El sentido religioso en la civilización occidental ...
autor: Marc Ouellet
Cardenal, Primado de Canadá, Arzobispo de Québec
John Zucchi (moderador)
Docente de Historia en la McGill University
fecha: 2004-08-25
fuente: Il senso religioso nella civiltà occidentale: un itinerario
traducción: María Eugenia Flores Luna

Moderador:
Buenos días y bienvenidos a este encuentro titulado: “El Sentido religioso en la civilización occidental: un itinerario”.
Nuestro relator, Su Eminencia el Cardinal Marc Ouellet, es arzobispo de Québec y Primado del Canadá. Ha nacido en La Motte, en Québec, y después de haber estudiado en el Grand Séminaire de Montréal, ha sido ordenado sacerdote en 1968. Después de haber conseguido el doctorado en Teología Dogmática en la Universidad Gregoriana, ha sido rector de los seminarios mayores de Manizales en Colombia y de Montréal y Edmonton en Canadá. De 1996 a 2002, ha sido titular de la cátedra de Teología Dogmática en el Instituto Juan Pablo II, en Roma. Consagrado obispo, en marzo de 2001, ha sido nombrado Secretario del Consilio Pontificio para la Unidad de los Cristianos. En 2002 ha sido nombrado Arzobispo de Québec y en 2003 elevado a la púrpura cardinalicia.

En estas últimas décadas hemos sido testigos de un desastre de la sociedad. Un individualismo exasperado, familias destruidas, violencia física y moral contra los niños, una falta notable de caridad entre los hombres, desprecio por el trabajo y por la vida misma. La religión y hasta la religiosidad son atacadas como fanáticas y peligrosas, también a causa del fundamentalismo islámico radical. También vemos reclamos continuos a los valores que la Iglesia ha sustentado por siglos: la familia, la ética, los derechos de la persona; últimamente también se habla mucho de la bioética, de la defensa de la vida. Extrañamente estos reclamos parecen tener poco que ver con el cristianismo; de hecho, a veces, son basados en filosofías laicas, o bien se refieren a una religiosidad, en el fondo, dualística, que separa el sentido religioso de la vida cotidiana. Es verdad que hoy va de moda la idea del despertar religioso. En las librerías, en los periódicos, en el cine, a la TV vemos una plétora de referencias a Dios, a los ángeles, al espiritualismo, a la Nueva Era. En las librerías Norteamericanas encontramos los libros religiosos en varias secciones: la sección religión, entre los estudios sobre lo oculto, o en la sección self-help, “auto-mejoramiento”; y eso, dice mucho sobre nuestra concepción del sentido religioso, hoy.

Hay una expresión en el francés de Quebec que es difícil de traducir al italiano: “Je me sens bien dans ma peau”, una expresión que tiene su equivalente en inglés: “I feel good about myself". Significa: “Me siento bien a propósito de mí mismo”. Hoy esta frase parece comunicar la idea de que yo sé inserirme en este mundo siguiendo la mentalidad común, de un lado y, del otro, también sigo las buenas normas morales, vivo mi vida siguiendo cierta ética. Así nos encontramos en aquel mundo tan esmeradamente descrito por T.S Eliot, hace setenta años, aquel mundo de los “decent godless people”: “Aquí ateos decorosos hubieron / Único monumento suyo la calle asfaltada / Y un millar de pelotas de golf perdidas”.
Querría preguntar a Su Eminencia qué tiene que decir hoy la Iglesia a este mundo destruido, peor, o, mejor, a este mundo que vive una concepción dualista del sentido religioso y de la fe. ¿Qué tiene que decir la Iglesia sobre el sentido religioso? Y luego: ¿cómo la Encarnación valoriza el sentido religioso más que cualquier otra posición?

Marc Ouellet:
Gracias. “Nuestro progreso no consiste en suponer haber llegado, sino en tender continuamente a la meta”. Este tema del Meeting de Rímini de 2004 me ha traído a la memoria el testimonio de San Pablo, a los Filipenses, que me había notablemente conmovido, el día en que he sido ordenado sacerdote: “Olvidando cuanto está detrás de mí y tendiendo hacia el futuro, corro hacia la meta, al premio que Dios nos llama a recibir allá arriba, en Cristo Jesús”.

Estando arrodillado, en un momento de acción de gracias, después de la ordenación, he recibido esta palabra precisa, puntual, como una gracia inesperada que habría señalado el sentido y las etapas de mi existencia. Hoy, después de treinta y tres años de ministerio sacerdotal y tres años y medio de ministerio episcopal, siento viva más que nunca la actualidad y la profundidad del testimonio paulino: “No que yo haya llegado ya a la meta o haya llegado a la perfección, sino corro, me esfuerzo por aferrarla, porque también yo he sido aferrado por Cristo Jesús”. ¿No es quizás este el testimonio de Juan Pablo II que continúa su carrera a pesar de sus límites y sus tribulaciones, dejando traslucir siempre más al centro de la Iglesia la figura de Cristo crucificado?

Esta señal profética define el actual momento de la Iglesia como aquel del testimonio. Mientras el cristianismo, ha dominado la historia de Europa por siglos y siglos como su matriz y su legado específico, hoy, se le niega el derecho a la ciudadanía en el preámbulo de la nueva Constitución europea. Es una señal de los tiempos que interpela a los cristianos a retomar el testimonio original de la verdad de Cristo que ha triunfado sobre el paganismo y que se ha difundido en todo el mundo, gracias a la irradiación de los misioneros y de la cultura cristiana de Europa.

Para afrontar este nuevo desafío, hace falta superar rápidamente la amargura y poner en movimiento no sólo la verdad de las ideas, sino también la verdad de las personas. Los testimonios vividos todavía hablan a una cultura secularizada, incluso siendo ella misma dominada por el relativismo y el subjetivismo. ¿No es quizás este el mensaje claro de la enorme cantidad de canonizaciones y beatificaciones en el actual pontificado? He aquí por qué yo he querido afrontar la cuestión del sentido religioso en Occidente valiéndome de un recorrido, mi recorrido, antes que recurrir a un análisis puramente objetivo de las ideas. Al hacer esto no cedo a una moda pasajera, busco más bien el método justo para expresar a los jóvenes la verdad del cristianismo que es ante todo una Persona que interpela a los testigos.
Mi recorrido debe mucho al encuentro con grandes testigos que me han formado, sobre todo San Agustin y Santo Tomás de Aquino, cuyo pensamiento teológico parte de la aspiración fundamental del corazón humano al infinito. El eco de su genio atraviesa la obra de don Luigi Giussani, cuyo pensamiento y cuya pedagogía se inscriben al interno de la gran tradición agustina. Su libro, ya clásico, sobre el Sentido religioso, propone un enfoque racional de lo real que desemboca en el misterio de Dios, partiendo de la experiencia humana y elemental de la vida. Este enfoque, apasionado de razón, trata de liberar progresivamente de los prejuicios racionalistas. Ofrece un diálogo sobre lo esencial, un diálogo accesible a todos, que osa proponer con respeto el hecho cristiano como un evento de libertad en la fraternidad.

En este quincuagésimo año de la fundación de Comunión y Liberación y en esta vigésimo quinta edición del Meeting de Rímini, deseo saludar y subrayar la influencia de este maestro ilustre como una gran bendición, y agradezco a Dios, por el carisma del cual ha hecho beneficiar sea la Iglesia sea el mundo. ¿No somos quizás aquí, testigos y protagonistas de un evento cultural de primer orden que no esconde su arraigamiento al legado cristiano del occidente? Visto que me ha sido reservado el honor de ser invitado a esta asamblea, les transmitiré ahora, en tres puntos, mi recorrido, que va de la aspiración del corazón humano al infinito, hasta el servicio de Dios, de Dios todo en todos, pasando a través de la experiencia de la Teodramática, recobrando la denominación original de Hans Urs von Balthasar.
Primer punto: “La aspiración al sentido religioso de la vida”. Yo he sido ordenado sacerdote el 25 de mayo de 1968, fecha memorable en la historia contemporánea, justo por las rebeliones, por las revueltas en los ambientes universitarios, por la instigación de los ideólogos marxistas, a la búsqueda de la revolución cultural. Ahora bien desde aquel famoso mayo, he asistido al abandono progresivo de los puntos de referencia de la cultura tradicional cristiana y la creciente influencia de la cultura de muerte que luego ha desembocado en el nihilismo. En el mes de julio de 1968, con ocasión de la publicación de la Encíclica Humanae Vitae, ha estallado la crisis a nivel eclesial. Y una deriva de los valores morales se habría agudizado un poco por todas partes en Occidente, hasta llegar a la confusión antropológica actual. Pero al centro de la contestación y en su curso, he asistido también a la renovación interior auténtica, verdadera, deseada fuertemente por el Concilio Vaticano II, y hecha emerger por las personas, por las comunidades, por los movimientos reunidos e inspirados por el pontificado de Juan Pablo II.

Educado en un contexto sociológico de cristiandad, en que el tomismo se imponía como la afirmación tranquila de la verdad, me he nutrido de los clásicos de la literatura francesa, Corneille, Racine, Molière y más tarde de Péguy, Bernanos, y también de los Pensées de Pascal, al lado de la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales y los Manuscritos autobiográficos de Santa Teresa del Niño Jesús. Me he apasionado por la observación astronómica, llevando las cuestiones de sentido, manadas por mi conciencia de ser un “yo” singular, perdido en la inmensidad del cosmos, junco muy frágil pero junco pensante, que conoce la transcendencia del hombre y quiere dar la propia vida a algo esencial. La llamada a servir al otro me ha llevado al Seminario Mayor. Y es allí donde he aprendido los grados del saber, valiéndome de la ayuda de Jacques Maritain, de Etienne Gilson y de mis maestros sulpicianos, a pesar de la decadencia del tomismo. He sido animado a cultivar la metafísica que, a la época, se veía, no sin alguna razón, como un tipo de barrera, de parapeto, necesario para la teología.

Me he dedicado de modo decidido, después de una primera experiencia pastoral de tres años, al objetivo de profundizar, desde el punto de vista racional, mi recorrido religioso. Sentía, a nivel interior, la exigencia de ir hasta el final de mi razón, en búsqueda del misterio. No se trataba cierto de solucionar las dudas, sino más bien de honrar al Creador, ejerciendo completamente las facultades racionales que da al hombre, como señal distintiva de su nobleza. Y he sido abundantemente recompensado, aunque el recorrido ha sido modesto y los maestros raros, a lo largo de un camino que ha pasado, además, de la Crítica de la razón pura de Kant al De veritate de Santo Tomás de Aquino, del cual he apreciado en particular, más que Heidegger, la metafísica de la participación del ser.

¿Definiría “intuición del ser” este aferrar, esta toma fulgurante de cada ser y de la totalidad de los entes en tensión hacia el ser absoluto? ¿O aún, esta aguda percepción, que no es natural, del ser como ser finito, que si el ser es, tiene que ser todo, eterno e inmutable? Y por lo tanto que la finitud es un sufrimiento, una caída, al máximo un escándalo. ¿No es quizás ésta la experiencia radical que conducen los místicos del Oriente que denuncian las apariencias engañosas de este mundo en déficit de ser? ¿Y toda la filosofía occidental de Platón no se yergue quizás completamente sobre esta falta que se explica positivamente a través de la participación del ser, pero que implica la experiencia de la nostalgia, del deseo, de la sed insaciable de un sentido total y una plenitud, sin la cual el sentido religioso no tendría objeto?

Mi sentido religioso se ha articulado intelectualmente partiendo justo de esta “intuición del ser”, que yo llamo así, no tengo expresiones mejores, y para mí queda un verdadero estupor del espíritu, envuelto en la unidad dinámica de la totalidad de lo real. Las cinco vías de aproximación a la existencia de Dios en Santo Tomás, me parecen ser, desde este punto de vista, un explicación válida, entre otras. A pesar de todas las modernas corrientes plasmadas de “olvido del ser”, yo he quedado en la pregunta de Leibniz, retomada luego por Heidegger: “¿Por qué existe algo en vez de nada?”. Es la pregunta ontológica fundamental que el hombre hace, asumiendo conciencia de su ser, de su contingencia en el universo y de su transcendencia sobre los animales y sobre las cosas.

Esta pregunta me ha seguido en teología, en cuanto la filosofía aporta sólo una respuesta parcial, sólo con los recursos de la razón. La fe propone esta pregunta, colocándola al centro de su escucha de la revelación cristiana. ¿Qué relación existe realmente entre el ser finito y el creador infinito? Si a Dios no hace falta nada y no puede depender de nada, si lo finito no puede entregarle nada significativo, ¿por qué entonces nos ha creado y qué sentido religioso último mana de su relación con nosotros? ¿Podemos hablar de alianza entre auténticos partner, si los dos no son afectados íntimamente por esta relación? La Biblia habla de la gloria de Dios que brilla en sus obras, anunciando la vida eterna a los creyentes, pero ¿cómo justifica, luego, al final, la esencia y la existencia de la realidad finita al lado de lo Absoluto?

Paso ahora a la segunda parte de mi trayecto: “En el empeño de Dios”. El encuentro con Hans Urs von Balthasar me ha provisto de nuevas luces sobre el sentido religioso último de la existencia. Este encuentro, no hay duda, ha sido el encuentro decisivo de mi vida. Encuentro provocado por una investigación doctoral, pero motivada de modo más profundo por la impresión inolvidable, imborrable, que me había dejado la lectura de Corazón del Mundo, este poema místico sobre el misterio pascual, que yo había leído cuando era seminarista. Siempre nutrido por la intuición del ser, me he visto introducido de repente, por este gran teólogo, fenomenólogo, en la “figura” única e incomparable de Cristo, como la clave y el alfabeto supremo del sentido de la totalidad de lo real. Su visión cristológica se ha impuesto entonces para mí como una síntesis y un método de integración de la catolicidad de lo real, abrazando la inmensidad cósmica, el tiempo y la historia tal como el destino de todas y cada una, de las criaturas del Dios trinitario, “para alabanza y gloria de su gracia que nos ha dado en su Amado” - Carta a los Efesios 1,6 -.

He aprendido, en la escuela cristocéntrica de Balthasar, en diálogo con Karl Barth, he aprendido el significado religioso de la existencia que mana de la revelación trinitaria. Un significado religioso que elabora las expectativas de la literatura y de la filosofía occidental; un sentido religioso que se consolida a través de la defensa de la metafísica y a través de la valorización del testimonio de los santos, de los artistas y de los místicos; un sentido religioso que profundiza valiéndose de la experiencia mística de Adrienne von Speyr, la doctora de Basilea, que declara ser la partner de su obra. Las profundas visiones trinitarias de esta sorprendente mística, lo han ayudado a hallar en particular la autoridad soberana de la Sagrada Escritura, que Adrienne interpreta a la luz del Espíritu, más allá de la fragmentación excesiva de los actuales métodos de exégesis. Digamos, en pocas palabras, retomadas por Calderón de la Barca, lo esencial de su visión dramática, del compromiso de Dios en el “teatro del mundo”.

Cristo es el compromiso de Dios, para una verdadera alianza del Dios trinitario, con este mundo de pecado y violencia, en que se estrellan amor y odio. La idea dramática divina expresa el hecho que el destino de todos los pecadores es asumido y puesto en relación de amor entre el Padre y el Hijo. Y es aquí que mi estupor delante del misterio del ser se cubre de la maravilla de la fe delante del Misterio del amor.

La Cruz de Cristo es el lugar de la reconciliación del mundo con Dios, al precio de una obediencia dolorosa que sella el pacto de amor, de la alianza nueva, y eterna. La Cruz gloriosa de Cristo es igualmente el lugar del don del Espíritu para la liberación del mundo. El Espíritu confirma la victoria del amor trinitario, a través de la Resurrección de Cristo de entre los muertos, y de su efusión sobre la Iglesia, con la Pentecostés. Siguiendo a María y los apóstoles somos testigos de esta efusión, somos llamados, interpelados a corresponder amor con amor, al don inconmensurable que nos es dado y que celebramos en la Eucarestía.

Nuestra respuesta sin embargo no se limita a la donación, nos compromete a la dramática divina, vale decir, a un testimonio de acción y pasión con la Iglesia que alarga el compromiso de Dios en la historia.
Insisto sobre esto para subrayar que el primer interés de este gran teólogo cierto no era la teología, y tampoco la filosofía sino la vida de la Iglesia y la calidad de su presencia en el mundo. Su entera actividad de escritor, de editor y de fundador de un instituto, la Comunidad de San Juan, tenía sólo un objetivo: renovar la presencia de la Iglesia al centro del mundo. Con este fin, ha llamado la atención particularmente sobre la misión de los laicos y sobre el testimonio de las personas consagradas, sobre todo en el cuadro de los institutos seculares. Concebía la profesión de los consejos evangélicos como una forma de vida radicalmente cristológica y mariana que testimonia el Reino de Dios con los medios modestos del Evangelio: la obediencia de la fe, la pobreza de la esperanza, la castidad del amor virginal. Estoy convencido que el kairos de los institutos seculares queda de actualidad y que está siempre vivo, como un tipo de fermento, sobre todo en el seno de los movimientos eclesiales que al mundo de hoy aportan un nuevo sentido religioso de la vida.

Este problema, esta cuestión del sentido o el no-sentido religioso de la vida, se hace cada vez más dramático para la juventud. Con la pérdida de los puntos de referencia espiritual y moral del cristianismo, con la crisis antropológica, de la que somos testigos, los fenómenos de extravío y dependencia, los abandonos y los suicidios, no hacen otra cosa que aumentar, año tras año, en Occidente. El gusto de vivir, de comprometerse, falta en la juventud, a causa de una falsa educación, dominada por el relativismo y por el nihilismo de la cultura de muerte. ¿Cómo salir de este impasse y cómo salir de este callejón sin salida y ayudar a las jóvenes generaciones a hacer una real experiencia de la libertad cristiana? Hoy, ya no podemos contar, al menos en mi país, el Canadá, ya no podemos contar con el sostén de una cultura cristiana que favorecía en el pasado cualquier tipo de vocación.

El desafío de la Iglesia, hoy día, tiene una dúplice naturaleza: de un lado reenfocar la renovación interior, deseada por el Concilio Vaticano II, sobre todo a través de la reforma litúrgica, y dar nueva savia a su diálogo con el mundo, partiendo de una experiencia espiritual renovada; por otro lado, hace falta derrotar el individualismo y la desmoralización de la vida pública en Occidente, a través del compromiso de cristianos auténticos que sean los artífices de una contra-cultura de libertad y comunión. Un desafío símil implica una nueva evangelización que parta de Cristo y de la profundidad de su misterio pascual. Y es justo delante de la Cruz de Cristo, y su bajada a los avernos, que el compromiso cristiano encuentra su fundamento último y encuentra toda su agudeza dramática. Bien hace cuarenta años von Balthasar publicaba un pequeño libro que provocó un escándalo en los ambientes teológicos. Se trata de un ensayo muy controvertido sobre el martirio, como título Cordula, y allí asumía posición contra la tendencia post-conciliar a reducir el testimonio cristiano a la medida de una ideología dominante del progreso. Recordaba con fuerza que la revelación del amor trinitario en Cristo crucificado, no les permite a los cristianos prescindir del nombre que los salva, ni edulcorar el testimonio explícito que hace su Cruz gloriosa. Su grito ha sido desatendido, no ha sido escuchado y nosotros hemos visto el estallido de la crisis, de la misión cristiana, en muchos movimientos y en muchas instituciones cristianas que no se han levantado. El abandono de la vida sacramental es una señal tal como una cierta mentalidad crítica que pone constantemente en cuestión su pertenencia a la comunión jerárquica y misionera de la Iglesia.

La nueva evangelización del sentido religioso llama e interpela un ahondamiento del significado de Dios y de su relación con el mundo, en Cristo. El sentido religioso cristiano, por naturaleza universal, expresa su universalidad a través de la misión y el diálogo. El alcance universal del misterio pascual interpela la apertura universal de la Iglesia a todo lo que es humano y a toda la humanidad. Porque cada hombre, dividido entre su deseo de infinito y sus modestos límites, tiene derecho al testimonio que Dios hace al Hijo. Y cito: “Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado la vida eterna y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” - Primera Carta de Juan 5,11-12 -. Este anuncio aporta no sólo a cada hombre la reconciliación con Dios y consigo mismo, sino también el secreto último de su propia identidad y el impulso para tender continuamente hacia la vida eterna, ya dado en la fe, pero todavía no poseída en toda su plenitud.

El cristiano testimonia, cómo cualquier hombre, su aspiración al infinito y de sus pobres límites, pero a pesar del elemento inevitable, de conciencia desgraciada que lo afecta, sobre todo a causa del pecado, no trata de evadir la vida presente, dirigiéndose hacia un nirvana a-temporal y a-histórico. Al contrario, la contemplación del Verbo encarnado, restablece su sentido de la positividad de lo finito, su admiración delante de la belleza de lo efímero y su emoción delante del milagro del amor. El cristiano adivina, entrevé también, tal como San Ignacio de Loyola, la Presencia de Dios que actúa en cada cosa, que convierte el deseo humano de Dios en servicio del Reino de Dios en todas las cosas. Me parece que esta conversión del deseo de Dios en servicio de Dios, represente un cambio radical en la historia de la espiritualidad, que podemos medir históricamente con la irradiación misionera extraordinaria de la Compañía de Jesús. El pensamiento de von Balthasar profundiza este cambio radical ignaciano, expresando el fundamento Juanesco y sus dimensiones trinitarias. Deja un patrimonio extremadamente precioso para la renovación de la evangelización, al alba del tercer milenio.

Consigue, efectivamente, un nuevo sentido religioso, que modifica y completa la perspectiva agustiniana y tomista del deseo de Dios - Desiderium naturale visionis -. Efectivamente, en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, la perspectiva del deseo está en un cierto modo invertido, a travès de la primacía del apelo del Rey, que solicita la disponibilidad del electo a servir incondicionalmente bajo su bandera, para la gloria suprema de Dios, a prescindir, por otra parte, de sus preferencias o de sus resistencias. Lo que es más importante, ya, no es ya la satisfacción del deseo del hombre, por cuanto pueda ser profundo y noble, sino el Deseo del Rey de tomar trabajadores para su viña y de recompensarlos sin medida, en su soberana libertad. Visto que este sentido religioso nace del compromiso de Dios en Cristo, se abre al cristiano, en comunión con Dios, un nuevo campo de libertad y de compromiso en el mundo. Von Balthasar y don Giussani han propuesto, juntos, a la juventud de CL (Comunión y Liberación), este sentido dramático de la existencia cristiana, en 1972, poco tiempo antes de que fuera fundada la revista católica internacional Communio. El folleto Dell'impegno di Dio (El compromiso de Dios) ha resumido, precisamente, esta perspectiva dramática, que compromete el corazón humano a la búsqueda de beatitud, en la experiencia misionera de una comunión liberadora.

Apasionado, fascinado por esta perspectiva descendiente y misionera del sentido religioso, desde aquel momento he tratado de profundizar su fundamento trinitario. Ya que el deseo de Dios es compartir su beatitud trinitaria con sus criaturas, ¿no tenemos que expresar entonces el sentido religioso último a partir de la existencia, partiendo justo del diálogo infra-trinitario? El catecismo nos ha enseñado, desde la infancia, que hemos sido creados para amar y servir a Dios, que somos creados para eso, para ser felices con él en la eternidad. En el cuadro de una perspectiva bíblica y trinitaria eso significa que somos creados para alabar la gracia del Padre, y por lo tanto somos llamados a servir y a glorificar al Padre con Cristo, al punto de participar en Él en la santidad del Señor, que es el intercambio admirable de amor increado entre las personas divinas. El sentido último de la existencia humana me parece entonces elevado, más allá del deseo de la beatitud, hasta el servicio de la beatitud del Dios mismo. San Juan de la Cruz lo expresa de este modo, hablando del alma que responde libremente y gratuitamente al don divino: “Y entonces da, por así decir, Dios a Dios”. La misma cosa la hallamos en la beata Isabel de la Trinidad: “No es ella que ofrece a Dios, es Dios que se ofrece a Dios”. ¿Entonces, no vivimos ya esto, en la Santa Eucaristía? Cuando ofrecemos al Padre el sacrificio del Hijo y somos “pagados”, en cambio, por una nueva efusión del Espíritu, en la Santa Comunión, estamos incluidos en el intercambio entre las personas divinas, a tal punto que damos Dios a Dios, en cierto modo, a través de una maravilla sin igual de su bondad insondable.

Una símil perspectiva trinitaria podría formular preguntas, hasta podría hacer nacer, en algunos, sospechas de panteísmo, de antropomorfismo y también de tri-teísmo. Pero si aceptamos pensar en nuestra relación con Dios a la luz del Ágape neo-testamentario, a partir de la kénosis del Dios trinitario, vale decir de su don absoluto, hace falta osar y desarrollar estas perspectivas, valiéndose de una ontología cónsone, específicamente cristiana. El amor de Dios expresado en la kénosis del Cristo obliga a pensar en el ser como un don y a repensar la unidad divina como amor: “Dios es Amor”, nos revela Juan, a propósito de la esencia divina. Yo creo que la ontología trinitaria, actualmente en pleno desarrollo, en la línea trazada por Balthasar, por Klaus Emmerle, por Claude Bruaire y por muchos otros, abre nuevas perspectivas para la integración de la filosofía y la teología, en la vía indicada por la Encíclica Fides et Ratio. Juan Pablo II les asigna, como primera tarea de la teología actual, “la inteligencia de la kénosis de Dios, verdadero y gran misterio para el espíritu humano, al cual parece imposible afirmar que el sufrimiento y la muerte puedan expresar el amor que se da sin pedir nada a cambio”.

Un símil sentido religioso, basado en el misterio de la Encarnación, mantiene el justo equilibro entre el panteísmo, de un lado, que confunde las naturalezas divina y humana, y el pelagianismo, por otro lado, que las separa, al punto de hacer inútil la Grazia. El catecismo y la liturgia no me parecen enseñar otra cosa, definiendo el sentido último de la vida como un servicio a Dios. La explicación trinitaria formulada antes, a pesar de cierta novedad, no hace otra cosa que recobrar, que retomar el sentido pleno, completo, de la doxología eucarística: “Por Cristo, con Cristo y en Cristo, a Ti Dios Padre Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y gloria, por todos los siglos de los siglos”. Oso pensar que el anuncio adecuado de este sentido religioso trinitario, que mana de la liturgia, podría volver a fundar no sólo el fervor sacramental de los creyentes, sino también, después del fracaso del cristianismo anónimo, la reanudación valiente de la misión, al inicio del tercer milenio.

Y ahora paso a la tercera parte: “Por Dios todo en todos”. ¿Qué puede dar esta perspectiva trinitaria del sentido religioso a culturas secularizadas? Es el desafío que me presenta la actividad pastoral cotidiana, día tras día, en un País, una vez, como fuerte cristiandad, pero que hoy afronta un derrumbamiento de las estructuras antiguas de la vida religiosa, del clero, de las instituciones confesionales y de la práctica religiosa de los fieles. Más que nunca yo me siento interpelado al testimonio, al anuncio del misterio pascual y al sentido de la vida en Jesucristo, para que las experiencias humanas, elementales, del amor, de la familia, del trabajo y de la identidad cultural de un pueblo, encuentren su cumplimiento en la vida sacramental de la Iglesia. Más que nunca yo siento que la unidad y la armonía, a la cual la humanidad aspira confusamente, pasen a través de la revelación del misterio trinitario.

Europa, actualmente, corre hacia su unificación secular, olvidando sus raíces cristianas, y el Occidente hace bella muestra, cada vez más, de un individualismo exacerbado, igualmente poco constructivo que el difunto colectivismo de los países totalitarios. Cuando reflexiono sobre mi recorrido, yo quedo convencido que el mejor servicio para darles a nuestros contemporáneos, en el diálogo cultural, es ante todo aquel de mantener la cuestión del sentido religioso a un cierto nivel de profundidad racional, sin dejarse distraer de lo esencial, a causa de la creciente gravedad de los problemas éticos. “¿Por qué hay algo en vez de nada?”, “¿Quién soy en el seno de la totalidad, al lado de Dios que es todo?”. Plantear la cuestión del sentido de la existencia, en toda su profundidad ontológica, su rigor racional, ¿no es quizás una de las contribuciones fundamentales de los cristianos al diálogo entre las diversas culturas? ¿No es quizás uno de los mensajes fundamentales de Luigi Giussani relativo al sentido religioso en Occidente? Les remito a su rica experiencia y a sus escritos, por el modo práctico de afrontar estas cuestiones.

¿De otra parte, el mundo actual, no necesita quizás enormemente una imagen de Dios más interpelante que aquella de un Dios transcendente y solitario, que queda extraño a su destino trágico? ¿Todavía podemos creer en Dios después del horror de la Shoah? Sí, sí, la respuesta es sí, si en el más grande respeto por el pueblo hebreo, el pueblo de la Alianza, reconozco el rostro del Crucifijo en todas sus víctimas, en particular, las víctimas voluntarias, Maximiliano Kolbe, Edith Stein y muchos otros anónimos, que han ido a los avernos, por solidaridad con el Hijo del hombre. Sì, la respuesta es sí, si la memoria indeleble de esta tragedia cultural y religiosa del Occidente es acompañada por la voluntad firme de eliminar de la conciencia cristiana cualquier señal de antisemitismo. La respuesta cristiana a la nueva oleada de antisemitismo que actualmente arrecia en el mundo, tiene que ser aquella de una firme condena, de una condena clara, dando a la luz un nuevo diálogo político, cultural y religioso, para la paz en el mundo.

¿No es quizás hora de demostrar que la Alianza del Dios trinitario con la humanidad doliente abre, descubre perspectivas más profundas de unidad, en la diversidad y en el respeto de las grandes tradiciones religiosas y culturales de la humanidad? Por mi parte, creo yo que ninguna imagen de Dios sea igualmente positiva inclusiva de la diferencia como aquella del Dios trinitario. Porque es justo la diferencia intra-trinitaria del Amor absoluto que funda la esencia y la existencia de una realidad diversa de Dios que tenga su propia consistencia positiva, su realización final, al servicio de la Gloria de Dios. “Yo les he dado la gloria que tú me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad, y el mundo reconozca que tú me has mandado y los has amado como me has amado” - Juan 17, 22-23 -. La oración sacerdotal de Jesús testimonia este amor inmenso de Dios que desea la unidad y la correspondencia perfecta de la humanidad al don de su gloria. Qué horizonte de esperanza, qué responsabilidad para el cristiano, el hecho de testimoniar en el diálogo ecuménico, interreligioso y cultural, la inclusividad infinitamente respetuosa del Dios trinitario en su relación de alianza con la humanidad.

Más aún que diálogo ecuménico, es la cuestión antropológica que yo he profundizado al interno de una perspectiva trinitaria, en mi recorrido. La enseñanza, en el Instituto Juan Pablo II, para los estudios sobre el matrimonio y la familia, me ha notablemente sensibilizado respecto a esta gran prioridad pastoral del Santo Padre, durante su entero pontificado. La crisis del matrimonio y de la familia ya es evidente, está bajo los ojos de todos, en nuestras culturas occidentales. Hombres y mujeres en número creciente que ya no saben reconocerse diferentes, amarse en la diferencia y a través de esta diferencia, tienen dificultad a colaborar en la sociedad y en la Iglesia, respetándose recíprocamente. La influencia maciza de los medios de comunicación no da sostén a la fidelidad y a la estabilidad de las parejas, o si lo da es muy escaso. Sometidas a las presiones múltiples del trabajo, de las prestaciones profesionales, de las instancias de una cultura excesiva de la autonomía individual. Además, el abuso de la técnica y el rechazo a cualquier prohibición pesan, y bien, sobre la calidad del amor y sobre el respeto de la vida. A nuestros contemporáneos les falta siempre más la conciencia que el hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios como persona y como pareja. Su vocación al amor entra en su complementariedad recíproca, que Juan Pablo II ha puesto perfectamente de relieve.

Impulsado por su enseñanza sobre el amor humano en el plan de Dios, he tratado de entender en su profundidad trinitaria esta imagen de Dios, inscrita en el hombre y en la mujer, hasta llegar a su diferencia sexual. La vocación al amor, que brota de su diferencia, los compromete a unirse y a superarse en un acto de don recíproco que los hace partícipes de la fecundidad divina, partner con Dios en la obra de creación de la vida. “El hombre no puede encontrarse plenamente si no a través de un don sincero de sí mismo”, dice el Santo Padre como leit motiv ya desde el inicio de su pontificado. Esta perspectiva antropológica del don de sí mismo es hoy ignorada, negada, o reemplazada por las ideologías, por una influencia debida no tanto a su parte de verdad, sino más bien a la fuerza persuasiva de las técnicas de comunicación de masa. Las tentativas jurídicas de redefinición del matrimonio, para ir hacia el partner del mismo sexo, implican graves problemas que la Iglesia se esfuerza para recordar, para evitar que la negación de la diferencia sexual ponga a riesgo la institución del matrimonio y de la familia, que es el fundamento de la sociedad y el futuro de la civilización. De aquí, el recordar oportunamente la antropología bíblica, que la Congregación para la Doctrina de la Fe apenas ha publicado, para iluminar a los obispos y los fieles sobre la justa afirmación de la diferencia sexual, inscrita en la naturaleza humana, creada a imagen de Dios.

Los cristianos de hoy son así llamados a afrontar el desafío del matrimonio como institución divina y como misterio sacramental, destinado a revelar la Alianza de Dios con la humanidad, en Cristo. Cual profetismo es aquello de la familia cristiana, Iglesia doméstica, Santuario de la Presencia de Cristo, núcleo de radiación de amor trinitario, encarnado en la densidad de la carne. El Santo Padre no podía iluminarnos mejor sobre este punto, elevando a los altares a Gianna Beretta Molla, madre de familia, que ha sacrificado su vida por el hijo, en medio a una vida de felicidad conyugal, experimentada en la sencillez y en la santidad de lo cotidiano. Pero que es, igualmente, profetismo, lo que encontramos en la virginidad consagrada, basada exclusivamente en el sacrificio del Esposo crucificado, que llama a ciertas almas a compartir su amor gratuito, eucarísticamente inmolado para la salvación de todos.

Tocados por un rayo de este humilde amor kenótico, los esposos y los consagrados quieren corresponder, a través de toda su vida, hasta el más mínimo detalle, a la forma de vida de Cristo, a su modo de ser, a su gloria que brilla en su humildad. En la vida según los consilios evangélicos, de los cuales he hablado antes, se afirma una nueva forma de libertad, justo después de Cristo, libertad con respecto a la propiedad, al sexo y a la propia voluntad. Esta forma de vida testimonia una libertad, libertad de amar hasta el sacrificio de sí mismos, por el único motivo de responder al amor gratuito y misericordioso de Dios en Cristo.

Participando en cierto modo a la kénosis de Cristo, esta forma de vida comunica de modo especial a su muerte y a su resurrección, implicando una participación a la fecundidad espiritual de María, la Madre de Dios siempre virgen y Esposa del Cordero inmolado. De aquí, la unión, el nexo privilegiado de los consagrados con el misterio eucarístico, fuente y cumbre de la comunión con el Don de Dios en Cristo. Sin una unión fuerte con el misterio nupcial de la Eucaristía, estoy convencido que el sacrificio de amor inscrito en su carne, con la renuncia a la propiedad, a la afectividad conyugal y a la propia voluntad, faltaría del fundamento necesario para producir el fruto superabundante de su comunión con el misterio pascual de Cristo.

¿Cómo pues renovar, en la actual cultura, el compromiso en el matrimonio y en la vida consagrada, elementos básicos para la misión sacramental de la Iglesia? ¿Cómo dar luz, cómo fascinar de nuevo el don sincero y definitivo de sí mismos en la fe, que es luego la clave del testimonio cristiano? Ante todo, y siempre, despertando la libertad cristiana en la escuela de los santos. El Santo Padre apenas nos ha provisto de grandes ejemplos, con las figuras de Madre Teresa, del Padre Pio, de Josemaría Escrivá. También a través de la contemplación de la kénosis de Dios, de su amor insondable, del su humillarse, del su darse a nuestro favor, de su pobreza que nos hace ricos, ricos de una riqueza que el mundo no puede entender. En fin, y sobre todo, con nuestra participación hasta el sacrificio de sí misnos por el amor de Cristo.

De mi parte, he encontrado este sentido religioso renovado en la escuela de Balthasar y Adrienne von Speyr, que me han ayudado enormemente a integrar la herencia de la gran tradición, en una visión dramática de la relación entre el mundo y el Dios trinitario. Su contribución, que yo apenas he rozado, todavía aportará muchos frutos en la Iglesia, sobre todo a causa de su inteligencia del misterio pascual, de su ahondamiento cristológico de los objetivos últimos y su mensaje sobre la naturaleza misma de la teología y sobre la relación íntima con la santidad de la vida y las exigencias de la razón.

La obra de don Giussani testimonia, a su modo, la misma realidad cristiana, añadiendo a la intuición mística y al rigor racional, el arte del pedagogo que educa, que educa introduciendo realmente al otro a la realidad y a la vida del Verbo encarnado. El sentido religioso que propone, con notable elocuencia, supone las tres dimensiones del testimonio, del cual von Balthasar ha hecho el análisis magistral en su trilogía. Ante todo una sorpresa, que lleva al estupor contemplativo, el momento de la – Estética - Gloria, una estética teológica -; luego el compromiso de la persona en Cristo, en la misión que responde al compromiso de Dios con relación a nosotros, es el momento del drama - Teodramática -; en fin la inteligencia, la profundidad del misterio, traducida en fórmulas renovadas que brotan, que manan de una sumisión probada por su mismo carisma, a la obediencia eclesial, es el momento de la lógica - Teológica -.

Más que sabios enormemente respetados en el crepúsculo de una civilización, estos grandes maestros cristianos son centinelas de la aurora que anuncian el retorno, el retorno del sol de Justicia. No atraen a discípulos con la retórica, o con fuegos artificiales, sino los atraen con la luz pura de Cristo que hacía cantar a San Policarpo en la vía del martirio: “Ven hacia el Padre”.
Olvidando el camino recorrido, yo continúo mi camino para tratar de aferrar, habiendo, yo mismo, ya sido aferrado por Cristo Jesús. Al final del recorrido que ha sido presentado, y a la luz del horizonte de sentido que mantiene su progresar, quiero remarcar - terminando - mi esperanza en Aquel que es: “El jefe, autor y perfeccionador de la fe, Jesús, el cual en lugar de la gloria que se proponía, se sometió a la cruz, desdeñando la infamia, y se sienta a la derecha del trono de Dios” - Carta a los Hebreos 12,2 -. El sentido religioso completo, pleno, de la existencia de la cual he hecho la experiencia, me arrastra en una carrera hacia Jesús, de la que cada etapa está llena de sentido, porque da el “Todo en el fragmento”, da Cristo, cuyo término no tiene fin, porque se abre al Misterio de Dios, cada vez más grande. Esta carrera va hacia un objetivo que no es buscado ante todo por sí mismo, sino por Él y en comunión con todos los que llama a compartir su Gloria. “Y cuando todo le haya sido sometido, también él, el Hijo, será sometido a Aquel que le ha sometido cada cosa, para que Dios sea todo en todos”. - Primera Carta a los Corintios 15, 28 -.

Si la búsqueda y el servicio del sentido religioso de la vida me han llevado al sacerdocio, luego a la formación de los sacerdotes, a la enseñanza teológica del matrimonio y de la familia, al ecumenismo y luego al anuncio de la libertad cristiana a una cultura secularizada, ha sido precisamente para testimoniar al Señor Jesucristo, este Nombre por encima de cualquier otro nombre, que revela el Padre y comunica el Espíritu a la entera humanidad. El sentido religioso de la vida se ha ahondado, para mí, pasando de la metafísica al Drama divino, a través de sucesivas integraciones de mi existencia en el testimonio del amor trinitario. Desde este punto de vista, yo creo que los cristianos sean interpelados, sean llamados a convertir continuamente su deseo de Dios en servicio de Dios, porque quiere, con su ayuda y para la gloria eterna, una beatitud compartida, quiere ser todo en todos.

Si el siglo XXI es llamado a ser intensamente religioso o a no ser, creo que lo será a través de la fuerza de una nueva evangelización, basada en el testimonio de unidad y amor de los cristianos, conscientes de “dar hasta las extremas consecuencias” como su maestro y Señor, para el servicio de la suprema Gloria de Dios. Este testimonio no es cierto el ideal de una elite, sino un don ofrecido a todos los cristianos, en su vida cotidiana como miembros de una familia o como participantes de una comunidad eclesial. Este testimonio personal y eclesial despliega concretamente la misión sacramental de la Iglesia, hasta llegar a las expresiones más bellas y más originales como este gran fórum, esta gran asamblea, que hace crecer la unidad y la paz entre los pueblos. ¡Larga vida al Meeting de Rímini!

Moderador:
Gracias Eminencia por esta ponencia profunda y personal sobre el sentido religioso en el mundo occidental.
Usted, Cardinal Ouellet, nos ha hecho ver cómo su búsqueda del sentido religioso, y querría también decir su servicio al sentido religioso, no ha sido abstraída, sino más bien es vivida dentro de una historia, dentro de un camino, dentro de una relación con verdaderos maestros, que lo ha llevado al encuentro con Cristo, a la misión y por lo tanto al don de sí mismo en su vocación al sacerdocio y luego al episcopado.
Me hace pensar que un afirmar la religiosidad de modo abstracto, es decir como simple necesidad del hombre y sin un tú que está de frente, y por lo tanto irracional y estéril, como parece haberse casi convertido en la moda en el mundo occidental, refleja la presunción de haber ya llegado, mientras que el tender a la meta es señal de una relación continua con el buen rostro del Misterio, como se presenta a nosotros en cualquier circunstancia. Un buen rostro que tiene un nombre, y que nos ha elegido.
De nuevo gracias y buena continuación del Meeting para todos.

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