El conocimiento es un “ser-con”
autor: Tat’jana Kasatkina
Profesora de Literatura rusa y miembro de la Academia de las Ciencias, Moscú
fecha: 2009
fuente: La conoscenza è un “essere-con”
Publicado en el No. 17 de Atlantide (2009.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

El conocimiento, entendido como evento, en ruso adquiere un significado muy particular. La palabra “acontecimiento” (sobytie) en ruso significa “ser-con” (sobytie), es decir un ser, una realidad compartida con otros, vivida en común, una coparticipación en una realidad diferente de sí misma. Y el conocimiento como acontecimiento recuerda su muy antiguo significado, precisado en el Antiguo Testamento, donde el conocimiento viene entendido como coito, unión carnal, términos que están para indicar un ser conjunto, en una unidad sin confusión y sin división. El auténtico conocimiento es posible sólo en esta coparticipación en lo que se conoce. Existen dos modos de conocer, o mejor dos modos de percibir el mundo. Podemos indicarlos respectivamente como método “de sujeto a objeto” y “de sujeto a sujeto”.

El primer método, de sujeto a objeto, supone que el objeto (según la etimología griega, “lo que se tiene delante”) por conocer, no tenga posibilidad de dialogar. Poniéndonos como sujeto, y entendiendo la realidad como objeto de conocimiento, nosotros reconocemos válido cualquier método para conocer el objeto, a excepción de uno: la pregunta. Sabemos exactamente que el objeto no es capaz de comunicarnos nada de lo que realmente nos interesa. Es el llamado método positivista. O de conocimiento objetivo. Lo que el objeto indagado por nosotros conoce de sí mismo, para nuestros ojos no es interesante. Si somos médicos positivistas, nos interesan más los análisis del enfermo, y no sus respuestas sobre cómo se siente. Si somos etnógrafos positivistas, lo primero que hacemos es poner en duda todas las explicaciones que los pueblos estudiados por nosotros dan de sus propias costumbres.

Hay una famosa poesía rusa [1] que describe este método de aproximación al mundo circundante. Se habla de Ivanuška, que fue al campo y disparó por casualidad una flecha, luego se puso a buscarla y después de haber atravesado tres mares encontró a la princesa rana con su flecha en la boca. Envolvió la rana en un pañuelo y se la llevó a casa… la tendió sobre la mesa del laboratorio, la seccionó y la conectó a la corriente eléctrica. La princesa murió entre largos tormentos, en cada vena suya vibraban enteros siglos y mundos, mientras en el obscuro rostro de Iván el tonto aleteaba la sonrisa del conocimiento. Ahora sabía con exactitud cómo se contrae el músculo del muslo…

Aquí viene descrito, precisamente, el horror de un conocimiento sin participación. De un conocimiento que no se ha convertido en acontecimiento, es decir “ser-con”. De un conocimiento que no se vuelva forma de com-pasión, de consonancia y coparticipación al sentir de los demás. Aquí está descrito el horror del conocimiento del cual está lleno nuestro mundo. El mundo como nosotros lo conocemos. El mundo en el cual usamos violencia. El mundo circundante, que no dialoga con nosotros. El mundo al cual hemos negado el derecho de hablar.

La rana que ha recogido la flecha del héroe, le da de este modo la señal que ella le ha asignado. Que está dispuesta a venir a ayudarlo, a colaborar, cooperar con él. Que está dispuesta a enseñarle todo lo que sabe – la magia secular donde están las cosas sometidas del mundo, pero que el hombre ha olvidado y perdido. –. El hombre ha perdido también el lenguaje con el cual ella se dirige a él: el lenguaje de los símbolos, un lenguaje antiquísimo con el que el hombre comunicaba con el mundo. Él no ve a la princesa que está hablando con él: ve sólo una rana que cayó en sus manos. Que ha mordido la flecha como si fuera un anzuelo. Ella pensaba que la flecha fuera una palabra dirigida a ella. En realidad, se ha revelado simplemente una trampa. Porque el hombre ha olvidado el significado de la flecha y, en general, que ella puede tener un significado. Ahora es simplemente un medio para capturar ranas. Y con las ranas, luego, ¡se discurre con el bisturí!

Es así como tratamos el mundo, y cuando luego él trema por efecto de la corriente que le hemos puesto, lo llamamos calamidad natural. Así tratamos también a la palabra, negando que tenga un significado, un sentido autónomo, asignándole únicamente el significado que le atribuimos, y cuando las palabras comienzan a degradarse precipitadamente en nuestros labios – y sobre todo en los labios de nuestros hijos –, la llamamos crisis humanista, catástrofe lingüística. Muy cómodo, porque nadie puede tener la culpa de una calamidad natural o de una catástrofe.

Al inicio, para nosotros han dejado de ser palabras las cosas del mundo. Luego han dejado de ser palabras también las palabras, que ahora «no significan nada, hasta que no nos hayamos puesto de acuerdo sobre el significado». Las hemos despojado de su subjetividad, les hemos dejado sólo la objetividad, la posibilidad de ser objeto de nuestra manipulación, pero no sujeto de comunicación con ellas.

Pero el hombre ha dado la espalda a Dios

Cuando el hombre ha dado la espalda a Dios, ha querido esconderse de Él en el Paraíso, el Señor ha cumplido el deseo del hombre dándole, como un Padre generoso, su parte de herencia – la tierra, el mundo, donde éste pudiera vivir como quería, sin Él –. Pero Dios no ha creado nada muerto: todo estaba vivo, y muchas cosas eran más potentes que el hombre, alejándose de su Creador y olvidó su auténtica vocación. El hombre oía las voces de las cosas y les ponía atención. Vivía en un mundo todo animado, en un mundo donde con todo lo que se encontraba era un sujeto o el manifestarse de un sujeto. Si no cada brote de hierba era una criatura en sí misma, se trataba incluso siempre del manifestarse de una esencia unitaria – viva y potente – por muy frágil y débil que fuera el brote individual de hierba. Y el pensamiento del hombre se dirigía a dialogar con esta esencia, porque el conocimiento se hacía posible sólo escuchándolo. Y el contacto con esta esencia aseguraba al hombre el influjo en todos sus fenómenos, sus manifestaciones. El hombre vivía en un mundo mágico, donde la palabra justa era una clave para acceder a cualquier proceso de lo real. Los hombres que no pertenecen a la cultura cristiana continúan viviendo en un mundo de este tipo. Naturalmente, siempre que no vengan corrompidos por el hombre de la cultura post-cristiana…

Cuando, en el mundo decaído y siempre más descompuesto en sus componentes, ha venido el Señor para infundir nuevamente al mundo vida y fuerza, las palabras dispersas de las cosas, penetradas por Dios, se han recogido nuevamente en discurso, se ha reconstituido la sintaxis de lo creado y su sistema unitario circulatorio y nervioso; las palabras han cesado de constituir una clave mágica de acceso a las cosas, porque la realidad misma se ha convertido en palabra, en la Palabra de Dios dirigida a nosotros perpetuamente. El mundo y el hombre han conocido a Dios, como describe san Simeón el nuevo Teólogo (949- 1022): «en efecto lo que es unitario, incluso convirtiéndose en multiplicidad, queda unitario e indivisible, pero en cada parte suya está Cristo. […] Lo he visto en mi casa. Él ha aparecido inesperadamente entre todas las cosas de cada día y se ha unido y fundido indescriptiblemente conmigo y ha entrado en mí, como si entre nosotros no hubiera nada, como el fuego en el fierro y la luz en el vidrio. Y me ha hecho similar al fuego y a la luz. Y yo me he convertido en aquel que antes había visto y contemplado de lejos. No sé cómo comunicarles este milagro… Soy hombre por naturaleza y Dios por misericordia del Señor» [2]. El hombre ha conocido a Dios en Su comunión consigo mismo y con la ayuda de Dios ha entrado en comunión con todo el mundo.

San Silvano del Monte Athos decía que todo el mundo y todas las cosas en el mundo se revelan a quien ha conocido a Cristo. Y se descubre como suyo. Todo el mundo se vuelve una extensión del hombre, porque todo el mundo está impregnado de Cristo, que entra en el hombre hecho copartícipe de Él. He aquí el sentido ontológico de la oración monástica para el mundo, y he aquí el motivo de su eficacia: el hombre que está en comunión con Cristo puede cumplir en relación al mundo las mismas acciones que cumple en los miembros del propio cuerpo. Hasta que queda en comunión con Cristo, naturalmente. De un lado, él percibe como suyo el dolor del mundo. Pero también la alegría del mundo se vuelve su propia alegría…

En cuanto el rostro de Dios se ha escondido a la vista del hombre iluminista las cosas han cesado de ser Palabras de Dios, pero – a los ojos del hombre moderno positivista – han quedado cosas muertas, inanimadas, sin las palabras y sus propias y peculiares voces, que poseían en el pasado. Las princesas han desaparecido, no han quedado más que ranas, y el entero siglo XIX se ha esforzado para degollarlas con entusiasmo a escala industrial. ¿Hay que maravillarse de que el siglo XX se haya puesto a degollar a escala industrial también a los hombres?

El hombre, en efecto, no puede tratar al hombre diversamente de cómo trata el mundo. Y no es siquiera capaz de tratarse a sí mismo diversamente de cómo trata el mundo. La percepción del mundo de sujeto a objeto es extremamente inestable. Si considera el mundo como un objeto, el hombre comienza rápidamente a considerarse también a sí mismo como un objeto. Eso se ve muy bien, por ejemplo, mirando cómo cambian los sueños de la humanidad. Si se piensa como un sujeto, el hombre sueña con poder hacer algo. Si en cambio se considera un objeto, el hombre comienza a soñar con encontrarse bajo los reflectores, sueña con ser visto y admirado por todos. No importa por qué motivo. Ahora, en efecto, él no acaricia sueños sobre sí mismo como protagonista en acción, sino como objeto de la percepción de los demás. Es decir, como objeto.

El método cognoscitivo de sujeto a sujeto se diferencia del anterior ante todo porque teniendo que ver con un sujeto dotado de voz, quien conoce no puede acercarse a ello con un passepartout universal, con un método cognoscitivo siempre idéntico, adecuado a todos los objetos que se encuentran en el radio de acción del único sujeto, representado por aquel que indaga. El sujeto por conocer dicta él mismo el método del propio conocimiento. Al sujeto que conoce no queda más que escuchar y seguir. Abrir las orejas. Porque sólo así se puede “ser con”, es decir entrar en comunión con lo que se conoce. Sólo lo que viene conocido puede indicar el camino hacia la propia esencia, en sus recónditas profundidades.

El conocimiento nos abre

En el caso del método cognoscitivo de sujeto a objeto, nosotros no ponemos pie en territorio extranjero, sino lo conquistamos (he aquí porque el bisturí es el símbolo de este conocimiento). Vale decir, el territorio en el que nos encontramos es siempre nuestro. Por eso, además, tenemos siempre y sólo que ver con el externo del objeto indagado, con sus confines. Por mucho que hundamos nuestro bisturí, encontramos sólo y siempre nuevos externos, nuevas envolturas. El objeto no tiene un territorio interno, sino sólo los confines y las reacciones a las solicitaciones que lo alcanzan desde el externo. El objeto es como una cabeza de cebolla (ni siquiera como una coliflor que al menos tiene el tronco). El objeto, oponiendo resistencia, nos ofrece siempre nuevas envolturas. Y nos hace lagrimear… y pensamos que esta sea la propiedad principal del objeto indagado.

En el caso del método cognoscitivo de sujeto a sujeto nos encontramos en seguida, desde el inicio, en territorio extranjero. Y para no estar inútilmente, en posición defensiva (es decir sea incluso en la última parte, pero del propio territorio), tenemos que renunciar a defendernos. Tenemos que abrirnos a lo que se manifiesta. Tenemos que dejarnos ir, y no en cambio atacar y conquistar.

En el caso del método del conocimiento de sujeto a sujeto tenemos que ver con alguien que nos habla. Se trate del mundo o del hombre, es siempre un texto. Y el método de lectura de un texto debe ser recabado un poco a la vez por el texto mismo, de otra manera no aprenderemos jamás a entender (es decir a aprender, a captar), y pensaremos siempre que nos venga dicho exactamente aquello que nos esperábamos. Obtendremos sólo aquello que ya tenemos. Continuaremos quedándonos en nuestro territorio.

Para comenzar a entender es suficiente admitir que nos pueda venir dicho algo que aún no sepamos, y que nos sea comunicado en un modo que no nos esperamos. En otros términos, es suficiente poner a quien nos habla por encima de nosotros. En inglés “entender” se dice understand, es decir “estar sometido”: sólo en esta posición es posible entender.

Existe la famosa fábula de la niña, Maša y de las ocas salvajes que se habían llevado al hermanito Ivanuška. La niña comienza a perseguirlas, pero no sabe el camino así pide información al manzano, luego a la estufa y luego al riachuelo. Y cada uno le responde de manera extraña: come una de mis manzanas (pastelito, gelatina), y te lo diré. Pero Maša rehúsa, con el pretexto de que a casa tiene mucho mejor. Y va más allá, sin conocer el camino. La irrita esta extraña condición para hablarle con mensajes de las cosas que encuentra. No entiende aún que no le están proponiendo una golosina o una prueba, sino el único modo posible para saber lo que sabe el manzano. Ella queda apegada a las cosas habituales, de su casa, que le gustan, ¡no sabe qué hacer con las manzanas silvestres! No entra en el evento, es decir en comunión, en un “ser-con”, sino permanece en su territorio.

Pero cuando Maša trata de huir, junto al hermanito que ha logrado encontrar, a las ocas salvajes que la corretean, cuando su única salvación será que estas no la vean, y es decir que ella ya no sea ella, del todo ella, no se opondrá al pedido del manzano: come una de mis manzanas, y te escondo. Porque el único modo que tiene el manzano para ponerla a salvo – es decir para cambiar, hacer que quien pide se vuelva similar a sí mismo – es exactamente participar con ella, interiormente, entrar espiritualmente en su territorio. El conocimiento nos cambia, aunque sólo sea por el hecho de que nos abre, y esto es un acontecimiento. Pero este evento se alcanza de un solo modo: a través de un “ser-con”, una participación con lo que conocemos. En comunión con lo que es conocido. El conquistador es un hombre sin acontecimientos en la vida. Uno que queda siempre en su territorio, en un terreno quemado…

Notas

1. Jurij Kuznecov, Atomnaja skazka (Fábula atómica).

2. Cfr. St. Symeon, in The Soul Afire (New York: Pantheon Books, 1944), p. 303.

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