En la historia /8. Napoleón detenido por la mirada de Maria
autor: Paola Bergamini
fecha: 2005-02-01
fuente: Napoleone fermato dallo sguardo di Maria
traducción: María Eugenia Flores Luna

seguido por

“¡Viva María!”

autor: Paola Ronconi
fuente: “Viva Maria”

Retomemos nuestro viaje para conocer la incidencia de María en la historia. A fines del Setecientos, después de los trastornos de la Revolución Francesa y la invasión napoleónica, María llama hacia sí a los fieles a través de una serie de prodigios. Poniéndolos bajo su protección.
Ancona, 25 de junio de 1796. El sagrario de la Catedral está lleno de personas que entran lentamente en la catedral. Todos los rostros están turbados, nadie sonríe. Tres días antes había llegado la triste noticia: en Bolonia había sido firmado el humillante armisticio impuesto por los franceses de Napoleón al Estado Pontificio y una de las cláusulas preveía la ocupación de Ancona, que significaba una sola cosa: incendios, saqueos, violencias porque en aquel año de miedo las tropas francesas en su avance se comportaban así. Los anconeneses aterrorizados habían pedido al obispo, el cardenal Vincenzo Ranuzzi, la apertura de la urna de su beato obispo Antonio Fatati para implorarle protección. El Cardenal había consentido. Entre las naves de la catedral sólo se siente el murmullo de las plegarias. Francesca Massari, una viuda treintañera, se arrodilla en la capilla construida por Luigi Vanvitelli y ruega delante de la pintura que todos llaman la Señora de la Catedral. Mientras se hace la señal de la cruz levanta los ojos y tiene un sobresalto: la Señora abre y cierra los ojos. Está por abrir la boca cuando oye un grito: «Mamá, ven a ver», es Bárbara, la niña que estaba arrodillada a su lado: también ella ha visto. Enseguida muchas mujeres acuden, llenando la capillita. Todos miran la pintura. «Miren, la Señora abre los ojos». «Ahora los cierra». «El color de las mejillas ha cambiado. ¡Parece vivo!». Llamado por el revuelo el canónigo Candelabri acude: «Vamos, vamos, detengamos estos alborotos. Mujeres, se sugestionan entre Ustedes mismas. Aléjense, vuelvan a casa». Con fatiga logra alejar a las personas que se han reunido en la capilla. Luego se acerca al cuadro. Lo conoce muy bien, cuántas veces ha rogado delante de la pintura. Y he aquí que ve los párpados bajarse y abrirse y luego los ojos se abren de par en par. Corre a traer una lente: el canónigo tiene que rendirse a la evidencia: el prodigio se repite muchas veces. Ya la voz se ha difundido por toda la ciudad y la gente acude.
++++ Investigación oficial
Pocos días después es decretada una investigación oficial que empieza el 6 de julio con el reconocimiento de tres peritos: los pintores Francesco Ciaffaroni de Fano, Giuseppe Pallavicini de Milán y Pietro Antonio Meloni. Se quita el marco y se analiza el cuadro para verificar que no haya algún artificio. Nada. Más bien, bajo sus ojos el prodigio se repite. Se llaman a dos científicos: los dos físicos anconeneses Lodovico Tessari y Miguel Ángel Calvani. El resultado es el mismo: no puede ser fruto de alucinaciones colectivas porque el prodigio se repite muchas veces en tiempos y lugares diferentes delante de centenares de personas. La pintura, en efecto, es llevada por toda la ciudad con solemnes procesiones. Hasta los conventos de clausura se abren para acogerlo. Y siempre el prodigio se repite. En una circunstancia histórica de miedo y terror la Señora vuelve a llamar a los fieles a tener esperanza y ayuda en su protección. Está comprobado que desde aquel 25 de junio la vida de la ciudad cambió radicalmente: no más blasfemias sino conversiones, arrepentimientos y… la sacristía de la catedral se llenó de cosas robadas.

El General y la cinta

El 10 de febrero de 1797 Napoleón entra a Ancona. Declara abatido el gobierno ciudadano e impone a la ciudad el pago de un fuerte rescate además de la confiscación de todo el oro y la plata de las iglesias. El General sabe del cuadro. Los jacobinos locales le habían referido todos los detalles del hecho acusando a los curas de haber fomentado el fanatismo popular contra los franceses. Enseguida convoca a los canónigos de la catedral: «Mañana me traerán el cuadro para una inspección. Sepan en todo caso que mi intención es requisarlo y destruirlo… por el bien del pueblo contra falsas creencias». Al día siguiente, con el cuadro escondido en una cesta para no despertar sospechas entre el pueblo y posibles insurrecciones, los sacerdotes llegan a la cita. La imagen es puesta sobre una mesa ante la presencia del estado mayor del General, de la Municipalidad y de muchas otras personas. «Canónigos, me sorprendo por Ustedes. Si conocieran un mínimo las leyes de la física, me refiero a la refracción de la luz, al fenómeno del reflejo de las velas sobre el vidrio, sabrían bien que no existe ningún milagro. Sólo el vulgo ignorante puede creer en el milagro». «Me permita, General. Soy el canónigo Candelabri. Yo mismo he visto el prodigio y no había luz de velas que fastidiaran mi vista. ¡Hasta con una lente he mirado! Puede confirmar el presente abogado Bertrando Bonaria, conocido jacobino que ha sido testigo ocular del milagro». Pero Napoleón no lo escucha, su atención es atraída por la cinta de perlas y alhajas que adorna el cuello de la imagen de María. «Éste será vendido y lo recabado irá a la beneficencia. Para el ajuar de novia de una joven huérfana». Se acerca y alarga la mano para arrancarlo. En aquel entonces la expresión de su rostro cambia, también el color de la cara cambia. Todos se dan cuenta. Nadie respira. El canónigo sabe que puede haber sucedido una sola cosa: el prodigio se ha repetido. Después de algunos momentos de silencio Napoleón repone la cinta en su sitio y luego, como recobrándose, exclama: «Hace falta hacer justicia de todo fanatismo y engaño. Que sea quemado». Es el canónigo Candelabri quien interviene: «Me permita General. De este modo arriesgan un motín popular. Cubriremos el cuadro con un trapo que será sacado sólo durante la representación semanal del rosario y en las solemnidades religiosas más importantes». «Y sea. Mañana referirán a los fieles que es más decente tener la imagen cubierta. Vayan. Algunos soldados los escoltarán de modo que no se les ocurra hacer bromas pesadas».
El proceso canónico del hecho milagroso, iniciado el 6 de julio, acabó el 25 de julio de 1796 pero los eventos políticos y bélicos que siguieron impidieron el cumplimiento del procedimiento. Sólo en 1845 el segundo proceso verificó definitivamente la verdad de los prodigios ocurridos entre 1796 y 1797: la Señora de la Catedral, Reina de todos los Santos, viene aclamada Patrona de Ancona. También la Santa Sede reconoció oficialmente el milagro.

Más de cien miradas

Roma 9 de julio de 1796. Ocho de la mañana. El maestro de la capilla Antonio Ambrosini está en la plaza de los Santos Apóstoles. Un desconocido le viene al encuentro: «Corra, la Señora del Arco mueve los ojos. Sí, aquella que se encuentra en la calle San Marcelo, en el barrio Trevi. Aquí cerca». El maestro conoce bien el cuadro: María está representada de medio busto, ojos abiertos, cabeza inclinada. Todo está cubierto por un vidrio a su vez protegido por una reja. Por la noche está cerrado con una ventanilla a salvaguardia de los muchos ex votos colgados. Movido por la curiosidad, corre para ver. Ya algunas personas se han reunido. Se acerca: el prodigio se repite. Tiene una vista de águila el maestro Ambrosiani, está seguro de no equivocarse. «Como en Ancona», piensa en sí mismo. La calle ya está llena de gente que ve repetirse el milagro. Después de pocas horas llega otra noticia: en la calle de las Muratte, de la parte de la fuente de Trevi, una imagen mariana mueve los ojos. Y todavía: sobre la puerta del laboratorio del artesano Paolo Catolli, la imagen de la Señora Adolorada abre y cierra los ojos. Por la tarde cada barrio de Roma tiene su Señora que mueve los ojos. Se cuentan más de cien. La ciudad se detiene, todos están en la calle para rogar. Los prodigios se repiten por meses. Y no sólo en Roma. También en otras ciudades del Estado Pontificio como Frosinone, Veroli, Torrice, Cepano Urbania, Frascati, Todi hasta Rímini y Santa Águeda de Feltria son teatro de este evento milagroso. Y siempre el milagro lleva consigo un cambio de costumbres: ni riñas, ni blasfemias. La gente se junta para rogar confiando en la protección de la Virgen.
Los primeros días de octubre papa Pio VI hace instruir un procedimiento jurídico para verificar los hechos. Los primeros 86 testimonios, tomados entre todas las clases sociales y las categorías profesionales, son tan precisos y concordantes que hacen superflua cualquier otra recopilación. El 28 de febrero de 1797 es emitida la sentencia: los hechos milagrosos son reconocidos como auténticos y es convocada una fiesta, para celebrarse el 9 de julio.

“¡Viva María!”

El 6 de abril de 1799. Las tropas francesas de Napoleón ocupan Arezzo. El 6 de mayo de 1799 la población se subleva al grito de “¡Viva María! “.
Indudablemente la ocupación de un territorio libre y neutral como el Gran Ducado de Toscana y las vejaciones perpetradas por los invasores fueron motivaciones más que válidas para sublevarse, pero aún más decisivo fue el apego del pueblo se Arezzo y toscano a la fe de los padres. El pueblo no pudo quedarse indiferente frente a la profanación de los sacramentos, a la expoliación de las decoraciones sagradas y a la fuga de los sacerdotes, de otro modo obligados a vestir los uniformes militares y abrazar las armas. Se había, además difundido la voz de que el mando francés quisiera secuestrar y destruir la imagen de la Señora del Consuelo, - un cuadrito de cerámica barnizado, tan querido para los aretinos - con la motivación de que «servía al clero para fanatizar el pueblo». Acerca de esta imagen, cada 15 de febrero, millares de aretinos se acercan a la capilla a ella dedicada para rendirle homenaje y recordar la tarde del 15 de febrero de 1796, cuando la modesta imagen de cerámica - dicha Señora de Provenzano de Siena -, ennegrecida por el humo, de repente se vuelve blanca delante de los ojos pasmados de cuatro pobladores que estaban rezando en una taberna de la calle Vieja de San Clemente en Arezzo. Se abrió enseguida el proceso para verificar la autenticidad del milagro y Arezzo se volvió muy pronto meta de peregrinaciones. Cuando llegaron los franceses, el 6 de abril de 1799, la unión entre los aretinos y la Señora del Consuelo ya era muy firme. Un mes después, el 6 de mayo, estalló la revuelta: el pueblo cristiano se había movido en defensa de los valores de la fe. Los franceses descuidaron inicialmente el episodio, Arezzo salió liberada y la insurrección se expande también gracias al apoyo de los austro-rusos. Aún hoy se encuentran en toda la Toscana testimonios del culto de la Señora del Consuelo que se refieren al “Viva María”. Aquel de Arezzo no es un hecho aislado, porque entre 1797 y 1798 ya en Génova, en Roma, en Ciociaria, las muchedumbres populares se habían rebelado al grito de “Viva María”, llevando encima estandartes e imágenes de la Señora.

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