Bien común, democracia y derechos
autor: Pierre Manent
Filósofo, director del "Centre de recherches politiques Raymond Aron", París
fecha: 2009
fuente: Bene comune, democrazia e diritti
traducción: María Eugenia Flores Luna

He consagrado lo esencial de mi actividad a la historia del pensamiento político y a la historia de los sistemas políticos. He dedicado pues una buena parte de mi actividad a la historia de la democracia y trataré de formular, resumir, destilar un poco de cosas que pienso haber entendido sobre estos argumentos. El modo mejor de orientarse en cuestiones tan difíciles es considerar que en definitiva la democracia ha tenido dos nacimientos: uno más antiguo y uno más moderno. El primer nacimiento de la democracia ha ocurrido en la polis griega. La democracia original, aquella griega, es en cierto sentido el resultado natural, el florecer de la vida civil, de la vida política. En la ciudad griega, en Atenas, la vida política se vuelve naturalmente democracia.

¿Qué significa? ¿Antes de la ciudad, cómo vivían los hombres? Vivían en tribus, en familias alargadas. Los Griegos, pueblo de poetas, decían que antes de la ciudad estaba el régimen del cíclope. En la Odisea se narra que el cíclope Polifemo está en su caverna y da la ley a las esposas y a los hijos. Es lo que dice Homero, y luego Aristóteles lo retoma. La vida antes de la ciudad es una vida aislada, donde se vive en una caverna, donde el patriarca, el padre, establece la ley y la da a las esposas y a los hijos; por tanto una vida de cíclopes, como dicen precisamente los griegos. A este tipo de vida se opone la de los ciudadanos. ¿Cuál es la diferencia entre la vida política y la de los cíclopes? Seguramente es una diferencia inmensa. Hoy quizá nos es difícil entender, medir de qué se trate. Una gran diferencia es que, pasando del régimen de las tribus – de las familias alargadas – al régimen de la ciudad, se ha pasado de un orden humano en que no había nada en común a otro orden donde hay una cosa inaudita, una cosa que muchos grupos humanos no han conocido jamás y que muchos hombres hasta ahora no conocen: la cosa común.

La cosa pública, la cosa común, la ciudad, y esta cosa pública es un bien común. Por tanto, lo primero que creo que tenemos que tener en mente es que la ciudad, que se vuelve democrática, es el cuadro de una invención, de una producción, de un elemento nuevo. Poco después, con la noción misma del bien común, viene otra noción, una nueva forma de vida. Los hombres siempre han seguido reglas, pero con la cosa común entra en juego la libertad. Esto significa que los ciudadanos deben elaborar lo que los Griegos y los Romanos han comenzado a llamar “virtud”.

El bien común, para ser gobernado, requiere virtudes específicas: la virtud de justicia, de fortaleza, de templanza, la virtud suprema del orden político, y aquella de la prudencia. He aquí en pocas palabras aquello que ha sido el primer descubrimiento de la vida cívica así como ha ocurrido en el movimiento de democratización de la ciudad griega. Esta idea nos acompañará durante toda la historia europea, durante toda la historia occidental. No hay democracia, no hay ciudad sin bien común, sin una cosa en común.

En un segundo momento hubo un segundo nacimiento de la democracia, y este segundo nacimiento ha sucedido con una modalidad muy diferente. Aquel griego ha desaparecido del mundo muy rápido. Ha habido varios periodos: aquel romano, el Cristianismo, el feudalismo. Resumiendo una historia de todos modos muy complicada, a cierto punto de la historia de Europa, hacia el siglo XVI-XVII, hemos tenido que abrirnos un camino en el desorden increíble de la política moderna. Existían las ciudades, estaban los reinos, el Imperio romano, la Iglesia, las iglesias, la Reforma: una historia realmente muy complicada. Tanto que los Europeos han tomado una decisión muy audaz, han constituido un proyecto realmente audaz. Los filósofos políticos, es decir aquellos que han fundado el orden político nuevo, se han dicho: «Si ponemos a un lado todas las circunstancias políticas, las ciudades, los imperios, las religiones, las opiniones, ¿cuál es el núcleo de la vida humana?» y se han respondido: «Es como un estado natural, en el sentido que los individuos son libres, son iguales, no hay una ciudad, no hay religión».

¿Qué sucede en este tipo de contexto natural? Estos individuos, reducidos a las necesidades más elementales, descubren una cosa que no es, después de todo, un descubrimiento, sino que asume un valor absolutamente nuevo: los hombres no quieren morir. Si no introducen un orden político estable, morirán porque irán a la guerra. En el siglo XVI, y sobre todo en el XVII, se elabora una nueva definición del orden político. Se parte del individuo: el individuo que no quiere morir, el individuo que descubre sus derechos y sus necesidades, y el orden político asume un nuevo sentido. El orden político se convierte en un medio de protección, de tutela de los derechos individuales.

El descubrimiento de los derechos humanos

He aquí la gran oposición entre el primero y el segundo nacimiento de la democracia. El primero ha surgido como descubrimiento del bien común, mientras el segundo proyecto democrático nace como el descubrimiento de los derechos individuales. Con la redefinición del orden político que surge, se llega a la tutela de los derechos individuales. Luego, en la historia de la democracia, las dos definiciones tratarán naturalmente de unirse de cualquier modo. En la monarquía tan bien ordenada del siglo XVIII ya se inician a proteger los derechos de las personas de modo siempre más regular y siempre más completo, sin embargo falta aún la cosa pública, la cosa común, el bien público. Después llega la Revolución francesa, y es el momento fundador de la democracia moderna, el momento en que hay una cierta fusión, una especie de mezcla profunda entre los dos nacimientos de la democracia, entre el nuevo nacimiento, es decir la protección de los derechos, y aquel más antiguo, es decir la producción de una cosa común y por tanto de un bien común. Es esta la fórmula que ha prevalecido en el siglo XIX y sobre todo en la primera mitad del siglo XX.

La democracia, en un contexto nacional así como la hemos conocido a partir de la Revolución francesa hasta la mitad del siglo XX, es una armonía, o mejor un compromiso, un esfuerzo, para tratar de hacer que todo salga bien: los derechos individuales y los derechos de la cosa común. Naturalmente las tensiones, las dificultades no faltan: por ejemplo, el bien común también les puede pedir ir a la guerra para defender la patria; pero si se va a la guerra se arriesga de morir, y por tanto en este caso el derecho a la vida es puesto en discusión. Pero me parece de todas maneras que por un siglo y medio hayan encontrado una especie de equilibrio entre derechos individuales y derechos del bien común. Me parece en cambio que a partir de los años Sesenta – no diré del Sesenta y ocho, sabiendo que los eventos de aquellos años en definitiva representan los signos de esta transformación – la segunda definición de la democracia, aquella de protección y actuación de los derechos prevalezca siempre más respecto a la primera definición.

La democracia como tutela de los derechos individuales prevalece sobre la democracia que en cambio representaba la otra idea, aquella del bien común. La cuestión, todavía, es aún más complicada, porque los derechos mismos están sujetos a cambios. No se puede decir simplemente que la democracia moderna es el pasaje del bien común a los derechos individuales, porque los derechos individuales sufren a su vez un cambio; por tanto ¿cuáles son las dos grandes interpretaciones de los derechos individuales? Se dice que son derechos subjetivos, sin embargo tienen una base muy objetiva. Para Hobbes en el siglo XVII, para Locke y también para Rousseau los derechos están arraigados en algo que es muy poco subjetivo, que es muy objetivo, y es decir que los hombres no quieren morir, quieren preservarse, quedar vivos, conservarse. Los derechos se arraigan en esta necesidad, en esta necesidad. Por tanto en la primera definición de los derechos subjetivos hay una base muy objetiva.

Luego hay otra fuente, profundamente diversa, pero que es influyente en la formación de la nueva perspectiva del derecho. Para darle un nombre podemos hablar de la perspectiva kantiana, que pone al centro al individuo, la dignidad del ser humano. En esta perspectiva Kant usa una fórmula que nos toca un poco y afirma que la humanidad es dignidad. En el periodo, por tanto, en que se forman las nuevas perspectivas sobre el derecho, ciertamente se trata de derechos subjetivos en la medida en que están arraigados en el individuo, pero al mismo tiempo hay también otro componente, aquel objetivo, extremamente fuerte, un componente antropológico; los derechos de los liberales del siglo XVII están arraigados en un cuerpo que no quiere morir, y los derechos de Kant y de la tradición kantiana se apoyan en la comprensión del alma humana, del espíritu humano – es decir de la mente de cualquier individuo –, como concretización de la humanidad que como tal merece respeto. Los derechos pues, en las primeras grandes elaboraciones son sostenidos por una antropología objetiva; o desde el punto de vista del cuerpo, de las necesidades del cuerpo, o desde el punto de vista de la naturaleza espiritual del ser humano, de la humanidad objeto de respeto y por tanto del hombre objeto de respeto.

Justificación y reivindicación de los derechos

Lo que hoy me parece una perturbación en la evolución de la comprensión de los derechos es que se haya perdido esta raíz objetiva – que se trate de la raíz de los autores liberales en las necesidades del cuerpo humano o del reconocimiento y del respeto de la humanidad que Kant había formulado –. Hoy, en cierto modo, quien produce el derecho no quiere ni proponer arraigar todo eso en el ser humano. La reivindicación del derecho se vuelve su misma justificación, un derecho se vuelve justificado no apenas es reivindicado. Por tanto con esta nueva modalidad, esta nueva situación del derecho, las sociedades se han comprometido a una carrera para garantizar y satisfacer derechos formulados siempre más arbitrariamente, en que siempre menos nos preocupamos de justificarlos. Esto puede llevar a diversas consecuencias, consecuencias de todo tipo, consecuencias que según yo no son tan felices. La consecuencia quizá más negativa es que ya la reivindicación de los derechos no se preocupa ser justificada. Si ustedes toman las viejas fórmulas del derecho, verán que, para ser justificadas, retomaban los grandes tratados filosóficos de Hobbes, de Locke, el Contrato social de Rousseau, el concepto kantiano de la dignidad humana, la Crítica de la razón pura, la Doctrina del Derecho y la Doctrina de la Virtud.

Hoy, en cambio, el derecho es justificado en el momento en que viene reivindicado. En nombre del derecho es como si fuera una pretensión por la cual ya no hay ni necesidad de argumentar racionalmente, y esto viene puesto en la plaza pública. En otras palabras, estamos abandonando aquello que había sido común en la filosofía antigua y moderna, es decir la necesidad del logos y de la razón, de dar una razón a aquello que se dice, de justificar aquello que se dice, de apoyar en las razones todas las cosas que se proponen.

Me parece que esta sea la situación actual de la reivindicación de los derechos. Para concluir estas observaciones quisiera dar una sugerencia. Nuestras democracias se encuentran frente a grandes dificultades, y esta irracionalidad de la reivindicación de los derechos es una dificultad. La tarea de Europa es tener una visión más equilibrada de la propia historia política y espiritual. No es por supuesto un descubrimiento aquello que estoy por decirles, pero esta verdad banal tiene que estar presente en nuestra mente. Europa ha sido hecha gracias a tres tradiciones, nuestras naciones atienden a tres tipologías de fuente. De la tercera fuente ya he hablado, es la tradición liberal de los derechos individuales, que a cierto punto está como enloquecida, como se puede decir que del motor de un auto que se ha varado. Tendremos que lograr hacer participar en el debate público a las otras dos grandes tradiciones, sin las cuales la vida común de Europa va desequilibrándose. De la primera tradición, aquella cristiana, diré sólo una palabra. La idea de que el hombre es un ser que tiene derechos viene equilibrada por el cristianismo; para tratar de expresarme de modo más simple: toda vida humana es la aventura de un alma inmortal. La otra tradición – que no podemos olvidar y que quizá es la primera tradición europea – es la tradición republicana en el sentido más amplio del término, la tradición elaborada en Atenas y luego continuada en Roma; es la idea misma de la vida política, de la vida común, del bien común, aquello que en Florencia se llamaba el vivir civil, libre, el vivir político. Por lo tanto existe la tradición republicana, la tradición cristiana y aquella liberal.

Conclusiones

Para concluir, diría que hay un problema de alta política al tratar de enfrentar las dificultades que hay todos los días, a causa de los derechos individuales así como nosotros los percibimos. Hay una tentación: ir a la guerra, iniciar la guerra contra esta nueva tradición poco racional, del derecho individual. En los Estados Unidos, por ejemplo, en un contexto por supuesto diverso, pero análogo, se habla de guerra entre culturas. Personalmente no estoy convencido de la fertilidad de este tipo de aproximación. Las varias modalidades polémicas pueden ser necesarias en un orden político, pero en un orden espiritual se requieren aproximaciones quizá más indirectos, porque son más útiles.

El mejor modo de moderar estos derechos individuales, que son precisamente no racionales, no es denunciar la ausencia de razones – que es aquello que entre otras cosas acabo de hacer –, sino tratar de mostrar todas las razones que hay en la tradición republicana del bien común y en la otra tradición. Espero por tanto que la tradición liberal, la tradición de los derechos individuales, encuentre un lugar más equilibrado en una vida común europea en que las otras dos grandes tradiciones encuentren un lugar más conforme a sus méritos intelectuales, morales, políticos y espirituales.

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