El Homo Religiosus desde las cavernas
autor: Yves Coppens
Daniele Zappalà (entrevistador)
fecha: 2010-09-15
fuente: L’Homo? Religiosus fin dalle caverne
traducción: Camilo

Para el paleontólogo francés Yves Coppens «el ser humano parece sensible a lo sagrado a partir de su primera aparición sobre la Tierra»

«Para mí, el origen del hombre es en absoluto la historia más bella y, cuando la ciencia trata de comprenderla, siempre está obligada a constatar al mismo tiempo el carácter por así decir extravagante de esta historia, junto a su dimensión de humildad». Después de una vida de estudios y campañas científicas sobre este campo a veces emocionante, Yves Coppens muestra siempre hacia el mundo prehistórico una curiosidad y una admiración casi inquietante.

El gran antropólogo y paleontólogo francés, entre los descubridores de nuestra antepasada más famosa, Lucy, es también un brillante divulgador. Como muestra la colección de textos breves El presente del pasado, sacado hoy por Jaca Book, (168 páginas, 18,00 euros).

¿Profesor, por qué la prehistoria nos fascina tanto?

«Las interrogantes sobre nuestro estatuto sobre la Tierra, sobre nuestro origen y sobre nuestra dirección, por así decir, son parte de una necesidad connatural en nosotros. Al mismo tiempo, muchos advierten una gran precariedad en la situación actual.
Y acerca de esto, incluso no compartiendo personalmente este punto de vista, tengo la impresión que en las respuestas sobre nuestro origen se busca un tipo de anclaje o de ayuda.
De los visitantes a exhibiciones que he realizado, además, a menudo han confesado que esta mano de ayuda hacia el pasado más profundo los alentó».

Usted ha escrito que el camino del hombre ofrece un gran mensaje de humildad. ¿Que quiere decir?

«Se trata de la historia de un ser viviente aparecido como cualquier otro ser viviente en una fase de adaptación climática. Después del éxito conseguido en esta adaptación, luego se ha desarrollado gracias a los recursos que disponía, incluida la cultura, nacida de la aparición de la conciencia. En general, el hombre es un mamífero de dimensiones medias en un planeta entre otros alrededor de una estrella, a su vez, entre mil millones de otras en una galaxia, a su vez, entre mil millones de otras. Se puede sólo seguir siendo humildes».

Para usted el hombre se ha comportado “como un corredor de fondo”.
¿Por qué?

«Los paleontólogos y los anatomistas han seguido la evolución de la locomoción prehumana y humana a lo largo de diez millones de años.
Al principio, hubo la asociación de una vida arborícola y de una bipedia bastante torpe. Una bipedia más estable, eficaz y fluida se desarrolló muy progresivamente. El acceso a la etapa erguida y a la locomoción como la concebimos hoy fue realmente lento y merecido. La facultad de correr se logró relativamente tarde».

¿En esta evolución, hay una fase que todavía hoy le fascina más que otras?

«La aparición misma del género humano, con el desarrollo de su encéfalo y con la elección de una alimentación muy variada que se reveló un éxito decisivo para las fases sucesivas».

A propósito del misterio de la conciencia, antropólogos culturales como René Girard sostienen la centralidad de la dimensión sagrada. Sobre el campo, ¿a qué punto han llegado las búsquedas sobre la religiosidad primitiva?

«Sabemos o tenemos ya el presentimiento, dado que no están siempre disponibles las pruebas definitivas, que el homo religiosus coincide con el hombre en general.
El ser humano, desde el florecer de su humanidad, es sensible a lo sagrado y posee una dimensión espiritual. Personalmente, estoy convencido de que no hay distancia entre la aparición del hombre y la aparición de su pensamiento religioso. El uno y otro son parte de una misma condición.»

¿Qué investigaciones concretas parecen probarlo?
«No es simple sobre los seres más antiguos descubrir demostraciones de esta dimensión religiosa. Pero por ejemplo tenemos unos elementos que prueban el tratamiento de los muertos de hace un millón de años atrás, e incluso antes. Al principio, estos tratamientos fueron quizás un poco rudimentarios, pero fueron de todas maneras tratamientos.
Muestran que el hombre trata a sus muertos con otros ojos, otros sentimientos con respecto a los animales.»

Las recientes celebraciones de Darwin han reavivado el encuentro entre darwinistas puros y duros, por así decir, y neodarwinistas. ¿Científicamente, queda un debate constructivo?

«Las concepciones de Darwin tienen ciento cincuenta años. Desde entonces, la ciencia ha hecho progresos considerables. Es evidente que la selección natural predicada por Darwin queda verificada, pero hoy se reconoce que la parte debida al caso es mucho inferior con respecto a cuanto Darwin imaginara.
Darwin no conocía las leyes de la herencia y mucho menos lo que hoy llamamos epigenética. En otras palabras, la evolución es mucho más compleja y diferenciada de lo que él pensaba. La obra de Darwin queda como ejemplar y continúa inspirándonos. Pero la evolución como hoy la conocemos ya no puede ser definida con el nombre de darwinismo. Darwinismo y evolución son ahora dos palabras muy separadas y distintas, aunque el darwinismo representó uno de los orígenes de la reflexión sobre la evolución.»

¿Cuál le parece hoy el desafío más grande para el conocimiento de la prehistoria?
«Creo que es justo una mejor comprensión de las modalidades de la evolución. Sabemos que la evolución es una realidad. Pero no conocemos todos los mecanismos que ésta utiliza para realizarse. La biología, la genética y la paleontología todavía tienen muchas búsquedas que cumplir para llegar a una comprensión aprobada y compartida»

En su libro que esta saliendo en Italia, usted también se refiere al pensador y científico jesuita Pierre Teilhard de Chardin. ¿En qué sentido, su lección sigue en pie?

«Son muchos los aspectos actuales de su reflexión. Teilhard fue grande ante todo porque supo bien como percibir la continuidad de la historia del universo, de la Tierra, de la vida y del hombre. Pero también porque intuyó y anticipó la evolución de la humanidad con sus actuales redes. Del resto, podríamos bien llamar 'noosfera' a Internet. Merece ser releído y mejor comprendido»

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