El «inevitable» desarrollo tecnológico y los deseos ...
autor: Gianluca Lapini
fecha: 2016-02-13
fuente: SCIENZAinATTO/ L'«inevitabile» sviluppo tecnologico e i desideri dell'uomo
traducción: María Eugenia Flores Luna

¿El desarrollo tecnológico responde a las necesidades y deseos del hombre o los crea artificialmente para auto sostenerse? Los deseos determinan el desarrollo, pero se necesita una mayor consciencia.

El enorme progreso de la electrónica y de la informática, plantea la cuestión de si es el desarrollo tecnológico quien determina el tipo de sociedad humana, antes que son las exigencias de la sociedad que lo guian.
El artículo aclara que una aplicación tecnológica nace siempre como respuesta a una necesidad o deseo. El problema se vuelve entonces no tanto del desarrollo tecnológico en sí, sino del hombre que lo gestiona.
Se necesita, según el autor, una «profunda consciencia de sí mismo con la que es necesario que los mismos conocimientos científicos y tecnológicos vengan desarrollados y utilizados»
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Hace poco más de cincuenta años, en abril de 1965, Gordon E. Moore, que era entonces el director del departamento de investigación y desarrollo de la sociedad americana Fairchild Camera and Instrument Corporation, escribió un artículo para la revista Electronics en la cual observaba que la cantidad de transistores que podían ser insertados en un circuito integrado, era duplicada cada año, desde cuando habían sido inventados; en base a tal constatación el autor predecía que este trend, habría continuado también en el futuro (predicción que se conoció como Ley de Moore).

Él tuvo olfato para reconocer que un trend de desarrollo exponencial se estaba verificando en el mundo de la microelectrónica, y pronto fue evidente que la misma cosa estaba sucediendo también para otros componentes, como discos, memorias, cables ópticos, etc.
Es gracias a este rapidísimo desarrollo que electrónica e informática han consentido la difusión en masa de un millar de nuevos productos y servicios, y han dado origen a un gran número de nuevos modos de vivir y de trabajar.
Este trend tecnológico, así como aquellos que se han verificado en el reciente pasado en tantos otros campos de la técnica, ha tenido una enorme fuerza de arrastre, y si reflexionamos sobre la cantidad infinita de eventos culturales, sociales, políticos y económicos que mientras tanto se han verificado en el mundo, pareciera poder concluir que, la tecnología (y no sólo aquella electrónica/informática) es capaz de continuar desarrollándose en su «inevitable» paso, aparentemente independiente de todo aquello que sucede, como si fuera el verdadero motor de los eventos humanos, o al menos de aquellos de la historia moderna.
Por eso se comprende muy bien la legitimidad de la pregunta que diversos estudiosos y observadores [1] del mundo de la tecnología [2] se han hecho, y que podremos sintéticamente formular en estos términos: ¿es la sociedad que guía el desarrollo tecnológico, o es el desarrollo tecnológico que determina la sociedad?

¿El desarrollo tecnológico determina la sociedad?

La verdad es que esta pregunta es todo menos nueva, y la cuestión de si el desarrollo de la tecnología sea la fuerza principal que condiciona la evolución de la civilización moderna (y quizá aun de aquella antigua), a través de la historia de al menos los últimos dos o tres siglos.
Podría parecer una pregunta, para entendidos, y por tanto de escaso interés general, pero en realidad se trata de una cuestión que no es difícil darse cuenta de cuánto impacte no sólo con los destinos de la historia humana, sino también con la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Para quedar en la informática/electrónica, su penetración en nuestros modos de trabajar, comunicar, enseñar, divertirse, etc., ofrece muchas ocasiones de ejemplo, ya talmente conocidas que no nos parece ni siquiera el caso de repetirlas.
Basta sólo recordar que tenemos en nuestras casas y oficinas computadoras enormemente más potentes que aquellas que sirvieron a los primeros astronautas para desembarcar en la luna, y una nutrida serie de otros aparatos electrónicos [3] (la mitad de los cuales, en el giro de 5-6 años, probablemente serán superados); además quien escribe, y probablemente buena parte de los lectores, pasa ya una discreta porción de su jornada delante de una computadora o pegado a un smartphone [4].

Es esta progresión que guía las actuales relaciones entre tecnología y cultura, y parece que no haya clase social, identificación étnica, nivel de instrucción o de consciencia social que resista: una serie de tecnologías vienen adoptadas en masa, sin poner nada en discusión, y todos parecemos a merced de quien las produce o las vende.
En resumen parece justo que la potencia de las computadoras, de los smartphone, o también la gama de optional de los automóviles, la cantidad de medicinas y de procedimientos biológicos que tenemos a disposición, deban aumentar simplemente porque pueden aumentar.

¿Eso no es quizá una clara demostración de que no es la sociedad la que elige en qué modo, y si, la informática, la mecatrónica, las biotecnologías, etc., deben crecer, sino son estas tecnologías las que determinan cómo la sociedad debe adaptarse a su existencia [5]?
A decir verdad, de vez en cuando se siente aún alguna voz aislada que prueba a manifestar su disenso respecto a aquellas que se vuelven costumbres tecnológicas dominantes (a menudo verdaderas «modas») e incluso, hace algunos años, alguien escribía ensayos «con odio a las computadoras» [6].
Pero parecen más caprichos e idiosincrasias de personajes singulares, tan «pintorescos», como los [Amish] de Pennsylvania, y de los que se puede sonreír benévolamente, porque igual todo el mundo va en otra dirección.

¿Qué juicio dar?

¿Ahora qué juicio dar sobre todo esto? Es innegable que nos encontramos involucrados en un mecanismo que no controlamos, y que esto puede ponernos a merced de quien en algún modo lo domina y lo promueve, pero la amplia aceptación social que ciertos productos o ciertos modos de hacer encuentran, ¿depende sólo del hecho de que estamos «obligados a convencernos de que nos pueden servir» por insistentes campañas publicitarias [7] (como aquellas de los teléfonos celulares) o depende también del hecho de que estos productos (PC, celulares, automóviles, acondicionadores de aire, etc.) nos fascinan y nos gustan desgraciadamente, porque nos consienten satisfacer algunas de nuestras necesidades/deseos fundamentales, como estar sanos, comunicar, conocer, divertirse, moverse, tener una casa caliente en invierno y fresca en verano, etc., siempre presentes en la naturaleza humana, y que hoy vienen satisfechas con una facilidad que en otros tiempos era absolutamente inconcebible?

Aparentemente no hay nada desconveniente en estas exigencias o deseos, sino el modo en que hoy siempre más fácilmente (a menudo con grandes derroches y en modo fútil), al menos en los países avanzados, logramos satisfacerlas, mientras muchos individuos y pueblos no tienen aún ni siquiera la posibilidad de expresarlas, pone indudablemente problemas existenciales más bien graves que aquellos que la tecnología es capaz de resolver, como bien ha evidenciado Papa Francisco en su reciente Encíclica Laudado sí [8].

Una respuesta a los deseos del hombre

Sin embargo nadie puede negar que siempre los hombres hayan tratado de comunicar con sus similares, sean ellos simplemente un pariente de viaje, o un amigo científico con el cual cambiar opiniones sobre una observación astronómica.

O que los hombres hayan siempre tenido necesidad de moverse, como si se tratase simplemente de llevar una carga de hortalizas al mercado más cercano, o satisfacer el propio deseo de conocer lugares lejanos. O que los hombres hayan tenido siempre necesidad y deseo de calentarse y de lavarse, no sólo para vivir también en invierno, en vez de andar en letargo como las marmotas, sino también para ponerse bonitos.
Así, para comunicar, un tiempo existían sólo las cartas, luego el telégrafo y el teléfono, ahora existen los smartphone, internet los social network, que permiten tener un intercambio de datos, informaciones, opiniones casi inmediatas entre lugares en las antípodas del mundo, cuando un tiempo se necesitaban meses para tener la respuesta a una simple carta.
Ciertamente ha cambiado drásticamente la rapidez y la comodidad con la que la necesidad o el deseo de comunicar viene satisfecho, pero hasta hoy la permanencia del deseo es el motivo y el motor del intercambio; sin necesidad o deseo de comunicar no existirían los e-mail, los twitt, los sms u otras formas de mensajes electrónicos, pero no hubieran existido ni siquiera las cartas.
Igualmente, antes para moverse existían sólo las carrozas a caballos, luego los trenes, luego los automóviles y los aeroplanos, que permiten ir siempre más veloces y siempre más lejos (incluso alguien está preparando la posibilidad de crear «turistas espaciales»). Pero es el deseo de moverse velozmente aquello que guía todo, porque en primer lugar se necesita viajar rápidamente donde se quiere, no tanto pasar el tiempo viajando.

Lo mismo, para lavarse y calentarse un tiempo se las arreglaba con pobres medios, ahora tenemos el gas en casa para la cocina y la calefacción, el agua corriente caliente y fría, y baños que un tiempo habrían sido dignos de un palacio.

Son simples ejemplos, se podría continuar de largo sobre este tema, y siempre se podría resaltar un deseo o una necesidad básica a la cual la tecnología trata de dar una respuesta.

¿Qué es por tanto lo que más impulsa al continuo cambio y a la continua evolución de la tecnología, sólo un perverso mecanismo ya hecho autónomo, autorreferencial e incontrolable, como algunos afirman, o, como otros afirman, una irrefrenable, despreciable voluntad de provecho (individual o en sociedad)- en otros términos un poder financiero capaz de dominar la tecnología misma- o en cambio este itinerario es en el fondo sostenido y legitimado por una serie de aparentemente pequeños, modestos, inocentes, pero incontenibles deseos, que un tiempo eran privilegio sólo de millones, pero ahora son expresados por millares de millones de «corazones» humanos?
¿Y qué hacer de estos deseos, cuando su multiplicación por diez [9] crea problemas ecológicos de nivel planetario, de escaso potencial de los recursos, de guerras por el petróleo, etc.?

¿Un determinismo de los deseos?

¿No somos en todo caso siempre nosotros, en sustancia, al dar curso ineludible a nuestros deseos, quienes determinan el desarrollo de la tecnología? ¿No sería por tanto más correcto y lógico hablar de «determinismo de los deseos», antes que de determinismo tecnológico?

Alguien podría objetar que deseos incluso lícitos y básicos, como aquel de tener un hijo, han favorecido el desarrollo de técnicas reproductivas «perversas», o mucho más banalmente se podría observar que la exasperación de la potencia y velocidad de nuestros automóviles no tiene nada que ver con la necesidad de moverse en modo acelerado y sin fatiga. Con mayor razón se podría también objetar que ciertamente no han sido las necesidades elementales que hemos mencionado las que arrastran el desarrollo de la tecnología espacial, de la tecnología de producción del plutonio, de tantas tecnologías de las herramientas, etc.

Es evidente que existen enormes sistemas tecnológicos solo al servicio, por ejemplo, de las fuerzas armadas [9]. ¿Sin embargo no están tampoco estas determinadas por los deseos de los gobernantes de los Estados, deseos ciertamente menos inocentes e inocuos, como del resto algunos deseos personales, pero siempre deseos?

En todo caso nos parece innegable que el satisfacer tantos deseos y necesidades aun aquellos aparentemente más «elementales» - hechos «fácilmente» accesibles por la evolución de la tecnología - contemporáneamente y ampliamente, por millones de personas, una parte de las cuales desde hace tiempo se ha acostumbrado a un nivel de consumos muy elevados, y garantizar análogas posibilidades a la amplia porción de humanidad que hasta ahora no la disfruta, «pero aspira fuertemente a disfrutarla», ponga complejos problemas e implique pesadas recaídas.

Por ejemplo, para consentir rápidas y extensas telecomunicaciones (por no hablar de iluminación, electrodomésticos y otros) Se necesita ante todo una amplia disponibilidad de energía eléctrica, con todos los problemas conocidos de contaminación y agotamiento de los recursos que el producirla implica.
Y, si queremos movernos todos juntos, a millones, y sin fatiga, por todo el mundo, nacen las dificultades: los automóviles se vuelven una frustración más que una exaltación de la libertad y consumen una cantidad enorme de combustibles y de otros recursos (carreteras, materias primas, la misma sanidad, por la enorme cantidad de accidentes, y también las aerovías comienzan a obstruirse de aviones.

Por tanto hoy es más claro que si queremos satisfacer de manera indiscriminada estos aparentemente simples y básicos deseos para los millares de millones de hombres que somos, todo el petróleo y el gas de la Tierra podrían no bastar, y el planeta podría no soportar la consiguiente carga de contaminación.

Observaciones conclusivas

En resumen, el problema no nos parece que sea tanto el de que si es la tecnología la que determina la sociedad - si son verdaderos nuestros razonamientos en el fondo serían siempre los deseos de la «sociedad de los hombres», rectos o equivocados que sean, los que guían la tecnología - sino más bien aquel de cuáles sean las vías a través de las que los deseos y las necesidades, aun las más aparentemente simples, se «condensan» en sistemas tecnológicos siempre más complejos, de los cuales todos los hombres, al menos en línea de principio deberían poder gozar, pero que cuando deben ser accesibles a millones de personas inevitablemente convierten en dimensiones planetarias el problema de cómo puedan ser concretamente satisfechos.

Al final, preguntarse si el camino de la tecnología vaya frenado o gobernado, como hacen tantos críticos de la tecnología, nos parece que coincida con el preguntarse si el deseo del hombre vaya frenado o gobernado, una hipótesis que a menudo los mismos personajes rechazan con desprecio, como un inaceptable límite a la libertad humana.
Y sin embargo toda la experiencia religiosa y sabia de las innumerables tradiciones humanas nos parece concorde, incluso con tantas diferencias, al afirmar que el «corazón» del hombre vaya educado a la sobriedad y no a convertir sus deseos en ídolos.

No al azar, en tiempos de miseria material mucho más difundida que en los actuales, en los cuales la riqueza coincidía esencialmente con la abundancia de comida y bebidas, se prescribía ayunar, de vez en cuando, y quizá, como hace algunos años sugería el amigo John Staudenmaier S.J. (1939-…) [10], aun hoy haría falta sugerir «el ayuno», de vez en cuanto, a lo mejor sin utilizar, la electricidad, el combustible, los teléfonos o cualquier otra «comodidad» moderna [11].
Se trata en el fondo «de prestar nuevamente atención a la realidad con los límites que ella impone, los cuales a su vez constituyen la posibilidad de un desarrollo humano y social más sano y fecundo» [12].

En la situación actual nos parece al mismo tiempo que se deba afirmar con decisión que además del corazón, también la mente del hombre vaya educada [13], especialmente aquella de los más jóvenes, para que tenga al menos los instrumentos para entender (luego tendrá que, obviamente, además de entender, también orientar su libertad hasta madurar nuevas costumbres de vida) cuáles son las complejas y profundas implicaciones no sólo de deseos de potencia «extremos», como aquellos que impulsan algunos a desarrollar, por ejemplo, las técnicas de clonación y de uso de los embriones humanos, sino también de simples, básicos y aparentemente inocentes deseos, como darse una ducha caliente, mandar un e-mail o usar el avión para ir de luna de miel a las Maldivas.

Sobre este tema nos parece que sea necesario que se difunda una mayor consciencia de la que tenemos necesidad, no de menos, sino de más ciencia y más tecnología [14], y que para los jóvenes vale la pena optar por trabajar en estos campos; y que no hay por qué tener tanto miedo a que sea la tecnología la que determina de manera ciega y sin objetivos la sociedad, sino que podrían ser los deseos recta y realísticamente expresados los que dirigen mejor la tecnología, si alguno se preocupase de eso [15].

En este sentido la educación a la ciencia y a la tecnología, además de proporcionar conocimientos e instrumentos, debería favorecer, junto con otras materias que contribuyen a formar la personalidad de los jóvenes, la profunda consciencia de sí misma con la cual es necesario que los mismos conocimientos científicos y tecnológicos vengan desarrollados y utilizados.

En fin, una última breve alusión al hecho de que muchísima de la práctica tecnológica se ha condensado en el curso de largos periodos de tiempo, en códigos profesionales, en densas normas de leyes nacionales o internacionales [16] y también en laboriosos acuerdos a nivel mundial (como aquellos tomados en la reciente COP de París); en efecto muchas de las actividades de los parlamentos nacionales y de aquel europeo están ya dedicadas a la emisión de leyes que tienen que ver con los sistemas tecnológicos.

Como sucede para las leyes morales, también tales normas pueden ser desatendidas o aplicadas en modo formal, pero ellas constituyen en todo caso una base indispensable para dirigir los, de otra manera, irrefrenables deseos del corazón del hombre.

El sistema educativo tendrá por tanto que atender cuidadosamente la difusión y la comprensión entre las jóvenes generaciones.

Notas
1. Es como hace por ejemplo Paul Ceruzzi, históriador americano de la tecnología y curador del Smithsonian Institution, en su ensayo indicado entre las referencias, de las cuales toma inicial impulso este artículo, incluso llegando a conclusiones más bien diversas a las suyas.

2. Sobre el origen del término tecnología, se vea por ejemplo el artículo de Gianluca Lapini, Tecnologia, una questione di termini (Tecnología una cuestión de términos), en Emmeciquadro, n. 32 - aprile 2008, pagg. 61-70.

3. Se vea a este propósito el artículo de Gianluca Lapini, Come eravamo, le origini di Internet (Como éramos, los orígenes de Internet, en Emmeciquadro, n. 29 - Aprile 2007, pagg.126-131.

4. Nosotros naturalmente no proyectamos ni el hardware, ni el software de estas máquinas, y a menudo tenemos sólo pálidas ideas de cómo funciona un PC o cómo intervenir si se malogra. Los nuevos programas o los nuevos hardware se instalan por sí mismos, simplemente apretando un enter, y están ya lejos los tiempos en que trajinábamos con cables y conectores o bien con il Fortran y las tarjetas perforadas.
Análogamente se puede decir de los automóviles: ¿quién logra ya, simplemente, cambiar las candelas del motor de su automóvil? Accesión, carburación, frenos y todos los otros sistemas han sido pesantemente computarizados, y hechos inaccesibles a los comunes mortales.

5. Hemos tomado en gran parte inspiración de la informática, pero no sería difícil repetir discursos análogos para tantas otras tecnologías, nuevas, pero también viejas, que en los siglos se han afirmado a nivel mundial. Cito sólo algunas en desorden: pólvora de disparo, trenes, electricidad, carreteras asfaltadas, aeroplanos……

6. Como Wendell Berry (1934 -) novelista, poeta y ensayista americano. Escribió en 1987 el breve ensayo Why I Am Not Going to Buy a Computer, que tuvo una discreta resonancia a causa de su notoriedad.

7. Romano Guardini, en su ensayo La fine dell'epoca moderna (El fin de la época moderna) citado en las referencias, pareciera de esta opinión, donde afirma que el ser humano «acepta los objetos ordinarios y las formas consuetas de la vida así como le son impuestas por los planes nacionales y por las máquinas normadas y, en el complejo, lo hace con la impresión de que todo eso sea razonable y justo».

8. Observa por ejemplo el Papa en los n. 56 y 59 de este documento: «Así se manifiesta que el degrado ambiental y el degrado humano y ético están íntimamente conectados. Muchos dirán que no son conscientes de cumplir acciones inmorales, porque la distracción constante nos quita el coraje de darnos cuenta de la realidad de un mundo limitado y finito […] Al mismo tiempo, crece una ecología superficial o aparente que consolida un cierto entorpecimiento y una inconsciente irresponsabilidad».

9. Cito a las fuerzas armadas como aquello que más inmediatamente trae a la mente un uso negativo de la tecnología; también de este mundo es en todo caso bien conocido que han tenido innumerables recaídas «positivas» las tecnologías por ellas desarrolladas.

10. John Staudenmaier S.J. (1939- ), religioso americano de la Compañía de Jesús, y autoridad histórica de la tecnología.

11. Este concepto de «ayuno» no tiene una valencia puramente individual, sino concierne también a las decisiones de política energética de los Estados. Afirma aún Papa Francisco en el n. 193 de su Encíclica, citando una intervención de Benedicto XVI: «Es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso».

12. Encíclica Laudado sí, n. 116

13. Aún de la Encíclica Laudado sí, en el n.105 encontramos esta observación del Papa, tomada en parte del ya citado ensayo de Romano Guardini: «El hecho es que el hombre moderno no ha sido educado al recto uso de la potencia, porque el inmenso crecimiento tecnológico no ha sido acompañado por un desarrollo del ser humano por cuanto concierne a la responsabilidad, los valores y la consciencia […] la posibilidad del hombre de usar mal su potencia está en continuo aumento, cuando no existen normas de libertad, sino sólo pretendidas necesidades de utilidad y de seguridad […]. Le faltan una ética adecuadamente sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente le den un límite y lo contengan dentro de un lúcido dominio de sí mismo.

14. Cierto, en un modo razonable y conciso de la complejidad de los problemas, porque de otra manera, como observa aún Papa Francisco en el n. 20 de la ya citada Encíclica: «La tecnología que, ligada a la finanza, pretende ser la única solución de los problemas, de hecho no es capaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros».

15. Observa aún el Papa en el n. 58 de la Encíclica «En algunos países hay ejemplos positivos de resultados al mejorar el ambiente […]. Estas acciones no resuelven [sin embargo] los problemas globales, sino confirman que el ser humano es aún capaz de intervenir positivamente». Y aún en el n. 112: «Es posible, todavía, alargar nuevamente la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, de orientarla, y de ponerla al servicio de otro tipo de progreso, más sano, más humano, más social y más íntegro […]. Por ejemplo, cuando comunidades de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sosteniendo un modelo de vida, de felicidad y de convivencia no consumista. O cuando la técnica se orienta prioritariamente a resolver los problemas concretos de los otros, con el compromiso de ayudarlos a vivir con más dignidad y menos sufrimiento».

16. Por ejemplo las normas EURO para los motores de automóviles, son un modo de regular las consecuencias negativas para el ambiente, del deseo/necesidad de viajar en automóvil; las normas sobre el aislamiento térmico de los edificios son un modo para regular las consecuencias negativas del deseo/necesidad de tener una casa caliente en invierno y fresca en verano, etc.

Referencias Bibliográficas
I. Robert N. Noyce, Microelectronics, Scientific American, September 1977.

II. Paul E. Ceruzzi, Moore’s Law and Technological Determinism, Technology & Culture, Vol. 46, The Johns Hopkins University Press, Baltimore 2005.

III. Papa Francisco, Laudado seas, Lettera Enciclica, Librería Editorial Vaticana, Roma 2015.

IV. Romano Guardini, La fine dell'epoca moderna. Il potere (El fin de la época moderna. El poder), Morcelliana, Brescia 1987.

V. Ellen Rose, User Error, Resisting Computer Culture, Between the Lines Publishers, Toronto 2003

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