Eratóstenes, Ptolomeo y la América "olvidada"
autor: Luciano Bossina
fecha: 2013-07-17
fuente: LETTURE/ Eratostene, Tolomeo e l'America "dimenticata"
traducción: María Eugenia Flores Luna

Entre las muchas cualidades que puedan exhibir, los libros audaces a menudo tienen éstas: de afrontar argumentos relevantes, y de decir muchas cosas en pocas páginas. Así en su último libro Lucio Russo logra decir al menos tres cosas, muy relevantes, y en breve espacio: que ya los antiguos, mucho antes que los vikingos y españoles, habían llegado a América; que Roma señaló una dramática decadencia de la ciencia antigua; que en el tortuoso camino del progreso también puede desencadenarse la reversa. La primera desencadenará interés (quizás rechazo) y la segunda ofenderá algún alma: pero sería grave que se nos escapara la tercera. Tenerlas juntas es por otra parte una necesidad: para afirmar que los antiguos ya habían arribado más allá del Atlántico, Russo debe también explicar por qué luego por siglos el Viejo Mundo olvidó la vía para el Nuevo, y quién haya sido el culpable, o al menos el mayor sospechoso, de aquel gravísimo olvido (de ahí el título La América olvidada, Mondadori Universidad, 2013).

La primera cuestión es abordada sobre bases matemáticas, y necesita algún dato. En Alejandría de Egipto, en el II siglo A.C., Eratóstenes logró medir la circunferencia de la Tierra con una precisión asombrosa: 252mil estadios, equivalentes a unos 39.700 km. Un error inferior al 1%. Los antiguos quedaron admirados, y no menos los modernos (pero no era un prodigio: era la feliz unión entre un científico de valía y una política que le financiaba las investigaciones). Sin embargo cinco siglos más tarde Ptolomeo aseveraba una medida muy inferior, y muy errada: 180mil estadios. La amplitud angular de la ecúmene quedaba inalterada (180°), pero la Tierra se había achicado vigorosamente: ¿por qué? ¿Y qué había sucedido entre un geógrafo y otro?

No fue el único «error» de Ptolomeo. Quien tome diligentemente sus medidas y las convierta en las nuestras, se da cuenta de un raro fenómeno: en el eje de la latitud él está muy próximo a la verdad, y al menos las ciudades del mundo entonces mejor explorado se disponen en su mapa donde incluso nosotros las disponemos. En el eje de la longitud, al contrario, sus medidas son erradas, muchas y en continuación. Russo se ha hecho dos preguntas: si (y de qué manera) los dos «errores» fueran conectados, y si en el conjunto de las longitudes erradas hubiera sin embargo una constante.

A estas preguntas ha respondido dos sí. Ha localizado es decir 80 tipos de ciudades, en la zona terrestre mejor conocida para un griego (para entendernos: del Afganistán a Gibraltar en el eje este-oeste, de Italia septentrional a Etiopía en el eje Norte-sur), y las ha dispuesto en un gráfico donde tuvieran por abscisa la longitud real y por coordenada la longitud ptolemaica. El resultado es de enorme interés, porque calculando la así llamada «recta de regresión» ha mostrado que las medidas de Ptolomeo sufren en el eje de la longitud de una distorsión lineal prácticamente constante, que lo ha inducido «a alterar con una dilatación sistemática los datos notablemente precisos reportados por sus fuentes».

A este punto es difícil creer que entre los dos «errores» no hay un nexo: pero sería erróneo pensar que las dilatadas longitudes dependan del empequeñecimiento de la Tierra. A afectar a uno y a otro es más bien un error de escala. En la determinación de las coordinadas Ptolomeo partía de la individuación de dos puntos extremos, que él derivaba de su predecesor Hiparco: a oeste las así llamadas Islas de los Afortunados, a este una no muy identificada «capital de la China». Aquí está sin embargo el punto crucial: Hiparco presuponía la dimensión "ancha" de la Tierra, aquella de Eratóstenes. Ptolomeo habría derivado por lo tanto sus longitudes de una tradición que asumía sin embargo medidas completamente diferentes. De ahí la sistemática distorsión.
El elemento clave del problema coincide con el extremo occidental, aquellas «Islas» que los antiguos (y luego una larguísima tradición literaria) llamaban «Afortunadas»: Ptolomeo hereda nombre y coordenadas de sus predecesores, y las identifica con las Canarias. Pero si se presta atención a los números, se ve que él se equivoca en longitud por más de 15° («con el mismo error se puede desplazar Nápoles a Suecia»). También la latitud es problemática: para Ptolomeo estas Islas se alinean en el eje Norte-sur, mientras que es bien conocido que el archipiélago de las Canarias se extiende más bien sobre el eje este-oeste. ¿No será pues que el nombre cubre en realidad otras islas? Rehechos los cálculos, y aplicada la recta de regresión localizada, Russo ha descubierto por lo tanto que traduciendo en términos actuales las coordenadas de Ptolomeo, las Islas Afortunadas se encontrarían en la longitud 65°54' W: pero allí en el mapa no están las Canarias; ¡están las Pequeñas Antillas! Que en efecto se extienden sobre el eje Norte-sur. ¿Qué dicen los antiguos de las «Islas Afortunadas»? Describen la naturaleza, la corografía, la vegetación. Dejan vislumbrar la existencia de un tráfico no extemporáneo sino constante. Sin embargo aquellas descripciones se adaptan muy poco a las Canarias: se adaptan mucho mejor, sobre todo desde un punto de vista naturalista, a las Antillas.

La noticia va pues escrita con caracteres mayúsculos: sin saberlo (¡es importante!), al extremo oeste del mundo poblado Ptolomeo disponía islas que tenían coordinadas y naturaleza de las Pequeñas Antillas. Por tanto alguien había estado. Navegantes pioneros habían surcado el Atlántico, alcanzado tierras lejanas de las que habían reportado noticias y sobre todo coordenadas. La ruta estaba abierta. Ahora quizás entendamos – nos dice el autor – por qué la piña aparezca en representaciones de época romana; por qué en el Nuevo Mundo se encontraran, mucho antes que los españoles, gallináceas del Viejo. La tradición científica (y literaria) conservó memoria y medidas: que sin embargo de una cierta época en adelante dejaron de ser entendidas, y degeneraron en el equívoco. ¿Pero quién? ¿Y por qué luego ya no?

Segunda cuestión. Poco después del gran Eratóstenes, a mitad del II siglo A.C. y en cosa de apenas dos años, la cultura del Mediterráneo sufre un doble jaque mate letal. En 146 Roma destruye Cartago. En 145 Alejandría, centro científico del mundo helenizado, Ptolomeo VIII destruye la clase dirigente y cultural: mata al legítimo heredero (su nieto), opera un radical spoils system. Es la así llamada secessio doctorum: todos los grandes estudiosos abandonan a Egipto. La celebérrima Biblioteca, dirigida hasta entonces por los más altos intelectuales del tiempo, es confiada a un oscuro militar. Los dos vulnera van leídos juntos: la cultura griega y aquella fenicio-cartaginesa retrocede o desaparece. El eje del mundo se invierte: la nueva potencia es Roma. Ciertamente, su actitud hacia los derrotados es diferente: de Cartago destruye todo, de Grecia salva y recupera mucho. Pero la ciencia - que hablaba griego y fenicio - termina a pedazos. «La acusa más grave» que se puede plantear contra Roma - escribió uno de los máximos filólogos del pasado - «es que en su negación general del Helenismo no pensó en recuperar la ciencia»: «por la ciencia pura, por el deseo de conocer por conocer, los prácticos romanos no tenían ninguna comprensión».

El mundo conoció así un colapso cultural muy grave: y la convalecencia duró siglos. En particular por los conocimientos geográficos y las técnicas de navegación (donde precisamente sobresalieron griegos y fenicios) el retroceso fue drástico. Geógrafos de época romana y luego imperiales - afirma Russo - no entienden las fuentes Helenísticas. De aquellas cartagineses no salvan ni una. Con los conocimientos desaparecen las competencias: fenicios y griegos sabían navegar de bolina (en la Edad Media ya no); las dimensiones de sus barcos serán equiparadas solamente en época napoleónica. La Tierra se achica, las rutas por el Atlántico se pierden, la geografía deja de ser matemática y se hace política: sirve para garantizarles a los nuevos dueños que el mundo es más pequeño y no tiene tierras desconocidas, para que ellos se consuelen al saberlo todo en sus manos. Ni al cristianismo le gustará que la Tierra, esférica y dividida por los mares, tenga gente no nacida de Adán.

¿Es un cuadro chocante? ¿Muchos lectores sacudirán la cabeza? Ciertamente, el "olvido planetario" que hace falta suponer no habría sido sólo radical, sino también muy rápido, (¿demasiado?). Cierto, la idea que el autor tiene de Estrabón, de Plinio o de los otros geógrafos de época post-helenística es por decir poco descalificada (la verdad de Estrabón tampoco Wilamowitz la halagaba), y de los «errores» de Ptolomeo los historiadores de la geografía antigua aducirán ciertamente otras razones.

Alguien se preguntará incluso si los cálculos cartográficos vengan de las fuentes, o si la elección de las fuentes se articule en aquellos cálculos. Por otra parte el autor sabe bien que sus teorías suscitarán sorpresa y quizá también rabia. Pero sería una ocasión perdida si las objeciones excedieran de los cotejos matemáticos, y sólo vinieran del frente de los antigüistas (lo digo como antigüista). Ni los números podrán dar miedo a quien estudia el pueblo entre los más matemáticos de la historia.

También por eso convendrá no perder de vista el tercer tema del que partimos, y que atraviesa el libro como un río cárstico: los colapsos culturales existen. La historia de la ciencia no es un recorrido votado teleológicamente al continuo adelanto. Aquel filólogo a quien hemos más veces aludido, Eduard Schwartz, ya hace un siglo escribía que la pérdida de la ciencia helenística constituye «uno de los más graves obstáculos a la idea del progreso incesante del género humano».

Y entonces el sentido del libro, tácito pero omnipresente, también es éste: recordar que los colapsos - aquellos culturales como aquéllos físicos - se cuidan con la prevención. Y se cuidan en la única clínica que la historia se ha dado para proteger los conocimientos y prevenir los olvidos: la escuela.

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