El gender, la sociedad sin sexo y la responsabilidad
autor: Eugenia Scabini
fecha: 2014-03-14
fuente: Il gender, la società senza sesso e il compito di noi madri e padri. Alla riscoperta della bellezza del corpo
(El gender, la sociedad sin sexo y la responsabilidad de nosotros, madres y padres. Descubriendo de nuevo la belleza del cuerpo)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Eugenia Scabini, autora de este artículo, es profesora de Psicología de los vínculos familiares en la facultad de Psicología de la Universidad Católica de Milán, de la cual ha sido rectora de 1999 a 2011

¿Se acuerdan del 12 de mayo de 2007, aquella rara manifestación en Roma llamada “Family day”? Más allá de los objetivos, ha sido también, para quien ha participado, una gran fiesta del pueblo, de vitalidad de las familias. Muchos años han pasado desde aquel día y nuestro mundo está ocupado por todos los otros escenarios que han ocupado en debates y manifestaciones, pero también en precisas decisiones jurídicas y sociales, muchos países europeos entre los cuales Francia y España: el matrimonio para las parejas homosexuales, con posibilidad o menos de adoptar hijos, la sustitución de los términos “padre” y “madre” con el más genérico “progenitor A” y “progenitor B” o uno y dos.

Todo esto nos ha sorprendido en parte, a veces preocupado, pero en todo caso en la mayoría de los casos lo hemos vivido un “poco a distancia”, porque ocurría en otro lugar, o porque urgentes y apremiantes aspectos ligados a la crisis económica nos habían quizás hecho sentir estos temas menos fundamentales para la vida de las familias, subvalorando su importancia a fines de una vida exquisitamente humana.

Sin embargo, ahora con una estrategia menos frontal pero más sutilmente invasiva, se presentan aun donde nosotros propuestas o iniciativas como el utilizo en Milán de formatos para la inscripción a la escuela con la genérica definición de “progenitor” en vez de “padre” y “madre” o la publicación de la “Estrategia nacional para la prevención y el contraste de las discriminaciones basadas en la orientación sexual y en la identidad de género”, firmado por la Unar (Oficio nacional antidiscriminación racial) y el departamento para la par oportunidad. Este último va bien más allá de la más que legítima denuncia del building o matoneo y la homofobia y, poniendo en jaque algunos baluartes de la construcción de la identidad personal y familiar, ha provocato más que legítimas protestas sobre todo por cuanto concierne al frente educativo, protestas che en fin han llevado a bloquear la iniciativa.

Es por lo tanto el momento de que aquel pueblo alegre retome conciencia de sí mismo y haga oír su voz, no tanto para vencer una batalla que se presenta claramente ideológica, sino para hacer emerger aquella que papa Benedicto ha indicado como «una ecología del hombre» que sea capaz de protegerlo «contra la destrucción de sí mismo», recobrando y vivificando los fundamentos de lo humano.

Pero ¿cuáles son los fundamentos de lo humano? Ante todo la persona que, con su inviolable dignidad humana y su libertad, es referencia central de la civilización europea y explícitamente en el centro de la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea. Decir persona es muy diferente que decir individuo, entidad abstracta y desligada de los vínculos, que ha determinado incluso el desarrollo del pensamiento del Novecientos. La persona, única e irrepetible, es constitutivamente un “ser en relación”: en resumen, cada uno de nosotros es un “generado” que se remite constitutivamente a los “generadores”, dentro de una cadena generacional del dar-recibir la vida imprescindible para la identidad de cada uno y, al mismo tiempo, para la identidad de la sociedad en que las personas se mueven.

Como bien dice papa Francisco en la Lumen Fidei: «La persona siempre vive en relación. Viene de otros, pertenece a otros, su vida se hace más grande en el encuentro con los otros. Y también el mismo conocimiento, la misma conciencia de sí mismo, es de tipo relacional, y está ligada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre. El lenguaje mismo, las palabras con que interpretamos nuestra vida y nuestra realidad, llega a través de los otros, preservado en la memoria viva de otros. El conocimiento de nosotros mismos sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande».

Un cuerpo viviente

Pero decir que la persona es “un ser en relación” no es decir una cosa vaga e impalpable, porque la persona es un cuerpo viviente. Querría poner el acento en la palabra “cuerpo”, aquel cuerpo que hoy es de una parte exaltado y de lo otra manipulado según el gusto y reducido a un conjunto de órganos. Sabemos en cambio por la investigación psicológica que, ya desde las primeras fases de la vida, el cuerpo humano es atravesado por primordiales emociones, estados mentales, capacidad de interacciones y, desde la vida intrauterina, responde y es influenciado (sobre todo a través del cuerpo de la madre) por lo que lo circunda y por el mundo afectivo y relacional de su familia, que lo espera, pre-figurando su “lugar”.

El cuerpo humano es vivo, es viviente. Cuerpo viviente significa afirmar que el aspecto que surge del ser humano está constituido por una unidad biológica, psíquica, espiritual y relacional. La persona existe, y como tal puede pensarse y actuar, dentro de tal unidad y en virtud de ella. La vida humana, que la Iglesia siempre con gran fuerza ha defendido, es dada por la conciencia de que ella es el bien por excelencia sin el cual nada podría existir. Decir cuerpo viviente significa al mismo tiempo decir “cuerpo sexuado”. El ser sexuado se refiere a toda la persona humana y no es sólo una diferencia anatómica. La humanidad existe al masculino y al femenino y una sociedad verdadera es aquella en que las personas pueden cumplir el imprescindible itinerario de humanización que las lleva desde el nacer macho y hembra, al volverse hombre y mujer.

En este proceso la familia tiene un rol fundamental: como dice el conocido psicólogo Urie Bronfenbrenner, «la familia hace humanos a los seres humanos». Y aquí está el fundamento de los derechos de la familia que encontramos claramente expresado en la Carta de los derechos de la familia de la cual hace poco hemos celebrado los 30 años de su publicación (y que vale la pena releer). Aquí, y no antes, se produce el itinerario en que la cultura, a partir de esta originaria diferencia (y no a prescindir de ella) ofrece la trama de los significados personales y sociales, esenciales en la construcción de la identidad. En esta perspectiva el cuerpo, lejos de ser un límite del cual liberarse - y a través de intervenciones manipuladoras, pasar del ser macho a convertirse en hembra y viceversa y a las ya numerosas variantes - es el recurso primordial y la sede de la persona: yo “soy” un cuerpo y no “tengo” un cuerpo.

La dualidad macho hembra

Con feliz expresión Juan Pablo II en las famosas “Catequesis del Miércoles” así persiste en la unidad de cuerpo y persona y su reconocimiento en la relación entre el hombre y la mujer. «Cuando el primer hombre, ante la mujer exclama: “Es carne de mi carne y hueso de mis huesos” (Gen, 2,23), afirma simplemente la identidad humana de ambos. Así exclamando, él parece decir: “He aquí un cuerpo que expresa a la ‘persona’”» (Audiencia general enero 9 de 1980).

Así es representado el misterio del ser humano, creado en la dualidad de macho y hembra y, por lo tanto, arraigado en una diferencia, pero incluso señalado por una común pertenencia al género humano. Es esta última que les permite al hombre y a la mujer, al masculino y al femenino, no estar abismalmente distantes, sino, en relación y tendencia recíproca, partes indispensables de la entera humanidad. El otro me permite a mí mismo que me reconozca, el otro es mi atractivo y mi destino. El otro: el otro género, la otra generación, el Otro, el Creador de todas las cosas que ha creado al hombre a Su imagen y semejanza y lo ha creado macho y hembra. Así nos dice la antropología del principio que nos pone delante de lo humano como constituido por una “igualdad distinta”.

Juan Pablo II, para expresar esta condición originaria ha acuñado una expresión nueva, un neologismo. Ha hablado del hombre y de la mujer como «uni-dualidad relacional», que permite a cada uno «sentir la relación interpersonal y reciproca como un don enriquecido y responsable» (Carta a las mujeres 8). La corporeidad y el estar situados en la diferencia sexual nos habla así de la unidad procreadora y del engendrar en la dirección del «don enriquecedor y responsable» bien vital y primario de la familia y fuente de la misma supervivencia y desarrollo de la sociedad. Pero la responsabilidad confiada a la uni-dualidad interpersonal no se detiene aquí ya que el hombre y la mujer, con su común y colaborativa contribución, deben llevar a término el mundo y la historia.

«El matrimonio y la procreación en sí misma no determinan definitivamente el significado originario y fundamental del ser cuerpo, ni del ser, en cuanto cuerpo, macho y hembra», así todavía nos dice este gran Papa (Audiencia general 9 enero de 1980).

La aparición del individuo

Ciertamente no es fácil mantener juntos la unidad sin envilecerla en la homologación y la diferencia sin crear peligrosas escisiones. No es fácil mantener viva la tendencia entre lo femenino y lo masculino sin hacerla estallar en el conflicto o encerrarla en el dominio y subordinación del uno sobre el otro. Los cristianos no se hacen demasiadas ilusiones a este propósito porque saben que ha habido una perturbación en el origen (el pecado original que Juan Pablo II distribuye igualmente entre el hombre y la mujer) y saben por tanto que la armonía entre los géneros pero también entre las generaciones (las dos diferencias constitutivas de lo humano) van siempre pacientemente reconstruidas en la vida familiar y social y no sin gran sufrimiento.

Así la realización histórica de este reconocimiento de iguales dignidades de la persona humana ha encontrado no pocas dificultades y todavía hoy está bien lejos de ser respetado. Han hecho las cuentas sobre todo las mujeres como por lo demás el mismo Juan Pablo II proféticamente de la Mulieris dignitatem (1988) a la Carta a las mujeres (1995) y en otras numerosas intervenciones hace ya más de treinta años denunciaba, relanzando en positivo la peculiaridad indispensable de la aportación de la mujer a la vida humana y social, hablando de «genio femenino».

¿Dónde han acabado hoy estos fundamentos y su riqueza y atractivo? Han quedado en la latencia, viven como un patrimonio sumergido del cual así poco logramos aprender y hacerlo relevante en la vida personal, familiar y social. En lugar de la persona aparece el individuo con su derecho de autodeterminación y elección incuestionable aun cuando tal elección tiene consecuencias directas sobre otro ser humano como tristemente ocurre cuando se produce “alquilando” un útero o se aprueba la eutanasia para los menores como ha ocurrido recientemente en Bélgica.

En lugar de la unidad cuerpo-persona asistimos, como agudamente observaba la psicoanalista Janine Chasseguet-Smirgel hace ya una decena de años, a una despersonalización del cuerpo de sí mismo, en una escisión entre yo corpóreo y yo psíquico. El cuerpo viviente se despedaza, se convierte en un objeto mudo, se deja mecánicamente y pasivamente transcribir por la tecnología que ha tomado posesión, no sin ganancia comercial. La fragmentación del cuerpo viviente produce esquirlas enloquecidas y evidentes contradicciones: hedonismo del “físico”, determinismo de lo genético (hasta de la libertad y moralidad) y al mismo tiempo atribución de enorme potencia a la cultura que tendría la capacidad de construir y de-construir la diferencia sexual.

Recobrar los fundamentos

En las teorías del gender de tipo radicalmente constructivista, hoy de moda, la “diferencia recíproca” de lo femenino y lo masculino colapsa en una representación del ser humano como indistinto, indiferenciado, híbrido y se preconiza una sociedad transgénero, postpadre y postmadre. Y la cuestión no está, como generalmente se debate, en la capacidad de las parejas, a lo mejor del mismo sexo, de saber criar bien a los niños sino consiste en poner estos últimos en la condición de asomarse a la vida con un vacío de origen. El tema de la generación y su intrínseca referencia al origen es cuestión central sea desde un punto de vista antropológico que psicológico, como hemos evidenciado otras veces en nuestra “perspectiva relacional-simbólica” de lectura de lo “familiar”. En este decaer, el itinerario al revés que hoy la humanidad amenaza de recorrer arrastra hacia abajo a la persona desde el reconocimiento, hasta el desconocimiento, a la indiferencia, al descuido.

¿Cuál es nuestra responsabilidad? Recobrar los fundamentos y ponerlos en acción. Es hoy el tiempo de una presencia activa, vigilante y propositiva de los adultos, de las madres y de los padres (pero sabemos que podemos y tenemos que ser madres y padres también de los hijos ajenos) porque nuestra es la responsabilidad hacia las nuevas generaciones. Ellas tienen que poderse nutrir de aquellos recursos materiales, simbólicos y morales que hacen de la vida una vida humana. Y la educación es el ámbito primario de tal compromiso porque la educación es un proseguimiento de la generación como bien nos ha enseñado aquel grande hombre y auténtico seguidor de Cristo que ha sido don Luigi Giussani. Él ha despertado del entumecimiento a más de una generación y con cada una de ellas se ha puesto apasionadamente en marcha haciendo encontrar dentro de la propuesta-experiencia cristiana la respuesta a los deseos profundos del corazón y un sentido del actuar vivaz y concreto en la vida social.

Comunión, no división

Cada generación empieza desde el principio pero es destinada a la quiebra si supone empezar de cero. Debe poder hallar en el patrimonio que le llega, a lo mejor empobrecido, la huella de un camino. Nosotros no somos mejores que nuestros padres como cantábamos un tiempo pensando en cambio de lograrlo. Pero podemos retomarnos y despertarnos partiendo justo de la pregunta que nos viene de nuestros hijos, de las nuevas generaciones. Debemos hacer este viaje pero juntos, madres y padres, hermanos de condición y reunidos por la misma responsabilidad. El destino de lo femenino y de lo masculino es la comunión no la división y tampoco la realización solitaria. Esta generación es desafiada en el cuerpo, como cada día vemos en la crónica, y sobre este punto se concentra la pregunta de humanización y la búsqueda de identidad.

¿Quizás para el cristiano el tema es secundario? El cuerpo, cristianamente la carne, el cuerpo de Cristo, el cuerpo de la Iglesia, la resurrección de los cuerpos… ¿Qué más atrayente que una propuesta que hace encontrar esperanza, vida y paz en el abrazo con un Cuerpo lleno de luz que nos une intensamente los unos a los otros y nos hace amigos y hermanos, antes que un recorrido errabundo en búsqueda de sí mismo a través de la espectacularización del propio cuerpo o la peregrinación desde un cuerpo sexuado a otro?
Volvamos juntos al origen. Y el único modo para ser aún generativos y para hacer así que puedan serlo las nuevas generaciones, con su irrepetible rostro.

-
Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License