De la técnica que lacera a aquella que dialoga ...
autor: Cármine Di Martino
Mario Gargantini
Nadia Correale
fecha: 2016-06-22
fuente: Dalla tecnica che lacera a quella che dialoga con la Natura
Publicado en el No. 61 de Emmeciquadro
traducción: María Eugenia Flores Luna

La dimensión técnica es constitutiva de la «naturaleza» del hombre. La vida del hombre es originalmente vida «técnica». Por eso no tiene sentido condenar la técnica en nombre de una autenticidad humana; ni siquiera frente a la actual aceleración de la innovación tecnológica basada en la digitalización difundida, con todas las grandes cuestiones que plantea. Más bien se tratará de buscar nuevos modos de experimentar la técnica.

El desarrollo tecnológico actual y su invasión en todos los ámbitos de la vida personal y comunitaria ya es tema de amplio debate, en el cual las visiones preocupadas de quien ve aumentar múltiples amenazas en un horizonte no muy lejano se alternan al entusiasmo de cuantos consideran en todo caso válido todo lo que es simplemente una innovación. Quien tiene una responsabilidad educativa no puede renunciar a un modo menos esquemático y más profundo de enfrentar las cuestiones en juego, que tocan aspectos fundamentales ligados a la visión del hombre, desde la modalidad de interactuar con los instrumentos técnicos a la responsabilidad con la cual gobernar además esta inevitable interacción. Hemos iniciado ya en los números precedentes un trabajo más detallado, que ahora encuentra una contribución significativa en esta conversación con Carmine Di Martino, Docente de Filosofía Teorética en la Universidad de los Estudios de Milán.

En algunos intervenciones suyos Usted ha puesto en evidencia el hecho de que no exista hombre sin técnica. ¿Cómo se puede explicar?

Muchas son las investigaciones que, desde al menos un siglo, se han propuesto reconstruir la relación entre el hombre – el «devenir humano de la vida», la hominización – y la técnica. Las teorías de referencia de tales intentos son varias y también opuestas entre ellas. Una de estas es aquella que se remonta a Herder y Nieztsche hecha propia por la antropología filosófica de inicio del 1900, que describe al hombre como un animal carente, enfermo, biológicamente desprovisto y por tanto obligado a dotarse de una segunda «naturaleza», técnico-cultural, para sobrevivir. En esta óptica cada artefacto, desde los utensilios más elementales hasta la palabra y la escritura, pertenecerían a esta segunda naturaleza «cultural y técnica» del hombre.

Tratemos de recorrer los pasos sobresalientes de este desarrollo al interno de la historia humana.

Los primeros veinte años del siglo XX están marcados por un sorprendente número de descubrimientos de hombres primitivos. En la segunda postguerra, en particular, las investigaciones paleoantropológicas revolucionan profundamente el modo de considerar el problema de los orígenes del hombre, conduciendo a separar radicalmente la descendencia del hombre de aquella de los monos antropoides.

En 1959, con el descubrimiento de parte de Louis Leakey, en Kenia, de los restos del Zinjantropo, viene acreditada la presencia de un ser construido sustancialmente come nosotros, que caminaba erguido y trabajaba el sílex, y vivió hace 1,8 millones de años. Los restos estaban circundados por una notable cantidad de utensilios, como documentación de la existencia de una verdadera y real «industria» lítica. A tal descubrimiento le siguieron otros, que reforzaron la hipótesis de «homínidos» vividos hace 1,5 millones y 2 millones de años, ya no colocados entre los monos antropomorfos o calificables come «anillo faltante» entre mono y hombre, sino ya claramente identificado como perteneciente al género Homo (Homo habilis, como ha sido definido por los científicos, en su distinción de Homo sapiens). Poco a poco vienen fijados los criterios para distinguir el hombre: el primero y el más importante de ellos es la posición erguida, a la que se unen la cara corta, la mano libre durante la locomoción, la posesión de utensilios móviles y el lenguaje (incluso en formas elementales).

Desaparece para siempre la idea de un hombre derivado del mono: se puede pensar en una común origen del mono y del hombre sólo en la forma de un antepasado común, pero en el momento en que es establecida la posición vertical aparece un ser que ya no puede ser confundido con el mono. Un tecnicismo reconociblemente «humano» está presente también en las formas más antiguas de Homo; y, si bien seres zoológicamente próximos a nosotros, como el chimpancé, parezcan acercarse a un tecnicismo elemental, permanece, como observa André Leroi Gouhran en su obra más conocida, «un abismo insondable entre el acto del mono que enfila dos bambúes uno en el otro para subir en una caja y coger una banana y el gesto creador del Zinjantropo» (El gesto y la palabra, p.96). Este último ya implica una efectiva consciencia técnica, si bien ésta no pueda ser medida con nuestro metro. Por centenares de millones de años, en efecto, la industria del homo habilis queda idéntica a sí misma, sin cambios apreciables. Se puede en todo caso decir que el tecnicismo marque la aparición de los supuestos primeros ejemplares del Homo, acompañando la larga transición que va desde las primeras formas de Homo habilis hasta el Homo sapiens. En la reconstrucción de este vertiginoso camino la paleoantropología actual coloca cerca de 80.000-60.000 años los indicios de la aparición de los seres humanos modernos, tal como somos nosotros, vale decir del Homo sapiens.

Nosotros hoy podemos darnos una idea bastante precisa de cómo tendría que ser la vida de las poblaciones del Homo sapiens de hace unos 45.000-35.000 años sea a partir de los testimonios técnicos y artísticos – como los definimos nosotros – en posesión nuestra (se piense por ejemplo en las extraordinarias pinturas murales de la gruta de Chauvet, que se remonta a hace unos 32.000 años) sea a partir de la vida de los pueblos llamados «primitivos», que no han conocido es decir la civilización, hasta ahora existentes en el planeta (cuya supervivencia está hoy protegida en alguna medida). En síntesis, concentrándose en nuestro tema y abandonando las cuestiones paleoantropológicas, no hay humanidad que no sea técnico-cultural.

Ni menos el cuerpo humano es ya mero cuerpo «natural», antes bien siempre cuerpo «cultural», es decir marcado, diseñado, técnicamente y culturalmente modificado (aun en las comunidades que viven en contextos climáticos favorables, tales de no exigir tipos de ropa, el cuerpo de los sujetos adultos es siempre distinto del cuerpo animal por signos o prótesis, como los discos inseridos en el lóbulo de la oreja o en el labio inferior, etc.; según cuanto podemos ver en el último trabajo de Sebastião Salgado, Génesis, en el cual son retratados hombres pertenecientes a comunidades primitivas actuales). La artificialidad pertenece, en resumen a los albores de la vida humana en el planeta.

Esto al inicio. Luego ¿qué sucede?

La sedentarización, ocurrida hace unos 10.000 años, representa un tipo de cuenca hidrográfica. Si trata de un cambio profundo que da lugar a una aceleración improvisada de la innovación técnica. Tales grupos humanos, en determinadas condiciones ambientales, pasan del ser cazadores y recolectores a ser agricultores y ganaderos.

Con la trasformación provocada por la agricultura y ganadería surgen las primeras aldeas permanentes e inicia el proceso de sedentarización. Si en un régimen económico basado en la caza y en la recolección de vegetales los grupos están compuestos por un número limitado de individuos de los dos sexos, especializados en cuanto a funciones y en movimiento cíclico en el territorio (según el «trayecto» del alimento: carne de caza y vegetales), en el nuevo régimen de agricultura y ganadería se verifica en cambio la concentración estable de un número relativamente alto de individuos en un mismo territorio, gracias a la presencia de reservas alimentarias y gracias a la protección del ambiente natural y de la insidia representada por los otros grupos mediante aparatos defensivos. En torno al 6.000 a. C. aparece la industria de la cerámica y luego, hacia el 3.500 a. C., comienzan a aparecer la metalurgia y la escritura.

El Homo sapiens necesitó de unos treinta mil años para aproximarse al umbral de la agricultura y han bastado dos mil quinientos de agricultura y de sedentarismo para que las sociedades mediorientales entraran en posesión de las bases tecno-económicas que regulan hasta ahora el edificio humano. Con el desarrollo de los asentamientos organizados y la disponibilidad de reservas alimentarias, se crea la posibilidad de «liberar» algunos individuos de las actividades inmediatamente vinculadas a la producción alimentaria para otras actividades, como aquellas «técnico-artesanales».

A la disponibilidad del tiempo necesario para que surja la invención, se añade el aumento de la población y por tanto sus necesidades, las cuales constituyen un apelo urgente a la innovación. Tal impulso no tiene motivo para presentarse en grupos que tienen las dimensiones equilibradas de una «unidad de supervivencia» móvil y viven en ambientes suficientemente provistos de recursos o bien se trasladan en su búsqueda. Liberación del tiempo y apelo a la innovación pueden por tanto ser consideradas condiciones del progreso acelerado por las técnicas.

Las artes del fuego, cerámica y metalurgia, y la escritura representan una especie de respuesta a un tal apelo: a través de ellas se enfrentan los problemas del almacenamiento de los recursos, de la fabricación de los instrumentos de trabajo y de las armas, de la contabilización de los bienes, el establecimiento de las genealogías y de las propiedades en una sociedad que se ha complicado y jerarquizado. Difícil, en el ámbito de las indicaciones realizadas, subestimar la importancia de la escritura, de su influencia en la modificación de las prácticas del conocimiento y del archivo del saber. En particular, la transición de las primeras escrituras logo-gráficas a aquellas silábicas y de éstas a la escritura alfabética constituye un verdadero paso entre las culturas orales y «la» civilización de la escritura, la única en sentido estricto, vale decir el Occidente, porque sólo la escritura alfabética utilizada por los Griegos consiente efectivamente el abandono de los módulos compositivos y rememorativos de la oralidad en la formación y transmisión de los saberes de la comunidad (a diferencia de lo que ocurre en las culturas que poseen una escritura silábica, como aquellas semíticas, o una escritura ideográfica, como aquella china, que sigue otro trayecto).

¿Cuándo y por qué ocurre, en cambio, el salto tecnológico que conduce a la situación tecnológica actual?

El desarrollo tecnológico prosigue con una velocidad constante, con modificaciones bastante graduales, hasta las dos revoluciones industriales. A aquel punto ocurre un realzo. Con la invención de la electricidad se verifica una expansión significativa de los espacios de vida y de los tiempos de acción. Se hace posible, por ejemplo, cumplir en gran escala actividades «nocturnas» como si fuera a la luz del día. Además, antes con la invención de la máquina a vapor y luego con aquella del motor a combustión, se realiza un inaudito desarrollo de la locomoción. Hacia el final del 1800 inicia también el proceso de automatización en las industrias textiles, gracias al utilizo de tarjetas perforadas que permiten la programación del tejido sin que sea necesaria la intervención del hombre.

Gracias a la electricidad, locomoción y automatización crece notablemente, en una medida nunca antes experimentada, el nivel de liberación de las condiciones ambientales de emancipación de la fuerza del trabajo animal y humano en la realización de los procesos productivos. Se crean así las premisas para el salto tecnológico actual, es decir la digitalización.

Llegamos por tanto al hoy. La presencia de instrumentos tecnológicos se ha vuelto invasiva: ¿cuáles pueden ser los efectos?

Somos aún muy coincidentes con aquello que está sucediendo por pensar en efectos de modo no superficial, para percatarse de la reestructuración de la experiencia y de los diversos procedimientos de formación del saber al cual ello da lugar. Es evidente que, con la introducción de la informática, se haya realizado una inédita y vertiginosa aceleración de la innovación técnica. La informática ha desarrollado y está aún desarrollando el rol de un extraordinario multiplicador. El cálculo que podía efectuar una entera comunidad científica en tiempos muy largos hoy puede ser desarrollado por una sola máquina en un tiempo mínimo. Con el uso de la computadora podemos realizar simulaciones de situaciones que nos permiten llegar a la formulación de hipótesis provisionales antes impensables.

La revolución cibernética ha dado a todos los procesos una aceleración inaudita, consintiendo pasos o avances que no son sólo cuantitativos. Aún así, repitiendo el título de una obra de Gunther Anders, El hombre anticuado, nuestra consciencia viaja a una velocidad incomparablemente más modesta respecto a aquella de la innovación tecno-científica. Estamos casi atrapados por el cambio y estamos sin descanso subordinados al estrés de adecuarnos, de conformarnos a los nuevos instrumentos y dispositivos tecnológicos.

¿Aquí no entran en juego los problemas relacionados a la amenaza de la técnica a la vida?

Ciertamente. Recuerdo dos momentos apicales, emblemáticos, de nuestra época, uno precedente y el otro consecuente a la revolución informática: el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y la clonación de la oveja Dolly. Aquí la técnica se revela en toda su amenaza y problemática. Pero se trata de una erupción desde el interior de la experiencia humana y no desde el exterior. Vale decir, la acción de la técnica no coge al humano por sorpresa, porque desde siempre ha acompañado su emergencia.

En el primer caso, por ahora, ya no ha sido hecho un uso activo de la potencia nuclear en ámbito bélico, aunque han sido introducidas otras armas no menos deletéreas desde el punto de vista cualitativo, como aquellas bacteriológicas. En el segundo caso, en cambio por cuanto parezca cerrado el camino de una clonación que concierne a seres humanos, la manipulación de nuestro texto genético es hoy ciertamente una de las cuestiones más abiertas y plantea enormes interrogaciones.

¿Por qué sería útil recorrer los pasos del desarrollo humano para hablar hoy de la tecnología?

La razón principal es aquella de evitar una especie de «originalismo anti-tecnológico» o, para usar una expresión de Peter Sloterdijk, una «histeria anti-tecnológica», donde podemos ser tentados de caer cuando el peligro crece, sin darse cuenta que cuando el hombre utiliza la técnica no hace nada diverso de lo que lo ha caracterizado desde sus orígenes. No hay motivo para sorprenderse, por eso, frente a la «injerencia» de la técnica, por ejemplo en campo médico: muchos de nosotros ya son cyborg, ya tienen un organismo cibernético, vale decir llevan gafas, tienen prótesis dental, placas de titanio clavadas en los huesos, válvulas cardiacas etc.

Cierto, se tratará de dar una evaluación – ética y política - de considerar si aquella determinada modificación es probable, pero ante todo hace falta captar que no hay de una parte la vida, una vida pura, natural, y de la otra la técnica, que interviene del externo para corromper la mera naturaleza. Ya que el hombre no podría para nada sobrevivir sin su «segunda naturaleza» técnico-cultural. Respecto a la relación entre vida y técnica, tal reconocimiento nos permitiría considerar las transformaciones que están sucediendo de manera menos reactiva, más consciente.

Si, como Usted ha hecho notar, desde siempre el hombre vive su corporeidad integrándola con prótesis, con soportes artificiales, cuyas aplicaciones se están difundiendo enormemente, ¿se puede hablar de un actual abuso «protésico»?

Este es el tema del llamado post-humano o trans-humano, de un cuerpo a tal punto modificado tecnológicamente que llegaría a perder o superar, según puntos de vista, muchas características o límites que hoy lo identifican como humano. Para afrontar la discusión, aun en sus aspectos más espinosos y delicados, entre los cuales aquel de la manipulación genética, no hace falta sin embargo olvidar, como mencionaba, antes, que nunca ha sido un hombre puramente natural, de este lado de un compromiso con la técnica.

El hombre podremos decir, es por su naturaleza cultural, técnico: su mismo cuerpo es un cuerpo-cultural, que no se encuentra jamás en un estado meramente natural, sino siempre tecnológicamente modificado (vestidos, cosméticos, adición de elementos artificiales de vario tipo, etc.). En el hombre hay ya desde siempre otro modo de ser cuerpo, respecto al animal (que no se viste y no se modifica artificialmente). Por eso la lógica bivalente, que tiende a oponerse a los polos naturales/culturales, naturales/artificiales, vida/técnica, no es adapta a captar la vida humana.

Si queremos hablar del hombre en acción en su mundo, tenemos siempre que compenetrar los dos aspectos, incluir su trama. Una vez dicho Esto, es necesario plantearse la cuestión sobre los límites y sobre la sensatez de una determinada transformación técnica del organismo humano.

Ésta sin embargo no parece una posición difundida; más bien, se nota casi un extraño «gusto», sobre todo en el ámbito de la cultura humanística, a devaluar la tecnología, hasta verla como enemiga del hombre. ¿Cómo se explica tal oposición?

Es porque se piensa que el artefacto irrumpa desde el externo en la experiencia humana. En esta imagen, la naturalidad coincide con el no-técnico, el no-cultural, como si fuera localizable en el hombre un nivel similar. La técnica asume entonces el aspecto de una corrupción de lo original, concebido como lo pre-técnico, lo pre-cultural, como vida pura, incontaminada, precisamente «natural».

En realidad eso no sería para nada deseable, en cuanto el hombre, por cuanto mencionado antes, no habría ni siquiera sobrevivido si no hubiera sido un ser «técnico por naturaleza»: sin una liberación técnico-cultural de sus límites corporales, habría sido abrumado por el ambiente natural y por el confronto con las otras especies vivientes, mucho más equipadas en el plano biológico. Es por su originario tecnicismo que la especie Homo ha podido no sólo sobrevivir, sino difundirse en todo tipo di ambiente, desde el África ecuatorial hasta las zonas polares.

¿Por qué a menudo prevalece el miedo a los cambios introducidos por la técnica?

Consideremos la historia. Cuando entra en circulación un nuevo instrumento, se modifican nuestras prácticas de vida, nuestras costumbres, «lo que se ha hecho siempre», y fácilmente se grita la pérdida de lo original, de la naturalidad, que es luego otro nombre de la tradición consolidada.

Todo esto es nuevo y antiguo. Tomemos el ejemplo de la escritura alfabética. ¿Cuáles han sido las reacciones de los protagonistas de entonces? Platón, en la VII Carta, condena la escritura porque corrompe la memoria y la capacidad de pensar, induce a la presunción de saber: el poseso de discursos escritos que se pueden repetir como loro, sin tener una verdadera comprensión, da la ilusión de poseer los contenidos. Ahora, si miramos con más atención el fenómeno, tenemos que decir que no sería concebible un saber filosófico-científico sin la escritura alfabética. Platón no se percataba del importe constitutivo de la escritura en la formación de aquel saber único que llamamos filosofía, de la que él era el primer gran representante. Han pasado muchos siglos, durante los cuales la escritura alfabética nos ha modificado profundamente, ha cambiado el modo de formar y capitalizar nuestros conocimientos: todos nosotros, ya, nos educamos a leer y escribir para adquirir una mentalidad lógico-definitoria.

La desorientación se ha repetido con la llegada de la imprenta: gracias a ella, un texto puede ser difundido en un número de copias ilimitado y de manera incontrolada, estar en las manos de todos; avanza el espectro de una corrupción del recorrido natural del saber, que es puesto a disposición directa de los individuos, los emancipa de una fruición de la escuela. Las consecuencias de la imprenta sobre la formación y circulación del saber han sido enormes. Ahora, en los últimos tiempos, algo análogo ha sucedido con la escritura electrónica y la navegación en la red, que de nuevo parecía introducir la corrupción en la «naturalidad». Se sienten a menudo nominar, entre las consecuencias de la tecnología informática, la pérdida de la capacidad de reflexión, la difusión de un saber plano y preconfeccionado, el retorno analfabeto a la imagen en la dinámica de la comunicación, etc.

En general la reacción a la invasión o a los excesos en el utilizo de la técnica es sólo de tipo ético: se habla de instrumentos buenos o malos, de aplicaciones positivas o negativas. Alguno sin embargo considera este juicio restrictivo e insuficiente. ¿Está de acuerdo?

Sí. Es insuficiente porque, en lugar de impulsar a buscar otra relación con la técnica, se limita a señalar los riesgos – supuestos o reales – de la técnica y a formular una condena general de su invasión. Pero no se puede reducir a la alternativa «técnica sí, técnica no», tal alternativa viene siempre muy tarde (por ejemplo, todo aquello que concierne a lo «bio» no es un retorno a una fase pre-técnica sino más bien un producto refinado de la técnica, otro modo de experimentar la técnica, siguiendo otras vías). Se trata, entonces, de interrogarse sobre los modos de experiencia técnica, que incluyen también una evaluación ética.

En este sentido Sloterdijk distingue entre «alotécnica» y «homeotécnica»: la primera es la técnica que lacera, que fuerza, que interviene en la Naturaleza violentamente, vorazmente; la segunda, en cambio, es la técnica que entra en diálogo con la Naturaleza, tratando una alianza, un equilibrio. El problema, pues, va afrontado sin refugiarse en el esquema del todo ilusorio de la pura y simple alternativa, pro o contra, sino buscando nuevos modos de experimentar la técnica.

¿En qué medida esta decisión entre los modos implica los planos antropológicos y éticos?

Tenemos siempre que decidir entre un modo u otro de realizarnos como seres técnicos, ya que no podemos jamás ir realmente de ese lado de la técnica: eso significaría regresar de ese lado del ser humano. Y tenemos siempre que decidir entre un modo u otro de ser hombres, de residir en el mundo con los demás, y este es el nivel ético. Aquí está en juego (como en cada pliegue de la existencia individual y asociada) una concepción del hombre y un sentido de la responsabilidad.

Hoy, en relación con lo que sucede, es siempre más resaltado el hecho que una responsabilidad para ser tal tenga que implicar la dimensión del futuro. Cuando Hans Jonas, en El principio de responsabilidad, habla de la responsabilidad incluyendo las generaciones futuras, lleva la responsabilidad a la altura de problemas que antes no se habían presentado jamás. Podemos actuar como si el mundo acabara con nosotros, o bien actuar incluyendo el bien de las generaciones futuras: cada uno tendrá que evaluar cómo situarse en esta alternativa.

Éste de la responsabilidad es también el tema de la encíclica Laudato si…

No es casualidad que una figura come el Papa haya decidido escribir una encíclica sobre la ecología.
El modo en que el hombre trata la Naturaleza está en profunda conexión con el modo en que trata a los demás, la vida, el tiempo, los bienes. La misma rapacidad al relacionarse a la Naturaleza se encuentra en el plano social y político. Se piense en el capitalismo tecno-financiero y en sus consecuencias sobre la convivencia, en los equilibrios sociales: el estilo de este capitalismo parece aquel «alotécnico». La ecología tiene que ver con todo el mundo del hombre con los demás, por eso con la cuestión del significado del vivir, problematizado y reconocido.

La escuela, también con respecto a los temas que estamos tocando, tiene un rol fundamental; que se vuelve crucial si se considera la tendencia a un uso masivo y tal vez acrítico de los instrumentos tecnológicos. ¿Qué piensa?

Se debe recordar que cada instrumento tiene una capacidad reconfigurada de toda la experiencia cognitiva. Solemos decir: «uso tal instrumento», como si hubiera una relación de mera utilización entre un sujeto ya constituido, dueño de la situación, y de los instrumentos a su puro servicio; olvidamos añadir que también el instrumento hace algo por nosotros, o mejor, hace de nosotros alguien diferente, es decir nos forma, plasma nuestra fisonomía, nuestro modo de conocer.

El medium «es» el mensaje, decía Marshall McLuhan, con una fórmula que ha tenido suerte. Lo que significa: es el medium el mensaje más decisivo, porque tiene la capacidad de configurar «sus» contenidos, «pre-escribir» los mensajes (se piense en las consideraciones propuestas más arriba sobre la relación entre escritura y proceder filosófico-científico). Esta realidad no debe para nada alarmarnos, inducirnos a prohibir nuevos instrumentos o, al contrario, a sufrir cambios como una catástrofe. Se trata de ser lo más posible conscientes del rendimiento de cada medium, para poder darle uso, sin condenas apriorísticas ni fáciles idolatrías.

Sin embargo los profesores tendrían que emprender un gran trabajo, que normalmente no sucede, para entender cuáles son las capacidades que se pierden, que se ganan y que se pueden volver a configurar.

Hace falta no ser dogmáticos: no existen absolutos, sino posibilidades que se entrelazan; sin olvidar luego los problemas que se abren, como aquellos ligados a la velocidad vertiginosa con que estos medios se vuelven obsoletos, lo que pone paradójicamente a riesgo la posibilidad de transferencia y archivo de los datos (lo que se presentaba como uno de los puntos de fuerza de las nuevas tecnologías). Frente a cada instrumento, en lugar de asumir una actitud inmediatamente defensiva, se puede tratar de verificar cómo ello desarrolla una acción que reestructura y reconfigura, centrándose en la comparecencia de una pluralidad de métodos.

Un ejemplo de problema abierto concierne al utilizo masivo de instrumentos que son por naturaleza dispersivos (se piense en los hipertextos, constelados de link, imágenes, pulsantes): ¿incluso teniendo valores no piensa que susciten fuertes preocupaciones pedagógicas, por ejemplo al limitar la posibilidad de desarrollar la capacidad de atención?

Creo que la mejor opción consista en una formación multilateral, teniendo presente – para mencionar, por ejemplo – que la escritura y la lectura son indispensables aun para el uso de la computadora y ofrecen la posibilidad de ordenar «lógicamente» (que quiere decir linealmente, secuencialmente, demostrativamente) el pensamiento, mientras el uso de la red facilita la identificación de los nexos y la realización de esquemas o mapas complejos, no lineales, abriendo a otra «lógica». Pero tiene que ser el profesor en primera persona quien experimenta lo que es útil para los propios estudiantes aun en base a la edad. Aprender lenguajes nuevos es estimulante; por eso, en lugar de tomar apriorísticamente partido, creo sea importante ser curiosos, dispuestos a experimentar.

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