El patíbulo del nuevo mundo
autor: Luigi Negri
fuente: Controstoria. Una rilettura di mille anni di vita della Chiesa, San Paolo Edizioni, 2000

Una documentada reflexión sobre Revolución francesa y alrededores

1. Introducción

La tesis de la que parto es aquella de la mentalidad laicista, según la cual la Revolución francesa ha representado el nacimiento de la democracia en Occidente, y pues es un acontecimiento indiscutible; por consiguiente la Iglesia que ha combatido la Revolución francesa está contra la democracia. Además, continúa la tesis, no sólo la democracia es una exigencia del hombre, sino también es un derecho fundamental, eso significa que la Iglesia siempre ha estado contra los derechos fundamentales del hombre.
La Revolución francesa, desde este punto de vista, se concibe como un cambio epocal que posee un valor permanente: cuáles hayan sido las repúblicas que se han sucedido en Francia después del año 1792, todas han sido numeradas por la república del año 1792.

La Revolución representa algo que no se puede discutir; ella es el bien, es una palingenesia, es un renacimiento de la positividad. Cuando en el año 1989, al vencer el ducentésimo aniversario, aparecieron muchos estudios muy críticos – el mejor y el más completo de esos es actualmente el volumen de François Furet, el más importante estudioso de la revolución francesa1 – Jacques Le Goff, uno de los históricos contemporáneos más grandes, especialista de la edad media, intervino con un largo artículo sustancialmente para afirmar lo siguiente: "ustedes no tienen que hablar mal de nuestra revolución porque es nuestra". Pues no es sólo para la mentalidad programáticamente marx-leninista, sino para toda la mentalidad laica y bienpensante que la Revolución francesa es indiscutible.
Trataré de demostrar que existe una continuidad profunda entre la revolución del año 1789 y todas las revoluciones en sentido ateístico que se han subseguido desde entonces hasta hoy. En este sentido, mi tesis es la siguiente: la Revolución francesa es la primera, consistente tentativa en Europa de crear un Estado absoluto, aunque se haya presentado como destrucción del Estado absoluto.

2. Francia antes de la Revolución

La Revolución francesa podría ser concebida como una necesaria actualización, una necesaria modiicación de la situación social y política de Francia. Más allá del término ancien régime, con el que la Revolución ha indicado el régimen del pasado connotándolo negativamente, Francia, antes del 1789 es un Estado sustancialmente sólido, muy articulado: hay una unidad política representada por el rey. Todo el poder reside en el reino y el reino es el rey, que cumple su función de punto de referencia última de la vida social, como por un tipo de investidura religiosa. Es el guarda de la fe del pueblo cristiano de Francia, y por lo tanto el protector de su libertad. El poder del rey es absoluto e indiscutible porque desciende de Dios y puede ser juzgado sólo con respecto de la respuesta a la misión asignada. El rey de Francia, coronado con una solemne celebración litúrgica en la catedral de Reims, es quien vive el gran servicio de guiar toda la vida social sobre una base religiosa.
En esta Francia pre-revolucionaria también hay la presencia de grandes bienes raices, gobernada por una nobleza de sangre, que se ha ido debilitando porque Luis XIV la ha atado estrechamente a si mismo en la corte; también hay una nueva nobleza, aquella que – desde Luigi XII en adelante – se llama de toga: los grandes intendentes, los grandes burócratas, a los cuales, a través de un complicado proceso, el rey atribuye luego el carné de nobleza, para contrabalancear el poder de la gran propiedad agraria. Es en sustancia la alta burguesía, que así empizan a participar de la gestión del poder. Luego, hay un conjunto de realidades asociativas, por ejemplo las corporaciones, que viven con suficiente autonomía (el Estado absoluto no se puede comparar con el actual estado centralista) pero también las ciudades, las confederaciones de ciudad, las cofradías: hay pues un ejercicio bastante abigarrado y articulado del poder, y una cierta parte de la sociedad estaba afrancada desde el punto de vista económico del poder central. Por esto el rey, todas las veces que necesitaba de cobros extraordinarios tenía que recurrir a los varios parlamentos. La realidad social estaba representada por parlamentos: regionales, interregionales, de departamento.
En el 1788, la situación económica era particularmente difícil; además la realidad de la monarquía francesa, aunque fuera sustancialmente sana, necesitaba en todo caso de una actualización, y estaba sometida a unos empujones. La presión más fuerte es aquella producida por la burguesía medio-alta, la más baja nobleza de toga y la más alta burguesía industrial. Desde este punto de vista, se puede pensar también, cuando se lee cierta historiografía marxista2, que la Revolución francesa sea una dilatación a la media burguesía de la gestión del Estado, con algún viraje en sentido popular que se contiene enseguida. Pero si la Revolución hubiera sido sólo una reducción del poder de la nobleza a favor de la media burguesía, afirmar que haya sido un fenómeno epocal parecería desproporcionado: ciertamente con la Revolución viene ulteriormente reducido – según un proceso ya en curso – el poder de la gran nobleza y ampliado aquello de la burguesía, se centraliza el Estado, se organiza la burocracia, el ejército, el cobro de los impuestos, se crea, y es una novedad absoluta, la leva, es decir el reclutamiento obligatorio, el servicio militar obligatorio de todos los ciudadanos. La Revolución francesa también ha sido una actualización que cada sociedad sana, si no quiere fosilizarse, tiene que realizar. Pero éste es sólo un aspecto.

3. El espíritu de la Revolución

La Revolución francesa es la primera tentativa de crear una sociedad sin ninguna referencia religiosa, tentativa que ha continuado tranquila hasta el 1989, cuando se derrumbaron los regímenes que exasperaron más esta hostilidad al factor religioso. La sociedad que se quiere construir es aquella cuyo sujeto es el hombre solo, el hombre capaz de todo, el hombre que, en fuerza de la ideología racionalista e ilustrada, se concibe a sí mismo como una realidad dotada de todos los derechos y que se organiza sin ninguna referencia a la dimensión religiosa y trascendente.
La Revolución francesa – preparada por el influjo del iluminismo sobre las clases sociales intelectuales y sobre mucha parte de la nobleza – nace de la alianza entre ideología y opinión pública. No se comprende siempre claramente quién sea el sujeto político que hace la Revolución: hay momentos de aceleración en sentido radical y luego hay momentos de retirada moderada, pero al contrario está claro el sujeto ideológico que guía la Revolución. El sujeto ideológico es la mentalidad de la Ilustración según la cual la razón es todo, el hombre es todo, y por eso la sociedad tiene que ser creada exclusivamente sobre la base de la razón y sobre la base de las relaciones de fuerza estudiadas científicamente. El pasado, en cambio, en cuánto ata la sociedad a Dios y liga el hombre a Dios, tiene que ser destruido. La mentalidad ilustrada utiliza sabiamente la propaganda para condicionar la así llamada opinión pública. La media burguesía actúa sobre la opinión pública a través de la prensa, a través de los eslóganes, a través de mistificaciones. Así se difunde la creencia de que hay centenares y centenares de prisioneros políticos en la Bastilla que tienen que ser liberados, en cambio, habían sólo siete presos y no políticos, de los cuales dos dementes; que hay una guarnición aguerrida, en cambio hay pocas decenas de soldados.

Furet aclara así la relación entre Revolución e Iluminismo:

"La herencia de la Ilustración se reconoce fácilmente: no se trata de ideas tomadas por esta o aquella obra, más bien de la continuación de aquel impulso pedagógico que recorre el Iluminismo, el sueño de formar a hombres nuevos, libres de cada prejuicio, vueltos perfectos para su tiempo. Los pedagogos, iluminados y revolucionarios, creyeron con la misma fe en las capacidades casi ilimitadas de la educación y en la energía trasformadora de la Revolución (…) [Y más adelante, al aclarar el peso de aquella que hemos llamado opinión pública en el proceso revolucionario]. La Revolución ciertamente es heredera de la obra de Voltaire y de Rousseau. Pero también es heredera de lo que a veces se llama el "bajo Iluminismo", aquella masa de libelos y panfletos sensacionalistas sobre las amantes de Luis XV o sobre las depravaciones del clero, donde el mal gusto rivaliza con la violencia verbal, y que, en el último cuarto de siglo, inundan el mercado librero clandestino, minando los fundamentos mismos del régimen. (…) La buena palabra republicana a menudo está difundida a través de los canales tradicionales de la cultura oral; los cambios políticos revolucionarios hacen despertar un pánico antiguo y miedos colectivos, murmullos y fantasmas3."

La Revolución francesa es la primera tentativa de crear una sociedad sin Dios, donde la razón por la cual existe la sociedad está en el hombre y en sus capacidades, en las leyes que regulan las relaciones y en las estructuras que regulan a su vez, de modo científico, estas relaciones. Por esto el pasado es la cosa más vergonzosa que exista. Dijeron los revolucionarios: "Nuestros hijos y sus hijos nos agradecerán por haberles liberado de aquella horrorosa vergüenza que es el ancien régime". La vergüenza del ancien régime es que la sociedad dependa de Dios, que la dimensión religiosa sea la dimensión que funda todas las otras dimensiones, que el hombre adquiera conciencia de sí mismo en relación a Dios y luego juegue esta conciencia en todo lo que hace, incluso cuando crea las estructuras políticas. La Revolución francesa no es importante porque, al final del directorio y al principio de la aventura bonapartista, o aún más con la así llamada restauración, la burguesía cuenta más que antes, o porque el Estado francés es un Estado más fuerte que realiza una política imperialista respecto al resto de Europa: no es eso lo importante. Lo importante es que se ha desbancado el papel de la religión desde el punto de vista social, y que se empieza a construir una Europa de Estados y no más una Europa de naciones y de pueblos. La Revolución hace esto, diría, de modo impetuoso, contradictorio, desordenado, utilizando la sumisión de las masas, como en el caso de la Bastilla de la que ya hemos hablado. La toma y la destrucción de la Bastilla ha sido el símbolo del fin del ancien régime. Para azuzar las muchedumbres (no el pueblo que tiene una visión cristiana de las cosas), tienen que tomar la Bastilla. Dicen a quien gobierna la prisión que se le van a salvar la vida, luego naturalmente lo decapitan y su cabeza, después de haber sido izada sobre una pica, la llevan por las calles de París, para que la multitud se horrorice y se exalte. Es precisamente sobre la base de una presión que se dice: "Lo que nosotros estamos creando es positivo, lo que existía antes es negativo."

4. Los enemigos de la Revolución

Esta voluntad de construir, casi en laboratorio, una sociedad nueva en la cual el hombre ya no tenga ninguna referencia a Dios, en las relaciones sociales ya no puede hacer referencia a la dimensión religiosa. Por esto el enemigo de la revolución no es genéricamente la nobleza - la nobleza sencillamente tiene que alejarse y ella lo hace, la mayor parte de la nobleza francesa en efecto se irá al destierro -: los dos enemigos declarados de la revolución son en realidad el rey y la Iglesia.

El rey es el enemigo porque es el principio que forma la unidad del pueblo a nivel social y político; la Iglesia es el enemigo porque es el principio que crea el pueblo, porque da la cultura que nace de la fe, da la concepción de la vida, da la concepción fundamental de las relaciones, da la moral cristiana sobre la cual se basa la vida social. Éstos son los enemigos que hay que derrotar.
Cuándo Robespierre interviene en la Convención para declarar que el rey tiene que morir, dice exactamente estas palabras: "El rey tiene que morir no porque quizás ha tramado con los aristócratas, no porque quizás estaba de acuerdo con Austria… el rey tiene que morir porque es el rey!"4. El rey tiene que morir porque representa una sociedad que tiene un fundamento religioso, mientras, en la nueva sociedad, la que la Revolución francesa tiene que hacer nacer de las cenizas del pasado (un pasado que no es absolutamente redimible, sino que solamente se debe destruir), el fundamento religioso tiene que ser eliminado. Lo que pasó al rey está claro para todos: eliminada en un primer momento cada referencia divina de su función, él se convierte en el jefe de una monarquía constitucional - en el breve período que va del año 1791 al 1793, año de su ejecución - con una reducción bien precisa de sus tareas, luego lo se ejecuta exactamente por una razón lógica y cultural más que por una razón política.
Voltaire, uno de los intelectuales inspiradores de la Revolución francesa – aunque murió antes de su inicio – escribe sus obras sobre grandes hojas en cuya portada hace imprimir su lema: "Destruyan al infame" y el infame para Voltaire es la Iglesia. La gran iglesia de la abadía de Cluny, que ha sido por siglos la iglesia más grande de toda la cristiandad, aún más grande que la "vieja" San Pedro, es declarada por la asamblea nacional legislativa – en el año 1790 – cantera de piedra pública: los franceses pueden utilizar su material para construir sus casas. En efecto, si van a Cluny verán que sólo se ha salvado una parte de la nave y el transepto. Los historiadores han calculado una pérdida del 70% del patrimonio artístico de Francia como resultado de la Revolución, un patrimonio nacido de la vida de fe. A esto se debe añadir la completa destrucción de todos los valores cristianos sobre los cuales se basó hasta entonces la sociedad. Dando un vistazo a la famosa Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, con sus afirmaciones universales acerca del hecho de que todos los hombres nacen iguales y libres, que deben ser garantizados en esta libertad, que existe una fraternidad natural entre los hombres, no dice en realidad nada nuevo. Como Maritain observa, se trata de valores tradicionales, que no nacen cierto en las aulas del la Asamblea de los Estados generales del Agosto de 1789. Son valores fundamentales tradicionales, católicos: ahora, en cambio, ellos son proclamados delante del Ser supremo, ignorando y renegando completamente la historia europea y cristiana que dio peso y consistencia a estos valores.
La Iglesia es el enemigo porque lleva consigo un principio que engendra una sociedad diferente respecto a la que la Revolución francesa quiere crear. La Revolución francesa es la primera gran tentativa de crear una sociedad sin rey y sin Iglesia, sin autoridad; una sociedad en la que las diferencias religiosas son soportadas como opiniones privadas, pero no son amadas y queridas como principios de agregación, como principios culturales y sociales.
Que el enemigo sea la Iglesia lo se ve enseguida, ya antes que explote la gran persecución: la Revolución francesa ha sido en la historia de la Iglesia francesa – y por lo tanto en la historia de la Iglesia moderna – una gran página de martirio, una de las últimas.
Es ciertamente mérito de Juan Pablo II aquello de haber beatificado y canonizado, en estos últimos años, los representantes de este martirio. Que fueran individuos o que fueran el conjunto de las carmelitas de Compiegne, que fueran curas o laicos, realmente la Iglesia francesa ha escrito, durante la Revolución, una página luminosa de su testimonio a Cristo.

5. La Constitución civil del clero

Que el enemigo sea la Iglesia aparece claro desde el primer documento de política religiosa que ya está emitido por los Estados generales, la Constitución civil del clero (el 12 de julio de 1790).
La Constitución civil del clero plantea la estructura de la Iglesia francesa a partir del Estado. Y precisamente sobre la base de este documento el papa dirá un no decidido a la revolución, aunque lo dirá con retraso, el 10 de marzo del año siguiente. El Estado se arroga la tarea de ocuparse de la Iglesia y la Iglesia se convierte en una parte de la actividad del Estado: por ejemplo, las diócesis francesas – las iglesias particulares que viven en el territorio –, al principio de la Revolución son más de 300, la Constitución civil del clero establece que ellas tienen que ser 83 como los departamentos.
La Constitución civil del clero además establece el procedimiento del nombramiento de los obispos que es una de las prerrogativas del papa, del obispo de Roma. La Constitución civil del clero establece, en cambio, que los obispos tienen que ser elegidos por la asamblea de los que tienen el derecho para votar. Los que tienen el derecho para votar en el 1790 son absolutamente una minoría reducida, porque el derecho se establece según el censo. Luego los obispos de la Iglesia católica son elegidos por asambleas a las que se participa por el censo y no por su propia profesión de fe; por eso los obispos pueden ser elegidos por judíos, por descreídos, por ateos, por libres pensadores, siempre que tengan el derecho al nombramiento. La Iglesia francesa en su totalidad rechaza la Constitución civil del clero excepto siete obispos, de los cuales cinco son viejos y uno absolutamente era de poco fiar, o sea, el famoso Talleyrand5, que entonces era obispo de Autun, y luego fue el hombre por todas las estaciones: ministro de las relaciones exteriores del Directorio, de Napoleón, de Luis XVII y por fin uno de los artífices del Congreso de Viena (1815).

Pero los que aceptaron consagraron a algunos obispos, que representarán en la vida de la Iglesia una dificultad. Uno de estos obispos nombrados por la asamblea, le escribirá, por ejemplo al Papa:

"Santidad, el respeto que tengo para S.S. me da el deber de anunciar que los libres sufragios de los electores de mi departamento me han llamado a gobernar su diócesis obispal que se encuentra en Blois. Esta elección ha sido hecha de modo conforme a las leyes de la Constitución civil del clero. He recibido la institución canónica y he sido consagrado regularmente. Declaro que con la ayuda de Dios siempre estaré unido en la fe y en la comunión con Usted, que en calidad de sucesor de san Pedro tiene la primacía de honor y de jurisdicción en la Iglesia de Jesús Cristo"6.

Pues la Iglesia estña atada al Estado tanto que es el Estado quien hace nacer alrededor de sí mismo la Iglesia con una operación política desvinculada de cada autoridad exclusivamente religiosa.

Con la Constitución civil del clero empieza pues aquella tentativa de absorber la Iglesia en la vida del Estado, que continuará a lo largo de toda la edad contemporánea hasta casi nuestros días; es suficiente pensar en los curas de la Europa del Este que, hasta hace quince años, necesitaban del permiso del Estado para celebrar Misa.
La Iglesia, cuando no puede ser destruida inmediatamente, tiene que ser integrada en la estructura del Estado de tal manera que represente algo sobre el que el Estado, que es realmente la fuente de todos los derechos, puede legislar. En efecto, una de las primeras deliberaciones de la República francesa del año 1792, fue la de prohibir la emisión de los votos solemnes, de pobreza, castidad y obediencia, en todos los monasterios franceses. La cosa más personal y dramática que un hombre pueda vivir en la relación con Dios – la oblación de su vida – se convierte en una cuestión estatal. Luego eso comportó la supresión de todos los conventos. Se entra en la vida religiosa y se intenta establecer lo que tiene que existir y lo que no tiene que existir, justo porque hace falta reducir, hasta el negar, la capacidad de la Iglesia de formar al pueblo. Por tanto se le quita a ella cada posibilidad educativa, se cierran todos los colegios, se cierran todos los seminarios, se disgrega la familia, estableciendo la práctica del divorcio.

Así los derechos fundamentales del hombre, como hemos dicho, ya privados de cualquier referencia a la tradición religiosa, son sencillamente utilizados según las conveniencias del poder civil: en los años 1793-1794 en París 60.000 franceses son ejecutados, sencillamente sobre la base de sospechas, sin ningún proceso.
La Revolución francesa quería acabar con cualquier tradición, para construir una sociedad científicamente pensada, y eso se podía hacer únicamente destruyendo el presente de la tradición o sea la Iglesia. La mayoría del episcopado francés, el 98 por ciento, no jura la fidelidad a la Constitución civil del clero tal como dos tercios del clero: nace así la Iglesia refractaria, que rechaza el juramento, y, que es distinda de Iglesia constitucional, los curas y los pocos obispos que han jurado. Pero es evidente para quien estudia la vida de la Iglesia francesa en la década 1792-18017 que, mientras que la Iglesia refractaria está atada firmemente al pueblo y por lo tanto es seguida y amada, la Iglesia que ha jurado es sustancialmente desacreditada.
Con respecto del clero y de los católicos franceses, las represalias fueron durísimas. Por ejemplo, muchos miles de sacerdotes fueron deportados en la Guayana francesa, muchísimos fueron amontonados sobre barcos que luego se hacían hundir en el mar o en los grandes ríos franceses.

Es realmente la voluntad de destrucción de la Iglesia francesa en cuanto principio de generación de un pueblo, para poder construir un Estado con un fundamento ateo.

6. La matanza de la Vandea

La verificación de todo esto es el episodio de la Vandea.

La Vandea rechazó el hecho de que para la actualización socio-política y la creación de nuevas estructuras sociales fuera necesario el ateísmo. De este rechazo derivó una terrible guerra civil – terrible para las dos partes –, que desembocó en un genocidio y es un mérito de la historiografía más reciente haberlo descubierto y hecho conocer. La Vandea ya no existe, ya no existe con los caracteres antropológicos, físicos, humanos, urbanísticos, con la cual existía antes de aquellos terribles años, en que la Convención hizo restaurar el orden8.
He aquí el epílogo de la relación que el general Westermann, comandante de la expedición militar contra la Vandea, presentó delante de toda la Convención:

"¡Ya no existe la Vandea! Ha muerto bajo nuestros libres espadas, con sus mujeres y sus niños. Pisé a los niños con los zuecos de mis caballos, destrocé a todas las mujeres, que no engendrarán más a otros bandoleros. No tengo nada que reprocharme por no haber hecho prisioneros. Exterminé a todos […]. Las calles están llenas de cadáveres. Por la cantidad, en muchos lugares los cadáveres forman unas pirámides."9
Como ejemplo de lo que sucedió en la Vandea, cito el interrogatorio de aquéllos que fueron considerados reaccionarios, porque sorprendidos practicando la religión con los curas refractarios:

"Hoy 26 de Frimario del año segundo de la República francesa una e indivisible.
Desniau Cadet, comisario adjunto del departamento en la Vandea, encargado de hacer arrestar a las personas sospechosas, ha convocado la presente Marie Leroy para interrogarla.

Pregunta: Nombre, edad, profesión, dirección.
Respuesta: Me llamo Marie Leroy, tengo 26 años, soy grapadora en blanco y vivo en Montillié.
Pregunta: ¿Usted conoce los motivos de su detención?
Respuesta: Creo sea porque mi pasaporte no estaba en orden. Es la razón que me ha sido aducida al momento de la detención.
Pregunta: ¿Por qué vino a Vezain?
Respuesta: Vine a ver si mis cosas, que había enviado cuando Montillié estaba quemando, no corrían ningún riesgo.
Pregunta: ¿Conoce a los miembros del Comité contrarrevolucionario de su parroquia?
Respuesta: Conocía a Emain, de profesión tonelero.
Pregunta: ¿Usted es casada?
Respuesta: No.
Pregunta: ¿Qué hacen con usted su padre y su madre?
Respuesta: Son muy viejos. Mi padre es lisiado y teje a lado del fuego sin moverse nunca, y lo mismo mi madre.
Pregunta: ¿Nunca escondieron a unos curas?
Respuesta: No.
Pregunta: ¿Nunca han deseado el ancien régime?
Respuesta: No.
Hecha lectura a ella del interrogatorio, la mujer ha persistido y declarado de no saber firmar.
(firmado) Desniau Cadet.
Nota de la ejecución: Maria Leroy, soltera, 25 años, de Montillié, grapadora, arrestada en Vezin por la municipalidad; muy fanática y aristócrata10".

Hay millares de testimonios así: la Revolución quiere crear una sociedad no de iguales, sino de uniformes, de gente que tiene que demostrarse previamente de acuerdo con la ideología dominante para tener el derecho a vivir, de otro modo la matan, aunque tiene sencillamente como culpa aquella de haberse ido de su ciudad a aquella cercana para ver si sus cosas no se quemaron.

La Revolución francesa es la afirmación de que es absolutamente necesaria una ideología para que se pueda crear el bienestar social, incluso cuando eso es negado por la evidencia. Hacemos un ejemplo: la Iglesia francesa poseyó, al principio de la Revolución, acerca del 40 por ciento de las propiedades agrarias, que servían, como dijo hablando en la asamblea legislativa el arzobispo de París, para sustentar una enorme obra de caridad. Durante el reino del Rey Sol, en la sola París, san Vicente de Paúl había fundado un hospital que hospedaba diariamente a 20.000 enfermos, cuando la población de la ciudad no tocaba los 150.000 habitantes. Se hizo, bajo petición del mismo inefable Talleyrand, de modo tal que la Iglesia francesa pusiera sus mismas propiedades a disposición de la nación. La nación las confiscó y ellas fueron vendidas a un décimo, a un vigésimo de su precio a través de la técnica de los asignados (fueron emitidos unos cheques circulares que estaban cubiertos por estas propiedades) y la gran burguesía saqueó estas propiedades y estas tierras. Este patrimonio contribuyó a un ulterior enriquecimiento de la clase burguesa dejando toda una enorme situación de pobreza, que se iba creando en las grandes ciudades a causa de la industrialización, sin el sostén representado por los fondos para obras de caridad de la Iglesia.
Pues lo que predomina en la Revolución francesa no es el aspecto socio-político, sino el aspecto ideológico, que determina la política y la intención explícita – que en la relación con la Iglesia emerge con absoluta claridad – de crear una sociedad sin Dios en la convicción de que, en la medida en que se crea una sociedad sin Dios, se crea la felicidad. Para hacer esto a menudo se llega hasta el ridículo, incluso en la tragedia.

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