El presente infinito. Los universales lingüísticos
autor: Andrea Moro
Docente de Lingüística General, Universidad “Vida-Salud” San Raffaele, Milán
fecha: 2010
fuente: L’infinito presente. Gli universali linguistici
Publicado en el n.20 de los Quaderni della Sussidiarietà (Cuadernos de la Subsidiariedad) (2010.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Existen dos hechos prácticamente al alcance observacional de cada persona: de una parte, el lenguaje se presenta como experiencia universal, elemental, tan fundamental y constitutiva del ser humano que se convierte en definitoria: el ser humano es el ser capaz de lenguaje; de la otra, la constatación, que desarma, de la diversidad de las lenguas, la experiencia irreductible de lo particular, de lo restringido, de lo caótico.

Naturalmente, hay marcadas diferencias también en las capacidades expresivas de las personas, sobre todo en el número de las palabras conocidas, pero no son nada respecto al sustancial compartir la inmensa complejidad del código lingüístico de parte de todos los seres humanos. Pensemos en el sistema de los tiempos verbales o a la dificultad casi insuperable de dar significados explícitos a palabras de uso común como, para hacer un ejemplo, en el caso muy simple de la palabra quizá.

No se trata, ciertamente, de una palabra rara, y sin embargo definir el significado es una empresa muy compleja que requiere cálculos y modelos formales sofisticados. Lenguaje y lenguas: el intento de reconciliar estos dos hechos quizá ha sido uno de los motores más importantes de la historia de la lingüística, ciertamente aquello que representa hoy el desafío más importante de la naturaleza de la mente y, en definitiva, del hombre. ¿Hoy a qué punto estamos en la investigación sobre los universales lingüísticos? Demos un paso atrás.

La universalidad de las formas del lenguaje

Ruggero Bacone, el franciscano sobre nominado por los contemporáneos “Doctor Mirabilis”, uno de los más grandes filósofos medievales, sintetizaba la idea de la universalidad de las formas del lenguaje en modo inequívoco: «La gramática es una y una sola según su sustancia en todas las lenguas, aunque puede haber variaciones accidentales». Esta conclusión, deducida literalmente por la hipótesis – garantizada en el plano teológico – de una simetría sustancial entre percepción, lengua y realidad no podría contrastar con más claridad respecto a aquella de Martín Joos, lingüista estadunidense, que bien resume las convicciones imperantes y consideradas inoxidables a mitad del siglo pasado: «Las lenguas pueden diferir las unas de las otras sin límite y en modos impredecibles». Se trataba también en este caso de una deducción por así decir “ideológica”, o sea basada sustancialmente en un prejuicio filosófico, aquel según el cual una lengua es, en todos sus aspectos, una convención arbitraria.

Esta visión irremediablemente caótica de las lenguas al final ha resultado falsa, sea en el plano formal (Greenberg 1963, Chomsky 2004, Rizzi 2009) que neuropsicológico (se vea Moro 2006 y las referencias allí citadas), pero, más allá de las carencias experimentales que la hacían plausible, es interesante notar cómo hubiera sido abrazada porque, además de la defensa del relativismo epistemológico que se unía, perfectamente se prestaba a justificar aquella visión tecnológica de la mente que hoy a veces parece regresar disfrazada de descubrimiento biológico. Además, el esfuerzo hacia la reducción de facultades cognoscitiva a mecanismos formales y predecibles una vez definidas las condiciones contextuales – aquella que un tiempo se llamaba “cibernética” y que hoy resiste, aunque en disminución, con la etiqueta “inteligencia artificial” – era también sostenida por una movilización de fondos y de hombres que de hecho constituía un modo para reciclar las experiencias acumuladas en el sector de las comunicaciones militares durante la segunda guerra mundial.

También en este caso una testimonio directo me parece sea más claro que toda otra elucubración. Quien habla es un lógico matemático de gran fama, y se está refiriendo al laboratorio de electrónica de uno de los más prestigiosos politécnicos de los Estados Unidos, el MIT: «Había en el laboratorio la convicción general e irresistible de que con nuevos conocimientos de cibernética y con las técnicas recientes de la teoría de la información se habría llegado al último túnel hacia una comprensión completa de la complejidad de la comunicación en el animal y en la máquina» (Bar - Hillel 1970). Fue justo en el MIT que, también por la reacción a este reduccionismo, a su vez vinculado en el aspecto psicológico al behaviorismo y al constructivismo, Noam Chomsky demostró, utilizando un método matemático, que ninguno de los algoritmos conocidos podía generar automáticamente una estructura compleja como aquella de una lengua humana (Chomsky 1957).

Con esto, Chomsky reconoce inmediatamente que el corazón de las lenguas humanas está constituido por una capacidad de manipular los elementos primitivos (por simplicidad: las palabras) produciendo estructuras potencialmente infinitas (por simplicidad: las frases) según esquemas que se descubren así como se descubren las leyes físicas, tradicionalmente llamadas “sintaxis”. La manifestación del infinito basada en medios finitos – la sintaxis – se califica pues como el rasgo distintivo de todas las lenguas humanas, por tanto del lenguaje.

Este descubrimiento de hecho ha revolucionado completamente no sólo el panorama de la lingüística sino también aquel de las neurociencias en general, poniendo el lenguaje al centro de la observación empírica y en muchos casos haciéndolo convertirse en el modelo para el estudio de otras capacidades cognoscitivas, como aquellas relacionadas con la matemática y la música. Existen al menos tres consecuencias importantes que derivan de esta primera intuición.

La primera es atribuible directamente a Chomsky y se capta inmediatamente en esta citación: «El hecho de que todos los niños normales adquieran gramáticas prácticamente comparables de gran complejidad con una notable rapidez sugiere que los seres humanos sean de algún modo proyectados en modo especial para esta actividad, con la capacidad de tratar con los datos y formular hipótesis de naturaleza y complejidad desconocidas» (Chomsky 1959, cursiva mía). La segunda consecuencia está, en cierto sentido, implícita en esta: si el hombre es “proyectado en modo especial”, este proyecto tiene que ser de cualquier modo establecido biológicamente, por tanto tiene que ser posible rastrear los elementos neurobiológicos que se correlacionan a ello y estos elementos pueden ser sólo universales, como universales son todos los rasgos biológicos de los seres humanos. Esta intuición, que se basaba en datos de observación de tipo comparativo, ha sido corroborada en modo sustancial en la última década con experimentos radicalmente innovadores llevados a cabo utilizando las técnicas de neuro-imagen. La base clínica, que desde siempre constituye la principal vía para el estudio de los fundamentos biológicos del lenguaje (se vea por ejemplo el trabajo clásico de Lennerberg 1967), viene en efecto sustentada por nuevos métodos que superan la necesidad de tener que proceder sólo en presencia de patologías.

Los confines de Babel

Los universales lingüísticos, al menos aquellos relacionados con la sintaxis se vuelven pues de algún modo atribuibles a la estructura funcional y neuroanatómica del cerebro dando nueva voz a las intuiciones muy rápidamente abandonadas por la interpretación convencionalista del lenguaje en la primera mitad del siglo pasado: los confines de Babel, pues, no sólo existen sino son también marcados en nuestra carne antes de cada experiencia; no son el efecto de una convención arbitraria (para una ilustración crítica, indico aún a Moro 2006 y las referencias allí citadas)1.

Por último, la tercera consecuencia consiste en la conciencia de que este modelo lingüístico, basado en la capacidad de construir estructuras infinitas a partir de elementos finitos, es único de la especie humana. Todos los seres vivos ciertamente comunican, pero sólo el ser humano tiene esta capacidad de producir estructuras potencialmente infinitas. A pesar de algunas resistencias sorprendentes, que las cosas estén así se sabe al menos a partir de los años Setenta del siglo pasado (Terrace et al. 1976) y esta convicción, para quien se ocupa de estructura de los códigos de comunicación, se ha vuelto tan evidente que ha sido objeto de la conferencia plenaria de la sociedad de lingüística americana (Anderson 2008), un evento que, como es fácil imaginar, tiene un carácter decididamente ecuménico.

Esta característica de unicidad, combinada con la propiedad de producir estructuras potencialmente infinitas tiene a su vez una consecuencia fundamental que no puede ser olvidada en ninguna especulación sobre la evolución del lenguaje, o mejor sobre su filogénesis. Va en efecto reiterado claramente que, siendo el carácter específico del código de comunicación humana la capacidad de producir estructuras potencialmente infinitas, no es siquiera admisible en sentido teórico que exista una gradualidad de este rasgo entre las especies animales: el infinito, en efecto, o existe todo o no existe. No puede ser una parte. Por tanto no pueden ser lenguajes “similares” a aquel humano así como ningún conjunto por muy grande que sea puede parecerse al infinito.

Por último, un estímulo también al relativismo lingüístico basado no en las reglas sino en el inventario de las palabras: en los años Cincuenta del siglo pasado toma forma canónica una hipótesis que en modos más o menos explícitos estaba circulando desde hace tiempo, vale decir la idea de que a lenguas diferentes correspondieran visiones diversas del mundo debido al diverso vocabulario que las lenguas poseen (la llamada “hipótesis Sapir- Worf”).

Medir la visión del mundo

Se note: no simplemente modos más o menos rápidos de reaccionar en el mundo – eso es demasiado obvio como lo sabe cualquiera en el intento de adueñarse de una técnica tiene que asumir contemporáneamente el glosario de base – sino verdaderas y reales percepciones sensoriales diferentes. No es difícil entender todo lo que detrás de esta forma de relativismo se escondiera de hecho el intento más o menos explícito de proporcionar niveles de mérito entre las lenguas, como si algunas fueran más aptas que otras para percibir la realidad. Insisto: percibir. Es claro, por ejemplo, que en una lengua como el alemán, donde la construcción de compuestos es mucho más frecuente que en italiano, haya mayor oportunidad al construir cómodos términos nuevos que permitan evitar paráfrasis y perífrasis, pero de esto a decir que quien habla alemán ve un transistor (o una ayardecer) de modo diverso de quien habla italiano hay un salto lógico no admisible. De aquello que resulta, de todos modos, más allá de todo juicio ético, esta hipótesis simplemente no es verdadera a la prueba de los hechos.

Mientras, tener una medida de la “visión del mundo” no es posible: no existe ni menos en teoría una métrica capaz de hacernos entender si quien habla digamos italiano o tagálog percibe el mundo en modo diverso. Se necesitaría en efecto preliminarmente ponerse de acuerdo sobre qué se entiende por percepción del mundo. Pero en los pocos casos donde es posible conducir una experimentación aceptable, resulta que al variar de las lenguas la percepción del mundo no cambia para nada; a lo mucho como se decía – puede cambiar la interacción con ello. El caso de las investigaciones sobre los nombres de los colores es paradigmático. Personas llamadas a distinguir diversos colores en una paleta de colores (sin darles un nombre), no actúan en modo diverso: la percepción permanece idéntica aun al variar el diccionario (se vea por ejemplo Piattelli Palmarini 2008).

Pero también esta visión universalista tiene riesgos reduccionistas. No olvidemos que el estudio científico de la sintaxis nace en la segunda mitad del siglo pasado para proporcionar sólo la descripción de los grados de variabilidad de la clase de las lenguas humanas: la predicción de cómo y qué pueda decir un individuo en un cierto momento, en un cierto contexto, más allá de casos banales, no entra en el programa de investigación en ámbito cuantitativo, ni neuropsicológico ni molecular; la creatividad lingüística no es por eso menos verdadera, exactamente como no lo es la conciencia, por el hecho de no ser medible en términos cuantitativos.

Pero no se trata para nada de una renuncia nihilista, de un pensamiento “débil”, así como no fue una renuncia nihilista ni un pensamiento débil la decisión de Newton de describir la gravedad como acción a distancia renunciando a la ortodoxia de la mecánica de los contactos de Descartes. Es una coincidencia impresionante que Chomsky se refiera precisamente a Descartes cuando al definir la capacidad fundamental del lenguaje humano – aquella de captar y producir un conjunto infinito de frases – reconoce que al centro del lenguaje está el misterio.

1 La técnica elegida para investigar el cerebro en los experimentos aquí descritos ha sido la llamada técnica por neuro-imágenes: en práctica, el estudio de la actividad metabólica de las regiones encefálicas a través de la medida del flujo hemático (hemodinámica). Las dos técnicas principales son la resonancia magnética funcional (o fMRI) o la tomografía a emisión de positrones (PET). Es importante meterse al reparo de fáciles ilusiones. La investigación sobre las redes neuronales con técnicas de neuro-imágenes puede en un cierto sentido ser parangonada al imaginario intento de reconstruir el mapa de las principales ciudades de nuestro planeta habiendo como único dato el flujo de los pasajeros en los aeropuertos: se puede esperar al máximo de tener un idea aproximativa de las dimensiones de los centros habitados. El parangón es incluso optimista: el número de los circuitos posibles constituidos por cien millones de neuronas que mediamente constituyen un cerebro humano es del orden de 10 seguido de un millón de ceros: una red inimaginable si se piensa que el número de las partículas del cual está compuesto el universo se estima en torno a 10 seguido de 72 ceros (Edelman et al. 2000). Por tanto, poco se logra ver: pero no nada.

Indicaciones bibliográficas
S.R. Anderson, The Logical Structure of Linguistic Theory, discurso del presidente al 75th Annual Meeting of the Linguistic Society of America, Chicago, 5 enero 2007, en Language, LXXXIV, 4, 2008, pp. 795-814.

Y. Bar-Hillel, Aspects of Language, The Magnes Press, Gerusalemme 1970.

N. Chomsky, Syntactic Structures, Mouton, The Hague - Parigi 1957.

N. Chomsky, Review of Skinner (1957), Language, 35, 1959, pp. 26-58.

N. Chomsky, Cartesian linguistics: a chapter in the history of rationalist thought, Harper & Row, New York 1966.

N. Chomsky, The Generative Enterprise Revisited: Discussions with Riny Huybregts, Henk van Riemsdijk, Naoki Fukui and Mihoko Zushi, Mouton de Gruyter, Berlino - New York 2004.

G.M. Edelman - G. Tononi, A Universe of Consciousness: How Matter Becomes Imagination, Basic Books, New York 2000.

J.H. Greenberg (por), Universals of Language, The MIT Press, Cambridge (Mass.) 1963.

M. Piattelli Palmarini, Le scienze cognitive classiche: un panorama (Las ciencias cognoscitivas clásicas) Einaudi, Turín 2008.

E. Lenneberg, Biological Foundations of Language, John Whiley & Sons, New York 1967; trad. it. I fondamenti biologici del linguaggio (Los fundamentos biológicos del lenguaje), Boringhieri, Turín 1982.

A. Moro, I confini di Babele. Il cervello e il mistero delle lingue impossibili (Los confines de Babel. El cerebro y el misterio de las lenguas imposibles), Longanesi, Milán 2006; nueva edición en lengua inglesa: The Boundaries of Babel. The Brain and the Enigma of Impossible Languages, The MIT Press, Cambridge (Mass.) 2008.

L. Rizzi, The discovery of language invariance and variation, and its relevance for the cognitive sciences, in Behavioral and Brain Sciences, 32, Cambridge University Press, 2009, pp. 467-468.
H.S. Terrace – L.A. Petitto – R.J. Sanders – T.G. Bever, Can an Ape Create a Sentence?, in Science, vol. 206, n. 4421, 1979, pp. 891 - 902.

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