El nacimiento del género histórico
autor: Alfredo Valvo
fecha: 2011-07-14
fuente: La nascita del genere storico
traducción: María Eugenia Flores Luna

La historia no es sólo un género literario. Quien la considerara tal en absoluto daría un paso atrás de muchos siglos (¡cerca de 25!). Si recurrimos al término “historia” y entendemos por “historia” la disciplina que estudia el conjunto de hechos humanos, debemos respetar ciertas condiciones para su empleo ya que a menudo ocurre, hablando de historia, que se use inapropiadamente el término.

Antes que la historia empezara a progresar y se convirtiera en una ciencia (estamos en el ámbito de la Grecia clásica) existían relatos y testimonios, prevalentemente orales, que recogían cuanto se conocía del pasado; los relatos, en buena parte fabulistas, conservaban confusamente la memoria del pasado, y principal objetivo de los que ponían por escrito este material (en Grecia se llamaban logógrafos) era aquel de asombrar (recurriendo al thaumastón, lo maravilloso).

Estos materiales, sin embargo, no habían sido críticamente considerados. La historia, en cambio, es el resultado de una investigación orientada a conocer los hechos del pasado como han ocurrido realmente: su intrínseca motivación es la búsqueda de la verdad, porque no se busca lo que es falso, sino lo que es cierto. La investigación histórica responde por tanto a una exigencia innata en la misma naturaleza humana: la búsqueda de la verdad. El punto de partida de la investigación histórica es un hecho innato: junto a la búsqueda de la verdad está la necesidad advertida de dejar huella de sí mismo y de constituir así un puente entre pasado y futuro, porque sin el testimonio del presente se interrumpiría la continuidad del progreso humano.
A veces ni nosotros comprendemos la diferencia que hay entre una obra de arte y una obra de historia (pueden coincidir). ‘Libros’ de historia son leídos como obras de arte: un ejemplo es representado por la “Gran roca” de Naquane (Capodiponte, Valcamonica), sobre la cual han sido grabadas más que 800 imágenes, con una secuencia cronológica precisa.

Dejar huella de sí mismo bajo varias formas siempre revela una voluntad de diálogo con quien viene después, una continuidad ideal pero concreta con la humanidad sucesiva; dejar huella de la propia existencia representa un mensaje diacrónico en el cual se conectan los eventos sucesivos. No se puede no recordar que la búsqueda de la Verdad - aquella absoluta: la verdad sobre el hombre, que coincide con la respuesta a sus preguntas sobre el sentido de su existencia - ha alimentado el esfuerzo de muchas generaciones a lo largo de muchos siglos, y la filosofía griega ha sido la protagonista: para Aristóteles el concepto de “primera filosofía” coincide con la teología, la búsqueda de Dios. Pablo, en Hch 17, 16-34, que no puede ser nunca olvidado (aunque frecuentes lecturas “ideológicas” pasan por alto este episodio) oficializa el fin de esta búsqueda anunciándoles a los griegos, a los gentiles, que la espera ha acabado, los tiempos son maduros (Gál 4, 4): el Hijo de Dios se ha hecho hombre. ¡La búsqueda conducida por el mundo griego había durado casi un milenio! Todas las bases del razonamiento y los instrumentos del conocimiento habían sido puestos en ser, pero sin una intervención divina en la historia no habría sido posible llegar a la Verdad, como el mismo Platón reconoce (Fedón cap. 35), y el hombre se habría debido conformar con lo que los filósofos griegos habían débilmente intuido.

La mención de Pablo, figura culturalmente entre las más elevadas de siempre y en particular de su tiempo, evoca otro incansable investigador de la verdad: el filósofo Séneca. La tradición relativa a las misivas entre Pablo y Séneca, las dos personalidades más eminentes de su tiempo, testimonian - incluso quedando pendiente la autenticidad - la reconocida grandeza de los dos personajes, unidos por una igual tendencia hacia la Verdad y aunados por el deseo de búsqueda de lo verdadero. El deseo de conocer era un matiz capaz de acercar a personas de diversa cultura pero igualmente inclinadas hacia la realización de su humanidad, que quedaba manca sin una respuesta, sin la respuesta. Eso ocurría en el mundo antiguo más a menudo que hoy. A Séneca, cuya personalidad casi es un paradigma de la inexhausta sed de conocimiento, se puede aplicar la definición de ‘cristiano anónimo’ (K. Rahner): es decir su pensamiento coincide con aquel cristiano sobre cuestiones de fondo, ideales y morales.

Para ser concreto distinguiré las partes de la continuación de mi discurso recurriendo a algunas citaciones y afirmaciones que constituyen momentos de paso hacia el conocimiento histórico, es decir hacia el reconocimiento de la verdad, y que atañen precisamente a la progresiva conciencia de lo que nosotros entendemos por “historia”.
Ante todo ¿qué quiere decir y qué está conectado con el término, con el concepto de “historia”? Eso tiene la misma etimología del griego ístore e ístoría (lat. historia es un calco del griego) y la evolución de su significado tiene como punto de arribo aquel de “juicio crítico” (no es un juicio moral). Sólo partiendo del griego se comprende completamente el significado: “he visto” (gr. o˜ida, que tiene la misma raíz de ístor e ístoría: uid-) y por lo tanto “sé” (cfr. lat. novi). El mensaje es éste: sé porque he visto; uno puede decir de saber sólo si ha visto. La única posibilidad de un conocimiento cierto es la autopsia (autòs + op-).

Los romanos no han considerado nunca la historia como nosotros la entendemos; para los romanos la historia era sobre todo opus oratorium maxime (Cicerón, De legibus l 5), funcional a la oratoria (sin embargo la más noble de las actividades humanas porque el orador sustenta con su pensamiento y su exhortación a la civitas) y por lo tanto instrumento de la política (que para los Romanos coincide con la “profesión del ciudadano”). No hay una matriz crítica, no hay un juicio sobre lo que es cierto y lo que no es cierto (al menos como preocupación prioritaria de establecer la certeza de los acontecimientos). H. Bengtson afirma que la historia, como los Romanos la entendían, era instrumento para la lucha política: ellos continuaban en teoría la lucha política iniciada en el Foro.

Un juicio crítico no puede ser un juicio moral. La historia no es juez de los acontecimientos, sino reconstruye los acontecimientos (“la historia no es un tribunal: su tarea es sólo comprender, no en el sentido de justificar sino aquel de entender “desde adentro” y “en profundidad”, sentencia F. Cardini). La reconstrucción no tiene que alterar lo que se ha comprobado. Desafortunadamente, como afirmaba Momigliano (1987) relativamente a la historia antigua, éste es un campo prometedor para los charlatanes, entendiendo la liviandad de algunas reconstrucciones históricas.

¿Cuándo y por qué nace la historia? La historia nace como conciencia crítica, es decir basada en la razón, y como necesidad de conocimiento, por lo tanto como tendencia a la verdad. (Es el caso de recordar la expresión de santo Tomás Ens et verum convertuntur: condición para la inteligibilidad de lo real). Esta tendencia es implícita, innata en el ánimo humano como ley igual para todos los hombres, inscrita en su naturaleza, con diversos niveles de conciencia y comprensión, y sobre todo diversas capacidades de acercamiento a la realidad humana. Para Dante el conocimiento y la virtud están en el mismo plano, como calidades propias del hombre; virtud y conocimiento son las dos coordenadas que distinguen al hombre de todas las otras criaturas; no existe virtud, es decir humanidad, sin conocimiento: un término no reemplaza el otro. Es realizado sólo quien puede juzgar porque conoce (la verdad); no existe el hombre realizado sin conocimiento; La realización de sí mismo es fundada, condicionada, hecha posible por el conocimiento.

Virtud: de vir, en síntesis el ciudadano, el que sustenta y se hace cargo de la civitas, estructura más elevada, lugar para el ejercicio de la libertas, ámbito privilegiado de la solidaridad: civitas y libertas no se pueden separar porque viven una de la otra (Cicerón, De re publica y pro Caecina, passim). Para comprender las virtudes del civis: Cicerón, De officiise y De re publica, sobre todo el VI libro, el Somnium Scipionis, que Dante conocía muy bien.
Hecateo de Mileto (que escribe entorno al 500 a.C.) afirma la primera vez decididamente (fr. 1 Jacoby): “Estas cosas las escribo como a mí me parece que sean verdaderas; ya que los relatos de los Helenos son muchos, por eso es que me parecen, risibles”. Como Heródoto explica (II 143-144), la observación de Hecateo surge por el contraste, evidente, entre las dieciséis generaciones que habrían transcurrido, según la tradición, entre Hecateo y el primero de los antepasados, un dios, que como los otros fundadores compartía su presencia con los hombres (la expresión “caminaban sobre la tierra” hace eso plenamente comprensible), y las 345 generaciones antes de la suya cuando los dioses reinaban en Egipto. Esta incongruencia abismal, que habría hecho sobresaltar a quienquiera hubiera tenido un poco de sentido común - nosotros diríamos - sólo entonces se volvió, aplicada racionalmente a la evolución histórica, motivo de reflexión sobre la autenticidad de las noticias de las que Hecateo disponía, mientras antes ella pertenecía a una “verdad fantástica” (aparente), en ausencia de un “verdad histórica” (real), ya que la categoría / el concepto de historia aún no se había “estabilizado”.

El concepto de historia no había sido aún definido en su acepción: en edad homérica y aun de Hesíodo simplemente la historia no existe como tal, aunque la Ilíada es una mezcla de verdad fantástica y verdad histórica. Lo verdad histórica ha sido distinta de la verdad fantástica gracias a la arqueología: el descubrimiento de la ciudad de Troya y todo lo que fue hallado por Schliemann como bagaje de las ruinas, y Hesíodo conoce el fluir temporal de la historia a través de la sucesión de los imperios, en decaimiento progresivo, (Accame 1979).
La relación directa de los dioses con los hombres, perteneciente a la verdad fantástica, también eso tiene su más que natural justificación en la nostalgia de este pasado como expresión del sentido religioso que hay en cada hombre. El salto de calidad ocurre cuando se pasa al juicio, que es la expresión más alta de la racionalidad de la cual el hombre es capaz.

Añado dos consideraciones. En la búsqueda de la Verdad como búsqueda del conocimiento de Dios los griegos daban la primacía a la filosofía, tanto es verdad que ellos llamaban filósofos a todos los que emprendían el camino del pensamiento hacia la Verdad, entendida como búsqueda del conocimiento de Dios. También los Apóstoles en el mundo judío-helenístico eran conocidos como filósofos.

La vida, la muerte y la resurrección de Jesús están entre los eventos históricos mejor documentados gracias a los Evangelios, a los Hechos, a las cartas de san Pablo. Por esta razón una parte de la crítica histórica entorno a estos eventos parte (¿intencionalmente?) de presupuestos equivocados como el predominio del género literario sobre el contenido histórico de las obras; así haciendo se trata de destituir del fundamento la credibilidad de los escritos neotestamentarios que, en cambio, son fechables pocos años después de la muerte y la resurrección de Cristo, precisamente durante los años de la predicación de Pedro y Pablo, de Juan, Mateo, Marcos y Lucas (Evangelios y Hechos de los Apóstoles). Según esta crítica no serían de considerar históricos los Evangelios y los demás textos canónicos neotestamentarios porque son escritos muchos años después de la predicación de Cristo, su muerte y su resurrección (habrían sido conocidos de oídas y no por experiencia directa o en todo caso contemporánea o cercana a los acontecimientos) tachándolos de favoritismo y excluyéndolos de este modo de fuentes atendibles (se trata en cambio, como en pocos otros casos en la historia antigua, de testimonios primarios, autópticos).
Heródoto, de alguna década más joven que Hecateo, da un ulterior paso adelante. En su relato de las guerras contra los Persas él se pregunta: ¿por qué? Fundamento de cada reconstrucción histórica es la investigación de las causas (Historias, Prólogo): “Ésta es la exposición de las investigaciones de Heródoto de Turios, para que las empresas humanas con el tiempo no caigan en el olvido ni las proezas grandes y maravillosas de los que han dado prueba sea los griegos sea los bárbaros queden sin gloria, y además para mostrar por cuál causa hicieron la guerra entre ellos”. Se precisa reflexionar sobre el pasado: cada evento, además del contenido de la memoria y la fama, no ocurre por casualidad, siempre tiene un “por qué”.

¿Cómo se llega a la verdad? La historia nace, como se ha dicho antes, como conciencia crítica y como necesidad de conocimiento; pero su tendencia a la verdad tiene que ser sostenida por reglas, válidas para todos, que garanticen la posibilidad de distinguir lo que es cierto de lo que es falso. El método es el conjunto de estas reglas para llegar a la verdad, que es única. No se puede alterar la verdad: la verdad siempre es una sola; no se puede alterar la verdad tanto más si se trata de la Verdad; el relativismo está contra la razón porque la verdad no puede ser más que una. Esta tendencia a lo cierto y, en fin, a la Verdad, es reclamada de modo original por Platón (en el paso del Fedón recordado antes), el cual afirma que al hombre no es posible conocer la Verdad, y sólo si la divinidad echara una balsa a los hombres para atravesar el mar será para ellos posible conocerla: Platón espera un o más bien el kerygma cristiano. Una análoga tendencia se encuentra en Eurípides, el cual, separándose de la religiosidad ‘pasiva’ de los trágicos precedentes, pone en boca de los protagonistas de sus tragedias preguntas existenciales destinadas a quedar sin respuesta, sobre todo la esperanza de una verdad todavía desconocida que el hombre espera desde siempre: es justo hablar por ambos de praeparatio evangélico: una anticipación del kerygma (Barsotti 1992; Ratzinger 2005). También es “madurez de los tiempos” esta esperanza de la cultura pagana, sostenida por la certeza de que habría sido satisfecha (de otro modo la empresa del conocimiento no valía la pena: ella habría producido bien pronto frustración y escepticismo, y antes o después se habría interrumpido… ¿Pero podía interrumpirse la búsqueda de la Verdad?).
Dos Verdades, es decir dos verdades absolutas, no pueden existir: con la sola razón y los refinados instrumentos de conocimiento de la filosofía griega se podía llegar a afirmar la existencia y la unicidad de Dios (el filósofo Jenófanes de Colofón, vivido en el VI siglo a.C., afirmaba que “uno solo es el dios, el más grande entre todos los hombres y los dioses”; el Concilio Vaticano I conmina la excomunión a quien afirma que con la sola razón no es posible afirmar la existencia de Dios).
En la búsqueda de la verdad - sea con la ‘v’ 'minúscula sea con la ‘V’ mayúscula - un capítulo aparte es constituido por las leyes escritas, es decir por la ley natural (principios no negociables). Las leyes no escritas constituyen el plan objetivo, porque es válido para todos, en las cuales se puede fundar cada construcción humana y ninguna construcción humana (ley positiva) puede ignorarla, contradecirla o cambiarla. Ellas están antes de cada vínculo y representan bien la igualdad de los hombres frente a Dios (ver más adelante). Como demostración de que las leyes no escritas constituyen un constante elemento de comparación del comportamiento humano, ellas son un motivo dominante del pensamiento antiguo y también lo son del pensamiento actual. San Pablo Rom 2, 14-16: “si los paganos que no conocen la Ley, hacen espontáneamente lo que prescribe la Ley, llenan en sí mismos la ley, incluso no conociendo la Ley; demostrando así que los dictámenes de la ley están escritos en sus corazones, así lo prueba el testimonio de su propia conciencia, que unas veces los acusa y otras los disculpa”; luego Sófocles, Antígonas; Tucídides, II 37 (Epitafio de los caídos pronunciado por Péricles en 461 a.C. que describe las características del sistema de gobierno ateniense, la democracia): “Sin perjudicarnos ejercitamos recíprocamente las relaciones privadas, y en la vida publica la reverencia sobre todo nos impide violar las leyes, en obediencia […] a las instituciones puestas a tutela de quien padece injusticia, y en particular aquellas que, incluso no siendo escritas, llevan a quien las quebranta una vergüenza por todos reconocida”; San Agustín, Confesiones 2, 4; Platón, Critón, Fedón, Apología; Cicerón, De re publica III 22, 3; J. Ratzinger (2004: 67): “Que existan valores que no son modificables por nadie es auténtica garantía de nuestra libertad y de la grandeza humana; la fe cristiana ve en eso el misterio del Creador y la condición de imagen de Dios que él le ha otorgado al hombre”.

En la elaboración de su pensamiento, a la búsqueda del ‘método’ para aplicar al buen gobierno y de un criterio válido para todos para juzgar si las leyes son justas o no, Cicerón da un espacio relevante al derecho natural (De legibus I 12, 33; 16, 44). Las leyes no escritas, el derecho natural, es el elemento de conjunción entre los hombres porque la igualdad del escuchar y del juzgar los hace iguales delante de Dios; todos pueden comunicar con el “Sumo Dios” (expresión de Cicerón), a través de la ratio, la razón, recibida como don extraordinario, finalizado a este objetivo. En la búsqueda de la verdad tenemos puntos de apoyo estables y comunes representados por el derecho natural. Existe una hermandad entre los hombres que Cicerón pone en fuerte evidencia y las leyes son justas sólo si respetan el derecho natural, (cfr. aún De legibus). Sobre la cuestión de la prioridad y la inmutabilidad de la ley natural Benedicto XVI se ha detenido de nuevo en su discurso al Bundestag, el 22 de septiembre de 2011. Benedicto XVI ha propuesto lanzar un debate sobre la hipótesis de que exista de veras o no un orden moral objetivo en la naturaleza y en el hombre que pueda considerarse fundamento de las leyes.

La razón, a través del método, guía a los hombres hacia el reconocimiento de lo que ha sucedido realmente (noción de crítica histórica: cfr. Tucídides I 22, indicado más adelante) distinguiéndolo de lo que podría haber sucedido (verosímil): la verosimilitud no es un criterio para reconstruir la historia, no hace parte del ‘diccionario’ del historiador, y por lo tanto no sirve para conocer con certeza la verdad. La historia no se reconstruye a través de lo que es verosímil, de otro modo no hay más espacio para lo que es inverosímil pero que puede ser cierto. La posibilidad de que un evento realmente haya ocurrido no depende de su verosimilitud: que Dios se hiciera hombre no era verosímil (mientras para los antiguos habría sido verosímil lo contrario, es decir que un hombre fuera asimilado a los dioses, si ellos lo hubieran querido, porque dependía de ellos decretar la apoteosis). La tentativa de reconstruir la historia - y por lo tanto de llegar a la verdad, parcial o total - no puede prescindir de un método correcto.

El descubrimiento del método histórico es un hecho decisivo para la historia. El método (histórico) no es convencional sino está determinado por los acontecimientos: es el objeto de la investigación lo que determina el método, (Giussani 1997). El método, si es correcto, es válido para todos los que tienen el mismo objeto de investigación, y por lo tanto el método histórico es igual - no por convención sino, si se puede decir así, ontológicamente para todos los que quieren conocer el pasado y tratar de reconstruir los eventos. La historia pues tiene una objetividad invencible, no superable por las ideologías. Ella no puede ser puesta en ‘dialéctica’ sino tiene una dimensión absoluta: aquella de la verdad.
La reconstrucción histórica es diferente respecto a la interpretación de la historia. La primera busca fundamentos seguros porque tiende a la verdad, la segunda es constituida por una relación variable sujeto-objeto condicionado en gran parte - y a veces también más – por el sujeto.

Ejemplos emblemáticos de aplicación del método histórico

1. Tucídides, I 22, 2, afirma primero: “Los hechos concretos de los acontecimientos de guerra no he considerado oportuno relatarlos informándome del primero que se presentaba, ni como me parecía a mí, sino he relatado aquellos en los que yo mismo estuve presente y sobre los cuales me informé de otros con la mayor exactitud posible”. Tucídides es animado ante todo por la preocupación de no falsear la verdad histórica. Pero es aún más importante lo que sigue (22, 3): “Difícil era la investigación, porque aquellos que habían participado en los hechos no decían todos las mismas cosas sobre los mismos acontecimientos, sino hablaban según su recuerdo o por simpatía a una de las dos partes. (4) La ausencia de lo fabuloso [thaumastón] en estos hechos los hará parecer, quizás, menos agradables al que escucha, pero si aquellos que querrán investigar la realidad de los acontecimientos pasados y de aquellos futuros… considerarán útil mi obra, tanto basta. Ella es una posesión que vale para la eternidad más que una pieza excepcional que puede ser escuchada momentáneamente”. Tucídides afirma, en sustancia, que la historia tiene un valor ético y por tanto existencial; abre la mente al conocimiento de la verdad.

2. Werner Jaeger, autor de una monumental obra sobre la formación del hombre griego (Paideia en 3 volúmenes), sintetiza su pensamiento en Cristianismo primitivo y paideia griega (1961), que recoge sus últimas contribuciones. Para Jaeger se puede hablar de inteligencia cristiana de la historia. Él no aplica un método diferente sino: a) no excluye a priori una dimensión que es propia del sentir cristiano es decir la intervención de Dios en la historia; b) abre la razón a comprender más allá del dato. El dato en sí mismo siempre va conocido en profundidad e interpretado, pero algunos datos, algunos eventos no se explican “solos”, indican en cambio a otro, a agentes desconocidos, a algo que escapa a lo humano y lo transciende. Por eso el dato tiene que ser tomado íntegramente y subordinado a una consideración crítica sin prejuicios (frente a un milagro evidente del cual había sido testigo, Emilio Zola, por “coherencia” con su posición preconcebida - que Dios no existe - rechazó la evidencia).
Jaeger, filólogo e historiador, se acerca a los problemas con el rigor del científico, pero considera la historia ut si Deus daretur, y no desdeña de hablar de Dios en términos providenciales, a través de un recorrido histórico al interno del pensamiento griego.

3. Gaetano De Sanctis invertía la afirmación de Cicerón (De oratore II 36) historia magistra vitae en vida magistra historiae. La vida (el presente, que es / debería ser conciencia del pasado) enseña a comprender la historia; la conciencia del presente permite reconocer la “historia”, es decir todo lo que está detrás y antes y por tanto las raíces del presente (Pera, Ratzinger 2004). De esta consideración desciende el hecho que el “futuro”, “el fluir” de la historia no afecta su “estabilidad” (los eventos del pasado). Puede parecer una afirmación digna de Monsieur de la Palisse, en cambio es esencial. En conclusión no existe para la historia una variabilidad determinada por quien la reconstruye (aquí no se habla de neutralidad de la reconstrucción histórica, sino de la tendencia hacia la verdad histórica).

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