Charles Péguy - Juana y Esperanza, figuras de la virtud
autor: Stefano Biancu y Girolamo Pugliesi
fecha: 2015-02-01
fuente: Giovanna e Speranza: figure della virtù in Charles Péguy
Publicado en el n. #5 02/2015 de Lineatempo
traducción: María Eugenia Flores Luna

Dos personajes del Péguy poeta y dramaturgo a través del cual se aclara el “método Péguy”

En estas páginas, nos detendremos en dos personajes del Péguy poeta y dramaturgo: dos personajes de sus Misterios. El primero – Juana – es un personaje histórico, que Péguy reelabora elevándolo a la personificación misma de la virtud de la caridad. El segundo – Esperanza – es en cambio una virtud, que Péguy reelabora a través de una refinada personificación en la petite Espérance. En este sentido Juana y Esperanza son dos personajes opuestos y convergentes: una, Juana, es carnal, la otra, Esperanza, es espiritual. Pero encuentran cada una su propia verdad justo en el ámbito que es de la otra: Juana en el ámbito espiritual de la caridad, Esperanza en el ámbito carnal de una niña llena de vitalidad y de energía.

Por otro lado aquí es posible identificar lo esencial de lo que podríamos definir como el “método Péguy”: al releer todo a la luz de la co-esencialidad absoluta y total entre lo que es carnal, terrestre, histórico y temporal con lo que es espiritual, celeste, teologal. Péguy está convencido: sin uno cae el otro. Ni lo espiritual está en pie solo: «Singulière situation. Le plus ne suffit pas. Il faut y ajouter le moins» (Note conjointesur M. Descartes et la philosophie cartésienne, p.1380).

No es ciertamente una casualidad que el “metodo Péguy” haya llamado la atención de algunos de los más grandes maestros de la renovación de la teología católica del siglo XX: De Lubac, Daniélou, von Balthasar – sólo para citar los nombres más grandes – todos han establecido un diálogo fecundo con sus páginas, haciendo proprio su método y superando así de golpe aquella clara división entre natural y sobrenatural que la teología de la escuela había canonizado a finales del 1800 y principios del 1900 como doctrina católica.

El inquieto Péguy, que era todo menos que un católico de iglesia y de instituciones, así ha contribuido a inspirar una de las mayores renovaciones que la teología haya conocido en los últimos cien años: aquellos, precisamente que nos separan de su muerte.

Juana, o de la caridad

El Misterio de la Caridad de Juana de Arco es la obra de la vida de Péguy. Atraviesa un arco de tiempo que va de 1894, año en que Péguy comienza la elaboración de la primera edición, hasta la muerte del mismo Péguy – con la duda, que nos ha dejado en herencia, de que aún quisiera meter la mano en ella.

Es una obra que él ha meditado y rumiado largamente y que ha marcado los varios momentos cruciales de su vida: no por azar las dos ediciones representan de algún modo contraseñas respectivamente del giro socialista y de la conversión eclesial.

Mucho se ha escrito acerca de la continuidad y discontinuidad entre las dos ediciones, pero paradójicamente no es la obra la que sufre mayores modificaciones: es más bien la visión de Péguy que se hace más penetrante. Como es conocido, por el paso de la primera (1897) a la segunda versión (1910), el texto, primero titulado Jeanne d’Arc, adquiere un nuevo título convirtiéndose en El misterio de la Caridad de Juana de Arco, pierde dos partes (Péguy había previsto una trilogía) y algunos actos, pero obtiene nuevas amplias porciones de texto, entre las cuales el maravilloso fresco de la pasión de Cristo puesto en los labios de Madame Gervaise.

El acercamiento a la fe cristiana había aportado a Péguy un ahondamiento de la mirada: todo eso de algún modo encuentra manifestación sintética y brillante justo en la decisión de reformular el texto sobre Juana de Arco en la perspectiva del “misterio”. Detrás del término sin duda hay una cierta proximidad a los misterios medievales: tiene en mente la idea del misterio como de un plan no del todo desvelado, pero es sobre todo la intuición de la paradoja cristológica. El corazón de la obra es todo el descubrimiento de una misericordia divina que socava toda idea pre constituida de Dios, de una justicia que sobrepasa toda hipótesis de cálculo escatológico.

Jeanette no se rinde ante a la propuesta de un Dios que juzga sin misericordia y, sin misericordia, abandona a los condenados. En este sentido el personaje Juana de Arco es desarrollado por Péguy como figura Christi (A.Cascetta). Así, en efecto, mirando al Crucifijo, Juana quería sustituirse a los condenados:

«O s’il faut, pour sauver de la flamme éternelle / Les corps des morts damnés s’affolant de souffrance, / Abandonner mon corps à la flamme éternelle, / Mon Dieu, donnez mon corps à la flamme éternelle» (Ch. Péguy, Le mystère de la charité de Jeanne d’Arc , p. 426)
El misterio está justo en el lacerante descubrimiento de la caridad de Dios, la cual es para el hombre necesariamente antinómica: tiene que pasar del juicio, pero no puede detenerse en el juicio, que la caridad en cambio tiene que tomar en sí, para superarlo.

El razonamiento de Madame Gervaise es muy frío, muy firme, mientras Juana pide que se pase de un polo al otro, de un nomos al otro: el último grito de Cristo en la Cruz viene reducido por la monja a la impotencia frente a la condena de Judas; para Juana queda en cambio un “misterio” que abre a la intuición de una misericordia justa, que no acepta detenerse en una idea de justicia recalcada sobre la única idea humana di justicia.
En otros términos, lo que falta a Gervaise es la caridad: ella habla de salvación, pero no conoce la caridad. Juana en cambio habla de la salvación percibiendo la relación íntima e indisoluble con la caridad.

Las dos perspectivas parecen irreconciliables, pero quizá no es así. «Madame Gervaise había salido. Pero vuelve a entrar antes que haya habido tiempo de bajar el telón»: Gervaise vuelve pues en escena. Podría tratarse simplemente de un recurso para indicar una continuación de la obra, pero, quizá más significativamente, podría también indicar la conversión de Gervaise en la perspectiva de Juana.

Hay aún otro aspecto, de gran interés, que consiente apreciar cuánto el pensamiento de Péguy sea devoto a la paradoja. El misterio de la caridad es una obra toda “femenina”: femenina es la caridad y mujer es Jeanette, pero también los otros dos personajes son mujeres, Hauviette y Madame Gervaise. El masculino – emblemáticamente representado por los militares que hacen la guerra – hace sólo de fondo.

Mientras los hombres luchan entre ellos por la injusticia, Juana combate con su Dios por la salvación de todos. Mientras los unos combaten por la avidez y producen muerte y devastación, Juana lucha por la caridad, el amor, y desea la paz.
Aun en esto el pensamiento de Péguy se vuelve paradójico: la obra masculina por excelencia, la guerra, es muy poco seria y los hombres muy poco viriles, si son comparados con la obra y la fuerza de Juana. Y cuando aquella vestirá ropas masculinas no será más que la apariencia de la verdadera Juana: una mujer mucho más viril que los hombres. La caridad es una fuerza más potente que la fuerza de los hombres. (En filigrana es también posible leer, en esto, una crítica a la lucha política socialista, que más allá de nobles intentos persigue una revolución sólo exterior). Pero es femenino del mismo modo incluso el marco dentro del cual y en el cual la acción dramática se desarrolla, tan simple como significativa, tan terrestre, casi banal, como espiritual. Las didascálicas indican –al inicio del acto –«Jeanette continúa hilando» y – al final – «Se pone a hilar». Hilar es el gesto que en la tradición popular viene atribuido a María, en el acto de meditar en el corazón. Y Jeanette hace justo esto, “simboliza”, junta los eventos, las palabras, las visiones y los ordena, pero no del todo: al final continúa hilando. La obra aparece casi como una gran reflexión-visión de Juana.

Realización total, no expresada sino aquí presagiado, será el sacrificio en la hoguera, en que no habrá más separación entre la caridad intuida y la caridad vivida. La caridad de Dios en aquel punto será caridad también de Juana, a tal caridad ella pertenecerá por siempre.

Esperanza, o de la infancia que siempre recomienza

La petite Espérance, la pequeña Esperanza, es el personaje clave de Le Porche du mystère de la deuxième vertu, pero juega un rol de primer plano aun en Le mystère des Saints Innocents: dos piezas en versos libres, publicadas en pocos meses de distancia la una de la otra entre el 1911 y el 1912.

La petite Espérance es la encarnación de la segunda virtud teologal: aquella esperanza respecto a la cual la caridad asume la fisonomía de una madre que ama y la fe las características de una esposa fiel. Respecto a las dos hermanas mayores – las dos virtudes adultas: la Fe y la Caridad – la pequeña Esperanza vive una eterna infancia. Es una virtud esencialmente niña, de la cual podemos trazar los rasgos característicos.

Ante todo ella es impresionante en su capacidad regenerativa: la esperanza (en el futuro) es más fuerte que toda experiencia negativa (del pasado). Al punto que Dios mismo queda sorprendido:

«L’espérance, dit Dieu, voilà ce qui m’étonne. / Moi-même. / Ça c’est étonnant» (Le Porche dumystère de la deuxième vertu, p. 534)

Él mismo la práctica – «Dieu nous a fait espérance. Il a commencé» (ivi, p. 604) – y es la virtud que él mayormente aprecia en los hombres. Pero es también la virtud más difícil de practicar: la fe y la caridad, comparadas, van casi por sí mismas. Es casi imposible, para el hombre, no creer y no amar. Pero la esperanza no va para nada por sí misma: no tiene nada natural, es más bien contra la intuición y la factualidad.

Sin embargo es sólo la esperanza que sostiene el mundo y la vida de los hombres. Cada acción humana encuentra en efecto en ella la propia condición última de posibilidad: «Tout ce que l’on fait, tout ce que tout le monde fait on le fait pour la petite espérance» (ivi, p. 550).
La esperanza tiene en sí misma la fragilidad, pero también la fuerza de la infancia, de lo que inicia, de lo que es nuevo. Mejor: de lo que siempre recomienza y se renueva. La esperanza es generativa, es la fuerza misma del iniciar («Or la petite espérance / Est celle qui toujours commence», ivi, p.551). Es esencialmente niña: se comporta, piensa, ve el mundo como una niña. Por eso, para comprenderla plenamente, hace falta mirar a los niños. Como los niños, la esperanza tiene un enfoque esencialmente lúdico a la existencia: se divierte siempre. En sus acciones no tiene una meta precisa, un fin preciso: lo que hace, lo hace por hacer. Conduce una existencia totalmente gratuita y autotélica. En cada actividad suya simplemente gusta del tiempo. Porque su tiempo es un tiempo pleno.

«Les enfants ce qui les intéresse ce n’est que de faire le chemin. / D’aller et de venir et de sauter. D’user le chemin avec leurs jambes. / De n’en avoir jamais assez. Et de sentir pousser leurs jambes. / Ils boivent le chemin. Ils ont soif du chemin. Ils n’enont jamais assez. / Ils sont plus forts que le chemin. Ils sont plus forts que la fatigue. / Ils n’enont jamais assez (Ainsi est l’espérance) Ils courent plus vite que le chemin. / Ils ne vont pas, ils ne courent pas pour arriver. Ils arrivent pour courir. Ils arrivent pour aller. Ainsi est l’espérance».(ivi, pp. 646-647).

La esperanza no tiene pues una meta, un fin, objetivos precisos. Por otra parte no tiene tampoco un contenido preciso suyo. La esperanza, escribe Péguy,

«elle ne se définit pas par son objet, (par un objet), mais par un certain traitement qu’elle applique et qu’elle seule applique à tout l’objet». (Note conjointe sur M. Descartes et la philosophie cartésienne, p.1329)

La esperanza no tiene pues un objetivo y no tiene contenidos propios: ella es más bien un estilo y un método– «un certain traitement», precisamente –que coinciden con el estilo y con el método de la infancia. O bien con el estilo y el método del reconocer la plenitud de cada instante, la novedad continua e ininterrumpida del tiempo. Un estilo y un método que no permiten al tiempo de agotarse, y que consienten de repetir innumerables veces la misma acción sin envejecer nunca. Cada una de las innumerables veces es (vivida como) un nuevo inicio. No es la enésima vez, una mera repetición de las precedentes: cada vez, la primera como la última, es la primera vez. La aritmética de la esperanza es, precisamente, contra la intuición y contractual.

«Elle ne calcule point comme nous. / Elle calcule, ou enfin elle ne calcule pas, elle compte (sans s’en apercevoir) comme un enfant. / Comme une qui a toute la vie devant soi» (Le Porche du mystère de la deuxième vertu, cit., p. 648)

La enésima vez es la primera vez. El tiempo no se ha agotado, no se ha vuelto viejo, ha quedado nuevo. Este es el método, infantil, de la esperanza: lo que – al mismo tiempo – hace mover el mundo y engaña a los hombres. Pero es un engaño muy particular, que hace vivir y no desilusiona nunca.

«C’est qu’au fond vous savez très bien ce qu’elle est. / Ce qu’elle fait. Et qu’elle nous trompe. / Vingt fois. / Parce qu’elle est la seule qui ne nous trompe pas» (ivi, p. 650).

En otras palabras: la esperanza de Péguy no es una ilusión. A diferencia de las ilusiones, en efecto, a ella no sigue nunca el momento de la desilusión. Porque el verdadero engaño no es aquel perpetrado por la esperanza, sino es más bien precisamente el creer que la esperanza sea engañosa.

A nuestros ojos de adultos desencantados todo se repite y no hay pues nunca nada nuevo bajo el sol: todo es vanidad. A los ojos infantiles de la esperanza, todo es en cambio nuevo. La esperanza es la anti-costumbre, el anti-tedio, la anti-vanidad (E. Mounier). El anti-agotamiento del tiempo. Es un modo de habitar el tiempo. Es el tiempo mismo visto desde la perspectiva de lo eterno.

Todo esto requiere de desaprender, de redescubrir una ingenuidad infantil que hemos como sepultado en nosotros mismos, impidiéndonos aquella confianza infantil que es en cambio la actitud más justa de la esperanza.

«Allez, mes enfant, allez à l’école. /Et vous, hommes, allez à l’école de la vie. /Allez apprendre. / A désapprendre». (Ch. Péguy, Le mystère des saints innocents, p. 788)

He aquí pues que el método-esperanza encuentra lo esencial de lo que hemos querido llamar el método-Péguy, o bien el método de la co-esencialidad absoluta y total entre lo que es carnal, terrestre, histórico y temporal con lo que es espiritual, celeste, teologal. El método-esperanza consiste en mirar y vivir el tiempo histórico, cotidiano, repetitivo, desde la perspectiva de lo eterno: reconociéndolo habitado por lo eterno y, por tanto, como un tiempo pleno. La esperanza es la mirada al tiempo que no consiente al tiempo de envejecer, de agotarse, en la medida en que reconoce a cada instante la plenitud de la eternidad. Ningún instante, ningún momento está en función de otro: cada instante tiene sentido y plenitud en sí mismo. No se trata de un tiempo vacío y vano por llenar en función de otro, en el tentativo nunca realizado plenamente de huir de la desesperación del presente. Se trata en cambio de un tiempo pleno y siempre nuevo, para vivir y para disfrutar. Como los niños saben hacer.

Conclusiones: Juana, Esperanza y el método-Péguy

¿Qué cosa son pues las virtudes para Péguy? Ante todo, es de observar cómo por la propia reflexión en materia Péguy no elija una forma literaria “abstracta”: elige en cambio el teatro. Ciertamente lo hace en modo particular, o bien no uniformándose al teatro contemporáneo (burgués) y optando por una forma antigua – como reformada por su genio – como aquella del misterio.

El teatro es concreto, literario y físico, necesita (al menos) de una voz, de un espacio y de un grupo de asistentes: es de por sí encarnado, comunitario e histórico. Las virtudes están conformes a este medio teatral: no son calidades simplemente interiores o privadas, sino son más bien el fruto de una historia común y están orientadas a un destino común. Las dos virtudes la caridad y la esperanza son casos paradigmáticos.

Ni el ideal concreto, ni el espiritual encarnado, típico del pensamiento de Péguy, la forma no puede ser otra cosa del contenido. ¿Pero qué forma tienen tales virtudes? Tienen forma “humana”: Juana y Esperanza. Están dentro de una historia y dentro de la historia se revelan como figuras de virtud. De ellas se dice aquello que ellas dicen de sí mismas. Como para decir que no hay virtud en sí misma, sino sólo hombres y mujeres virtuosas. La única forma de verdad que puede satisfacer al hombre es aquella de lo concreto espiritual. Algo del cual cada ser humano hace experiencia: en las formas de presencia, como en las formas de ausencia. Por eso parecen particularmente ciertas las palabras que don Primo Mazzolari ha dedicado a Péguy: «Su paradoja lírica es tan límpida y fluida que podemos creer haberlo pensado nosotros mismos en un momento de latitud, por lo cual somos nosotros que nos aferramos con nuestras propias manos, y uno casi se avergüenza de haber visto muy tarde verdades tan cercanas y tan queridas, el unum necessarium». (P. Mazzolari, Nuestro querido Péguy, p. 7)

Referencias bibliográficas

Obras de Péguy
Ch. Péguy, Note conjointe sur M. Descartes et la philosophie cartésienne, in Œuvres en prose complètes, III, Gallimard, Paris 1992, pp. 1278-1477.

Ch. Péguy, Le mystère de la charité de Jeanne d’Arc, in Œuvres poétiques complètes, Gallimard, Paris 1975, pp. 363-525 (tr.it. de M. Cassola, Il mistero della carità di Giovanna d’Arco (El misterio de la caridad de Juana de Arco), En Misterios, Jaca Book, Milán 2010).

Ch. Péguy, Le Porche du mystère de la deuxième vertu, in Œuvres poétiques complètes, Gallimard, Paris 1975, pp. 527-670.

Ch. Péguy, Le mystère des saints innocents, in Œuvres poétiques complètes, Gallimard, Paris 1975, pp. 671-823.

Estudios
R. Avice, Péguy: pelerine d’espérance, Beyaert, Bruges 1947.

H.U. von Balthasar, Fächerder Stile: Laikale Stile (=Herrlichkeit, 3), Johannes Verlag, Einsiedeln 1962; tr.it. por G. Sommavilla, Stili laicali (Estilos laicales). //Dante, Juan de la Cruz, Pascal, Hamann, Solov’ëv, Hopkins, Péguy (=Gloria, 3) //, Jaca Book, Milán 1976.

J. Bastaire, Henri de Lubac disciple de Péguy, in: J. Bastaire – H. de Lubac, Claudel et Péguy (1974), Cerf, Paris 2008, pp. 193-200 (tr.it. por M. Marzioli, Claudel et Péguy, Marcianum Press, Venecia 2013, pp. 255-264).

A. Cascetta, La passione dell’uomo (La pasión del hombre). Voces del teatro europeo de mil Novecientos, Studium, Roma 2006.

J. Daniélou, Péguy et les Pères de l’Eglise, in Aa.Vv., Littérature et société. Mélanges offerts à Bernard Guyon, Desclée de Brouwer, Paris 1973, pp. 173-179.

P. Lia, L’in-canto della speranza (El encanto de la esperanza). Ensayo teológico sobre el canto de los Misterios de Charles Péguy, Vita e Pensiero, Milán 2011.

P. Mazzolari, Il nostro caro Péguy (Nuestro querido Péguy), en C. Péguy, Un hombre libre. colección de pensamientos, por A. Pedrone, Editor Stefanoni, Lecco 1948, pp. 7-10.

E. Mounier, M. Péguy, G. Izard, La pensée de Charles Péguy, Librairie Plon, Paris 1931.

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