El gran clisé Copernicano
autor: Dennis R. Danielson
Departamento de inglés, Universidad de la British Columbia, Vancouver, British Columbia V6T 1Z1, Canadá
fecha: 2001-10
fuente: The great Copernican cliché
© 2001 Asociación americana de Profesores de Física. [DOI: 10.1119/1.1379734]
traducción: Carola Rainero (inglés-italiano)
María Eugenia Flores Luna (italiano-español)

Por más de tres siglos los científicos, los historiadores, y los divulgadores de ciencia han repetido que Copérnico "destronó'' la tierra de su "privilegiada'' posición central en el universo. En todo caso, una investigación de filosofía natural pre-Copernicana (que vio la tierra como situada en una copa cósmica) y de la consideración Copernicana del significado axiológico de la nueva astronomía heliocéntrica (que sublimó la tierra elevándola a la danza de las estrellas) demuestra que el clisé sobre la "degradación" de la tierra es ilegítimo y digno de ser descartado.

I. INTRODUCCIÓN: LA NECESIDAD DE UN TRABAJO DE LIMPIEZA

La preocupación principal de este artículo es cuanto ocurre a una teoría física perfectamente válida cuando es interpretada, sea por expertos que por divulgadores, de modo poco riguroso o estandarizado para entender algo que no quiere decir. Un ejemplo común de este fenómeno es cómo la teoría de la relatividad de Einstein es usada por los que quieren, en cualquier campo - moral, psicológico o también físico, sustentar la afirmación de que "todo es relativo". Richard Feynman, para mencionar sólo un ejemplo supremo, ha organizado de modo esencial y definitivo aquellos que él llama los "filósofos de cóctel-party'' que promueven esta interpretación de la relatividad. No hay "nada más profundo en la mayor parte de la filosofía que dice ser derivada de la teoría de la relatividad'', Feynman afirma, "que la observación de una persona tiene un aspecto diferente en una visión frontal con respecto a una posterior''; en cambio, de hecho, por cuanto concierne a la física, "no es verdad que 'todo es relativo'". [1]

De modo parecido me gustaría invitar al escrutinio - y últimamente al rechazo – de lo que yo sostengo que es una no insignificante interpretación errónea de otro, mucho más antiguo desarrollo en física y cosmología: la revolución Copernicana. Al hacerlo intentaré, en mi función de histórico intelectual, cumplir con un poco de trabajo de limpieza que espero pueda ser útil a la comunidad de los físicos y más allá de ella. En resumen, intentaré comenzar a eliminar lo que yo llamo el gran clisé Copernicano que desde un buen número de años, también siglos, está obstruyendo nuestra comprensión de la historia de la astronomía, y de la historia en general.

En su forma más popular, la afirmación errónea que deseo afrontar a menudo aparece junto a otra que sólo mencionaré de paso y sólo haciendo referencia a su expresión más allá de los círculos científicos. En la película de ciencia-ficción de Hollywood de 1997 Hombres de Negro, el personaje, Agente Kay, que está conduciendo el intento de la humanidad por defenderse "de la escoria del universo'' a un cierto punto intenta trazar el progreso humano declarando que hace 500 años todos pensaban (1) que la tierra fuera plana, y (2) que nosotros fuéramos el centro del universo.

La primera de estas dos afirmaciones es realmente muy fácil sentirla – a pesar de lo que George e Ira Gershwin escribieron, en una canción popular, "Todos se rieron de Cristóbal Colón / Cuando él dijo que el mundo era redondo". En efecto, no dudo que sea probable que algunos contemporáneos de Cristóbal Colón hayan podido pensar que la tierra fuera plana. De otra parte, hay una discreta probabilidad que puedas encontrar dentro de un rayo de 10 millas del lugar donde vives a alguien que cree en una tierra plana. Si nosotros comparamos a personas cultas con personas cultas, podemos mostrar fácilmente como Aristóteles en el cuarto siglo A.C. haya enseñado que la tierra es esférica, y como Eratóstenes, al inicio del segundo siglo A.C. haya concebido un método para calcular, con buena precisión, la circunferencia de la tierra esférica. [2]

Pero aquella segunda afirmación del Agente Kay en Hombres de Negro, aquella que nos concierne que "no somos ya el centro del universo'', requerirá un poco más de esfuerzo para ser echada a la basura - y un poco más de tiempo - simplemente porque todavía está muy firmemente ligada al común, respetable, y hasta retenido científico modo de pensar de la historia de la astronomía.

Permítanme invitarlos a un momento de reflexión: ¿cuántas veces han escuchado o leído que Copérnico destronó a la humanidad removiendo la tierra del centro del universo? Es una afirmación que no sólo se escucha en las películas de Hollywood de segunda categoría sino también de fuentes más científicamente acreditadas. La mayor parte de los textos de ciencia del bachillerato parece afirmarlo, como muchos programas universitarios de "Introducción a la Astronomía". Quienquiera que escriba de historia de la ciencia en cuanto tiene que ver con los valores humanos parece obligado a afirmarlo, incluidos ilustres científicos que autorizadamente interpretan aquella historia para un público más amplio. En 1973, en una de las serie de conferencias públicas para recordar el 500 aniversario del nacimiento de Copérnico, Theodosius Dobzhansky declaró que, con Copérnico, la tierra fue destituida de su presunta centralidad y preeminencia". [4] Quizás el caso más famoso es aquel de Carl Sagan, que describió el Copernicanismo como el primero de una serie de "Grandes Degradaciones"… infligidas al orgullo humano''. [5] Y la misma afirmación general sigue siendo repetida de año en año, sea en cuentos populares o en los trabajos de los científicos más doctos, como por ejemplo en la declaración del Astrónomo Real Británico, Sir Martin Rees: “Han transcurrido más de 400 años desde cuando Copérnico ha destituido a la Tierra de su posición privilegiada que la cosmología de Ptolomeo le había concedido".[6] Más tarde en 1999, entre la exuberancia pseudo-milenaria que ha conmovido los últimos días de aquel año, al entonces Presidente de la División de Historia de la Astronomía de la Sociedad Astronómica americana le fue pedido redactar una lista de los “ Diez Mejores” Triunfos Astronómicos del Millennium - y puso al 13 puesto el sigiente:

Nosotros no somos el centro del
Sistema solar (Copérnico, 1500)…
Universo (Digges, 1576) [7]

Para completar este muestrario mixto, comparto un ejemplo que me ha proporcionado particular consternación. En octubre de 2000, Sky & Telescope publicó una reseña de mi antología, El Libro del Cosmos. La reseña estaba ilustrada con el famoso diagrama heliocéntrico del De revolutionibus orbium caelestium de Copérnico, el subtítulo afirmaba (en parte reclamaba a Sagan) "fui el primero en hacer caer al género humano de su pedestal de ser el centro del universo. Tal degradación celestial no fue bien acogida en los círculos religiosos". [8]

Mi objetivo en citar todos estos ejemplos - hechos por personas por las que pruebo gran estima - es aquel de ilustrar la pura y simple omnipresencia del gran clisé Copernicano, que ha sido repetido a menudo y por voces tan respetables que ahora es virtualmente parte de la mentalidad de cada uno. Lo que, evidentemente, es la naturaleza de un clisé: una afirmación cuya frecuencia de repetición, independiente de su verdad o falsedad, produce el ser repetido otra vez. Según esta definición, necesariamente, no todos los clisés son falsos. Sin embargo, aquí mi tarea es hacer limpieza de un clisé que es falso - y, creo, nocivo. El trabajo se dividirá en tres fases principales: (1) una explicación de la naturaleza, de los términos, y de los presupuestos del clisé mismo; (2) un examen de algunas de las características de la física y cosmología pre-Copernicana, con ilustraciones de cómo hayan sido interpretadas en modo engañoso o incomprendido; y (3) una reseña de cómo la concepción específicamente Copernicana de su éxito se oponga a las más modernas interpretaciones del significado de Copernicanismo. A éstas seguirán ulteriores reflexiones sobre el origen del clisé y sobre su futuro. Mi suposición en establecerme estas tareas es que, si físicos profesionales y astrónomos pueden ser hechos conscientes de la falsedad del clisé, entonces sus días pueden estar contados. [9]

II. LA NATURALEZA DEL CLISÉ

El gran clisé Copernicano está basado en el presupuesto de una equivalencia acrítica entre geocentrismo y antropocentrismo. Eso supone que, removiendo la tierra de una posición físicamente y geométricamente central en el universo, Copernicus haya removido la humanidad (el anthropos), el habitante de esta tierra, de su posición metafísicamente central en el cosmos.

Seremos ayudados al observar la distinción entre geocentrismo y el antropocentrismo si distinguimos igualmente atentamente entre literal y figurativo. Por ejemplo, ya estamos hablando en modo figurativo cuando decimos que Copérnico removió la tierra del centro del universo - porque, literalmente, la tierra no estaba allí al inicio, y, cualquiera fuera la ubicación de la tierra, Copérnico en realidad no la movió. Desde un cierto punto de vista, claramente esta imagen es bastante inocua, y yo no estoy objetando en principio al lenguaje figurado. Sino como trataré de mostrar dentro de poco, arriesgamos con hacer de veras confusión si no somos cautos en pasar de lo literal a lo figurado. El Geocentrismo es principalmente un término de denotación literal: la cosmología de Ptolomeo es llamada geocéntrica porque él pensó que la tierra estuviera en sentido literal, geométricamente, al centro, o en el centro. Pero antropocentrismo - como etnocentrismo y eurocentrismo - es un término cuya denotación primaria es figurativa y axiológica: Llamar a un americano eurocéntrico es decir como que su, de él o de ella, sistema de valores está culturalmente "centrado" en el de Europa (cualquier cosa eso pueda significar). La primera vez que visité Londres, en Inglaterra, he sido acompañado a dar una vuelta por un orgulloso londinense que me mostró Piccadilly Circus y me dijo: "Y aquel es el centro del universo". Él estaba, con plena consciencia, hablando en modo figurado, y estaba haciendo, quizás con un toque de auto-ironía, una aserción sobre la importancia del lugar.

Ahora, al subrayar esta distinción, yo no estoy negando ciertamente que un geocentrista también pueda ser un antropocentrista. Yo estoy haciendo simplemente la crucial premisa preliminar que los significados literales y figurados no coinciden necesariamente, y que una comprensión crítica de la historia del geocentrismo, tal como del rechazo del geocentrismo, debería empezar por observar la diferencia. En una fase siguiente de mi razonamiento sustentaré la ulterior afirmación que, para la mayor parte de las autoridades filosóficas y astronómicas pre-copernicanas, el geocentrismo no implicaba y tampoco acompañaba pretensiones sobre la importancia preeminente de la tierra o de la humanidad.

En resumen, el gran predominio de evidencias que he examinado sugiere que la ecuación de geocentrismo pre y anti-Copernicano con el antropocentrismo, contrariamente a cuanto frecuentemente continua a ser reafirmado, es históricamente, filosóficamente, y científicamente insostenible. No hay, ni ha habido nunca en el florecimiento del Copernicanismo alguna correlación necesaria entre centralidad literal y geométrica y "centralidad'' en el sentido figurativo de "importancia '' o "preeminencia". La afirmación de uno no comporta la afirmación del otro ni el rechazo de uno implica el rechazo del otro.

III. LA FÍSICA DE ARISTÓTELES Y EL SIGNIFICADO DE LA UBICACIÓN DE LA TIERRA

Antes de considerar a Copérnico y sus herederos inmediatos, hacemos una breve reseña de los presupuestos sobre los que se basa la cosmología Ptoloméica, pre-Copernicana. Una mirada a un aspecto de la física Aristotélica nos conducirá enseguida a otra distinción que a los intérpretes modernos a menudo falta observar.

Ya he ilustrado de Sky & Telescope y el H.A.D News cómo nosotros tendemos a dejar caer la preposición "a '' o "en '' cuando describimos el geocentrismo: Nosotros decimos, "para Ptolemeo, la tierra era el centro del universo". No estoy partiendo simplemente un cabello en cuatro. Técnicamente, Aristóteles y Ptolomeo no creían que la tierra “fuera el centro del universo". Más bien, el universo tenía un centro; y la tierra (per accidens, como es probable que Aristóteles habría dicho, si hubiera hablado latín) estaba tan posicionada que su centro coincidía con el centro del universo. [10] Es más bien comprensible que deberíamos ignorar esta distinción o percibir la banalidad, considerada nuestra tendencia a leer como Newton la física pre-Newtoniana. Para Newton - y también indirectamente para Einstein - es la tierra, la masa que atrae los objetos hacia su propio centro. Pero para Aristóteles, la tendencia de las cosas pesadas al caer no era el resultado de la ubicación de cierta masa, sino más bien la influencia de la ubicación misma, en este caso la ubicación central - y no me refiero el centro de la tierra como tal sino al centro, punto y basta. Es aquel lugar central mismo, no un cuerpo macizo, que atrae cosas pesadas hacia sí mismo. Cómo Aristóteles dice en el Libro 4 de la Física, el lugar mismo "ejercita un cierto influjo". [11] Y es solamente el hecho que la tierra sea compuesta del elemento más pesado (siendo la tierra más pesada que los otros tres: agua, aire y fuego en tal orden) que explica por qué el cuerpo sobre el que nosotros vivimos carece de movimiento en el centro del universo. En este sentido, entonces hablando de modo muy preciso, nosotros no deberíamos llamar ni siquiera la cosmología Aristotelica/Ptolomeica "geocéntrica'', sino más bien algo como "centro-céntrica'', aunque no tenga una gran expectativa que este término tome pie.

La explicación literal, física, de Aristóteles, del por qué la tierra esté al o en el centro del universo tiene consecuencias profundas, consecuencias que casi uniformemente están en conflicto con las interpretaciones implicadas por el gran clisé Copernicano como ha sido diseminado en toda la historia de la cosmología occidental en el último período del siglo 17. En la mayor parte de las interpretaciones medievales de la cosmología de Aristóteles y Ptolomeo, la posición de la tierra al centro del universo fue tomada como evidencia no de su importancia sino (para usar todavía un término en circulación) de su vulgaridad. [12] Una de las exposiciones más claras de esta idea se encuentra en los escritos del gran filósofo judío Moisés Maimónides (1135±1204). Después de haber trazado varios paralelos entre el universo como un todo y un cuerpo individual, Maimónides sin embargo nos pone en guardia sobre el hecho que hay diferencias que minan cualquier simple analogía entre el macrocosmo y el microcosmos. Una de estas diferencias se refiere al lugar y a la importancia del centro.

Las criaturas vivientes dotadas de un corazón lo tienen dentro del cuerpo y por tanto en el medio; en tal lugar se encuentra, circundado por los órganos que gobierna. Así de ellos trae beneficio, porque lo custodian y lo protegen…. Lo contrario ocurre en el caso del universo. La parte superior encierra las partes inferiores…. Mientras influencia todo lo que está en ella contenida, no es influenciada por ningún acto o fuerza de ningún ser material. Hay sin embargo, una cierta semejanza [entre el universo y el hombre] en este aspecto. En el cuerpo de los animales, los órganos más distantes del órgano principal son de menor importancia que aquellos más cercanos. También en el universo, tanto más las partes están cercanas al centro, cuanto más grande es su turbidez, su solidez, su inercia y oscuridad, porque están más lejanas del elemento más elevado, de la fuente de luz y brillantez que se mueve por sí misma y cuya sustancia es la más rarefacta y simple: desde la esfera más externa. En proporción a cuanto un cuerpo está más cerca a esta esfera, saca propiedades de ella, y se eleva sobre las esferas l inferiores a é. [13]

Esta visión de nuestro sitio en el universo sustenta la advertencia consiguiente de Maimónides en el mismo trabajo y es decir que nosotros no tenemos que "pensar que las esferas y los ángeles fueron creados por amor nuestro'' (p. 276). En un trabajo anterior de Proclo, 412± 485, "el hombre es… un ser de lejanía: viviendo al final del Todo, y más lejos de ellas [las cosas verdaderas], nosotros tenemos una percepción aproximativa y limitada'". [14]

Un examen más completo del antiguo pensamiento medieval, árabe, Judío y Cristiano - para el que no tenemos espacio suficiente - otorgaría mayor fuerza a esta dimensión axiológica de la cosmología. Hacia arriba es la dirección de la mejoría y de la importancia creciente (dentro del Cristianismo, por ejemplo el Cielo está en alto; Cristo surge de la muerte y va al Cielo; el espíritu del devoto es exaltado - literalmente, "enaltecido", elevado en alto - etc.). Por contraste, hacia abajo, hacia el centro, está la dirección del deterioro, de la corrupción, y de la tumba. En este sentido como Marciano Capellla hace notar en sus escritos cosmológicos, la tierra está "en medio y al fondo'' de la posición en el universo. [15] Como el geógrafo árabe Al-Biruni, 973±1048) afirma, "la tierra está en el centro de la esfera de la luna, y este centro es en realidad la parte más baja". [16] Santo Tomás De Aquino, el más grande de los filósofos cristianos medievales afirma que "en el universo, la tierra - que todas las esferas circundan y que, como posición, yace en el centro - es la más material y más común (ignobilissima) de todos los cuerpo''. [17] Además, basándose en una consistente extrapolación de esta visión, el Medievo concibió el infierno como localizado en el exacto centro y por tanto coincidente con el centro de la tierra. En la Divina Comedia de Dante, por consiguiente, encontramos el infierno en el núcleo más interno de la tierra, en el punto central en que, estando al paso con la física Aristotélica tal como con la justicia poética, aparece Satanás: no bailando entre las llamas - porque el elemento del fuego hace parte de otro lugar - sino helado, inmóvil, en el hielo. [18]

En síntesis, la cosmología pre-Copernicana no subrayó la "centralidad" metafísica o axiológica" sino más bien la vulgaridad pura y simple de la humanidad y su morada. Según esta visión, la tierra parece un foso universal, el punto bajo del mundo sea desde el punto de vista figurado que literal. Como dice C. S. Lewis, el modelo medieval es en efecto no antropocéntrico sino "antropo-periférico". [19] Esta visión negativa comprende en fin no sólo a los antiguos escritores árabes medievales, Judíos y Cristianos sino también muchas voces prominentes que nosotros asociamos con el humanismo Renacentista sea antes que después del período de Copérnico. Giovanni Pico (1463± 1494) hasta al interno de un trabajo que fue titulado Oración sobre la Dignidad del Hombre (1486), se refiere a nuestro actual lugar de vivienda, la tierra como "las partes excrementales y sucias del mundo más bajo". [20] Y un cuarto de siglo después de la publicación del De revolutionibus en 1568, Michel de Montaigne una vez más retoma el mismo tema, afirmando que nosotros estamos "alojados aquí en la inmundicia y en la mugre del mundo, clavados y empotrados en la peor y más mortal parte del universo, en el piso más bajo de la casa y en el punto más remoto de la cúpula celeste". [21]

¿Pero qué descubrimos cuando, de este fondo rico y densamente enredado, nos dirigimos al trabajo del historiador de la ciencia del siglo XX? Cómo serían sorprendidos Pico y Montaigne al leer las seguras declaraciones de Morris Kline que una de las "predominantes doctrinas del Cristianismo'' durante el período de Copérnico y Kepler era el "dogma confortante" "que el hombre era al centro del universo; … la preocupación primaria de Dios'', y "el principal actor al centro del escenario". [22] ¿Podemos evitar la conclusión de que aquella que realmente parece ser la visión común en el Medievo y también sucesivamente, de esta tierra como ''las partes excrementales y sucias del mundo más bajo" contradice completamente las aserciones actualmente estandarizadas de Kline y de muchos otros que perpetúan este gran clisé Copernicano? Antes de acelerar esta conclusión, en todo caso, consideremos algunos de los Copernicanos mismos.

IV. EL COPERNICANISMO Y LA EXALTACIÓN DE LA TIERRA

En contraste con Maimónides, Dante y Pico, el propio Copérnico puede ser visto como aquel que "exalta'' la posición del género humano en el universo. En la carta a Papa Pablo III con el cual él abre el De Revolutionibus Copérnico relata cómo "empezó a irritarme el hecho que los filósofos… no pudieran estar de acuerdo sobre una teoría más confiable respeto a los movimientos del sistema del universo que el Artista mejor y más ordenado de todos construyó por nuestro bien [propter nos]''. [23] Como Fernand Hallyn comenta en su estudio sobre Copernicus y Kepler, "si el hombre es el beneficiario del mundo, queda su profunda 'centralidad' dondequiera que él se encuentre físicamente…. El universo copernicano… queda desde este punto de vista profundamente antropocéntrico". [24] El contraste con la advertencia de Maimónides más de 300 años antes de no "pensar que las esferas y los ángeles fueron creados para nuestro bien'' difícilmente podría ser más claro. Durante el siglo pasado algunos otros estudiosos han a su modo atraído la atención al carácter medieval geocéntrico no-antropocéntrico o a las tendencias antropocéntricas al interno del Copernicanismo [25], pero sus argumentaciones, por cuanto fuertes, por lo que parece no han dejado huella en la mente popular o de los científicos eruditos.

Luego examinamos la exaltación Copernicana de nosotros y nuestra tierra contra el escenario de presupuestos medievales que yo ya he trazado - presupuestos por los cuales nos encontramos en un tipo de pozo cósmico aquí en el centro del universo. Si exploramos la documentación textual del Copernicanismo, podemos ver cómo sea eso que sus opositores, consideraron las implicaciones axiológicas de sus ideas sobre el problema de nuestra ubicación cósmica. Si consideras en primer lugar la famosa carta de 1536 de Nicolás Schoenberg que hace de prefacio al De Revolutionibus, en el cual él animó a Copérnico a comunicar su cosmología a los otros estudiosos. En la cosmología de Copérnico, Schoenberg sintetiza, "el sol ocupa el lugar más bajo, y así el puesto central, en el universo". [26] La lógica de esta frase es significativa: si notas que el lugar ocupado por el sol es el más bajo, y por tanto central, no al contrario. Nosotros también podemos suponer que Copérnico pudiera haber probado un considerable grado de malestar, inicialmente, poniendo el sol en esta baja posición anteriormente ocupada por la humilde tierra - y quizás que él también esté remediando a esta aparente degradación del sol cuando, en el su famoso ''himno" poéticamente (pero también con una reclamo a la practicidad) describe la reafirmación:

Y observen, en medio de todo reside el sol. Porque ¿quién, en este bellísimo templo, pondría esta lámpara en otro lugar o en un lugar mejor desde donde iluminará de golpe todas las cosas? Porque de veras justamente algunos lo llaman la linterna - otros la mente o el soberano - del universo. Hermes Trismegisto lo llama el dios visible y la Electra de Sófocles "el observador'' de todas las cosas. Verdaderamente de hecho el sol, como sentado sobre un trono real, gobierna su familia de planetas mientras ellos se mueven en círculo alrededor de él. [27]

Mi sospecha es que esta intensa reevaluación y restauración del centro, completa con "trono real'' (si notas el juego de palabras: "tanquam in solio regalis Sol residens… "), haya sido un éxito tan cegador que desde entonces ya no hemos visto cómo los predecesores de Copérnico realmente consideraban la ubicación central.

Consideremos otra carta, una sobre Galileo escrita por el Cardenal Bellarmino en 1615, casi 80 años más tarde de Schoenberg. Bellarmino afronta el conocido problema si la Biblia misma dicte una visión geocéntrica. Pero mirando más allá de aquel problema y, teniendo en consideración las claras implicaciones poco lisonjeras del geocentrismo por el status de la tierra, notamos cómo ellas invadan el lenguaje de Bellarmino. Sea los Padres de la Iglesia que los comentadores modernos de las Sagradas Escrituras, dice Bellarmino, concuerdan "en la interpretación literal que el sol está en el cielo y gira alrededor de la tierra a gran velocidad, y que la tierra está muy lejana respecto al cielo y se asienta inmóvil en el centro del mundo". [28] Ciertamente "muy lejos del cielo'' está muy lejos de evocar cualquier imagen de trono o pedestal. Un lenguaje parecido ha resonado en Galileo en lo que parece ser su respuesta a Bellarmino. Aquí Galileo sustenta una lectura literal: "a propósito de poner el sol en el cielo y la tierra fuera de él, como las Sagradas Escrituras parecen afirmar, etc., eso realmente me parece ser una simple percepción nuestra y un modo de hablar sólo para nuestra conveniencia".[29]

De ésta y de otras cartas, es claro que Galileo no está interesado en revertir las Esrituras mismas sino más bien una retrógrada interpretación Aristotélica de ellas. Y una de las cosas de aquella interpretación que él debilita es precisamente el estatus cósmicamente aislado y poco lisonjero que Aristóteles y los seguidores de Ptolemeo atribuyen a la tierra. Al contrario, la versión de Galileo del Copernicanismo promueve a la tierra y sus habitantes a un rol de participación y reciprocidad al interno del esquema cósmico. Por ejemplo, en Sidereus Nuncius (1610) explícitamente Galileo presenta su creencia sobre el "claro de tierra" - la tierra ilumina la luna exactamente como la luna ilumina la tierra - como una unión inevitable, un cambio entre estos dos cuerpos celestes, como de hecho entre dos estrellas: "con justo y agradecido recambio la Tierra devuelve a la luna una iluminación igual a aquella que ella misma de la Luna recibe". [30] Además, Galileo escribe, que esta explicación va contra "los que van proclamando que ésta [la Tierra] debería excluirse, del giro danzante de las Estrellas. Sobre todo porque carecería de movimiento y de luz. Porque nosotros la mostraremos errante y superante en esplendor la Luna, y ya no sentina de sordideces y terrenales porquerías". [31]

La misma idea se repite con gran fuerza y claridad 20 años más tarde en el Diálogo de Galileo en el cual su portavoz Salviati declara: “en cuanto a la Tierra, nosotros tratamos de ennoblecerla y perfeccionarla, mientras procuramos hacerla parecida a los cuerpos celestes y en cierto modo ponerla casi en el cielo, de donde sus filósofos la han exiliado". [32] "Sus filósofos'' en este caso, claramente, son aquel tipo de astrónomos Ptolemaicos que, según el casi unánime parecer de los historiadores científicos durante al menos el siglo pasado, han puesto la tierra "sobre un pedestal'' al centro del mundo. En cambio, contrariamente a la afirmación a menudo repetida que el antiguo y medieval geocentrismo ponía a la tierra y la humanidad en una posición de importancia suprema o privilegiada en el universo, es el heliocentrismo, la nueva cosmología de Copernico que realmente interpreta el lugar de la humanidad como un lugar de prominencia. En la cosmología Ptolemaica, la posición de la tierra es sea baja que insignificante. Pero, al contrario, la cosmología de Copérnico y de Galileo es, en más de un sentido, altanera.

Las ideas de Képler son de manera parecida sorprendentemente antropocéntricas. Para Kepler, la posición central sería completamente opaca - y no me refiero sólo a una falta de luminosidad. Él sustenta que como el "hombre" fue creado para la contemplación, "y adornado y dotado de ojos, no podía quedar en reposo al centro. Al contrario, tiene que hacer un viaje anual sobre este barco que es nuestra tierra para cumplir sus observaciones….

No hay globo más noble o más apropiado para el hombre que la tierra. Porque, en primer lugar, está exactamente en medio de los globos principales…. Sobre él está Marte, Júpiter y Saturno. Al interno del abrazo de su órbita giran Venus y Mercurio, mientras en el centro rota el sol". [33] Ésta es claramente una total reconceptualización de lo que significa estar en el centro. Los seres humanos, para ejercer o específicamente actualizar su imagen divina, tienen que ser capaces de observar el universo desde un punto "central'' pero dinámico y mutable, oportunamente dotado de aquello que Kepler considera nuestra colocación espacial orbital óptimamente posicionada. Y para él, por tanto, sólo con la abolición del geocentrismo nosotros verdaderamente podemos decir que ocupamos el mejor lugar, más privilegiado en el universo. De hecho Kepler estaba tan convencido de la superioridad de la colocación de la humanidad sobre la tierra que, de modo fascinante, expresa cierta piedad por aquellos (él pensaba) que habitan en Júpiter, y formula una teoría según la cual, en el plan divino, a los habitantes de Júpiter, para que no se sientan demasiado envidiosos de nosotros, habitantes de la tierra, son concedidas algunas lunas adicionales como forma de compensación: "Dejemos que las criaturas de Júpiter, pues, tengan algo con que consolarse. Permitámosles hasta tener… sus propios cuatro planetas". [34]

Así de nuevo surge la pregunta: ¿Cómo concuerda aquello que los Copernicanos y los pre-Copernicanos en realidad escribieron con las declaraciones de los comentadores modernos? ¿De dónde nace la repetida afirmación (en las palabras llenas de aprobación de Sigmund Freud) a propósito de aquel "ultraje'' contra el "amor propio ingenuo de la humanidad'' que nosotros asociamos con "el nombre de Copérnico?'' [35] ¿Cómo se armoniza con la misma historia relatada más recientemente por Carl Sagan y de nuevo por Terrence Deacon que dice que "Desde cuando Copérnico sugirió primero que la Tierra Firme no tenía que ser localizada en el centro del cosmos, la mayor parte de las huellas restantes de la particularidad humana han sido puestas en duda? [36] Yo sugiero que Copérnico, Galileo y Kepler mismos, si nosotros pues los leemos, minan la suposición fundamental de tales declaraciones, sea que la ubicación central coincida con la especificidad humana, sea que aquella pérdida de ubicación central coincida con la pérdida de la especificidad humana.

V. LOS ORÍGENES DEL CLISÉ

Si así numerosos y prominentes autores medievales e igualmente acreditados modernos portavoces del heliocentrismo minan la ecuación del geocentrismo y el antropocentrismo - y si el Copernicanismo crea la perspectiva excitante de nuestra especie que habita una estrella, un planeta, un lugar no más "excluido-de la danza de las estrellas'' - entonces ¿cómo surgió el gran clisé Copernicano? No tengo todavía una respuesta definitiva a esta pregunta. Es mucho más fácil mostrar el error basado en los hechos que explicar las razones. No tengo duda de que, para muchos, la excitación se transformó en confusión. Se podría pensar en el lamento a menudo citado de John Donne, "'Todo en pedazos, se ha perdido toda cohesión''; o Pascal "El silencio eterno de estos espacios infinitos me asusta;'' o al humorístico pero frustrado índice de Robert Burton sobre los cosmólogos de su tiempo: "el mundo es girado en una cobija entre ellos, ellos mueven la tierra arriba y abajo como una pelota". [37] Además, la confusión y la pérdida de seguridad quizá han sido interpretadas, comprensiblemente, como pérdida de excepcionalidad. [38] Pero merece la pena hacer notar que la seguridad, hasta la intimidad, del universo medieval (de las que hubieron varias versiones), no justifica nuestra lectura de la altanería humana o la vanidad de aquella cosmología. Uno puede ser humilde en un departamento de un simple sótano. Un conocido me relató recientemente la historia de su pequeña familia que se trasladó de tal vivienda a una nueva casa espaciosa. Y narró de haber llorado, porque aquella pequeña vivienda había estado llena de alegría y había tenido un importante rol en el desarrollo de su matrimonio y la vida de su joven familia.

Además, no soy aún capaz de indicar precisamente cuándo el clisé ha aparecido por primera vez, aunque me aventuraría a decir que surgió en las décadas después del 1640. En aquel año John Wilkins, quizás el más grande apologista inglés del Copernicanismo en la mitad del siglo XVII, explícitamente admite que el heliocentrismo se pone en oposición a los geocentristas que argumentan a partir de la premisa de que la posición central es la peor ubicación del universo:
"El segundo tipo de argumentos tomado por la filosofía natural, son principalmente estos tres.

(1) Primero, por la vileza de nuestra tierra, porque ella consiste de una materia más sórdida y vil que cualquier otra parte del mundo; y por tanto tiene que ser situada en el centro que es el peor lugar y a más grande distancia de aquellos cuerpos incorruptibles más puros, los cielos.

Yo respondo: este argumento acepta como verdaderas tales afirmaciones, que no son demostradas todavía, y por tanto no pueden ser asumidas como tales.

(1) Que los cuerpos deben estar tan distantes en el espacio, cuanto en su majestuosidad.

(2) Que la tierra es de una sustancia más innoble que todos los otros planetas, consistiendo de una materia más despreciable y vil.

(3) Que el centro es el peor lugar.

Todas estas afirmaciones son, (si no evidentemente falsas) por lo menos muy inciertas". [39] Sin embargo, desde la mitad de los años 1650 o poco después, se encuentran de hecho algunos escritores que asocian el geocentrismo con la presunción humana. Entre éstos está Cyrano de Bergerac, que protesta "el orgullo insoportable de las criaturas humanas'' y Tommaso Burnet que, como para reivindicarse, hace referencia a nuestra tierra como "una partícula oscura y sórdida". [40] Pero el gran divulgador francés del Copernicanismo es Bernardo los Bouvier de Fontenelle que más fuertemente asevera las implicaciones axiológicas negativas de la nueva cosmología: en su famoso Entretiens sur la Pluralité des Mondes, la señora en el diálogo, después de haber oído del modelo heliocéntrico, declara que Copérnico, si hubiera sido capaz, hubiera privado a la tierra de la luna desde el momento que la habría privado de todos los otros planetas, porque ella percibe, dice, que él no "demostraba una gran gentileza por la tierra". A lo que el personaje del mismo Fontenelle replica lo contrario alabando a Copérnico: "Yo estoy extremamente contento con él… por haber humillado la vanidad de la humanidad que la había usurpado la primera y la mejor posición en el universo". [41] Ésta interpretación del Copernicanismo se ha vuelto el estándar y evidentemente la versión indiscutida del lluminismo como en modo magistral fue sintetizado por Goethe:

"Quizás ningún descubrimiento u opinión produjo nunca un efecto más grande en el espíritu humano de la enseñanza de Copérnico. No apenas la tierra fue reconocida redonda y autosuficiente, fue obligada a abandonar el colosal privilegio de ser el centro del universo". [42]

Y de Goethe y del Iluminismo hasta nuestros días, no ha habido, más puntos de vista, casi ninguna reflexión.
¿Cómo dar cuentas del génesis de esta interpretación y su evidente éxito al eliminar todas las otras? Ya he mencionado, en referencia al himno de Copérnico, mi sospecha que una vez que el centro fue visto como ocupado por el sol real, aquella ubicación pareció ser un lugar muy especial. De este modo nosotros leemos anacronísticamente la excelencia post-Copernicana del centro físico como si se encontrara en la representación del mundo pre-Copernicano - y así la cambiamos. Pero también sospecho (aunque no pueda demostrar todavía) que el gran clisé Copernicano sea desde muchos puntos de vista más que una simple e inocente confusión. Más bien, funciona como una historia que se autocongratula que el modernismo materialista recita a sí mismo, como un medio para desplazar su propia hubris hacia aquello que le gusta llamar los "Siglos Oscuros". Cuando Fontenelle y sus sucesores relatan la historia, está claro que no están haciendo un esfuerzo desinteresado; no hacen ningún secreto del hecho que están "extremamente contentos'' de la degradación que interpretan en el descubrimiento de Copérnico. Pero el truco de esta supuesta destitución es que, mientras ella con palabras hace "al hombre'' universalmente y metafísicamente menos importante, pone en realidad sobre el trono a nosotros los hombres "científicos" modernos en toda nuestra superioridad iluminada. Declara, efectivamente, "Nosotros somos realmente muy especiales porque nosotros hemos mostrado que no somos tan especiales". Asociando el antropocentrismo con la ya indiscutiblemente deplorable creencia del geocentrismo, una tal ideología moderna logra tratar como sin valor o ingenua la legítima y candente pregunta si la tierra o los habitantes de la tierra puedan ser de veras cósmicamente especiales. En cambio ofrece – sin nada más - una especificidad expresa en términos exclusivamente existenciales o Prometeicos, con la humanidad que se ensalza a sí misma con sus propios medios y heroicamente, si bien al final inútilmente, desafía el silencio universal. Pero estoy sugiriendo que tal supresión o evasión del más grande problema de la teleología debería ser reconocido como carente de valor histórico, filosófico, o científico.

No que todos hayan evadido tales preguntas. En realidad parece haber un creciente número que no se avergüenza de sostener la antorcha por esta "rara tierra'', para hacer eco del título de un reciente libro importante. [43] Y para mí, las palabras de Michael Polanyi, hace casi más de medio siglo, todavía resuenan: "objetividad'' científica, como "ejemplificado" por la teoría Copernicana…, no requiere que nosotros evaluemos el valor de hombre en el universo por la dimensión diminuta de su cuerpo, de la brevedad de su historia pasada o de la probable carrera futura. No requiere que nos consideremos un mero grano de arena en un millón del Sáhara…. No nos indica una auto-eliminación sino exactamente lo contrario - una llamada al Pigmalión en la mente del hombre". [44] Una tal explicación de la objetividad científica, este Pigmalión en la mente, puede al final demostrarse compatible con aquel que algunos físicos y algunos no físicos considerarían una búsqueda de significado que transciende lo que es físico. Pero también al nivel físico, ni menos la reinterpretación Copernicana de la tierra como una estrella tiene que ser considerada una degradación o destitución. Como Hans Blumenberg ha propuesto, nuestro "oasis cósmico'' - "este milagro de una excepción, nuestro planeta azul en el medio del desilusionante desierto celeste - no es más aun una estrella', sino más bien la única que parece merecer esta mención". [45]

VI. EL FUTURO DEL CLISÉ

No quiero concluir este artículo simplemente haciendo resonar una nota emotiva o meditativa sobre nuestro lugar en el universo, aunque yo espere que sea claro que pienso que tales notas son parte de la melodía cósmica que anima todos nuestros esfuerzos. No he olvidado que aquí mi rol principal es hacer limpieza. Sin embargo, después de todo, eliminar el gran clisé Copernicano requerirá los esfuerzos de más de un custodio. Luego ustedes podrán decir que he intentado poner juntas las escobas para que otros las usen. Éstas Incluyen esmeradas distinciones entre literal y figurado, físico y metafísico, geocéntrico y antropocéntrico. También incluyen simples pero potentes instrumentos que adquirimos cuando de veras leemos los escritos de aquellos en los cuales se hacen las declaraciones históricas, y cuando nosotros evitamos leer atrás en aquellos escritos teorías físicas siguientes - como en el ejemplo del error de ver la tierra de Aristóteles como algo que constituye una masa Newtoniana. Además, junto a la tentativa de proveer escobas, he sugerido razones por las que el clisé merece ser echado fuera. Eso, de modo no banal, representa de manera equivocada la visión del mundo pre-Copernicano. Impide una evaluación crítica de lo que puede ser la "teología" escondida del modernismo materialista. Y quizás más corrosivamente, crea la impresión falsa de que la cosmología de Copérnico - o hasta la ciencia en general - ha constantemente e inequívocamente demostrado la insignificancia o metafísica "no centralidad" de la vida humana en el universo - cuando ciertamente nosotros tenemos que seguir dirigiendo aquella apremiante y aún abierta pregunta: ¿Cuál es nuestro lugar dentro de esta danza de las estrellas?

En fin, querría hacer notar respetuosamente, que los que desean quedar sostenedores de la opinión que Copérnico "destronó'' la humanidad, están ahora posiblemente, y quizás irónicamente, en la posición de los que un tiempo se agarraron al modelo Aristotélico/Ptolemaico después de haber tenido la oportunidad de observar, a través del telescopio de Galileo, las lunas de Júpiter, las fases de Venus y las manchas sobre la superficie del sol que rota. Tales vistas sin duda trastornaron profundamente algunos modos arraigados y muy difundidos de pensar. Pero, científicamente, el trastorno no era el problema; ni la observada evidencia podría ser confutada por la pura afirmación que "cada uno conoce de manera diferente". A cuanto parece hoy, "cada uno sabe'' que el Copernicanismo fue una destitución para la humanidad, un rechazo de la especificidad terrenal y humana en el universo. Viceversa, contra esta visión convencional yo he ofrecido una gama de evidencias que van en sentido opuesto. Y mi simple reclamo a hacer limpieza a los que todavía se agarran al gran clisé Copernicano es que ellos mismos ahora emprendan a salvarlo y renovarlo, o bien lo abandonen en el cajón de las ideas desprestigiadas.

AGRADECIMIENTOS

Deseo expresar mi gratitud por el privilegio de haber presentado una anterior versión de este artículo como conferencia plenaria por invitación al meeting conjunto de la Sociedad de Astronomía americana y de la Asociación Americana de enseñantes de Física en San Diego, el 11 de enero de 2001. Y agradecimientos sinceros a Virginia Trimble por haber ayudado a hacerlo posible. Por las óptimas sugerencias y haber sido útiles guías me gustaría agradecer también a Janet Danielson, Steven Dick, Tzvi Langermann, Jim Lattis, Rachele Poliquin y Jean Louis Trudel. Mi búsqueda ha sido sustentada en parte por la Social Sciences and Humanities Research Council del Canadá.

Notas

1. Richard P. Feynman, Six Not-so-Easy Pieces (Addison-Wesley/Helix Books) Reading, MA, 1997, pp. 73±76.

2. See Aristotle, Physics 296b-297a; in The Works of Aristotle, edited by W. D. Ross (Clarendon, Oxford, 1930), Vol. 2; and R. Osserman's account of Eratosthenes in Osserman, Poetry of the Universe: A Mathematical Exploration of the Cosmos (Anchor, Nueva York, 1995), pp. 10±15.

3. Cualquier búsqueda en internet usando términos como "Copérnico AND destronar'' o "Copérnico AND pedestal'' presentará numerosos ejemplos.

4. Theodosius Dobzhansky, Man's Place in the Universe: Changing Con-cepts, edited by David W. Corson (Univ. of Arizona College of Liberal Arts, Tucson, 1977), p. 80. Compare JuÉrgen Hamel, Nicolaus Copernicus: Leben, Werk und Wirkung (Spektrum Verlag, Heidelberg, 1994), p. 300: “Die ‘Entthronung’ des Menschen, die mit der Verdraengung der Erde aus der Weltmitte erfolgte, war erst der Beginn der Relativierung der Stellung des Menschen im Kosmos''.

5. Carl Sagan, Pale Blue Dot (Random House, New York, 1994), p. 26.

6Martin Rees, Before the Beginning (Addison-Wesley/Helix Books, Reading, MA, 1998), p. 100.

7. Virginia Trimble, “Astronomical Triumphs of the Millennium”, H. A. D. News 51, 8 ±9 (2000).

8. Richard Berendzen, “Cosmology Through the Ages'', Sky Telesc. 100, 82± 83 (2000).

9. En este artículo me abstengo conscientemente del uso de términos familiares como "principio copernicano", simplemente porque admiten una gran variedad de definiciones. Si se usa simplemente para indicar que geométricamente - sea por el espacio de Newton o por el espacio-tiempo de Einstein - no existe un punto cósmico central, entonces no tengo problema. El gran Clisé copernicano, sin embargo, puede ser visto en parte (querría decir) como una incorrecta extrapolación de este principio copernicano "desnudo"

10. Ver el breve índice de Galileo de la concepción Aristotélica de la relación entre el centro de la Tierra y el centro del universo: “El movimiento de los cuerpos pesados y directos hacia el centro del universo, y ocurre per accidens que suceda hacia el centro de la tierra, ya que este último coincide con el primero y está unido a aquel". (Diálogo sobre los Máximos Sistemas).

11. Aristotle, Physics , Book 4, p. 208b; in The Works of Aristotle, edited by Ross, Vol. 2.

12. El intelectual francés Remi Brague afirma haber encontrado una, solamente una, figura medieval mayor que ve el geocentrismo como un excitante antropocentrismo; se trata del teólogo Hebreo Saadia Gaon (882-942). Sin embargo, Brague comenta, esta posición es "tan evidentemente disonante con el resto del concierto medieval". Ver Brague, “Geocentrism as a Humiliation for Man'', Medieval Encounters 3, 187±210 (1997).

13. Moises Maimonides, The Guide for the Perplexed, translated by M. Fried-la Ènder, 2nd ed. (Dutton, New York, 1919), pp. 118 ±119 (italics added).

14. Proclus, In Platonis Timeaeum Commentaria, edited by E. Diehl (Teubner, Leipzig, 1903), pp. 351±352; translated and quoted in Brague, p. 198.

15. Martianus Capella and the Seven Liberal Arts, Vol. 2, The Marriage of Philology and Mercury//, translated by William Harris Stahl and Richard Johnson with E. L Burge (Columbia U.P., New York, 1977), p. 318 (italics added).

16. Al-Biruni, The Book of Instruction in the Elements of Astrology, translated by R. Ramsay Wright (Luzac, London, 1934), p. 45.

17. Thomas Aquinas, Commentary on Aristotle's De Caelo (1272 s.), II, xiii, 1 & xx, no. 7, in Vol. 3, p. 202b of the Leonina edition; translated and quoted by Brague, p. 202.

18. Puesto que el hielo es sólido, no líquido, es categorizado en la física aristotélica como tierra, no agua. El hecho que los experimentos de Galileo con los trozos de hielo flotando (Discurso sobre los cuerpos flotando, 1612) haya contradicho esta categorización es el motivo por el cual éstos se han vuelto así controvertidos.

19. C. S. Lewis, The Discarded Image: An Introduction to Medieval and Renaissance Literature (Cambridge U.P., Cambridge, 1964), p. 58.

20. Giovanni Pico, “Oration on the Dignity of Man'' in The Renaissance Philosophy of Man, edited by Ernst Cassirer et al. (Univ. of Chicago, Chicago, 1948), p. 224. The original phrase is “excrementarias ac foecu-lentas inferioris mundi partes''; Opera Omnia Ioannis Pici (Basel, 1493), p. 314.

21. Montaigne, “An Apology of Raymond Sebond'', in The Essays of Michel de Montaigne, translated by Charles Cotton (Bell, London, 1892), Vol. 2, p. 134.

22. Morris Kline, Mathematics: The Loss of Certainty (Oxford U.P., New York, 1980), p. 40; Mathematics in Western Culture (Allen and Unwin, London, 1954), p. 117.

23. Nicholas Copernicus, De Revolutionibus (1543), excerpt as translated in The Book of the Cosmos, edited by Dennis R. Danielson (Perseus/Helix, Cambridge, MA, 2000), p. 106.

24. Fernand Hallyn, The Poetic Structure of the World, translated by Donald M. Leslie (Zone, New York, 1990), p. 58.

25. See, for example, Steven Shapin, The Scientific Revolution (Univ. of Chi-cago, Chicago, 1996), p. 24; A. O. Lovejoy, The Great Chain of Being (Harvard U.P., Cambridge, MA, 1936), Chap. 4; and also Hallyn, Polanyi, and Blumenberg in Refs. 24, 44, and 45, respectively.

26. Copernicus, On the Revolutions, edited by Jerzy Dobrzycki, translated by Edward Rosen (Johns Hopkins U.P., Baltimore, 1978), p. xvii. (The original phrase is: “Solem imum mundi, adeoque medium locum obtinere'').

27. Copernicus, De revolutionibus 1.10; excerpt as translated in The Book of the Cosmos, p. 117.

28. Cardinal Robert Bellarmine to Foscarini (12 April 1615), in The Galileo Affair: A Documentary History, edited and translated by Maurice A. Fi-nocchiaro (Univ. of California, Berkeley, 1989), p. 68 (italics added).

29. The Galileo Affair, p. 84 (italics added).

30. Galileo, Sidereus Nuncius (Venice, 1610), folio 15r: “aequa grataque per-mutatione rependit Tellus parem illuminationem ipsi Lunae, quale et ipsa a Luna … recipit''.

31. Ibid., folio 16r: “qui eam a Stellarum corea arcendam esse iactitant, ex eo potissimum, quod a motu, et a lumine sit vacua: vaga enim illam, ac Lunam splendore superantem, non autem sordium, mundanarumque secum sentinam, esse demonstrabimus, et naturalibus quoque rationibus sexcentis confirmabimus''.

32. Galileo, Dialogue, p. 37.

33. Kepler's Conversation with Galileo's Sidereal Messenger (1610), translated by Edward Rosen (Johnson Reprint, New York, 1965), p. 45 (italics added).

34. Ibid. p. 46.

35. Sigmund Freud, A General Introduction to Psycho-Analysis (Liveright, New York, 1935), p. 252.

36. Terrence Deacon, “Giving up the Ghost: The Epic of Spiritual Emergence'', Science & Spirit, 10, 16 ±17.

37. John Donne, An Anatomy of the World (London, 1611); Blaise Pascal, Pensées (ca. 1650), from Thoughts, translated by W. F. Trotter (Collier, New York, 1910), p. 78; Robert Burton, The Anatomy of Melancholy (1638; Vintage Books, New York, 1977), second partition, p. 57.

38. Claramente el debate sobre la "pluralidad' de los mundos" y la "infinitización" del universo en escritores incluso tan diferentes como Bruno y Newton ha desempeñado un rol importante en generar este tipo de ansiedad.

39. John Wilkins, The Mathematical and Philosophical Works (Cass, London, 1970), pp. 190±191.

40. Cyrano de Bergerac, Les états et Empire de la lune (Paris, 1656), and Thomas Burnet, Telluris Theoria sacra (London, 1681), both quoted by Paolo Rossi, “Nobility of Man and Plurality of Worlds'', in Science, Medi-cine and Society in the Renaissance, edited by Allen G. Debus (Science History, New York, 1972), Vol. 2, pp. 131±162 (pp. 151, 155).

41. Bernard Le Bouvier de Fontenelle, Entretiens sur la Pluralité des Mondes, 1686; The Theory or System of Several New Inhabited Worlds, translated by Aphra Behn (London, 1700), p. 16.

42. Johann Wolfgang Goethe, “Materialien zur Geschichte der Farbenlehre,'' in Goethes Werke, Hamburger Ausgabe (Christian Wegner Verlag, Hamburg, 1960 , Vol. 14, p. 81: “Doch unter allen Entdeckungen und Uberzeu-gungen moÈchte nichts eine groÈûere Wirkung auf den menschlichen Geist hervorgebracht haben, als die Lehre des Kopernikus. Kaum war die Welt als rund anerkannt und in sich selbst abgeschlossen, so sollte sie auf das ungeheure Vorrecht Verzicht tun, der Mittelpunkt des Weltalls zu sein''.

43. Peter Douglas Ward and Donald Brownlee, Rare Earth: Why Complex Life is Uncommon in the Universe (Springer-Verlag/Copernicus, New York, 2000).

44. Michael Polanyi, Personal Knowledge (Univ. of Chicago, Chicago, 1958), p. 5.

45. Hans Blumenberg, The Genesis of the Copernican World, translated by Robert M. Wallace (MIT, Cambridge, MA, 1987), p. 685.

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