Deseo y deseos /1
autor: Stanley Hauerwas
docente de Ética Teológica en la Duke University
Carter Snead
fellow at the Ethics and Public Policy Center and associate professor of Law at the University of Notre Dame
Carmine Di Martino (moderador)
docente de Propedéutica Filosófica en la universidad de los Estudios de Milán
fecha: 2008-08-24
fuente: Desiderio e desideri
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "O protagonisti o nessuno", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "O protagonistas o nada")
traducción: María Eugenia Flores Luna

MODERADOR:
Bienvenidos, iniciamos este encuentro nuestro con el título “Deseo y deseos” con dos ilustres huéspedes: a mi derecha el Profesor Stanley Hauerwas que enseña Ética Teológica en la Duke University en Carolina del Norte y a mi izquierda Carter Snead que enseña Derecho en la universidad de Notre Dame en Indiana.

El tema es crucial, para indicarlo me valgo de una frase pronunciada en una intervención de 2005 por Julián Carrón, que dice: “Confundimos el deseo de totalidad con los deseos y sucumbimos a su dictadura, es decir confundimos las exigencias originales del hombre con las imágenes producidas por nuestra fantasía o inducidas por el mercado, por los poderes”. Hoy hay un abatimiento del deseo que pasa de modo sólo aparentemente paradójico precisamente a través de la exasperación de los deseos. Baste pensar en lo que todos conocemos con el nombre de clonación, reproducción asistida, matrimonio de hecho, adopciones de niños también para homosexuales. Para decir que se desea todo, se pretende la transformación en derecho de cada deseo, pero, al mismo tiempo, se hacen cada vez menos cuentas con la profundidad del deseo humano. La desilusión y la violencia son las consecuencias más evidentes a nivel personal y social de esta dinámica. Mauriac decía: Siempre me he engañado sobre el objeto de mis deseos, no sabemos aquello que deseamos, no amamos aquello que creemos amar”.

Entonces he aquí la cuestión: ¿cómo se puede apropiarse de nuevo del propio deseo humano? ¿Quién y qué puede ayudarnos? Y además, ¿se puede hablar aún hoy de exigencias originales del hombre, frente a un así llamado relativismo ético cultural que parece ya un ingrediente obvio de nuestra mentalidad? Está en juego, en estas interrogantes, no sólo del destino de una cultura, de una civilización, la nuestra, sino de la vida de cada uno de nosotros. Ahora aquellas de los dos huéspedes son ejemplificaciones importantes, que prueban a señalar puntos delicados, controvertidos, en los que están implicados los deseos, las necesidades humanas y que pertenecen a áreas particularmente sensibles del debate actual. En particular, y aquí querría sólo anunciar una línea de las dos propuestas, provocaciones, en particular Stanley Hauerwas afronta la cuestión del cuidado, por tanto de la enfermedad, de la relación con la muerte en el actual contexto en que los descubrimientos, los adelantos de la medicina, las nuevas fronteras que se abren a la supervivencia y al deseo de vida, de salir vivos de la vida, como a menudo dirá, como dice a menudo, tienen que hacer cuentas con cada vez más relevantes problemas de recursos y distribución de los recursos. ¿Cómo decidir a quién curar? ¿Quién tiene derecho a ser curado? ¿Con qué criterios establecer el orden de las prioridades, también en las inversiones destinadas a la investigación en este campo? ¿Es una cuestión de justicia? Es la interrogante con la que veremos medirse el Profesor Hauerwas. Y aún: ¿cuál imagen del hombre, de su relación con la muerte surge del modo de afrontar el problema de la salud y del cuidado? Quizás un deseo como aquel de la salud va aceptado aun en su valor de síntoma revelador de una concepción del vivir y del morir.

Cárter Snead afronta en cambio el gran tema de la normatividad, de los límites o de los confines en relación a todas las grandes cuestiones éticas planteadas por el desarrollo de las ciencias biomédicas y biogenéticas. ¿Quién es el delegado para decidir? Algunos dicen: “La ciencia misma puede y tiene que hacerlo, su punto de vista no necesita o no tolera otros puntos de vista”. Snead muestra los límites de una tal posición, la ciencia no nos dice quiénes somos, para qué cosa estamos hechos y qué debemos el uno al otro. Queda entonces la pregunta: ¿en qué nueva perspectiva discutir de la experiencia humana en términos racionales? Bien, dicho esto cedo la palabra al Profesor Hauerwas.

STANLEY HAUERWAS:
A menudo pido tener en mis conferencias un público laico, es decir personas que no estén de algún modo ligadas a la medicina, “¿Cómo quieres morir?” Las respuestas a tal pregunta casi siempre son las mismas. Quieren morir velozmente, en el sueño, sin dolor, y sin ser “un peso”. No quieren ser un peso porque no confían en sus hijos. Quieren morir velozmente, en el sueño, y sin dolor, porque cuando mueren no quieren tener que darse cuenta de que están muriendo.

Por consiguiente, ahora nos esperamos que los médicos nos tengan en vida al punto que cuando moriremos no sabremos que estamos muriendo, y luego regañamos a los médicos porque siguen teniéndonos en vida.

Sería bastante interesante comparar este modo de morir con el concepto de la muerte en el Medievo.

Las personas en el Medievo querían lo que la gente de nuestros tiempos teme, o bien, deseaban una muerte lenta. Temían una muerte repentina. Esto porque temían morir sin tener tiempo para reconciliarse con sus enemigos, que a menudo eran: su familia, la iglesia y Dios. Hoy nosotros tememos a la muerte. Ellos temían a Dios.

Estos miedos tan diferentes tienen que ver con muchos de los dilemas que nos encontramos de frente cuando nos topamos con la medicina moderna. Muchos piensan que el desarrollo de la ética médica, un fenómeno empezado hace unos años en América, fuera una tentativa por contestar al poder cada vez más tecnológico de la medicina moderna. Eso podría explicar la creación de un sector semejante, pero yo creo que la ética médica fuera más que nada una tentativa de pensar a través de un modo de practicar la medicina en una cultura moralmente fragmentada.

Dicho más brutalmente, pienso que el desarrollo de la ética médica fuera un esfuerzo por entender cómo la medicina pudiera ser practicada en un mundo en que ya no son percibidos los límites - incluido el límite de la muerte. Por consiguiente la medicina moderna y la ética desarrollada para legitimar tal medicina se asumió como tarea aquella de servir al deseo de las personas de los tiempos de hoy que quieren evitar la vida, viviendo. Cuidar del enfermo cuando no puedes curar su enfermedad ya no es el objetivo de la medicina. Los pacientes ahora piden ser curados.

Dejen que pruebe a ejemplificar estas observaciones llamando la atención sobre una discusión de la que me di cuenta cuando me inscribí en la facultad de la Divinity School en la Duke University en 1984. Estaba en vigor un debate en la Duke Medical Center dedicado a cuestiones concernientes a los trasplantes de órganos. El centro médico estaba a punto de iniciar trasplantes de hígado que tenían que venir a costar 140,000 dólares por operación. El Doctor Harvey Estes, presidente del departamento de medicina de la comunidad y de la familia en la Duke, preguntó si el dinero empleado para los trasplantes de órganos no pudiera ser gastado mejor de otro modo. Como respuesta, Clark Havighurst, profesor de la Duke School de la facultad de Leyes, observó: “Es de veras duro para la sociedad afrontar la muerte de alguien que podría ser salvado, pero tenemos que hacer cuentas con eso y con mucho más” (1).

Pongo atención a esta breve escaramuza en la Duke en 1984, ya que creo que los resultados todavía permanezcan hoy, pero contrariamente a Havighurst, nosotros no hemos hecho todavía las cuentas con eso. En efecto, así los problemas han ido empeorando. Cada centro que se dedica a la alta tecnología médica sabe que es necesario competir con otros centros si necesita controlar los fondos de investigación que solicitan el desarrollo de formas más exóticas que los cuidados. Justo mientras uno está afrontando una intervención quiere creer que está a disposición el mejor cirujano, así parece que cada escuela y centro médico tenga que dar la impresión de representar la “lama afilada” de la investigación médica.

El resultado, como Estes ha sugerido, crea un mundo extravagante. ¿Por qué deberíamos desarrollar formas extraordinarias de terapia cuando somos cada vez menos capaces de dar hasta la mínima asistencia médica a los pobres? El resultado es un sistema ultra-agotado por la distribución de las medicinas—una para las personas que poseen el seguro contra las enfermedades y la otra para los que no están provistos de tal seguro. Visto este tipo de discrepancia asumimos a alguien a quien darle la culpa. No quiero excluir tal posibilidad, sino quiero in primis tratar de entender porque parece que estamos atrapados en este triste dilema. Paul Ramsey, yo creo, puso el mismo problema tal como puede ser puesto en 1970 en su libro The Patient as Person (2). Ramsey observó:

Con suficientes recursos de dinero y de personal, uno o más remedios podrían extenderse a todos en el momento de la necesidad. Pero no todos los remedios pueden extenderse al mismo tiempo efectivamente en la práctica social de la medicina en este período de tratamientos extraordinarios. Puesto que las necesidades sanitarias son casi por definición ilimitadas en cada sociedad, y ya que las necesidades sanitarias del mundo en su conjunto son infinitas, las decisiones de alguna manera tienen que estar entre éstas. ¿Cómo pueden ser distribuidos los escasos recursos médicos? ¿A cuáles necesidades se debería dar prioridad en la práctica médica y más en general en las instituciones médicas?

Además, hay una pregunta de prioridad que debería ser planteada a las necesidades médicas entre las tantas causas sociales que poseen peticiones válidas sobre los recursos de una nación. Idealmente, cada uno de éstos podría ser satisfecho, pero no todos al mismo tiempo o en un orden de prioridad. Las necesidades del hombre (de las cuales la salud representa sólo una) son ciertamente ilimitadas; y, confrontados con las necesidades percibidas o los pedidos, los abastecimientos de los recursos de cada sociedad son irremediablemente exiguos. No hay modo de evitar este problema de elegir las prioridades sociales. Tenemos que elegir cómo podemos movernos en la decisión y cómo poder ordenar nuestros objetivos médicos y sociales (3).

Ramsey afirma que estas cuestiones son también más complicadas que el desafío sobre cómo hacer para decidir quién tiene que vivir y quién debe morir cuando, por ejemplo, existe un número limitado de máquinas para la diálisis para las personas afectadas de colapso renal. Teniendo que hacer cuentas con una decisión tal podemos decir si un sorteo o algún otro procedimiento de selección sea apropiado. Pero Ramsey afirma que no tenemos modo de determinar si tenemos o no tenemos que desarrollar en primer lugar la tecnología de la diálisis. Afrontando esta cuestión Ramsey nota que “las cuestiones más complicadas respecto a las prioridades médicas y sociales son casi, si no completamente, incorregibles para el razonamiento moral” (4). Ramsey ilustra este dilema discutiendo el artículo satírico del Doctor Warren Warwick sobre los trasplantes de órganos que mostraba el subtítulo: “Una propuesta modesta”. El subtítulo quiere sugerir el célebre artículo de Swift que sugería que los habitantes de Irlanda podrían incrementar su abastecimiento de comida comiendo a sus hijos. Con el mismo espíritu el Doctor Warwick sugiere que deberían ser formados “club de control de los accidentes” para proporcionar helicópteros que pueden llegar rápidamente a lugares de accidentes con el fin de asegurar los órganos de las víctimas proveer helicópteros capaces de alcanzar velozmente los lugares de los accidentes de las desgracias. Tales clubes tienen además que hacer presión para prohibir el uso de los cinturones y otras disposiciones de seguridad. Si todos objetaran que tal política es deliberadamente designada para matar a las personas, los dejarían reflexionar sobre cómo el método médico moderno pueda responder controlando la logística de muchos usos de los órganos de una sola víctima para el bien de cinco o seis que necesitan de los órganos que hay.

Tal procedimiento puede ser justificado por cálculos utilitaristas de base.

Ramsey informa que el comentario de Warwick sobre el hecho de que no sólo tenemos necesidad de una nueva definición para la muerte de modo de recolectar órganos más eficientemente, sino también de una nueva filosofía del cuerpo. “La Sociedad debería tener el derecho de tasar el cuerpo de un hombre reclamando sus órganos, desde el momento que los recursos sociales han mantenido su salud—precisamente como hemos tasado su poder sobre la parcela de terreno con que la prosperidad común tenía que ver a través del bienestar que un hombre alcanza” (5). Si es necesario, esta condición del cuerpo podría ser ampliada para animar, por ejemplo, a las mujeres que quieren abortar, para permitir que el feto desarrolle el estadio por lo cual luego los mismos podrían ser usados para proveer órganos.

Ramsey refiere la conclusión del Doctor Warwick que en su artículo lanza una petición: los doctores, desde el momento en que el trasplante de órganos ha conquistado claramente los corazones de los americanos, no tienen que sostener “pérdidas probadas”, como por ejemplo la noción arcaica de que la medicina preventiva sea mejor que un tratamiento a posteriori. Los fondos para aprender más sobre cómo deberíamos vivir para prevenir una enfermedad del corazón o una enfermedad renal no se programan, pero la investigación que se basa en el trasplante de estos órganos será apoyada por las personas de hoy en día. Los estudiantes de medicina deberían aprender velozmente que la acción no consiste en cuidados preventivos, sino en una intervención en el momento de crisis.

Ramsey reconoce que no puede dejar de llamar la atención sobre el artículo de Warwick por “pura diversión”, pero más bien piensa que el artículo resalte problemas importantes. En efecto el artículo resalta justamente la cuestión sobre cómo el lograr ordenar nuestras prioridades médicas pueda estar sujeto a algún esquema racional. Se pregunta Ramsey, “¿quién podría decir o de qué manera nos movemos con respecto a la decisión acerca de qué tipo de medicamentos se debería dar prioridad sobre los otros, y acerca de cuántos recursos de una nación deberían ser gastados en asistencia médica con respecto a otros pedidos y necesidades?” (6)

Ramsey argumenta que una vez que surgen tales preguntas no hay razones para abolirlas a causa de la indecisión, sino aquel es el modo que parece que hemos elegido para proceder. Es decir que, decidimos ordenar nuestras prioridades no ordenándolas—o, quizás mejor dicho, no tenemos que hacer explícita o reconocer las fuerzas que están ordenando nuestras prioridades. Decimos a nosotros mismos que no queremos nada más que la mejor asistencia médica para cada paciente—“no puedes dar un valor monetario a la vida humana” - pero de hecho sabemos que participamos en, así como apoyo, instituciones sociales que dan una suma de dinero a la vida humana. Los médicos aprenden a organizar su práctica de modo que no poseen para enterarse de que ciertas poblaciones de pacientes se esconden de ellos - no puedes ignorar a pacientes que no has visto nunca.

Ciertamente hay una concepción de justicia que determina la distribución de la asistencia sanitaria en las sociedades más industriales como América. Se supone que la justicia sea alcanzada por la satisfacción de las necesidades y deseos de los individuos en un mercado abierto a la oferta y demanda.

La justicia es determinada por nuestra habilidad para pagar. Por consiguiente no existe un derecho general para el cuidado de la salud. La capacidad profesional que un médico posee es una propiedad que este sistema sólo crea para reforzar su rol, porque en efecto no se trata más que de subsidios públicos para mercados privados.

Además, muchos piensan que el mercado de la justicia sea inapropiado para determinar la distribución de la asistencia médica. Por tanto, cuando estamos enfermos no estamos en posición de negociar. Por eso el mercado para trabajar bien supone que cada uno sea un libre y racional operador, capaz de cambiar y elegir inteligentemente el servicio ofrecido. Pero cuando estamos enfermos nuestra capacidad de juzgar está comprometida y nuestras decisiones son limitadas severamente. Además, en términos de atención médica las asunciones de oferta y demanda están conjeturadas en el modelo de mercado que simplemente no se aplica.

La presunción general de que los médicos sean expertos que deciden qué cosa constituya una enfermedad que necesita una intervención tal como los beneficiarios de las recompensas para una intervención tal, significa que no hay incentivo para el control de los costos. Por ejemplo ¿cuándo y quién ha pensado que la calvicie es una enfermedad que requiera una intervención médica?

Esta justicia producida por el mercado, en particular un mercado en que la gente es animada a creer que cualquier cosa que quiera, sea legítima, resulta una rebaja para los que necesitan un cuidado de base que pienso esté fuera de discusión. Pero creo que el problema tenga una implicación más profunda con respecto a la cuestión sobre cómo un tal valor de la justicia pueda distorsionar el rol real de la medicina misma. Por lo tanto como he sugerido en precedencia, tal perspectiva anima a los médicos a ver las capacidades como sus propiedades, pero un médico no posee la maestría - ellos mismos son su maestro. Ser un médico no significa tener una profesión, sino estar ligado a una práctica que constituye el bien común de una comunidad. La confianza de la que goza un médico se basa en la hipótesis de que el médico esté ligado a la asistencia del paciente en un modo que supera todas las otras consideraciones. Esta confianza constituye un bien que va comúnmente compartido. El bien que se encuentra en el corazón moral de la medicina, el bien que da forma a todo lo que un médico es y que hace, creo que represente el empeño de un médico de cuidar del paciente de modo que cada juicio acerca del paciente sea otra controvertida cuestión con respecto a lo que es necesario hacer para cuidar del paciente. Un paciente podría ser alguien que maltrata a los niños, pero si sufre de vejiga biliar hace falta cuidar de él. Llamo la atención a estos compromisos comunes que nos esperamos de la medicina porque si no logramos tenerlos claros, corremos el riesgo de perder su significado.

Que tratemos a los que podríamos pensar que no merezcan asistencia, es porque los problemas de distribución de la asistencia médica, en los términos de Ramsey, son extremadamente insolubles. El compromiso de éstos en la atención médica es para asistir al paciente sin esperar que su valor individual cree una necesidad casi interminable. Por eso, en una tentativa de asistir a un único paciente, por ejemplo, con leucemia se descubren modalidades de cuidado para ayudar a una amplia serie de pacientes que en el pasado no habrían podido ser asistidos o tampoco reconocidos como necesitados de asistencia. En otras palabras el esfuerzo de la asistencia para un único paciente crea posibilidades que nos animan a tener necesidades que de otro modo no tendríamos. Como consecuencia la medicina crea un mundo extravagante en que algunos recibirán trasplantes de corazón mientras otros morirán de pulmonía.

Por lo tanto la discusión para muchos que necesitan debería determinar el rol de la justicia en el garantizar la distribución de asistencias sanitarias. El sistema de salud es repartido irregularmente y sólo podemos ejercer un control reducido sobre lo que nos hace sanos o enfermos. La enfermedad no es sólo un peso para muchos, sino estar enfermos es más bien una posible disposición de la comprometida condición humana.

Relegar la vida de los enfermos al lado oscuro de la condición humana y negarles asistencias médicas es dejar fuera su existencia. Éste es el motivo por el que nuestra asistencia recíproca a través de la condición de aquellos preparados a la medicina es fundamental si tenemos que reconocer los bienes que ponemos en común.

Pero aunque este problema por la necesidad-base del valor de la justicia fuera justo, no decide o soluciona las cuestiones incorregibles planteadas por Ramsey. Nosotros no sabemos si gastamos justamente tanto de nuestros recursos en los que están en su último año de vida. Ciertamente no conocemos a menudo quién está en su último año de vida. En efecto uno de los problemas para la celebración del poder de la medicina moderna es que los pacientes son estimulados a creer que tengan el derecho a todo procedimiento que pueda ayudarlos a mantenerlos con vida. Por consiguiente corrompemos a ellos mismos tal como el rol de la medicina, buscando el modo de que ésta haga siempre más de lo que es capaz de hacer.

Por tanto, sospecho que las cuestiones sobre cómo la asistencia médica debería ser distribuida no pueden ser cerradas desarrollando valores de justicia más sofisticados. En efecto imagino que uno de los problemas acerca de tales valores sea que la justicia está separada de otras virtudes que son cruciales para reconocer lo que es y lo que no es. De modo particular, la justicia tiene que mostrar la virtud del coraje si tenemos que saber cómo afrontar nuestra muerte tal como la muerte de los que amamos. La distribución de la enfermedad de nuestros recursos de asistencia sanitaria creo refleje la inhabilidad general de las personas que realizan las sociedades modernas para llegar al final a la muerte. Por tanto si compartimos todo como un pueblo, significa que la muerte tiene que ser anulada con la esperanza de que por fin podamos irnos de la vida viviendo. Por consiguiente aquellos con la fuerza económica y social son capaces de controlar los recursos para defender sus muertes del detrimento de los que no están afrontando la muerte.

Por ejemplo, Ramsey, indica que cuando se hizo el primer trasplante de corazón en el Reino Unido han tenido que posponer una docena de operaciones a causa de equipos limitados del National Heart Hospital. Podríamos pensar luego que Inglaterra y otras sociedades no están sometidas a tales límites. Ramsey, sin embargo, subraya que este ejemplo sea un prisma a través del cual podemos comprender el realismo de la situación que se ha tenido que medir con la necesidad humana de cada nación de recursos médicos que son por lo demás escasos. Además la verdad es que la condición humana sigue empeorando con los tiempos modernos cuando el miedo a la muerte parece haberse vuelto muy difuso con los laicismo (7).

Ramsey afirma, además, que antes de preguntarnos quién vivirá y quién morirá, hay preguntas fundamentales que deben ser resaltadas con respecto a la prioridad médica de ser entregados al desarrollo de procedimientos médicos cada vez más exóticos.

Detrás de estas cuestiones, además, se esconde una pregunta mucho más provocadora sobre cómo la profesión médica y la sociedad en general decida tales cuestiones y la inmortalidad de dejar tales cuestiones en manos de la indecisión profesional y social.

Pero imagino que tal “indecisión profesional y social” decidirá los días como el saldo que resulta que no es culpa de nadie. Los que son pobres acaban por no tener ni siquiera la mínima asistencia médica: lo que puede ser interpretado como un hecho de mala suerte - no de política social. La suposición de que no exista nada que podamos hacer con respecto a tales problemas trabaja a favor de los que tienen la fuerza económica y social de responder al deseo febril de irse de la vida viviendo. Quizás el único consuelo del pobre es la visión Bíblica según la cual los que controlarían las fuerzas para hacer lo que quieren, acaban por estar sometidos por los que poseen las verdaderas fuerzas. O bien, podría ser que ya los pecadores no teman caer en las manos de un dios enojado. Al contrario ahora caen aparentemente en las manos de una benévola fundación médica cuyos intereses personales son dirigidos por nuestro miedo a la muerte.

Pero ciertamente tal perspectiva no es todo lo que se puede decir. Los que sostienen el desarrollo de la medicina moderna podrían representar un peligro para nuestra sanidad moral y esto pudiera ser justo, pero ayuda a los niños que necesitan asistencia médica. ¿Qué se puede hacer para asegurar una adecuada asistencia médica para los pobres? No tengo propuestas concretas, pero espero que llamando la atención al análisis de Ramsey pueda por lo menos sugerir de dónde pudiéramos iniciar. Por tanto, si [Ramsey] no se equivoca, nuestros problemas son de naturaleza teológica. El problema es simplemente que la medicina ha sido puesta al servicio de una muerte tramposa por un pueblo que ya no cree que la muerte pueda tener algún sentido.

No propongo este punto para sugerir que una recuperación de la fe en Dios sea necesaria para asegurar casi una distribución de las asistencias médicas. Uno debería sólo creer en Dios si piensa que tal fe sea verdadera. Además no creo, aunque hubiera un fuerte retorno a la fe en Dios, que nuestros problemas habrían concluido. Especialmente éste no es el caso capaz de dar las expectativas que ahora están en juego.

Sin embargo, no creo que el significado de todo eso sea que nada pueda ser hecho en particular por las personas que dicen ser Cristianas. En efecto supongo que sean una comunidad de gente que ha aprendido que su misma muerte no es un desastre absoluto. Lo que es más importante es que son, o deberían ser, un pueblo que ha aprendido que asistirse mutuamente es más importante que la vida en sí. Por consiguiente, pueden prever formas de asistencia de las cuales los pobres no son excluidos. Tenemos que recordar que aquella gran invención fantasiosa que ahora llamamos hospital fue el resultado de un pueblo y de monjes, que han creído también entre las injusticias del mundo que se puede tomar un tiempo para estar frente a la muerte. Se preocupaban de la muerte con estar presentes incluso cuando no podían curar. Señalo que la medicina no se justifica por su capacidad de curación, sino por el rechazo a abandonar a los que sufren incluso cuando es poco lo que se puede hacer además de estar presentes.

Si tengo razón acerca de eso, creo luego que los hospitales que son financiados del mismo modo por el servicio de las personas que se dicen Cristianas podrían ser reclamados a tomar una posición que los distinga principalmente con respecto a lo que ahora pueden imaginarse. El empeño a buscar más recursos para asistir a los pobres es bien aceptado. Pero más importante es la posibilidad de que los Cristianos tengan que aprender a negarse a sí mismos formas de asistencia extraordinaria que la medicina parece determinada a querer desarrollar.

Estoy consciente de que tal sugerencia podría parecer ultrajosa. Por lo tanto, si el escepticismo es nuestro problema parece pues encontrarse frente a un problema intratable. Los Cristianos por mucho tiempo han seguido estrategias sociales, no sólo en la asistencia médica, que suponen la fe en Dios que puede o no debería hacer ninguna diferencia en nuestra idea de justicia. En el nombre de la caridad o justicia buscamos políticas sociales que esperamos puedan ser un bien para los pobres. No quiero desacreditar de ningún modo el bien que ha nacido de estas tentativas, pero temo que tales estrategias ya no sean suficientes para el cuidado que ofrecemos el uno al otro a través del buen servicio de la medicina.

Por tanto, el problema con conceptos abstractos de justicia, en caso de que sean el mercado, el mérito, el valor social o la necesidad, es que efectivamente son sólo eso—abstracciones. Ningún valor de justicia puede ser comprensible sin mostrar las profundas convicciones y prácticas de una comunidad y sus tradiciones. En efecto, el verdadero esfuerzo es para desarrollar de tales comunidades concepciones de justicia abstractas, pero se manifiesta en las concepciones de comunidad que suponen que somos individuos libres de tales tradiciones. Contrariamente, estoy sugiriendo que los Cristianos tienen que recobrar nuestro sentido de la asistencia y colaborar mutuamente como recurso para ayudarnos a alcanzar un mejor conocimiento sobre el porqué todo lo que podemos hacer para prevenir nuestra muerte no podría ser hecho si tal proyecto hace imposible curar al miembro más enfermo de nuestra comunidad. Sólo cuando logremos adquirir un sentido de nosotros mismos como criaturas determinadas por la muerte, sabremos qué somos, cuando invocamos una sociedad para que emplee sus escasos recursos de asistencias medicinales de un servicio a otro.

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