Ciencia y fe, intrínsecamente complementarias
autor: Francis Collins
fecha: 2008
fuente: Scienza e fede, intrinsecamente complementari
Publicado en el No. 14 de Atlantide (2008.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Para rechazar a Dios primero hace falta conocerlo

Muchos biólogos y genetistas parecen haber concluido que ciencia y fe son incompatibles, aunque pocos de ellos parecen haber profundizado el argumento. Personalmente, pienso que ciencia y fe no sólo sean compatibles, sino se complementan intrínsecamente. Lo digo partiendo de mis estudios sobre el genoma humano, cuya elegancia y complejidad es fuente de profundo asombro, porque deja entrever aspectos del ser humano que sólo ahora estamos iniciando a descubrir, pero son conocidos desde siempre por Dios. Y eso refuerza mi fe.

Yo he nacido en una familia no religiosa, en que venía sin embargo considerada como gran valor la creatividad, dado que mis padres se ocupaban de teatro y de arte. Sobre todo mi madre me inculcó el deseo de aprender, pero muy poco me fue enseñado acerca de Dios. Crecí muy seguro de no tener alguna necesidad de un credo religioso. Cuando inicié en Yale el doctorado en química física, mis investigaciones en este campo me convencieron de que las únicas verdades eran las ecuaciones diferenciales de segundo grado y que por tanto no había alguna necesidad de Dios.

A este punto, sin embargo, decidí que la biología era mucho más interesante de lo que hubiera pensado y decidí inscribirme en medicina. Así habría podido aplicar mis inclinaciones científicas a curar a las personas. Me encontré frente a muchas personas afligidas por grandes sufrimientos y que no lograba ayudar. Noté, sin embargo, que algunas de estas personas tenían una fe increíble y no estaban molestas con Dios, como pensaba habrían tenido que estar, más bien, parecían recabar un notable alivio justo por su fe. Todo eso me dejaba desorientado. Alguno de ellos me preguntó en qué creía y mi respuesta incómoda fue: « ¡No lo sé!».

Como científico había siempre insistido en la necesidad de sacar conclusiones sólo en base a datos rigurosos y me di cuenta de que, en materia de fe, no había obtenido algún dato y no conocía absolutamente nada de lo que había rechazado. Un ministro metodista, conocido por casualidad, me sugirió leer el Evangelio de Juan, que fue una sorpresa impactante para mí, porque la fe era algo muy diferente de lo que me había imaginado. Sin embargo, no era aún suficiente: tenía necesidad de mayor argumentación de carácter intelectual para superar la objeción de que todo eso no fuera otra cosa que superstición. El mismo ministro metodista me sugirió la lectura de Mere Christianity de C.S. Lewis, un libro que pienso debería ser puesto en manos de todos aquellos que se preguntan si hay racionalidad en la fe.

La lectura de este libro hizo caer todas mis opiniones materialistas. Particularmente significativas me parecieron sus observaciones sobre la ley de la naturaleza humana: ¿por qué existe y es tan universal? El conocimiento de lo que es correcto y de lo que no lo es, representa una característica única de la especie humana, que parece separarnos de todos los otros animales. Esta atribución humana universal, que se puede llamar también ley moral, no puede ser fácilmente explicada con argumentos puramente naturales; para mí esta observación es un indicador convincente del interés de Dios por los seres humanos. Una frase de Lewis me ha impresionado decididamente: «Descubrimos mucho más sobre Dios por la ley moral que del universo, así como conocemos mucho más de una persona escuchando lo que dice, antes que mirando la casa que ha construido».

Me di cuenta de repente que mi vida científica estaba mirando la casa y que jamás había considerado la conversación (la ley moral) como prueba de Dios. Después de meses de lucha, me di cuenta de que sí había un Dios, Él era santo y yo no, reconocí lo que Cristo había hecho, construyendo un puente entre Dios, y toda Su santidad, y yo, con toda mi falta de santidad. Así, al final, me rendí.

Los estudios sobre el genoma humano

Obviamente es claro que no se necesita ser un creyente o un fiel en Cristo para ser un buen científico. La ciencia explora el mundo natural, utilizando la observación, los experimentos, la formulación de hipótesis y comparaciones con otros experimentos. Yo también hago ciencia de este modo. Lo que es diferente para un creyente es que la admiración frente a la belleza y a la complejidad de la vida, así como revelada por la ciencia, asume un significado ulterior, como si se entreviera algo de la mente de Dios.

Los largos años en que me he ocupado de los estudios sobre el genoma humano, me han convencido de que siempre habrá más necesidad de una perspectiva de fe. Las implicaciones derivadas del HGP (Human Genome Project) son enormes en casi todos los sectores de la medicina, dado que prácticamente cada enfermedad tiene alguna componente genética y para muchas enfermedades se crean fenómenos de familiaridad, es decir de exposición genética a ellas. Sobre todo, no existe la perfecta secuencia del ADN, todos somos imperfectos genéticamente: es el equivalente biológico del pecado original.

Muchos de los riesgos derivados de nuestras imperfecciones genéticas no se realizarán jamás, porque no será superado un cierto umbral o porque no se verificarán todos aquellos factores ambientales necesarios para hacer desencadenar la enfermedad. Pero la probabilidad queda y la investigación sobre el genoma nos consentirá establecer cada vez más precisamente estas condiciones para cada uno de nosotros. Se trata de una potencialidad enorme, que debe ser considerada muy seriamente. A este propósito, los cristianos pueden aportar una contribución determinante para que esta revolución se lleve a cabo con el máximo de los beneficios y en un modo caritativo.

Cofre o caja de Pandora

El futuro de la investigación genética puede revelarse un cofre lleno de tesoros o una caja de Pandora, levantando una serie de cuestiones éticas. Los científicos tienen el grave deber de explicarse, de explicar la materia de sus investigaciones y aclarar aquello que la ciencia puede hacer y aquello que no puede hacer.

La época en que un genetista, o en general un científico, podía encerrarse en su laboratorio, dejando a otro para que se ocupe de las consecuencias de los progresos científicos, ya ha quedado atrás. Tomemos, por ejemplo, las repetidas descripciones en televisión o en el cine de “niños proyectados” a través de la selección de embriones: mucho de todo eso no es real. En efecto, el ambiente influencia fuertemente el desarrollo de los niños y la genética puede cambiar ligeramente las probabilidades de éxito, pero sola no puede determinar el resultado. Así, la pareja pudiente que decide gastar decenas de miles de dólares en un programa de selección de los embriones para tener un hijo que se convertirá en primer violín, campeón de fútbol y así sucesivamente arriesga con probar una fuerte desilusión al ver al propio hijo de dieciséis años escuchar música heavy metal en su habitación fumando marihuana… Por fortuna, buena parte de estos posibles experimentos son bloqueados porque no funcionan, aún más que por razones éticas.

Como cristianos no debemos asumir una actitud antagonista en relación a las verdades de la razón, de la filosofía, de la ciencia, de la historia. Debemos ser más bien los más valientes, los más celosos, los más dispuestos a buscar la verdad en cada campo, los más hospitalarios al recibirla, los más leales al seguirla, adonde nos lleve. No es de cristianos ser tibios hacia las investigaciones y los descubrimientos de nuestro tiempo.

No tenemos la salvación en la ciencia o en la filosofía, sino sólo en los brazos de la Verdad, por eso es nuestro deber impulsar la investigación al máximo, ser leader en cada rama de la ciencia, captar primeros en cada campo la voz del Revelador de la Verdad, que es también nuestro Redentor. Las enseñanzas de Jesús, Su pasión, Su muerte y Su resurrección son una respuesta a las preguntas dramáticamente difíciles sobre el problema del mal, sobre las imperfecciones y la capacidad de pecado del género humano y sobre las razones del sufrimiento. Una visión puramente naturalista ofrece muy poca esperanza de comprensión o alivio frente a estas preguntas.

La interfaz entre ciencia y fe

Pues la pregunta fundamental es si puede existir acuerdo entra ciencia y fe. La genética es vista por muchos como el campo en que este acuerdo es quizá menos posible y aquí puedo expresar un parecer derivado de la experiencia personal, que me lleva a decir que el conflicto entre genética y fe no es tan irresoluble como parece a muchos.

La ciencia explora el mundo natural, la fe aquello sobrenatural. Si quiero estudiar la genética, usaré la ciencia; si quiero comprender el amor de Dios, aquí es donde entra el mundo de la fe. ¿Esto da razón a Stephen Jay Gould cuando afirma que se trata de «magisterios que no se superponen»? No, porque, por cuanto me concierne, estas dos visiones del mundo coexisten en mí, como en muchos otros. Y esto no nos causa laceraciones, ni nos pone en contradicción. Más bien, estoy convencido de que venimos enriquecidos. Tenemos así la oportunidad de practicar la ciencia como una forma de culto, tenemos la posibilidad de ver a Dios como el más grande científico y es un don ser un científico y poder hacer esto.

¿Por qué entonces el conflicto es visto tan serio y la historia entre cristianismo y ciencia ha sido tan difícil? Es natural que surjan conflictos siempre que la ciencia trate de ocuparse de lo sobrenatural, normalmente para negar su existencia, o siempre que los cristianos tiendan a leer la Biblia como si fuera un tratado científico. No se trata de un debate reciente, porque de eso se ha ocupado también San Agustín, que no tenía razones, en 400 d.C., para defender el libro del Génesis, no habiendo nacido Darwin aún. Sin embargo leyendo Génesis 1,1, Agustín subraya cómo sea peligroso tomar la Biblia y tratar de transformarla en un texto científico. Él escribe: «Con respecto luego a realidades oscuras y muy lejanas de nuestros ojos, nos podría suceder de leer también en la Sagrada Escritura pasajes que, salvando la fe en que somos educados, pueden dar lugar a interpretaciones diversas las unas de las otras; en tal caso tenemos que estar atentos a no precipitarnos a sostener alguna de ellas, para evitar caer en la ruina cuando un examen de la verdad más atento la demoliera mediante argumentos seguros»1.

Y aún: «Sería una cosa muy vergonzosa y dañina y por evitarse a toda costa, si aquel pagano sintiera hablar de estos argumentos conforme - a su parecer – al significado de las Escrituras cristianas diciendo en cambio tales absurdidades que, viéndolo equivocarse - como se dice - por mucho que sea ancho el cielo, no pudiera parar de reírse. Pero es desagradable no tanto el hecho de que venga humillado uno que se equivoca, sino el hecho que como extraños a nuestra fe se crea que nuestros autores [sagrados] hayan sostenido tales opiniones y, con gran ruina de aquellos, de cuya salvación nos preocupamos, vengan rechazados y censurados como ignorantes. Cuando en efecto, respecto a argumentos muy conocidos por ellos, los paganos sorprenden a un cristiano que se equivoca y defiende su opinión errónea apoyándola en nuestros Libros sagrados, ¿de qué modo podrán tener fe en aquellos Libros cuando tratan de la resurrección de los muertos, de la esperanza de la vida eterna y del reino de los cielos, desde el momento en que pensarán que estas escrituras contienen errores relativos a cosas que ya han podido conocer por propia experiencia o en base a cálculos matemáticos seguros?»2.

Son palabras muy fuertes y eficaces, pero que después de más de mil seiscientos años aún captan perfectamente la señal, y me consienten mantener unido lo que conozco de Cristo por mis lecturas y por mi vida de oración con lo que sé como científico acerca del mundo natural. Por eso pienso que los científicos que creen son los más afortunados, porque tenemos la oportunidad de explorar el mundo natural en un momento de la historia en que los misterios vienen revelados casi todos los días. Y porque tenemos la oportunidad de percibir estos misterios revelados en una perspectiva de descubrimiento de la grandeza de Dios. Esta es una forma particularmente admirable de culto.

Notas e indicaciones bibliográficas
1. San Agustín, Comentario al Génesis, Libro I, cap. 18.
2. San Agustín, Comentario al Génesis, Libro I, cap. 19.

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