El hombre romano y el imperio sin fin /1
autor: Marta Sordi
Docente de Historia Romana en la Universidad Católica Sagrado Corazón de Milán
Alfredo Valvo
Docente de Historia Romana en la Universidad Católica Sagrado Corazón de Milán
Moreno Morani (moderador)
Docente de Lingüística en la Universidad de los Estudios de Génova y Presidente del Comité Científico Zetesis
fecha: 2004-08-23
fuente: L'uomo romano e l'impero senza fine
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Il nostro progresso non consiste nel presumere di essere arrivati, ma nel tendere continuamente alla meta", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Nuestro progreso no consiste en presumir de haber llegado a la meta, sino en tender continuamente a ella")
traducción: María Eugenia Flores Luna

Moderador:
Este encuentro está relacionado con la muestra “El tiempo es el mejor juez de todas las cosas”, promovida por la revista Zetesis de Milán, publicada por un grupo de docentes universitarios y de estudiantes de secundaria que se ocupan desde hace varios años de modo particular de las problemáticas pertinentes al mundo griego romano y a su continuación, a su continuidad en la cultura europea. Puede parecer sorprendente que haya un encuentro dedicado al mundo antiguo y a la historia grecorromana en un Meeting de Rímini y en particular en este Meeting que tiene como palabra clave la palabra progreso. Hay muchas razones válidas para ocuparse del mundo antiguo, y señalo como ejemplo dos: el primero es la posibilidad de verificar cómo muchas de las ideas que constituyen el patrimonio auténtico y original de nuestra cultura se hayan afirmado, hayan sido objeto de reflexión y debate en la civilización grecorromana, que por tanto constituye nuestro origen y nuestras raíces ideales, nuestro origen ideal. Hace falta coraje para referirse continuamente a los propios orígenes y recobrar los aspectos positivos, mientras que es una acción temerosa y presumida la que lleva a renunciar a la propia identidad cultural.

Una segunda razón: el estudio de una cultura pre-cristiana, como es la cultura grecorromana hasta cierto período, nos muestra una humanidad que se hace, de modo apasionado y partícipe, la pregunta sobre el significado del propio existir y del propio actuar. El Meeting de este año porta a considerar el significado de palabras como progreso, tiempo, historia, trabajo. El título, extraído de una frase de San Bernardo, hace referencia a una idea de meta por alcanzar, porque la respuesta del cristianismo es capaz de indicarle al hombre cuál es la meta a la cual tender, sea incluso de modo afanoso o contradictorio. No por nada el Santo Padre Juan Pablo II en su intervención de ayer nos ha recordado que el cristianismo, a pesar de los límites y los errores humanos, constituye el más grande factor de verdadero progreso porque Cristo es principio inagotable. Pero para una cultura y para las personas llegadas antes del cristianismo, ¿qué significado tienen las palabras progreso, tiempo, historia? A esta pregunta nosotros hemos tratado de dar una primera respuesta con nuestra muestra, y con el encuentro que haremos hoy.

El encuentro de hoy se centra de modo particular en la palabra historia, en la convicción de que hemos extraído y ulteriormente profundizado para el trabajo de preparación de la muestra, que la palabra historia constituye una de las ideas que más fuertemente caracterizan la tradición occidental con respecto a otras culturas y a otras civilizaciones. La idea de historia nace en Grecia, y de Grecia, a través de la mediación romana, es relanzada a toda la cultura occidental. Quien ha tenido la posibilidad o la aventura de conocer o estudiar culturas diferentes de aquella grecorromana, puede darse fácilmente cuenta de este hecho.

Hay culturas totalmente desinteresadas aun a la simple registración de los hechos, como fue por ejemplo la cultura de la India, en que los estudiosos modernos que intentan fechar los acontecimientos, simplemente fechar los acontecimientos, se encuentran a tener que dar indicaciones muy aproximativas, justo porque falta interés con respecto a la registración de los acontecimientos. Hay culturas en que existe una registración de los acontecimientos, pero ésta es hecha o para fines propagandísticos de parte de los reyes o de otros personajes que quieren recordar todo cuanto de positivo han hecho respecto a sus súbditos o bien culturas que registran los acontecimientos, pero registran los acontecimientos del hombre mezclados con los hechos astronómicos, con los hechos naturales, etc….

Hablamos en uno de los paneles de la muestra haciendo referencia a un historiador griego, que habla de un historiador bizantino, que señala a un historiador helenístico cuyas obras han sido perdidas, Veroso, el que en Babilonia había encontrado los libros de los Asirios que contenían la registración de los hechos a lo largo de un arco de tiempo de varios centenares de millares de años. Estos hechos eran por ejemplo las inundaciones de los ríos, los acontecimientos geológicos, los acontecimientos astronómicos, etc… y también los hechos de los reyes, la fundación de las ciudades, etc…. Por tanto una historia que no es la historia, de los hechos humanos sino una historia en un sentido mucho más genérico. En Grecia nace pues la idea de historia, me permito recordar la primera definición que hace Herodoto justo al inicio de su obra, cuando afirma haber escrito lo que ha escrito para que no se pierda el recuerdo de los acontecimientos operados por los hombres y de las empresas operadas por los griegos y por los persas.

Hay algunas afirmaciones muy importantes en esta primera frase que de algún modo abre la historiografía del occidente: el mantenimiento del recuerdo, el hecho de que el hombre es protagonista de los acontecimientos, un mantenimiento del recuerdo que no concierne solamente a los griegos, sino concierne en igual medida a los griegos y a los persas, es decir también al enemigo natural de los griegos. Y en fin la historia como reflexión, búsqueda de las causas, etc. Pero no insistiré en esto porque mi tarea es simplemente aquel de presentar a los dos ilustres estudiosos que entrarán en el mérito de la reflexión de hoy. La reflexión de hoy, como indica el título que ha sido dado a este encuentro, se concentra de modo más específico en la experiencia humana, y el título reclama sea al protagonista, el hombre romano, sea la realización que el hombre romano ha sabido cumplir: realización política, realización concreta en la estructura del Estado, de sus experiencias y de sus aspiraciones, es decir la estructura política “imperio romano”. A este punto doy la palabra a los dos ilustres historiadores que se han asumido la tarea de ilustrar el argumento de nuestro encuentro: el profesor Alfredo Valvo, Ordinario de la facultad de Letras y Filosofía de la Universidad Católica del Sagrado Corazón. Recuerdo su vasta actividad que ha, de modo particular afrontado temáticas como la idea de la profecía, la relación entre romanos y etruscos, y señalo de modo particular una novedad la cual me ha señalado es decir la introducción al libro El árbol de la vida que aparecerá próximamente entre los libros del espíritu cristiano en que afronta y retoma algunas de las temáticas que han sido la base privilegiada de sus estudios en estos años.

A mi derecha la profesora Marta Sordi, que no es presencia nueva en el Meeting de Rímini y de la cual sería empresa superior a mis fuerzas aquella de recordar su vastísima actividad de naturaleza científica y académica. Ha sido profesora de Historia Romana e Historia Griega en la Universidad Católica del Sagrado Corazón, Facultad de Letras y Filosofía; también ha enseñado en otras Universidades; ha producido una serie de textos, de tratados, de monografías, del Tratado sobre la historia política de la Grecia antigua monografías que han profundizado aspectos particularmente importantes de la historia antigua: las relaciones entre los cristianos y el imperio romano, por ejemplo, la relación entre la cultura etrusca y la cultura romana, de modo particular en el libro El mito troyano y la herencia etrusca de Roma.

Y además de esta vasta actividad de tipo científico y académico, recuerdo también la actividad igualmente vasta de producción historiográfica a nivel de alta divulgación como por ejemplo aparece en el libro A las raíces del occidente, en el cual son compiladas una serie de intervenciones publicadas en varias fases en el periódico Avvenire, intervenciones que tocan puntos de muy alto interés para quien se ocupa de historia antigua, pero también para el simple lector que tenga un interés cultural. Cito también el libro de próxima reimpresión sobre Los cristianos y el imperio romano, también éste un texto en que la solidez del implanto científico se vincula con la capacidad de relatar los acontecimientos de modo tal de hacerlos comprensibles, accesibles también al lector menos especialista. Doy la palabra al profesor Valvo. Gracias

Alfredo Valvo:
Creo interpretar el pensamiento de los colegas saludando ante todo a todos, y luego en modo particular a algunos colegas muy gentiles que están aquí presentes.

Hablar naturalmente del hombre romano puede parecer temerario, creyendo poderlo solucionar en una hora o algo menos; sin embargo indudablemente quiere tener la esperanza de una provocación y si es posible suscitar también un poco de interés, admitiendo que no haya interés, entorno a una figura que objetivamente e históricamente es única.

El punto de partida, la abertura a través de la cual iniciar a hablar del hombre romano es difícil de localizar. Yo creo no equivocarme completamente individuando sobre todo una característica del hombre romano: aquella de ser un campesino; la observación no es obviamente mía, en el sentido que es de mucho tiempo que se habla de todo esto. Algunos lingüistas, bien conocidos por el colega Morani, introduciendo un diccionario etimológico sobre la lengua latina, decían justo esto: para comprender la lengua y las costumbres de los romanos hace falta pensar que son campesinos. Mucha parte de la historia de Roma es la historia de sus conquistas, y el fruto mayor de la conquista era la tierra. Esta unión con la tierra sigue prácticamente a los romanos por todo el curso de su larga historia. Cuando hablo de Roma naturalmente no hablo sólo de la Roma originaria y del imperio romano de occidente, sino también de su prolongación que es ultra milenaria en el imperio romano de oriente. El derecho romano fundado en el mundo republicano se extiende por todo el arco del Medievo, y prácticamente llega a la mitad del siglo quince intacto, entregado tal como estaba.

Los romanos estaban ligados a la tierra. Eso les daba un particular realismo y pragmatismo en todas las obras que ellos cumplían. También la conquista es una conquista, que a menudo es malentendida por una historiografía diría superficial, pero al origen de esta conquista hay un punto de partida que es aquel de la defensa y de la necesidad, del deseo, de la voluntad de prolongar, hasta donde era posible, un dominio, que sin embargo estaba basado en el derecho. También la lengua latina, para quien la quiera afrontar desde un punto de vista histórico, es una lengua que no contempla sinónimos, tiene muy pocos, es una lengua esencial: es una lengua que parece hecha para ser utilizada a nivel jurídico. La índole de los romanos es muy caracterizada justo por este aspecto jurídico. La tierra representa, podríamos decir, la fuerza inicial para el nacimiento del derecho. Por lo tanto el hombre romano yo lo encuadraría ante todo en estas categorías: el hecho de ser un campesino, el realismo y el pragmatismo, que le son característicos.

Para entrar enseguida en el argumento, visto que el tiempo no es tanto, yo sugiero introducir la personalidad del hombre romano que es difícil de definir también cronológicamente; hablamos de un hombre que históricamente ya se ha cumplido en su ideales, y por lo tanto en la media república entre III e II siglo a.C.: diría que los aspectos principales son la religiosidad, el deber, el sacrificio y la memoria.

La religiosidad de los romanos es simple y concreta; ellos tienen una actitud siempre seria y responsable hacia la divinidad. El complejo de sus actitudes religiosas toma el nombre de pietas, la pietas romana. Pero esta pietas tenía un particular reflejo, como veremos dentro de poco, también sobre las instituciones estatales.

La religiosidad es caracterizada por dos aspectos principales: ante todo por una dependencia a la divinidad y a la espera de la benevolencia de los dioses, como contracambio a la propia pietas. Hay una especie de relación directa con la divinidad muy franca, muy leal. A menudo, desafortunadamente, ha sido interpretado como un do ut des: se tenía buena a la divinidad para poder conseguir. Pero efectivamente la actitud, que trataré de poner en evidencia, demuestra cómo la religiosidad sea un elemento portante del estado y un elemento a través del cual el hombre se realiza. Luego la religiosidad romana es una cosa extremadamente seria, no muy compleja, pero vital en muchísimo aspectos suyos. Esta actitud de pietas creaba una relación, un pacto con la divinidad que es llamada por los romanos la pax deorum. El término pax es un término que tiene la misma etimología de paciscor: establezco un pacto, existía es decir un pacto: los romanos tenían la mentalidad jurídica de establecer siempre una unión, bilateral, con quien encontraban. Y los dioses no escapan a esta dinámica. La pax deorum en todo caso era fundamental, estaba constituida para el crecimiento y por lo tanto para el progreso del mundo romano.

Hay un documento, diría entre los más claros y sintéticos, que nos permite entender qué pensaban, cómo querían ser conocidos los romanos y en pocas líneas dice cuál era su relación con la divinidad. Es una carta, una inscripción griega de un juez a los habitantes de una isla griega y se remonta a 193 a.C. Dice precisamente: “Nuestra preocupación continua y más sincera sea la pietas hacia los dioses; se puede con certeza reconocer por la benevolencia que los dioses nos manifiestan como recompensa a través de estas cosas. No menos de muchísimas otras hemos sido convencidos de que se haya vuelto manifiesto a todos que nosotros tenemos a los dioses en mayor honor que otros”. Por lo tanto la religiosidad como característica esencial de auto representación, de parte de los romanos, con respecto a las poblaciones griegas.

La relación entre los hombres, entre los romanos, mejor dicho, y los dioses tenía aspectos muy precisos como, por ejemplo, aquel de pedir siempre el parecer de los dioses sobre sus empresas, no sólo de carácter militar, sino de vario tipo. Estas formas de consulta tenían el nombre de los auspicia. Los auspicia eran fundamentales y no eran prerrogativa de todos, eran prerrogativa de pocos y decimos precisamente de todos los que revestían magistraturas: por tanto la unión con los dioses pasaba a través de las magistraturas. Hoy para nosotros la cosa puede parecer un poco extraña, pero no nos olvidemos que también muchas cargas religiosas, como por ejemplo el pontífice máximo, eran electivas: al pontífice máximo lo elegía el pueblo a través de los comicios. Por tanto la unión, el vínculo es un vínculo esencial, de naturaleza esencial. El estado no puede existir sin estos elementos religiosos, que son portantes.

A la dependencia y a la benevolencia de los dioses también corresponde el sentido de pertenencia. Para los romanos - no querría usar palabras que de algún modo son robadas un poco a la paideia de CL -, pero en cierto modo la necesidad, la pertenencia hace parte de una nostalgia probablemente de la divinidad, porque también ellos tenían el deseo de conocerla. Los griegos profundizaron y de algún modo siguieron este iter de tratar de conocer la verdad, es decir al dios. No lo lograron, lo reconocieron - aunque luego las actitudes fueron contradictorias por este reconocimiento -, pero los romanos en cambio consideraban a la divinidad estable, firme. No era una divinidad dinámica. Mientras en el mundo griego ha habido una evolución del mito que es el fundamento de la religiosidad griega, en el mundo romano la relación con la divinidad tenía que ser estable, firme, porque si venía a menos o si algo se movía, inevitablemente también la estabilidad del Estado habría padecido.

Decía pues que el segundo aspecto de la religiosidad del mundo romano es la pertenencia, el sentido de pertenencia a la estirpe divina. Tenemos dos consideraciones por hacer sobre este argumento; la primera es que el concepto de paternidad está implícito en dos palabras muy significativas de la historia romana: “patrici”.

Uno de los problemas de la historiografía contemporánea ha sido establecer si venían primero los patricios o los plebeyos, en cambio los patricios o los plebeyos son una consecuencia del otro o mejor dicho los plebeyos son la multitud o todos los otros, respecto a los que en cambio pueden jactarse de un pater. Los patricios son los que tienen una pertenencia y tanto es verdad que toman el nombre de patricios para distinguirse de todos los otros. Muy singular, muy característico es el nombre de su divinidad, que es el padre de los hombres y los dioses, Júpiter, que sin embargo romanamente se llama Iuppiter. Mientras la divinidad griega correspondiente, Zeus, no tiene en sí mismo la característica de la paternidad, el nombre de Iuppiter comprende justo aquel “pitar”, pater, que es un término que indica justo la paternidad de la divinidad. Yo creo que no sea desdeñable este aspecto, también porque nosotros tenemos testificaciones, siempre imitadas por las fuentes literarias (poco de las fuentes epigráficas), y esta idea de paternidad emerge de toda la literatura latina a partir de los más antiguos. Uno de aquellos que da mayor definición justo sobre la personalidad de Iuppiter es Ennio, uno de los poetas más antiguos.

La idea de paternidad está ligada estrechamente a la idea de libertas, no digo libertad. Libertad es la traducción de libertas pero el término libertas tiene la misma etimología (y aquí la historia de las palabras es fundamental para comprender también la historia de Roma) tiene la misma etimología de los liberi. Los auténtico liberi son los hijos, es decir los que tienen un pater. La paternidad es fundamental para comprender todo esto. Ahora mostraré una imagen que de algún modo sintetiza un poco todas las cosas que se han dicho hasta aquí.

Yo no puedo prescindir, hablando de todo esto, de ir un poquito más allá y de señalar justo una idea que comparece en un paso de la Pro Caecina de Cicerón, en que en los últimos capítulos existe una síntesis pero una síntesis que casi se convierte en una identidad entre la libertas y la civitas. Los que pertenecen a la civitas son los auténticos libres: existe casi una relación de paternidad entre el estado y los hijos. Hoy nosotros sonreímos delante de cosas de este tipo, pero los romanos daban la vida para que eso quedara estable. Por lo tanto quiere decir que creían con razón o sin ella: la civitas ejercita una relación casi de paternidad respecto a todos los que le pertenecen.

Digamos que esta sensibilidad religiosa encuentra un punto muy alto en los Hechos de los Apóstoles. Hay un paso que - si me es permitida una observación personal - ha tenido un gran relieve sobre mi formación personal y es decir he reflexionado muchísimo sobre Hechos 17, versículo 32 o 34, San Pablo que habla al Areópago: “Lo que ustedes han buscado y no han encontrado yo se les anuncio”. Los griegos, muy llenos de saber, de altivez, de ciencia dicen: “¡No, gracias! Seguimos buscándolo nosotros”. En práctica Pablo queda solo, aunque algunos se adhieren, pero no olvidemos que los mismos Griegos habían dedicado hasta una estatua al Dios Desconocido. Lo que quiere decir que existía el sentido del propio límite y la comprensión de que faltaba un paso ulterior: a la zetesis, a la búsqueda faltaba el kerugma, es decir el anuncio. Pablo lo porta y porta como testimonio - y es sobre esto que yo me quiero detener - una testificación que es absolutamente incontestable: es un paso del poeta Arato, el que a cierto punto (es uno de los fragmentos que han quedado conservados por los Hechos de los Apóstoles) dice, hablando en su composición: “De él, es decir de Dios nosotros somos la estirpe”, es decir el hombre y Dios pertenecen al mismo género, al mismo genos. Ésta es según yo una de las declaraciones, de las confesiones más bellas, que provienen del mundo clásico. Diría que quizás sea el punto realmente de sutura, de contacto en que el cristianismo y el mundo clásico se reconocen; uno busca, el otro ya ha encontrado y anuncia. Cicerón, que a infamia de lo que se pueda decir, es un hombre de una gran sensibilidad religiosa y de una gran inteligencia religiosa, usa el término ratio para indicar esta correspondencia que existe entre el hombre y Dios. Pero ratio, en el primer libro de las Leyes, no puede ser traducida con razón. Yo he buscado una traducción de este término que me permito proponer, y es ésta: la huella divina que está en el corazón del hombre. Y es eso que permite discernir el bien del mal.

Después de la religiosidad pondría en segundo plano el deber, el sentido del deber. Sobre todo hacia el Estado, hacia la res publica. Aunque eso no emerge frecuentemente, el verdadero sujeto político del mundo romano, hablo sobre todo de aquel republicano, es el pueblo. Solamente el pueblo puede usar ciertos términos. Al pueblo se le asigna el verbo iubere, mandar, pero no otros verbos. Es sólo el pueblo, que puede mandar verdaderamente. Solamente las leyes comiciales tienen un valor para todo. El deber de cada ciudadano es conservar la estabilidad del Estado, a través precisamente de un sentido del deber, como si fuera el primero de los deberes.

Otro elemento, corro por necesidad, es el “sacrificio”. Aquí pediría, por favor, la primera diapositiva, que de algún modo lo recuerda. Ésta es una transcripción anacrónica, del final del 1400, de tres personajes que son de derecha a izquierda Decio Mure, Escipión y Cicerón. Y diría que el mundo renacentista - el fin del Humanismo, el Renacimiento – había localizado en todo caso con exactitud aquellos que eran los componentes del mundo romano.

Decio es el exemplum viviente, un mures: los que se sacrifican para salvar la patria. Escipión es el punto de arribo de toda la grandeza romana y Cicerón es el filósofo, el pensador, el político, el intérprete que explicaba de alguna manera, daba la explicación de todo aquello que podía ser romano; la figura más comprensiva y más representativa del mundo romano.

He aquí pido la segunda imagen: lo que ven aquí - que alguien condescendientemente ha definido un cortador de cabezas, que no es en realidad un cortador de cabezas - es la figura noble del así llamado togado Barberini. No sabemos de quién sea el retrato, también porque parece que la cabeza sea postiza, pero lo que importa son las dos cabezas, que no son cabezas, sino son máscaras, dos imagines, las imágenes que representan un derecho, un ius, que conservaban los que quedaban fieles al propio gens. Por lo tanto el hacerse efigiar en esta posición quiere decir que éste es un exponente de la nobilitas, un hombre que ha revestido cargas políticas, que ha quedado siempre fiel a la propia gens. Por tanto también esta memoria, este recuerdo que entre otras cosas se explicitaba y se concretizaba en los recuerdos escritos, en los anales de las varias gentes, era un elemento fundamental, era más bien una fuente del derecho: los exempla maiorum y los mores eran una fuente del derecho. Para saber cómo se tenía que hacer hacía falta consultar el pasado. Por tanto se vive también en esta memoria que permite mirar el futuro.

Yo ahora debería apresurar mucho mi discurso, porque ya he utilizado buena parte del tiempo que me ha sido concedido. Diré solamente dos cosas, sólo leeré dos textos que, a mi modo de ver, son muy significativos, como demostración de que los romanos no se preocupaban sólo del Estado, sino también tenían preocupación por el destino personal: no parece que fueran tan altruistas. Hay un interesante documento, que se remonta a 221 a.C. y que es una oración fúnebre pronunciada por Quinto Cecilio Metelo para el padre Lucio, el que había sido pontífice, dos veces cónsul, dictador, maestro de los caballeros, quindecemviro para las asignaciones agrarias, etc. Y la oración fúnebre precisamente dice esto: “Cecilio Metelo dejó escrito que el padre había sumado en sí mismo las diez cualidades más grandes y en absoluto preferibles, para conseguirlas merecía la pena que los hombres sabios dedicaran la propia vida.

Y ésta es la clasificación: él había querido ser el mejor soldado, el mejor orador - no olvidemos que la oratoria era el elemento constitutivo de la política - el general más valeroso, cumplir las más grandes empresas siguiendo la voluntad favorable de los dioses y el respeto de los auspicios, conseguir los cargos más altos, ser hombre de gran sabiduría, el más acreditado entre los senadores, ganar honestamente mucho dinero, dejar muchos hijos y ser el más famoso de todos los romanos”. Existía es decir también un modelo típico de la nobiltas, es decir de los que hacían la carrera política y que por lo tanto guiaban las suertes de Roma (quizás hoy estas cosas nadie estaría dispuesto a decirlas pero todos las piensan): en último análisis había una especie de decálogo abierto a todos los que querían cimentarse y también había espacio para los que no pertenecían a estas grandes gentes.

Pero aquel sobre el cual yo querría detenerme más y es el tercer elemento que yo habría sintetizado con los “Efectos del buen gobierno” y es un poco anacrónico. Hay un paso, un punto de la literatura romana, que es el VI libro del De República de Cicerón, en que Cicerón llegado a un punto crucial para la supervivencia de la república, del Estado romano se pregunta qué cosa pueda salvarlo.

Nosotros estamos aquí en la fase del progreso del mundo romano: ha llegado a conquistar prácticamente todo lo conquistable, pero el desmoronamiento es interior, falta algo que sustente esta conquista y se pregunta qué cosa puede ser que salve a Roma. La respuesta que da Cicerón es asombrosa, para quien lo lee, digamos así, de manera desencantada – luego están todas las varias componentes neoplatónicas -, pero lo que sustancialmente Cicerón dice es esto: el hombre de estado puede conquistar el paraíso, puede ir al cielo más alto si colabora y lucha por el bien de sus conciudadanos. Por tanto también el sacrificio es previsto para el bien de los propios conciudadanos y el elemento más elevado de la moralidad romana, republicana (el imperio es una cosa un poco única, nosotros estamos hablando del hombre romano de edad republicana) es aquel de poder luchar por el bien de los propios conciudadanos. Éste es el elemento que es entregado por el mundo romano republicano a aquel que seguirá y queda estable, porque el derecho se funda en edad republicana. Todas las instituciones romanas están fundadas en este sentido profundo de pertenencia al Estado, de responsabilidad respecto a los propios ciudadanos y de una religiosidad que condiciona el destino de la república. Gracias.

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