El trabajo, la experiencia del yo en acción
autor: Giorgio Vittadini
fecha: 2009-11-13
fuente: Il lavoro: l’esperienza dell’io in azione
traducción: María Eugenia Flores Luna

Mi contribución se basa en el libro El yo, el poder, las obras, en el que don Luigi Giussani afirma: «… el trabajo es la expresión total de la persona […] en cuanto el hombre es relación con el infinito, con lo eterno, con el Misterio, […] entonces el trabajo afecta realmente a todas las expresiones de la persona. Se llama trabajo todo lo que expresa la persona como relación con el infinito. Porque para el albañil o el minero los gestos que hacen, poniendo un ladrillo o abriendo una galería, son relación con Dios: por eso tienen que ser respetados, por eso también tienen que ser objeto de justicia real y amor, y por lo tanto de ayuda» (L. Giussani, El yo, el poder, las obras, Marietti, Génova 2000, p. 65 – Ediciones Encuentro, Madrid 2000). Eso significa que no se puede ser alienados contra la propia voluntad: si un hombre es él mismo hasta el final, y es movido por el deseo de verdad, de justicia y de belleza, trabajando tiene modo de expresar su personalidad y de aceptar las circunstancias en que se encuentra, en cualquier condición se encuentre. Se trabaja para transformar la realidad, para hacerla más cercana al deseo que nos constituye en lo profundo. El primer punto que hay que evidenciar es pues que es posible expresar la propia personalidad en el trabajo en la medida en que no se reduce el propio deseo, sino se lo pone en juego; haciendo así, en cualquier condición se encuentre a laborar, será capaz de ponerse en relación con la realidad viviéndola como signo de una definitiva positividad. Eso se vuelve verdad sobre todo para quien vive la experiencia cristiana, y reconoce en la realidad la presencia de Dios que se ha hecho carne y, a través de la Ascensión, habitar en las circunstancias; al menos como punto de inicio sin embargo es una experiencia posible para quienquiera. Un hombre vive una alienación en la medida en que reduce su deseo. Y eso generalmente ocurre en dos modos. El primero cuando se reduce el valor del trabajo a la sola carrera, es decir al logro de una posición de prestigio y poder, no como instrumento para una transformación más eficaz de la realidad, sino como fin en sí mismo. La otra modalidad de alienación es confundir una sacrosanta exigencia de estabilidad, con una idea de ocupación como derecho que uno pretende prescindiendo de todo. Todo esto indica con claridad los límites sea de la mentalidad liberalista que de aquella marxista: la alienación es hija de la falta de significado, no de las condiciones en las que se encuentra. Los momentos de dificultad y crisis, en todas las posiciones del trabajo (dependiente, operario manual, empresarial…) pueden ser sólo superados viviendo hasta el final lo que don Giussani llama “sentido religioso”: la pasión para vivir un significado en cualquier circunstancia se encuentre. El primer punto de cambio es una idea de sí mismo como algo más grande que los condicionamientos impuestos por el sistema.
El profesor Marco Martini decía que los límites del desarrollo económico, en teoría, ya habrían sido alcanzados en el Setecientos, tanto es verdad que se han desarrollado teorías como aquella de Malthus sobre el fin del desarrollo, pero que ha sido un "nuevo inicio” en el sujeto humano para permitir superar estos límites, generando nuevo desarrollo y nuevos recursos. Cada concepción mecanicista que describe un sistema de modo estático necesariamente es limitado: el sujeto que es protagonista del trabajo es cada vez más grande que las capacidades del sistema mismo. Eso no significa no tener en cuenta (como el Papa también afirma) sus límites: sobre la cuestión del ambiente, por ejemplo, es un sujeto alienado por él mismo aquel que destruye sin criterio los recursos del planeta. Es sin embargo un problema que no puede ser solucionado simplemente por la inserción de nuevas reglas, sino sólo por un sujeto humano equilibrado, consciente de la escasez de los recursos y de la necesidad de distribuirlos de modo ecuánime.

Educar a las personas para la búsqueda de un significado

La cuestión más urgente es educar pues a las personas para la búsqueda de un significado, guiando la experiencia elemental presente en cada uno para tener una mirada que tenga en cuenta todos los factores. Aún antes que la instrucción aquella que falta es la educación. En los primeros capítulos de El sentido religioso don Giussani, afrontando el tema del realismo, de la razonabilidad y de la moralidad, afirma que ser morales y adecuados a la realidad significa desarrollar de modo equilibrado todos los aspectos de la propia personalidad. El trabajo es el punto donde viene a la luz esta falta de equilibrio, porque es casi inevitable centrarse sobre un aspecto parcial. Hay una falta de educación para tener en cuenta todos los factores, por lo que o se sacrifica todo por la carrera o bien se persigue la utopía de un abstracto derecho a la ocupación, y si no hay trabajo se trata de asegurar artificialmente la presencia de condiciones en las que uno se ilusiona de trabajar.
La educación valoriza todos los aspectos del sujeto humano en términos equilibrados, pero no puede realizarse en soledad, como don Giussani recordaba en su intervención en Assago en 1987 (en El yo, el poder, las obras, cit.), señalando movimientos, lugares, realidad que permitan una experiencia de este tipo. De otro modo la alternativa es volver a las teorías de Hobbes y Smith, por lo que, puesto que el hombre no es capaz de superar los propios límites, hace falta organizar el trabajo de modo coercitivo, o bien desarrollar un sistema social egoísta en el que el desarrollo general es asegurado por pocos en detrimento de muchos, como se escucha en este momento de crisis en que se habla de un desarrollo sin ocupación.
Hacen falta pues movimientos, realidades sociales y asociativas donde esta educación al significado de lo que se hace venga continuamente tomada en cuenta, y donde el “yo”, que no es sustituible, sea puesto en condición de expresarse. Eso también es posible en una pequeña realidad empresarial que, sin confundir paternalísticamente los roles, puede ser un lugar donde sea asegurada una educación al trabajo, y donde realidades asociativas de empresa o realidades sindicales aseguren, con modalidades diferentes, también en dialéctica entre ellos, la permanencia de muchos aspectos fundamentales a los que las personas sean reclamadas. Otros lugares como la familia, la escuela y otras realidades educativas como la Iglesia, educando a un significado general, enseñan también a afrontar el trabajo de modo particular. También por lo que concierne al incremento del capital humano, además de la enseñanza de un trabajo, es fundamental todo lo que puede valorizar la iniciativa del “yo”, que se reflejará también luego sobre el trabajo. Resumiendo, los primeros dos puntos que hemos tratado son, ante todo, la irreductibilidad del “yo” como cuestión de significado, no alienable contra su voluntad, y luego la necesidad de lugares de educación en que las personas tengan la posibilidad de expresarse.

A cada uno su trabajo

El tercer postulado se puede resumir con la expresión «a cada uno su trabajo»: el objetivo de un sistema del trabajo es que cada uno pueda tener su empleo. Nosotros no podremos concebir nunca un sistema como aquel de los kulaki rusos, en que una parte de la población ha sido dejada enriquecer para luego ser masacrada, de modo de hacer crecer el bienestar colectivo, porque el objetivo de una actividad económica es que cada “yo”, único e irrepetible, que se asoma sólo una vez a la escena del mundo, pueda estar mejor expresando sus potencialidades. Cualquier motivo que subordine a un proyecto abstracto el breve período de la vida de un hombre no es tolerable, como no puede serlo concebir tranquilamente la desocupación como un aspecto normal de un sistema que crece. Sobre este punto don Giussani ha escrito páginas inolvidables, en que afirma la necesidad fundamental de que todos trabajen para que todos puedan expresar su personalidad.
Esto comporta algunas consecuencias. En primer lugar hace falta evitar el maniqueísmo, presente también en el mundo católico, por lo que de una parte se afirma la necesidad de crear trabajo, y de lo otra se estigmatiza el hecho de que alguien dé vida a empresas que creen riqueza y ocupación. El trabajo no es algo que puede ser inventado por el Estado, hace falta una capacidad empresarial que sepa crear riqueza en un País. Según la concepción propia de un cierto mundo sindical y de cierto mundo católico, el problema de la distribución de los recursos y de la ocupación es afrontado prescindiendo del tema del desarrollo, mientras que es ante todo indispensable que haya alguien que invierta y cree riqueza. Al mismo tiempo, si el trabajo es condición de la expresión del “yo”, en cada situación laboral tienen que ser garantizadas condiciones de justicia que eviten todo tipo de explotación.
El desarrollo y la justicia social son dos aspectos estrechamente conexos, y éste es un tema que nos hace polemizar con respecto a las concepciones más conocidas, y que se enlaza al eslogan acuñado hace muchos años por el profesor Martini: «desde el puesto hasta el recorrido».
Si es verdad que el problema es crear riqueza, el paso «desde el puesto hasta el recorrido» es deseable, porque cumpliendo un camino se tiene la posibilidad de mejorar, de aumentar la propia capacidad de crear trabajo y de responder a la exigencia de ocupación. Este eslogan no implica necesariamente el recurso a los trabajadores precarios, sino en todo caso puede ser muy bien conjugado con la estabilidad, porque la necesidad de una pequeña y mediana empresa no es de tener gente que va y viene, puesto que su valor adjunto, en el largo período, está conectado precisamente a su estabilidad.
De otra parte, luchar contra la inestabilidad no significa sustentar una política igualitaria donde sueldos, salarios y títulos no están ligados a capacidades personales y productividad, como desafortunadamente sucede, por ejemplo, en el mundo de la escuela. ¿No es extraño que en la nueva reforma universitaria haya de todo excepto la idea de premiar el mérito? Las universidades extranjeras funcionan como los equipos de futbol, se acaparan a los mejores profesores, diferenciando los sueldos, para estimular la excelencia. Eso en nosotros es inconcebible, como incluso falta totalmente la idea de una educación permanente. Toda la clase dirigente americana, incluidos los profesores, vuelve a la universidad hacia los treinta años, después de haber efectuado cierto trayecto profesional porque el aprendizaje continuo es considerado un elemento fundamental. En cambio nuestro sistema educativo hace que el 98% de los italianos terminen su formación después de los años de la universidad. Además, es absurdo que la formación de alto nivel sea confiada a los sindicatos y a la Confindustria (Unión Patronal), y no a las universidades, que deberían administrar de la mejor manera este segmento de la formación, utilizando recursos que yacen inutilizados.

Prever itinerarios alternativos

Hay pero un ulterior paso: no todos pueden cumplir un recorrido, porque las condiciones personales y sociales no son iguales para todos, y no reconocerlo quiere decir pretender eliminar la diversidad humana. Hagamos ejemplos: hay jóvenes que fatigan para entrar no sólo en el mundo del trabajo y no siempre porque no tienen ganas, sino porque no tienen las capacidades. Hay gente que es obligada a salir del mercado del trabajo a los cincuenta años, porque una multinacional cuando uno cuesta mucho y ya no tiene el dinamismo de antes, tendencialmente lo elimina; reinsertarse al mismo nivel es imposible, pero no son ofrecidos mercados alternativos. El mercado del trabajo tiene que prever puestos que no pueden ser cubiertos, a partir de las características de las personas, sin terminar en el proteccionismo. El mundo del sin fines de lucro podría ser un mercado alternativo para ex manager que, excluidos a los cincuenta años del mercado del trabajo, evidentemente no ganarían más lo que ganaron antes, pero tendrían la posibilidad de emprender carreras alternativas; o bien haría falta prever empleos dirigidos a gente con falta de instrucción, de capacidad o de competencias. La atención a quien no logra introducirse corrige el discurso «desde el puesto hasta el recorrido», porque, si el valor fundamental es la persona, hace falta también prever trayectos alternativos.
El último aspecto que quiero subrayar es que las políticas activas del mercado del trabajo tienen que ser flexibles, inteligentes, creativas, continuamente modificables según el tipo de exigencias que se encuentren. El trayecto emprendido hace años que también consideraba el trabajo interino como parte de un mercado del trabajo concebido como único, en que cada uno puede encontrar un puesto, también recalificándose, es una cuestión fundamental, que se impacta armoniosamente con el hecho que hoy, para asegurar a todos un empleo (permitiendo que alguien llegue a la cumbre, pero que todos los demás puedan vivir), hace falta prever un sistema de instrumentos lo más posible variegados, casi personalizados.
Todo eso está radicalmente en oposición con quien cree que la política activa del mercado del trabajo tenga que desaparecer, y que sustancialmente se tengan que dar sueldos fijos a todos aquellos que se encuentran desocupados, a la espera de que el mercado los reabsorba. Eso significa tener una confianza en la capacidad de intervención del mercado por decir así poco fideísta, y concebir el Estado sustancialmente como un ente asistencial. Desde este punto de vista entre las políticas activas del mercado del trabajo haría falta incluir el sustento a realidades como a aquellas sin fines de lucro, que pueden asegurar un trabajo no asistencial, pero real. Así incluso, gracias a la reciente reforma que prevé la posibilidad de cooperativas mixtas que pueden proveer asistencia a los minusválidos, pero también crear trabajo, se hace posible una forma de integración social, permitiéndole a gente que estaba fuera del mercado del trabajo poder regresar.
Se trata de un punto tendencialmente revolucionario: en septiembre de 2009 durante un seminario en Asís, el padre Compagnoni, rector emérito de la Pontificia Universidad Santo Tomás, afirmaba incluso que sobre el tema del trabajo la reflexión de la Doctrina social de la Iglesia empieza de hecho con Juan Pablo II y con don Giussani, mientras antes era un tema tratado en términos defensivos, con respecto a los límites de las concepciones marxista y liberalista; con la Laborem Exercens el tema del trabajo inicia a ser afrontado en términos propositivos nuevos. Una reflexión basada sobre la concepción del trabajo como expresión de sí mismo, también en polémica con las ideologías hasta ahora dominantes, constituye una batalla cultural aún por desarrollar.
Sólo un sujeto humano diferente en acción puede ofrecer, del punto de vista sea teórico que operativo, válidas ocasiones de diálogo y discusión al mundo sindical, empresarial y social.

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