Dirigir la mirada hacia el rostro del otro
autor: Giuseppe De Rita
Sociólogo y editorialista de Il Corriere della Sera
fecha: 2011
fuente: Alzare lo sguardo sul volto dell’altro
Publicado en el N. 23 de Atlantide (2011.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

De los eventos que aún están en marcha en la orilla opuesta del Mediterráneo, aquel que más impacta es la sorpresa que han provocado aun a los observadores más atentos, evidenciando una falta de preparación general respecto a todo aquello que ha sucedido de Tunez en adelante y que está cambiando los varios Países situados a la otra orilla del mar.

Es este un aspecto en el cual vale la pena concentrar la reflexión: de los informes de las tantas bancos de negocios y de los organismos internacionales, a los sitios web de todo tipo, al boom de Facebook, estamos sumergidos en un conjunto de información de todo tipo que sin embargo no ha logrado salvarnos respecto al encontrarnos carentes de la real información sobre aquello que sucedía.

He aquí la paradoja del momento: un conjunto de información inducido por infinitos flujos que genera su opuesto, un vacío de información real.

Es una situación muy diversa de aquella que hasta no hace mucho tiempo estábamos acostumbrados: en efecto una vez las informaciones eran seguramente menos, pero igual ciertamente más densas en los contenidos y transportadas por canales estructurados, desde aquellos diplomáticos a aquellos militares, a los del gran periodismo que era de investigación o de los enviados radicados en las realidades locales.

Hoy estamos en la era de los canales horizontales, de la web – tan importante en las revueltas árabes – del turismo de masa, de los migrantes que van y vienen, de los estudiantes etc. sin embargo todos estos canales han inexplicablemente generado un vacío de información respecto a la realidad local que ha hecho repentinamente una carrera inesperada.

El cambio por tanto se nos viene encima, y se vuelve para nosotros inesperado, dejándonos atónitos, porque no sabíamos nada, nadie ha sentido los crujidos de los varios regímenes, y nadie ha logrado prever aquello que estaba por ocurrir. Por tanto, una primera contradicción va señalada y merece una reflexión sobre cómo los flujos informativos tan proliferantes y celebrados por su abundancia, no han producido luego conocimiento, nos han dejado incapaces de entender realidades que, incluso, estaban en estrecho contacto con nosotros, no sólo geográficamente sino también en términos de cantidad de flujos informativos en transición de una parte a otra. Hoy podemos decir que no basta celebrar los flujos informativos horizontales, su multiplicación, si luego no se dispone de procedimientos de decodificación y lectura adecuadas, que consientan maximizar el valor de los contenidos.

Italia País mediterráneo

En cuanto a la relación con el Mediterráneo, con la otra orilla del mar, vale la pena entender qué es el Mediterráneo para nosotros los italianos, qué pensamos, visto que, por investigaciones realizadas por el Censis (Centro de estudios e investigación social), emerge que nosotros los italianos nos sentimos tanto europeos cuanto mediterráneos, y atribuimos a nuestro País una identidad incluso más mediterránea que europea.

Son los más jóvenes y los más instruidos los que comparten este sentir común, en claro contraste con una retórica que además en el tiempo se ha impuesto: aquella de Italia que tiene que mirar a Europa a tracción nordista, continental, donde el sur y su mar, el Mediterráneo, son sinónimo de atraso, de un pasado decadente.

En realidad el Mediterráneo para los italianos es mucho más que una expresión geográfica, es un lugar de la memoria, del sentimiento, también de una historia compartida, si bien encasillada en la versión cristalizada de la belleza natural y paisajística o aún en aquella área con una gran historia a la espalda, cuna de la civilización, mientras está mucho menos radicada la percepción de un área en que hoy conviven una pluralidad de culturas y menos aún aquella de un área con una diversificación socioeconómica entre las dos orillas, que no puede más que generar los flujos migratorios que se conocen. He aquí el punto, por tanto: hoy el flujo proliferante de información, de aquella escrita a aquella por imágenes, no nos ha dicho la realidad de las cosas porque no logra rayar la aproximación de sobrevuelo a las realidades, que miramos con ojos distraídos o perjudicialmente estructurados de turistas, salvo luego quedar atónitos cuando la realidad tiende a imponerse casi con la fuerza con la que las barcas llegan directamente a nuestras playas.

El resultado del subjetivismo

El hecho es que en estos años, perdidos dentro del creciente solipsismo de una subjetividad atornillada a la lógica del imponerse en todos los ámbitos – hasta sus resultados más ambiguos – de una moral a medida del individuo, no logramos construir, elaborar, diálogo o colaboración, porque no logramos invertir energías, intereses, atención a la alteridad, para dirigir la mirada hacia el rostro del otro.

Replegados en nosotros mismos en nuestro presente, en la finitud del tiempo actual, no logramos dirigir la mirada más allá de una horizontalidad que se vuelve un campo plano. Terminamos por adaptarnos a una sociedad de lo indistinto, aún más que líquida, donde es difícil lograr definir el marco y los límites en que se mueve la dinámica social.

Las reacciones a esta dinámica son precisamente las de las pequeñas certezas, de los encierros en el microcosmos individual, en el pasotismo y, en casos extremos no poco frecuentes, en subjetividades de identidad a veces ficticias, sin embargo que reaseguran.

No es una exageración decir que éste es el resultado sustancial de la larga cabalgada subjetivista que ha progresivamente eliminado vínculos y límites, una dinámica paradigmáticamente representada por la crisis de las figuras arquetípicas del padre, del profesor o del sacerdote, de aquellas figuras que representaban la ley, la autoridad, las reglas.

En el fondo todo ha sido reconducido al sujeto, al yo que decide, a los mitos que han venido, del consumismo al jamás bajo el patrón que ahora ya no funcionan, y dejan al sujeto siempre más sólo, frágil y consciente de esta fragilidad. De aquí miedo e incertidumbre como figura del vivir social, que hacen difícil la inversión en la relación.

De esta situación, sin embargo, no se saldrá con la recuperación desde lo alto, vertical de nuevas certezas, así como es ilusión pensar que se pueda apuntar a todo reimponiendo la ley en las formas en que tradicionalmente se operaba en los varios ámbitos.

Será en cambio un proceso largo, lento, por vías horizontales, de salida de esta situación; y este proceso incluye también un largo y lento aprendizaje a una nueva relación, que poco a poco nos quita la borrachera de la subjetividad autorreferencial.

Es este el punto que cuenta también en la relación con la otra orilla del Mediterráneo, de la que nos hemos dado cuenta que conocemos poco o nada mientras que los canales que un tiempo nos consentían tener cognición hoy están secos.

La integración más allá del desconcierto

Somos una comunidad de personas convencidas de que una mayor integración entre los Países de la orilla norte y sur del Mediterráneo sea una cosa positiva porque puede traer beneficios económicos y comerciales también a nuestro País; pero una nueva relación no podrá venir de la estructuración de la política exterior o de estrategias sistemáticas de penetración de los mercados, más bien será el resultado de la multiplicación de relaciones mínimas, directas, aquellas que hoy ya involucran una cantidad creciente de italianos, y que se desarrollan en la vida diaria de las tantas actividades.

La intensidad y el contenido de estas relaciones dependerá en gran medida también de nuestra capacidad para ir más allá de las fragilidades subjetivas, el desconcierto en esta fase condiciona nuestro vivir individual y comunitario.

Aquellas del Magreb son sociedades jóvenes, altamente alfabetizadas, laceradas entre las ganas de entrar a la modernidad y el rencor por estar obligados a los márgenes; nosotros hoy les ofrecemos una relación con sociedades extenuadas por el triunfo del sujeto, y entonces la creciente relación con ellas podría ser, casi paradójicamente, un acelerador del cambio recíproco, con tal de que se tome el desafío del cambio sin clausuras.

Promover la relación en cada nivel es, en esta fase, un pasaje crucial para evitar aquellos encierros que, en ambas orillas del Mediterráneo, son precursores de cambios regresivos.

-
Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License