El hombre romano y el imperio sin fin /2
autor: Marta Sordi
Docente de Historia Romana en la Universidad Católica Sagrado Corazón de Milán
Alfredo Valvo
Docente de Historia Romana en la Universidad Católica Sagrado Corazón de Milán
Moreno Morani (moderador)
Docente de Lingüística en la Universidad de los Estudios de Génova y Presidente del Comité Científico Zetesis
fecha: 2004-08-23
fuente: L'uomo romano e l'impero senza fine
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Il nostro progresso non consiste nel presumere di essere arrivati, ma nel tendere continuamente alla meta", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Nuestro progreso no consiste en presumir de haber llegado a la meta, sino en tender continuamente a ella")
traducción: María Eugenia Flores Luna
previos: El hombre romano y el imperio sin fin /1

Marta Sordi:
Gracias. El colega y amigo Valvo ha llamado justamente la atención sobre los valores fundamentales del hombre romano, entre los cuales destaca la pietas. Yo querría tocar, recurrir como primer elemento del discurso, a la continuidad de este valor que sobrevive al paganismo mismo y continúa en el imperio romano cristiano.

Hay un paso extremadamente interesante de Amiano Marcelino - historiador del siglo IV inicios del V -, en que, hablando de Valentiniano I y de la asunción al poder de parte de Valentiniano y del hijo Graciano, presenta lo que él hará y recuerda que él adherirá con fidelidad signis veritaribus et aquilis - los factores y las virtudes militares son puestas aún en primer plano - soportará el frío, el calor, la nieve, las vigilias afrontando riesgos por el bien de sus conmilitones y luego observa “ídem quod pietatis summum primumque” es lo que es la primera tarea de la la pietas: amará la res publica como la domus paterna y exhorta en fin al hijo, a “nihil alieni imputare quod ad romani imperii pertinet statum”, no consideres nada extraño a la propia vida que se refiera a la estabilidad del Estado y al imperio romano.

Valentiniano I era cristiano y católico y, al tiempo de Juliano, había sido hasta confesor, en el sentido que había renunciado a la carrera militar, él que como buen iliriniano era un militar nato, y prácticamente se había retirado. Y, para no traicionar la propia fe, su discurso empieza en efecto, con la invocación a Dios “cuius sempiternis auxiliis stabit res romanas incompulsa”, es decir Dios bajo cuya ayuda eterna el Estado romano será estable.

La pietas hacia la patria a la cual Valentiniano recurre con una clara referencia a la idea tradicional de pax deorum que ahora se convierte en pax Dei o pax Christi, noten estas expresiones en que resuenan realmente algunas expresiones de Cicerón con la oración a la pax deorum: Dios, cuius sempiternis auxiliis stabit res romanas incompulsa. En la existencia de Valentiniano la pietas hace parte de los deberes hacia Dios, como en el bellísimo canto medieval de los centinelas de Asís citado por Don Giussani en Por qué la Iglesia. La lealtad hacia la pequeña patria como hacia la gran patria hace parte de los deberes hacia Dios, de la pietas. Es interesante ver cómo la lealtad hacia la patria y la lealtad hacia la familia son asimiladas; es decir considerar el Estado como la propia domus, como la domus de los padres y de los antepasados. Valentiniano I es el emperador de Ambrosio que contestando a Simaco, en la segunda carta a Valentiniano de 384, recuerda con estima las virtudes que habían hecho grande a la antigua Roma: las virtudes de Camilo, de Regolo, de Escipión, la fides, la fortitudo, la disciplina. Esta continuidad me parece extremadamente importante. Esta continuidad que hemos captado en el Imperio cristiano romano puede ser entendida sin embargo en los orígenes mismos de Roma. Roma, diferente de Grecia, no tiene mitos; su mito es su historia entendida como una concepción sacra en una secuencia de elección, pecado, crisis, renovación. Es al héroe de esta historia que Virgilio ilumina en la Eneida con su arte, pero que ciertamente es más antiguo que Virgilio como héroe de la pietas – vale la pena notar la famosa estatuilla de terracota proveniente del final del VI inicios del V siglo, en que Eneas es representado con el padre sobre los hombros - este héroe es precisamente Eneas. Ya he tenido ocasión en el pasado de observar que entre todos los héroes de la antigüedad, Eneas es aquel que más se parece al bíblico Abraham. Como Abraham él es obligado a dejar su tierra, atacada por el enemigo, arrollada por la derrota, mientras en el fondo podría intentar una reconstrucción o por lo menos intentar una extrema resistencia de hombre y de guerrero.

Y en cambio acepta huir “juventud acogida por el destierro” dice Virgilio en la Eneida 1,798 miserables volgus en un penoso vagabundeo hacia una Italia que huye, una tierra desconocida, que huye continuamente al mar. Es obligado a abandonar la dulce Butroto, donde Héleno y Andrómaca han reconstruido una pequeña Troya donde sería justo, bello detenerse; y aún, abandonar a Dido que le ha ofrecido hospitalidad y amor; aún abandonar su hospitalaria Sicilia donde ha encontrado connacionales, Segesta, desafiando la desesperación de las mujeres troyanas que a este punto incendian las naves, corre detrás de esta Italia fugitiva en el mar, que cuando será alcanzada le promete la guerra y la muerte y, en nombre de un reino y una promesa que él ha hecho, ve solamente la profecía del escudo y la visión de la ultratumba, pero que no verá nunca en su vida; a mí me parece este elemento de Eneas, esta obediencia de Eneas al hado extremadamente interesante. Un hado que no es para nada una ciega necesidad, pero que Virgilio siempre presenta como una voluntad divina que se ofrece, se propone a la racionalidad y a la responsabilidad del hombre.

El hado virgiliano, con las órdenes que llegan, se dirige a su conciencia, a su libertad, respeta la libertad del hombre. Y aquella actitud que Virgilio capta en Eneas es ante todo una actitud de fortitudo: el héroe de la pietas también es el héroe fortis por excelencia. En la concepción romana la fortitudo es ius loca tenere - todavía Virgilio -, por lo tanto que es esencialmente obediencia, una obediencia diferente: el hombre fortis es diferente del ferox, del ferus, una fuerza controlada sometida a la razón y que acepta la obediencia.

No es una casualidad que esto corresponda a la restauración augustea, pienso en la fórmula de los títulos militares de los pretorianos que no eran para nada aquella especie de SS de las películas, que nos preparan las películas, sino eran en el fondo los soldados elegidos del imperio y que expresaban la misión cumplida con fortitudo y pietas. Por tanto la pietas se vuelve indisoluble de la fortitudo. Héroe obediente, Eneas también es un héroe doliente; la idea del dolor como factor constructivo de historia, a través del sacrificio, es una idea que Virgilio acoge y perpetua en la Eneida.

En la Eneida y también en sus obras anteriores, pienso “nada nace sin el sacrificio”, pienso en el sacrificio del toro del que renace en el IV de las Geórgicas el enjambre de abejas, pienso en el sacrificio de Lauso de cuya oferta voluntaria para salvar al padre nace, no la salvación de la vida de Mezencio, sino el redescubrimiento de su humanidad, el redescubrimiento del pecado en cierto sentido, y por lo tanto el deseo de la expiación, algo completamente nuevo en el mundo antiguo (y, no por casualidad la pareja Mezencio-Lauso no tiene precedentes en Homero); y en fin, el sacrificio de los pueblos, en la integración que Virgilio propugna: el sacrificio que él presenta al mundo troyano y que sobrentiende el fin del nombre de Etruscum que acababa su historia en el X siglo, I a.C. Y por lo tanto, “tándem molis erat romano ponte regenti”, nada nace sin el sacrificio, Roma pulcherrima rerum es el punto de llegada de estos pueblos. Esta toma de conciencia del valor expiatorio de la posibilidad del dolor, como constructor de historia se manifiesta en toda su lucidez sólo en la intuición poética de Virgilio. Pero ella hunde sus raíces en la idea de pax deorum y en la concepción sacra de la historia que hace parte de la herencia religiosa que Roma ha recibido de los Etruscos.

La visión de la historia que se refleja en la Eneida virgiliana es una concepción sacra, que en Virgilio se vuelve teología de la historia. Ella no es sin embargo una pura construcción literaria, ni simplemente el fruto de una genialidad aislada de un gran poeta o la ideología de un régimen. Construcción literaria, genialidad, ideología y propaganda entran ciertamente en la gran construcción de la Eneida y en la transformación de la escatológica nova progenies, que va indudablemente más allá de la gens Julia. Los conceptos de elección, de culpa, de expiación, de renovación hunden sus raíces en la etrusca disciplina que desde la edad arcaica había nutrido el sentido religioso de los romanos.

La leyenda troyana en que estos conceptos se encarnan era de casa en el mundo etrusco y en el mundo etrusco romano desde el final del VI siglo: hemos visto aquella imagen de Eneas que es una imagen vidente, de Eneas con el padre sobre los hombros. Más allá de sus muchos usos como fundamento del parentesco, había servido a los romanos desde el inicio como modelo de su identidad de pueblo mixto, abierto a todos los pueblos, nacido por un encuentro feliz originario entre Europa y Asia, del encuentro entre la base latino sabina y los etruscos, que la tradición difusa hacía, como los troyanos, originarios de Asia.

En una religión sin mitos como aquella romana, en que, como decía antes, el único mito es la historia nacional, la leyenda troyana se convierte en el verdadero mito de fundación, aquel a través del cual (quizás más que a través de los innumerables y minuciosos ritos que la religión romana adopta respecto a lo sagrado), se expresa el sentido religioso de los romanos. A la semilla de Troya, pero de una Troya que como el nomen etruscum en el I siglo acepta morir cum nomine, dice Virgilio en el XII libro de la Eneida (828), Júpiter promete no poner nec metas rerum nec tempora y concede un imperium sine fine, (Eneida 1,278-9), premio a un pueblo superior a todos por la pietas (Eneida 12,838-9). Los motivos de la palingenesia y de la pietas vuelven así a fundirse en la Eneida como en aquellos que en la vida de Sila, Plutarco recuerda como dada por los arúspices, en 88 con el anuncio del siglo VIII en que se habla de un pueblo nuevo que vendrá con el siglo y que será más o menos querido a los dioses según su pietas.

A esta visión de la historia también Horacio se alinea con una clara e intencional denegación del Epodo XVI en el carmen secular escrito poco después de la muerte del amigo Virgilio. En esta retractación al modo virgiliano del Epodo el motivo etrusco y el motivo troyano vuelven a combinarse. En el Epodo Horacio había invitado a la pax meior del rebaño romano a huir de los litor etrusca como tierra maldita hacia el occidente, las islas de la fortuna; ahora él afirma que fue por el querer de los dioses que los troyanos iussa passum (noten este iussa que retoma el motivo del iussa loca tenere), guiados sine fraude por el castus Eneas, alcanzaron en un camino irreversible litus etruscum: es decir el camino de oriente a occidente es irreversible, según Horacio.

La elección divina de Eneas, purificada de la culpa de origen se convierte así en la prenda sagrada de la grandeza y la duración de Roma. Sobre esta elección, que hunde sus raíces en la leyenda troyana y la tradición etrusca, es construida la alianza de Roma en la divinidad. Es el motivo de Roma eterna que se aplica en todo el imperio y que los cristianos de los primeros siglos no rechazan, más bien valorizan aprovechando en ello el cumplimiento de la señalación paulina de la segunda carta a los Tesalonicenses en la cual se dice que el Anticristo vendrá, sin embargo hay uno que lo impide, una cosa lo retiene. Nosotros sabemos que los padres de la Iglesia desde Tertuliano a Latancio, a Ambrosio a Agustín han interpretado sin indecisiones esto con el imperio romano, el emperador romano. He aquí, yo creo que ellos tuvieran razón, porque indudablemente las palabras de San Pablo no revelaban algo escondido, no señalaban algo secreto, sino algo que él le había dicho a los Tesalonicenses de voz y esta interpretación tenía que ser conocida. Según yo no se refería a la duración eterna del imperio romano, sino se refería al misterio de la persecución que ya estaba aconteciendo con senadoconsulto, el 35, que podía volver de un momento a otro la persecución inminente, pero a la cual se oponía el veto imperial y que duró hasta el momento en que Nerón, entre 62 y 64, lo quitó desencadenando las persecuciones.

Es interesante esta interpretación de los cristianos, Roma eterna, los cristianos aceptan que el imperio romano llegue hasta al final del mundo y ésta es la convicción de que, todavía después de 410, el saqueo de Roma de parte de Alarico, cuando la ilusión parece realmente terminada, dos personajes, ambos provinciales, Rosio, cristiano y español y Rutilio Namaciano gálico y pagano, afirman que Roma resurgirá, resurgirá porque es la patria del derecho, porque ha sabido integrar a los pueblos, porque ha sabido afirmar un imperio que no es una opresión, sino que ha hecho de una ciudad el mundo. ¿Es una ilusión retórica? Yo diría que no, porque lo que sorprende en el fondo del imperio romano es que justo sus vencedores, algunos siglos después, lo harán resurgir: al Sagrado Romano Imperio y este Sagrado Romano Imperio durará en cierto sentido hasta la primera guerra mundial con la caída del imperio de los Habsburgos y tendrá su exaltador, celebrador en Dante. He aquí, yo creo realmente que esta idea de este imperium sine fine tenga un sentido extremadamente interesante. Gracias.

Moderador:
Ahora rogaría a los dos relatores profundizar algunos aspectos que han tocado en las dos bellas relaciones que hemos sentido. De modo particular querría hacer una pregunta al profesor Valvo. Se habla de progreso, pero en el mundo antiguo y en el mundo romano, la idea de progreso es vista de modo ambivalente porque es sentida la necesidad de ir adelante pero es sentido profundamente también el significado de una decadencia. La imagen que nosotros hemos querido elegir un poco como logo es la imagen de Jano que mira adelante y mira atrás al mismo tiempo. ¿Esta dialéctica entre progreso y decadencia que nosotros advertimos en el mundo antiguo realmente existe? ¿Cómo debe ser percibida? He aquí, le pediría al profesor Valvo ayudarnos a profundizar esta temática.

Alfredo Valvo:
En cierto modo lo que hemos presentado con la profesora Sordi, dicho brutalmente, es el vaso medio lleno del mundo romano. También existe un vaso medio vacío, existe una parte, es decir, del mundo romano, que no es sólo de progreso sino es de decadencia o de temor al final, que es generalmente siempre un síntoma de precisa decadencia de conciencia de la propia decadencia. Nosotros tenemos testimonios muy característicos en la poesía de Horacio, todos bien o mal hemos conocido o leído por lo menos a Horacio y uno de los temas fundamentales (saben que Horacio se define un poeta Vate: quiere ser, es decir, la voz para todos los romanos que de alguna manera conduce hacia una meta; y la primera meta que Horacio en las odas civiles, el tercer libro, y en los epodos, de modo particular en el decimosexto) es aquel de la expiación. ¿Qué había ocurrido? Que se había quebrantado la pax deorum. Se había roto es decir el pacto entre los hombres y los dioses. Hacía falta expiar, hacía falta es decir restablecer aquel pacto que las guerras civiles y la sangre fraterna habían quebrantado, habían roto.

Las guerras civiles, la guerra fratricida estaban no solamente bajo el perfil moral, sino también bajo el perfil ideal del mundo romano una cosa negativa porque la civitas había sido rota, fragmentada, rota en dos, mientras los libres, entre ellos, se combatían, se mataban, esto no podía ser agradable a Iuppiter, al padre. Por tanto la expiación que Horacio señala, indica, manda en cierto modo a sus contemporáneos tiene una valencia religiosa que no es superficial, es esencial para la supervivencia. Que luego adopte un metro arcaico o sáfico o cosa de ese tipo y sea complicado de leer y de traducir eso hace parte en cierto modo de las reglas del juego, pero en esto realmente Horacio interpreta, como sólo él podía interpretar, el pensamiento del mundo romano. En aquel entonces existe el miedo al fin porque el pacto con los dioses ha sido quebrantado.

Ahora, decir todo esto parece que en poco tiempo ocurren muchas cosas en el mundo romano, pero sobre todo se perfila la figura de un nuevo personaje, un personaje que se impone, y es Augusto. Augusto en su vida política la primera cosa que hace es concluir las guerras civiles, por lo tanto en cierto modo es el primer paso hacia la expiación. Sobre todo esto y sobre el restablecimiento de una religiosidad ciudadana, de la civitas entera, es fundada la reanudación, la esperanza es decir de que la decadencia haya sido sólo temporánea, y hay una nueva fase de progreso que es llamada la edad de oro. Vuelve el reino de Saturno, dicen, dice Virgilio, y vuelve es decir aquella edad de oro que está también presente además en algunos pasajes, por ejemplo de los Salmos, en que el becerro comerá junto al león, es decir una edad de paz, una nueva paz. Esta paz restablece es decir aquel estado de cosas ordenado que sirve y es la premisa para una nueva fase de progreso.

Por tanto la respuesta que yo puedo dar a la pregunta que el profesor Morani me hace, es ésta: que ciertamente, si he entendido bien su pregunta, existe ciertamente también para los romanos una fase de decadencia, pero esta decadencia es superada a través de una renovación de la pax, del pacto con los dioses. Por tanto, en cierto sentido, siempre hay una posibilidad de reanudación y siempre hay aquella confianza sustancial en la benevolencia por lo que si los hombres se comportan como deben, los dioses los premiarán con una compensación que para los romanos es la supervivencia o, más bien, el engrandecimiento y el acrecentamiento del propio imperium también desde un punto de vista de las conquistas territoriales. Se necesita siempre que nos dimensionemos a la edad de la cual hablamos: sería anacrónico atribuirles a los romanos un pensamiento que a ellos no pertenecía, es decir nuestro juicio y nuestro modo de sentir. Yo creo que haya, en cambio, un elemento muy importante que es historiable, es decir la edad de Saturno, la edad de oro. El paso también es aquí un paso trascendental.

La edad augustea no por nada apasiona todavía mucho a los historiadores porque se pregunta cómo haya sido posible (además con un imperio durado mucho tiempo porque Augusto tiene el poder sólo desde el año 31 a.C. y muere en 14, muere a los 77 años una mors singuralis para decirla a la latina, es decir la edad media era muy inferior): logra dar una continuidad a este imperio y de alguna manera a reconstituir una pax que no es solamente una pax deorum sino es una pax que él definirá augusta. También vendrán construidos edificios a la paz, es decir la pacificación de todo el mundo y en este momento tenemos que reconocer que hay una novedad: es el acontecimiento, el nacimiento de Cristo ocurre precisamente en este período.

Siempre me ha asombrado la expresión “la madurez de los tiempos”: la madurez de los tiempos pasa a través de la historia, porque Cristo se ha encarnado, no volaba por el aire, se ha encarnado, ha venido entre nosotros, ha vivido en la historia, de alguna manera en Su sola única sabiduría ha construido la historia de manera tal que pudiera acogerlo en el momento en que los tiempos fueran maduros. Todo esto, representa un elemento de reflexión ulterior para un cristiano; en pocas palabras, los griegos han elaborado todo su pensamiento pero el anuncio se hace al mundo helenístico romano, en edad romana, la madurez de los tiempos es justo ésta. En cierto sentido la madurez de los tiempos privilegia el mundo romano porque había llegado a aquel nivel de nostalgia, de espera, también diría de vacío, porque detrás de la paz de Augusto todavía estaba todo lo pasado pero el futuro no se podía prever. Es en esta situación que se introduce un pedido, una necesidad a la que es dada una respuesta definitiva con la llegada de Cristo. No es una lectura confesional y fanática: tenemos que captar simplemente en la historia los elementos que de alguna manera dan un mayor significado a aquella que es nuestra fe. Yo creo que esto pueda ser suficiente.

Querría sólo detenerme sobre un aspecto muy breve que es una añadidura a cuanto ha sido dicho antes y es decir el concepto de virtus, la virtud, hoy nosotros la llamamos virtud. La virtus en realidad no se traduce virtud, la mayoría traduce el valor; pero en realidad no es otra cosa que la plenitud de las calidades del vir, del hombre, y el hombre es el hombre religioso que yo he buscado en los límites de lo posible delinear al principio; es el hombre republicano, que ve en la civitas - no por nada es el De Civitate Dei no la ha llamado de otra manera San Agustín - la plenitud de una novedad. La civitas es algo nuevo que han inventado y constituido los romanos porque no existe ninguna experiencia política del mundo antiguo en que la civitas tenga una valencia religiosa no formal sino sustancial como aquella romana. Así que en todo esto yo diría que hay tantos elementos de reflexión que me he permitido señalar a su atención.

Moderador:
Le pido a la profesora Sordi que nos ayude a profundizar otro concepto, un concepto igualmente delicado e importante. Se dice a menudo que los antiguos tienen una visión cíclica del tiempo, es decir creen que después de toda una serie de acontecimientos haya como un fin, después del cual todo recomenzará como era antes contraponiendo la idea de una historia cíclica a la idea de una historia secuencial como tenemos los modernos.

Marta Sordi:
Yo creo que la concepción de historia cíclica que es, a menudo injustamente, atribuida a todo el mundo antiguo, sea una concepción por una parte religiosa, la famosa imagen de la serpiente que se muerde la cola, pero por otra sobre todo filosófica. Platón y Aristóteles insinúan esta repetición de la historia que es en cambio extraña a los historiadores y sobre todo es extraña a aquel que es el fundador de la metodología científica de la historia, que es Tucídides, de la historia como investigación. Tucídides en la Arcaiologhia, la primera parte de su obra, nos da claramente la idea del progreso en la historia, de un cambio sobre todo captado en los aspectos técnicos de las flotas, los nacimientos de las flotas, pero también del extenderse del radio territorial de los estados o las costumbres, el cambio de las costumbres.

Pero, sobre todo, la cosa que me parece más importante en Tucídides es la importancia que él da a la comprobación del hecho: en el famoso capítulo 1,22 - que para mí es el capítulo fundamental para el método histórico -, da a la fundación del método histórico, precisamente basado esencialmente en la crítica de los testimonios en vista de una comprobación que parte de la conciencia de una diversidad de los testimonios todos deformados, también aquellas honestas, o de tendencia o de espíritu de observación, es decir de factores voluntarios o involuntarios.

Éste es el elemento que hace de la historia una adquisición para siempre, porque los hechos, él dice, se verifican de modo análogo. No nos dejemos engañar por esta fórmula: de modo análogo no quiere decir de modo igual porque Tucídides explica enseguida que es la naturaleza humana la que es idéntica, por lo tanto hay constantes que una severa, crítica, rigurosa comprobación de los hechos permite localizar y que también sirven para el futuro. Éste es el elemento, es la adquisición de la historia, es decir reconocimiento de la existencia de constantes y al mismo tiempo, en cambio capacidad de ver la historia como desarrollo. Indirectamente querría decir que, en un modo completamente diferente de la visión incluso sagrada de la historia, también la concepción etrusco-romana es una concepción lineal no cíclica. Para los etruscos la vida humana, de los individuos como aquella de las ciudades y de los pueblos tenía un fin como aquel del mundo. Tenemos una serie de fragmentos extremadamente interesantes por los cuales los pueblos llegan a su fin con un cierto número de secula y lo mismo vale para el mundo. Pero querría volver a la idea de la comprobación: la importancia de la comprobación que lleva a la reconstrucción del hecho, es decir a la “verdad” (pondría entre comillas) de la historia que no es la verdad absoluta es de eso de lo cual se pueden proveer indicios claros, cata to dunaton, según lo posible, por lo tanto no tiene nada que ver con el mito positivista del hecho en sí.

Pero lleva a una reconstrucción sin la que no es posible la interpretación, y aquí hay algo importante que observar porque me parece que hoy a menudo se tienda a devaluar en el trabajo histórico el momento y la importancia de la comprobación a favor de la interpretación del significado que dar a los acontecimientos que en cambio es estrechamente subjetivo. Esta indiferencia a la verdad de la historia, que repito no es aquella del positivismo, porta al albedrío y al relativismo y está en la raíz de la indiferencia de muchos, también en el campo católico, en la historicidad de los Evangelios que, estando el cristianismo fundado en un acontecimiento histórico, es de importancia fundamental. Creo que se pueda identificar con este error del creer que la interpretación del significado valga más que la comprobación de los hechos aun en el relato Evangélico, una de las reducciones que Don Giussani denuncia en los ejercicios de 1998 “El milagro del cambio”, cuando habla de la reducción que la cultura mundana hace con respecto a la cultura cristiana. Y es precisamente la reducción del acontecimiento a ideología. El cristiano, pero también el historiador serio tiene como su punto de partida el acontecimiento, aquello que ocurre y que él experimenta. Para gran parte del pensamiento moderno, en cambio, punto de partida es una cierta impresión y evaluación de las cosas, el prejuicio.

De aquí el difundirse de interpretaciones, a menudo desligadas integralmente de las reconstrucciones y por lo tanto privadas de cualquier valor, que sin embargo se afirman no sólo en los libros escolásticos, en las problemáticas puestas por los pseudo-historiadores, sino en la convicción de la opinión pública. Yo pienso, como ejemplo típico: nadie dudaría, basándose en los hechos, que la Iglesia y Pio XII hubieran defendido a los judíos perseguidos. A un cierto punto, una obra literaria, una hipótesis, una pura hipótesis ha servido a volcar todo; hoy se da como descontado el hecho de que los silencios de Pio XII sean culpables, y la Iglesia está obligada a defenderse, a portar pruebas de aquello que ha hecho. Estamos frente a un caso límite en que la reconstrucción ha sido archivada, el dato de las fuentes contemporáneas ha sido archivado, la interpretación, del todo subjetiva, ha tenido peso. Aquí cito esto como un ejemplo típico, se podrían citar muchísimos más. Gracias.

Moderador:
Doy las gracias a los relatores por esta serie de intervenciones que han sido realmente muy densas. Habría muchas posibilidades de intervención y ahondamiento, pero los tiempos son estrechos naturalmente. Hay la posibilidad de hacer alguna pregunta o alguna intervención o de pedir alguna explicación sobre cuanto ha sido dicho, por lo tanto rogaría a quien quiera intervenir de hacerse presente. Me parece que ya hay una persona.

Pregunta:
Yo tendría dos preguntas. La primera es sobre el concepto de pertenencia: cómo se ha convertido en un concepto con la pretensión de una universalidad, también respecto a los pueblos que iban a conquistar. La otra sobre la relación entre el cristianismo y el imperio: visto que Usted ha hablado de la unión jurídica en la relación entre el hombre y dios en la concepción romana, entonces me vendría que decir que en cierto sentido la acusación hecha a los cristianos de haber de algún modo minado los fundamentos del imperio podría no estar tan equivocada.

Alfredo Valvo:
Muy brevemente: la idea es que la pertenencia no es un hecho tribal, la pertenencia es que el origen de los romanos, los romanos como entidad política nacen de una suma de familias, de gentes que evidentemente se reconocían en una especie de fundador y este fundador tenía todas las prerrogativas que eran aquellas de un jefe de estado. Luego la idea de pertenencia es un elemento portante también desde los orígenes de Roma en su ya acabada forma de agregado autónomo, no más sabinos, etruscos, etc. Por cuanto concierne al hecho de que luego tenga esta pretensión de universalidad, más que una pretensión es una necesidad. En el momento mismo en que Roma también se expande fuera de los propios confines, de los confines de Italia, se crean nuevas exigencias las que Roma trata de contestar utilizando las instituciones de las que ya dispone. Luego en cierto modo también traslada al plano internacional aquellas que eran uniones de carácter familiar: es el caso de la clientela que es propio característica de los tratados que son concluidos con las naciones y con las poblaciones externas. Luego el discurso nos llevaría más allá; diría que es una evolución natural que en cierto modo responde siempre a aquel pragmatismo del que se puede hablar para explicar este modo aparentemente simplista pero muy concreto de relacionarse con realidades que son más grandes y más amplias.

Marta Sordi:
Una respuesta muy breve a la pregunta en la parte desempeñada por el cristianismo en la caída del imperio romano porque estamos frente a una de aquellas preguntas que abarcan siglos. El primero a relevarla ha sido Zósimo, pero evidentemente detrás de él está la historiografía del tiempo de Juliano. Y luego ha sido retomada por los modernos. Yo no creo en esta interpretación. Entre los cristianos he citado el caso de Valentiniano I referido por Amiano Marcelino, es decir de un historiador pagano el que justo responde indirectamente, antes de san Agustín, a la acusación a los cristianos de haber provocado las derrotas basadas en la idea de la rotura del pax deorum. Las palabras de Valentiniano son muy interesantes porque es justo la reanudación de los valores romanos cristianizados; es ésta, por ejemplo, la posición de Ambrosio. Ambrosio, que no es el último personaje que ha tenido una experiencia de gobierno romano y al mismo tiempo tiene una profunda fe cristiana, da la misma respuesta: el cristianismo no ha renegado nada de la mejor tradición de Roma, reniega solamente su fe, su religión, la única cosa que nos aúna a los bárbaros, que tenemos en común con los bárbaros. Esto es interesante justo en Ambrosio cuando habla de esta Roma que se tiene que convertir cuando es vieja, que no tiene necesidad de convertirse cuando es vieja porque ya se ha convertido a lo mejor manera. Y ésta es la línea fundamental que encontramos en Cicerón, en Livio, en Claudio, es decir el progreso ocurre a través de la asimilación de cosas nuevas que entran en la continuidad de Roma. Aquí, por lo tanto creo realmente que se pueda contestar con un: el cristianismo no ha tenido parte en la caída del imperio romano. Gracias.

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