El verdadero comunicar es pobre cuatro veces
autor: Fabrice Hadjadj
fecha: 2013-12-01
fuente: «Il vero comunicare è quattro volte povero»
traducción: Hugo Moschella (francés-italiano)
María Eugenia Flores Luna (italiano-español)]

Guardar, hoy, es la obsesión de aquellos que utilizan los ordenadores. En mi lengua, el francés, más bien se dice “registrar”, o también “salvaguardar”. Pero es interesante notar cómo en la lengua informática, y también en italiano, se diga to save, salvar, acción que concierne no a las almas sino a los documentos. La “salvación” se encuentra en el menú “file”, o en la barra de instrumentos. Es representada no por una cruz, sino por un disquete. Sin embargo la verdadera salvación no se aplica a las cosas, sino a las personas. No hace falta recordarlo solamente a los informáticos, sino también a ciertos católicos tradicionalistas: la preservación de la doctrina, el rescate de la bella liturgia, el reclamo de las reglas morales tiene valor solamente en la medida en que este orden de las cosas sirva a la salvación de las personas. Hace falta también recordarlo a ciertos progresistas: está en juego la salvación de las personas y no la realización de un ideal social, de una utopía política, de un todo igualitario.

La vía es estrecha porque se pasa uno después del otro. La salvación no conoce a la masa. Eso a lo cual apunta es no-totalizable. Tanto que no es completamente justo decir que Cristo salva a “la humanidad”: Él salva a Pedro, Pablo, Santiago, etc. y es en esto que custodia a la humanidad, en su misma diversidad, con los pequeños y los adultos, los delgados y los gruesos, las débiles y los fuertes. Su promesa está dirigida a los nombres propios, y no a los nombres comunes.

Del resto es justo lo que recuerda Jesús después de la misión de los setenta y dos discípulos: «Pero no se alegren porque los demonios se someten a ustedes; alégrense más bien porque sus nombres están escritos en los cielos» (Lc 10, 20). La alegría apostólica no consiste en el haber sometido a los pueblos a una Ley común, sino en la eternidad de los nombres propios. La gracia permite no ver ya la Ley como una regla inmutable, sino vivirla como la condición de un encuentro, de un diálogo, de una intimidad con el Creador y, por consiguiente, con cada una de sus criaturas.

También es éste el sentido de la palabra: «El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27). La misión no tiene como objetivo poner a los hombres al servicio de los dogmas y los sacramentos, sino poner los dogmas y los sacramentos al servicio de los hombres, porque dogmas y sacramentos tienden a cumplir no el triunfo de una doctrina, sino la salvación de cada rostro en su singularidad. He aquí porqué la Sabiduría es una persona. Y he aquí porqué el Libro de los Proverbios remite a la Sabiduría bajo la señal de una multitud concreta e irreducible y no de una teoría abstracta y uniforme: «Ha preparado su vino y ha puesto la mesa» (Prov 9, 2). Las mesas de la Ley están subordinadas a la mesa del festín. La mesa del festín es el exacto contrario de una ideología reductora o de una pantalla que pretende absorber el mundo. Es el lugar donde florece la multiplicidad incomparable y no-totalizable de los rostros. Hay de beber y de comer. Hay fieles y también algunos traidores. Hay conversaciones que se transforman en rezos de súplica y en cantos de alabanza. Este convite entorno a la Sabiduría encarnada, he aquí lo que anunciamos (y es interesante observar cómo la empresa de la Manzana Mordida haya usurpado el término “banquetear” para designar, no la presencia del Logos hecho carne sino la eficacia de un software).

Ahora se puede aferrar mejor la necesidad de la pobreza evangélica, y eso es porque los enviados son pobres en su defensa, pobres en sus instrumentos, y pobres en su mensaje.

Pobres en su defensa, ante todo. Son corderos entre lobos: se exponen a la muerte. Es la condición de una verdadera presencia.

Eso a menudo se ve durante un funeral: de repente, a causa de la conciencia de la muerte y la impotencia, las personas lejanas se acercan, los superficiales se vuelven profundos, las relaciones en la familia no han sido nunca tan simples y vivaces. Pero para los discípulos no se trata sólo de la conciencia de la muerte, se trata de estar listos para testimoniar por la vida hasta el fondo. No se puede hablar de Él que es la Vida y la Resurrección solamente con la boca. Hace falta hablar con la laceración del corazón. No quiero dar a entender con esto una exaltación sentimental sino un modo de ser con el otro en el sentido profundo de nuestro destino último, de nuestra miseria común y de nuestra común necesidad de misericordia.

La segunda pobreza es aquella de los instrumentos. Los medios temporales pesados se interponen.

Pueden derribar las distancias, pero no permiten la proximidad. Nada puede reemplazar a ésta última. Los sacramentos lo demuestran: los, que comunican lo que hay de más grande, y es decir la gracia, exigen siempre la proximidad física. No se puede confesar por teléfono. No se puede tele transmitir el cuerpo de Cristo. La más alta comunicación ignora las altas tecnologías de comunicación.

Porque esta alta comunicación es comunión de las personas, y por tanto presencia real del uno por el otro, ofrenda recíproca de los rostros.

La tercera pobreza es aquella del mensaje, porque el mensaje cuenta menos que el mensajero y del que lo envía. Del resto, el mensaje es ante todo aquello al que el mensajero se dirige: «Cristo ha venido para salvarnos, nosotros, yo y tú. Quiere que tu cara resplandezca eternamente». Por tanto los enviados tienen que contemplar aquella cara, aunque fuera también de las más aburridas, y también escucharlo, aunque fuera incluso el más estúpido.
En fin, de algún modo, la cuarta pobreza: hay dos enviados y no un caballero solitario.

Para no recaer en los sermones de los escribas y los fariseos, hace falta que el mensaje se encarne; y, cuando se trata de los discípulos, sólo puede encarnarse en una comunidad viviente, pensante y cantante: «En este modo eso todos sabrán que son mis discípulos: si tienen amor los unos por los otros» (Jn 13,35). La proximidad sería fachada, si fuera sólo con los que llegan al final: se construye fácilmente un aire de circunstancia. Sólo se vuelve real si conmigo hay alguien que me pone a prueba día tras día, que conoce mis debilidades, que ha visto caer mi máscara, y que me impide pues ponerla delante de los otros, porque denunciaría claramente la falsedad.

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