Educar a la totalidad
autor: Marco Bersanelli
fecha: 2006-03-01
fuente: Educare alla totalità

El occidente ha desarrollado enormemente la ciencia, pero parece haber perdido de vista sus fundamentos culturales y antropológicos. Un científico habla

Las vocaciones científicas en Italia escasean. Del 1990 al 2002 los inscritos a Física, Matemática, Química y Geología han bajado de 13.600 a 7.300, prácticamente la mitad. Algunas situaciones tienen hasta casos extremos: en Bari en el 2004 hubo 3.500 inscripciones en Psicología y 37 en Física. Informática y Biología están en contra de la tendencia, pero el efecto global es evidente y el Gobierno está promoviendo soluciones quizás con inversiones tardías. Hay ciertamente razones, todas italianas, detrás de esta situación pero la caída de interés de los jóvenes por las disciplinas científicas no está limitada a nuestro País: incluye todo el "bloque occidental" de Europa a Australia, de EE.UU. a Sudáfrica. En la década 1990-2000 los inscritos a Física en Francia se han reducido a la mitad, en Holanda a un tercio. En EE.UU. el fenómeno está disfrazado por el intercambio de estudiantes orientales, especialmente chinos e hindúes, que en los años recientes tienden a volver a sus Países en vez de sustentar el sistema técnico-científico americano despojado de vocaciones locales. El problema tiene pues raíces más vastas de los males de nuestra casa. Parece que a occidente le cuesta sustentar aquella ciencia que tan profundamente ha marcado su historia y su ascensión en el mundo. Podría tratarse de una oscilación estadística, pero también podríamos encontrarnos frente a un síntoma profundo de decaimiento de la misma cultura occidental (no sería lo único).

Como nace la ciencia

Todo eso vuelve dramáticamente actual la pregunta: ¿qué cosa relanza y favorece el interés por la ciencia en los jóvenes? ¿Cuáles presupuestos culturales son terreno fértil para su surgimiento? Se da por hecho que el proceso científico una vez encaminado se mantenga casi automáticamente, de una generación a la otra, de un siglo al siguiente. Pero quizás esto no es verdad: quizás sea necesario que algunos requisitos mínimos sean respetados, tanto al inicio como en el largo período. Según la síntesis de Peter Hogdson del Oxford University, el primer surgir de aquel modo particular del conocimiento que llamamos ciencia ha necesitado presupuestos precisos sea de orden material que de concepción del mundo. Ante todo fue necesario esperar el desarrollo de una estructura social suficientemente compleja, de instrumentos lingüísticos desarrollados (escritura y matemáticas) y de un sistema escolar adecuado. La organización de las abadías y de las primeras universidades en la edad media de la Europa occidental habrían realizado por primera vez estas condiciones. Desde entonces hasta hoy, evidentemente, tales presupuestos "materiales" se han fortalecido enormemente, acelerando de modo fantástico el desarrollo científico. Basta pensar que en los últimos cuatro siglos las dimensiones del mundo conocido han aumentado de 15 órdenes de tamaño: el universo que escudriñamos hoy es un millón de mil millones de veces más amplio que aquél que se conocía a los principios del siglo XVII.

La realidad creada

Pero para que la ciencia emergiera fue igualmente decisiva una cierta concepción de la realidad, de la razón humana y del valor del conocimiento que la misma cultura medieval realizó. El nacimiento de la pregunta científica exige la convicción que la realidad material sea ante todo digna de ser conocida; que haya un orden en el comportamiento del mundo físico; que este orden o regularidad sea accesible a nuestra razón a través de la observación; finalmente, que el conocimiento cuantitativo de la naturaleza tenga una posible utilidad. La concepción teológica de la Edad Media católica realizaba todos estos requisitos: la realidad es buena y ordenada porque es creada por un Dios personal y racional; cada criatura individualmente es significativa en cuanto es signo del Creador. El orden del universo es huella de la paternidad de Dios («… todas las cosas tienen un orden entre ellas, y esto es forma que hace el universo semejante a Dios », Dante, Paraíso I,103-105).
El universo es creado por Dios, pero es distinto de Él: la creación es fruto de la libertad de Dios (¡la ciencia no ha nacido y no podía nacer en un contexto panteísta!). En consecuencia para conocer el universo no es suficiente razonar correctamente: hace falta observar la realidad. Y ya que es la libertad de Dios quien crea el universo, el hombre consciente no será esclavo del prejuicio: él sabe que no le corresponde dictar condiciones sobre cómo tienen que ser hechas las cosas. En el hombre que observa la naturaleza nace, entonces, una afección a la realidad creada, y al mismo tiempo una capacidad de distancia de ella, que permite y anima el conocimiento.

Olvidar el "misterio"

La cultura occidental se encuentra hoy en una paradójica dificultad: ella ha desarrollado enormemente la ciencia, pero parece haber perdido de vista sus presupuestos culturales y antropológicos. Como un árbol de las enormes frondas cuyas raíces se han atrofiado.
Podemos intentar ser más precisos con un par de ejemplos que conciernen dos "categorías", relevantes por la aproximación científica, que la mentalidad moderna poco a poco ha vuelto extrañas, enemigas de la razón: la idea de "misterio" y aquella de "totalidad". La concepción actual dominante no reconoce ningún misterio tras las cosas, habiendo reducido progresivamente la realidad a su apariencia. El problema es que una realidad concebida como pura apariencia no se presta a ser investigada científicamente. El científico en acción en efecto instintivamente está a la búsqueda de un secreto detrás de las cosas: él vive con la tensión hacia un orden inteligible que se esconde bajo los fenómenos y los ata entre si. El considerar menos la idea de misterio, a la larga, vacía la realidad de atractivo, desmotiva la búsqueda, hasta hacer caer el gusto de la materialidad de las cosas. Einstein decía que quien no admite el misterio insondable no puede ser un científico: quizás hoy estamos dándonos cuenta del valor profético de aquella afirmación.

Detalle y totalidad

La caída de la idea de totalidad puede ser igualmente nociva para la ciencia. El método científico opera sobre aspectos limitados y parciales del mundo, "provisionalmente" aislándolos del contexto para poder analizar las propiedades de modo riguroso y cuantitativo. Si tengo que estudiar el ojo de la mariposa, es como si por un momento existiera solamente el ojo de la mariposa. Pero sé que aquel detalle se inserta en su contexto inmediato (la mariposa) y sin solución de continuidad, como por círculos concéntricos, en su contexto global, hasta la estructura total del universo. Si se elimina la idea de totalidad, el detalle individual se encuentra "definitivamente" desvinculado del contexto por el cual recibe sentido y medida: el detalle está destinado a morirse de soledad. Dice Luigi Giussani del El riesgo educativo: "El sentido de una cosa se descubre en su conexión con el resto. Por tanto conocer una cosa significa descubrir que utilidad tiene esa cosa para el mundo". Al final, tampoco el conocimiento científico es la excepción: el detalle sin nexo con la totalidad se apaga, a la larga se vuelve insignificante.

La totalidad de la persona

A lo largo de la historia la ciencia ha pretendido vivir en una especie de intocable aislamiento, casi como si fuera la única modalidad de conocimiento que se bastaba a sí misma. Al contrario una auténtica educación científica no puede más que nacer como expresión de una preocupación educativa "entera", es decir de la introducción de la persona a la realidad total. La experiencia científica, a su vez, no puede más que tener como sujeto protagonista la persona en su totalidad: sólo así podrá contribuir a su educación, según los aspectos que son la riqueza de su particular aproximación: la capacidad de atención y observación del dato, la disposición racional y moral a formular preguntas, el rigor en el método y en el empleo de la razón, la tensión a la síntesis, la disponibilidad a la novedad imprevista. Personas educadas en el ámbito de una experiencia viva de cristianismo podrían ser proclives a redescubrir un nuevo entusiasmo por la ciencia en nuestra época post-moderna. Una experiencia cristiana auténtica, en efecto, por su naturaleza, valoriza la realidad, genera a su vez una atención particular por todo lo que existe, hasta en el detalle, en cuanto percibido como regalo. Ella educa a la familiaridad con el misterio y a la apertura al horizonte total, introduciendo a una simpatía profunda por el universo. Aquí se vislumbra la posibilidad de una nueva "unidad" del conocimiento, no tanto como punto de llegada de una improbable dialéctica "interdisciplinaria" acordada abstractamente, sino como camino hacia la conciencia de la común raíz de todas las cosas.

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