Enrico Fermi, pontífice de la verdad
autor: Antonio Iannacone
fecha: 2001-09-27
fuente: Pontefice della verità
traducción: Juan Carlos Gómez

El monje que fue "Papa". Religioso de la ciencia, para los alumnos Fermi fue el "pontífice" de la verdad. No hablaba nunca de metafísica, pero buscaba siempre reducir la realidad a lo esencial; con él se ha cerrado la época de los buscadores solitarios de un saber universal

A cien años del nacimiento, mucho se sabe del Fermi físico y poco o nada del Fermi "metafísico". O bien, literalmente, de todo cuanto el premio Nobel pensara más allá de la ciencia.

Es difícil entender si la coraza alrededor del Fermi-hombre haya sido provocada más por su discreción o por el efecto negativo provocado por el triste final de sus estudios nucleares en Italia. Coraza, por otro lado, que parece habernos conservado una figura sui generis de científico, en quien la pasión por la naturaleza material de las cosas y una totalizante tensión hacia lo verdadero y lo simple, han constituido un tejido indistinguible, capaz de producir grandes resultados científicos y no obstante ( o quizás por esto), una imagen enigmática de hombre sereno y, de rasgos, cínico.

Desde la adolescencia, el joven Enrico impactaba a quien se le acercaba, no sólo por las precocísimas calidades intelectuales y por la capacidad de abstracción de la cual estaba dotado, sino por su convicción, casi siempre justificada, de reducir cualquier complejidad a algo simple y concreto. Cuenta Segré, su amigo y discípulo, (en la biografía Enrico Fermi, Físico), que un día Fermi se encontró frente a una ecuación matemática insólita y particularmente compleja y que, aunque sólo contaba con una pequeña calculadora manual, de toda manera logró solucionarla.

Majorana, un genial alumno suyo escéptico y orgulloso, dudó de ello y quiso resolver el problema solucionándolo sin las simplificaciones del maestro, (ayudado por su formidable aptitud al cálculo mental): ahora bien, incluso habiendo encontrado en menos tiempo la misma solución, se dio cuenta que su maestro no sólo había solucionado, sino que además había replanteado el problema y lo había reconducido a una sencillez iluminadora y, al mismo tiempo, inalcanzable para los demás. Esta capacidad de penetrar los aspectos más profundos, leyendo lo esencial de las cosas confería a Fermi otra característica que lo distinguía muy marcadamente de los mayores físicos de su tiempo y que, si se entendía mal, podría sonar a blasfemia en los oídos de algún científico "integrista": su sustancial indiferencia respecto a las matemáticas,( incluso siendo muy hábil en esta disciplina) y, en general, hacia la "teoría científica". En otras palabras, Fermi no sentía la obligación de hacer sistemático y formalmente intachable cuanto descubría; lo que a él le interesaba era tomar la sustancia de la cuestión y si a esto le bastaba un análisis cualitativo o incluso constataciones pragmáticas, mucho mejor.

Parangonándolo con los científicos de su tiempo, se puede decir que Fermi es a ellos como un religioso lo es a los filósofos: lo que le interesaba al físico italiano, en definitiva, era intentar llegar a la verdad (si bien minúscula y "de la tierra"), a lo mejor cavando con las manos desnudas para encontrarla; y no escribir un sistema en el cual aquellos saltos fueran preconfeccionados como deducción de un razonamiento.

El "religioso" Fermi tenía sin embargo una vocación diferente. Como además testimonia Segré, que cuenta del estupor absoluto de Bethe, físico alemán, cuando éste vio que el método científico practicado en el instituto de la calle Panisperna no se proponía siempre y en toda ocasión la búsqueda de una solución completa, sino que en muchos casos permitía entender lo esencial para continuar.

Y si bien las bromas y los chistes tienen alguna importancia o fondo de verdad en la vida de un hombre, entonces el apodo de "Papa" que el grupo de los alumnos le había endosado al maestro puede sugerir quizás algo más que una sonrisa: en efecto, la atmósfera que Fermi había creado alrededor suyo debía ser de algún modo comparable a la que forma un sacerdote con su grupo de discípulos. Una semejanza que se puede expresar en la importancia absoluta dada por ambas figuras de maestros a un objetivo por alcanzar que está más allá del hombre (el "descubrimiento", científico en un caso, divino en el otro) y al cual todo el resto queda subordinado.

Y, en efecto, parece justificable a la luz de esto también aquella forma de indiferencia, hasta los límites del cinismo, que Fermi parecía nutrir hacia todas aquellas actividades que podían distraerlo del objetivo científico: parece acertado, por ejemplo, que él, dadivoso en consejos técnicos, fuese casi estéril en producir las más "vulgares", (e incluso indispensables, como él mismo había experimentado), recomendaciones.

En suma, como todo verdadero maestro, demostraba su afecto al ser exigente y al pedir a sus alumnos aquella misma religiosa extraneidad al mundo externo que tenía él. Cuenta Segré por ejemplo que Fermi, habiendo oído hablar de un prometedor joven físico de nombre Edoardo Amaldi, se preguntaba si no fuese "demasiado anti-fascista". Palabras que, en labios del físico romano, más que indicar difícilmente justificables pasiones lictorias, hacen traslucir su cortante y a la vez serena indiferencia hacia el "mundo", según un lema que podría ser "A la Física lo que es de la Física, al César lo que es del César."

Esta particular forma de religiosidad científica de Fermi tenía además en común con su homónima divina otro aspecto no irrelevante: su "credo" se completaba en las obras, más aún muchos de sus estudios más importantes fueron también aquellos que dieron vida a resultados visibles y utilizables. Fue gracias a él en particular y a su talento tanto físico como ingenieril, como la humanidad entera, y no sólo pocos entendidos, pudieron conocer aquella potencia tan terrible como magnífica que está encerrada dentro del núcleo atómico. Potencia que Fermi llevó hasta las últimas consecuencias del descubrimiento científico y técnico, no oponiéndose, quizás, como a posteriori se debió, a la realización del primer mortal mecanismo atómico (aunque, es necesario decirlo, se opuso duramente al empleo de la segunda y aún más temible "superbomba"). Difícil juzgar, en todo caso, sobre todo desde nuestra posición de italianos, culpables quizás del error opuesto de haber tirado junto al agua sucia de la bomba atómica también al prometedor infante de la energía nuclear limpia.

Sobre este como sobre otros aspectos humanos impresiona la serenidad y la imperturbabilidad del físico romano, como por ejemplo en la circunstancia de la muerte, por un tumor al estómago) que lo sorprendió prematuramente a la edad de 53 años. Con él se cerraba una época científica en la cual era posible que una sola persona tuviese una visión tan completa y multiforme de la física. Lo que permanece, además de los descubrimientos, es la gran fascinación por un hombre que fue, en soledad, el último monje de un saber científico universal.

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