De Regensburg al Bundestag, repensando al César y a Dios
autor: Joseph H.H. Weiler
professor at New York University, European Union Jean Monnet Chair at NYU School of Law
fecha: 2012-06-12
fuente: Da Regensburg al Bundestag: ripensando Cesare e Dio
acontecimiento: Conferencia tenida en la Universidad Católica de Milán (Apuntes no revisados por el autor)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Querría colocar el discurso del Papa en el contexto de la historia del pensamiento político. Estoy seguro, en efecto, que por largo tiempo será considerado como una intervención importante para la teoría política de la relación Iglesia-Estado.

Empiezo con un ejemplo que encuentra su equivalencia en la vida cotidiana. Hipoticemos que en Italia haya un nuevo Gobierno. Mañana un representante del movimiento feminista podría declarar: «Este Gobierno no me gusta porque hay pocas mujeres». Habrá quien está de acuerdo y quien no lo está, pero es normal que un dirigente feminista llame la atención sobre el número de mujeres. O bien un exponente de los Verdes podría contestar al Gobierno porque participan muy pocos ecologistas y lo ve desequilibrado a favor de la industria. Podemos estar de acuerdo o no, pero se trata siempre de normal administración. Al contrario, quien osara criticar al Gobierno por la escasa presencia de los católicos, crearía un gran asombro: « ¡Está prohibido a la Iglesia intervenir en política!», se sentiría objetar fácilmente. Con respecto a esto se puede hacer referencia al «César y Dios: tú ocúpate de Dios y deja al César que se ocupe de los asuntos del Estado». Se toma la afirmación del Evangelio y se interpreta de la manera más laica posible: «Hay espacio para la religión en sus iglesias, pero en los asuntos del Estado no tienen que interferir porque no es el espacio de la religión ni el espacio de Dios». Es una afirmación que encontramos en todos los Países laicos y también en algunos no laicos; expresa la idea de que sea totalmente normal para los sostenedores de cualquier ideología -feministas, verdes, socialistas, etc. - expresar su opinión sobre los problemas éticos y sobre cómo se comportan los políticos en el Gobierno, pero si un miembro del clero se pronuncia, la suya es considerada una violación de la norma que establece: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

En el pensamiento contemporáneo y político la influencia más importante viene de John Rawls y, en cierta medida, de Jurgen Habermas. Precisamente Rawls ha tenido una influencia tal de no ser ya identificada sólo como un pensamiento correcto, ortodoxo, sino como el pensamiento: en él se da por obvio que la intervención religiosa en el discurso público sobre la política de la sociedad y del Estado no sea legítimo. ¿Por qué no? Porque sus preferencias estarían basadas en la fe. Rawls no es antirreligioso, ni mucho menos: hay escritos suyos que muestran cierta sensibilidad religiosa, pero él afirma que ella es determinada por la fe y, por tanto, no hace parte del diccionario común al cual pueden participar todos los ciudadanos, cualquier forma asuma su expresión política. En este sentido, socialista, feministas, verdes, son admitidos en el espacio público pero en el religioso no, porque el argumento religioso, la normatividad religiosa no representa una intervención legítima en el discurso público general.

Dentro de ciertos límites, también el Habermas histórico sostiene esta tesis. Y también muchos cristianos practicantes piensan de la misma manera: en efecto se sienten molestos cuando algún miembro del clero toma parte en la discusión política. Y aunque estén de acuerdo acerca del contenido, en realidad piensan que es incorrecto intervenir desde el punto de vista del pensamiento político o de la sensibilidad democrático pluralista.

Es justo en este sentido, en el ámbito de la cuestión «César y Dios», que querría colocar la intervención del Papa al Bundestag de Berlín. Con una premisa: según yo, no se puede leer separadamente el discurso del Bundestag del discurso de Regensburg.

En Regensburg

El discurso de Regensburg ha creado asombro porque el Papa – citando a Manuele Paleólogo - ha pronunciado alguna afirmación un poco severa hacia el Islam y eso ha sido considerado políticamente muy incorrecto. A eso se tiene que añadir que ha habido una reacción violenta en el mundo musulmán-incluso algunas personas han sido asesinadas -. Así la atención se ha concentrado en este aspecto, descuidando el mensaje contenido en el discurso.

En Regensburg el Papa ha cumplido un primer paso radical, y también atrevido, en presentar la posición católica sobre el tema «César y Dios», es decir Estado e Iglesia, comunidad religiosa en el Estado moderno pluralista democrático.

Lo que se nota ante todo y que crea impresión en el discurso es la frase inicial, en la que el Papa habla de sus primeros años como profesor en la Universidad de Bonn, donde habían dos Facultades de Teología; él recuerda con una sonrisa que uno de sus colegas había dicho: «Es muy extraña nuestra Universidad, porque tenemos dos Facultades que se ocupan de una cosa que no existe, es decir Dios». Relatada esta anécdota, Benedicto XVI ha dicho: «Si Dios existe o Dios no existe es argumento totalmente legítimo de indagar en una Facultad de Teología». Vale decir: ni siquiera en una Facultad de Teología en una Universidad cristiana tenemos que excluir la cuestión si Dios exista o bien no.

Hay dos argumentos realmente importantes acerca de la posición de la religión en el Estado moderno, que son desarrollados ampliamente en Regensburg.

1) El primer argumento concierne a la libertad religiosa. Juan Pablo II y Benedicto XVI insisten en que la libertad religiosa es el derecho “más” fundamental entre todos los derechos fundamentales. Ahora, superficialmente podría parecer obvio que, preguntándole al Papa cuál sea el derecho más importante, se sienta contestar: la libertad religiosa; tal como, preguntándole a un jefe de sindicato, se sentiría decir: la libertad de asociación o de huelga. El Papa como pastor piensa en sus ovejas, es obvio.

Pero sea Juan Pablo II sea Benedicto XVI han ido mucho más a fondo porque en Regensburg el Papa no insiste sobre la libertad de la persona de profesar su religión, sin discriminaciones, sino sorprendentemente sólo habla de la libertad de decir no a Dios. Ésta es la libertad religiosa, no solamente la libertad de quien es religioso de practicar su religión, sino la libertad de una persona que no es religiosa de ser atea, de negar la existencia de Dios sin coerción. Por tanto, la libertad religiosa también es la libertad respecto a la religión. Se insiste, por tanto, sobre cuánto la Corte de Estrasburgo ha traducido en el ínterin de una libertad religiosa positiva y negativa, es decir de practicar la religión, pero también de no practicarla. Sobre esta libertad religiosa el Papa insiste. ¿Por qué en nuestra cultura de los derechos fundamentales insistimos sobre el hecho de que la libertad religiosa también implica la libertad respecto a la religión? Si pensamos, por ejemplo, en la libertad de expresión, no insistimos sobre la libertad respecto a la expresión. La explicación más profunda - y, según yo, más convincente - para justificar la libertad respecto a la religión como parte de la libertad religiosa, es de naturaleza religiosa. Y eso es afirmado explícitamente por el Papa en el discurso de Regensburg: Dios mismo no acepta la profesión religiosa si es coercitiva, o sea decir sí a Dios tiene significado sólo si es un acto totalmente libre. En realidad la Iglesia no ha actuado siempre según este principio y, cuando no lo ha hecho, lo ha en fin reconocido como una aberración, como su manifestación equivocada.

Dios mismo no acepta la profesión religiosa si es coercitiva, o sea decir sí a Dios tiene sólo significado si es un acto totalmente libre

El Papa, hablando de libertad religiosa, insiste sobre la libertad respecto a la religión justo por razones religiosas, ya que Dios nos ha creado con la posibilidad de decidir nuestras acciones, con la posibilidad de negar a Dios, su existencia o de desafiarlo: está en nuestra ontología humana. La aceptación de Dios, en sentido externo, es totalmente libre porque el Estado no es coercitivo; en sentido interno, lo es porque lo hago con la plenitud de mi conciencia, por lo tanto libremente.

Esta afirmación es fundamental y en ella es implicada otra observación: si en el Estado moderno democrático hay una mayoría formada por creyentes con el poder de aprobar leyes religiosamente coercitivas, el Papa afirma: «No, no se puede: y eso no porque esté contra las normas laicas del pluralismo democrático, sino porque, aunque en mayoría, los creyentes no pueden cumplirlas porque la libertad religiosa también es la libertad respecto a la religión».

El objetivo del discurso del Papa en Regensburg es, por lo tanto, de respetar el derecho de un hombre no religioso de ser no religioso. Es fundamental, es radical, muy importante y ahora podemos entender por qué el Papa Juan Pablo II o el Papa Benedicto XVI digan que la libertad religiosa es la libertad más fundamental: no por razones corporativistas, sino porque la libertad de negar afirma eso que es lo más decisivo en nuestra ontología humana, es decir el ser agentes morales con la posibilidad de decidir hacer bien o mal, de aceptar a Dios o de rechazarlo.

También un ateo puede entender que éste es el más fundamental de los derechos porque define en el modo más profundo nuestra dignidad humana, que contiene la posibilidad de negar la existencia o la omnipotencia del Dios Creador. En la tradición hebrea hay un dicho fantástico: «Todo está en manos de Dios, excepto el creer en Dios»; eso está en nuestras manos, como seres humanos hemos sido creados de manera tal de poder decir no a Dios y a la existencia de Dios. Por eso en la historia de la teoría política, de la idea política, los discursos de Regensburg y el Bundestag constituirán una contribución de veras importante.

2) El segundo argumento concierne al hecho de que el Papa ha roto un tabú muy importante, aquel según el cual sería necesario hablar de las religiones como si fueran todas iguales. Así hacen los laicos: quieren tratar la religión como un campo monolítico, ¡pero no lo es! Ante todo la diferencia fundamental está entre judaísmo e Islam, de una parte y cristianismo, de la otra, aunque nosotros estemos acostumbrados a considerar a la tradición judía y aquella cristiana de la misma parte. Ha sido, en efecto, Juan Pablo II quien ha explicado que la relación entre el cristianismo y el judaísmo es diferente de la relación del cristianismo con todas las otras religiones. Del punto de vista de la normatividad - la ley - hay una diferencia neta: el judaísmo y el Islam son religiones parecidas acerca de la normatividad religiosa.

Si miramos, por ejemplo, la ley moral: «Amar al prójimo como a sí mismo», se encuentra en el Levítico, no solamente en el Nuevo Testamento; «No robar» hace parte de la normativa judía como de aquella cristiana; si la normativa judía es mucho, mucho más amplia, sin embargo sólo se aplica a quien es hebreo. Si después de este encuentro vamos a cena, tú ordenas de buena gana el jamón y yo no, pero no por eso pienso mal de ti. No hay ningún mal en comer jamón: no eres hebreo, y entonces esta ley no se aplica a ti.

Si mi hijo me pregunta por qué no podemos comer jamón, la sola respuesta que puedo darle es: «Porque Dios nos lo ha prohibido». « ¿Y por qué Dios nos lo ha prohibido?». «Cuando mueras puedes preguntarle directamente a Dios». Éste es nuestro Testamento, nuestra alianza, ha dicho Dios: «Vale para siempre, hasta el final del mundo». Y luego, sabiendo con quién trataba, ha precisado: «Mil generaciones»; ahora estamos más o menos en el segundo centenario generacional desde entonces: puede darse que dentro de ochocientas generaciones podamos comer juntos el jamón. Mientras tanto la sola razón que puedo darle a mi hijo es la Revelación.

La revolución Paulina ha introducido, en la normatividad, una distinción profunda entre el cristiano, de una parte y el judío y el musulmán, de la otra: ella consiste en rechazar la ley ritual, concentrando la normatividad cristiana en la ley moral radicada en la razón.

Es una revolución radical: la normatividad cristiana - lo que haría falta hacer y lo que no haría falta hacer - siempre tiene un contenido moral. El judío no come jamón porque es prohibido, no porque es inmoral; es prohibido simplemente, hace falta seguir a Dios. Si mi hijo me pregunta por qué la homosexualidad es prohibida, yo doy una respuesta muy diferente a la de un cristiano y digo: «Porque Dios nos lo ha prohibido».

Hay una serie de relaciones sexuales que son prohibidas, entre ellas también la homosexualidad. Para el cristiano si algo es prohibido no es porque Dios lo haya prohibido, sino porque es inmoral, porque está contra la razón, porque no corresponde a la ley natural, al derecho natural. Como se ve, ésta es una revolución enorme, fundamental, que divide al cristiano, de una parte y al judío y al musulmán, de la otra. En el discurso de Regensburg el Papa insiste justo sobre eso. Es menos brusco que yo, pero dice: para el cristiano la razón controla la normatividad. Y de manera delicada dice: «Para ellos es diferente la Revelación». Porque, de nuevo, la razón de la prohibición del jamón es la Revelación, no hay alguna razón si no la razón de Dios, que no podemos entender.

Dejemos Regensburg y ahora nos ocupamos del discurso al Bundestag.

En el Bundestag

El Papa ha dicho una cosa que para un constitucionalista parece una normal administración, y es decir que en la democracia pluralista moderna el principio de la mayoría no es el único o exclusivo principio que define la democracia. ¿Por qué? Es sabido que la mayoría puede ser mala, puede ser venenosa, puede ser antisemita, puede ser terrible, el mismo Adolfo Hitler - al cual el Papa hace referencia en su discurso - ha sido elegido por la mayoría de los alemanes. Nosotros sabemos desde hace ya cincuenta, sesenta años, que en la democracia pluralista el principio de la mayoría tiene que ser contrabalanceado por la tutela de los derechos fundamentales, que deben ser protegidos también de la tiranía de la mayoría: ellos son principios de justicia.

No es sorprendente para un religioso que el Papa diga: «También la democracia está sometida a la justicia». La mayoría no puede decir la última palabra si una cosa sea justa o no justa

El Papa ha hecho referencia al libro de los Reyes; yo querría hacer referencia al Génesis, a Abraham, porque es uno de los grandes momentos en la historia de la justicia y del derecho. En el momento en que decide destruir Sodoma y Gomorra, Dios está reflexionando y piensa: «No querría esconder esto a Abraham, porque es a él que le he confiado el encargo de enseñar la justicia y la imitatio Dei (imitación de Dios) a todos los suyos, a todas las familias de la tierra». En la tradición hebrea se dice que ésta es una de las pruebas de Abraham. ¿Por qué? ¿Qué ocurre en este momento? Abraham se dirige a Dios y con un desafío sublime le dice: «¿Dios, cómo es posible que el Juez de toda la Tierra, es decir Tú, no haga justicia? ¿Cómo es posible que mate a los inocentes con los culpables? Esa no es justicia». Es increíble porque habría podido pensar: «Si Dios lo hace, por definición es justo». Abraham no acepta eso sino lo contrario: si no es justo, no puede ser Dios. Por eso desafía a Dios y le dice: «¿Es posible que tú mates a los inocentes con los culpables, el Juez de toda la Tierra no hará justicia? Qué dirías si hubieran cuarenta inocentes? ». Dios le responde: «Si hay cuarenta inocentes salvo a toda la ciudad». Abraham continúa: «¿Treinta? ¿Veinte? ¿Diez?». Dios sonríe porque aquella era la prueba que Abraham tenía que superar; si Abraham hubiera dicho: «Sí, Señor destruye Sodoma y Gomorra», lo habría reprobado en el examen. De manera más profunda se puede vislumbrar aquí la enseñanza religiosa de la importancia de la justicia, por el hecho de que Dios mismo es sometido a la justicia. Por eso no es sorprendente para un religioso que el Papa diga: «También la democracia está sometida a la justicia». La mayoría no puede decir la última palabra si una cosa sea justa o no justa.

La segunda observación es más sutil: para Abraham no existe la revelación de qué es la justicia. En cambio Dios ha dicho: «A Abraham he confiado la enseñanza de qué es la justicia», lo que significa la justicia hace parte de nuestra naturaleza humana, no es Dios que ha enseñado a Abraham que no se mata al inocente junto al culpable. Abraham lo sabía por sí mismo porque usaba la razón y la afirmación según la cual cada uno, para ser castigado, tiene que ser responsable, hace parte del patrimonio humano, y este gran principio de justicia no necesita de la revelación.

Ahora querría volver a «César y Dios», a cómo el Papa ha redefinido y aclarado la relación entre el Cèsar y Dios. Para decir verdad, existe una vida de la Iglesia en que el Estado no tiene nada que ver: cómo celebrar la Eucaristía, cuál sea la disciplina de los curas, de la Misa, de la Comunión, de la Confesión pertenece al mundo de Dios. Pero, omitiendo este aspecto, en el Bundestag se encuentra la respuesta profunda del Papa a John Rawls y a Habermas. En efecto el Papa dice que se han equivocado en comprender la religión, al menos la religión cristiana, porque ella afirma dos cosas.

a) La primera es que la normatividad cristiana - que se aplica universalmente - está basada en la razón y no en la revelación. En el discurso se dice explícitamente. En este punto, se pueden localizar dos sub-mensajes.

El primero es éste: entonces los cristianos son parte integrante del discurso público sobre el contenido ético de la normatividad social, porque en este caso no se trata de una explicación que es dictada por una revelación, como para mi hijo («¿Por qué esto? Porque nos lo ha dicho Dios). En otras palabras, aquí se trata de razones que hacen parte del discurso público general y que se pueden justificar.

Pero también hay un segundo mensaje escondido: el Papa se ha, en cierto sentido, atado las manos y ha dicho: cuando nosotros hacemos una observación al mundo político («Sería necesario hacer así o sería necesario no hacer así») nosotros no lo decimos porque es la Revelación, sino aceptamos las reglas del juego por las cuales tenemos que razonar con las mismas razones usadas por cualquier otra persona en la plaza pública, nos sometemos es decir a la razón, a la prueba de la razón. Por tanto, en el discurso sobre qué sea razonable o no razonable, también puedo ser derrotado, porque las reglas de un discurso razonable son universales y yo tengo que aceptar que puedo ser derrotado. Es muy audaz y radical sea hacia el exterior sea hacia el interior. Es como si el Papa dijera: «Nosotros somos igual a ustedes en la legitimidad de nuestro mensaje normativo en la plaza pública y en efecto, en nuestro discurso, nos hemos ligado las manos y obligado con los vínculos de la razón».

b) La segunda cosa que el Papa subraya es la justicia, y aquí de veras emerge clara la pregunta sobre el motivo por el cual, en el debate público sobre qué sea la justicia - aquella justicia que puede ser contrabalanceada por la preferencia de la mayoría -, la voz religiosa no debería estar presente. Después de todo, en definir y entender qué sea la justicia, la voz de Jerusalén es importante cuanto la voz de Atenas, la historia de Salomón que citaba el Papa, la historia de Abraham que yo he citado, son pasos fundamentales en la evolución de la sensibilidad al respecto de la justicia. Cuando Abraham dice: «También Dios es sometido a la justicia», eso es diccionario universal, no es un diccionario hebreo o cristiano. Cuando en la Génesis se dice: «El hombre ha sido creado, hombre y mujer son iguales en la imagen de Dios», es allí que encontramos una de las fuentes para explicar el origen de la dignidad humana, porque todos somos creados a imagen de Dios y podemos explicar el principio de igualdad, por lo cual delante de Dios somos todos iguales. ¿Cómo podemos excluir esta voz en el debate público sobre qué sea la justicia? ¿La voz religiosa es fundamental, por qué excluirla? Si toman, por ejemplo, a Inglaterra, verán cómo en la Cámara de los Lords están, ex oficio, también los Obispos: ¿cómo se explica el ex oficio? Un tiempo, podíamos contestar, esto ocurría por razones históricas (hoy también el cardenal católico es llamado ex oficio en virtud del principio de igualdad). Pero la razón que explica este hecho es que hoy para el legislador británico no es posible debatir sobre los problemas más relevantes de la sociedad sin escuchar la voz de la Iglesia Anglicana y ésta, por su parte, no tendrá alguna influencia si no presentara su palabra como expresión de la razón; si, en efecto, dijera: «Es Dios que lo ha dicho», sería enseguida descalificada y excluida del discurso público.

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