El padre ausente /1
autor: Riccardo Paradisi
fecha: 2009-08-01
fuente: Padre e società occidentale

El padre y la sociedad occidental

Partimos de un hecho de crónica: el pasado 14 junio en Roma, un imponente cortejo ha bloqueado por más de una hora la via dei Fori Imperiali y plaza Venecia. Una manifestación que contemporáneamente se ha repetido en las principales ciudades del mundo: París, Madrid, Londres, Washington donde millares de hombres han concluido su marcha delante de la Casa Blanca. La manifestación ha sido organizada para evidenciar las distorsiones del actual sistema judicial que después de la separación entre la pareja, en el 90% de los casos, excluye a los papás de la custodia de los hijos.
Se trata de una tragedia de proporciones, que no es exagerado definir, apocalípticas. Para convencerse es oportuno referir algunos datos presentados por los despachos del censo americano, estadísticas que abren a la mirada un panorama de escalofrío. El 90 por ciento de las personas sin morada fija y de los hijos que han huido de la casa no tenían un padre en familia; el 70 por ciento de los jóvenes criminales que se encuentran en la cárcel o en institutos de recuperación vienen de familias donde el padre está ausente. El 85 por ciento de los jóvenes que se encuentran en la cárcel han crecido sin padre. El 63 por ciento de los jóvenes que se quitan la vida tienen padres ausentes.
Claudio Risé - psicoanalista de formación jungiana y docente de ciencias políticas y sociales, se ocupa ya desde hace años de la ausencia del padre: ha sido el primero que introdujo en Italia la temática específica de lo masculino, que denunció la crisis en que los hombres occidentales se encuentran ya desde décadas. Engranados en los circuitos de una sociedad, que por sus características - satisfacción de la necesidad, conformismo, eliminación del riesgo, control - constituye como una realización plástica del arquetipo de la Gran Madre: los varones se encuentran hoy despojados de una identidad que antes determinaba sus acciones, que daba un sentido a su vida, unido a su bagaje instintivo. Una tragedia precisamente, que Risé siempre ha señalado como tal, llevando adelante un discurso duro, impopular, laborioso pero que empieza a cavar en las conciencias, a poner en crisis lugares comunes, hasta despertar la voluntad de lucha de comunidades masculinas que inician a recobrar su conciencia de género. A diferencia de las charlas políticamente correctas de algún colega suyo, fatuo y vanidoso, que hace una bonita exhibición de sí mismo en los talk show, Risé tiene la valentía de pronunciar lo impronunciable, de decir aquellas cosas que nadie se atreve a decir. Y a hacerlo con la fuerza tranquila de quien sabe hacer su buena batalla que hay que combatir prescindiendo del resultado.

Profesor, su último libro tiene como título "El padre", como subtitulo "el ausente inaceptable". Es un título fuerte, aseverativo: parece querer decir que es inaceptable que el padre esté ausente, pero que inaceptable también es la idea de querer alejar a los padres de su papel a través de la denigración y el menosprecio de la institución paternal…
Ambas posiciones, en efecto, la ausencia más o menos voluntaria del padre tal como su alejamiento por obra de aparatos judiciales o su demolición por obra de una cultura antipaternal, por lo menos son inaceptables desde el punto de vista del interés social. Los hijos sin padre están a la cabeza en las estadísticas de las desviaciones; los fondos destinados a la gestión de aquello que en mi libro he llamado la "fábrica de los divorcios” son muy superiores en los Estados Unidos a aquellos requeridos por los programas de reeducación por el abuso de drogas y alcohol. Minar a la figura paternal, su autoridad y sus relaciones con los hijos, ha equivalido en fin a minar la estabilidad y la salud de la sociedad. Además como las más serias entre las ciencias humanas como la antropología y la psicología de lo profundo, desde siempre lo han sabido. La figura paternal es el fundamento simbólico del derecho, y su negación (realizada a menudo en los mitos más antiguos por la figura de la Gran Madre) precipita la sociedad en el caos.

Usted, además de enseñar, publicar libros, escribir en los periódicos, seguir a grupos de trabajo y tener seminarios, es un psicoanalista, tiene pues los instrumentos y la posibilidad de indagar a fondo acerca de cómo los padres y los hijos viven hoy su relación. Qué los ata, qué los divide… parecen tan lejanos pero también así cercanos: los padres han sido hijos, los hijos serán padres… sin embargo algo, usted lo escribe en sus libros, parece haberse quebrado. ¿Qué se ha quebrado? ¿Y sobre todo por qué?
Fijémonos ante todo en los fenómenos objetivos. En los Estados Unidos, el país piloto del mundo occidental, en que nosotros estamos, el 50% de los matrimonios, se concluye en divorcio. Se prevé que en el lapso de quince años a lo sumo serán el 70%. Más de tres cuartos de los divorcios son solicitados por las mujeres, a las que en fin son confiados los hijos en más del 90% de los casos, cualquiera sea su comportamiento privado. A las mismas también es asignada la casa, aunque comprada en todo o en parte por el padre-marido. Esta regla judicial echa fuera al padre de la casa y quiebra la relación padre-hijo, sea haciendo del hijo un fatherless, [un huérfano de padre] un hijo sin padre, sea enseñándole claramente que la sociedad, de la cual el padre es, a nivel simbólico, el representante en el núcleo familiar, está en realidad contra el padre, y dispuesta a desmentirlo en cualquier ocasión. Se crea así un desdoblamiento entre la psique profunda, donde el padre es visto como la unión con la dimensión transpersonal y social, y la conciencia superficial, dominada por una figura de potente madre "separada", portadora de un contencioso con la figura masculina, en la cual resulta vencedora. Este escenario debilita el aspecto masculino de los hijos (en los cuales residen las fuerzas más activas, "creativas de lo nuevo”, como decía Pound). Con consecuencias particularmente funestas para los varones que juegan en este conflicto, y a menudo pierden, su identidad sexual profunda.

El eclipse del padre ha producido otra consecuencia, ha eliminado, o por lo menos ha celado, el reflejo terrenal de la figura del Padre divino. Usted hace remontarse históricamente este corte a la Reforma luterana cuando el padre, de testigo de Dios en la familia se reduce a proveedor de alimentos…
Lutero, colocando el ámbito de la vida familiar y del matrimonio en el "Reino del hombre”, ha secularizado la familia, la ha separado es decir del ámbito del sagrado. De este modo la ha puesto al servicio del desarrollo de los bienes terrenales, dando un extraordinario impulso al proceso de industrialización. Pero para hacerlo, lo ha despegado del sistema simbólico sobre el cual se había sostenido hasta entonces no sólo la familia sino la entera sociedad, sostenida sobre el padre terrenal como reflejo del Padre espiritual, y de su ley, que, desde Cristo en adelante, es amor celebrado en el sacrificio. En la sociedad industrial tardomoderna (y postprotestante), en cambio, el derecho se ha convertido en el poder, definido y celebrado a través de la ostentación del consumo.

El tipo de relación que se tiene con lo trascendente, el mundo espiritual, en fin con Dios, depende en alguna medida de las experiencias psicológicas experimentadas con los padres, los primeros mediadores físicos y simbólicos que el niño encuentra cuando viene al mundo. Al mismo modo también incide el proceso educativo de la primera juventud y de la pubertad. Ahora usted en su libro refiere datos impresionantes: entre todos, aquello según el cual en los colegios, en todos los países del OCDE los profesores de la escuela de la infancia y de la escuela primaria son en mayoría mujeres con una media del 94 por ciento. En el bachillerato los porcentajes no son muy diferentes: la media de las profesoras es del 62,7 por ciento… ¿Qué implican estos datos? ¿Qué relación con la trascendencia consigue de este hecho? ¿Se explica también con este fenómeno el extenderse en Occidente de una religiosidad blanda y no comprometida?
No se puede pedir a la mujer que absuelva a cada función: aquella de satisfacer las necesidades y aquella de fundar el sentido del deber, aquella de ser testigo del principio de conservación, y, contemporáneamente, de ser portadora de trascendencia y de sacrificio. Aunque en cada cultura existe el arquetipo y la realidad, de la mujer Virgen, que expresa precisamente estos otros valores (es suficiente pensar en la cultura hebreo-cristiana contemporánea en una figura como Simón Weil), lo femenino dominante, especialmente en el mixing propuesto en la sociedad de los consumos, es especializado fuertemente en la satisfacción de las necesidades, y en la conservación de lo existente. Que está a la base, por ejemplo, de la actual suerte de los movimientos pacifistas: lo existente se defiende, rechaza, por lo menos conscientemente, cualquier cosa que lo pone a riesgo. Los hijos de mamá no tienen que morir. También porque, para poderlo hacer, hace falta por lo menos imaginar para donde se va. Ahora, (y aquí hablo más de la sociedad europea que de aquella americana, mucho más variada y compleja) una cultura que todavía está bajo el ala plúmbea de la visión nihilista del 1900, ya no tiene visión trascendente, y es decir el Padre, y sólo tiene una visión horizontal, que serpentea a lo largo de los pasillos de los centros comerciales. La religiosidad "compatible" con esta visión es una espiritualidad de centro comercial: un neopaganismo bien modulado como cada producto que ambicione al éxito (a cada uno su Dios), expulsados los temas fuertes del cristianismo, el sacrificio y la cruz, el cuerpo y la sangre reemplazados con una enogastronomia étnico/religiosa, disfrazada por recuperación cultural e identitaria.

En su libro usted dedica muchas páginas a la "Llamada por el padre”, a la lucha contra la exclusión del padre respecto a la decisión trágica de matar al niño con el aborto, de competencia exclusivamente materna… ¿Cómo se ha podido llegar a un tal unilateralismo? ¿Cuál espíritu preside a ciertas posiciones?
Ciertamente un espíritu, más bien un demonio, que quiere más la muerte que la vida. La recolección de material para este libro me ha enseñado aún más claramente cómo esta sociedad, sea en el divorcio que en el aborto, se ha empeñado fuertemente en dotar de aparatos judiciales que permitan el rompimiento de cada unión creativa (aquella conyugal, aquella de los padres), y completamente ausente respecto a la defensa y conservación de las uniones afectivas atadas a la continuación natural de la vida. Para que pudiera realizarse este escenario mortífero, de destrucción de la nueva vida, a beneficio del egoísmo de lo existente, era necesario poner de rodillas el mundo masculino, romper el principio fálico que es precisamente el testigo de lo nuevo, es el productor simbólico, psíquico, y físico, de la renovación. La cultura abortista, para prevalecer (como ha prevalecido mucho más allá de los varios "estados de necesidad") necesitaba quitar la palabra al padre. Y nosotros, por la vida de nuestros hijos y descendientes, tenemos que reponérsela.

"La sociedad secularizada, el mundo que ha roto los puentes con Dios, no defiende el niño contra el sadismo pedofobo de Herodes… la separación de lo sagrado, mientras tanto, ha quitado de encima a los magos, que sabían leer los signos del cielo, interpretar la voluntad de Dios a través de los signos de la naturaleza y ha menospreciado y echado al padre, José, el custos, que protegía al niño por cuenta del Padre" (p.128). Si la ausencia del padre produce ausencia de Dios, la ausencia de sagrado produce ausencia de padre… es un discurso circular que desvela el nexo profundo entre el Padre que está en los cielos y los padres que están sobre la tierra…
Pero hay una diferencia. La sociedad puede liquidar, con oportunos aparatos y campañas mediáticas sostenidas por varios campeones de la cultura de la muerte, al padre terrenal. Pero no puede, por lo menos yo creo, matar al Padre celeste. Que seguirá hablando a quién se le encomienda.

El cuadro que usted dibuja es dramático, pero su libro se cierra con una llamada a la voluntad y a la responsabilidad. ¿Los hombres y los padres tienen que adquirir una conciencia de género? ¿Tienen que rebelarse a un sistema cultural y mass-mediático que los ridiculiza? ¿Qué deben hacer? ¿Y sobre todo qué pueden hacer?
La conciencia de género, que es psicológica y simbólica, además que física, es indispensable para entender cómo desarrollar nuestra tarea de hombres, maridos y padres. Por esto, es necesario (pero ya está ocurriendo, aunque en formas a veces confusas) reconstituir un campo masculino que devuelva oxígeno a aquella conciencia y a aquella cultura, removida por los golpes cruzados de la political correctness, y del ridículo terrorismo tardo feminista (de que las representantes más significativas del feminismo se han apartado desde hace tiempo). Pero el campo masculino también ha sido debilitado y dispersado (y esto me parece un problema característico de la derecha) por el temor omofóbico, engendrado quizás por la pérdida de la tranquilizadora costumbre de comunidades masculinas como el ejército o las instituciones de formación. Muchos hombres que no han experimentado la tranquila intimidad de la "compañía masculina" dudan inconscientemente de su propia virilidad cuando se asoman a una perspectiva de asociación y de comunidad masculina, paso indispensable para volver a encontrar su propia cultura y su específico destino. El sistema mediático, en cambio, es más permeable a los cambios de lo que parezca: como sociólogo de las comunicaciones trato de enseñar a mis estudiantes como pueden, y deben, influenciarlo, y no seguirlo pasivamente. Todos saben que, desde cuando, poco más de hace diez años, salió mi Maschio selvatico. Come ritrovare l'istinto rimosso dalle buone maniere [Varón salvaje. Como hallar el instinto removido por las buenas maneras] hasta hoy donde aquel libro está a la 14º edición, y muchos otros lo han seguido, la actitud de los medios de comunicación ha cambiado. Si Scalfari y Meli discuten sobre los excesos de feminización de nuestra sociedad (como ha ocurrido en junio de 2003) también es porque señales de intolerancia creciente han sido lanzados por la sociedad, y percibidos, por lo menos por oídos atentos como las suyas. Los instrumentos de intervención son diferentes, pero todos parten de una diferente presencia en la vida privada y pública, que sepa mantener como referencia constante su propia experiencia de género, de hijo, de amante, de ciudadano varón (también frente a instituciones públicas que, por ley, en caso de promoción de candidatos equivalentes, tienen que elegir a la mujer, de lo contrario deben justificar la elección diferente con adecuada relación). Y, decisivo es estar en el mundo en cuantos hijos del Padre, al cual tendremos que responder por lo que hemos estado, y es decir varones, ni mujeres, ni asexuados. Todo el occidente es un proliferar de estas nuevas posiciones masculinas, he hablado de ello en cada libro mío, y no quiero robar aquí espacio. Pero deseo pero recordar dos de esas, por las cuales tengo mucho interés, y de las cuales hablo en El Padre. El ausente inaceptable. La primera es la institución del Covenant Marriage, propuesta por muchos grupos juveniles, desde los cristianos hasta los libertarios, ya aprobada por muchos Estados en los EE.UU. Estos grupos han conseguido no ser obligados a someterse al contrato matrimonial previsto en EE.UU., que describe un matrimonio "divorciable", sino poder suscribir un Pacto de matrimonio indisoluble, al cual se vinculan por toda la vida. Se trata de una señal en mi opinión muy significativa, sobre todo si acercara al "marriage strike", a la huelga del matrimonio, con el cual la mayoría de los jóvenes occidentales rechaza la actual legislación matrimonial, divorcista y antimasculina. Al mismo tiempo, designan un sistema llegado a la conclusión, cuyos fan se reducen siempre más. La otra propuesta es la que hemos lanzado, con Giuseppe Sermonti, Claudio Bonvecchio, Stefano Zecchi, Giulio M. Chiodi y otros (a la cual cada día se suman nuevas adhesiones en el sitio www.claudio-rise.it). En esta llamada, titulada precisamente "Por el padre", además de solicitar un esfuerzo político y normativo para devolver a la figura paternal aquella centralidad que le es propia en cada cultura vital, nos ocupamos del aborto. En particular pedimos que sea permitido al padre confiable que lo desee, salvar la vida del niño destinada por la madre al aborto, asumiéndose cada gravamen de él, también bajo el perfil de reembolso del daño en términos de carrera, o biológico, para la mujer. Sin discutir la soberanía de la mujer sobre su propio cuerpo, pero creemos que del niño, engendrado por la semilla del padre, y crecido por la madre, no pueda disponer sólo esta última. Y que una sociedad que delibere en tal sentido como la nuestra, lesione fuertemente los derechos del concebido y aquellos del padre que desee tutelarlos, como es su preciso deber. Son dos modestas propuestas. Alrededor de esas hemos encontrado la adhesión de muchas personas, pero de pocos potentes. Ellos parecen más fuertemente ocupados en discutir de dinero y poderes, y en cambio lejanos de los temas que más profundamente inciden sobre los afectos primarios, y por lo tanto sobre las corrientes profundas de la vida de los ciudadanos.

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