El conocimiento supone un don de sí mismo a la verdad
autor: Laurent Lafforgue
matemático del Instituto de Altos Estudios Cientificos de París
fecha: 2009-03-24
fuente: La conoscenza suppone un dono di sé alla verità
acontecimiento: Forum de Universitas University, Roma (Italia), 6-7 de Marzo
traducción: María Eugenia Flores Luna
Ugo Moschella y Francesco Botturi (en italiano)

Les agradezco por su invitación, que es un gran honor para mí. Un honor sin embargo difícil de asumir, tanto como el tema que han elegido para su encuentro - «En la Universidad, una comunidad de personas apasionadas por la verdad» - levanta preguntas profundas y temibles.
Nos preguntamos ante todo quién es de veras capaz de formar una comunidad universitaria. ¿Todos los profesores y estudiantes de todas las disciplinas y todas las convicciones filosóficas y religiosas? O bien ¿los cristianos a prescindir de sus especializaciones intelectuales? O ¿los profesores y estudiantes dentro de los límites de cada disciplina? O en fin ¿los cristianos al interno de disciplinas individuales?
Es un hecho que los matemáticos como yo, sean universitarios o investigadores, a menudo hablen de su grupo como de una «comunidad». Nosotros los matemáticos también tenemos contacto con los físicos pero raramente con representantes de otras disciplinas eruditas, así que no sería natural para la mayor parte de nosotros hablar de una comunidad general de investigadores y universitarios. A veces también, y sin haberlo buscado, me ocurre cruzar entre los investigadores a otros cristianos, pero, al menos en Francia, somos muy pocos y nos encontramos de modo muy esporádico para formar en realidad una comunidad. Nosotros sin embargo no tenemos realmente el deseo de constituir una comunidad distinta dentro del mundo universitario.
Los investigadores, los estudiosos y los universitarios del mundo entero están empeñados en la especialización cada vez más marcada de las disciplinas, así que sus temáticas de búsqueda parecen siempre alejarlos más unos de otros, y hacer vana y vacía la idea de una comunidad universitaria o «la idea de universidad», a la que el cardenal John Henry Newman había consagrado uno de sus libros.
Para que haya comunidad, o solamente universidad, hace falta un vínculo.
Para encontrar tal unión se podría ser tentados a invocar la sola subjetividad sentimental, es decir la relación apasionada e intensa que se supone que cada investigador, estudioso o universitario mantenga con el objeto de su búsqueda o su saber. En efecto, este tipo de sensación se encuentra en todas las disciplinas, si bien conciernen a los objetos más disímiles. Cuando el título del tema de reflexión que han elegido habla de «personas apasionadas», parece ante todo referirse a la subjetividad sentimental de las personas como al solo fundamento de una hipotética comunidad universitaria. ¿Pero puede una unión cualquiera establecerse sobre la sola subjetividad sentimental?
Leyendo hasta el final uno se percata de que el título del tema de reflexión sugiere superar los sentimientos que son fin a sí mismos: no dice de «personas apasionadas» sino de «personas apasionadas por la verdad». Eso reconduce a la pregunta que el Evangelio según San Juan le atribuye a Poncio Pilato: « ¿Qué es la verdad?»

Una pregunta que muchos de nuestros contemporáneos considerarían carente de sentido: ¿no es quizás absurdo hacer referencia «a la verdad» al singular mientras los mismos universitarios hacen cada dia la experiencia de la multiplicación de los saberes, que lleva a su alejamiento recíproco y a su fragmentación aparentemente irreversible?
¡Consideren pues en qué terrible situación me han puesto pidiéndome hablar, en definitiva, «de la verdad» al singular!
Por muchas semanas me he preguntado pues qué habría podido decir.
Afortunadamente un principio de respuesta me ha sido ofrecido en una lectura: uno de los capítulos del reciente volumen de los Actas de un coloquio de título La persona en discusión, organizado y animado por la Comunidad de San Juan, «los pequeños grises». Este capítulo se titula Estructura y vocación trinitaria de la persona en Edith Stein. Su autor, Emmanuel Gaballieri, el decano de la facultad de filosofía de la Universidad católica de Lyon, presenta algunas de las ideas principales de santa Edith Stein a propósito de la persona humana; son las bases de la antropología que ella desarrolló en algunos de sus libros más importantes, Ser finito y Ser eterno, La persona, La ciencia de la Cruz.
La persona humana, dice Edith Stein, es, como un conjunto total de «cuerpo-alma-espíritu», una imagen de la Trinidad. Puesto que el alma es «el elemento originario de la vida», y por otra parte ella es «la forma del cuerpo», es decir lo que le da forma, lo construye y lo anima en cuanto cuerpo viviente, y por otro lado, es de ella que se eleva la vida espiritual, el alma puede ser vista como imagen del Padre. El cuerpo como «expresión de una esencia claramente delimitada», aparece entonces como imagen del Verbo eterno. En cuanto a la vida espiritual, «libre florecimiento a partir del alma», ella parece «imagen del Espíritu divino».
Si es verdad que la persona humana está hecha para la verdad, parece entonces natural preguntarse si nuestra relación con la verdad y si la verdad misma no presenten una estructura trinitaria a la cual corresponda la estructura trinitaria de la persona. Y si la intuición de la estructura trinitaria de la verdad no está a la raíz de «la idea de universidad», que la cristiandad latina inventó.
Para dejarme conducir en algunas reflexiones sobre tal cuestión, en la cual no se puede pensar más que temblando, me esforzaré por trasladar a la verdad, casi procediendo por analogía frase por frase, algunas de las ideas de Edith Stein sobre la persona humana, como están expuestas en el texto de Emmanuel Gaballieri.

La persona, dice Edith Stein, «es la que posee una interioridad y permanece en sí misma incluso saliendo de sí». Por tanto la relación con la verdad del sujeto que conoce tiene que ser al mismo tiempo externa e interna, y más interior cuanto más es externo, es decir objetivo.
La verdad comprende los hechos y su inteligibilidad, pero es al mismo tiempo llevada por ellos. Ella se eleva sobre el fondo obscuro de los hechos, que constituyen los objetos de los saberes particulares.
Los conocimientos forman una superficie iluminada por encima de la profundidad de los hechos. Pero la verdad no se reduce al conocimiento objetivado y la relación con la verdad no se reduce a la inteligibilidad de las evidencias claras.
La comprensión es el centro de la relación que el sujeto que conoce tiene con la verdad. Es un espacio que se abre hacia abajo - los hechos como son, los objetos del conocimiento tal como se ofrecen a la mirada de los ojos o del pensamiento -, y hacia arriba - «la ciencia que lleva a amar» (según una expresión de Bossuet citada por Fabrice Hadjadj). El fondo de este espacio es insondable: lo real no es agotado nunca por sus representaciones.
La verdad está arraigada en la realidad sentida y experimentada, en la prueba de la vida y los hechos. También el conocimiento pues está arraigado en los saberes particulares. A causa de su arraigamiento, la verdad es condicionada por lo real y el conocimiento accesible a la comprensión es condicionada por los saberes específicos. Pero, si es así, es porque, en sentido inverso, lo real es la expresión de la verdad. Y los saberes son los frutos de la comprensión en acción: la comprensión guía la mirada - es decir elabora métodos -, ordena y conecta los hechos a través de estructuras inteligibles que construye para que, organizados en una totalidad orgánica, se conviertan en conocimientos racionales.

La verdad conocible se despliega en el tiempo en conocimientos cada vez más profundos. La inteligibilidad es el poder interior de auto-despliegue de la verdad. La comprensión es el poder interior del auto-despliegue del conocimiento. Por este auto-despliegue, la comprensión necesita un entorno vital, la experiencia de lo real, es decir ante todo aquella de la vida, en particular la del cuerpo vivido y aquella de los objetos sensibles. Pero la potencia de abertura de la comprensión no está dirigida solamente hacia abajo - la realidad carnal y material; ella también es dirigida hacia arriba, hacia «la ciencia que lleva a amar», como fruto, prueba y lugar de ejercicio de la voluntad y la libertad.
El espacio de la comprensión es la relación interior a la verdad; es ocupado cuando la verdad es buscada y amada por ella misma.
La comprensión es el ambiente en el que confluyen la experiencia de los hechos y «la ciencia que lleva a amar» y esto es la experiencia de lo bello. En estas experiencias, corresponde al sujeto que conoce reaccionar y responder, agarrar lo real, expresión de la verdad, en toda su riqueza y su delicadeza. Dar una respuesta insuficiente - como siempre hacemos, marcados como somos por el pecado - lleva el nombre de reduccionismo.
La inteligibilidad es la mediación entre la verdad conocible y lo real. La comprensión es la mediación entre «la ciencia que lleva a amar» objetivo de la voluntad y la libertad del sujeto que conoce, y los saberes particulares, objetos de la memoria colectiva e individual.
En la plenitud de la verdad, lo real y lo bello son inseparables y coinciden. En la plenitud del conocimiento, la voluntad y la aceptación de los hechos tales como son, el amor y la memoria son inseparables y coinciden. La verdad no es ni puramente factual, ni puramente estética. Es las dos cosas. El conocimiento no se reduce solamente a algunos saberes, y tampoco a una búsqueda. Es las dos cosas.
Dotado de libertad temporal, el sujeto que conoce es como un punto móvil en el vasto espacio de la comprensión. Él mismo se posee y puede moverse en todas las direcciones - aunque los hechos le opongan resistencia por todos lados -, y sin embargo su ser está completamente vacío. Él no está lleno más que de los regalos recibidos: la experiencia real y sentida, los hechos que resisten a su poder.
La libertad del sujeto que conoce es el poder de elegir «la ciencia que lleva a amar» profundizando el orden de los hechos: no reducirse a los hechos reduciendo los hechos. Sino abrirse a la belleza más allá de los hechos, a través de los hechos.

El sujeto que conoce no puede tocar la verdad con su comprensión más que si él se olvida de si mismo y se abre a lo bello tal cual es a través de los hechos tal como son. El sujeto que conoce que pretende doblegar el mundo a su comprensión - como hacemos todos, nosotros que no sabemos amar gratuitamente - no alcanza la verdad.
El sujeto humano que conoce no tiene la comprensión intuitiva de los espíritus puros como los imaginamos. Al contrario su comprensión es laboriosa, llena de obstáculos, pesada. Pero ella tiene mucha más profundidad, cuanto más se mide con los dos extremos de la verdad: con los hechos carnales y materiales con los cuales se estrella y con lo bello que más lo atrae cuanto más inalcanzable parece.

Lo inteligible es el elemento orginario de la verdad, da su forma a los hechos reales y a las manifestaciones de la belleza de la cual el alma es sensible. La comprensión es pues el elemento originario del conocimiento, da su forma a la memoria que se apodera de los saberes y a la sensibilidad estética.
Los hechos reales componen el cuerpo de la verdad conocible, los saberes objeto de la memoria componen el cuerpo del conocimiento inteligible.
En nuestro tiempo, el rechazo de la carne y del cuerpo como un todo orgánico toma formas diferentes en el mundo del conocimiento: aquella del rechazo de la transmisión de los saberes específicos de parte de los «nuevos doctrinarios» de las escuelas primarias y de los bachilleratos; aquella del rechazo post-moderno de la estructuración de los saberes fruto de la comprensión, de parte de numerosos universitarios influyentes y de sus epígonos en el mundo de la escuela. Aquella de la indiferencia, del desinterés o del desprecio ostentado por la mayor parte de los científicos frente al corazón del conocimiento racional: la filosofía, la teología y la gran literatura, que es en cambio la verdadera ciencia del hombre.
La ciencia que lleva a amar, es decir la sabiduría, es un libre desplegarse a partir de la comprensión.

Según Edith Stein, la vocación humana, integrada al momento de la formación del cuerpo viviente en una materia que le es extraña, es comparable a la conversión humana del Verbo durante su llegada al mundo. Del mismo modo, la inserción de la verdad en las verdades particulares - los hechos experimentados, carnales o materiales y los objetos del pensamiento - puede ser comparado con la encarnación del Verbo.
En segundo lugar, añade Edith Stein, la vocación humana es comparable a la misión del Espíritu Santo en la creación. Así es quizás también por la verdad conocible, en la medida en que resplandece de una belleza tanto real cuanto imposible de agarrar y objetivar.

Si el sujeto que conoce se abre, en su interioridad más profunda, a la corriente de la verdad, entonces él es imagen del Hijo de Dios - El que ha «venido a dar testimonio a la Verdad» - que manda al mundo «el Espíritu de Verdad» y que, como Él mismo ha declarado, «es la Verdad».
La vocación del sujeto que conoce no sólo es buscar la verdad, servirla y conocerla exteriormente. La vocación es recibir la verdad y participar de ella, tal como la vocación humana es recibir la vida divina.
Por su oscuridad y su profundidad misteriosas, a causa de su mezcla de hechos crudos y de belleza, la verdad conocible tiene efectivamente algo que evoca de veras la profundidad insondable característica del ser divino. Por su oscuridad y profundidad misteriosas, a causa de su mixtura de saberes que conciernen los hechos y de tensión hacia la belleza de lo inteligible, el conocimiento tiene esa misma cosa que evoca la profundidad insondable de Dios.
Gracias a su sumisión a los hechos, la verdad conocible posee una unión con El que desciende en las profundidades del Ser terrenal, con el Verbo hecho carne. Gracias a su sumisión a los saberes específicos, el conocimiento posee un ligamen con el Verbo encarnado. Eso significa en particular que el rechazo de la transmisión de los saberes específicos en las escuelas de nuestro tiempo es una forma de rechazo de la encarnación.
Según Edith Stein, la individuación de la persona humana no ocurre sólo a través de la materia sino también directamente a través del espíritu, ya que, según el Apocalipsis, al «vencedor» será dado «un guijarro blanco, un guijarro con un inciso de un nombre nuevo que nadie conoce, excepto el que lo recibe». Del mismo modo, la verdad conocible no se declina sólo en los saberes específicos sino también en las varias formas de manifestación de la belleza. Por cada sujeto que conoce, la individuación del conocimiento se realiza no sólo en la particular composición de los saberes que él adquiere, sino también en la huella estética que su aprendizaje y su ahondamiento han imprimido en su interioridad.
La esencia espiritual de lo inteligible es la belleza. Tal como la vocación de la comprensión es la contemplación.
Cada persona humana es creada para ser miembro del Cuerpo viviente de Cristo. Del mismo modo, cada verdad particular, cada hecho, existe como miembro del cuerpo de la verdad. Cada saber específico existe como miembro del cuerpo del conocimiento. También el rechazo posmoderno de la estructuración del conocimiento está vinculado al rechazo de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo.
La verdad conocible es la unión de los hechos y la belleza. El conocimiento sabio o bien «la ciencia que lleva a amar», es la unión del específico conocimiento de los hechos y de un sentido de la belleza.

Según Edith Stein, «quizás no sea demasiado azaroso decir que, en un sentido, la creación del primer hombre tiene que ser ya considerada como un inicio de la encarnación de Cristo». Entonces, la aparición del primer hecho, de la primera verdad particular, puede ser considerada como una prefiguración de la encarnación. Para el sujeto que conoce, el aprendizaje de cada saber específico es un anuncio, muy discreto, de la llegada de Cristo en la carne.
La experiencia de un mundo objetivo común a todos los sujetos y el compartir intersubjetivo de los conocimientos son figuras de la unión nupcial entre el hombre y la mujer. El movimiento de la comprensión en la búsqueda de la verdad es imagen y anuncio de la unión nupcial entre el alma y Dios. El carácter comunitario del conocimiento, en su movimiento dúplice de transmisión y ahondamiento infinito, es imagen y anuncio de la Iglesia, novia de Cristo.

El amor es la esencia del conocimiento perfecto. Ahora el amor es más que la voluntad, más que el deseo de un bien y más que la adhesión de la voluntad a este bien; es don de sí mismo. Así pues el conocimiento perfecto supone el don de sí mismo a la verdad.
Pero ¿qué significa el don de sí mismo a la verdad? Para Edith Stein, el regalo es la estructura fundamental y el objetivo último del hombre. Edith Stein escribe «la participación a la vida divina por el libre regalo personal, es el objetivo al que tiende originariamente el ser humano». ¿Se podría decir que el don de sí mismo a la verdad es la estructura fundamental y el objetivo último del sujeto conocido? ¿O que la participación a la verdad con el libre don de sí mismo es el objetivo al cual tiende originariamente el sujeto conocido?
Corruptos por el pecado, comprendemos mejor el deseo de las verdades conocibles, es decir la curiosidad, que el don de sí a la verdad.
Y sin embargo, hemos oído enseñar - entendiendo así poco de lo que escuchamos - que el don perfecto de sí es la vida y la muerte de Cristo.
La vida de Cristo comprende la enseñanza, cosa que nos ilumina un poco: el don de sí mismo a la verdad impone transmitir el conocimiento.
El pasaje de Cristo a través de la muerte ha sido hecho posible por su aceptación «que la voluntad del Padre sea hecha y no la Suya». Aunque eso sea un gran misterio, cualquier investigador de verdad sabe por experiencia que cada nuevo paso sobre el camino de la verdad supone que, después de un largo combate, su voluntad se rinda y acepte ser quebrada. Hace falta la prueba de la quiebra y el sufrimiento padecido cuando todos los asaltos parecen haber sido intentados en vano, para que la comprensión del sujeto que conoce renuncie a interpretar lo real con las propias fantasías y acepte dejar penetrar en sí un poco de la luz de la verdad.

La relación del sujeto que conoce con la verdad necesariamente es al mismo tiempo exterior e interior, pero también la verdad interior, para ser auténtica, no debe venir de sí misma. El don de sí mismo a la verdad significa ante todo ciertamente la aceptación de esta intrusión. En el mundo de los universitarios, de los cultos y de los científicos, el rechazo de esta intrusión, es decir la voluntad de mantener prudentemente las distancias respecto a la verdad, asume la forma del objetivismo positivista y, en particular, del cientifismo.
Al contrario, el sujeto vivo que conoce es un mediador entre la verdad objetiva y la verdad interior. Es el punto donde se cruzan los hechos y la belleza de lo inteligible. En la medida exacta en que él se da a la verdad, su ciencia es la que conduce a amar

La comunión de las personas es creada en el don de sí a la verdad que hace cada sujeto que conoce. Sin este don - regalo justo de cada uno e invisible porque ocurre en la interioridad - no existe ni comunidad universitaria ni verdadera Universidad.

Bibliografía
– «La personne en débat», Actes du Colloque interdisciplinaire organisé par el Communauté de Saint-Jean (Paray-le-Monial, 29 agosto-1 septiembre de 2006). Ediciones «Parole et Silence», 2008. En particular pp. 137-152: «Structure et vocation trinitaire de la personne chez Edith Stein» de Emmanuel Gaballieri.
– Las obras de santa Edith Stein (algunas desgraciadamente agotadas y en espera de republicación en lengua francesa),:
– Essere finito ed essere eterno. Per una elevazione al senso dell’essere (Ser finito y ser eterno. Por una elevación al sentido del ser) (Cittá Nuova, 1999)
– Phénoménologie et philosophie chrétienne (Cerf, épuisé),
– De la personne - corps âme esprit (Cerf, épuisé),
– Scientia crucis. Estudio sobre S. Juan de la Cruz (OCD),
– Source cachée - Oeuvres spirituelles (Cerf - Ad Solem),
– La Crèche et la Croix (Ad Solem),
– Vías del conocimiento de Dios. «La teología simbólica» del Areopagita y sus presupuestos en la realidad (EDB, 2008),
– Malgré la nuit - Poésie complète (Ad Solem),
– Regard sur Thérèse d’Ávila - El art d’éduquer, (Ad Solem, épuisé),
– De la vida de una familia hebrea y otros escritos biográficos (OCD, 2007)
– La donna. Il suo compito secondo la natura e la grazia (La mujer. Su tarea según la naturaleza y la gracia) (Cittá Nuova, 1999)
– De l’État (Cerf)

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