Educar la razón, la experiencia como método
autor: Francesco Ventorino
fecha: 2008-02-23
fuente: Educare la ragione: l’esperienza come metodo
acontecimiento: Congreso: "Una escuela que enseña a razonar: el método de la experiencia". Universidad Católica del Sagrado Corazón, Milán (Italia)
traducción: María Eugenia Flores Luna

1. La razón es exigencia de verdad

"Todos los hombres - ha escrito Aristóteles - son inclinados por naturaleza al conocimiento" (1). La naturaleza, para Aristóteles, señala el grado de perfección de cada ser y, al mismo tiempo, indica aquel dinamismo intrínseco por el cual cada ser tiende al cumplimiento que le es propio. Siendo el hombre por naturaleza razonable, anhela aquella perfección que consiste en el conocimiento de la razón última de todas las cosas, es decir la verdad en su entereza.
El hombre es, pues, exigencia de aquella Sabiduría que atañe a las primeras causas y a los primeros principios:

En efecto los hombres, sea en nuestro tiempo que desde el principio, han hecho de la maravilla la ocasión para filosofar, ya que desde el principio ellos se asombraron de los fenómenos que estaban a mano y de los que ellos no sabían darse cuenta, y en un segundo momento, poco a poco, procediendo de este mismo modo, se encontraron frente a mayores dificultades, como las afecciones de la luna y del sol y de las estrellas y el origen del universo. Quien está en la incertidumbre y en la maravilla cree estar en la ignorancia (por tanto también quien es propenso a las leyendas es, en cierto modo, filósofo, ya que el mito es un conjunto de cosas maravillosas) y por lo tanto, si es verdad que los hombres se pusieron a filosofar con el objetivo de rehuir de la ignorancia, es evidente que ellos perseguían la ciencia con el puro objetivo de saber y no por alguna necesidad práctica.

Y es testimonio de eso también el curso de los eventos, ya que sólo cuando estuvieron a su disposición todos los medios indispensables para la vida y [aquellos] que procuran bienestar y comodidad, los hombres comenzaron a darse a este tipo de investigación científica. Está claro, entonces, que nosotros nos dedicamos a tal investigación sin mirar alguna necesidad que a ella sea extraña, pero, como nosotros llamamos libre al hombre que vive para sí mismo y no para otro, así también consideramos tal ciencia como la única que es libre, ya que solamente ella existe por sí misma (2).

Estas consideraciones muestran cómo el hombre, una vez satisfechas sus exigencias primarias, todavía quede insatisfecho, porque no tiene la respuesta a aquella pregunta que lo inquieta más que las otras.
Ella nace de la maravilla, de la sorpresa por una presencia, la presencia de la realidad. La maravilla genera la curiosidad, es decir el deseo de conocer el por qué de esta presencia. La curiosidad genera, luego, aquella Ciencia que es guiada por la pregunta sobre el ser en cuanto tal, pregunta que no desaparece hasta cuando el yo humano no haya llegado al conocimiento de la causa última.
La educación de la razón consistiría, pues, para Aristóteles en el favorecer este movimiento suyo que tiende a conocer el porque último de las cosas.
El Santo Padre en el mensaje enviado en ocasión de la inauguración del año académico de la Universidad "La Sapienza" de Roma, a la cual le ha sido impedido participar, ha afirmado que en esta búsqueda filosófica de Dios "los cristianos de los primeros siglos se han reconocido a sí mismos y su camino". En efecto ellos

han acogido su fe no de modo positivista, o como la vía de escape de deseos no satisfechos; la han comprendido como la disolución de la niebla de la religión mitológica para dejar espacio al descubrimiento de aquel Dios que es Razón creadora y al mismo tiempo Razón-Amor. Por esto, el interrogarse de la razón sobre el Dios más grande como también sobre la verdadera naturaleza y sobre el verdadero sentido del ser humano era para ellos no una forma problemática de falta de religiosidad, sino hacía parte de la esencia de su modo de ser religioso. […] Podía, más bien debía así, en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo cristiano, nacer la universidad. (3)

En la universidad medieval la razón del hombre, en efecto, venía conducida por cada cosa conocida a la búsqueda de la causa primera, aquella causa por la cual todas las cosas traen su razón y su verdad, y venía llevada a reconocer que sin este conocimiento el deseo intelectual del hombre no encuentra su saciedad. El gran santo Tomás de Aquino así, en efecto, argumentaba:

El objeto del intelecto es lo que existe (quod quid est), es decir la esencia de las cosas, como se dice en el libro III De anima. Por lo cual, en tanto progresa la perfección del intelecto en cuanto conoce la esencia de algo. Si, pues, cierto intelecto conoce la esencia de cierto efecto, mediante el cual no puede conocer la esencia de su causa, hasta no conocer de la causa qué cosa es (quid est), no se puede decir que haya tenido un conocimiento verdadero, aunque si mediante el efecto puede saber de la causa que ella existe (an sit). Y así queda naturalmente en el hombre el deseo, una vez conocido el efecto y sabido que ello tiene que tener una causa, de conocer incluso de esta causa qué cosa es (quid est). Y este deseo es de la maravilla y causa la búsqueda, como se dice al principio de la Metaphysica […]. Si por tanto el intelecto humano, conociendo la esencia de algún efecto creado, no conoce de Dios si no que existe (nisi an est), no ha alcanzado todavía su perfección en el conocimiento de la causa primera, queda por tanto en él el natural deseo de tratar de conocer esta causa. Y por lo tanto no es perfectamente beato. Para la perfecta beatitud por tanto se requiere que el intelecto alcance la misma esencia de la causa primera. Y así tendrá su perfección por la unión con Dios, como con el objeto en la cual solamente consiste la beatitud del hombre (4).

Por lo cual en el hombre:

Si sólo viera a Dios, que es la fuente y el principio de todo ser y de la verdad, se cumpliría talmente su natural deseo de conocer, que no buscaría nada más y sería beato. Por tanto dice san Agustín en V Confess.: «Infeliz el hombre que conoce todas aquellas cosas [es decir las criaturas], y no Te conoce: beato en cambio el hombre que Te conoce, aunque no conoce aquellas cosas. Quien Te conoce e incluso conoce aquellas, no por aquellas es más beato, sino sólo por Ti es beato » (5).

El hombre medieval creía legítimo, además, deducir de la disposición natural de nuestras facultades la posibilidad de esta beatitud, y por tanto la existencia de la causa de nuestro deseo y del objeto de su realización, es decir Dios. Y creía tan razonable esta posición que afirmaba que más bien sería imposible a la razón pensar que un deseo natural pueda ser inútil, (inane) (6), porque no se podría explicar la presencia. En cada deseo natural, en efecto, existe de cualquier modo un cominzo del bien que se desea (7): ¿de dónde vendría ello, pues, si no existiera su principio, es decir su causa y su objeto?
Dante ha cantado estupendamente estas cosas en el Paraíso:

Bien veo que jamás se satisface nuestro intelecto sino con la verdad, sin la cual no hay ninguna certidumbre.

Cual fiera en su cubil, reposa en ella en cuanto que la alcanza, y puede hacerlo, sino cualquier deseo seria vano.

Por ello nacen dudas, cual retoños, al pie de la verdad; y es naturaleza que a lo más alto cima a cima nos lleva (8) .

Nuestra presencia misma, aquella de un ser dotado con una facultad natural que tiene como objeto y fin adecuado el conocimiento de la esencia de Dios, nos conduce, pues, razonablemente a afirmar la existencia de esta Realidad: de otro modo no habría razón adecuada de la presencia del hombre y su deseo de conocimiento del Esse subsistens.
De la racionalidad de esta certeza, es decir que es imposible que un deseo natural sea inútil, nacía aquella actitud positiva respecto a la realidad, que ha caracterizado a la civilización medieval.
En contra está el nihilismo que predomina en la nuestra: ello tiene a la base el rechazo a esta razonable suposición, rechazo que lleva a afirmar - como ha hecho Sartre - que el ser sobra a sí mismo, es decir es una presencia absurda. Se trata de aquel nihilismo que se pone como horizonte teóretico de nuestra civilización de consumo. Si el ser no tiene ningún valor, la única relación que se puede establecer con ello es aquella del «usar y tirar».
Pero también en nuestra época no faltan testimonios de aquella exigencia de verdad que nos constituye y que nos lleva al reconocimiento de la necesidad de que ella no puede ser vana. Me complace aducir aquella de un gran escritor de mi tierra, Luigi Pirandello, el que escribía así:

A menudo mi grandeza consiste en sentirme infinitamente pequeño: pero pequeña también para mí la tierra, y más allá de los montes, más allá de los mares busco para mí algo que necesariamente tiene que existir, de otro modo no me explicaría esta ansiedad que me apremia, y me hace suspirar las estrellas… (9).

Educar la razón, pues, significa, hoy más que nunca, ayudar al hombre a hallar esta razonable posición frente al ser: la afirmación de aquel algo que por fuerza tirene que existir y que da fundamento al deseo que sustenta cualquier otro deseo, y por consiguiente el reconocimiento de la positividad de la realidad y la naturaleza misma de la razón como exigencia de verdad.

2. El camino de la experiencia (10)

La experiencia es aquel método mediante el cual, para decirla con una bonita expresión agustina, la realidad nos introduce en su verdad, es decir nos «muestra lo que esixte» (11)
Para santo Tomás de Aquino, en el cual está siempre vivísimo el atractivo de la realidad, la experiencia sensible anuncia algo de la realidad (12), que luego el intelecto aprende y afirma en el juicio. Más bien ninguna noción intelectiva puede formarse si no a partir de la experiencia sensitiva según la nota máxima: nihil in intellectu nisi prius in sensu. Justo por ésta, el intelecto humano aprende casi haciéndose conducir por la realidad sensibile (13), la que exige un tipo de continua conversión a una presencia (14).
De tal presupuesto santo Tomás trae una consecuencia teológica de decisiva importancia, es decir la conveniencia de la encarnación de Dios:

Ya que en el estado de la presente miseria es connatural al hombre que su conocimiento se inspira en lo que es visible y solamente de ello haya adecuado cumplimiento, entonces Dios de modo congruente se ha hecho visible, asumiendo la naturaleza humana, porque de las cosas visibles venimos arrobados al amor y al conocimiento de las cosas invisibles (15).

Además para santo Tomás de Aquino de la experiencia en actu exercito del conocimiento de la realidad el hombre se remonta al conocimiento de sí mismo (redit ad essentiam suam) (16). Él, en efecto, en el conocer, «comprende su propia inteligencia y por el acto del conocimiento se conoce a sí mismo como potencia intelectiva» (17) y, por tanto, él mismo como deseo natural de ver a Dios.
La experientia es para el hombre fuente de certeza (18), por tanto aumenta su esperanza y, disminuyendo su temor, lo vuelve más seguro y experto en el reaccionar (19).
La experiencia es, pues, la aventura apasionante de la introducción progresiva del hombre en la profundidad de la realidad, por la cual se pasa de lo que se ve a lo que no se ve, y que, sin embargo, es la razón última y su consistencia.
Tal paso, que es parte de la experiencia misma, entendida como experiencia humana, se llama inteligencia de la razón de las cosas e indica aquel nivel de conciencia en el que el hombre mismo toma conciencia del significado unitario de sí mismo y de todo.
Si existe un hombre que, en nuestros días, ha contribuido de modo decisivo a la recuperación del método cognoscitivo de la experiencia humana es don Luigi Giussani. En uno de sus primerísimos escritos, integrado luego en El riesgo educativo, describía así la estructura de la experiencia:

La persona primero no existía: por tanto lo que la constituye es un dato, un producto de otro.

Esta situación original se repite en cada nivel del desarrollo de la persona. Lo que provoca mi crecimiento no coincide conmigo, es otra cosa distinta de mí.

La experiencia realiza por lo tanto el incremento de la persona a través de la valorización de una relación objetiva. […]

Lo que caracteriza la experiencia es el entender una cosa, el descubrir el sentido. La experiencia por lo tanto implica inteligencia del sentido y de las cosas. Y el sentido de una cosa se descubre en su conexión con el resto, por eso experiencia significa descubrir que una determinada cosa sirva para el mundo. […]

La verdadera experiencia sumerge en el ritmo de la realidad, y hace irresistiblemente tender a una unificación hasta el último aspecto de las cosas, es decir hasta el significado verdadero y exhaustivo de una cosa (20).

Una última unificación de la realidad, como hemos visto exponiendo el pensamiento de los medievales, siempre se escapa al hombre que a ella inevitablemente tiende por la fuerza de su razón. Ha escrito todavía don Giussani:

No puede la razón pretender conocer también sólo un pedacito, sino únicamente acercarse a su fuente de calor y a su luz original a través de insatisfechas aproximaciones analógicas (21).

En nuestra época hemos asistido a una subvaloración progresiva de la razón, y por lo tanto a una tergiversación de la experiencia humana.
La época moderna se ha caracterizado por la reducción de la realidad a su imagen, es decir a la representación que el hombre hace en función de un proyecto suyo, generando así un prejuicio nihilístico que les permite a los hombres poder disponer de sí mismos y de los otros, del mundo y de las cosas, no por lo que ellos son, sino por lo que de estos ellos exigen, o sea, por el ejercicio del propio poder.
Leemos en un ensayo brillante de Heidegger:

El rasgo fundamental del Mundo Moderno es la conquista del mundo reducido en imagen. El término imagen significa en este caso: la configuración de la producción representante. En esta producción el hombre lucha para tomar aquella posición en que puede ser aquel ente que vale como regla y canon para cada ente. Ya que esta posición se garantiza, se articula y se expresa como visión del mundo, el relacionamiento moderno al ente, al momento de su desarrollo decisivo, toma la forma de una comparación de visiones del mundo; no cierto de cualquier visión, sino sólo de aquellas ya conectadas de modo radical a las situaciones extremas del hombre. Por esta lucha entre visiones del mundo y en conformidad con el sentido de esta lucha, el hombre pone en juego la potencia ilimitada de sus cálculos, de la planificación y del control de todas las cosas (22).

Consigue que la experiencia venga concebida como un tipo de prisión que ya no consiente al hombre tener relaciones si no con las mismas sensaciones y emociones; viene por tanto negado que, a través del ex - periri, él pueda tener cualquier acceso no sólo a la realidad del mundo en su verdad, sino también a la realidad del propio yo en su profundidad ontológica.
Recientemente uno de los más reconocidos y seguidos maestros del pensamiento de los italianos, Eugenio Scalfari, ha escrito:

Los hechos son una cosa. Una cosa que aparece: fenomenología. Objeto de mirada. La mirada es en sí mismo una interpretación no puede ser otra cosa porque es mi mirada y no aquella de cualquier otra persona; yo miro aquel hecho y leo aquel texto desde la posición en que me encuentro en aquel momento y en aquel lugar; ningún otro individuo puede mirar aquel hecho desde mi misma posición, en el mismo instante y en el mismo lugar del que yo la miro. He aquí porque la realidad es relativa: Y he aquí porque no existe ninguna posibilidad de que el hecho oponga resistencia a mi interpretación (23).

Y Gianni Vattimo lo ha sustentado afirmando:

Si nosotros decimos que la diferencia entre verdadero y falso es siempre una diferencia entre interpretaciones más o menos aceptables y compartidas […],ya no tenemos necesidad de imaginar un hecho que «exista» fuera de cada lectura humana (24).

Este relativismo también vale en la observación de sí mismos. En este sentido es ciertamente emblemático el romance pirandeliano Uno, ninguno y cien mil, en el que el protagonista, después de haber notado que «el hombre toma como materia también a sí mismo, y se construye, si señor, como una casa», hace notar amargamente:

¿Ustedes creen conocerse si no se construyen de algún modo? ¿Y que yo pueda conocerlos si no los construyo a mi manera? ¿Y Ustedes a mí , si no me construyen a modo suyo? Podemos conocer solamente aquello al que logramos dar forma. ¿Pero qué conocimiento puede ser? ¿Es quizás esta forma la cosa misma? Sí, tanto para mí, como para ustedes; pero no así para mí como para ustedes: tanto es así que yo no me reconozco en la forma que me dan ustedes, ni ustedes en la que yo les doy; y la misma cosa no es igual para todos y también para cada uno de nosotros puede continuar cambiando, y en efecto cambia de continuo. Sin embargo, no hay otra realidad fuera de ésta, si no, es decir, en la forma momentánea que logramos dar a nosotros mismos, a los otros, a las cosas (25).

El prejuicio positivista, luego, ha condicionado progresivamente nuestro modo de pensar, por el cual hoy se cree que sólo los datos provistos por la ciencia serían descripciones objetivas y neutrales de "hechos" del mundo, por sí mismos subsistentes y accesibles, gracias a las metodologías apropiadas, a una "mirada conceptual" neutral. Sólo la ciencia, que cada vez más reclama su dominio sobre el hombre mismo y sobre todo lo que es humano, tendría la posibilidad de acceder inmediatamente a una serie de evidencias últimas y originariasv.
Es necesario, pues, hoy más que nunca //reeducar al hombre al uso de su razón en toda su amplitud, porque lo que no es acogido razonablemente no puede ser vivido humanamente
y, por lo tanto, está sometido a la precariedad del instinto o del sentimiento o bien a la fuerza prevaricadora del poder. La libertad es, en efecto, capacidad de adhesión a la verdad reconocida y no posibilidad de elección arbitraria y racionalmente inmotivada. En la ausencia de un nexo con la verdad, la libertad se niega y se reduce a pura istintividad, fácilmente condicionable por el poder, que refina cada vez más sus armas de persuasión o de chantaje, en función de una homologación y de una instrumentalización que responda siempre más a sus objetivos (26).

3. El acontecimiento

Para superar el subjetivismo hermenéutico (que encierra al hombre en su "horizonte hermenéutico", del que le sería imposible salir en el acto de su comprensión e interpretación del mundo) y el prejuicio cientifista (por el que no habría ningún conocimiento verdadero, si no aquel que deriva de la ciencia), es necesario más que nunca recuperar el concepto y el valor de "acontecimiento", como el ocurrir de algo por el cual la realidad del mundo y aquella nuestra se impone a nuestra conciencia, en fuerza de su "implacable" presencia, como absolutamente verdadera.
No hay que subvalorar, en efecto, según Giussani, el hecho de que la crisis moderna del concepto de experiencia como introducción a la verdad de la realidad, propia de la edad moderna, se haya desarrollado en un ambiente cultural formado por el cristianismo. La modernidad no es inocente con respecto a tal crisis: ella nace justo por un rechazo del acontecimiento cristiano, rechazo que se vuelve un tipo de «maldición demoníaca», en fuerza de la cual el hombre contemporáneo es condenado a renegar la verdad de cada experiencia humana y la posibilidad de cada acontecimiento.
Don Giussani ha evidenciado de modo eficaz el nexo que existe entre el rechazo del acontecimiento cristiano y la negación de la fuerza y del valor de la experiencia humana:

Los que niegan, por plagio o por distracción, la figura de Cristo están condenados a reducir la realidad así como trasluce imponente en la experiencia, como consiste, se impone y trasluce en la experiencia, están condenados a reducir esta realidad a la nada. Es decir reniegan la amplitud del "corazón" del hombre […]: sed de verdad, de belleza, de bondad, de plenitud, de perfección, de satisfacción, de felicidad. […]. Además son incapaces de admitir realmente, tienden a renegar, a no mirar a la cara y luego a renegar - como hacen ciertos filósofos que hacen furor en las columnas de los periódicos de estos tiempos - la palabra que indica el penetrar en nuestra experiencia de una cosa nueva que de hecho enriquece y precisa los recuerdos que el tiempo deja y hace de nuestra vida un camino: acontecimiento. La palabra acontecimiento no la entienden, qué cosa quiere decir acontecimiento no pueden entenderlo. Es ésta la palabra que con furibunda ira niegan. Más bien, más profundamente reniegan que en la experiencia del hombre trasluzca una realidad, un real "real". Como Moravia, el que decía que la existencia no tiene razones suficientes para hacerse afirmar - la realidad sería "insuficiente", incapaz de persuadir de su efectiva existencia -, así que yo no tendría razones suficientes para decir: "Bebo un vaso de agua". Son las tesis de los más grandes filósofos, expresivos de la conciencia crítica y sistemática de hoy. […]

Esta restricción trágica de la posibilidad de constatar lo que existe y de la fuerza de reconocer lo que existe es como una maldición demoníaca sobre la vida del hombre, sobre el resplandor de la naturaleza, sobre la grandeza del ánimo, que vienen casi cortados en seco, hasta la raíz de cada capacidad y significado suyo (27).

Giussani ha centrado la cuestión: se trata de la negación del acontecimiento como principio y fuente del conocimiento (28).
Pero, a pesar de cada prejuicio ideológico, el acontecimiento de hecho continúa constituyendo el imponerse de la realidad a la conciencia del hombre y genera en ella, si es secundado, una verdadera experiencia, es decir su conocimiento.
Se me permita citar una vez más a Luigi Pirandello, este autor que no acaba nunca de sorprendernos por su apertura a cada aspecto de lo humano y por su capacidad de contarnos la humana experiencia.
En otra de sus novelas, Il treno ha fischiato, (El tren ha silbado), él delinea el personaje de Belluca, que por tantos años vivía la infeliz condición de empleado, "manso y sumiso" a su jefe-oficio, "circunscrito… sí, ¿quién lo había definido así? Uno de sus compañeros de oficina. Circunscrito, pobre Belluca, dentro de los límites estrechos de su árida tarea de contable, sin otra memoria que no fuese de partidas abiertas, de partidas simples o dobles o de transferencias, y de desfalcos y cobros y planteamientos; notas, libros de registro, libros, borradores, etc. Casillero ambulante: o antes, viejo burro, que tiraba callado, callado, siempre con el mismo paso, siempre por la misma calle la carreta, con anteojeras".
Así bien una tarde Belluca se había rebelado fieramente a su jefe-oficio, y luego, a la áspera reprensión de él, por poco no se le arroja encima dando a todos "un serio argumento a la suposición de que se tratase de una real alienación mental".

Parecía que la cara, improvisamente, se fuese ensanchada. Parecía que las anteojeras improvisamente se le hubiesen caído, y se hubiese descubierto, abierto de improviso al alrededor al espectáculo de la vida. Parecía que las orejas improvisamente se hubiesen desatascado y percibieran por primera vez voces, sonidos jamás advertidos […]
– ¿Qué significa? – había exclamado entonces el jefe-oficio, acercándosele y cogiéndolo por un hombro y sacudiéndolo.
– ¡Oye, Belluca!
– Nada, – había respondido Belluca, siempre con aquella sonrisa entre lo impúdico y lo imbécil sobre los labios. – El tren, Sr. Caballero.
– ¿El tren? ¿Qué tren?
– Ha silbado.
– ¿Pero qué estás diciendo?
– Esta noche, Sr. Caballero.
Ha silbado. Lo he oído silbar…
– ¿El tren?
– Si señor. ¡Y si supiese adónde he llegado! ¡A Siberia… también… a las selvas de Congo…. se hace en un instante, Señor. Caballero! […]

Los demás empleados, a los gritos del jefe-oficio enfurecido, habían entrado en la habitación y, oyendo hablar así a Belluca, daban risotadas de locos.

Entonces el jefe-oficio – que aquella tarde estaba de mal humor – chocado por aquellas risotadas, estaba enfurecido y había maltratado a la mansa víctima de sus tantas bromas crueles. Si no que, esta vez, la víctima, con estupor y casi con terror de todos, se había rebelado, había despotricado, gritando siempre aquella extravagancia del tren que había silbado, y que, por Dios, ahora no más, ahora que él había oído el tren silbar, no podía más, ya no quería ser tratado de aquel modo.

Lo habían a viva fuerza agarrado, contenido y arrastrado al hospicio de los locos.

Aún continuaba, aquí, hablando de aquel tren. Imitaba el silbido. Ay, un silbido muy lamentoso, como lejano, en la noche; triste. Y, enseguida después, añadía:

– Se parte, se parte…. Señores, ¿para dónde? ¿para dónde?

Y miraba a todos con ojos que ya no eran los suyos. Aquellos ojos, normalmente oscuros, sin brillo, fruncidos, ahora le reían brillantes, como aquellos de un niño o de un hombre feliz; y frases sin sentido le salían de los labios. Cosas inauditas, expresiones poéticas, imaginativas, extrañas, que tanto más asombraban, en cuanto no se podía en algún modo explicar cómo, por cuál prodigio, florecieran en boca de él, es decir a uno que hasta ahora no se había ocupado nunca de otra cosa que de cifras y registros y catálogos, quedando como ciego y sordo a la vida: máquina de contabilidad. Ahora hablaba de azules horizontes de montañas nevosas, alzadas al cielo; hablaba de viscosos cetáceos que, voluminosos, sobre el fondo de los mares, con la cola hacían la coma. Cosas, repito, inauditas. […]

Señores, Belluca, había olvidado desde hace muchos y muchos años - pero justo olvidado - que el mundo existía.

Absorto en el continuo tormento de aquella desgraciada existencia suya, absorto todo el día en las cuentas de su oficio, sin jamás un momento de respiro como una bestia vendada, uncida a la tranca de una noria o un molino, si señores, se había olvidado desde hace años y años - pero justo olvidado - que el mundo existía.

Dos tardes antes, tirándose a dormir exhausto sobre aquel feo sofá-cama, quizás por el excesivo cansacio, insólitamente, no había logrado dormirse enseguida.

Y, de repente, en el silencio profundo de la noche, oyó, de lejos, silbar un tren.

Le había parecido que las orejas, después de tantos años, quién sabe cómo, de repente se hubieran desatascado.

El silbido de aquel tren lo había desgarrado y llevado de repente la miseria de todas aquellas horribles angustias, y casi de un sepulcro destapado se había encontrado a moverse libremente, anhelante en el vacío aireado del mundo que se le abría enorme todo alrededor.

Se había cogido instintivamente a las mantas que cada tarde se tiraba encima, y había corrido con el pensamiento detrás de aquel tren que se alejaba en la noche.

Existía, ¡ay! existía, fuera de aquella casa horrenda, fuera de todos sus tormentos, existía el mundo, tan, tan lejano mundo, al cual aquel tren se encaminaba… Florencia, Bolonia, Turín, Venecia… tantas ciudades, en las cuales él de joven había estado y que todavía, cierto, en aquella noche chispeaban de luces sobre la tierra. ¡Sí, sabía la vida que allí se vivía! La vida que un tiempo la había vivido también él!. Y continuaba, aquella vida; había siempre continuado, mientras èl aquí, como una bestia vendada, giraba el eje del molino. ¡Ya no lo había pensado! El mundo se había cerrado para él, en el tormento de su casa, en la árida, hírsuta angustia de su contabilidad…. Pero ahora, he aquí, él regresaba, como por un trasiego violento, en el espíritu. El instante, que tocaba para él, aquí, en esta prisión suya, corría como un escalofrío eléctrico por todo el mundo y él con la imaginación de repente despertada podía, he aquí, podía seguirlo por ciudades conocidas y desconocidas, páramos, montañas, selvas, mares…. Este mismo escalofrío, este mismo latido del tiempo. Existían, mientras él vivía esta vida "imposible", tantos y tantos millones de hombres esparcidos sobre toda la tierra, que vivían diversamente. Ahora, en el mismo instante en que él aquí sufría, estaban las montañas solitarias nevosas que llevaban al cielo nocturno los azules horizontes…. Sí, sí, las veía, las veía, las veía así… existían los océanos… las selvas…

Y, así, él - ahora que el mundo le había entrado en el espíritu - ¡podía de algún modo consolarse! Sí, alejándose de vez en cuando de su tormento, para tomar con la imaginación una bocanada de aire en el mundo.

¡Le bastava! (29).

He aquí: ¡la realidad acontece y en su acontecer se impone a la conciencia del hombre que se abre a ella!
En un tiempo en el que se ha oscurecido el sentido de la realidad y de la razón tenemos necesidad más que nunca de recuperar la atención al acontecimiento. Educar significa ayudar a estar atentos al acontecimiento de lo real, en particular con aquel acontecimiento "excepcional" que nos devuelve el estupor y la imponencia de la experiencia.
Por "excepcional" se entiende, según la inédita interpretación del término dada por don Giussani, "aquello que tú esperas. Aquello que tú esperas debería ser natural, pero es así imposible que ocurra aquello que tú esperas, que cuando ocurre es una cosa excepcional" (30). Lo excepcional es el acontecimiento cristiano por el cual se hace presente lo que tú esperas, es decir Dios.
En su reciente encíclica Spe salvi, Benedicto XVI ha escrito una página admirable sobre el acontecimiento cristiano:

Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible. El ejemplo de una santa de nuestro tiempo puede en cierta medida ayudarnos a entender lo que significa encontrar por primera vez y realmente a este Dios. Me refiero a la africana Josefina Bakhita, canonizada por el Papa Juan Pablo II. Nació aproximadamente en 1869 – ni ella misma sabía la fecha exacta – en Darfur, Sudán. Cuando tenía nueve años fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Terminó como esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, donde cada día era azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le quedaron 144 cicatrices para el resto de su vida. Por fin, en 1882 fue comprada por un mercader italiano para el cónsul italiano Callisto Legnani que, ante el avance de los mahdistas, volvió a Italia. Aquí, después de los terribles « dueños » de los que había sido propiedad hasta aquel momento, Bakhita llegó a conocer un «dueño» totalmente diferente – que llamó «paron» en el dialecto veneciano que ahora había aprendido –, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un « Paron » por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el «Paron» supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba «a la derecha de Dios Padre». En este momento tuvo «esperanza»; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través del conocimiento de esta esperanza ella fue «redimida», ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sin Dios (31).

Josefina Bakhita, a través de una familia cristiana, había encontrado lo excepcional hecho presente en la caridad cristiana. A través del acontecimiento de este encuentro había entrado de repente en ella la verdad sobre Dios y sobre sí misma.
Don Giussani ha escrito en El riesgo educativo:

La separación del cielo de la tierra es el delito que ha vuelto el sentido religioso o, mejor, el sentimiento religioso, vago, abstracto, como una nube que corre en el cielo y pronto se disuelve, se debilita y desaparece, mientras la tierra queda dominada – que lo queramos o no - últimamente como fue con Adán y Eva, por el orgullo, por la imposición de sí, por la violencia. El rabino de Roma, Elio Toaff, ha escrito en un libro reciente: «La época mesiánica es justo lo contrario de lo que quiere el cristianismo: nosotros [hebreos] queremos traer a Dios a la tierra y no el hombre al cielo. Nosotros no damos el reino de los cielos a los hombres, sino queremos que Dios vuelva a reinar en la tierra». ¡Cuando lo he leído he saltado sobre la silla! Ésta es exactamente la característica del carisma con que hemos percibido y sentido el cristianismo, porque el cristianismo es «Dios en la tierra» y nuestra obra, toda nuestra vida, tiene como objetivo la gloria de Cristo, la gloria del hombre Cristo, del hombre-Dios Cristo. La gloria de Cristo es una cosa temporal, del tiempo, del espacio, de la historia, en la historia, más acá del último límite, porque más allá piensa sólo Él en hacerse gloria: coincide con lo eterno de allá, pero acá, si yo no lo sirvo, Su gloria es menor (32).

Educar significa ser el lugar de esta presencia, donde cielo y tierra se besan y por lo tanto el cielo, que es la verdad de la tierra, se muestra con imponente evidencia.
La familia es el primer lugar en que se puede mostrar como el cielo y la tierra se tocan, cuando el sentido último de la historia y las cosas, es decir la gloria de Cristo, se convierte en la forma de las relaciones cotidianas, la razón de su fidelidad y gratuidad y se muestra en toda su belleza.

4. El drama de la libertad

La experiencia de la belleza no quita, en cambio, el drama de la libertad: ella también puede rechazar este supremo testimonio de la positividad de la realidad.
En su novela La historia Elsa Morante inserta "un cuento proprio real, más bien un tipo de fábula o parábola", que es terriblemente significativa de la dramática posibilidad que tiene al hombre de frustrar aquel evento, a la cual es ligada la propia salvación:

Había una vez un soldado de las SS que, por los delitos horrendos que había cometido, era llevado al patíbulo al alba. Le quedaban todavía por recorrer unos cincuenta pasos hasta el lugar de la ejecución, en el mismo patio de la cárcel. En ese recorrido, su mirada se posó por casualidad en el muro agrietado del patio, donde había brotado una de aquellas flores sembradas por el viento, que nacen donde pueden y diríase que se alimentan de aire y de polvo. Era una florecilla miserable, compuesta de cuatro pétalos violetas y de un par de hojitas pálidas; pero con aquella primera luz del alba, el soldado vio en ella, con su esplendor, toda la belleza y la felicidad del universo, y pensó: “Si pudiese volver atrás y detener el tiempo estaría dispuesto a pasarme toda mi vida adorando esa florecilla”. Entonces, como desdoblándose, escuchó dentro de sí su propia voz, pero llena de gozo, limpia, y sin embargo lejana, venida de quién sabe dónde, que le gritaba: “En verdad te digo: por este último pensamiento que has tenido al borde de la muerte, serás salvado del infierno”. Contar todo esto me ha llevado un cierto tiempo, pero allí duró medio segundo. Entre el soldado de las SS que pasaba por en medio de los vigilantes y la flor que se asomaba al muro había todavía más o menos la misma distancia inicial, apenas un paso. “¡No! –gritó para sí el soldado, dándose la vuelta con furia– ¡No voy a volver a caer en ciertos trucos!”, y, como tenía las manos atadas, arrancó aquella flor con los dientes, la arrojó al suelo, la pisoteó y escupió sobre ella. He aquí, el cuento se acabó (33).

Y uno de los más grandes poetas italianos contemporáneos, Mario Luzi, en algunos versos de su Libro de Ipazia, parece resonar de manera lírica cuanto ha sido contado por Elsa Morante:

De la ignorancia a la certeza hay un instante intermedio de presciencia en que todavía es posible a la mente negar lo sucedido (34).

Podemos decir, comentando a Luzi, que la presciencia es el prejuicio que se constituye como pricipio hermenéutico de cada acontecimiento. Por esto frente al acontecimiento de lo real es necesaria aquella simplicidad de corazón del que habla el Evangelio, que nos permite no interponer nada entre nosotros y lo que ocurre.
Es necesaria, pues, para una educación a la verdad, una educación a la moralidad, es decir una comunicación de la pasión por la verdad, del amor a la verdad más que a sí mismos, es decir a aquella imagen de la realidad, que determina nuestro comportamiento y al cual hemos ligado la realización de nosotros mismos.
Por eso la educación exige en el educador una coherencia, pero primero que una coherencia ética, una coherencia ideal, con la que él juzgue también la propia incoherencia moral. La moralidad, en efecto, es ante todo una coherencia ideal, no una coherencia consigo mismo; sino una coherencia en el juicio, una coherencia con la verdad reconocida.

1 ARISTÓTELES, Metafísica, I, 980a, trad. it., Laterza, Bari 1973.
2 Ibid, I, 982b.
3 Texto de la alocución que el Santo Padre Benedicto XVI habría pronunciado en el curso de la visita a la Università degli Studi "La Sapienza" di Roma (Universidad de los Estudios, “La Sabiduría” de Roma) prevista para el 17 de enero, luego anulada en fecha 15 de enero del 2008.
4 TOMAS DE AQUINO, Summa contra Gentiles, I, 3, 48
5 ID, Summa Theologiae, I, 12, 8, a 4.
6 ID, Summa contra Gentiles, 3, 57.
7 «Ninguna cosa, en efecto, puede ordenarse a un cierto fin si no preexiste en ella una cierta proporción a este fin, y por esa proporción proviene en ella el deseo del fin; y esto depende del hecho que de algún modo en ella ya hay un inicio del objetivo (aliqua finis inchoatio fit en ipso), porque nada desea el bien si no en cuanto tiene en sí de aquel bien alguna semejanza. Y de eso deriva que en la misma naturaleza humana hay algún inicio del bien que es a esta naturaleza proporcionada (quaedam inchoatio ipsius boni quod est naturae proportionatum)» (ID, De Veritate, I, 14, 2, c.).
8 DANTE ALIGHIERI, Divina Comedia, Paraíso, IV, vv. 124-32.
9 L. PIRANDELLO, Dialoghi tra il Gran Me e il piccolo me (Diálogos entre el Gran Yo y el pequeño yo), III/2, en ID. Novelle per un anno (Cuentos para un año), Mondadori, Milán 1990, Apéndice.
10 La palabra "experiencia" deriva del latín ex-periri (compuesta de ex - reforzativo y por un verbo no usado, periri, o sea "hacer experiencia") y presentando un significado parecido a aquel expresado del sustantivo griego peîra (o sea prueba, ensayo), indica «el conocimiento y la práctica de las cosas, adquiridas a través de pruebas hechas por nosotros mismos o por haber visto a otros que la hacen, conocimiento del mundo y la vida»
(M CORTELLAZZO - P. ZOLLI, Dizionario etimologico della lingua italiana [Diccionario etimológico de la lengua italiana], Zanichelli, Bolonia 1980, p. 399).
Fiel al étimo de la palabra, santo Tomás de Aquino puede sostener que la experiencia es aquel conocer que a la larga se adquiere de las cosas. «Cognitio per experientiam longi temporis est accipientis scientiam a enigma, quia ex multis memoriis fit unum experimentum» (TOMAS DE AQUINO, in I Sententiarum, 7, 2, 1, 4). Y en otro lugar: «experimentalis cognitio est discursiva, ex multis enim memoriis fit unum experimentum, et ex multis experimentis fit unum universale» (ID, Summa Theologiae, I, 58, 3, 3).
Es de notar, además, que la raíz del término "experiencia" es la misma de la palabra "peligro", como confirma la lengua latina, donde periculum está precisamente por "experimento, prueba", del verbo periri, que, usado sobre todo en el sustantivo derivado peritus, adquiere la acepción de "probarse, arriesgar". Por lo tanto es lícito afirmar que quien se arriesga en algo incluso corre peligros y de aquí incluso deriva el sentido de "riesgo". Periculum está a indicar por tanto también la noción de "examen", que es precisamente "una prueba, una estudio" (T. NOBILE, La storia delle parole [La historia de las palabras], Ed. Dr. L. Macrì, Ciudad de Castillo y Bari 1943, pp. 297-298).
11 AGOSTINO, De vera religione, c. 36.
12 «Unde per hoc quod sensus ita nuntiant sicut afficiuntur, sequitur quod non decipiamur in iudicio quo iudicamus nos sentire aliquid. Sed ex eo quod sensus aliter afficitur interdum quam res sit, sequitur quod nuntiet nobis aliquando rem aliter quam sit. Et ex hoc fallimur per sensum circa rem, non circa ipsum sentire» (TOMAS DE AQUINO, Summa Theologiae, I, 17, 2, ad 1.)
13 Santo Tomás afirma con Aristóteles «intellectum humanum esse sicut tabulam qua nihil scriptum», por el cual no podemos conocer nada «nisi ex praeceptis a sensu ad intelligendum manuducamur», ID. En IV Sententiarum, 50, 1, 1, c.).
14 Cfr. ID. En II Sententiarum, 14, 1, 3, a 4.
15 «Similiter ut esset facilis modus ascendendi en Deum, decuit ut homo ex his quae sibi cognita sunt, tam secundum intellectum quam secundum affectum, en Deum consurgeret. Et quia homini connaturale est secundum statum praesentis miseriae, ut a visibilibus cognitionem capiat et circa ea efficiatur, idea Deus congruenter visibilis factus est, humanam naturam assumendo, ut ex visibilibus en invisibilium amorem et cognitionem rapiamur» (ID., In I Sententiarum, 1, 1, 2, c.).
16 Cfr.ID, Summa Theologiae, I, 14, 2, a 1. Y en otro lugar: «Quantum igitur ad actualem cognitionem, qua aliquis considerat se in actu animam habere, sic dico, quod anima cognoscitur per actus suos. In hoc aliquis, percipit se animam habere et vivere et esse, quod percipit se sentire et intelligere et alia huiusmodi opera vitae exercere», (ID, De Veritate, I, 10, 8, c.).
17 ID, Summa Theologiae, I, 14, 2, a 3.
18 Ibid, II-II, 60, 3, c.
19 «Experientia facit hominem magis potentem ad operandum, ideo, sicut auget spem, ita diminuit timorem» (Ibid, I-II, 42, 5, a 1). Y en otro lugar: «Spei obiectum est bonum arduum possibile adipisci. Potest ergo aliquid esse causa spei, vel quia facit homini aliquid esse possibile, vel quia facit eum existimare aliquid esse possibile. Primo modo est causa spei omne illud quod auget potestatem hominis […], etiam experientia, nam por experientiam homo acquirit facultatem aliquid de facili facienti, et ex hoc sequitur spes» (Ibid I-II, 40, 5, c).
20 L. GIUSSANI, Il rischio educativo (El riesgo educativo), Rizzoli, Milán 2005, pp. 126-127.
21 ID. "Il valore di alcune parole che segnano il cammino cristiano”, ("El valor de algunas palabras que señalan el camino cristiano"), El observador Romano, 6 /4/96.
22 M. HEIDEGGER, L’epoca dell’immagine del mondo (La época de la imagen del mundo), trad. it., en ID, Sentieri interrotti (Sendas interrumpidas), La Nuova Italia, Florencia 1968, p. 99.
23 E. SCALFARI, Il fatto e la verità (El hecho y la verdad), "El expreso", 20 de diciembre de 2007, p.234.
24 G. VATTIMO, La verità tra virgolette. Tutto è interpretazione, la realtà oggettiva non esiste (La verdad entre comillas. Todo es interpretación, la realidad objetiva no existe). "La Stampa",14 de enero de 2008, p. 31.
25 L. PIRANDELLO, Uno, nessuno, centomila (Uno, ninguno, cien mil), Arnoldo Mondadori Editor, Milán 1988, pp. 59-60.
26 Benedicto XVI en su famoso discurso tenido en el Aula Magna de la universidad de Regensburg el 12 de septiembre del 2006, del título "Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones" amonestaba acerca de la condición peligrosa que se viene determinando para la humanidad - «lo comprobamos en las patologías amenazadoras de la religión y la razón» - cuando «la razón es reducida a tal punto que las cuestiones de la religión y del ethos ya no le conciernen. Lo que queda de las tentativas de construir una ética partiendo de las reglas de la evolución o de la psicología y de la sociología, es simplemente insuficiente […]; se trata en cambio de un ensanche de nuestro concepto de razón y del uso de ella. Porque con todo el júbilo frente a las posibilidades del hombre, también vemos las amenazas que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos dominarlo. Lo logramos sólo si razón y fe se encuentran unidos en un modo nuevo; si superamos la limitación autodecretada de la razón a lo que es verificable en el experimento, y abrimos de nuevo a ella toda su amplitud. En este sentido la teología, no solamente como disciplina histórica y humano-científica, sino como teología real, es decir como interrogante sobre la razón de la fe, tiene que tener su sitio en la universidad y en el vasto diálogo de las ciencias. Sólo así nos volvemos también capaces de un verdadero diálogo de las culturas y de las religiones - un diálogo del cual tenemos así una urgente necesidad». Y así continuaba: «En el mundo occidental domina ampliamente la opinión, que solamente la razón positivista y las formas de filosofía de ella derivantes sean universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo ven justo en esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón, que frente a lo divino es sorda y rechaza la religión en el ámbito de las subculturas, es incapaz de introducirse en el diálogo de las culturas».
27 L. GIUSSANI, Alla ricerca di un volto umano, (A la búsqueda de un rostro humano), en Litterae Communionis Tracce, enero de 1996, pp. IV-VII.
28 Según Martin Heidegger, uno de los padres de la hermenéutica moderna, el evento cristiano mismo «como evento histórico, certificado por la historia de la religión y el espíritu, visible en el presente y al mismo tiempo fenómeno de la historia universal, en sus instituciones, cultos, asociaciones y grupos» (puede ser comprendido adecuadamente, y ésta es la tarea de la teología) sólo dentro de algo previo que lo hace posible (M. HEIDEGGER, Fenomenología y Teología, trad. it. La Nueva Italia, Florencia 1974, p. 12). «La teología es - en efecto - un conocimiento de lo que ante todo hace posible que haya algo como el cristianismo en cuanto evento histórico-universal» (Ibid, 13). La teología, pues, incluso teniendo como objeto un dato que no nace de la filosofía o "ontología", es por ella determinada en la comprensión de su mismo objeto: «la ontología funciona (…) como un correctivo del contenido óntico, es decir precristiano, de los fundamentales conceptos teológicos» (Ibid 28). Tampoco la fe, por lo tanto, es capaz de poner al hombre en una relación con el misterio del ser, tanto de liberarlo de la relatividad de su época. No es el acontecimiento de la fe, en efecto, a generar un nuevo horizonte hermenéutico en que comprender la realidad en su totalidad; sino al revés ello, para Heidegger, puede ser sólo comprendido en el horizonte hermenéutico permitido por la manifestación epocal del ser en su totalidad.
29 L. PIRANDELLO, Novelle per un anno, L’uomo solo, Il treno ha fischiato. (Novelas para un año, El hombre solo, El tren ha silbado).
30 L. GIUSSANI, Si può vivere così (Se puede vivir así), Rizzoli, Milán 2007, p. 48.
31 BENEDICTO XVI, Spe salvi, 3.
32 L. GIUSSANI, Il rischio educativo (El riesgo educativo), cit., pp. 22.23.
33 E. MORANTE, La Storia [La Historia], Einaudi 1974, reimpresión 1982, pp. 604-605.
34 M. LUZI, Libro de Ipazia, Rizzoli, Milán 1978, p. 79.

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