Educación, la comunicación de sí mismo, es decir
autor: Julián Carrón
fecha: 2007-10-14
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Encuentro de Julián Carrón con los educadores de Comunión y Liberación, Milán

Franco Nembrini: Buenos días a todos. Bienvenidos los que venís de cerca y los que os habéis tenido que levantar pronto, quizá a las tres de la mañana, para estar aquí hoy.
El encuentro, como sabéis, lleva por título: “Viterbo 1977- Milán 2007: treinta años de presencia en la escuela”. Digamos, de entrada, que este encuentro no quiere ser de ninguna manera una reunión de antiguos combatientes, de repatriados que podrían decir: «yo estuve entonces»; no es una reunión de nostálgicos (en sentido peyorativo) del Liceo Berchet y de proezas pasadas, valiosas, pero que ya no existen. Vivimos en un país, Italia, que parece rehén de “viejas glorias” que no dejan el paso a otros, porque siempre pueden decir: «yo estuve» (estuve en la Resistencia, estuve en la Asamblea Constituyente… ¡Se sienten todos padres de la patria!). Nosotros no queremos ser de los que se agarran al pasado, «yo estuve», sino de los que simplemente pueden decir: «yo estoy».
Hace un momento, mientras cantábamos, miraba a Stefano que dirigía, que está con nosotros desde hace tantos años; después miraba a Pavel que cantaba, a Francesco que tocaba la guitarra, y pensaba que, en 1977, ¡ni siquiera habían nacido! Verdaderamente conmueve reparar en treinta años de historia, intensa y fecunda, en la que el carisma de don Giussani nos ha acompañado de tal manera que hoy podemos decir: «yo estoy».
Quizá tengamos a las espaldas 30 o 40 años de experiencia de CL, o tal vez hayamos llegado ayer, para empezar nuestro trabajo como profesores. Pero todos sabemos perfectamente que entre nosotros un chico de 25 años puede decir «yo estoy» con una frescura, una profundidad y una decisión que nos deja conmovidos y que querríamos aprender e imitar. Porque todo lo hace Dios, y Dios puede tomar a un chico, ungirlo rey a la vista de todo el sanedrín, haciéndole quemar etapas. Todo lo hace Dios. A nosotros nos corresponde mirar y seguir la Presencia que se nos impone como un acontecimiento.
Es una historia que nos acompaña desde hace treinta años. Creo que pocos de nosotros estarían en Viterbo en 1977; ciertamente no lo estaban la mayoría de los que participan hoy en este encuentro desde distintos países del mundo. Lo digo porque es justo saludarles uno a uno. Conectados con nosotros vía Internet hoy están amigos de Argentina, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Kazajstán, Kenia, Irlanda, Lituania, México, Nigeria, Paraguay, Portugal, Rumania, Rusia, Eslovenia, España, Uganda, Estados Unidos y Venezuela.
Creo que en este “yo estoy” reside todo el drama de la vida. Hemos pedido a Julián que nos ayude. Le agradecemos de corazón la solicitud y la paternidad con las que nos sigue a todos y a cada uno. Porque creo que este es el problema actual: no se puede dar por descontado que alguien diga «yo», es decir, que tenga conciencia de sí mismo según todos los factores que le constituyen, tal y como Dios le crea. Como tampoco se puede dar por supuesto que alguien diga «yo estoy», es decir, que se mida con la realidad en todas sus dimensiones, según la totalidad de los factores que la conforman.
A lo largo de estos dos años, Julián nos ha reclamado constantemente a la relación entre el yo y la realidad, en particular a partir de los últimos Ejercicios de la Fraternidad. Hoy le pedimos que nos ayude a poder decir: «yo estoy» según toda la amplitud de nuestra libertad que asume la responsabilidad a la que Dios nos llama.
De entre las numerosas contribuciones que nos han llegado, más de 200 (os agradezco a todos la solicitud con la que habéis colaborado en la preparación de este encuentro), me permito retomar sintéticamente las cuestiones que me parecen más relevantes y recurrentes en vuestros testimonios y reflexiones.
Primero. La necesidad de comprender. Julián, ayúdanos a comprender en qué situación estamos, qué está sucediendo a nuestro alrededor y en nosotros, para que así se puedan esclarecer las razones de un cansancio muy difundido, que hace decir a algunos: «No puedo más. Dame las razones por las cuales vale la pena seguir adelante con esa tarea educativa, después de diez, veinte o treinta años de trabajo. No cambia nada, los chavales empeoran, nos pagan poco: dime por qué merece la pena seguir enseñando».
Segundo. Ayúdanos a recobrar con claridad cuál es la consistencia de nuestro yo y, por ello, de cualquier intento de presencia personal y comunitaria, para no depender del vaivén de las circunstancias o del chantaje del éxito. Ayúdanos a ser libres, a comprender dónde se apoya la consistencia de la persona, a no ceder al chantaje, siempre al acecho, por el cual desplazamos el problema de nosotros mismos a los chicos. Nuestro problema se torna: ¿qué debo hacer con ellos?, ¿cómo debo hacer?, ¿cómo convencerles?, ¿cómo agregarles?, ¿cómo hacer que me sigan? Y así, a menudo, prevalece la queja porque las cosas jamás son cómo deberían ser y jamás ocurren como imaginaríamos que deberían suceder.
Por último, ayúdanos a comprender la dinámica de la relación entre autoridad y libertad. ¿Qué quiere decir que se nos ha confiado una responsabilidad personal ante Dios y ante los hombres y, al mismo tiempo, que este compromiso personal (quizá renovado justamente a partir de hoy) está llamando a convertirse en una construcción común? ¿Qué relación existe entre la propia responsabilidad y una autoridad reconocida, entre el impulso creativo del yo y la conciencia de pertenecer a una compañía guiada?

Julián Carrón: Gracias por invitarme a intervenir sobre un tema para mí muy querido, pues he sido profesor como vosotros durante muchos años.

I. El desafío actual

Todos coincidimos en que hoy nos encontramos ante una situación que, sintéticamente, podríamos definir como una situación de “emergencia educativa”. Desde el Papa Benedicto XVI (durante el congreso de la diócesis de Roma) hasta la UNESCO –por citar dos voces revelantes– todos concuerdan en que nos hallamos realmente ante una emergencia, porque se constata cuánto le cuesta a nuestra sociedad –nuestra sociedad somos nosotros, sois vosotros los educadores, son los padres– transmitir razones para vivir, es decir, introducir verdaderamente en la realidad a todos los nuevos miembros de nuestro pueblo.
¿Cuáles son –por decirlo de modo sintético– los signos inequívocos de esta emergencia?
Por lo que respecta a los estudiantes, describiría su situación actual con una palabra: desinterés. Los profesores no tienen delante chavales que quieran aprender y estén dispuestos a estudiar, en definitiva, chicos que tengan interés por lo que se les enseña. La primera preocupación de cualquier profesor debe ser, por tanto, la de despertar el interés por lo que enseña. Hoy no podemos dar por supuesto que existe un sujeto que quiere aprender. Podemos ser profesores geniales, disponibles a enseñar todos nuestros conocimientos, pero el problema es que los estudiantes carecen del deseo de aprender.
Entonces, ¿cómo despertar en ellos el interés? ¿Cómo generar el sujeto que quiere aprender? ¿De qué modo relacionarnos con los chicos –sean nuestros estudiantes o nuestros hijos– y plantear la asignatura de manera que comience un proceso que les permita introducirse en la realidad? La consecuencia de este desinterés que les impide tomar iniciativa y poner en juego sus capacidades, es la pasividad. Vemos a muchos chicos “aparcados” en las escuelas o en otros ámbitos. Pietro Citati lo indicaba hace tiempo en un artículo en La República: los jóvenes «prefieren permanecer pasivos […] viven a menudo en una misteriosa desidia»1. Pero nosotros los adultos muchas veces no somos distintos. Como decía Franco Nembrini, por lo que respecta a los educadores, en muchos casos se manifiesta el cansancio y la soledad ante los retos de la enseñanza.
Recuerdo un profesor mío, con el que me crucé una vez en la entrada del seminario menor donde enseñábamos; volvía de clase algo desconcertado y le pregunté: «¿Qué te pasa?». Me respondió: «Acabo de decir a mis alumnos que tengo menos satisfacciones que un mecánico, porque un mecánico, si se empeña, consigue que el coche funcione; sin embargo, yo, con todo mi empeño, no puedo evitar que la mitad de ellos repita curso». Entonces, para provocarle, le dije: «Pero, ¿es una situación generalizada? ¿Qué hacen los demás compañeros?». Y él me contestó: «Cambian de método: una vez, dos veces, tres veces… hasta que abandonan el intento».
Esto sucede tanto con los educadores como con los estudiantes, porque después de varios intentos, ¿qué hace uno? Se comporta como los estudiantes: se resigna a aguantar las horas de clase y el peso mismo de la vida. ¡Imaginaos qué interés puede despertar en los chicos un profesor así! Este desinterés por la realidad, que inexorablemente conduce a la pasividad, nos hace comprender la naturaleza de la crisis actual: no se trata de un problema que afecta sólo a las aulas, se trata de una crisis de lo humano. Lo cual se refleja en la pasividad de muchos jóvenes, incapaces casi de interesarse por algo duradero; y en el cansancio, la soledad y el escepticismo de muchos adultos, que no encuentran un interés por el que valga la pena verdaderamente implicar hasta el fondo la propia humanidad. Por esta razón, tampoco logran implicar a los jóvenes, despertar en ellos el interés por lo que tienen delante. Como escriben nuestros amigos españoles en un manifiesto que han difundido con ocasión del comienzo de curso, citando a Péguy: «Las crisis de la enseñanza no son crisis de enseñanza, son crisis de vida».
La situación en la que vivimos supone un desafío, en primer lugar, para nosotros. Muchos intentos de afrontarlo han fracasado. Hay quien dice: «Ya que no logramos suscitar interés, al menos fijemos reglas para que el río no se nos desborde; apelemos a las fuerzas morales de las personas, de los chicos», pero todos sabemos que esto no sirve para encender el interés. El que nos veamos obligados a apelar insistentemente a esta suerte de moralismo extrínseco, es ya señal de una derrota. Lo mismo vale para otra salida, como la que planteaba Galimberti2 en su artículo de La República «La generación de la nada»: después de haber reconocido que la razón ilustrada no logra despertar este interés, propone volver a los griegos; sostiene que, cuando el deseo se desboca, es preciso ponerle límites, establecer una medida; y afirma que deberíamos conformarnos con el arte de vivir de los griegos. Pero justamente esta medida constituye un fracaso ante la situación concreta, porque no es capaz de despertar un interés real. Por ello, desinterés y pasividad aumentan.
La primera cuestión es si nosotros estamos dispuestos a mirar a la cara esta situación, a tomar en serio este desafío, a medirnos con la realidad tal como es o preferimos buscar una solución para salir del paso. A este respecto, me viene a la mente la frase de san Agustín, que el Papa Benedicto ha recordado y que identifica perfectamente el problema: «¿Qué puede mover lo más íntimo del hombre?»3. En la situación de hoy, ¿existe algo capaz de mover al hombre desde el centro de su yo?
Para responder, observemos qué le sucede a un niño cuando se le pone delante un juguete: comienza a despertarse en él la curiosidad y el interés. A menudo pongo este ejemplo: Imaginad que entráis en clase y lleváis un aparato que los chavales no conocen, habéis olvidado el cable de alimentación y les decís: «Esperad un momento, voy a buscar el cable». Apenas salgáis de la clase, ¿cuánto tiempo pasa antes de que los chavales se levanten y rodeen la mesa para ver qué es?
La realidad es lo que despierta el interés. Pero al niño no le basta tener delante el juguete para continuar interesándose; no basta que le expliquemos las dimensiones y el mecanismo del juguete, las instrucciones en inglés; si no comprende cuál es el sentido de ese juguete, con el tiempo lo abandonará en una esquina de su habitación, porque al niño no le bastan explicaciones secundarias, datos parciales. Frente a la realidad, la razón es exigencia de totalidad, de significado exhaustivo. No existe explicación adecuada del juguete sin una hipótesis de significado total. Por esto, hemos repetido siempre que educar es introducir en la relación con la realidad entera. Lo que sucede con el juguete sucede con todo: ante la dureza del trabajo, ante la persona amada o al contemplar una puesta de sol, no podemos evitar que, en un momento determinado, aparezca la pregunta: «Pero, ¿qué sentido tiene?».
Si es así de fácil que la realidad despierte nuestro interés, entonces ¿por qué reina este desinterés? Como afirma la ya conocida y tantas veces citada María Zambrano, existe justamente porque «lo que está en crisis […] es este misterioso nexo que une nuestro ser con la realidad, algo tan profundo y fundamental que es nuestro íntimo sustento»4. La realidad es lo que sustenta el vivir, resulta necesaria para vivir el día a día y afrontar cualquier situación. La realidad sustenta el interés del chico y nuestro interés, hasta el punto de que cuando uno no siente interés por nada, la vida se le vuelve un aburrimiento total. Si está en crisis el nexo con la realidad, no sólo con un aspecto particular, podemos darnos cuenta rápidamente de cuál es el alcance de la crisis: no afecta tan sólo a un particular u otro, afecta a la misma relación con la realidad.
¿Qué significa que está en crisis el nexo con la realidad? No significa que este nexo haya dejado de existir. No podemos evitar la relación con la realidad. Estamos siempre en relación con ella. No existe un hombre o un chico en este mundo para el cual la realidad no suscite ninguna clase de preguntas.
Recuerdo siempre lo que contaba un estudioso francés, Olivier Clément. Su padre era un no creyente que le había introducido en la vida con una posición acorde con la suya, pero esto no impedía que la realidad afectara al muchacho. Cuenta en su autobiografía que, cuando tenía ocho años, murió su amigo Antoine; ante el cadáver, el niño miró a su padre y le preguntó: «Papá, ¿dónde está Antoine?». El padre, coherente con su ateísmo, le contestó: «Antoine no está en ninguna parte, está muerto». El diálogo pareció acabar aquí, pero a los doce años, paseando con su padre una noche, ante un cielo cuajado de estrellas, el chico le preguntó de nuevo: «Papá, ¿qué hay más allá de las estrellas?». «Más allá de las estrellas no hay nada».
No existe nada, ningún poder de este mundo que pueda parar la dinámica que nace por el impacto que la realidad produce en el yo y que despierta continuamente una pregunta. No existe poder alguno que pueda evitar que el cielo estrellado abra de nuevo la pregunta sobre el sentido. Y lo que sucede con las estrellas, sucede con el trabajo, el afecto, el tiempo, con todo; la realidad vuelve a despertar las preguntas existenciales, incluso en una situación como la actual: ¿tiene sentido seguir trabajando, después de diez o veinte años de enseñanza, con todo el caos y las dificultades que existen hoy en la escuela? Es como si el Misterio no nos consintiera abandonar y continuara llamando a nuestra puerta, volviendo a despertar la exigencia de significado. ¡Ningún poder puede detenerlo, ninguna situación puede acallarlo! Por ello, que esté en crisis el nexo con la realidad no quiere decir que no continúe sucediendo su llamada: es imposible que no suceda. El deseo de hallar una respuesta que dé sentido al instante que vivimos se enciende constantemente, en cualquier circunstancia, no sólo en las favorables, sino también en las que en principio resultan contradictorias: ¿qué sentido tiene trabajar como profesor en esta situación? Porque –lo dicen muy bien los españoles en su manifiesto– este deseo es el principal recurso de cualquier esfuerzo educativo, porque estimula la curiosidad y las preguntas sobre todas las cuestiones de la vida. Por esto, a la pregunta de si en esta situación es posible educar, hay que responder rápidamente que sí, porque este deseo se despierta continuamente.
Entonces, ¿cuál es el problema de nuestro nexo con la realidad? Don Giussani lo identifica así: Ante el deseo de significado, ante las preguntas que la realidad despierta, nosotros sucumbimos a «una posibilidad permanente del alma humana, […] una triste posibilidad de falta de compromiso auténtico, de interés y de curiosidad por la realidad en su totalidad»5.
Las preguntas son inevitables, el deseo de encontrar una respuesta no se puede esquivar, pero podemos no tomarlo en consideración, abandonar las preguntas y bloquear esta curiosidad. La libertad entra en juego y, en lugar de secundar la curiosidad y el interés que la realidad suscita, los bloquea. Y cuando sucumbimos a esta triste posibilidad del alma humana de falta de compromiso con la realidad, ¿qué sucede? Que no llegamos a descubrir su significado y, sin reconocer un significado, la realidad no interesa. Si un niño no sabe cómo usar el juguete, rápidamente lo abandona porque no sabe qué hacer con él.
Por esto, la incapacidad de introducir en la totalidad de la realidad no es independiente –como a menudo creemos– de nuestra relación con la realidad: sin percibir el significado, la realidad antes o después deja de interesarnos y también nosotros en la escuela, igual que los chicos, podemos acabar siendo pasivos. Este es el origen de aquel desinterés que desemboca en el aburrimiento, porque nada sabe despertar interés al margen del sentido. Pensamos que la realidad puede seguir atrayendo aunque no reconozcamos su significado. Porque pensamos: el significado es un añadido del que podemos prescindir; tenemos que explicar al chico la física, la química, pero no es necesario darle un significado. Pensamos que se puede reducir la educación a la transmisión de conocimientos, de datos, pero esto sigue sin bastar a los chicos para interesarse por lo que tienen delante. Y sin despertar el interés, el deseo decae y aparece aquél nihilismo que hace tiempo Augusto Del Noce definía en estos términos: «el nihilismo al uso, hoy, es un nihilismo festivo, sin inquietud (quizá –decía él– se pueda incluso definir como la supresión del inquietum cor meum agustiniano)»6. Se suprime el deseo, pero no porque la realidad no lo avive constantemente, sino porque, si no encuentra una respuesta a la exigencia de significado total que nos define, el deseo se vacía, y como el niño ante el juguete, se extingue. Pero esto depende de una decisión que nosotros hemos tomado, de una falta de compromiso, de una inmoralidad última respecto a la exigencia de significado que nos constituye.
Pero, ¡atención! Nos encontramos ante una pregunta para la cual no sirve cualquier respuesta. Esta es la mentira del relativismo. Sabemos que es mentira, porque no todas las respuestas corresponden a la exigencia que expresa la pregunta por el sentido. No vale cualquier respuesta para dar sentido al trabajo cotidiano, al dolor, a cómo vivir las circunstancias de forma que no terminen siendo una tumba para nosotros. El problema de la educación es si nosotros tenemos una respuesta a esta urgencia de significado para vivir, hasta el punto de poderla comunicar viviendo. No es un problema de los chicos, es un problema de los adultos, es un problema nuestro. Solamente si nosotros, los adultos, asumimos este compromiso con la realidad entera, podremos comunicar un sentido. Yo me alegro de que sea así, porque no hay ninguna madriguera donde esconderse, ninguna circunstancia que nos ahorre este compromiso. ¡No pensemos salir adelante con instrucciones para el uso! Esta es la gracia de estar con chavales: que no podemos apañárnoslas con una respuesta cualquiera. Lo delatan la pasividad y el cansancio.
Por esto necesitamos mirar a la cara esta situación. ¿Queremos afrontarla o nos contentamos con hacer iniciativas añadidas a la vida real y a sus problemas? En este contexto, ¿existe alguna esperanza capaz de mover lo más íntimo del hombre? Es lo que preguntaba al comienzo Nembrini: ¿cómo podemos ser una presencia entre los chicos? ¿Cómo puedo decir: «yo estoy» en la realidad con todo lo que soy: con los chavales, en la escuela, ante mis hijos o frente a mí mismo?

II. Cómo ha podido suceder

Para responder a esta pregunta no debemos darle vueltas a la cabeza, debemos mirar de nuevo. Fijémonos en nuestra experiencia: ¿Ha sucedido algo que haya despertado nuestro interés y nos haya puesto en marcha de nuevo? ¿Hay algo que nos haya rescatado de la falta de compromiso con la realidad? ¿Qué es lo que me ha devuelto protagonismo? ¿Podemos identificar algo en la realidad capaz de movernos en lo más íntimo? Sí. Lo llamamos “encuentro”. Hemos encontrado un atractivo vencedor, portador de una hipótesis de significado que nos ha conquistado; algo tan real que ha facilitado que todo nuestro yo se pusiera a seguirle. Podemos llamarlo de muchas maneras: sentirnos objeto de una preferencia, advertir una correspondencia, reconocer algo que nos afecta en lo más íntimo y que ha avivado todas nuestras exigencias.
«El encuentro –hemos estudiado en la Escuela de comunidad sobre El camino a la verdad es una experiencia– tiene un carácter de novedad y de valor sin igual. A través de una frase, una palabra, un gesto vemos aflorar en la realidad presente el encuentro con una tradición que tiene sus raíces siglos atrás. El encuentro con esa comunidad o con ese compañero nos comunica, por tanto, un mensaje que brota de una vida de siglos, de la tradición»7. Por tanto, puedo recomenzar también en esta situación de cansancio y confusión. ¿Por qué? Porque en mi vida ha sucedido algo que me libera, que me permite obrar con libertad, porque no depende de la confusión o de la dificultad, del ambiente escolar, de los compañeros o de los chicos; no depende de esto. «El motivo que nos mueve y que justifica nuestra difusión no está en nosotros, sino que está en el fondo de nuestro ser, donde está Otro, Aquel al que adoramos. Nosotros no queremos construir un partido nuestro, ni realizar un proyecto nuestro, sino algo distinto, puro, neto, que no depende de nosotros sino de Aquel que nos ha hecho. De ahí que el encuentro, aceptado con sencillez, nos dé una gran libertad de espíritu que nos permite no pararnos nunca, que nos posibilita actuar independientemente de nuestra cultura o de nuestra sagacidad, por encima incluso de nuestro corazón. Esta fe, esta seguridad, la tenemos porque Otro actúa en nosotros. Nuestra libertad consiste en esa sencillez e ingenuidad que hace que no nos cansemos nunca de dirigirnos a cualquiera, de repetir a cualquiera le invitación a tener ese encuentro que es definitivo en la vida de un hombre»8. Ninguno puede impedirlo, porque es un acontecimiento que despierta constantemente el yo. Y, solamente si esto continúa sucediendo, si permanece como fuente constitutiva de mi yo, seré libre de entrar en cualquier circunstancia, por tanto, de entrar en la totalidad de la realidad, de responder a esta exigencia de significado, de afrontar mi cansancio y mi soledad. Entonces se comprende por qué todo comienza a ser interesante. «En la experiencia de un gran amor […] todo lo que sucede se convierte en un acontecimiento en su ámbito»9.
¿Qué nos ha sucedido después del encuentro? Todos estamos aquí por un encuentro. Pero ¿qué ha ocurrido después? Poned atención a lo que decía don Giussani hace ya treinta años: «Para muchos de nosotros, que Jesucristo sea la salvación [el encuentro con él], y que la liberación de la vida y del hombre, aquí y en el más allá, esté unida continuamente al encuentro con Él, se ha convertido [¡atención!] en un reclamo “espiritual”. Lo concreto es otra cosa: el compromiso sindical, defender ciertos derechos, la organización, la unidad del trabajo y, por tanto, las reuniones, no para expresar una exigencia vital, sino como un peso que mortifica la vida, un peaje que pagamos a una pertenencia que inexplicablemente nos mantiene en los rangos de una asociación».10 Es decir, en un momento determinado, Cristo ha dejado de ser indispensable para nosotros a la hora de vivir nuestra situación concreta: hemos prescindido de Él, porque lo concreto es otra cosa. Cristo no nos parece indispensable para vivir lo concreto; no negamos su existencia, simplemente ha pasado a ser una premisa, un reclamo espiritual que no nos vale para entrar en la batalla. ¿Os dais cuenta? Hemos sido presuntuosos y hemos cavado nuestra propia fosa.
Con el tiempo vemos las consecuencias de este error: a pesar de todos nuestros intentos presuntuosos no salimos a flote, seguimos en la tumba ¡con nuestra inmejorable propuesta educativa! Lo mismo sucede con los estudiantes y con las comunidades. Fijaos en lo que decía don Giussani: «Constatamos a menudo que las comunidades jóvenes tienen un rostro misionero, una vibración comunicativa y tienen una gran capacidad de reclamo. Esto significa que el contenido de nuestra propuesta exalta, atrae, pero, después, es como si no se mantuviera al mismo nivel; las comunidades, según van haciéndose viejas, se vuelven áridas. Corremos el grave peligro de que nuestro Movimiento atestigüe la bondad de su experiencia en la propuesta inicial, pero, después, sus miembros carezcan del método que la hace permanecer. La propuesta del Movimiento es verdadera y por eso llama la atención. Pero sin un método correspondiente […] no se hace un camino, no se da una continuidad»11.
No se puede evitar el impacto de la belleza de la propuesta en nosotros ni en los demás, pero no se da una continuidad. ¿Por qué? Porque hemos cambiado de método. Creíamos que eran nuestras iniciativas las que despertaban a las personas, mientras que era Él quien se hacía presente a través de ellas.
«El Movimiento nació de una presencia que se imponía, que llevaba una provocación para la vida, una promesa que seguir. Pero después hemos confiado la continuidad de este inicio a discursos [¡qué horror!], reuniones y cosas que hacer. No la hemos confiado a nuestra vida, de tal forma que muy pronto el inicio [el encuentro] ha dejado de ser una verdad ofrecida a nuestra persona y se ha convertido en el principio de una asociación, de una realidad sobre la que descargar la responsabilidad del propio trabajo y de la que pretender la solución de los problemas. Lo que suponía una provocación personal y, por tanto, un seguimiento vivo se ha tornado obediencia a una organización»12. O sea, en lugar de comunicar un modo nuevo de vivir la realidad de todos, nuestro compromiso con ella, hemos creído que podíamos ahorrarnos el esfuerzo teorizando sobre el método. Seguía don Giussani: «Tenemos que ayudarnos a superar un peligro ya muy desarrollado [lo decía entonces, figuraos, hace treinta años]: reducir nuestro compromiso a una teoría de método socio-pedagógico, a la consiguiente actividad y su defensa política, en lugar de reafirmar y proponer al hombre, nuestro hermano, un hecho que cambia la vida»13.
Por tanto, os pregunto: ¿Nos arriesgaremos alguna vez a verificar la propuesta de Cristo en lugar de abandonarla un instante después, cambiando de método? No es que en nosotros o entre los chicos la propuesta no suscite una fascinación, pero ¿quién puede mantenerla? ¿Pensamos conseguirlo, para nosotros mismos y para los demás, cambiando el único método que puede despertar verdadero interés? Es decir, ¿pensamos conseguirlo sin hacer presente ese atractivo vencedor, en primer lugar para uno mismo y luego también para los chicos?

III. Un nuevo inicio

Es necesario un nuevo inicio, que no parta –como ya decía don Giussani– de la pregunta: «¿Qué debo hacer?», sino de otra: «Y yo, ¿quién soy? ¿Qué soy?». No es una pregunta retórica, sino «el punto de partida –decía en Viterbo– que ningún mal puede arrebatarnos». Si nos lo quitan, es porque no lo tenemos claro. No son las circunstancias las que derrotan a la persona; simplemente hacen patente nuestra fragilidad personal. La fragilidad no viene del ambiente que nos rodea, no nace de una situación externa; las circunstancias simplemente ponen de manifiesto nuestra inconsistencia, fragilidad y falta de libertad. Preguntarse «“¿Quién soy?” [en cambio] es el principio continuo de una resurrección, es como una roca que la tempestad puede cubrir, pero que jamás puede destruir y que en cualquier momento de bonanza reaparece».
Es necesario, por tanto, que recobremos «una conciencia distinta [la que nace del encuentro] y, por tanto, un sentimiento distinto de lo humano, porque el sentimiento de lo humano cada cual lo toma de sí mismo. Es la criatura nueva de la que habla el Evangelio, una semilla nueva plantada en el mundo, un hombre nuevo porque tiene un sentimiento nuevo de sí y por tanto del otro […]. Esta conciencia nueva de sí se llama fe y se caracteriza por el hecho de que yo ya no soy yo, algo distinto vive en mí»14.
Espero que no escuchemos estas palabras como un reclamo “espiritual”, ajeno a la situación que nos atañe, repitiendo el error de hace años, porque, como me decía alguno de vosotros, don Giussani afirmaba que «lo que menos se entendió fue lo que dije en Viterbo». La fe es una autoconciencia nueva, distinta; no es algo añadido a la persona, no es un vestido que uno se pone: es la realidad de la persona, su significado y su consistencia. Esta conciencia hace de la persona una presencia en el momento mismo en que pone el pie en el umbral de la escuela, ya sea ante los niños de infantil o ante los chicos de bachillerato. De lo contrario, ¿para qué vamos a clase?
Sólo si la fe nos define, adquirimos una certeza que nos hace entrar en relación con todo; esta certeza es lo que nos permite entrar sin miedo en la realidad. ¿Cómo podéis ir a clase sin recobrar esta certeza y esta conciencia? Comprendo que uno tenga la tentación de huir de una situación dura, pero luego ¿qué? ¿Os dais cuenta de que no se trata de un reclamo “espiritual”, sino de la única posibilidad de vivir siendo nosotros mismos, plenamente conscientes, de lo único que nos permite decir: «Estoy en la realidad con todo mi yo»? Porque «la verdad debe encarnarse en la vida»15, escribía Berdjaev. Esta certeza nos permite entrar en la realidad, ir a clase conscientes de Su Presencia. «El fenómeno cultural –explicaba don Giussani en Viterbo– se activa y se desarrolla sólo si nace de una certeza de fondo […]. Esta certeza es el acontecimiento de Cristo, que se propone al chico a través del adulto; el chico lo advierte presente en el adulto que tiene delante»16, porque hace que éste se apasione por las cosas y avive el interés por todo.
El síntoma de esta certeza –dice en Certi di alcune grandi cose– es la «simpatía por todo lo que encontramos […]. Cuanto más consciente y segura es una persona, tanto más su mirada abraza todo, valora todo, y no se le escapa nada, incluso cuando va tranquilamente por la calle. Ve la hoja amarilla en medio de la planta verde. Sólo la certeza del significado último nos permite detectar, como si fuéramos un potentísimo detector de metales, el resto más pequeño de verdad que queda en los bolsillos de cualquiera. Y no es necesario, para ser amigo de otro, que él se de cuenta de que lo que dices es verdad y te siga. No es necesario, yo voy con él por aquella pizca de verdad que tiene. Debido a la ausencia de esto, el movimiento ha dejado de ser movimiento desde hace mucho tiempo, porque se ha cerrado en el esquema del discurso y de la praxis de la propia comunidad: o haces como nosotros o no eres de los nuestros [lo dice don Giussani, ¡no es culpa mía!]. Sólo cuando tenemos certeza de la verdad sentimos inmediatamente cercano, fraterno y materno, cualquier fragmento de verdad que existe en cualquiera; por tanto, la verdad es amiga de todos»17.
En la apertura de curso os decía que don Giussani nos ha dejado una prueba incontestable: si tenemos esta certeza, podemos entrar libremente en todo y vernos libres del chantaje del éxito. Lamentablemente, estas cosas no pasan de ser “espirituales” para nosotros. No, no, y ¡no! La prueba está en la forma en que vivo la realidad: o dependo sólo de Dios y soy libre de todo el universo, de cualquier chantaje, o soy libre de Dios y entonces me hago esclavo de cualquier circunstancia, de cualquier chantaje o del éxito18.
Nuestra forma de estar en clase, de vivir la realidad y de afrontar cualquier circunstancia, expresa si dependemos del Misterio; y esto se ve en que somos libres, no en que añadimos algo a nuestra vida diaria el domingo por la mañana. La prueba es que –justamente por esta dependencia– vivimos una libertad de otro mundo, en este mundo. Porque «el cristianismo –hemos estudiado en la Escuela de comunidad– es una nueva forma de vivir este mundo. Es un tipo de vida nueva: esto no significa principalmente tener algunas experiencias particulares, algunos gestos distintos de los de los otros, algunas expresiones o palabras que añadir al vocabulario acostumbrado […]: el cristianismo mira toda la realidad como el que no es cristiano, pero lo que la realidad le dice es diferente, y él reacciona ante ella de manera distinta»19. Por eso el cristiano puede entrar en la realidad, afrontar toda la realidad. Y al entrar en ella, puede verificar su fe y crecer en certeza. Si no fuera así, estaríamos haciendo una actividad paralela, añadida.
Esto es lo que me entusiasmó al conocer el movimiento; hasta entonces pensaba que mis superiores me hacían perder el tiempo: en vez de dejar que me dedicara a mis investigaciones científicas, me mandaban que diera clase. En realidad, cuando caí en la cuenta del encuentro que había tenido, pensé: «¡Qué bobo eres! Lo que el Señor te ha pedido que hagas es verificar tu fe dando clase». Justamente por este motivo estoy muy agradecido a mis diez años de profesor, porque de otra manera habría podido encontrar una razón “teológica” para justificar la huida de la enseñanza, como hacían mis compañeros: era suficiente con que de repente sintiese la “vocación” de ir a una parroquia. Hubiera bastado esto para salir derrotado, para meterme con mi justificación teológica en el ataúd. Pero, gracias a Dios, lo que había encontrado, el movimiento y la propuesta de don Giussani, me permitió verificar hasta el fondo mi fe. He salido del mundo de la enseñanza más libre, más alegre, más contento, más cierto que cuando empecé.
Este es el desafío para cada uno de nosotros. Para mi habría sido facilísimo hacer algo añadido a la vida o retirarme a una parroquia (en donde yo no debía afrontar la realidad, sino tan solo a los que venían allí porque no tenían otra cosa que hacer). Pero al verme obligado a estar ante los chavales o ante compañeros que yo no elegía, no tenía escapatoria. Por eso le decía a don Giussani: «te estaré siempre agradecido, porque desde que te conocí he podido hacer un camino humano», es decir, verificar el alcance de mi fe (que no era solamente un reclamo espiritual) en la vida, en el mundo, con quienes vivía en la escuela. Y cuando tuve que abandonarla estaba más contento que antes, más que cuando empecé. Si no hubiera sido así me habría ido derrotado.
Estoy agradecido de que no se me haya ahorrado nada, de que, por el hecho de ser sacerdote o de estar en un cierto colegio, no se me haya ahorrado el paso de afrontar en primera persona la realidad de los chicos y de las asignaturas que impartía. Si yo no afrontaba en primera persona la realidad, gracias a lo que había encontrado y que me permitía tomar en serio mi deseo, hubiera sido el primero en ser derrotado, porque no habría podido sustituirlo con bellas teorías educativas.
La educación, de hecho, no consiste en explicar la realidad, sino en ayudar a entrar en ella. Sabemos perfectamente qué distinta es una estupenda lección sobre el capítulo décimo de El sentido religioso, de la experiencia de lo que dice el capítulo. Con las mismas palabras de Giussani se pueden hacer dos “guisos” distintos: uno nos lleva a aprender un discurso perfecto, el otro a experimentar lo que dice el discurso. ¿Cuál es la diferencia? La manera de estar ante la realidad concreta, la capacidad de disfrutar de ella. Desde el momento en que me di cuenta de esto, ir a clase para mí fue una fiesta. Si queremos introducir a otros en la realidad, no podemos hacerlo –digámoslo con un parangón taurino– “mirando los toros desde la barrera”. Podemos ayudar a otros a entrar en la realidad solamente si nosotros entramos en ella primero hasta descubrir su significado. Sólo si los chicos ven la victoria en nuestro rostro, en nuestro obrar, en cómo reaccionamos, en cómo vivimos todo, sólo así se interesarán por lo que ven en nosotros y querrán vivir así, porque «la educación –como decía don Giussani en Viterbo– es la comunicación de sí mismo, del modo en el que uno se relaciona con la realidad». ¡Atención, nos tenemos que grabar esta frase! Comunicación de sí mismo no es comunicar nuestros pensamientos o teorías: es comunicar mi manera de relacionarme con la realidad, porque «el hombre es […] una modalidad viviente de relación con la realidad. […] Por eso, comunicación de sí mismo quiere decir comunicación de un modo vivo de relacionarse con la realidad»20.
Le doy gracias a Dios de que las circunstancias de mi vida me obligaran a hacer este camino porque, después de diez años en el colegio, pasé a ser profesor de la facultad. Por el hecho de ser de CL, no me dejaban hablar ni un minuto con los chicos fuera de las horas de clase, no me permitían hacer nada al margen de mis clases. ¿Comprendéis? Y estoy agradecidísimo, porque esto me obligó a ceñirme a las clases, a cómo daba las clases; y nadie podía impedir que yo enseñara de un cierto modo y transmitiese los contenidos de una cierta manera. No necesitaba nada más que la hora de clase, y nadie podía impedir que, en muchas ocasiones, lo que les decía en clase se convirtiera en tema de diálogo en el comedor de la facultad.
No necesitamos nada más, nada paralelo o añadido, si aceptamos el desafío de la realidad, porque lo que verdaderamente nos provoca es ver cómo vive uno la realidad. Don Giussani decía: «El inicio es una presencia que se impone. El inicio es una provocación, pero no para el “cerebro” […] [sino] para nuestra vida; lo que no es provocación para la vida, nos hace perder tiempo, energía y nos impide la verdadera alegría»21, y por tanto, con el tiempo, deja de interesarnos. «La presencia educativa es la presencia del adulto como una persona unitaria»22, lo cual tiene que ver con todo, desde la didáctica al ambiente escolar. Si la mirada nueva que el encuentro despierta, no llega hasta descubrir el mejor recorrido para comunicarse, si no llega hasta plasmar la didáctica, sucumbimos al dualismo.
Me escribe uno de vosotros: «He vuelto a la escuela (al Liceo) después de cinco años de ausencia y me encuentro en la misma situación que había experimentado hace tiempo. Puedo decir que preparo las clases y que año tras año éstas se enriquecen con la experiencia de muchos encuentros, lecturas, aportaciones y juicios compartidos con otros amigos profesores. Pienso que el contenido de mi comunicación no es neutro: los chavales (he creído siempre) reciben un material válido con el que confrontarse. Sin embargo, empiezo a notar (ayer como hoy) que cuando pregunto a mis alumnos (especialmente a los más aplicados y conscientes) se insinúan en sus respuestas elementos que no provienen de lo que yo les he dicho, sino de lo que encuentran escrito en su libro de texto. Cuando vuelven a casa después de mi clase, aunque ésta haya resultado muy interesante, aprenden de sus libros nociones que son exactamente lo contrario de lo que yo propongo: el “después” cancela el “antes”. Esto me hace comprender lo importante que es abrazar la realidad en todos sus aspectos, incluida la didáctica, es decir, el conjunto de los materiales que sirven para el aprendizaje. Si nuestra preocupación educativa no llega hasta este punto, es como si nos rindiésemos de entrada frente al reto cultural que nos compete, que es sólo nuestro y que no podemos delegar en otros». ¿Comprendéis el desafío? No me interesa el número: si son diez personas las que aceptan este desafío, yo estaré con ellos. Si alguien quiere hacer otra cosa, allá él; a mí no me interesa.
De la didáctica al ambiente. El segundo factor de la presencia cristiana es hacerse presente dentro del ambiente. «El cristianismo –explicaba don Giussani– es el anuncio de Dios encarnado, y esto no significa sólo decir que Dios se hizo carne, sino que permanece vivo en la historia, dentro del tiempo y del espacio. Entonces es preciso que nos hagamos presentes dentro de la trama normal de la sociedad, haciendo cuentas con un poder que se cuela por todas partes […] en la vida del individuo y que le condiciona manipulándolo para sus fines; necesitamos hacernos presentes en el ambiente, medirnos con el mundo en su concreción capilar. Cuántas veces hemos creído que vivir nuestro Movimiento fuese añadir algunas actividades a la vida concreta de todos [esto no será jamás el Movimiento, como jamás será el cristianismo, porque es lo contrario de lo que hizo nuestro Señor: tomó carne humana], o que asumir la problemática de los ambientes de la familia, del barrio, de la escuela, fuese algo “añadido” a la comunión entre nosotros. Esta es la mentalidad de todos […]. [Por el contrario] la presencia cristiana implica hacernos presentes con toda nuestra humanidad en el ambiente»23. Esta es la verificación de la fe: la certeza de mi fe me permite estar en cualquier situación. De no ser así, ¿por qué debería interesarme la fe? ¿Por qué me interesaría Cristo si no me permitiera estar en la realidad en cualquier situación, ante cualquier circunstancia?
Por eso dice: «o la fe se vive en el ambiente o no es verdadera». Si la fe no me sirviera para vivir, antes o después me ocurriría como a muchos cristianos, para los cuales la fe no tiene que ver con la vida: no es que la nieguen, simplemente han dejado de interesarse por ella. Nosotros buscamos verificar nuestra fe, porque «el ambiente es cualquier aspecto de la trama normal y de la modalidad práctica con la que el mundo implica y condiciona: por eso es la familia, el barrio, la amistad, el sindicato, el ambiente de trabajo, la política, todo»24.

Si no entramos en la realidad, amigos (lo leíamos en la Escuela de comunidad; bastaría estudiarla como es debido), en lugar de ser una presencia que suponga un encuentro y una llamada para otros, acabaremos haciendo propaganda: «La propaganda consiste en difundir algo porque lo pienso yo o me interesa. La llamada […], en cambio, consiste en despertar algo que está en el otro»25. Pero ¿cómo lo despierto? Sólo si soy una presencia. Sólo despierto el interés de los otros por mi manera de vivir la realidad. No lo consigo comunicando tan sólo un discurso; así hago propaganda, pero no despierto nada en el otro. «La llamada que hago a un compañero mío consiste en ayudarle a encontrar su verdad, su verdadero nombre (en el sentido bíblico), a reencontrarse a sí mismo. Mi anuncio de cristiano es, por tanto, la contribución más aguda a su libertad, porque libertad significa ser uno mismo. Por esto nuestra llamada es un gesto supremo de amistad». Despertar algo que está en el otro no es hacerle “de los nuestros”; del camino que cada cual debe hacer para llegar a su destino se ocupa el Misterio. A nosotros nos interesa testimoniar a Cristo, testimoniar la potencia de Cristo que despierta el yo del otro. Lo que haga luego es cosa suya, nuestro objetivo no es sumarlo al “partido”. «De ahí que la nuestra sobre todo no sea nunca una llamada a adoptar determinadas formas, determinados criterios o esquemas, o una organización particular, sino a verificar esa promesa que constituye el corazón mismo del hombre. Nosotros evocamos de nuevo en ellos lo que Dios ha puesto en su corazón al crearles [¡daos cuenta!], al colocarles en un determinado ambiente, al formarles. Precisamente por esto no sabemos adónde les conducirá Dios»26. Pero nosotros pensamos a menudo que sabemos ya lo que el Misterio pretende hacer con ellos, lo cual es una tomadura de pelo. Lo que me sorprende muchas veces es la falta del sentido del Misterio, porque nosotros creemos saber de antemano… pero, ¿estáis seguros?
«El plan –continua don Giussani– es Suyo [de Dios]. No podemos saber cuál será su vocación [bastaría una frase así para hacernos reconsiderar todo lo que hacemos]. La nuestra es, por tanto, una llamada ante todo lo que constituye el valor de la vida de un hombre, a conocer su destino, su vocación, a la realización de ésta y nada más [dice exactamente esto]; hay que llamar al otro reviviendo los motivos por los que lo hacemos. Es precisamente el resplandor, la expresión de este revivir nuestro, lo que constituye el llamamiento para el otro. [El esplendor de nuestro vivir se llama testimonio. ¡Lo demás es discurso!] De ahí que la llamada no sea algo extrínseco a nosotros, una tarea exterior a nosotros. Cuando uno ha perdido la viveza de la adhesión anuncia con frialdad, como quien expone una fórmula, una ideología; a menudo lo que hace es una propaganda que sólo produce discusiones: él mismo se siente extraño al otro. Debemos hacer que todo nuestro modo de obrar, las iniciativas que asumimos, las invitaciones que hacemos, estén invadidas y vivificadas por una genuina preocupación ideal. Nosotros compartimos todas las preocupaciones de los demás, porque son humanas. Pero en nosotros hay algo más: en nosotros cada gesto está atravesado por la preocupación profunda de amar al hombre, esto es, de ayudarle a ser verdaderamente libre, a caminar hacia su destino [según un designio que no es nuestro]. Esta es la ley de la caridad: el deseo de que el otro sea él mismo […]. Nosotros queremos ser gente que ciertamente va a clase y al trabajo con la preocupación de sacar buenas notas o de recibir una buena paga, con la curiosidad [el deseo] de saber y de aprender, con el deseo de vivir relaciones que llenen el tiempo e impidan el aburrimiento; pero sobre todo queremos ser gente que siempre vaya al trabajo, a la escuela o a ver a los amigos con un ideal en el corazón, con el anhelo ideal supremo de amar a Cristo y la Iglesia»27.
Lo que acabo de leer muestra cómo es nuestra fe, supone la verificación de nuestra fe. Si nuestra propuesta es vivir ante los demás, los destinatarios son todos –todos–, porque nosotros vivimos ante todos y no sabemos en principio quiénes serán aquellos a los que el Señor quiere mover en lo más íntimo a través de nuestro testimonio. No lo sabemos. Por ello, «es totalmente errónea aquella actitud por la que nuestro compromiso educativo en la escuela ha buscado cristalizarse en actividades alternativas»28 a la vida y los intereses de todos. No podemos hacer dos grupos de GS distintos: el de los chicos que se sienten desafiados por nuestra vida y el de los que ocupan su tiempo con nuestras iniciativas porque no tienen nada mejor que hacer. Con frecuencia creamos dos experiencias distintas de GS. Podemos llenarlas de chicos, pero yo comenzaría a preocuparme si en una situación así optáramos por el segundo grupo. No me importa que seamos muchos o pocos; lo importante es si vienen con nosotros porque se sienten desafiados en sus intereses.
Escuchad lo que escribe uno de vosotros: «Hace unos meses estaba buscando unos locales para una ampliación de nuestra escuela. Fui a ver algunas aulas en una parroquia cercana. El sacerdote que me acompañaba me contaba, con evidente satisfacción, que su parroquia, que durante algunos años había quedado desierta, florecía en la actualidad a raíz de la llegada de los inmigrantes (sobre todo de Marruecos). Me decía que había multitud de actividades y de encuentros; en resumen, que los “números” volvían a ser los de antes. Un poco perplejo continué la visita de los locales parroquiales. En un momento determinado, entramos en una sala multimedia en donde algunos chicos veían cómodamente la televisión. Mientras el sacerdote me explicaba enfervorizado que era necesario dar a estos chicos la oportunidad de no perder el contacto con la tradición de sus países de origen, me di cuenta de que a las tres de la tarde aquellos chicos habían sintonizado en un decodificador por satélite una emisión árabe. Este episodio me hizo comprender de una vez por todas que el problema no son los “números” (y por tanto el éxito de lo que hacemos), sino que yo esté ante la realidad esperando que Cristo se manifieste».
Es posible que, debido al avance de la parálisis y la destrucción de las personas, seamos capaces de atraer a más gente, pero sería un pobre consuelo si sólo vinieran con nosotros por porque no hay otra cosa que hacer. ¿Vienen con nosotros porque se sienten atraídos o porque no tienen nada que hacer? ¿Es nuestra propuesta un desafío verdadero o no? Porque, de nuevo, podemos hacer dos “guisos” distintos y podemos hacer dos experiencias de GS distintas.

Esto nos lleva a comprender cómo actúa el Misterio y cómo debemos estar nosotros ante su obra. No decidimos nosotros qué mueve a otro en lo más íntimo; es el Misterio el que obra a través del último que llega o a través de aquel que Él decide. Y nosotros debemos obedecer a la forma en que Él hace las cosas. Por eso el primer gesto de cualquier autoridad responsable, de cualquier persona que tenga responsabilidad entre nosotros, será obedecer a las cosas tal y como el Misterio las hace surgir. Y si las hace nacer a través de uno de nosotros, todos debemos tender a ver cómo podemos acompañarlo, ayudarlo, y no buscar rápidamente como encajarlo en la estructura. ¿Estáis seguros de que, cuando vosotros hacéis esto (encajar a alguien en la estructura), los chicos os siguen? Pero, ¿estamos locos? No es así, porque el Señor no es ingenuo y mueve las cosas y a las personas según Su método. Él, que nos conoce a todos, sabe qué hacer. O respetamos su forma de obrar y Le obedecemos –por eso, la primera autoridad es aquel que obedece más, no el que hace más–, o encajamos a las personas en una organización. En cambio, cuando el Señor conceda a uno de nosotros la gracia de representar un encuentro para otro, al ver lo que Él hace a través suyo, buscará enseguida cómo ofrecerle el único lugar en el que el atractivo no se extingue. No se le ocurrirá pensar que es suficiente con que el chico le siga a él para que madure su experiencia cristiana, porque es absurdo. Es imprescindible el dinamismo entre la pertenencia y la persona, entre la autoridad y la libertad, que se necesitan mutuamente.
Por eso nos acompañamos entre nosotros y acompañamos a los demás (lo digo sintéticamente con la frase que he puesto como título en el Cuaderno de La Thuile) siendo Amigos, es decir, testigos. Somos amigos, entre nosotros y con los chicos, si nos testimoniamos en cada circunstancia una manera de vivir que nace de la fe, del reconocimiento de Su presencia. Esto nos permite abrazar a todos, y afrontar todo, hasta los particulares del mundo de la enseñanza.

Termino con algunas observaciones sobre cosas concretas, operativas.
Si uno desea que su experiencia cristiana dé forma a lo que enseña, es imposible que no se interese por el trabajo que realiza Diesse (Didattica e innovazione scolastica-Centro per la formazione e l'aggiornamento), no solamente porque puede utilizarlo, sino porque debe contribuir a ello; cada uno de nosotros debería contribuir al trabajo de Diesse para que sea útil para todos. Porque es mucho más interesante y podemos ayudarnos mucho más, si todas las cosas circulan entre nosotros como el resultado de nuestra comunión, si nos ofrecemos todos los instrumentos que nosotros solos no habríamos podido crear. Existe tanta riqueza entre nosotros que podemos acompañarnos verdaderamente incluso en los particulares de la didáctica.
Lo mismo sucede con la Federazione Opere Educative (FOE) y con las escuelas promovidas por personas del movimiento: es fundamental echarnos una mano y ayudarnos.
Aprovecho esta ocasión para clarificar mi posición con respecto a la posibilidad de ir a dar clase a los colegios estatales: ahora existe una oportunidad enorme para muchos de vosotros de enseñar en la escuela estatal. Ahora bien, mi deseo no es que todos lo hagamos. Digo solamente que esta es una ocasión misionera para todos nosotros. Muchas escuelas adheridas a la FOE tienen veinte profesores o más; me pregunto si los veinte son decisivos para mantener la escuela o si diez de ellos podrían con gran utilidad hacer llegar su testimonio a la escuela estatal. No porque la escuela libre no sea útil, sino porque nosotros somos para todos. Será necesario por tanto, en cada caso, ver si las personas que hay son absolutamente indispensables, pero yo me preguntaría si todos, los veinte, son indispensables.
Quería únicamente compartir con vosotros una preocupación. En este momento tenemos una excelente oportunidad (puede que en otro momento no exista una posibilidad así). ¿De qué modo nos desafía? ¿A qué nos reclama a esta posibilidad? Sólo digo una cosa: nosotros no tenemos otro criterio que la misión. Esto no quiere decir abandonar sin criterio las escuelas libres, sino ver cómo estamos todos nosotros frente a esta situación.
Un ejemplo: cuando una chica del Grupo Adulto que enseña en una escuela de iniciativa social gestionada por amigos nuestros dio su disponibilidad para la misión, llamé en primer lugar al director de la escuela y le dije: «¿Es indispensable esta chica? ¿Puedo tomar en serio esta posibilidad, esta disponibilidad suya a la misión, o sería un daño grave para la escuela?». Una vez que me dijo que no era indispensable, acepté la disponibilidad. Este es mi criterio sobre la situación de la escuela. Este ejemplo vale más que mil palabras. Todos nosotros debemos ponernos frente a esta posibilidad con el deseo de responder a nuestra vocación: ¿Cómo podemos comunicar a todos lo que nos ha acontecido, en este tiempo particularmente dramático para la educación?

La intención de esta intervención es ayudaros en este momento. Es una propuesta que podemos verificar durante todo este curso en distintas ocasiones, entre nosotros o entre vosotros. Os propongo hacer una asamblea sobre este tema al terminar el curso escolar, para acompañarnos en el camino que estamos haciendo juntos.

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