Emergencia educativa
autor: Julián Carrón
fecha: 2013-01-25
fuente: Emergenza educativa
acontecimiento: Presentación del libro de Antonio Polito Contra los papás. Cómo nosotros los italianos hemos arruinado a nuestros hijos, Rizzoli, Milán 2012. Centro Cultural de Milán - Rizzoli
traducción: María Eugenia Flores Luna

Doy gracias ante todo a Antonio Polito por esta invitación por la que me siento realmente honrado.
El libro que presentamos hoy (Contro i papà. Come noi italiani abbiamo rovinato i nostri figli – Contra los papás. Cómo nosotros italianos hemos arruinado a nuestros hijos —, de Antonio Polito) es un grito, una provocación, una pregunta: ¿pero adónde estamos llevando a nuestros hijos? Tantos padres se encontrarán en esta interrogante. Es una pregunta que en no pocos casos se convierte en preocupación, y a veces angustia, porque muchos no saben a quién recurrir, adónde buscar para salir del impasse en que a veces se encuentran. Ésta es una señal patente de la confusión que domina nuestro tiempo, en el que incluso hemos visto nacer, crecer, desarrollarse tantas cosas bonitas, muchas conquistas de la ciencia, pero en la cosa más querida, nuestros hijos, no sabemos ofrecer algo realmente significativo para que puedan orientarse en medio de la confusión en que se encuentran viviendo.

Estamos delante del libro de un observador agudo, que capta el desafío más grande que la sociedad se encuentra a afrontar, es decir el desafío educativo, respecto al cual los otros, aquel económico, social y político, no son más que consecuencias.
Pero Antonio no identifica sólo el desafío, sino también el origen de ello: los padres. O, más genéricamente, los adultos - sean ellos padres, educadores, maestros o curas -, que no han sido capaces de ofrecer una hipótesis de respuesta a la altura de la necesidad de los hijos. El Autor plantea la cuestión de modo incisivo desde las primeras páginas del libro: « ¿Quién de nosotros padres […] puede negar a sí mismo la verdad, y es decir que todo entorno a nosotros nos dice que es la educación (entendida en un sentido mucho más amplio que la simple instrucción) el factor crucial para el éxito de una comunidad y, en su interior, de nuestros chicos? Y entonces ¿por qué hemos abdicado completamente a nuestra función educativa para transformarnos en torpes sindicalistas de nuestros hijos?» (p. 16). Éste es el desafío.
¿Cómo se documenta esta abdicación de los padres a su función educativa? Sustancialmente en dos modos.

1) Los padres han querido ahorrar a toda costa a sus hijos la fatiga del vivir. «En lugar de ser padres, nos hemos transformado poco a poco en los sindicalistas de nuestros hijos, siempre listos a pelear para que les sea allanado el camino hacia la nada [palabras fuertes], porque no hay meta ambiciosa cuyo camino no sea inaccesible. Es un gran fenómeno cultural, y cada vez más es un rasgo de carácter nacional […]. Y es un gran factor de freno al crecimiento no sólo económico sino también psicológico de la nación» (p. 21).
Es decir, en lugar de lanzarlos hacia una meta ambiciosa correspondiente a su necesidad, a su corazón, aunque el camino es inaccesible, hemos preferido allanarles el camino para que no tuvieran que empeñarse demasiado, para evitar la fatiga de la subida. En lugar del Stay hungry, Stay foolish (sean hambrientos, sean locos) de Steve Jobs, en su famoso discurso en la Universidad de Standford, hemos preferido el «estén colmos, sean conformistas» (p. 12).
«La culpa es nuestra. Los verdaderos aniñados somos nosotros» (p. 23), escribe Polito. Hemos perseguido un modelo social todo tendido a volver fácil la vida a nuestros chicos, sin enterarnos que así, en nombre de nuestros hijos, los hemos arruinado. «Hambrientos no queremos que sean ni menos por un instante. Hemos construido más bien nuestras vidas y nuestra sociedad en función de su nutrimento. […] En función de la protección de los hijos respecto a la necesidad, con consecuencias sociales relevantes y no siempre positivas» (pp. 12-13).

Se ha vivido «un malentendido significado de protección hacia nuestros hijos; malentendido porque en realidad traiciona una desconfianza colectiva en sus medios, el miedo de dejarlos nadar con sus fuerzas lo antes posible. Y esta desconfianza ellos la sienten, y deprime la autoestima» (p. 20). Me parecen afirmaciones muy agudas de cómo nosotros, haciendo así, damos un juicio sobre sus capacidades, sobre sus posibilidades de ser ellos mismos, de crecer, de desarrollarse. No lo decimos así explícitamente, pero ellos captan aún así este juicio.
En tercer lugar, hemos practicado un maléfico paternalismo. «Sociedad de la pantufla», la llama Antonio, procurando preservar a los jóvenes de todo esfuerzo.
Me conmueve la sintonía por cuanto decía don Giussani en 1992, en una entrevista al Corriere della Sera: «Me asusta […] Italia. […] Es una situación civil donde no hay un ideal adecuado, donde no hay nada que exceda el aspecto utilitarista. Un utilitarismo perseguido sin ningún punto de fuga ideal. Esto no puede durar. El temor es que se desencadenen conflictos sin fin. ¿[…] Por qué ha sucedido todo esto? Usted puede decirlo después de haber visto crecer tantas generaciones. ¿Cuál ha sido el factor desencadenante de semejante caída, de semejante empeoramiento? A todas este generaciones de hombres no ha sido propuesto nada. Excepto una cosa: la aprensión utilitarista de los padres. ¿Está hablando del dios dinero? El dios dinero o una seguridad de vida acomodada, de vida sin riesgos. Y hecha sólo de cosas, sin riesgo alguno. […] Tal vez si este deseo de hacer menos difícil la vida de los propios hijos, o de un determinado grupo de personas, rompa a cierto punto el horizonte. Es decir, si quien tiene este deseo entienda que, para poderlo realizar, necesita de un ideal, de una esperanza». (1)

Los padres pensaban que, ahorrándoles el esfuerzo y protegiéndolos de la necesidad, estaban haciendo bien a los hijos, cuando en realidad estaban allanándoles el camino hacia la nada.
Cuando esta mentalidad vence, el resultado es aquel del que hablaba Pietro Citati en un artículo aparecido hace unos años en la República y dedicado a la generación de los jóvenes de hoy, con el título «Los eternos adolescentes», en el que hacía un retrato casi despiadado del resultado que produce la victoria de esta mentalidad. Escribía Citati: «Un tiempo, uno se volvía adulto prestísimo. Hoy hay una continua carrera a la inmadurez. Un tiempo, […] a toda costa, un chico se volvía maduro. […] Conquistar la madurez era una renuncia […]. [Hoy los jóvenes] no saben quiénes son. Quizás no quieran saberlo: siempre se preguntan cuál sea su yo, […] ¡aman […] la indecisión! No decir nunca sí y nunca no: estar siempre delante de un umbral que, quizás, no se abrirá nunca. […] No tienen voluntad: no desean actuar […]. Prefieren quedar pasivos. […] Viven envueltos en un misterioso sopor. No aman el tiempo. Su único tiempo es una serie de instantes, que no están ligados a una cadena u organizados a una historia». (2)
A este artículo había seguido una respuesta de Eugenio Scalfari, el que sustentaba: «La herida [en estos jóvenes] ha sido la pérdida de la identidad y de la memoria» quizás porque alguien había quitado esta identidad. Es extraño: primero hacen de todo para hacerles perder su identidad y luego se quejan del hecho de que han perdido la identidad. «La herida ha sido el silencio de los padres demasiado ocupados en la conquista del éxito y del poder. […] La herida ha sido el tedio, el invencible tedio, el tedio existencial que ha matado el tiempo y la historia, las pasiones y las esperanzas. […] No veo aquella profunda melancolía que hay en los jóvenes rostros del Renacimiento pintados por Lotto y por Tiziano. […] Yo veo ojos estupefactos, estáticos, aturdidos, fugitivos, ávidos sin deseo, solitarios entre la muchedumbre que los contiene. Yo veo ojos desesperados. […] Eternos niños. […] Su salvación está solamente en sus corazones. Nosotros podemos mirarlos solamente con amor e inquietud». (3)

Hoy nos encontramos frente a una profunda crisis humana, que se puede resumir en este sopor misterioso, en este invencible tedio, en éste venir a menos de lo humano en que tantas veces nos encontramos cuando la mentalidad denunciada en el libro triunfa.
Esta profunda crisis humana se documenta en la pasividad de tantos jóvenes, que parecen casi incapaces de interesarse en algo realmente significativo, o en el escepticismo de tantos adultos que no ponen delante de ellos algo por lo que merezca la pena moverse para salir de esta situación. Es como si no encontraran intereses por los que valiese la pena implicar hasta el fondo la propia humanidad. Parece que nada sea capaz de interesar a los jóvenes hasta el punto de ponerlos en movimiento, y entonces «el empeño hacia el estudio se vuelve mínimo, y el tedio máximo». (4)
Pero justo haciendo así, los padres han cometido un error enorme. ¿Dónde ha estado y está el error? En la confusión sobre la naturaleza del corazón del hombre. Creemos resolver nosotros el problema de los chicos, en lugar de desafiarlos en su naturaleza. Aquella naturaleza original, que Leopardi documenta de modo insuperable:
« El no poder estar satisfecho con alguna cosa terrenal, ni, por decir así, con la tierra entera; considerar la amplitud inestimable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeñito para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número infinito de los mundos y el universo infinito, y sentir que el ánimo y nuestro deseo son aún mayores que el mismo universo; y acusar siempre a las cosas de insuficiencia y de nulidad, y padecer necesidades y vacío, e incluso aburrimiento, paréceme el mayor signo de grandeza y de nobleza, que pueda verse de la naturaleza humana». (5)

A esta naturaleza del hombre - que es la naturaleza de nuestros jóvenes y la nuestra - no se puede responder solamente con una propuesta fácil que no es capaz de interesar y despertar toda la capacidad del yo.

2) Esto nos lleva al segundo error denunciado por Antonio Polito, que ha logrado así identificar la otra raíz del planteamiento educativo que critica en su libro, y sobre esto me encuentra muy de acuerdo: el origen de los problemas es sobre todo cultural. ¿Y cuál es el error?
Lo que «ha hecho de nosotros pésimos padres es el pensamiento del Novecientos. Cuyo gran descubrimiento ha sido la individuación de fuerzas sobrehumanas, fueran ellas psíquicas, sociales o biológicas, capaces de sacar de los hombros del hombre la responsabilidad de las propias acciones. Grandes filosofías consolatorias. Como el sistema del pensamiento salido de Freud, en el que el Yo racional y consciente, la sede de la responsabilidad individual, se convierte en un pobre desamparado a merced de fuerzas más grandes que él, [echando] “las bases para una reducción de la ética a la psicología”. (Valeria Egidi Morpurgo). […] O bien filosofías como el marxismo, que transportan sobre el plan social el mismo mecanismo a responsabilidad cero. ¿Recuerdan uno de los más célebres asuntos? Es el ser social que determina la conciencia, no lo contrario. Pues nuestra conciencia sólo es una criada, que va adonde la porta el conflicto de clase. Y la liberación del hombre no puede ser más que el resultado de un proceso colectivo que se desarrolla en nosotros […]. Cada responsabilidad individual está acabada, todo es trasladado a procesos y a movimientos colectivos. Escribe el antropólogo Robert Ardrey en su The Social Contract: “Una filosofía que por décadas nos ha inducido a creer que las culpas del hombre tienen siempre que cargarse sobre los hombros de algún otro; que la responsabilidad de comportamientos dañinos a la sociedad tienen siempre que atribuirse a la sociedad misma; que los seres humanos nacen no sólo perfectibles sino también idénticos, por lo cual cualquier grave conflicto entre ellos debe ser adeudado a la gravedad de las condiciones ambientales….” […] Y, en fin, el darvinismo. […] Que explica todos los comportamientos humanos como consecuencias inevitables de la historia evolutiva de la especie, y no como decisiones más o menos conscientes de los individuos. Miedo y coraje, egoísmo y altruismo, pereza e iniciativa: nada de lo que somos se puede hacer remontar ya a la educación que hemos recibido, al ejemplo que nos ha sido ofrecido, a la cultura en que hemos vivido. Pero todo es Naturaleza, todo nos deriva de nuestros antepasados y de los instintos que se desarrollaron en la lucha por la supervivencia del más fuerte» (pp. 26-28).

No sé si entendemos el alcance de este error: el hombre, reducido a sus antecedentes biológicos y sociológicos, se convierte en un muñeco, una marioneta en manos de las «fuerzas sobrehumanas»; por lo que el yo ya no existe, el yo es como una piedra arrastrada por el torrente de estas fuerzas. El «yo» como realidad personal, autónoma, con capacidad de libertad, capaz de ponerse como sujeto en la historia y en las circunstancias ya no existe, porque todo es cargado sobre antecedentes de todo tipo, psíquicos, sociales o biológicos. Polito lo llama el opio de la desresponsabilización. ¿No existiendo el yo, no existiendo la libertad porque todo es determinado por estos factores, ¿qué responsabilidad es posible delante de los desafíos?
La consecuencia de esta mentalidad es una cierta concepción del hombre: «Rousseau definió al niño “un perfecto idiota”. Y en 1890 William James describió la vida mental de un recién nacido como “una grande, condenada, bulliciosa confusión”. Es a causa de esta presunción que, convencidos de estar en presencia de simpáticos “idiotas”, hablamos y actuamos delante de ellos como si no fuéramos escuchados, y comprendidos, y juzgados. No sé ustedes, pero yo en cambio nunca he logrado estar en una habitación con uno de mis hijos desde la edad de siete-ocho meses sin advertir claramente en mí sus cinco sentidos abiertos; sin probar la inquietante sensación que dentro de aquellos cuerpos todavía incapaces de moverse y de nutrirse con sus fuerzas zumbaran perfectamente engrasados los cerebros ya funcionando» (p. 67). Sin embargo, a pesar de toda la reducción operada por el pensamiento del Novecientos, la experiencia elemental de la relación con nuestros hijos impide esta reducción. Como si tuviéramos la percepción, incluso sensible, de cómo no podemos reducirlos a lo que generalmente los reducimos, es decir a nuestros pensamientos.

Continúa Polito: « ¡Ustedes entienden bien que si así fuera, entonces nuestro comportamiento de padres estaría radicalmente equivocado, y debería cambiar radicalmente [porque si los chicos tienen cerebros que funcionan, algo tiene que cambiar]. No más “pobre niño, es demasiado pequeño para entender” […]. El niño entiende, comprende que hay una cosa justa y una equivocada» (p. 68). Intenten cometer una injusticia con respecto a ellos ¡y verán si entiende! ¡Intenten tratarlo en el modo equivocado y verán si entiende! ¡Para nada reducido a los factores antecedentes de tipo biológico, psicológico, etc.! Si en lugar de este reconocimiento de su originalidad, del hecho que tienen cerebros que funcionan, prevalece el dominio de esta mentalidad, esta anulación del yo, se deja campo libre a aquellos que Polito llama los “malos maestros”, que no encuentran así alguna resistencia: «Hay por ahí otros adultos que hacen daño no menos que los padres. En el sentido que causan daño a una entera generación de hijos. Son los malos maestros, entendidos en sentido literal y no metafórico del término: es decir gente que enseña mal, cosas equivocadas, métodos aproximativos, ideas perniciosas. Es el numeroso grupo de aquellos sobrevivientes del Sesenta y ocho los que, en vez que en política o en empresa, han conseguido su éxito en la academia o en la comunicación, y que hoy por las pantallas televisivas, por los quioscos de los periódicos o por las librerías dibujan delante de los ojos de nuestros jóvenes el mundo cómo es y cómo será. Es a través de sus palabras y sus imágenes que nuestros hijos aprenden a esperar o a desesperar. Por eso el rol de estos padres-gurús puede ser también más importante que aquel de los padres biológicos» (pp. 131-133).

Antonio llega a una amarga conclusión: «Somos la primera generación de padres en la historia en haber elaborado una compleja y sumamente egoísta estrategia de supervivencia a través de la captatio benevolentiae de nuestros hijos. Fingimos de hacerlo por su bien, pero en realidad lo hacemos por el nuestro» (p. 143). Y añade: «Nuestra sociedad pues ha envejecido en las esperanzas y en las expectativas, aún antes que en la edad anagráfica» (p. 144).
Reduciendo al hombre a sus antecedentes biológicos, psicológicos o sociológicos, hemos quitado al hombre y a los chicos su dignidad, y esto lo expresamos en el modo de mirarlos, este juicio lo leen en el modo en que los tratamos, mucho más de lo que nos damos cuenta. Pero basta un mínimo de relación con ellos para que descubramos que el yo existe. Y que hay en el yo algo irreductible a estos factores: don Giussani la llamaba «experiencia elemental», una exigencia de verdad, de belleza y de justicia, de felicidad, de plenitud, que es el centro del yo. Y por eso los jóvenes entienden, entienden muy bien, no tienen que frecuentar un curso para ver cuándo es injusta una modalidad de tratarlos o cuándo no los queremos o cuándo no les damos su tiempo. Quitarles el criterio de juicio es quitarles la dignidad, porque es como decir: «¡Tú eres tonto, yo te explico cómo van las cosas!. Pero ellos entienden muy bien que no es así, justo porque tienen dentro de sí una experiencia elemental, que se expresa como exigencia de verdad, de belleza y de justicia, por lo cual ¡no tienen que ir a Harvard a frecuentar un curso sobre la justicia para saber cuándo son tratados injustamente! ¡Intenten hacerlo! Porque nuestros hijos, nuestros chicos son despiadados en esto. Nosotros somos como diletantes respecto a la claridad del juicio que ellos tienen sobre las cosas. Pero nosotros pensamos que son estúpidos. ¡En cambio qué diferencia, qué diversidad cuando los tratamos por lo que son! Pero, como dice el Papa, ha sucedido [en muchas personas muy capaces] un «extraño obscurecimiento del pensamiento», (6) lo que es elemental ya no lo vemos. Y con este obscurecimiento del pensamiento reducimos su dignidad, su capacidad de ser, su yo con toda su posibilidad de evolucionar y restringimos al mismo tiempo nuestro concepto de amor, que no es solamente cortesía y gentileza, sino es amor en la verdad.
¿Si la situación es ésta, de dónde volver a partir? Del «punto encendido [del alma], el locus de toda mi conciencia» (7), del que hablaba Cesare Pavese. De aquellos cerebros que funcionan, de aquel corazón que no puede ser reducido a los factores antecedentes, el corazón con sus exigencias y con sus expectativas. Es esta expectativa que tiene que encontrar una respuesta adecuada. Es entorno a este punto ardiente que puede rotar una propuesta realmente correspondiente a lo humano. Pero este punto ardiente (como hemos visto en tantas ocasiones) está enterrado en un sopor, en un tedio: no encontrando a quién desafíe a los jóvenes con una relación a la altura de sus exigencias (que a menudo se trata de cubrir con tantas distracciones), aquel punto queda enterrado.

La cuestión, entonces, es quién es capaz de despertar el punto ardiente, el yo de los jóvenes; pero también aquel de los adultos. Éste es el desafío que tenemos todos delante, nuestra generación y las instituciones: la escuela, la familia, la Iglesia, los partidos, los empresarios, todos.
Para despertar el yo de su sopor, del tedio que parece invencible, no basta una lección o solamente una reclamo ético (que puede ser útil), una prédica; hace falta un adulto que con su vida sea capaz de hacer interesar al joven en su existencia, a su destino. Pero es difícil encontrar a adultos que no sean escépticos; cuántas veces me encuentro a dialogar con chicos en la universidad cuyos padres, delante de su ímpetu ideal, dicen: «No, la vida te arreglará poco a poco».
Es por eso que sólo un testigo (decía Pablo VI que tenemos más necesidad de testigos que de maestros), por lo cual quien lo encuentre no pueda evitar su atractivo, el desafío que su presencia introduce en la vida, pueda despertar este punto ardiente, esta exigencia escondida. Uno que encarne un modo de vida capaz de atraer el corazón, de desafiar la razón, de poner en marcha la libertad. Resumiendo, hace falta una propuesta viva, viviente.
Un testigo o, con una palabra que hoy no es políticamente correcto usar, pero si la vaciamos de las connotaciones con que a veces la percibimos y si la decimos en su sentido original resulta decisiva, una autoridad, es decir alguien que me hace crecer, que me genera con su presencia. Hace falta una autoridad, una presencia que desafíe el «punto ardiente» para lanzarme hacia aquella «meta inaccesible» a la cual yo, por mi estructura humana, soy llamado.
Don Giussani escribía: «La experiencia de la autoridad surge en nosotros como encuentro con una persona rica en conciencia de la realidad; así que ella se impone a nosotros como reveladora, nos genera novedad, estupor, respeto. Hay en ella un atractivo inevitable, y en nosotros una inevitable sumisión. La experiencia de la autoridad reclama en efecto la experiencia, más o menos clara, de nuestra indigencia y de nuestro límite. Eso lleva a seguirla y a hacernos sus “discípulos”. […] Para responder de modo adecuado a las exigencias educativas [que hoy tenemos que afrontar] de la adolescencia no basta con proponer con claridad un significado de las cosas, ni basta una intensidad de real autoridad en quien lo propone. Hace falta [al mismo tiempo] suscitar [en los jóvenes] en el adolescente [aquel] personal compromiso con su propio origen; [con ellos mismos, porque sin eso no serán ellos mismos; y por eso no se puede evitar la fatiga]; hace falta que la oferta tradicional sea verificada; y eso puede ser hecho sólo por la iniciativa del chico y por ningún otro en lugar de él. [Propuesta de una hipótesis de significado para someter a la verificación de los hijos, de su pertinencia a la vida, de su capacidad de responder a los desafíos de la vida. Sin esta educación a la verificación de una propuesta, no se convertirá nunca en algo suyo y por lo tanto correrán el riesgo de perderse] La verdadera educación tiene que ser una educación a la crítica».

La crítica es la comparación de lo que nos es propuesto con los deseos de su corazón: «El criterio último del juicio, en efecto, se encuentra dentro de nosotros, de otro modo estamos alienados. Y el criterio último, que está en cada uno de nosotros, es idéntico: es exigencia de real, de bello, de bueno. […] Hemos tenido demasiado miedo de esta crítica», (8) de esta verificación, no hemos arriesgado para poder generar un sujeto autónomo.
Don Giussani continuaba: «Objetivo de la educación es formar un hombre nuevo; por tanto los factores activos de la educación deben tender a hacer de tal manera que el educando actúe cada vez más por sí mismo, y cada vez más por sí mismo enfrente el ambiente [las circunstancias]. Hará falta por lo tanto de un lado ponerlo cada vez más en contacto con todos los factores del ambiente, del otro dejarle cada vez más la responsabilidad de la elección, siguiendo una línea evolutiva determinada por la conciencia que el chico tendrá que ser capaz de “hacer solo” frente a todo. El método educativo de guiar al adolescente al encuentro personal y cada vez más autónomo con toda la realidad que lo circunda, va tanto más aplicado, cuanto más el chico se hace adulto [de otro modo el resultado será que no crece]. El equilibrio del educador revela aquí su definitiva importancia. El desarrollarse en efecto de la autonomía del chico representa para la inteligencia y el corazón - y también para el amor propio - del educador un “riesgo”. De otra parte es precisamente del riesgo de la comparación que se produce en el joven su personalidad en relación con todas las cosas; su libertad es decir “deviene”. […] La experiencia tiene que hacerla el joven mismo, porque eso representa el realizarse de su libertad. Y este amor a la libertad hasta el riesgo es sobre todo una directiva que la educación tiene que tener presente. […] Una educación que acepte con vigilancia el riesgo de la libertad del adolescente es fuente real de fidelidad y devoción consciente a la hipótesis propuesta y a quien la propone. La figura del “maestro”, justo por esta discreción y respeto, en un verdadero sentido se retira detrás de la figura dominadora de la Verdad Única a la cual se inspira; su enseñanza y su directiva se convierten en un don del testimonio, y justo por eso se imprime en la memoria del discípulo con una simpatía aguda y sincera, independiente - en su nivel más profundo - de sus mismas dotes. Por lo cual tenemos una gratitud y una unión no eliminable al maestro, e incluso una convicción independientemente de ello». (9)

El proceso educativo no tiene como objetivo aquel de “convencer” al otro de lo que nosotros creemos - eso sería un plagio -, porque al centro hay dos libertades relacionadas entre ellas. La libertad se mueve a causa del atractivo de lo real, porque el corazón del hombre está sediento de verdad; cada uno busca lo que corresponde a sus exigencias originales de bien, de belleza, de verdad, de justicia, de felicidad, que son suscitadas por todo lo que ocurre. La educación es, por tanto, una invitación a la libertad del hombre, para iniciar un camino al descubrimiento de la verdad de las cosas. Si eso no ocurre, el afecto, que incluso las cosas suscitan, antes o después desaparece, y el tedio vence, porque sólo lo verdadero tiene la fuerza para quedar en el tiempo. La dinámica de la libertad no es arbitraria, no es un hacer lo que nos parece y gusta, porque un hombre es realmente libre cuando reconoce y se adhiere al significado de la realidad; sin un significado, en efecto, faltaría la razón adecuada para vivir.
La educación es un gran desafío para el corazón del hombre, sin ella es imposible el desarrollo de la persona como razón y libertad. Tanto es verdad que cuando los jóvenes son desafiados en su razón y libertad, se muestran entusiastas de participar en esta aventura; el problema es que, desafortunadamente, no encuentran muchos adultos que los desafíen y por eso decaen.
Querría acabar con un texto de Rabindranath Tagore, que dice todo el amor que un padre tiene que tener; cuando este amor existe, la persona lo reconoce porque le deja espacio para crecer: «En este mundo los que me aman / tratan con todos los medios / de tenerme unido a ellos. / Tu amor es más grande que el de ellos, / y sin embargo me dejas libre». (10)
Es sólo el amor que hace libres y que deja espacio a la libertad, para crecer. Éste es el desafío que nosotros adultos tenemos la tarea de aceptar con respecto a los jóvenes. Gracias.

Notas
1. L. Giussani, «Don Giussani: il potere egoista odia il popolo», («Don Giussani: el poder egoísta odia al pueblo»), entrevista por Gianluigi Da Rold, Corriere della sera,18 de octubre de 1992; ahora en: L. Giussani, L’io, il potere, le opere, (El yo, el poder, las obras ), Marietti, Génova 2000, pp. 214-219.
2. P, Citati, «Gli eterni adolescenti», («Los eternos adolescentes»), la República, 2 de agosto de 1999, p. 1.
3. E. Scalfari, «Quel vuoto di plastica che soffoca i giovani» («Aquel vacío de plástico que ahoga a los jóvenes»), la República, 5 de agosto de 1999, p. 1.
4. M. Borghesi, Il soggetto assente. Educazione e scuola tra memoria e nichilismo (El sujeto ausente. Educación y escuela entre memoria y nihilismo), Itaca, Castel Bolognese 2005, p. 8.
5. G. Leopardi, «Pensieri» («Pensamientos») LXVIII, Poesías y prosas, Mondadori, Milán 1980, vol. 2, p. 321.
6. Benedicto XVI, Luce del Mondo. Il Papa, la Chiesa e i segni dei tempi. Una conversazione con Peter Seewald (Luz del Mundo. El Papa, la Iglesia y las señales de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald), LEV, Ciudad del Vaticano 2010, p. 47.
7. C. Pavese, «A Rosa Calzecchi Onesti», 14 de junio [1949], Lettere 1926-1950 (Cartas 1926-1950), Einaudi, Turín 1968, vol. 2, p. 655.
8. L. Giussani, Il rischio educativo (El riesgo educativo), Rizzoli, Milán 2005, pp. 83, 87, 17-18.
9. Ibidem, pp. 103-105, 107.
10. R. Tagore, «In questo mondo…», («En este mundo…»), en Ghitangioli, Guanda, Milán 1976, p. 167.

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