¿El hombre qué "crea"? Atención con las palabras
autor: Augusto Pessina
Presidente de la Asociación Italiana de Cultivos de Células
fecha: 2010-05-27
fuente: L’uomo che «crea»? Piano con le parole...
Avvenire, 2010-05-27, p. 19
traducción: María Eugenia Flores Luna

He escuchado con mis propios oídos en congresos y debates llamar «proyecto de vida» a un embrión humano completamente formado y en desarrollo en el seno de la madre. He leído hace algunos días en los periódicos que un pequeño microscópico latir es «vida». Me parece un buen paso adelante.
Llamar la manipulación hecha por Craig Venter «creación de vida artificial» está realmente fuera de todo paradigma porque no sólo no ha habido alguna creación y poco o nada ha sido hecho de artificial, mucho diría de artificioso. En efecto el grupo de Rockville ha usado una «vida» ya existente cuyo DNA ha sido sustituido con un DNA preparado en laboratorio y cuya síntesis ha sido hecha utilizando células de levadura y por lo tanto otros «seres vivientes».

Todo esto no disminuye la importancia del trabajo hecho por Venter y el alto nivel tecnológico expresado por este trabajo que parece haya costado la belleza de 30 millones de dólares. El hecho más inquietante es que los medios de comunicación han llenado este resultado de factores ideológicos que han alimentado una gran confusión. El gran científico Erwin Chargaff (cuyo trabajo sobre el acoplamiento de las bases ha permitido descubrir la doble hélice del DNA) escribía: «No sabemos qué cosa sea la vida, y sin embargo la manipulamos como si fuera una solución salina». En este caso han manipulado el resultado de un experimento tecnológico transformándolo en la respuesta a aquellas preguntas que la filosofía y la ciencia se hacen desde hace milenios es decir «qué es la vida». No sólo, sino han introducido un concepto de vida absolutamente restrictivo: una cosa es la vida biológica, otra es «la vida» en el sentido personal que cada uno de nosotros percibe.

Sin embargo en el clima de nihilismo en que nos toca vivir quizás este modo de poner el problema también podría tener alguna implicancia positiva. Aquella de ayudar a cada uno a replantear la pregunta justa: pero entonces « ¿qué es la vida?». Es probable que también el más desprevenido de los lectores pueda darse cuenta que esta pregunta va más allá de la biología, porque es una pregunta que concierne al sentido mismo de la «vida humana», visto que es un sujeto humano que la hace. ¿Qué sentido tendría discutir sobre la «vida» de modo abstracto? ¿Interesa de veras una discusión biológica que no tenga una recaída en el sentido del propio existir y de aquellos a los cuales se quiere? Luigi Giussani escribe por ejemplo: « ¿Qué es la vida además de la salud, del dinero, de la relación entre el hombre y la mujer, de los hijos, del trabajo? ¿Qué es la vida además de esto? ¿Qué implica? La vida implica todo esto, pero con un objetivo de todo, con un significado».

Hasta Karl Popper escribe: «No sabemos cómo se pueda explicar, y si sea explicable que nosotros vivimos sobre este pequeño maravilloso planeta. Pero nosotros estamos aquí y tenemos motivos para asombrarnos y estar agradecidos. Es cierto un milagro. Todos los hombres son filósofos y hay algunos que consideran la vida sin valor porque ella tiene un término. Descuidan que el argumento opuesto es igualmente sostenible: si no tuviera un fin la vida no tendría ningún valor. Descuidan que es en parte el constante peligro de perder la vida que nos ayuda a comprender su valor». ¿Pero no es precisamente este sentido de su finitud que pone a la conciencia, como contragolpe, el interés por lo que dura? ¿Por eso que sea eterno? Es esta profunda reflexión que hace decir al gran teólogo Romano Guardini: «Él eterno no está en relación con la vida biológica, sino con la persona. Ella no conserva esta última perpetuándola, sino la realiza en sentido absoluto. Es a medida que el fin se acerca que se ve claramente que la vida tiene un sentido que transciende la vida misma». Pero este sentido no puede darlo la ciencia y tanto menos la tecnología. Este sentido sólo podremos encontrarlo si tendremos el ánimo de ir al fondo de nuestra humanidad, donde nace el deseo de infinito y de eterno, es decir a aquel «corazón» del cual cada hombre está hecho, a imagen y semejanza con su Creador.

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