El carisma de la Iglesia, fundamento de verdadera libertad
autor: Salvatore Abbruzzese
fecha: 2008-04-17
fuente: Il carisma della Chiesa, fondamento di vera libertà
traducción: María Eugenia Flores Luna

La relación entre Estado e Iglesia, y por lo tanto de la libertad de esta última con respecto al primero, es un tema de carácter jurídico y esencialmente político, pero no es de hecho un problema estructural. Ello no deriva es decir de un conflicto entre dos estructuras análogas, sino de la debilidad y del carácter incompleto de la cualificación laica del Estado, cuanto de la escasa visibilidad de la valencia carismática de la Iglesia. Estado e Iglesia gravitan en efecto sobre dos planos completamente distintos, y es justo el reconocimiento de esta diferencia radical que estructura el carácter democrático y laico del primero y aquel carismático de la segunda, impidiendo las derivas totalitarias de un lado y clericales del otro.
Observen el plan sociológico: las iglesias no tienen ninguna valencia sobre el plan organizativo. Bajo el aspecto burocrático son en efecto organizaciones como las otras y, justo por esto, son susceptibles a las mismas modalidades de análisis. Su especificidad reside en cambio exclusiva - y completamente - en su fundación carismática, donde el carisma concierne sea a cuantos hacen parte de ello, sea al tipo particular de bien que son obligados a distribuir. Esta característica impone a las iglesias sea el mantenimiento de la calificación carismática de las personas que las componen, sea aquello de la distribución permanente de los bienes carismáticos que retienen, asegurándose así el máximo espacio posible para la propia actividad de evangelización. Las iglesias, en efecto, difieren de cualquier secta justo por la obligación de difusión y anuncio de la revelación carismática que retienen en forma exclusiva.
Es a partir de tal obligación que las iglesias desarrollan tanto actividades de formación y educación, cuanto la puesta en obra de un entero universo de representaciones comprensibles sobre el plano simbólico. Las iglesias, y en particular aquellas derivadas de las religiones monoteístas, contemplan la constitución de una "personalidad ética unitaria" y justo en consecuencia de su naturaleza carismática, obran sobre las conductas de vida.
El Estado laico moderno, por su parte, se define en cambio a partir de su carácter inmanente y racional. Está fundado no sobre base carismática, sino sobre un procedimiento legal-racional que sanciona la legitimidad absoluta. Sin embargo es el mismo principio de racionalidad que funda la autoridad y establece la primacía que, como Ernst Troeltsch señala, sanciona la insuficiencia ética. El Estado moderno, por definición, no tiene nada de "ético", entendiendo con tal término la ciencia de la conducta humana. Su tarea no es para nada aquella de normar el deber ser moral de cada sujeto, ni de condenar la inmoralidad en sí. Sólo puede sancionar los daños que, en consecuencia del comportamiento inmoral, lesionan a otros sujetos.
Cada tentativa del Estado de erguirse a Estado ético, accediendo a la esfera privada de las conductas de vida del hombre, da vida a derivas totalitarias. No es un caso si todos los Estados totalitarios, ansiosos de fundar al hombre nuevo, acaban siempre por no soportar la presencia de las iglesias y se encuentran obligados a amordazarlas. Es el transcender en la esfera ética, fisiológica en el Estado totalitario, que vuelve improrrogable la extensión del poder también sobre instituciones éticas como la iglesia y la familia. Y es justo en consecuencia de esta extensión en la esfera ética que su poder se vuelve absoluto.
Esto permite entender por qué tras el problema de la "libertas ecclesiae" no existe la reivindicación corporativa de una institución que reclame privilegios, sino la exigencia del mismo Estado laico que - justo para preservar la propia naturaleza democrática - reconoce la misma insuficiencia ética y la misma imposibilidad estructural para normar conductas de vida. Cualquier reconocimiento de la Iglesia no implica por lo tanto - como erróneamente a menudo se dice - aquello de un "Estado en el Estado”, sino implica el tomar nota de la alteridad radical de las instituciones a fundación carismática, que se ocupan justo de aquella dimensión ética con respecto a la que el Estado es estructuralmente insuficiente.

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