/4. El proyecto de una sociedad atea
autor: Luigi Negri
fecha: 1997
fuente: Il progetto di una società atea
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Iluminismo y revolución francesa

La Reforma protestante representa verdaderamente y precisamente una nueva interpretación de la fe en llave “moderna”. En este capítulo tratamos de encontrar las características culturales y antropológicas de la modernidad. El nuevo sujeto “moderno” ya no depende de la Iglesia, se mueve según una dinámica de proyecto social que tendrá su cumbre en la Revolución francesa. Las características de este tipo de hombre que existe en sí y por sí mismo, están bien descritas por Romano Guardini en “La fin de la época moderna”: "A la pregunta cuáles sean los modos del existente, el pensamiento moderno responde: la naturaleza, el sujeto-personalidad, la cultura. Estos tres fenómenos están en correlación. Ellos se condicionan y se cumplen recíprocamente. Su globalidad representa algo definitivo, más allá del cual no se puede ir. No necesita de ningún fundamento extraño a sí mismo, ni tolera alguna norma sobre sí mismo”.
El hombre, luego, se basta a sí mismo. La naturaleza, entendida como universo o como conjunto de los elementos que constituyen la estructura material de la realidad, la personalidad entendida como el yo que vive, la cultura entendida como la tentativa del hombre de comprenderse a sí mismo y de comprender la realidad, no son ya un puente lanzado hacia el misterio, hacia Dios, sino son autosuficientes. El hombre ya no tiene la necesitad fundamental de buscar el sentido último de la vida, no está en movimiento hacia el significado de la existencia: él, por el mismo hecho de existir, ya está realizado llenamente. El hombre se encuentra en una encrucijada: exprimir su original perfección en la vida concreta, conociendo la realidad y manipulándola (optimismo radical), o concebir, según una cierta influencia protestante, la realidad de una manera absolutamente negativa sin certeza (pesimismo radical).
Entre las dos corrientes, la que vence es la optimista. Mientras el pesimismo queda, a lo sumo, en el protestantísimo, el pensamiento así dicho laico es fundamentalmente optimista. El Occidente moderno tiene una cultura fundada sobre un concepto de hombre absolutamente autosuficiente, que confía sólo en sí mismo y en su capacidad de trasformar la realidad. El origen de tal concepción se remonta al humanismo - renacimiento, edad en que la dignidad del hombre no se reconoce en una pertenencia que lo constituye y lo madura, sino en un proceso de autosuficiencia. Por el puro hecho de existir, el hombre ya es todo. El idealismo, refiriéndose a esta postura, la expresará con una formula muy feliz: "el hecho ya es valor". El hombre cristiano, partiendo del hecho de existir, busca el valor: para el hombre moderno y contemporáneo el hecho y el valor coinciden. El hombre moderno considera que todo lo que está más allá de sí mismo, lo molesta y lo condiciona. La relación, por ejemplo, es sentida como alienante sea con Dios, sea con el contexto social. El sujeto de la modernidad es el individuo que existe como absoluto y que, en cuanto tal, tiene derecho y poder sobre todo.
Esta concepción en el siglo XV y XVI es como la semilla de un proyecto que se desarrolla gradualmente, a través de un larguísimo periodo de incubación. Por unos siglos este sujeto humano es substancialmente ateo, no porque dice que Dios no existe, sino en cuanto sustrae a Dios espacios siempre más anchos de su vida: la política, la moral, el arte, la vida social. Dios existe, nadie lo niega (Voltaire lo llamará "el gran titiritero del universo"), pero todo el movimiento de pensamiento nacido en la edad moderna tiende a reivindicar autónomamente los espacios de la vida humana y a "reconducirlos" al hombre como único artífice de su destino. La raíz de esta separación entre Dios y la vida consiste en la reivindicación de su propia individualidad, no en la pertenencia, sino en la capacidad de romper las relaciones. El hombre moderno se afirma como algo ya cumplido que, diciendo yo, aparta de sí mismo lo diferente. Cuando luego este yo haya madurado, porque haya cortado todas las relaciones con Dios y con la vida social, intentará apropiarse de nuevo de los objetos eliminados. La gran corriente idealista dirá que el objeto es parte del sujeto; el mundo, la historia, el universo, son parte del espíritu del individuo: el hombre maduro se da cuenta de que no existen realidad fuera de sí mismo que tengan valor, entiende que toda la realidad es simplemente parte de sí mismo. En este dinamismo se explica la lucha contra Dios y contra la familia.

La destrucción del pasado

El hombre moderno no tolera ninguna forma superior a sí mismo. Cuando Kant diga que el principio de la moral universal es la pura racionalidad individual, habtá actuado la recuperación de toda la vida moral en la pura inteligencia del individuo: la norma es objetiva porque parte de mí, yo soy el legislador del mundo universal, en cuanto tengo una norma en mí que coincide con mi racionalidad. El pensamiento es sentido como el instrumento a través del cual este hombre, finalmente maduro, niega las relaciones que lo constituyen y sale del “estado de minoridad” emancipándose de la custodia de Dios, de la familia, del contexto social.
Este hombre tendrá necesariamente que empeñarse en una obra de destrucción del pasado. Por primera vez, en la historia de la cultura universal, un movimiento de pensamiento ha mirado al pasado con odio, con voluntad de destrucción. Ha ideado nada menos que la expresión “moderno” para remarcar que el pasado tenía que ser destruido. Tenían que liberarse de un tipo de hombre diferente de sí mismo y de lo que ellos habían creado en la historia como cultura y valores. El cristianismo primitivo no se había comportado así frente a la antigüedad clásica: en cambio, la había rigurosamente acogido y conservado, releyéndola de un punto de vista más profundo.
No se habían, cierto, comportado así en la edad medieval, donde una generación había sucedida a la otra acogiendo y reviviendo críticamente la tradición precedente.
La abadía de Cluny, centro de la gran reforma interna de la Iglesia, aunque un tiempo superara la antigua Basílica de San Pedro, ahora se reduce sólo a un tercero de la nave y a tan poco mitad del transepto, no a causa de un incendio o de un bombardeo, sino por un motivo mucho más radical e impresionante: con la proclamación de la Republica en Francia, en el 1792, la abadía de Cluny ha sido declarada “cantera publica de piedras”, y de ellas, por años, se las sacaron para construir las casas.
Este hecho es el más sintomático acerca de la postura del hombre moderno en comparación con lo que le precede. Como condición de la madurez, el hombre tiene que aniquilar el pasado. Tal obra destructiva empieza con la critica de la institución eclesiástica y de la vida moral. El primer punto tiende a poner en discusión la estructura sacramental de la Iglesia; el segundo eliminar en la moral del pueblo el sentido de pertenencia. El libertinaje que domina entre el siglo XVII y el siglo XVIII, pone en discusión los principios fundamentales de la vida moral, remplazándolos con el gusto o el sentimiento.

Construcción racional de la realidad

A la obra de destrucción tiene que seguir la obra de construcción. El principio que está en la base de ambas las operaciones, el elemento dinámico que las determina, es la razón. El hombre moderno tiene una precisa convicción que un determinado proceso de la razón, y precisamente el conocimiento científico-matemático, sea el conocimiento por excelencia, mientras todos los demás procesos cognoscitivos son inadecuados, inferiores. El conocimiento moral, por ejemplo, por el cuál un hombre se fía de otro hombre, a través de criterios que no se pueden reconducir a la lógica matemática, pero que también no son menos significativos, está privado de todo valor. Sólo la ciencia permite el conocimiento absoluto de la realidad y por tanto todas las formas de conocimiento precedentes o diferentes tienen que ser reconducidas a criterios matemáticos-físicos. En la prefación a la primera edición de la “Critica de la razón pura” de Kant, se afirma: “Hasta ahora cada uno ha pensado de la realidad lo que ha querido y ha conocido la realidad según los modos más diferentes de conocimiento: ahora la matemática y la física han alcanzado un nivel absolutamente indiscutible, hay que reconducir también la filosofía a la claridad de la matemática y de la física”.
El de Kant es un proyecto filosófico que ha expresado más coherentemente la posición del hombre moderno: la razón puede todo, y a través de ella se rompe cada enlace con Dios, el cuál, no siendo un objeto material que se pueda conocer matemáticamente, no existe. Existe, en efecto, sólo lo que la razón puede traducir en círculos, en cuadrados, en rombos, en formulas geométricas. Dado que el misterio está, por definición, más allá de la matemática y de la física, la razón reducida concluye que él no existe.
La razón destruye el pasado en cuanto se escapa de este modo de conocimiento y construye una cultura y una sociedad según el método científico. Si la razón, entendida como capacidad matemática de conocimiento definido por los objetos materiales, es el grande recurso, este conocimiento de la realidad se conjuga luego con la tecnología, entendida como capacidad de trasformación científica de la realidad. Así a través de la razón se conoce científicamente la realidad y a través de la tecnología se la proyecta científicamente.
Una corriente invencible (que el Iluminismo llamará “la luminaria de la razón”) eliminará todas las oscuridad del pasado. La historia, es más, empieza con la luz de la razón, que conoce todo científicamente. El documento más impresionante, con respecto a esto, es el Diccionario filosófico de Voltaire, que representa la destrucción total de la tradición cristiana, sobre la base de esta sencillísima observación: todo lo que no se entiende, no existe, incluso el acontecimiento de la fe, que, teniendo la pretensión de revelar el misterio de la vida de Dios, excede la claridad que, en cambio, bien se aplica al mundo matemático.
Maritain, uno de los más grandes filósofos católicos de nuestro tiempo, afirmó: “la edad moderna es la que ha puesto una enemistad absoluta entre razón y misterio”. El misterio repugna a la razón, es decir, a la capacidad de conocer la estructura última de la realidad que es de carácter matemático-físico.

La cultura del Iluminismo

Esta obra de destrucción y construcción no acontece de manera clamorosa, sino gradualmente y con extrema discreción. La corriente vencedora, la nueva línea constructiva de la historia, convive con un mundo que aparentemente es todavía profundamente tradicional. No se ataca, por ejemplo, la concepción de la vida social, o, por lo menos, no se hace esto inmediatamente, tanto es verdad que la vida política está todavía influenciada por la tradición religiosa. Este tipo de dinamismo se extiende sobretodo a nivel de cultura: es el fenómeno del Iluminismo del siglo XVIII, cuya fuerza no se ha apagado, aunque haya empezado, en la segunda mitad del siglo XIX, su crisis. El Iluminismo es un movimiento de pensamiento, que sobre la base de la sola razón, entendida como único y fundamental recurso del hombre, pretende guiar la construcción de un nuevo saber recogiendo todo lo que de valido en el pasado se ha determinado. Esta valoración y esta construcción coinciden con la compilación de la Enciclopedia, en la que entra todo lo que es explicable en términos de pura racionabilidad (es decir, comprensible desde el punto de vista científico) y del cual está excluido todo lo que no se puede atribui a la ciencia, entendida como ciencia exacta.
Sobre la base de la razón restrictivamente entendida, también se intenta construir la sociedad. La cultura tiene que verificarse y concretarse en un proyecto social. Es más, puesto que la humanidad es un conjunto de individuos, cada uno de los cuales se siente señor del universo, el realizar un tipo de sociedad en que los derechos fundamentales del individuo no son negados, sino se pueden expresar, es el único proyecto auténticamente humano, porque auténticamente científico. En este modo la tensión religiosa de la humanidad se expresa en sentido horizontal: el reino del hombre (es decir la construcción de una sociedad guiada por criterios exclusivamente científicos en cuanto la política es ciencia exacta) es el proyecto humano y social que sustituye la religiosidad.
El espacio dejado libre de Dios está ocupado por el Estado. El Estado es una expresión nueva que, como enseña el filosofo moral contemporáneo Vaclav Belohradski, nace en la cultura occidental con una operación de carácter ideológico: hay que construir el Estado perfecto porque sólo en esta construcción el hombre maduro sabe expresar su poder. El único motivo para que valga la pena vivir es la construcción de una sociedad de tamaño natural, totalmente racional en que la religión sea expulsada y la Iglesia no moleste el poder político, en que las diferencias de opiniones religiosas no turben la paz; según los ilustrados, en efecto, lar guerras son provocadas por las religiones y por esto, la eliminación de la religión es premisa fundamental para la paz. Con la expresión “Reino de Dios” se alcanzó lo máximo de alienación: buscándolo, el hombre “sale de sí mismo” y se mortifica, mientras su tarea es aquella de construir el “Reino del hombre”, utilizando los recursos que la naturaleza le pone a disposición. Y dato que el recurso fundamental es la ciencia, el hombre tiene que volver en algún modo “científicas” las relaciones sociales. El iluminismo, luego, representa el momento en que este nuevo tipo humano, conciente de haberse vuelto fuerte, es capaz de crear una cultura nueva y de indicar un proyecto social totalizador, que tiene como finalidad la construcción de una sociedad atea, en la que Dios no existe. Por otra parte, puesto que la sociedad existente se refiere a Dios, hay que destruirla, revolcando sus bases religiosas. Es la tentativa de la Revolución francesa.

El Iluminismo en acción: la Revolución francesa

La Revolución francesa representa la entrada del así dicho “tercer estado” a la vida política de la Francia y por esto la construcción de una Francia burguesa. Pero, como subraya Joseph Lorz en el secundo volumen de su “Historia de la Iglesia”, la burguesía no se contentó con implantarse en las estructuras del Estado, sino entendió coincidir con el país y cambiar sus bases sociales. ¿Por qué, en efecto, han sido matadas las monjas de clausuras? ¿Por qué han sido destruidos los monumentos de la Francia cristiana? ¿Por qué ha sido sustituido al culto religioso católico el culto de la diosa razón? Porque el verdadero enemigo no era la nobleza, sino la Iglesia. Tenía que destruir las bases religiosas del antiguo orden, sustituyéndolas con bases totalmente razonables sobre las cuáles fundar un nuevo orden. La Revolución francesa es, luego, la primera tentativa consistente de destruir la Europa cristiana y de sustituirla con la Europa atea, expresión de la modernidad. En este sentido ha sido determinante para la vida de Europa hasta hoy. No existe ningún Estado totalitario, en efecto, que no sea en alguna manera una reproducción de la Revolución francesa. Individuaremos ahora las tres características en la revolución francesa.

1. El hombre es el ciudadano.
La revolución francesa se conoce como el punto de formulación de los derechos fundamentales del hombre y del ciudadano. Los “inmortales” principios del 1789 (libertad, igualdad, fraternidad) son una realidad compleja que emerge en el contexto del Iluminismo, pero que tiene raíces mucho más profundas en la permanencia de la tradición cristiana. De hecho la Revolución francesa en la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, hace una grave identificación: el hombre es el ciudadano, es decir, el hombre asume su valor, recibe su consistencia, en cuanto es ciudadano. Por esto en el momento supremo de la declaración de los derechos de la persona, de hecho, la se destruye, vinculándola al estado, en modo tal que la aniquila precisamente como persona.
En el Silabo, que es la recogida de los errores de la edad moderna y contemporánea, escrita por el Papa Pío IX, se condena, en el punto 39, la siguiente proposición: “El Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de un derecho que no admite confín”, según la cuál los confines del Estado no se delimitan ni siquiera frente a la conciencia de la persona y a sus derechos y relaciones primarias. Con la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadanos se encamina, luego, la reducción de la raíz de lo humano al contexto social. En realidad la raíz de lo humano es su relación con Dios y justamente por esto se puede existir en la historia sin estar aplastados.

2. La identificación sociedad-Estado.
El Estado francés tiende absorber en sí mismo toda la realidad de la vida social. Mientras la característica fundamental de la sociedad antes de la revolución francesa era el pluralismo (someramente definido por los historiógrafos laicistas, por ejemplo por Benito Croce, como “particularismo”), en el nuevo contexto cultural eso es visto como elemento que tiene que ser eliminado. Las diferentes tradiciones culturales y religiosas de la gran res publica cristiana, en la que convivían formas de vida, de gobierno y de asociación diferentes, son particularismos que deben ser derrotados. La riqueza de la vida social tiene que ser forzadamente dirigida dentro de una única estructura que es aquella del Estado. Éste, luego, en definitiva, se identifica con quien tiene el poder, individuo o asamblea. Desde el punto de vista social es un regreso, porque el Estado (como enseñó el cristianismo en los primeros siglos) no es el punto de referencia última de la vida social, sino sólo su punto normativo. Es más, el estado sirve en la medida en que se modela frente a la dimensión de la conciencia personal, que es siempre una dimensión religiosa e inviolable; el Estado tiene el deber de servir el bien común que es la libertad en la variedad de sus expresiones. La identificación sociedad-Estado, aunque sea teorizada sólo por Hegel en los Lineamientos de filosofía de derecho, en el 1821, está ya ampliamente practicada en la Revolución francesa. Todo lo que está fuera del Estado, en efecto, no existe. Más tarde Mussolini dirá: “Todo en el estado, a través del Estado y con el Estado: nada fuera del Estado”. Esta identificación ya está en el núcleo teórico del Iluminismo realizado por la Revolución francesa.

3. La reducción de la vida religiosa a estructura del Estado.
La vida religiosa se reduce a una opinión personal de las conciencias con respecto de la cual el Estado es substancialmente indiferente. Pero en el momento en que ella tiende a expresarse públicamente como un hecho social, tiene que recibir del Estado y exclusivamente de ello, su legitimidad. Quien no reconoce este derecho del Estado tiene que ser perseguido como enemigo del pueblo. Los numerosos curas y religiosos contemplativos, que fueron guillotinados, han sido condenados como enemigos del pueblo. La destrucción de los lugar del culto, de la vida social cristiana, de las expresiones caritativas, sociales y educativas, ha sido llamada “separación de la Iglesia del Estado”. La Iglesia no ha sido nunca vinculada forzosamente al Estado: según la distinción de Papa Gelasio la dimensión religiosa no se identifica con aquella política en cuanto se pone mucho más en el origen como sostén de todo; si la Iglesia interviene en la vida política, hace esto exclusivamente por cuestiones dogmático-morales. Con la expresión “separación de la Iglesia del Estado” se persigue, en realidad, la asimilación de la vida religiosa a la estructura del Estado. Para documentar esta afirmación es suficiente leer algunos trozos de la Constitución civil del clero. Este documento tenía que regular la vida de los curas: fue votado en Francia en el 12 julio 1790, por una asamblea de burgueses, masones, liberales, ilustrados, que también ostentaban gran respecto para la Iglesia, en una salón, en que seguramente dominaba todavía la cruz, después de una discusión a la que estaban presentes muchos arzobispos y muchos sacerdotes como delegados del “primer estado”. En este documento se prevé, por ejemplo, que la elección de los obispos acontezca desde la base (burguesa) y sin ningún nexo con la totalidad de la Iglesia católica. Se quiere reducir la iglesia francesa a una “Iglesia nacional” . En base a la reducción del hecho religioso a la estructura del Estado, el eclesiástico se hace funcionario de la “publica moralidad” (así está definido en el documento recordado); es el Estado quien decide si la religión tiene que continuar a existir y sólo de la vida del estado la estructura religiosa deriva su legitimidad y la posibilidad de ejercer sus funciones.
Es un orgullo para la Iglesia católica de Francia que la Constitución civil del clero haya sido votada sólo por cuatro entre más de doscientos obispos franceses y que haya sido suscrita por pocos menos de un cuarto de los curas franceses (también este cuarto se redujo a pocos centenares cuando Papa Pío VI la condenó); pero es significativo sobretodo que haya sido rehusada por la casi totalidad del mundo católico francés, que siguió yendo a Misa de los así dichos curas “refractarios” (que no habían firmado), los cuales, esquivando los grandes masacres o las deportaciones forzadas, continuaron ejercitando su ministerio y sintiendo la Iglesia de la Constitución civil como una caricatura de la verdadera Iglesia francesa.
Con la Revolución francesa, luego, la rotura con el pasado es radical. Los siglos que van desde de la Revolución hasta hoy verán la tentativa de realizar este proyecto y en el mismo tiempo el organizarse de una resistencia a ello.

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