El soplo de Dios sobre el darwinismo
autor: Alessandro Finazzi Agrò
fecha: 2009-07-02
fuente: Il soffio di Dio sul darwinismo

"La creación misma espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios; la creación en efecto fue sometida a la caducidad – no por voluntad suya, sino de quien la sometió – y nutre la esperanza de ser, incluso ella, liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios".

Esta frase de la carta de san Pablo a los Romanos (8,19 - 21) es sugestivamente evocadora de un futuro que implicará no sólo a los “hijos de Dios” sino también a cada otro ser y cada realidad de la Creación. Es ésta una perspectiva completamente antitética respecto a las previsiones de disolución de la materia en el vacío cósmico al que el aumento indefinido de la entropía, es decir del desorden que se acompaña a cada transformación espontánea, debería conducir inexorablemente el entero universo. Y es precisamente el contraste entre orden y desorden, caos y cosmos, casualidad y finalidad, la eterna batalla ideológica que contrapone los creyentes a los escépticos desde la antigüedad. El paso del tiempo ha cambiado solamente el terreno y los argumentos del choque, pero lo que más caracteriza hoy el debate es la desproporción de las fuerzas en las dos formaciones. En efecto, mientras el frente de los agnósticos es relativamente compacto, aguerrido ideológicamente y dueño de gran parte de los medios de comunicación, el frente religioso es fragmentado, a menudo ignorante de las propias razones y de las razones de los demás, o bien temeroso de no aparecer suficientemente moderno o en todo caso de no saber corresponder a los cambios cada vez más rápidos de las condiciones sociales. Desde los tiempos de Demócrito, "que el mundo pone al azar”, y de su teoría atomística, una radical concepción materialista del mundo y de su realidad ha estado presente en el pensamiento científico, pero únicamente circulan en estrechos ámbitos intelectuales.

Tal situación se ha prolongado más o menos inalterada en el mundo occidental hasta el siglo XVIII, cuando el interés por las ciencias ha empezado a implicar a estratos cada vez más numerosos de la población. Pronto la brecha entre realidades reveladas, y transmitidas por las Escrituras y las teorías científicas se ha hecho cada vez más amplia, a partir de la demostración del heliocentrismo de parte de Copérnico y Galileo. El proceso a Galileo, aferrado hoy como un arma por el frente cientificista para demostrar una presunta actitud obscurantista, arrogante y prevaricadora de la Iglesia, se desarrolló en realidad de forma muy diferente respecto a lo que se ha divulgado. El Siglo de las luces señala el comienzo de la ruptura definitiva entre el cientificismo y las religiones: los grandes físicos y matemáticos del 1700 poco a poco, y algunos con dolor, empiezan a minar las bases de la interpretación literal de la Biblia y del relato de la creación.

La ruptura se hace definitiva entre el final del 1700 y principios del 1800 con los grandes descubrimientos de la química y con la Revolución francesa, que deifica la Razón contraponiéndola a la Fe. En el siglo 1800 las doctrinas materialistas se afirman en toda Europa prometiendo un nuevo período de progreso, igualdad y felicidad para todos: se proponen las "magníficas suertes progresivas" en donde el hombre es árbitro y fin de cada cosa. El siglo 1900 se caracterizó por el gran avance de la física y de sus aplicaciones tecnológicas, también las más terribles como las armas atómicas. Los puntos firmes de la física clásica fueron sacudidos por la introducción de la física cuántica y por sus consecuencias lógicas, como el principio de indeterminación llevado hasta la célebre paradoja del gato de Schrödinger que sería al mismo tiempo vivo y muerto.

Pero justo el más grande protagonista de la revolución conceptual de la física, Albert Einstein, hebreo creyente, afirmó: "Dios no juega a dados", no pudiendo aceptar que el Universo se haya formado por una serie de acontecimientos casuales. Siempre en el 1800 pero fue avanzada la teoría que más que cada otra está a la base de la actual visión antropológica, es decir aquella propugnada por Charles Darwin, a la vuelta de su famoso viaje a las islas Galápagos: la teoría de la evolución de las especies.

Esta teoría, aunque haya padecido y siga padeciendo innumerables modificaciones, es la que más incide en la actual visión del mundo: el hombre ya no es el ser creado por Dios a su imagen y semejanza, sino es sólo una de las posibles ramificaciones del árbol evolutivo, ni tampoco, como había pensado Darwin, la más perfecta. No hay duda que las consecuencias más radicales de tal teoría sean la base de muchas de las manifestaciones actuales, de la infravaloración de la vida humana respecto al integralismo animalista; hace falta pero afirmar con fuerza que la teoría de la evolución en sí no está en contraste con las religiones positivas, sino sólo con una interpretación literal de los textos sagrados.

Paradójicamente los mejores aliados de los darwinistas más acalorados como Richard Dawkins son precisamente los sostenedores acríticos de la letra de las Escrituras. Sin embargo es necesario destacar que la teoría de la evolución, sostenida hoy por muchas evidencias experimentales, es siempre una teoría y, como todas las teorías científicas, no solo puede, sino debe, ser discutida para analizar continuamente su validez: esta misma teoría es hoy muy diferente respecto a la de su formulación original. Además, las más recientes tentativas para explicar la profunda diferencia existente entre el hombre y su más próximo ser viviente, el chimpancé, buscando en éste los indicios de los comportamientos humanos – del pensamiento complejo, del lenguaje, de la moral – dan resultados muy discutibles, como es reconocido por los más convencidos partidarios del darwinismo. Mientras tanto continúa la caza de los restos fósiles para establecer, si y cómo en el pasado se ha llegado al supuesto proceso evolutivo de la hominización: es decir, si es posible encontrar una continuidad de especie entre los grandes primates y el hombre.

¿Por qué no aceptar que el “polvo” utilizado por Dios para formar al hombre, como se describe en el Génesis, pueda indicar a un primate? Es el soplo divino el que establece un surco insuperable entre nosotros y los otros seres vivientes, que justo a causa de las semejanzas morfológicas y bioquímicas tenemos que tratar con respeto en el ámbito de una ecología cristiana como Benedicto XVI enseña.

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