Conocimiento y sabiduría en la Biblia
autor: Marvin Olasky
Docente de Periodismo, University of Texas
fecha: 2008
fuente: Conoscenza e sapienza nella Bibbia
Publicado en el No.14 de Atlantide (2008.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

El mal uso de la inteligencia

Tenemos necesidad de entender qué significado atribuya la Biblia a la razón y a su relación con la fe, partiendo de la revelación divina. La razón humana se vuelve inteligible sólo si se la considera en el contexto de la creación. «Hagamos al hombre a nuestra imagen» (Gn.1,26) es la premisa para comprender cómo podemos llegar al conocimiento de algo. Los muchos pasajes bíblicos que exaltan la sabiduría y el conocimiento de Dios aclaran el significado de aquella “imagen”, porque nos enseñan que, siendo Dios un ser que piensa, que razona, que conoce, Él es la fuente de inteligencia en las únicas criaturas que ha creado a su imagen. La caída de la humanidad en el pecado muestra los dos modos en que se ha hecho mal uso de la inteligencia.

El primero, en el tercer capítulo del Génesis, muestra la razón en acción, con la humanidad que se piensa autónoma, capaz de juzgar entre Dios y Satanás. El segundo, siempre en el mismo pasaje, proporciona un modelo para entender qué sucede cuando la razón sale de la propia esfera de acción. Examinemos más de cerca qué ha sucedido. Dios: «Ustedes podrán comer libremente de cualquier árbol del jardín, con una sola excepción: si comen del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirán». La serpiente: « ¿Dios ha dicho que hay un árbol del que no podemos comer?». Eva: «Dios ha dicho que no debemos comer del árbol del conocimiento del bien y del mal o moriremos». La serpiente: «No morirán. Dios ha dicho eso porque Él sabe que si comen serán como Él, conocedores del bien y del mal» [1]

Así termina el diálogo, seguido luego por la desobediencia de Eva, que come el fruto prohibido. La interpretación común de este fragmento considera la tentación centrada en la satisfacción de los deseos físicos, pero la lección del pasaje es diverso, porque la tentación ha sido, en esencia, de tipo intelectual. Miremos lo que ha ocurrido en el intervalo entre la promesa de la serpiente y el momento en que Eva come realmente el fruto: «La mujer ha visto que el fruto de aquel árbol era bueno para comer y placentero a los ojos, y también deseable para adquirir la sabiduría» (Gén 3,6). El fruto era ciertamente bueno para comer y constituía una delicia para los ojos, pero la verdadera tentación pareciera la sabiduría (en el Jardín había una gran cantidad de comida que era permitida comer, tampoco era prohibido admirar el árbol). Eva ha escuchado la promesa de la serpiente: se habría vuelto sabia sin Dios, y con esta nueva sabiduría habría sido verdaderamente como Dios. La semejanza prometida por la serpiente no concernía la fuerza de Dios o su bondad o cualquier otro atributo suyo, sino sólo su sabiduría.

La tentación intelectual

La tentación, pues, ha sido principalmente hacia una realización intelectual, separada de la gracia y del favor de Dios. Siempre pensamos que la razón humana por sí sola sea suficiente para entender las cosas últimas de la vida («Serán como Dios y conocerán el bien y el mal»), nos equivocamos. La Biblia muestra que el pecado no concierne sólo a nuestra vida moral y espiritual, sino también a nuestra vida intelectual. De este modo se afirma que Cristo es Señor no sólo de lo “espiritual”, en sentido estricto, sino de todas las cosas, incluyendo la mente. El componente intelectual de la autonomía humana es evidente aun en el episodio de la Torre de Babel (Gén 11,1-9): aquí la rebelión contra Dios parte de una unidad del lenguaje y por tanto del pensamiento y del fin. La respuesta de Dios se cumple confundiendo la capacidad de los constructores de comunicar entre ellos: «Descendamos pues y confundamos su lengua, para que ya no comprendan uno la lengua del otro». Dios sin embargo siempre ha comunicado en modo claro y razonable con aquellos que Él ha elegido. Uno de los ejemplos más esclarecedores del uso de la razón por parte de Dios se encuentra en el tercer libro del Éxodo, cuando Dios dice a Moisés que él habría conducido a Israel fuera de la esclavitud y hacia la libertad prometida. Escuchemos el diálogo:

Moisés: «Yo no soy el hombre apropiado. No tengo lo que pretendes». Dios: «Eso no es importante, porque yo estoy contigo, y te daré una señal que será demostrada con los hechos». Moisés: «Si me preguntan quién me ha mandado, ¿qué responderé?». Dios: «Dirás que: “Yo soy, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me ha mandado a ustedes”». Moisés: «Pero ellos no me creerán». Dios: «eI milagro que realizaré, los convencerá». Moisés: «Manda a otro». Dios: «Yo mandaré a tu hermano Aarón contigo y será tu portavoz».

Este es el final del diálogo, un diálogo precisamente, no simplemente una serie de órdenes. Dios muestra a Moisés el más grande respeto por sus argumentos, en el sentido que los acoge e indica Su solución a cada objeción. Moisés pues tiene que decidir si ser obediente o rebelde. En el momento en que Moisés dice: «Manda a otro» se pasa a otro plano, de aquel de la razón al primer murmullo de rebelión. El obedecer a Dios, y no la indecisión continua, es una señal principal, de fe. Hace falta tener la mirada fija en el confín entre razón y rebelión, que también es aquella entre el mero conocimiento y la sabiduría que da la vida.

Las raíces de la verdadera sabiduría

Al inicio, el libro de los Proverbios explica el fin para el que ha sido escrito, una explicación que contiene un alto «elogio del conocimiento». El libro es útil «para conocer la sabiduría y la disciplina, para entender los dichos profundos, para adquirir una instrucción iluminada, equidad, justicia y rectitud, para dar a los inexpertos la destreza, a los jóvenes conocimiento y reflexión. Que el sabio escuche y aumentará el saber, y el hombre preparado adquirirá el don del consejo, para comprender proverbios y alegorías, las máximas de los sabios y sus enigmas» (Pro 1,2-6). Sin embargo, tenemos necesidad, del versículo sucesivo para insertar estas líneas en su contexto: «El temor del Señor es el principio de la ciencia; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción». La consecuencia es que en los Proverbios la exaltación de la sabiduría depende de la raíz profunda del conocimiento en el temor del Señor. Los Proverbios advierten de no confiar demasiado en la razón humana (Pro 3,5), porque este tipo de razonamiento a menudo elude el temor de Dios, volviéndose insensato. La mente es abandonada a sí misma, se convierte en el vehículo de la arrogancia y de la destrucción final. Los Proverbios afirman, punto de fundamental importancia, que la sabiduría nos es dada por la libre gracia de Dios. Ella no es obtenida simplemente con un trabajo diligente: «Porque es el Señor que da la sabiduría, de su boca sale ciencia y prudencia» (Pro 2,6). Aquellos que recibirán el don deben desearlo, deben «invocar la inteligencia y pedir en voz alta el conocimiento» (Pro 2,3). Deben estar listos para aceptar las instrucciones, las órdenes y los consejos: El tonto es sabio ante sus propios ojos, pero el sabio sabe que su sabiduría es pequeña en comparación a la de Dios.

Durante la época de los profetas, Isaías (29,14) y Jeremías (8,8) han criticado duramente a los sabios ante sus propios ojos. El texto de Isaías es particularmente pertinente, porque pone en esta perspectiva la aceptación universal del atributo de la sabiduría: Dios extirpará «la sabiduría del sabio» y «la inteligencia del inteligente». Esto significa que la falsa sabiduría de quien se piensa autónomo, un día aparecerá por aquello que en realidad es, o sea la insensatez. Es por este motivo que los Proverbios aconsejan (Pro 3,5): «Confía en el Señor con todo el corazón y no te apoyes en tu inteligencia». La Biblia, sin embargo, no está con quien considera la ignorancia como una virtud, porque Dios dice: «Perece mi pueblo por falta de conocimiento» [2] (Os 4,6). La historia de Daniel puede ayudar a entender mejor el uso de la razón humana en el contexto de la obediencia a Dios. Como se narra en el libro de Daniel, el rey Nabucodonosor estaba buscando a los mejores hebreos, aquellos que demostraban particular actitud para aprender, para ponerlos a su servicio, y sus siervos tenían el encargo de educar a chicos seleccionados en lenguaje y en literatura de Babilonia (Da 1,4). Daniel se encuentra frente a una situación que ha puesto en dificultad a tantos cristianos durante siglos y que dura aún.

Por un lado está la tentación de ceder a la cultura de la sociedad en que se vive, en palabras de Pablo, conformándose con el mundo (Rom 12,2). Por el otro, el riesgo de volverse un gueto, el temor del conformarse con el mundo empuja al pueblo de Dios a los márgenes, incapaz de jugar un rol propio en la cultura. Daniel ha decidido no ser involucrado por la cultura pagana en que vive: dado que en aquellos tiempos el compartir las comidas asumía el significado de una alianza, Daniel y sus tres amigos convencen a los siervos del rey a permitirles abstenerse de la comida real, pero no consienten que eso los relegue a los márgenes de la sociedad. Tampoco lo consiente Dios, que premia su fidelidad, dándoles la capacidad de «conocer y comprender toda escritura y toda sabiduría» (Da 1,17). Cuando el rey habla con ellos «de cualquier asunto de sabiduría e inteligencia los encontró superiores diez veces más que todos los magos y astrólogos que habían en todo su reino» (Da 1,19-21). En Daniel, la piedad unida al conocimiento constituye la sabiduría. Esta sabiduría tiene un impacto sea cultural que evangélico en Nabucodonosor, que dice a Daniel: «Cierto su Dios es el Dios de los dioses, el Señor de los reyes y el revelador de los misterios, porque tú has podido revelar este misterio» (Da 2,47).

La razón en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento explica ulteriormente el concepto de razón del Antiguo Testamento. Cuando un escriba interroga a Jesús preguntándole cuál fuera el mandamiento más importante, Cristo responde: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante mandamiento» (Mt 22,37). “Con toda tu mente”. Al parecer hay algo en el modo en que la mente ama a Dios, que es diverso del modo de amar del corazón y del alma. Los hechos de los Apóstoles (He 17,16-34) muestran bien la combinación de piedad y de razón de Pablo. Llegando a Atenas, Pablo «había sentido gran sufrimiento al ver que la ciudad estaba llena de ídolos». En vez de atacar, Pablo «discutía en la sinagoga con los Judíos y los Griegos creyentes en Dios, incluso en la plaza del mercado, día tras día, con los que encontraba». Así, Pablo es convocado al Areópago, frente a los líderes culturales e intelectuales de Atenas. Los sucesivos tres pasajes son cruciales. Primero. Hablando a los principales filósofos de la ciudad, Pablo crea un punto de contacto: «Pasando y observando los monumentos de su culto, he encontrado también un altar con la inscripción: “Al Dios desconocido”. Aquel que adoran sin conocer, yo se los anuncio» (He 17,23). Segundo.

Él muestra su conocimiento de los atenienses citando a sus poetas, para no ser tomado por un ignorante. Tercero, y pasaje más importante. Pablo non busca un compromiso teológico, sino afirma claramente que Dios «ahora ordena a todos los hombres de todos los lugares de enmendarse» (He 17,30), y habla de resurrección de los muertos, aunque eso suscita el escarnio de algunos y provoca el fin del encuentro.

¿Aquel encuentro ha sido un fracaso? Para nada. «Algunos se unieron a él y se volvieron creyentes» (He 17,34). Pablo, en Atenas, no ha despreciado Atenas para mostrar su fidelidad a Jerusalén. Él ha predicado lo que practicaba y ha prevenido contra la seducción de la inteligencia del mundo (1Co 1,2), de las malas tradiciones humanas que se apoyan en «filosofía y engaño vacío » (Col 2,8), de las «contradicciones de lo que falsamente es llamado conocimiento » (1Tim 6,20). Sin embargo no ha ignorado la razón, a causa de su abuso frecuente: ha usado la razón correctamente. Pablo ha escrito que un cristiano debe servir a Dios: «transfórmense renovando su mente» (Rom 12,2). Él también ha escrito «agradeciendo toda inteligencia sujeta a la obediencia a Cristo» (2Cor 10,5): así Pablo ha advertido a los Corintios de la sabiduría del mundo, pero también los ha invitado a juzgar por sí solos lo que él decía, porque eran personas sensatas (1Cor 10,15)

Dar razones de lo que se cree

Otros apóstoles también han sido defensores de la fe, es decir han estado dispuestos a argumentar. La admonición de Pedro: «siempre dispuestos para responder a quien quiera que les pida razones de la esperanza que está en ustedes» (1Pe 3,15), tiene el mismo intento apologético, aquello, es decir, de producir argumentos para sostener la fe cristiana. El énfasis puesto en la capacidad de todo cristiano de dar razón de la propia fe lleva a otro importante punto: a menudo las descripciones de la razón enfatizan los aspectos intelectuales, desviando el camino. Tendemos a pensar que la palabra intelectual se refiera sólo al mundo universitario: este enfoque académico de la historia intelectual hace pensar en las grandes figuras de Platón, Descartes, Spinoza, Voltaire, arriesgando hacernos creer que la gente normal no esté involucrada. La enseñanza bíblica, es en cambio diversa: en un cierto sentido, todo cristiano es un intelectual, porque todo cristiano debe pensar y creer, no sólo celebrar determinados ritos. El rostro de Europa, y también de sus colonias, ha sido cambiada por eso: los buenos sacerdotes en sus homilías no sólo recomendaban a sus parroquianos ser buenos, sino se comparaban con ellos y lo hacían al interno de la Revelación. Eso vale aun hoy, cuando hablamos de las aplicaciones prácticas de los principios de la Biblia.

Aplicar con provecho la Biblia no requiere un particular intelecto, sino se aprende a ser fieles obedeciendo la Palabra de Dios y entendiendo que la Biblia no enseña sólo qué se deba y no se deba hacer, sino nos ofrece también una estructura de comprensión, una visión del mundo. No podríamos esperarnos otro mensaje, porque cuando Dios ha aparecido en forma humana, Él lo ha hecho bajo este nombre: el Verbo. Aún más, el texto que nos informa de esta buena nueva, afirma que la Palabra existía aún antes de la creación (Jn 1,1). Dios dice que debemos conocerlo en su esencia y como acción, pero también como Verbo, que es algo que debe ser aferrado por el intelecto y entendido.

Además, la revelación especial que nos ha sido confiada ha venido en forma de palabras. Uno de los títulos con los cuales Jesús era conocido, es Maestro y los Evangelios están compuestos en gran parte por las enseñanzas de Cristo. Si la cristiandad norteamericana ha cumplido menos de aquello que habría podido, es en parte porque hemos ignorado el claro mensaje de Cristo de amar a Dios con toda nuestra mente, como con todo nuestro corazón y nuestra alma. No hemos utilizado los instrumentos que son exclusivamente nuestros, sino hemos tratado de usar ideas de segunda mano de ideologías siempre más gastadas, que dominan el mundo académico y los principales medios de comunicación.

La Cristiandad no es una experiencia “significativa” o altamente estética. Es más bien una cuestión de verdad, de creer y decir cosas que están de acuerdo con la realidad externa. Es este el motivo por el que Pablo escribe a los Corintios que no habría sido aceptable ninguna reconfortante doctrina espiritualizada de la resurrección. O Cristo había efectivamente resucitado de la muerte, como quinientos testigos estaban listos a testificar, o bien su esperanza era vana (1Cor 15). C.S. Lewis escribió que la cristiandad no es como un fármaco que se toma porque hace bien. Si no fuera verdad, entonces ninguna persona honesta querría tener que ver con ella.

Razón y revelación están en armonía

El uso correcto de nuestra razón es posible cuando, al interno de nuestra visión del mundo, entendemos que Dios nos ha creado. No estando a Su mismo nivel, debemos usar nuestra razón en los términos de Dios, no porque Él sea un dictador (aunque Dios es omnipotente), sino porque Sus términos son los únicos verdaderamente razonables. Nada más tiene sentido, porque ningún otro aparato argumentativo está en sintonía con el modo en que el mundo verdaderamente funciona. Todo intento de elevar nuestra razón a nivel de la de Dios, es irrazonable. Podemos razonar, porque Dios nos ha creado a Su imagen: la razón es una característica de Dios y Él nos da algo análogo a Su poder de razonar. Esto es parte de lo que se entiende con «ser creados a imagen de Dios». Cuando Pablo advierte a los Corintios contra la sabiduría de este mundo, explica que toma esta posición, porque aquella “sabiduría” en realidad es insensatez y les aconseja escuchar la verdadera sabiduría.

La advertencia de Pablo a Timoteo no es contra el conocimiento, sino contra lo que es «falsamente llamado conocimiento» (1Tim 6,20). Por eso no es justo oponer la razón a la revelación, porque la verdadera razón y la Revelación están en armonía. Cuando nuestra mente nos lleva a abrazar la falsa sabiduría, nos arroja hacia la esclavitud de las ilusiones de nuestra época. En contraste con esta esclavitud, Dios nos invita: «Vengan, razonemos juntos» (Is 1,18). Podemos razonar con Dios solamente cuando entendemos que nuestra razón es un reflejo del hecho que hemos sido creados a imagen de Dios (Gén 1,26).

La razón no es un instrumento de la autonomía del hombre, ni un arma para oponerse a Dios. Cuando comprendemos la majestad de Dios y ponemos nuestra razón a Su servicio, Dios nos consiente dialogar con Él, y sólo en virtud de eso podemos dar nuestra contribución plena al Reino de Dios.

Notas e indicaciones bibliográficas
1. Gén 2,16-17; 3,1-5. Hemos esquematizado un poco la discusión para mostrar la relación entre los discursos. Vale la pena señalar que Eva es una reportera imprecisa, porque refiere también a la serpiente que Dios había ordenado no tocar el árbol, mientras no hay ningún rastro de esta afirmación.

2. Dios dice también: «Por eso mi pueblo será deportado sin que siquiera lo sospeche» (Is 5,13). Jeremías (4,22) nota que los hijos de Israel «no me conocen, son hijos insipientes, sin inteligencia; son expertos en hacer el mal, pero no saben realizar el bien».

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