De padre a padre. Querido Sr Englaro
autor: Mario Dupuis
fecha: 2009-02-06
fuente: De padre a padre. Caro Sig. Englaro...
llevado de: De padre a padre

Como testimonio de una verdadera caridad cristiana, publicamos la carta que un padre, que vivió durante largos años la misma dramática experiencia, escribió al padre de Eluana cuando todavía era posible recapacitar.
Querido Sr. Englaro: Le hablo de padre a padre. He tenido una hija, Anna, con una lesión cerebral de nacimiento gravísima, generada por asfixia neonatal, su celebro ha dejado de funcionar para siempre. Hoy han pasado 14 años desde su muerte. Anna ha vivido 15 años, no ha hablado nunca, ni ha comido ni bebido sola. Se le alimentaba a través de la P.E.G., y para que respirara teníamos que administrarle oxígeno, y cada día aspirarle la mucosidad y drenar sus pulmones. He intentado decirme «Anna es un regalo de Dios, la vida tiene un valor inviolable», pero no era suficiente porque cuando la realidad aparece con toda su crudeza, necesitas entender qué tienes delante y qué tiene que ver el límite con tu deseo de felicidad. Se pasa de la rebelión a la resignación, pero la pregunta cada vez más punzante e implacable era: ¿cómo consigo ver todo esto sin sucumbir, sin volverme cínico y sin renegar que la vida tiene un significado, aunque éste sea misterioso? Herido por esta impotencia y por la falta de plenitud, pero al mismo tiempo leal con estas preguntas que no quería eludir con respuestas teóricas fáciles, me he agarrado a quienes miraban a Anna con una extraña profundidad y una humanidad que yo, que era su padre, no tenía. Al principio esto ha sido para mi motivo de un gran malestar, hasta que se convirtió en curiosidad.
Percibía que aquella hija, pedía algo grande y profundo a mí antes que a nadie. Anna no se conformaba con ser tratada como hija, no quería ser reducida a su “estado”, Anna quería ser tratada como algo más grande. Anna estaba allí para desafiar mi habitual modo de razonar y de actuar que aun siendo compresible e inevitable censuraba un hecho evidente: en la realidad hay “algo” más allá de lo que vemos. Si no nos sucede algo en la vida, no sabemos dar un nombre a este “algo” pero esto no quita que exista. Era evidente que había algo más grande en Anna que yo no conseguía esconder a mi mismo sólo porque no lo veía; al mismo tiempo lo que veía me generaba dolor. Así he aprendido a conocer a Anna de un modo nuevo, diferente. Si no hubiera sido así habría dicho lo que todos: sería mejor si no hubiera sobrevivido. Cuando la realidad se presenta con el aguijón de lo diferente y del límite extremo, entiendo que si uno no va hasta el fondo, está obligado a renegar de la realidad, y se ve obligado a “desconectar” porque no consigue soportar algo que no sabe mirar. No lo consigue y así niega la experiencia más humana que un hombre pueda tener, la de probar a mirar el límite hasta el punto de desear con toda su persona algo, desear a alguien que pueda abrazarle. No es sobretodo una cuestión de fe o de valores compartidos; para mi ha sido una cuestión de lealtad con lo que me sucedía. Es como si Anna me dijera: «Mira, papá, que si tu corazón está hecho para un destino de felicidad, entonces, el mío también está hecho para este destino. Mírame así». Esto es un reto para aceptar, no se puede esconder. Este desafío es como un túnel, hay que recorrerlo todo para poder tener una experiencia de belleza incluso allí dentro, hasta llegar a la certeza de un destino de felicidad dentro de la apariencia de muerte. Todo esto me ha cambiado hasta la médula, Ana ha muerto justo en el momento en el que empezaba a acostumbrarme a tratarla así: no como un ser necesitado de todo, sino como una persona que por el simple hecho de que existe, es signo evidente que hay Otro que la quiere y que la lleva a su destino de felicidad. Nada más diferente que resignarse a la espera del más allá, porque este destino de felicidad era tan evidente que quien, mirándola, tomaba conciencia de ello, cambiaba. Así ha cambiado la manera de mirar toda la realidad, no sólo a los discapacitados, sino también a mi mismo, a mis hijos. Ha ocurrido así también a todos aquellos amigos que nos ayudaban y que se turnaban e iban a nuestra casa para echarnos una mano y para hacerle compañía a Anna. Así ha tomado vida Ca’ Edimar en Padua: la obra de acogida para adolescentes en dificultad, donde vivimos dos familias con 14 chicos, que necesitan estar lejos de sus casas por ciertos periodos. Donde cada día otros 60-70 chicos vienen a aprender restauración. Desde entonces los amigos de Anna se dedican a obras de caridad y de acogida, ¡todo esto ha surgido de la vida aparentemente inútil de una niña! Con este testimonio, no quiero convencerla de nada, sino decirle sólo que nunca habría podido imaginarme que de un dolor así, se habría generado un brote de novedad humana. Es verdad que la realidad nos sorprende más allá de lo que nosotros vemos y decidimos. Es así de inútil la vida de una hija inmóvil; ¡cuánta gente, gracias a Eluana, hoy se interroga sobre el sentido de su vida! Me perdone si me he atrevido a escribirle.

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