El sentimiento de las cosas, la contemplación de la belleza
autor: Joseph Ratzinger
fecha: 2002-08-18
fuente: Il sentimento delle cose, la contemplazione della bellezza
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Il sentimento delle cose, la contemplazione della bellezza", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "El sentimiento de las cosas, la contemplación de la belleza")

Cada año, en la Liturgia de las Horas del Tiempo de Cuaresma, me impacta de nuevo una paradoja que se encuentra en las Vísperas del lunes de la segunda semana del Salterio. Aquí, la una junto a la otra, hay dos antífonas, una para el Tiempo de Cuaresma, la otra para la Semana Santa. Ambas introducen el Salmo 44, pero adelantan una clave interpretativa completamente contrapuesta. Es el Salmo que describe las bodas del Rey, su belleza, sus virtudes, su misión, y luego se transforma en una exaltación de la esposa. En el Tiempo de Cuaresma el salmo tiene por marco la misma antífona que es utilizada por todo el restante período del año. Es el tercer versículo del salmo que recita: "Tú eres el más bello entre los hijos del hombre, sobre tus labios es difundida la gracia."
Es claro que la Iglesia lee este salmo como representación poético-profética de la relación nupcial de Cristo con la Iglesia. Reconoce a Cristo como el más bello entre los hombres; la gracia difundida sobre sus labios indica la belleza interior de Su palabra, la gloria de Su anuncio. Así, no es simplemente la belleza exterior de la aparición del Redentor la que se glorifica: en Él aparece más bien la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo que nos atrae a sí y al mismo tiempo nos procura la herida del amor, la santa pasión (eros) que nos hace ir al encuentro, junto a la Iglesia y en la Iglesia Esposa, al Amor que nos llama. Pero el miércoles (¿lunes?) de la Semana Santa la Iglesia cambia la antífona y nos invita a leer el Salmo a la luz de Is 53,2: "No tiene belleza ni apariencia; lo hemos visto: un rostro desfigurado por el dolor". ¿Cómo se entiende esto? El “más bello entre los hombres" es mísero de aspecto tanto que no se le quiere mirar. Pilato lo presenta a la muchedumbre diciendo: - "Ecce homo" para suscitar piedad para el hombre turbado y golpeado al cual no ha quedado alguna belleza exterior. Agustín, que en su juventud escribió un libro sobre lo bello y sobre lo conveniente y que apreciaba la belleza en las palabras, en la música, en las artes figurativas, percibió muy fuertemente esta paradoja y se da cuenta que en este paso la gran filosofía griega de lo bello no venía simplemente expelida, sino más bien puesta dramáticamente en discusión: se tendría nuevamente que discutir y experimentar qué cosa sea bello, qué cosa significa la belleza.

Refiriéndose a la paradoja contenida en estos textos él hablaba de "dos trompetas" que suenan contrapuestas y todavía reciben sus sonidos del mismo soplo, del mismo Espíritu. Él sabía que la paradoja es una contraposición pero no una contradicción. Ambas citas provienen del mismo Espíritu que inspira toda la Escritura, en la cual pero suena en ella con notas diferentes y, precisamente en este modo, nos pone frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma. Del texto de Isaías emana ante todo la cuestión, de la cual se han ocupado los Padres de la Iglesia, si Cristo pues fuera bello o bien no. Aquí se esconde la cuestión más radical si la belleza sea verdadera, o si no sea más bien la fealdad la que nos conduce a la profunda verdad de lo real. Quien cree en Dios, en el Dios que se ha manifestado justo en la apariencia alterada de Cristo crucificado como amor "hasta el final" (Jn 13,1) sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo doliente él también aprende que la belleza de la verdad comprende ofensa, dolor y, sí, también el oscuro misterio de la muerte, y que ella puede ser sólo encontrada en la aceptación del dolor, y no en el ignorarlo.

Una primera conciencia del hecho de que la belleza tenga que ver hasta con el dolor está sin duda presente también en el mundo griego. Pensemos, por ejemplo, en el Fedro de Platón. Platón considera el encuentro con la belleza como aquel disturbo emotivo saludable que hace salir al hombre de sí mismo, lo "entusiasma" atrayéndolo hacia otra cosa de sí. El hombre, así dice Platón, ha perdido la perfección del Origen, tal como la concebía él. Ahora él esta perennemente a la búsqueda de la forma primigenia sanadora. Recuerdo y nostalgia lo inducen a la búsqueda, y la belleza lo arranca fuera de la comodidad cotidiana. Lo hace sufrir. Nosotros podríamos decir, en sentido platónico, que la flecha de la nostalgia golpea al hombre, lo hiere y justo de tal modo le pone las alas, lo eleva hacia lo alto. En el discurso de Aristófanes en el Simposio se afirma que los amantes no saben lo que realmente quieren el uno del otro. Es al contrario evidente que las almas de ambos están sedientas de otra cosa que no sea el placer amoroso. Esto "otro" pero el alma no logra expresarlo, "tiene sólo una vaga percepción de lo que realmente ella quiere y se habla a si misma como un enigma". En el siglo XIV, en el libro sobre la vida de Cristo del teólogo bizantino Nicolás Kabasilas se encuentra esta experiencia de Platón, en la cual el objeto último de la nostalgia continúa quedando sin nombre, transformado por la nueva experiencia cristiana.
Kabasilas afirma: "Hombres que tienen en sí un deseo así potente que supera su naturaleza, y ellos anhelan y desean más de cuanto al hombre le sea consentido aspirar, estos hombres han sido golpeados por el Esposo mismo; Él mismo ha enviado a sus ojos un rayo ardiente de su belleza. La amplitud de la herida ya revela cuál sea la flecha y la intensidad del deseo deja intuir Quién sea aquel que ha disparado el dardo."
La belleza hiere, pero precisamente así ella vuelve a llamar al hombre a su Destino último. Esto que afirma Platón y, más de 1500 años después, Kabasilas, no tiene nada que ver con el estetismo superficial y con el irracionalismo, con la fuga de la claridad y de la importancia de la razón. Belleza es conocimiento, ciertamente, una forma superior de conocimiento porque golpea al hombre con toda la grandeza de la verdad. En esto Kabasilas ha quedado enteramente griego, en cuanto él pone el conocimiento al inicio. "El Origen del amor es el conocimiento - él afirma - el conocimiento genera amor". Ocasionalmente - así prosigue - el conocimiento podría ser tan fuerte que procura al mismo tiempo el efecto de un filtro de amor". Él no deja esta afirmación en términos generales. Como es característico de su pensamiento riguroso, él distingue dos tipos de conocimiento: el conocimiento a través de la instrucción que queda conocimiento, por así decir, "de segunda mano" y no implica algún contacto directo con la realidad misma. El segundo tipo, al contrario, es conocimiento a través de la propia experiencia, a través de la relación con las cosas. "Por lo tanto, hasta que nosotros no hemos hecho experiencia de un ser concreto, no amamos el objeto tal como debería ser amado."

El verdadero conocimiento es haber sido golpeados por el dardo de la Belleza que hiere al hombre, ser tocados por la realidad, "por la personal Presencia del mismo Cristo" como él dice. El ser golpeados y conquistados a través de la belleza de Cristo es conocimiento más real y más profundo que la mera deducción racional. No debemos cierto subestimar el significado de la reflexión teológica, del pensamiento teológico exacto y riguroso: ello queda absolutamente necesario. Pero de aquí, desdeñar o rechazar el golpe provocado por la correspondencia del corazón en el encuentro con la belleza como verdadera forma del conocimiento, nos empobrece y vuelve árida la fe, así como la teología. Nosotros debemos hallar esta forma de conocimiento, es una exigencia apremiante de nuestro tiempo.

A partir de esta concepción Hans Urs von Balthasar ha edificado su Opus magnum de la Estética teológica, de la cual muchos detalles han sido recibidos en el trabajo teológico, mientras su impostación de fondo, que constituye verdaderamente el elemento esencial del todo, no ha sido acogida para nada. Esto no es simplemente sólo, o mejor, no es principalmente un problema de la teología, sino también de la pastoral que debe nuevamente favorecer el encuentro del hombre con la belleza de la fe. Los argumentos a menudo caen en el vacío porque en nuestro mundo demasiadas argumentaciones contrapuestas concurren las unas con las otras, tanto que al hombre viene espontáneo el pensamiento, que los teólogos medievales habían así formulado: la razón "tiene una nariz de cera" o sea ésta se puede dirigida, si sólo somos bastante hábiles, en las más variadas direcciones. Todo es así juicioso, así convincente, ¿de quién debemos fiarnos? El encuentro con la belleza puede convertirse en el golpe del dardo que hiere al ánima y en este modo le abre los ojos, tanto que ahora el alma, a partir de la experiencia, tiene criterios de juicio y está también en grado de evaluar correctamente los argumentos. Queda para mí una experiencia inolvidable el Concierto de Bach dirigido por Leonard Bernstein en Mónaco de Baviera después de la precoz desaparición de Karl Richter. Estaba sentado al lado del obispo evangélico Hanselmann. Cuando la última nota de uno de las grandes Thomas-Kantor-Kantaten se apagó triunfalmente, volvimos espontáneamente la mirada el uno al otro e igual espontáneamente nos dijimos: "Quien ha escuchado esto, sabe que la fe es verdadera". En aquella música era perceptible una fuerza talmente extraordinaria de Realidad presente que uno se da cuenta, no más a través de deducciones, sino a través del choque del corazón, que eso no podía tener origen de la nada, sino podía nacer sólo gracias a la fuerza de la Verdad que se actualiza en la inspiración del compositor. ¿Y no es la misma cosa quizás evidente cuando nos dejamos conmover del icono de la Trinidad de Rublëv? En el arte de los iconos, como también en las grandes obras pictóricas occidentales del románico y del gótico, la experiencia descrita por Kabasilas, partiendo de la interioridad, se ha hecho visible y participable. Pavel Evdokimov ha indicado de manera tan intensa cuál recorrido interior presuponga el icono. El icono no es simplemente la reproducción de lo que es perceptible con los sentidos, sino más bien presupone, como él afirma, un "ayuno de la vista". La percepción interior debe librarse de la mera impresión de los sentidos y en ruego y ascesis adquirir una nueva, más profunda capacidad de ver, cumplir el pasaje desde lo que es meramente exterior hacia la profundidad de la realidad, de modo que el artista vea lo que los sentidos en cuanto tales no ven y lo que aún en lo sensible aparece: el esplendor de la gloria de Dios, la "gloria de Dios sobre el rostro de Cristo" (2 Cor 4,6). Admirar los iconos, y en general los grandes cuadros del arte cristiano, nos conducen por una vía interior, una vía de la superación de sí y por lo tanto, en esta purificación de la mirada, que es una purificación del corazón, nos revela la Belleza, o al menos un rayo de ella.

Precisamente así ella nos pone en relación con la fuerza de la verdad. Yo a menudo he afirmado ya ésta convicción mía que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad, contra cada negación, son por un lado los Santos, por el otro la belleza que la fe ha generado. Para que hoy la fe pueda crecer, debemos conducir nosotros mismos y los hombres con los cuales nos topamos a encontrar a los Santos, a entrar en contacto con lo Bello.

Ahora pero debemos todavía responder a una objeción. Ya hemos rechazado la afirmación según la cual lo que hemos sostenido hasta ahora sería una fuga en lo irracional, en el mero estetismo. Es verdadero más bien lo opuesto: justo así la razón viene liberada de su entorpecimiento y la rinde capaz de acción. Mayor peso tiene hoy otra objeción: el mensaje de la belleza viene puesto completamente en duda a través del poder de la mentira, de la seducción, de la violencia, del mal. ¿Puede ser auténtica la belleza, o bien, al final, no es sino una ilusión? ¿La realidad no es quizás en el fondo maldad? El miedo de que, al final, no sea la flecha de lo bello que nos conduce a la verdad, sino que la mentira, lo que es feo y vulgar constituyan la verdadera "realidad" ha angustiado a los hombres en todos los tiempos. En el presente ha encontrado expresión en la afirmación según la cual después de Auschwitz no se habría podido hacer más poesía, después de Auschwitz no se habría podido hablar más de un Dios bueno. Se pregunta: ¿dónde estaba Dios cuando funcionaban los hornos crematorios? Ahora esta objeción, por la cual existían motivos suficientes todavía antes de Auschwitz, en todas las atrocidades de la historia, indica en cada caso que un concepto puramente armonioso de belleza no es suficiente. No resiste la comparación con la gravedad del poner en tela de juicio a Dios, a la verdad, a la belleza. Apolo, que para el Sócrates de Platón era "el Dios" y el garante de la imperturbada belleza como "el verdaderamente divino", ya no basta absolutamente. En este modo volvemos a las "dos trompetas" de la Biblia de las cuales habíamos partido, a la paradoja por la cual de Cristo se pueda decir sea "Tú eres el más bello entre los hijos del hombre", sea "no tiene apariencia ni belleza…… su rostro está desfigurado por el dolor". En la pasión de Cristo la estética griega, así digna de admiración por su presentido contacto con lo divino, que aún le queda indecible, no se remueve, sino se supera. La experiencia de lo bello ha recibido una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado golpear en el rostro, escupir encima, coronar de espinas - el Sagrado Sudario de Turín puede hacernos imaginar todo esto de manera tocante. Pero justo en este rostro así desfigurado aparece la auténtica, extrema belleza: la belleza del amor que llega "hasta el final" y que, precisamente en esto, se revela más fuerte que la mentira y que la violencia. Quien ha percibido esta belleza sabe que justo la verdad y no la mentira, es la última instancia del mundo. No la mentira es "verdad", sino justo la Verdad. Es por así decir un nuevo truco de la mentira presentarse como "verdad" y decirnos: más allá de mí no hay en el fondo nada, dejen de buscar la verdad o hasta de amarla; haciendo así están sobre la vía equivocada. El icono de Cristo crucificado nos libera de este engaño hoy difundido.

Todavía ella pone como condición que nosotros nos dejemos herir junto a él y creamos en el amor, que puede arriesgar de deponer la belleza exterior para anunciar, precisamente de este modo, la verdad de la Belleza.
La mentira conoce de todas formas también otra truco: la belleza mendaz, falsa, una belleza deslumbrante que no hace salir a los hombres de sí para abrirlos en el éxtasis del elevarse hacia lo alto, sino los aprisiona totalmente en sí mismos. Es aquella belleza que no despierta la nostalgia por lo indecible, la disponibilidad a la oferta, al abandono de sí, sino despierta el anhelo, la voluntad de poder, de posesión, del placer. Es aquel tipo de experiencia de la belleza de la cual el Génesis habla en el relato del pecado original: Eva vio que el fruto del árbol era "bello" para comer y era "agradable al ojo". La belleza, así como hace experiencia de esa, despierta en ella la gana de la posesión, la hace doblegarse por así decir sobre ella misma. ¿Quién no reconocería, por ejemplo en la publicidad, aquéllas imágenes que con extrema habilidad son hechas para tentar irresistiblemente al hombre a apoderarse de cada cosa, a buscar la satisfacción del momento en vez de abrirse a otro de si? Así el arte cristiano se encuentra hoy, (y quizás ya desde siempre) entre dos fuegos: debe oponerse al culto de lo feo el cual nos dice que cada cosa, cada belleza es engaño y sólo la representación de cuanto es cruel, bajo, vulgar, sería la verdad y la verdadera iluminación del conocimiento. Y debe contrastar la belleza mendaz que vuelve al hombre más pequeño, en vez de volverlo grande y que, propio por esto, es mentira.
Quién no ha conocido la muy citada frase de Dostoevskij: "¿La Belleza nos salvará"? Nos olvidamos pero en la mayor parte de los casos de recordar que Dostoevskij entiende aquí la belleza redentora de Cristo. Debemos aprender a verLo. Si nosotros Lo conocemos ya no sólo de palabras sino venimos golpeados por la flecha de su paradójica belleza, entonces hacemos verdaderamente Su conocimiento y sabemos de Él no sólo porque otros nos han hablado. Por lo tanto hemos encontrado la belleza de la Verdad, de la Verdad redentora. Nada nos puede llevar más al contacto con la belleza del mismo Cristo que el mundo de lo bello creado por la fe y la luz que resplandece sobre el rostro de los Santos, a través de la cual se hace visible Su misma Luz.

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