana, Enrico Fermi: un maestro, porque él ha fundado una escuela, que aún ahora se llama la Escuela de la calle Panisperna (sede del Instituto de Física en Roma entre las dos guerras). En general las grandes avanzadas científicas han sido hechas por personas con una mente excepcional, como Einstein, y son los ejemplos más asombrosos, o bien lo que ha producido más en la ciencia han sido las escuelas, el transmitirse de una tradición; yo querría subrayar que la ciencia es la valorización de la tradición, la tradición tiene viva la pregunta y sobre todo, la hace emerger. Rutherford es el gran ejemplo: él ha fundado una escuela, innumerables Premios Nobel han salido de su laboratorio. Bohr ha sido otro gran maestro, y precisamente, nuestro Enrico Fermi.

El maestro asegura y ayuda para que la experiencia sea un camino hacia una certeza más grande y no una serie de episodios en los cuales lo nuevo es la negación del pasado, sin conexión. Querría subrayar que la certeza, por un lado, no depende del sujeto: la verdad no la inventas tú. Es como las leyes físicas: son un dato, nos tropezamos con el dato, somos golpeado por lo inesperado, si somos capaces de verlo y de darse cuenta. Se puede mirar y no lograr ver, además como en la vida normal. La ciencia es una actividad humana, por tanto vive exactamente de nuestras verdades humanas.

Entonces la verdad no te la inventas tú, como las leyes físicas; sino de otro lado reconocerla como certeza depende de ti: todo está hecho para reconocerla, pero se requiere la actitud justa. He reflexionado sobre el título del Meeting, «una inmensa certeza». Inmensa es una palabra bella, porque no es como la palabra grande, que en cualquier modo exprime un concepto que aferramos. Inmenso es una palabra construida como negación de algo que aferramos: inmensa, in-mens, que no está en la mente. Por tanto podemos estar seguros de algo que no está en la mente, que nos excede, y es aquello que me parece indica nuestra aventura de ciencia. Para llegar a esta conclusión, cierto, apuesto mi libertad. No es descontado que otro llegue a esta conclusión, pero me parece que sea una hipótesis al menos igualmente razonable de quien dice que la ciencia no da certezas, da sólo «reproducibilidad» – ésta es la nueva última barrera en la cual un cierto tipo di mentalidad cientista y laicista se refugia, aquello de decir «no son certezas, nosotros verificamos que ciertos fenómenos sean reproducibles». Me parece que al final, uniendo todos estos elementos del rompecabezas, si de verdad aplico la definición de razón que me ha sido enseñada por don Luigi Giussani: «Tener en cuenta todo, todos los factores», no sólo aquel del cual me interesa, sino todo, al final no puedo no decir que a la certeza se puede llegar, pero hace falta también mi libertad. La ciencia entonces es una actividad humana, no puede prescindir de la energía, de la dedicación y de las características verdaderas de un hombre. Y pienso que la capacidad de afección y de libertad sea la cosa principal.

Nota
En la transcripción publicada en el sitio del Meeting no está presente el intervento de Mario Gargantini.

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