El Medioevo y el nacimiento del mercado
autor: Paolo Nanni
Università degli Studi de Florencia
Gabriella Piccinni
Università degli Studi de Siena
Giorgio Vittadini (moderador)
Presidente de la Fundación para la Subsidiariedad
fecha: 2011-08-23
fuente: Il Medioevo e la nascita del mercato
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "E l’esistenza diventa una immensa certezza", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Y la existencia se convierte en una inmensa certeza")
traducción: María Eugenia Flores Luna

GIORGIO VITTADINI:
Entonces, en el Avvenire del 18 de agosto, hace ya algunos días, se entrevistó a Gabriela Piccinni, profesora e historiadora de la Università di Siena, a propósito del libro de Paolo Nanni, Medioevo e la Nascita del Mercato, donde ella decía: "Cuando hay una crisis, todos vienen a nosotros los Medievalistas para preguntarnos por instrumentos para entender lo que está sucediendo, para escuchar alguna sugerencia de la historia. Esto sucedió en los años 70 y sucede de nuevo ahora". Y ciertamente podemos apoyar esta idea porque el libro del que hablaremos hoy, me dicen expertos, es un gran clásico de la historia medieval, que habla del mercader por antonomasia, Datini di Prato, considerado por muchos como el mercader ante litteram, fuera de la mentalidad medieval común, el mercader del mundo ya protestante, de un mundo donde lo que vale es lo útil y basta. Ahora, ¿qué quiere decir eso de nuevos instrumentos? Primero, que de aquello que puedan leer (espero que lean el libro) Paolo Nanni da una interpretación diferente de este gran mercader, no imaginándolo sino leyendo su enorme epistolario. Y segundo, retomando la observación de la profesora Piccinni, esto es interesante porque en los últimos años se ha saltado la idea de mercado que ha estado de moda por muchos años, hemos hablado de ello el año pasado en el Meeting a propósito de la crisis financiera: la idea de mercado donde la única cosa que cuenta es la ley salvaje de la máxima utilidad individual, con una mano invisible que pone todo en su sitio, ha sido saltada. También en estos días se nota continuamente que el mercado quizás sea algo más complejo, que el mercado sea algo que no es sencillamente la ley de la jungla y entonces se comprende porque, yendo a leer a Datini, encontramos en él enseñanzas para hoy. En fin, no quiero alargarme más, quiero dejar la palabra a los invitados y descubrirán que se pueden leer libros serios, pues son más interesantes que ciertas novelas o escritos amarillistas, aunque sean serios.

PAOLO NANNI:
Pues bien, empiezo yo y más adelante me alternaré con Gabriella en este encuentro, la primera cosa que quiero tratar de comunicar es el punto de vista de cómo este estudio ha nacido tratando de mostrar cómo se ha desarrollado. ¿Cuál es el punto de vista con el cual los historiadores observan la realidad objeto de sus estudios?
El conocimiento histórico no consiste en una mera descripción de los hechos del pasado. La historia tiene naturalmente su rigor científico-metodológico y sus técnicas. Y es sobre esto que quisiera llamar la atención, sobre el quid que orienta nuestra búsqueda, entre preguntas, datos, hipótesis y pasos de conocimiento. Pues nuestro mirar no es nunca neutral como placa fotográfica, sino vivaz receptor de formas y colores con los que brillan ideas, presentimientos, conquistas.
La formulación de preguntas, casi secretas preguntas, expresan el principio formal que permite obtener, si no hasta la evidencia, datos relevantes cuando se presentan delante de nuestros ojos, hasta la formulación de hipótesis con las que volver a la realidad histórica objeto de nuestros estudios, ganando un paso de conocimiento (y nuevas preguntas).

En un reciente curso de formación, Accademia, organizada por la "Fundación para la Subsidiariedad - Asociación Riesgo Educativo", Giovanni Cherubini - común maestro de Gabriella y mi persona- ha subrayado explícitamente este elemento: "El razonar histórica parte siempre (o debería) de una o más preguntas que orientan o dan un sentido a nuestra vida: la relación entre la vida y la muerte, las convicciones religiosas, una ideología política, la visión de las relaciones entre los hombres, la necesidad de la solidaridad, de la justicia (y/o de la igualdad) en la sociedad. A estas convicciones (…) llegamos por las experiencias personales y a menudo por las sugerencias más diversas de amigos, de adultos en los que ponemos nuestra confianza y nuestro cariño o por otras vías diferentes. Ya esto debería convencernos que no somos nunca, incluso en nuestro pensamiento, lejanos los unos de los otros."
La misma búsqueda, selección, comprensión y valoración crítica de las fuentes, presuponen estas preguntas. Pues se encuentra, para bien o para mal, lo que se busca. "Cada investigación histórica -afirmó Bloch- presupone, ya desde los primeros pasos, una dirección de marcha (…) El investigador sabe muy bien, de antemano, que no seguirá punto por punto el itinerario predeterminado. Pero, si no tuviera uno, se arriesgaría a errar eternamente al azar". Tomemos por ejemplo el caso del mercado. Esta realidad histórica (del pasado como del presente) se presenta a nuestros ojos a través de una serie de datos y es abordada por las disciplinas individuales según su particular punto de vista. A los ojos del economista o del historiador económico, resultará como un elemento de las estructuras de la sociedad, según específicos factores: relaciones de producción, demanda y oferta, técnicas contables y financieras, mecanismos de crédito, etc. El tiempo del historiador económico es un tiempo dilatado, de largo período, en la búsqueda de aquellos fenómenos que muestran continuidad o discontinuidad para identificar el movimiento de la historia en su tendencia predominante. Es natural que los economistas se doten de modelos explicativos, predictivos y útiles a ciertas condiciones, incluso para aquella dimensión temporal que no pertenece al histórico tout court: el futuro.
¿Y el historiador? Incluso asumiendo las muchas aproximaciones y las muchas valoraciones, no podrá evitar dudas y preguntas que zumban constantemente en su mente entre pasado y presente. ¿Quiénes fueron aquellos hombres que llamamos mercantes? ¿Qué hacían y cómo valoraron su propio actuar? ¿Qué ideales, qué concepciones trazaban sus propias existencias en la historia? El historiador no estará satisfecho con sólo describir sin afrontar su propio por qué, incluso frente a hechos marginales. No bastarán los acontecimientos y su curso sin intentar comprender los rasgos distintivos, las motivaciones contingentes, las causas y los efectos, las jerarquías de problemas. A veces se imaginará soluciones posibles pero no acaecidas para tratar de abordar mejor los datos en su contexto. Ciertamente no se dará por vencido hasta cuando no llegue a tocar algo, a sentir algo que pertenezca a la vida y al destino de los hombres. Atento a las estructuras, no podrá olvidar nunca aquellos "matices" - para usar un término para mí muy querido de Gabriella Piccinni - que hacen poner los pies en la tierra. Y partiendo de la tierra, no podrá desmontar aquella estructura totalmente personal y al mismo tiempo relacional de los hombres que viven entre aspectos materiales e inmateriales, volviendo a citar a Gabriela.
Retomando el mercado y sus orígenes, espero haber motivado el punto de vista o el objeto formal de la historia, "El conjunto de las respuestas que el objeto real da a un conjunto particular de preguntas típicas de una disciplina particular" (Rigotti, Cigada). Así, para abordar la realidad histórica correspondiente al término mercado, en vez de focalizar aquellas estructuras características, su afirmación y su duración, vale la pena acercarse a casos concretos o bien a los actores que fueron protagonistas de ello: los mercaderes.
El mercado no fue ciertamente una invención de la Edad Media. Ya en la edad romana se afirmaban los intercambios comerciales y sus protagonistas. Con el término negotiator o tabernarius se distinguía a comerciantes y tabernarius (comercio local) de los mercatores, los comerciantes de amplios territorios. Diversa era la reputación de todos ellos en aquella sociedad: peligrosos y despreciables los primeros; no censurable, a veces loable, los segundos por la función cívica, aunque aquella actividad fuera inconveniente para los senadores (Cic…). Tampoco en la alta Edad Media, sobre todo a partir de los siglos IX-X estuvo privada de mercaderes y mercados.
Pero la realidad histórica de los siglos del pleno Medioevo, sobre todo en la Italia de las ciudades centro septentrionales, muestran un caso anómalo en el contexto europeo de indiscutida importancia, el de las repúblicas marineras como Génova y Venecia, a las actividades mercantiles, manufactureras y financieras de ciudades como Milán, Florencia, Siena y Lucca. La definición más acreditada es la de revolución comercial (López); o de pasaje de una vida material a una economía de mercado, indicando así aquel sustrato sobre el que se habría constituido, en el tiempo, una más compleja actividad de naturaleza capitalista (Braudel).
Mercado, mercaderes y ciudad cuna de un difuso mercantilismo que proporcionaba abastecimiento y circulación de productos alimentarios hasta el de materias primeras para la transformación en productos de calidad. Intercambio de bienes pero también de hombres e ideas, ya que a los fuertes regionalismos y al sentido de pertenencia se unía también una lengua común. No sólo lo hablado, naturalmente, sino también una compartida concepción jurídico-política, económica, artística y técnica, que hizo de aquellos particulares y bien distinguidos contextos urbanos, una realidad que participó de un común sentido, de una común cultura: artes figurativas y literarias (Arnolfo, Giotto, Dante), a la política y al sentido de la civitas, (Egidio Romano o Bartolo da Sassoferrato). E igualmente en el campo económico, con instrumentos como la moneda y el trueque, la contabilidad y las técnicas contables, los seguros y las prácticas comerciales como las letras de cambio y la cultura notarial. Técnicas que documentan la difusión de actividades económicas, la capacidad de producir riqueza y de poner en circulación bienes y recursos financieros capaces de mover los destinos de un mundo entero, entre Europa, el Mediterráneo y las rutas hacia el oriente. Citaré solamente un dato reportado en las precisas crónicas florentinas de Villani para dar una idea de las dimensiones: al momento de su quiebra las compañías florentinas de los Bardos y Peruzzi declaraban créditos al rey de Inglaterra de 1 millón y 365 mil florines. Una cifra gigantesca si consideramos las entradas de todo el Ayuntamiento de Florencia: unos 300 mil florines, que superaba a sus contrapartes de los reinos de Sicilia y Aragón.
Algún caso ejemplar ofrecido por la historiografía, servirá para cimentar y mostrarnos una realidad concreta, aún usando la imaginación, nuestro deseo de conocer. Recurriré entonces a la fantasía de ustedes, del tipo “Erase una vez…" Génova a mediados del 1200. Las primeras luces del alba se lo revelaron aquella mañana envuelta por el bamboleo del puente de popa que amaba más que la tierra firme. Su patria era en efecto casi por naturaleza obligada el mar en las proximidades de las costas montañosas. Estaba en ruta a bordo de su Dovizia hacia Focea, donde extraía alumbre, sulfato de aluminio, para el comercio: mercancía preciosa sobre todo en las industrias de textiles y tintorerías. Solitarios surcadores de mares, pendencieros en la patria, cuando establecían sus centros de referencia en las principales plazas y centros de comercio, del Mediterráneo a Flandes, donde se juntaban lo hacían con los propios estatutos aprobados en su patria y reconocidos por los gobiernos locales. Mercader en tiempos de paz conocía todos los puertos del Mediterráneo y sus señores. Almirante en tiempos de guerra condujo a la victoria la Soberbia frente a las pretensiones pisanas del Meloria. Su nombre era Benedetto Zacarías.
Florencia, primera mitad del mil trescientos. Trabajaba para la más grande de las compañías mercantiles: los Bardos. Mercantes y banqueros hacedores de su arte, por sus manos pasaron los principales flujos financieros de Europa: de la sede papal a las coronas de los reyes. En caso necesario asumía las necesidades del Ayuntamiento y concedía en limosna un porcentaje fijo de sus utilidades: era el aporte del "messere Domeneddio" que daba por su cuenta a los pobres. Sabía escribir y manejaba el ábaco como todos sus pares. Directa e indirectamente conoció todos los secretos, las reglas, las costumbres, las monedas, los aranceles para comprar y vender cada género de mercancía en cada plaza del mundo alcanzada. Para instruir a los hombres de la compañía escribió una especie de prontuario muy detallado, en los mismos años en los que Andrea Pisano realizó la representación del trabajo y las ciencias en el basamento del Campanario de Giotto. Su nombre fue Francesco Balducci Pegolotti y su tratado de comercio lo poseyeron todos.
Son sólo dos bocetos que nos hacen tocar con la mano de un lado un mercante almirante que desarrolló tanto su actividad de mercante en las actividades propias de las rentas, como también desempeñó un papel fundamental en la defensa de su ciudad y el otro, un mercante, que llamaríamos dependiente, Balducci Pegolotti, que trabajó en una compañía, pero que sin embargo se trató de un hombre evidentemente muy avisado, capaz de hacer conocer y comprender. Estos hombres nos permiten superar aquellas visiones o reconstrucciones generales, para tocar algo de la realidad histórica que nos permite comprender mejor, con más claridad, el objeto de nuestro estudio y el nacimiento del mercado, y aquí dejo en libertad a Gabriella.

GABRIELLA PICCINNI:
Bueno, yo quisiera, antes de proceder, agradecer a quien me ha invitado aquí, que me ha dado una oportunidad de conocimiento, de contacto también con una realidad con la que no tuve nunca ocasión de tener un contacto directo. Es la primera vez que vengo a Rímini, obviamente en esta sede, no al mar, y por tanto agradezco a quien me ha dado esta oportunidad.
Fue precisamente una idea que me nació de un libro de Paolo Nanni, un libro que me encantó desde el primer momento que tuve contacto para publicarlo y que creo sea realmente un bello material de búsqueda histórica sobre estos años.
Bueno, y entonces para empezar, quisiera referirme a algunas de las palabras que Paolo ha dicho al principio de su intervención, cuando dijo que el historiador tiene sus preguntas, pone las preguntas. Obviamente hablaba de sí, hablaba de todo un modo de entender la historia que también comparto, yo así me relaciono con ella porque no sabría ocuparme de la historia sin que mis preguntas sean profundas, que den sentido a mi existencia, que sea aquello que me pone delante del mundo en el que vivo y que me rodea.
Incluso diría, añadiría, que una reconstrucción in vitro, en laboratorio, de la historia, para mí no tendría ninguna fascinación, a lo sumo me interesaría por algún punto particular.
Aquí estamos hablando del mercado, de economía y precisamente la economía en estos momentos nos ataca, entra en las casas por todos los agujeros, todas las puertas, por la televisión o por las ventanas; así que en estos momentos de dificultad cada uno de nosotros va a buscar aquello que le es más cercano, al patrimonio de conocimientos que tiene, pues busca una ayuda para entender, para actuar y también para sobrevivir. Obviamente no es la historia el único sistema, pienso yo que el filósofo se inspirará en sus principios, y probablemente también, qué sé yo, irá el estudioso en terremotos o en las mareas a estudiar dónde la ola rompe o dónde golpea la ola del tsunami, hace un ciclo y vuelve atrás, o bien dirá el cocinero en un momento de crisis "¿pero por qué también a mí, acaso cuando hacía la mayonesa se volvía loca?, ¿por qué? ¿Dónde está la crisis? ¿Dónde es que se rompe el mecanismo"?
Así cada uno de nosotros busca en su propio bagaje de experiencias. Ciertamente el historiador tendrá un mejor empujón al conocer algunos aspectos del pasado sobre los que al principio no percibió la necesidad de reflexionar, a lo mejor la historiadora, la mujer que se ocupa de la historia pondrá sobre el tapete algún otro punto de vista, algunas otras sensibilidades, probará pensar en los efectos que las muchas crisis tienen sobre las relaciones familiares, sobre los ancianos, sobre los niños, sobre las jóvenes mujeres, sobre la vida cotidiana. No lo digo casualmente, porque creo que poner las mismas preguntas quiere también decir esto, poner a cada uno de nosotros en juego, en este gran calderón que es la reflexión histórica que buscamos todos juntos de llevar a cabo, cada uno con nuestra sensibilidad, para enriquecer el discurso común a través de los puntos de vista y los modos de sentir.
Abro un pequeño paréntesis para contarles una pequeña… darles alguna imagen, un poco como hacía ahora Paolo, presentándoles estos bonitos bocetos de mercaderes. Imaginémonos estar en 1691 en una cocina de un convento mejicano, donde una monja, muy culta, muy intelectual, que se llama Sor Juana de la Cruz, se encuentra obligada a defender su propia carrera de poetisa e intelectual de una serie de ataques misóginos muy violentos. Y ella hace una lectura bellísima, pues en un cierto punto dice: "Pero yo en el fondo ¿qué puedo saber? Sólo sé pequeñas cosas de cocina, ¿pero con esta cosa qué he visto? He visto que un huevo fríe en la manteca, pero se parte en el jarabe, veo que para que el azúcar se mantenga fluido debo añadirle una parte de agua en la que ha sido puesto un fruto ácido, o bien que la yema y la clara con respecto al azúcar no pueden ser utilizadas juntas sino separadamente". Por lo tanto ella dice: Pero en el fondo yo ¿qué tengo? Sólo conozco pequeñas filosofías de cocina, pero digo que se puede filosofar muy bien y preparar la cena. Y añade para cerrar: "Os digo esto, que si Aristóteles hubiera cocinado, hubiera escrito mucho más". Es algo estupendo, obviamente nosotros podemos pensar que Aristóteles escribió bastante, no es que el patrimonio que nos ha dejado sea poco, aunque su mujer era la que le cocinaba, pero ciertamente sor Juana de la Cruz en su momento dijera algo diferente, importante y subjetivo, decía: cada uno de nosotros pone en juego los instrumentos que tiene para entender y no son secundarios, aunque pudieran parecer muy simples, parten de la propia experiencia, de la propia sensibilidad.
Yo creo que de algún modo también a Paolo Nanni algo de este tipo le ha sucedido cuando ha afrontado, desde otro punto de vista, un monstruo sagrado como aquel de la historia de Francesco Di Marco Datini, uno de los grandes mercantes de la Edad Media europea, no italiano, de quien parecía que todo se hubiese ya dicho, sin embargo, nada se ha dicho de manera definitiva sobre ningún aspecto de la historia. Así que Paolo ha ido a buscarlo, y lo ha descubierto a través de su propia sensibilidad, cosa de la que luego hablaremos, a lo mejor en la segunda parte de mi intervención.
Retomemos pues el hilo diciendo que, en la historia encontramos ocasiones para entender nuestro presente. Con esto no quiero dar la impresión de creer en el fabula de que la historia se repite; evidentemente las cosas así serían demasiado fáciles, bastaría con conocer cómo han ocurrido para ya no caer en los mismos errores y todo estaría en su lugar. Pero no es así. En esto ya no creemos más desde hace tiempo. Nosotros sabemos que la historia puede servir en otro modo. Nosotros no somos lo que somos porque la historia se ha desarrollado en un cierto modo, pero somos individuos que no pueden prescindir de hacer cuentas con la historia que se ha desarrollado y con el cómo se ha desarrollado. Ya sea que esto lo queramos aceptar porque lo consideramos como una base de nuestros valores de vida, o sea porque queramos oponer a la historia que se ha desarrollado unos valores que son totalmente diferentes de los que son afirmados, por lo tanto la queremos de algún modo cambiar. En ambos casos hacemos cuentas, pero no porque ella se repita y nosotros podamos verla desarrollarse.
A mi mirar, la verdadera función social de la historia y de leer un libro de historia o de probar a escribir sobre ello, es que esta puede enseñarnos a buscar soluciones a los problemas suscitados por el cambio. La verdadera función de la historia se da cuando nos enseña a observar la gran variedad y la gran imprevisibilidad que siempre han caracterizado las soluciones que los hombres han encontrado a los problemas que han tenido que enfrentar. Cinzio Violante, un historiador ya desaparecido una década atrás, creo, escribió una cosa muy bella: "La historia es lo único que puede enseñar, por ejemplo, a los hombres de Gobierno, la que debe ser su dote principal, es decir, la fantasía política, es decir el modo de inventar soluciones". Obviamente a todos la historia puede enseñar a no condenar y menos a justificar, a comprender y por tanto de algún modo puede dar esta suprema enseñanza, que es una enseñanza de libertad. Entonces, excusadme esta premisa un poco sobre conceptos, quizás sor Juana habría sacudido la cabeza, pero…sin embargo, algo quisiera también decir sobre esto.
Y volvamos un instante al punto de la economía de mercado. Ya ha sido un poco esbozado, nosotros hoy vivimos en este 23 agosto de 2.011 y mientras hablo con ustedes del Medioevo y sobre todo del mercado del Medioevo, tenemos fatalmente ante nuestros ojos lo que nos está sucediendo alrededor. Yo vivo con angustia, creo que como muchos de ustedes, el hecho de que la sociedad contemporánea, nosotros como sociedad contemporánea, nos encontramos frente a la conciencia aguda del dolor individual y social que está conectado a cada retroceso económico. El retroceso económico comporta un profundo dolor individual y social, porque una cosa es ser pobres y otra empobrecerse. Alguien escribió: "Una cosa es pasar del brasero al radiador, otra cosa es pasar del radiador al brasero". Porque en un caso el sueño se realiza, en el otro es una esperanza que se apaga, por lo tanto hay un fuerte dolor. Esto es lo que yo veo hoy, y pienso que no estoy sola en los ojos de la gente. Se lee en los ojos de los jóvenes, pero yo creo que no sólo de jóvenes, porque la incertidumbre del porvenir incide también en las personas ancianas, quizás aún más, porque el joven tiene en frente un tiempo largo, la persona anciana lo tiene más corto. Ciertamente esto no quiere decir, que también allí, encontraremos la solución pre confeccionada en el pasado, sino que cada sociedad tiene su propio modelo del mundo, en cada lugar y en cada época se da cierta concepción, digo algunas cosas fundamentales, de la riqueza, de la propiedad del trabajo. Se trata de categorías políticas y económicas que no son iguales en el tiempo y que también son categorías morales y visiones del mundo. Esto quiere decir que en la historia, trabajo, riqueza, mecanismos económicos han sido poco a poco valorados de modos diferentes. La nuestra no puede ser aquella de los hombres de la Edad Media. Pero si mirando la sociedad medioeval, nosotros por ejemplo, podemos intentar sugerirle hoy a los estudiosos de economía social sobre la profundidad del tiempo. He aquí, miremos atrás un poco, ¿por qué el pasado se convierte en un terreno de verificación de al menos algunos de los mecanismos que ellos discuten? ¿Pues de qué cosa discuten hoy entre las mil cosas los economistas contemporáneos, los estudiosos de economía social? Algunos estudiosos en este ámbito han dicho, no es cosa de hoy, ¡eh!, hablamos de la última quincena de años, y dicen: probemos a dejar de fijarnos en la pobreza, en la calidad de vida y en la igualdad social sólo a través de los tradicionales indicadores de la disponibilidad de bienes materiales, y miremos no sólo esto, sino también la posibilidad que el individuo tiene en muchos modelos sociales de vivir experiencias o situaciones a las que atribuir un valor positivo. Esta reflexión nace del famoso y conocido premio Nobel de economía de 1998, Amartya Sen, que ha sido un maestro del pensamiento contemporáneo. Del pensamiento de Amartya Sen ha nacido una observación progresiva, que ha dejado, como decirlo, agitada la cultura occidental, es decir, el hecho que pudiera no existir una correlación directa entre la felicidad y el acceso a los bienes de consumo; no tan directa y no tan automática. Es una sorpresa tan grande que ¿saben cómo la han llamado los economistas? "Paradoja de la felicidad", una paradoja. Porque luego uno va a ver en la sociedad las señalas del malestar social, qué sé yo, digamos el número de los suicidios y tantas otras cosas, que actúan en la sociedad opulenta.
Entonces, ¿qué ha hecho esta paradoja? Esta paradoja ha destronado la ecuación que mayor ganancia es igual a mayor bienestar, un pilar de la cultura moderna. En el fondo nosotros, también en estos días, ¿de qué discutimos siempre? del PIB, ¿no?, del crecimiento económico medido sólo por el producto interno bruto, como si éste fuese el único modo de mejorar la percepción que los individuos tienen de la propia vida. Entonces, ¿quiere decir que se estaba mejor cuándo se estaba peor, es ésta la vulgata? Evidentemente no, no es ésta la lección que queda, ni de la historia, ni de la reflexión de los economistas, porque el pasado no ha sido eso de "el bonito tiempo que ya pasó". Algunos me dicen a veces: ¿te gustaría, verdaderamente, haber vivido en la Edad Media, pues estás tan enamorada de la Edad Media? ¡Por amor del cielo, claro que no!
Yo lo estudio, no es que quien estudia la escarlatina ama el virus, ¡no es así, para nada! Eliges un objeto de reflexión que parece que pueda dar algo para entender, para entender mejor, a través de los instrumentos. Yo, ya como mujer, como mínimo habría o fallecido en un parto o bien si hubiera querido estudiar me hubieran metido enseguida en un convento y de clausura, éste habría sido el único modo para hacerme una cultura. Luego habría tenido muchas dificultades, muchas más. Por lo tanto, no fue el bonito tiempo que fue, son mitos eso de la vida con más contacto con la naturaleza…, no, todas este bonitas cosas, que son de tipo nostálgico, cuentan realmente muy poco.
Por lo tanto, no fue un bonito tiempo, ni desde el punto de vista de las condiciones materiales de vida, ni en todos los sitios ni para todos, y tampoco desde el punto de vista de las relaciones entre grupos e individuos. De otra parte tampoco es verdadera la historia que el mundo ha sido hecho por las " magnificas suertes y progresivas ", es decir, no hemos siempre ido de lo menos a lo más, ha habido momentos difíciles, de crisis, desde los más simples que podemos pensar, a los más complejos. Por ejemplo, las crisis del sistema de abastecimiento, el hambre, que ha atravesado gran parte de la historia europea, el abastecimiento alimenticio, basta con pensar en la obsesión continua por la comida que ha producido todo un mundo de cuentos del país de Cuccagna, de Calandrino que soñaba con las viñas que producían salchichas, que cocía ravioles sobre una montaña de Parmesano y cosas así…, eran sueños del hambre. Entonces, llenos de dudas y de pocas certezas, intentemos observar de nuevo el funcionamiento del mercado de la Edad Media, sobre el que tengo un poco más de competencia. Ya Nanni nos ha propuesto estos buenos bosquejos para ver qué más se puede entender, qué pueden decirnos estos hombres del pasado.
A mí me parece central una idea. Mientras más reflexiono más esta idea toma fuerza: si una sociedad se sostiene frente a sus propias crisis y a sus propias transformaciones, sean éstas crecientes o decrecientes, quiere decir que, si esta sociedad supera los fenómenos de pérdidas de clases y desarraigo que están conectados a estas fases, indica que ha logrado organizar alguna forma de protección social. Pues sin alguna forma de protección social ¿una sociedad puede sostenerse frente a sus crisis? Esto creo… hasta ahora al menos no me parece que haya ocurrido nunca.
Ahora veamos donde es que aquella sociedad que conozco un poco, ha adoptado y producido alguna forma de protección social. Mi intento en este momento es hablarles de los hospitales medievales. ¿Por qué quiero entrar en este terreno? Por dos motivos: primero, porque aquí tienen uno, que todavía no he podido visitar, una pequeña exhibición pero bien calificada, que ha sido construida alrededor de un hospital importante de mi ciudad, el de Santa María de la Scala de Siena, y por lo tanto el mensaje de… nada, cuando lo vayan a verlo entraremos en ese terreno; pero aquí tenemos un pedacito de un hospital medieval, por lo tanto vale la pena explicar por qué está, qué quiere decir, y luego por qué al final de su vida, Francesco Di Marco Datini, que ya nombramos, termina su actividad yendo a fundar, haciendo una fundación por él llamada, el ¨Ceppo¨ de Francesco Di Marco, sustancialmente una fundación hospitalaria, que donará a la ciudad, a su ciudad, que era Prato. Por tanto entendemos ahora un poco el por qué. En este momento, en estos tiempos hay muchos estudios sobre el fenómeno hospitalario de la Edad Media. No puede ser sólo un caso. Según yo veo, es una voluntad de no dejar pasar por alto algo importante que los hombres del pasado pueden decirnos sobre las calles que han pisado, para tratar de escapar de esta infelicidad social que está conectada a las crisis económicas, que son incluso desestabilizadoras del plan, lo vemos también en estos momentos, sobre el plan de los valores y de los puntos de referencia ética, porque una crisis no es nunca inocua desde este punto de vista. En fin, decimos que si se empieza a pensar que también puede existir otra economía, el estudio de los antiguos hospitales puede ayudarnos a buscarla, porque nos lleva directo al tema de la relación entre ética y economía y también precisamente al tema de la protección social.
Entonces, ¿qué son los hospitales? Nosotros tenemos de frente, en la Edad Media entiendo, organizaciones que nacen de un empuje ético, pues hay muchas personas que empiezan quizás a sentirse apretadas por los egoísmos de las rentas y tratan de descargar este malestar mediante buenas obras. Estas buenas obras son buenas obras religiosas, son buenas obras civiles. Hoy los hospitales son los lugares de la salud, pero ayer los hospitales eran institutos que dirigían su actividad a un espectro muy amplio de destinatarios. Se les sintetizaba con la palabra "los pobres", pero pobres no quería decir pobres en sentido estricto, no eran los que no tenían dinero, eran todos aquellos sometidos por varias razones a una incertidumbre debida a una necesidad. ¿Cuáles podían ser estas necesidades? Destinatarios eran los niños abandonados, eran los ancianos, eran obviamente los pobres como tales, los empobrecidos, los que llamaban pobres vergonzantes, que no eran tan pobres, éstos eran. En este caso, el problema del desclasamiento del empobrecido, era por tanto un gran dolor adicional que tenía está condición. También en posición débil se encontraban los viandantes, las viudas, las chicas sin dote, las parturientas o bien los afectados de alguna formas de enfermedad, muy particular, como la lepra, que conlleva además una exclusión social. Los hospitales prestaban varias formas de servicios distintos y gratuitos, una fue ciertamente la hospitalización, el sostén material y también el sostén social. He encontrado con gran interés un pasaje en una descripción del hospital de Estrasburgo en los primeros años del 1400, en donde se habla de un estado que es la falta de consuelo humano, consolationis humanae defectum, es como si nos dijeran “tenemos que ofrecer también curas psicológicas" a quienes lo necesiten. Además, ofrecían limosnas en comida y en vestidos, incluso a domicilio, trataban de contribuir a la construcción de un futuro para los niños abandonados, por tanto, no sólo criarlos sino también darle una profesión, o bien, preparar las señoritas para su casamiento o para el convento, o de proveer, ésta es muy interesante, a personas bien acomodadas pero con dificultades por su edad avanzada o por una sobrevenida soledad familiar, por lo tanto se proveía a parejas de ancianos, viudas o viudos, habitaciones o incluso pequeños pisos dentro de los hospitales, a cambio del donativo de un bien propio, un bien del que se pudiera conservar el usufructo o también del propio servicio o de un depósito en dinero.
Por tanto, ¿qué sucede cuándo se piensa en estos hospitales? Qué hay una colectividad urbana que en su entereza busca con obstinación soluciones a los problemas de la gente en dificultad. Y por tanto no es casualidad si los hospitales financiados por la caridad - vale decir con el dinero de los más ricos que proporcionaba a su vez caridad, esto es, servicios y asistencia a los más necesitados - ocuparon un papel importante en la jerarquía de soluciones que se determinó en la mente de la gente. El mercante Datini fue uno de éstos. En cierto momento dijo: yo busco esta vía para valorizar mi memoria, a mi mismo, para resolver mis problemas de conciencia, para avanzar hacia una parte mejor de mí, que él llamó "la vida bella, la vida buena". En fin, decimos que el hospital es un colector de dinero y organizador y suministrador de servicios, las dos cosas se llaman caridad, además es un mediador importante del proceso por el que la pujante ética, que empuja al individuo a poner a disposición de los demás sus propios bienes o su propio tiempo o el propio trabajo, se transforma en servicios que son útiles para todos los que necesitan de ello. Es decir, de algún modo el empuje ético está dirigido a un objetivo socialmente útil. Este es un camino. Hemos pues usado la palabra caridad, pero quizás puedo todavía detenerme un momento sobre este concepto. Si nosotros la palabra caridad utilizada en el Edad Media, la consideramos desde el punto de vista económico y social, ¿qué cosa sería? Sería un sistema de redistribución de la riqueza diferente del fiscal. Esta caridad destinada a la asistencia se basa en contribuciones voluntarias, bajo la forma de limosnas en dinero, de donaciones, como decimos, de bienes, que podían proveer una renta a la institución que recibía el regalo y que luego pagaba el servicio, o también de mano de obra, podía proveer mano de obra por este servicio, que era en principio gratuito o en todo caso remunerada con alojamiento y comida. ¿Por qué? Porque obraba empujada por un impulso ético. No es casualidad que muchas reflexiones sobre los hospitales medievales han nacido en las últimas décadas, mientras se desarrollaba lentamente toda la parte teórica y práctica, del non profit, en fin lo considerado non profit, es decir, todas las asociaciones sin ánimo de lucro.
¿Entonces qué ha sucedido? En toda Europa, no sólo en Italia, durante el siglo XIV han aparecido en escena la municipalidad, los Ayuntamientos, las ciudades que han protegido estos hospitales y han ayudado a los hospitales a crear aquel consentimiento que ha promovido las donaciones que servía al sustento de los costes de una política social, que sólo el Gobierno no podía llevar a cabo, pero que ya consideraba en sus horizontes de gastos. El Ayuntamiento supo que entre las cosas que debía hacer estaba esta forma de protección social del segmento de los más débiles, de los varios tipos de necesidades. Entonces de un cierto modo se da el origen, el nacimiento de un carácter de público servicio.
Por lo tanto, considerado del punto de vista económico y social, el hospital en qué se transformó, si no en el producto de una elección de la colectividad de comenzar a afrontar colectivamente los problemas de todos los individuos incapaces de satisfacer sus propias necesidades derivadas por varias circunstancias. De esta manera, me parece que en los hospitales se dio el mayor éxito de las formas de protección pública social experimentada en esta fase. De algún modo, también en aquella entrevista dije así rápidamente, que estamos en los orígenes del welfare, del bienestar, de cierta manera…. Cuando las ciudades, porque ya estaban las ciudades, asumen la asistencia hospitalaria y utilizan este despertar ético para proveer un servicio, están empezando a mostrar qué es un estado social.
Un último concepto sobre este tema, más bien dos últimos asuntos, antes de la interrupción y luego retomamos el tema de Datini.
El primero es éste. Ahora sabemos que está realmente poco de moda decir "más Estado". En gran parte de los países de la Europa occidental, la palabra de moda en gran parte de los políticos es "menos Estado". Esto era así en los gobiernos de esos últimos siglos de la Edad Media, sobre todo durante los así llamados regímenes populares, que no quiere decir que era el pueblo el que gobernaba, quiere decir que no había aristocracia, pueblo en el sentido de la burguesía, resonaba cada vez más fuerte la palabra contraria, es decir más Estado y por lo tanto más Estado también en la asistencia. Por lo tanto es esta toma de conciencia asumida por parte de la colectividad que está elaborando una idea, la idea de la prioridad, retomada por Aristóteles, la prioridad del bien común sobre el bien personal. Y por lo tanto, los orígenes de la asistencia pública de esta forma de respuesta a la necesidad están también aquí, es decir donde y cuando las instituciones políticas no se limitan más a delegar a la iniciativa privada o a la Iglesia la caridad, sino que reconoce interés público de ellas.
La caridad es un problema de interés público, en cuanto es un elemento para redistribuir socialmente la riqueza según una forma diferente de la fiscal.
La última cosa que quizás aquí nos puede interesar, en esta sede, es llamar la atención sobre un hecho que, mientras estos hospitales que nacieron se sumergieron en la economía urbana - los estudiosos, que abren estos olvidados archivos y ven estos documentos plenos de vida hospitalaria, se dan cuenta que hay una especie de espíritu de empresa hospitalicia, que resalta con prepotencia de la documentación, bajo la forma de libros de administración, de pergaminos, de fuentes donde se describen series de precios, lista de los pobres objeto de las limosnas, cambios de monedas, etc. Quien quiera estudiar los hospitales urbanos de Italia, tendrá la posibilidad de arriesgarse con una amplia cantidad de fuentes documentales inéditas, que cuestan mucho tiempo y fatiga ser examinadas, pero hablan realmente de esto, con una especie de gran vértigo hablan de este hecho. Los hospitales se transforman, empiezan a asumir el carácter de empresas organizadas alrededor de la razón social de hacer funcionar la caridad. De ahí solucionan el problema ético de la relación con el dinero, con la riqueza. Yo estoy estudiando un registro de Siena donde se ve claramente que en la mitad del 1.300, el hospital de Siena hace de banco, acepta depósitos en dinero, reconoce intereses sobre las cuentas corrientes, ganan, porque luego, con el dinero que capta de los ciudadanos, paga el 5% de interés, pero a su vez con lo que capta presta al ayuntamiento de Siena y el Ayuntamiento le paga el 10%, por lo tanto hay ganancias dentro de esta operación. Pero precisamente la solución sobre el plano de principios es: ¿la empresa que está dirigida a fines sociales no es menos empresa que las otras? Este elemento, no aspira a ser menos empresa que las otras y por lo tanto toman los administradores muy pronto conciencia que el dinero, de por sí, no es ni malo ni bueno, como siempre, depende del uso que se le da, entonces el problema, en aquel caso, es el empleo. ¿Esto qué quiere decir? De algún modo es una lección del cambio, es el futuro que se desvincula del pasado, por lo que el hospital ya no es lo que fue dos siglos antes, tampoco es el de hoy, para hacer frente a nuevas necesidades, aunque fatigosamente continua expresándose a través de formas antiguas. En este cuadro, según creo, el hospital urbano es una especie de golpe de genio colectivo que se ha dado en las ciudades, un trozo de construcción de la cultura urbana de la solidaridad. Quizás en esta primera exposición puedo detenerme aquí, pues también he hablado demasiado, después vendrá Datini.

PAOLO NANNI:
Frente a una realidad así como la hemos escuchado de Gabriella, es inevitable que nazcan preguntas para entender qué hay detrás de una realidad de este tipo, al menos ésta ha sido siempre mi curiosidad y frente a las explicaciones, a las lecturas ofrecidas para dar una clave interpretativa de la Edad Media, en muchos casos yo siempre he advertido cierto malestar.
Cuanto hemos escuchado, así como tantos otros ejemplos en otros ámbitos, ¿puede ser explicado sencillamente como inevitables expresiones condicionadas por una determinada cultura? ¿Qué era lo que animaba a aquellos hombres a ser protagonistas de ciertas iniciativas? Hablando sobre el tema mercantil, aquel tipo de separación entre una ética económica vuelta a la búsqueda de la sola ganancia, separada de una ética en campo moral que se ocupa de otras cosas, era una lectura que yo advertí con malestar, no sólo frente a la historia sino también frente a mi experiencia humana. Muchas veces lo más simple resulta extraño o complicado, casi advirtiendo la fatiga de usar la propia experiencia como término de comparación para valorar lo que tenemos en frente, en cualquier campo. Así que para mí, lo digo con mucha sinceridad, para mí el haber escuchado hace muchos años una exposición de don Giussani sobre La conciencia religiosa en el hombre moderno, fue una sugerencia francamente inesperada. Porque yo no sentí nunca hablar de la dimensión religiosa como algo que pertenece al ánimo con que cada hombre, cada ser humano, afronta la realidad que tiene en frente. No se trató pues de algo separado de la vida sino, para usar a Dante, "cada quien confusamente un bien aprende en el cual su ánimo se aquieta y desea", porque para unirse a Él "cada uno lucha". Entonces mis preguntas: ¿es posible encontrar documentos sobre esto? ¿Qué significó esto para un hombre de hace 600 años, de hace 700 años, qué significaron estas palabras? El genio de Dante puede ser considerado como un genio sin tiempo, teóricamente, pero en la vida, aquellos hombres, ¿cómo razonaban?
Cuando se tienen preguntas se va a buscar dónde poder encontrar las respuestas, no hay nada que hacer. Y sobre todo es esto que nos vuelve atentos. Ahora, perdónenme estas cifras. Existe un archivo que contiene 160.000 cartas, entre cartas privadas, cartas comerciales, cartas de seguros, letras de cambio de un mercante del fin del 1.300, que se han mantenido de modo un poco fortuito hasta hoy. De estas 160.000 cartas, 10.000 son cartas privadas; de estas 10.000, 1.000 pertenecen al protagonista de aquel complejo empresarial que construyó. 1.000 cartas, 1.000 cartas de unas tres páginas, son pues más de 3.000 páginas.

GABRIELLA PICCINNI:
No es sólo Datini que las ha escrito, también es Nanni que las ha leído.

PAOLO NANNI:
No las he leído todas, porque era imposible, así que he tenido que preguntar: ¿dónde ir a buscar? En el fondo también los científicos, pienso, yo no soy un científico, cuando tienen que solucionar un problema no pueden pretender conocer todo el ser de la naturaleza para encontrar respuestas a sus preguntas, no les bastaría la vida de mil generaciones, tienen que seleccionar, tienen que presentir, intuir dónde puede haber un terreno fértil para responder. Entonces en aquellas montañas de cartas y papeles mi atención se enfocó sobre la correspondencia de este mercante pratense con sus socios. ¿Por qué? Piensen si cada uno de nosotros registrara las mismas conversaciones o correos electrónicos; frecuentemente es en las relaciones de trabajo donde uno es menos…, no sé, se enfada, mientras que en otros contextos uno tiene que ser un poco más atento, se enfada menos, no sé, con el cónyuge o bien con el superior, pero entre socios es más fácil que las cosas se digan un poco más directamente, tanto que estas cartas representan cartas no escritas para ser transmitidas a la posteridad, son como una comunicación como una llamada por teléfono, diríamos hoy. El interés me nació, no tanto para celebrar, cierto, las alabanzas de mi conterráneo Datini, que fue ciertamente un aspecto que me despertó la curiosidad y me provocó, sino que lo que me pareció interesante, fue la posibilidad, en este tipo de documentación, de captar algo del sentido de la cultura en la que participaba un hombre del mil trescientos.
Alguno podría objetar: claro, está bien, pero éstas son las cartas de Francesco Datini, no se puede generalizar. Pero cuando uno escribe, escribe para hacerse entender, y si se quiere hacer entender tiene que argumentar de tal modo que quien escuche comprenda el valor de ello, por lo tanto, quien quiere hacerse entender, puede decir cosas originales pero las dice en un modo fundado, que es comprensible para quien escucha.
Lo que emerge de las cartas de Datini es algo más articulado que la estereotipada representación de los mercantes, de sus capacidades de maximizar las ganancias de las que ciertamente no carecía, de su racionalismo. El término razón resulta en efecto usado como correlacionado al de naturaleza (orden natural) y voluntad de Dios:
Y esto nos adviene porque nosotros no nos ajustamos a la voluntad de Dios, porque si nosotros nos ajustáramos a Su voluntad viviríamos según la razón y naturalmente. Pero porque nosotros no nos ajustamos a Dios ni a la razón, vivimos voluntariamente y dados a creer que lo blanco sea negro. (p. 274)
Una concepción de la razón como "dependiente de", toda inscrita en la actividad económica - porque de esto estaba hablando -, hasta sugerir un tipo de dimensión ética que nacía de la observación de la realidad. Un tipo de realismo, laboriosa relación constructiva en la realidad y en el mundo que Datini no abandonó nunca ni en el final de sus días, en continuo contraste con él mismo y con sus socios. Se lamentaba de los compañeros que se excedían en el préstamo de dinero, o bien en las actividades financieras, poniendo en riesgo los capitales pagados y las utilidades. Aunque complementarios, las actividades comerciales, (la «merchatantia») y las financieras, (los «chanbi»), eran bien distintos de la mentalidad del mercante de Prato, a quien también hacía eco el socio de Mallorca: la " merchantia sostiene il mondo, e’ chanbi lo disfano" [las actividades comerciales sostienen el mundo y las financieras lo destruyen] (p. 122). Motivadas o excesivas, las insistentes llamadas de Datini llevan en todo caso a evidenciar la atención que atribuía a la correcta práctica de los negocios. Amenazaba con retirarse si no se tomaban las necesarias medidas, y afirmaba: "Yo no necesito mucha riqueza y no necesito perder la que tengo; tengo necesidad de vivir un poco para hacer algún bien, no tengo necesidad de abreviar la vida, Dios no lo apreciaría" (p.122).
Aún más, esta concepción de razón trascendía en la vida social y en el campo de la justicia. Se rebelaba a los acuerdos entre las partes que prevaricaban las leyes y la "razón", quién tenía efectivamente razón: "Las cosas no van hoy día como lo ordenaron aquellos valientes hombres que regían en aquel tiempo y que hicieron las leyes" (p.96). A aquella misma razón anclaba su existir en la historia ["vive bien quien se ajusta a la razón" (p. 94)], y sus aspiraciones, afirmando tener "mayor necesidad de contentamiento que de dinero" (p. 209). Sorprende, incluso, la idea de que la misma constitución de compañías mercantiles era considerada una demostración de no haber contemplado sólo la búsqueda de la riqueza, casi aludiendo a un cierto tipo de responsabilidad social de la empresa:
Si yo hubiese puesto mi esperanza en el poseere las cosas del mundo no habría perdido mi tiempo en tapiar y dejarme gobernar por los demás [socios] que me dan poco placer. (…) No me era necesario hacer la torre de Babel ni bajar las montañas y reducirlas a llanura (…) porque de las cosas de este mundo no deseo demasiado, si no es la vida mía (…) Y con pena he deseado hacer el bien a muchos en muchos modos: a quienes dar por Dios [limosnas] a quienes dar de mis ganancias [negocios], a unos de un modo a otros de otro. (pp. 254-255)
Una responsabilidad que nunca dejó para retirarse "jubilado", ni siquiera en la realización de su última empresa: aquella obra de caridad que llamó: a los "pobres en Cristo" a la que dejó todos sus haberes, y que preparó con minucia mercantil adquiriendo propiedades rurales en los últimos años de su vida para asegurar el abastecimiento de trigo.
La misma relación con los compañeros (socios), era invadida por un tipo de pedagogía, casi una inversión en lo que hoy definimos recursos humanos. Lejos de teorías generales, no perdía ocasión de ejercer una continua corrección, incluso con sus tonos burdos, abarcando hechos significativos o simples particulares. Como en el caso de una carga de almendras pagada por su socio al proveedor antes de haber cobrado la venta, contrariamente a las costumbres de los mercantes: y sobre todo quería que fuese fondeando una de estas naves que viene de acá con cuanta mercancía yo veo sin seguridad, que haber perdido estas noventa liras de este modo, que mucho me desagrada. (p. 108)
Relaciones de negocios con los socios, pero también la consideración de relaciones de ligamen amistoso era sobre lo que se basaba la recíproca confianza y dirección de las empresas, porque "quien tiene compañía, tiene señorío" (pp. 135 sig.):
Aprendido es que el hombre no puede ser bueno por sí mismo, y conviene que el hombre tenga amigos. También que, como el cuerpo no puede estar sin el alma, así el cuerpo, es decir el hombre, no puede estar sin amigo. (p. 173)
No puede no despertar cierta sorpresa la cultura que caracterizó a estos hombres. A las citas de Dante con que interpretaron los hechos de la vida ["aquello que antes me contentaba ahora ya no me gusta" (pp. 209 sigs.] o con que juzgaban sus mismas actitudes ["y no queremos juzgar estas cosas a nuestro modo, queremos ver lejos a ciento millas con aquel mirar que es más corto que un palmo, al modo que dijo Dante" (p. 274)] luego los escritores antiguos se sumaron (Aristóteles, Platón, Virgilio, Tito Livio, Boecio, Séneca), las sagradas escrituras y las vidas de los santos tal como las formas proverbiales de los sabios mercantes: "Vengo de la fosa y sé quién es el muerto", "Malo es quien no impregna a la esposa"; "Al buen hombre de armas no faltó nunca caballos" (pp. 315 sigs.)
En el caso más específico de la religiosidad del mercante, no puede no sorprender la reacción de Datini a las prédicas de quien acusó a él siempre ser "ne' vilupi" ["Si todo el mundo me predicase yo no perdería la esperanza de Dios, como que no la merezco” (p. 270)]. Manifestando su certeza sobre el paraíso ["si yo no pudiera llegar a sentarme en el paraíso, estaría parado" (p. 275)], hacía patente su realismo que incidió en las cosas de la tierra tal como en sus "cuentas" con el Padre Eterno. Consideró los bienes que poseyó como donados ["estos bienes temporales que Dios me ha prestados yo deseo devolverlos si pudiera" (p. 249)]. Y, aunque lleno de motivos que le daban rabia respecto a sus contemporáneos
["yo tengo que al día de hoy ésta sea la gente peor que existiera nunca, considerando la del bautismo, me parece que la mayor parte de aquella agua ha caído al mar" (p. 248)] se preocupaba por la cristiandad ["agradaría a Dios poner toda la cristiandad en buen estado, si a Él le placiera" (p. 249)] y afirmaba que no habría tratado de diferente manera a judíos, sarracenos o cristianos ["a un judío o sarraceno (…) tal conciencia tendría de ellos como del mejor hombres del mundo cristiano" (ibíd.)].
Y también frente a su testamento a favor de la «Ceppo pe’ Poveri di Cristo» instituido bajo la égida del Ayuntamiento de Prato, algo se tiene que añadir. Considerado como ejemplo de una falsa devoción "de última hora", esta última empresa adquiere un sentido un poco diferente si se colocara en el ámbito de la personalidad de Datini. Lejos de su patria por más de treinta años, Francesco di Marco en ella regresó, manifestando sus aspiraciones. Deseó una "bonita vida" junto a la mujer y, en su Prato - que en su tiempo no era una ciudad dividida entre la diócesis de Pistoia y la dominación florentina – se quiso construir una bella residencia, contribuyendo al decoro urbano, mientras en Florencia puso el fulcro de sus empresas. No tuvo hijos, sólo una hija ilegítima que llevó hasta el altar, a quien consignó su patrimonio y sus memorias. En aquel su último gesto está quizás una nota de humanidad que cruza e interroga nuestros conocimientos. No evita, bajo esta luz, la suma de 1.000 florines que destinó al hospital florentino de Santa María Nuova para instituir, él que fue huérfano a joven edad, una obra especial para los huérfanos: es el primer legado documentado de lo que habría de volverse el famoso Spedale degli Innocenti de Florencia, con su rueda para acoger a los "gettatelli" [los niños abandonados].
Son sólo señas que dejan entrever bien un deseo que ata aspiraciones (esperanzas) y ambiciones (en la vida y después de la muerte). Un sentido del destino de la vida que liga, no aísla, el individuo a los otros hombres y a su destino en el mundo

GABRIELLA PICCINNI:
Ahora unas cuantas palabras de mi parte para volver con Francesco Di Marco Datini. Escuchando a Paolo y reflexionando, incluso antes de venir aquí, sobre su libro, pienso esto: no sé si se trata o no de una herencia de la modernidad, está el hecho que hoy nosotros demasiado a menudo identificamos solamente la economía como lugar de la producción de la riqueza y sólo delegar a lo social la solidaridad ya sea pública, privada, internacional, etc. Este modelo así dividido, tan separado, hace difícil aplicar la economía a lo social, es decir, vivir la experiencia de la sociabilidad humana dentro de una normal vida económica y obstaculiza el crecimiento de una economía que sea más sana y de una sociedad menos desesperada. Yo encuentro que ésta despiadada economía, que está siendo sacudida tan impetuosamente delante de nuestro ojos en estos días, tenga de veras algo desesperado, que con ese impulso siempre de crecer o siempre de decrecer sin tener en cuenta todos los seres humanos que están detrás del crecimiento y del decrecimiento, como siguiendo la lógica de una maldición interna, no le importa a cargo de quién se anote, esto es algo desesperado. Datini es un gran comerciante del fin de la Edad Media, supo cómo invertir, construir, engendrar riqueza, supo que el dinero no tenía que estar nunca quieto, por lo tanto, para él, el dinero circulaba, decía que el dinero circula porque es redondo, rueda, - es esto que de vez en cuando sucede -, pero es esto, la circulación del dinero es un movimiento que también puede ser un movimiento virtuoso; sin embargo, al mismo tiempo Datini sabe todas estas cosas, pero en estas sus cartas, de las que Nanni les ha dado un pequeño esbozo, están llenas de reflexiones sobre la amistad, sobre la familia, sobre la precariedad de la existencia, también sobre la vida espiritual.
Tiempo atrás alguien lo ha definido como un libro lleno de ternura, y creo que tiene razón, porque es un libro que habla de economía pero desde la parte de los hombres, éste de Paolo Nanni, y no me sorprende, pues conozco desde hace tiempo a Paolo, y estoy admirada por el modo como ha logrado elegir, en medio de esta fuentes, de este riquísimo epistolario aquellas más adecuadas para describir la profundidad individual del mercante, que son precisamente sus cartas, las propias cartas intercambiadas con los miembros de la sociedad que considera parte de la familia, él que no tenía familia, y esta familia de los socios se junta a través de las dos cosas fundamentales que son la lealtad y la amistad.
¿En estas cartas qué cosa hace Datini? Nos sumerge en toda su sabiduría, en su modo de vivir, en su modo de entender la economía, las relaciones entre las personas. Por ejemplo, nos muestra el padecer de las traiciones profesionales, de sus sufrimientos y lo hace mientras razona, mientras razona. ¿Cómo razona Datini? Es algo muy bello esto, razona mediante refranes sean de la sabiduría popular o bien de algunas lecturas moralizantes que le proporcionan estos refranes, pero él en esto es bien original, pues a través de estos refranes condensa cada vez su pensamiento, es la forma como los junta. En esta reconstrucción del libro de Nanni, que les invito realmente a leer, se sigue este crecimiento en este hombre. Es un mercante que, según los estereotipos deberíamos imaginarlo despiadado, en cambio se ve crecer en él el gusto por la escritura, se enamora del escribir, es un poco sufrido, un poco también narciso, se describe mientras está con las manos entumecidas por el frío de la noche, a la luz de la vela y escribe. Luego es un activo capitán de empresa que sólo consigo mismo, en esta soledad, en estas noches que describe en su escritorio, toma poco a poco conciencia, y es la conciencia de ser un mercante con una experiencia sui generis: sin patria – citando a Séneca, dice que la patria es donde tú vas -, sin pasado porque es uno que se ha hecho a sí, no tiene hijos, por lo cual está destinado a ir por el mundo sin dejar a nadie y por lo tanto, de cierta manera, quiere conseguir otro objetivo, que es una mezcla de su religiosidad y su ambición, de los dos componentes bien unidos. Tiene un intercambio de cartas con su mujer Margherita, que es una mujer, según yo, digna de la inteligencia de este hombre. Son realmente bellísimas las cartas de Margherita a Francesco Di Marco, que lo llama a la bella vida, a una vida hecha de tener cuidado por el cuerpo - concédete descanso, alimentación, afecto - y de tener cuidado por el alma: sería momento de empezar a servir a Dios, le dice ella mientras él está allá laborando y él ocupado contesta "a la prédica cuando puedo, pero la mejor prédica que hay, es hacer el bien y no se puede enterrar", es decir, dice si yo hago el bien mi vida de algún modo ha girado a la mejor prédica, y espera vivir para hacer algún bien, por lo tanto, vivir bien con los socios y hacer bien a los pobres.
Al final tiene un proceso muy tormentoso de revisión de su voluntad testamentaria, que discute también con un notario, su hombre de confianza, Lapo Mazzei, que lo pone en guardia contra la no fiabilidad de los obispos "que están absortos a gastar los débitos en caballos y en banquetes". Al final, en 1.410, Francesco decide honrar a Dios y lo hace a su manera, devolver, restituir los bienes temporales que Dios me ha prestado, dice, y quiere fundar en Prato el ¨Ceppo¨ del cual ya nos ha hablado Paolo Nanni.
Cosa interesante es que él establece los modos y los tiempos del cese de sus actividades en cinco años, evita el cierre de su actividad y su propiedad y aclara sin sombra de duda que las rentas serán convertidas en cierto ¨Ceppo¨, bodega y casa privada y no sacra, "en ningún modo sometido a la Iglesia o a los oficios eclesiásticos", sino de los pobres, para el perpetuo uso de los pobres en Jesucristo. Su religión no pasa, no quiere pasar a través de la estructura eclesiástica. Datini ha amado su trabajo, su construcción, esta gran empresa que él ha hecho de sí, pero también se ha puesto el problema de la ética de la renta y ha pensado en cómo solucionarlo, ha creído solucionarlo con la colectividad urbana, con los pobres de la ciudad, que quiere decir el pueblo de su ciudad y por lo tanto cierra su actividad mercantil y con esta heredad, que es absorbida por el surgir de una, un término al cual yo soy muy afeccionada y que también Nanni utiliza, empresa de la caridad.
Ética y economía han encontrado para este hombre una soldadura, una soldadura original. Datini se ha inventado su fórmula, tenía bien claro qué quería hacer. Hoy la economía todavía necesita la ética y también necesita que nosotros nos esforcemos en inventar algo sobre este terreno. Con esto quiero cerrar y agradecerles grandemente.

GIORGIO VITTADINI:
Tres breves conclusiones retomando algo bello que se ha dicho, que el historiador es aquel que se hace las preguntas. En este Meeting estamos escuchando una nueva generación de historiadores, además de Nanni y de Piccinni tenemos aquí delante a Martina Saltamacchia, que está estudiando la Catedral de Milán y a otro mercante, Marco Carelli, que he visto está sepultado en Milán, en la Catedral. Además tenemos los encuentros sobre los 150 años, con otros historiadores. Es interesante la historia porque, como dijo Amato esta mañana, si se pierde la cognición del propio pasado no se puede afrontar tampoco el futuro. Esto es interesante porque para nosotros la historia no es como las demás disciplinas, está atada a nuestra humanidad, a nuestro ser hombres. Sobre la Edad Media todavía queda mucho por escribir, pero de estos estudios que hemos escuchado se ve que hay un conjunto de situaciones interesantes. Quiero subrayar tres puntos. El primero es que en la época comunal hubo una tentativa de democracia, de gobierno del pueblo, frente incluso a pretensiones eclesiásticas e imperiales. Si vemos los fermentos de hoy, vemos que éste es un anhelo que nos aúna a la edad comunal. Segundo, la idea de mercado que hoy vimos, sobre todo esta talla de valores, éticos, económicos y morales. Hace años vino acá al Meeting un profesor metodista, que estudiaba a Santo Tomás y decía que Tomás no atacó el libre mercado sino la usura, es decir, que se hiciera riqueza sin trabajo. Y es hoy todavía de gran actualidad. La tercera cosa, parte de un reclamo de don Giussani, cuando decía que laico es decir cristiano. Un laico puede ser cristiano no porque da limosna o porque participa en obras de iglesia. Datini tiene una concepción de la fe que está amasada con su tentativa de trabajar y de ser, a lo que no renuncia, tampoco delante de la autoridad eclesiástica y de esto está orgulloso. Lean el libro, vale la pena. Agradezco a Nanni y el Piccinni. Hasta luego.

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