Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes ...
autor: Stefano Alberto
Docente de Introducción a la Teología de la universidad Católica Sacro Cuore de Milán
Marco Bona Castellotti (moderador)
Docente de Historia del Arte Moderno de la universidad Católica Sacro Cuore de Brescia
fecha: 2010-08-24
fuente: Quella natura che ci spinge a desiderare cose grandi è il cuore
(Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón)
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Quella natura che ci spinge a desiderare cose grandi è il cuore", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón")
traducción: Juan Carlos Gómez Echeverry

MARCO BONA CASTELLOTTI:

Buenas tardes a todos, bienvenidos al encuentro que lleva el título del Meeting, la ponencia es de Don Stefano Alberto, docente de Introducción a la Teología de la universidad Católica del Sacro Cuore de Milán.
¡Corazón! Mientras permanezca sólo una palabra, es una de las que tiene más riesgo de ser banalizada. Por ejemplo, hacen un uso amplio de ella los cantautores; y un famoso periodista con ambiciones filosóficas hace algunos años definió el corazón como un músculo, pero gracias a Dios la palabra corazón también está muy difundida en los Textos Sagrados tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y es en esta difusión que se pone el problema profundo de su significado.
Porque el corazón puede ser como dice Jeremías “Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo” (Jer 17,9); David amonesta al pueblo de la dehesa de Dios y el rebaño que él conduce a escuchar su voz y a no endurecer el corazón, pero si el corazón del hombre puede ser duro, también lo es aquella naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes, pero para que esto pueda ocurrir es necesaria una condición, que el hombre sea capaz de amar.
Dice el salmista: "El corazón del justo exulta en el Señor" y San Agustín comenta: "¿Cómo se puede exultar en aquello que no se ve? Pero el Señor no está lejano, es una realidad visible; ama y Él vendrá a habitar en ti". Es en este punto que entra en juego el título del Meeting, que deriva de un pasaje muy intenso de un libro de don Giussani titulado Los jóvenes y el ideal: el desafío de la realidad, que refiere el diálogo entre Don Giussani y una estudiante de la universidad durante una asamblea. Lo contextualizo y luego dejo inmediatamente la palabra a Don Stefano Alberto.

Esta chica sin nombre, no, no es ni siquiera de la universidad, creo que sea de los últimos años del bachillerato, dice: "desde hace tiempo deseo muy fuertemente una vida que sea grande, pero no sé qué pueda ser una vida grande, al mismo tiempo no quiero ser mediocre, a menudo pienso que no soy capaz, advierto mis límites, mi pequeñez, de modo especial, no obstante, me doy cuenta, cuando miro las cosas con lucidez, que aquello que he encontrado es verdaderamente grande". Y luego continúa, en una especie de crescendo, después a un cierto punto Don Giussani dice: "Esta bellísima provocación tuya dice una cosa muy simple: tú deseas ser grande, este deseo es propio del corazón humano. Aquella naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón, por lo tanto, síguelo". Por tanto, la provocación es muy fuerte, muy fuerte porque no siendo el corazón una palabra, para quien vive en un cierto modo y se convierte en un hecho de la existencia, nos pone frente a la realidad de las cosas. Don Stefano Alberto nos ayudará a ir más a fondo en esta provocación.

STEFANO ALBERTO:

1. "Sed realistas, pedid lo imposible"

"Una belleza nueva, un nuevo dolor, un nuevo bien con el cual pronto se nos sacie, para saborear mejor el vino de un mal nuevo, una nueva vida, un infinito de vidas nuevas, he aquí aquello de lo cual tengo necesidad, señores: sencillamente esto y nada más. Ah, ¿cómo colmar este abismo de la vida? ¿Qué hacer? Porque el deseo siempre está allí, más fuerte, más loco que nunca. ¡Es como un incendio marino que arroja su llama en lo más profundo de la negra nada universal! ¡Es un deseo de abrazar las infinitas posibilidades! " (1).

Al grito de Miguel Mañara, que hemos escuchado el año pasado aquí en el Meeting, ha hecho eco hace dos tardes el de Calígula de Camus en su diálogo con el fiel Helicón: "Pero yo no estoy loco y no he sido nunca tan razonable como ahora, sencillamente he sentido de improviso una necesidad de lo imposible. Las cosas tal como son no me satisfacen…Ahora lo sé. Este mundo tal como está hecho no es soportable. Tengo necesidad por tanto de la luna, o de la felicidad, o de la inmortalidad, en suma, de algo que sea quizás insensato, pero que no sea de este mondo" (2). El mismo Camus retoma la aparente paradoja en la afirmación, muy querida al '68 francés: "Sed realistas, pedid lo imposible". ¿De cuál realismo estamos hablando? ¿No es más bien una utopía, incluso una locura? He aquí la respuesta de Giussani, justo en el comentario al pasaje citato del "Calígula": "No es realista que el hombre viva sin ambicionar lo imposible, sin esta apertura a lo imposible, sin nexo con el más allá: cualquier confín alcance" (3). En este sentido "lo imposible" indica el infinito y la insatisfacción insaciable de Calígula que expresa la tensión a este infinito. Es lo que Claudel hace decir a Pierre de Craon en La Anunciación a María: "Lo insaciable no puede derivar más que de lo inextinguible" Y comenta Giussani: "Que el hombre sea un animal insaciable, quiere decir que el sujeto de esta realidad que se llama hombre es un sujeto inextinguible. Calígula habla de luna o felicidad o inmortalidad. Lo insaciable no puede derivar más que de un inextinguible. La insaciabilidad es el signo del Destino. He aquí el emerger de la gran palabra, de la cual ninguno, incluso haciendo cualquier esfuerzo, cualquier movimiento, por cuanto hábil pueda ser, ni siquiera en el sueño, se puede separar. Un destino de inmortalidad se señala en la humana experiencia de insaciabilidad" (4).

2. “Misterio eterno de nuestro ser”

Tal insaciabilidad, la inagotabilidad de los deseos y de las preguntas últimas del hombre exaltan la contradicción entre el ímpetu de las exigencias y el límite de la medida humana en la búsqueda. Es la dramática conciencia expresada por Giacomo Leopardi en uno de sus Pensamientos:
"El no poder estar satisfecho con alguna cosa terrenal, ni, por decir así, con la tierra entera; considerar la amplitud inestimable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeñito para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número infinito de los mundos y el universo infinito, y sentir que el ánimo y nuestro deseo son aún mayores que el mismo universo; y acusar siempre a las cosas de insuficiencia y de nulidad, y padecer necesidades y vacío, e incluso aburrimiento, paréceme el mayor signo de grandeza y de nobleza, que pueda verse de la naturaleza humana" (5). El sentimiento de esta desproporción es para Leopardi el contenido de aquella que él llama 'la sublimidad del sentir'
Recuerdo vívidamente la última vez que Giussani, en ocasión de la publicación de la colección de los cantos más bellos de Leopardi, cuidada por él, para la Biblioteca del Espíritu cristiano con el sugestivo título: Querida belleza…, tuvo ocasión, delante de los estudiantes del Politécnico de Milán, de testimoniar las razones de su amistad con el poeta nacida en los años del Seminario. Precisamente para introducirnos a la sublimidad del sentir leopardiano nos leyó la que fue para él, la estrofa más bella de la literatura italiana, extraída del himno Sobre el retrato de una bella mujer tallado en el monumento sepulcral de la misma: "Deseos infinitos, /y soberbias visiones /crea en el vago pensamiento [vago: es el Ulises de Dante quien desafía al mar infinito, más allá de las columnas de Hércules] /por natural virtud, docta armonía /donde por deleitoso mar, arcano /yerra el espíritu humano, /Casi por divertirse / osado nadador por el Océano: /Mas si un discorde acento /hiere el oído, en nada /se torna aquel edén en un momento.
/ Natura humana, ¿cómo, / si frágil en todo y vil, / Si polvo y sombra eres, tan alto sientes?/
Si gentil todavía, / ¿Cómo los más dignos de tus movimientos y pensamientos/ Son tan frágiles /que de tan bajos orígenes despierten y se apaguen?”
Comenta Giussani "Es un contraste insanable e inconcebible: ‘Natura humana’, ‘Misterio eterno de nuestro ser’; natura humana, si eres tan banal ¿cómo haces para tener deseos de este género, pensamientos de este género, tan grandes? ¿Y si algo noble hay en tí, que supera la corrupción, la corruptibilidad de la materia, cómo es posible que los más dignos de tus movimientos por causas tan bajas - un dolor de muelas, un dolor de oído - se despierten y apaguen? La circunstancia crea el input, da el input para el gran sentimiento, la misma circunstancia porta la imposibilidad a continuarlo por la desilusión que infunde. Ésta es la situación que interesa a Leopardi, que él ha sorprendido en sí mismo". (6)

3.La imposibilidad moderna: "No avanzaremos un paso más allá de nosotros mismos"

“Misterio eterno de nuestro ser”. Para Giussani el verdadero Leopardi está aquí, no en la desesperada negación final de "La Retama", por la cual lo exalta la cultura contemporánea como precursor del nihilismo. ¿Pero tiene razón quien, como Natalino Sapegno ha reducido las preguntas últimas de Leopardi, definiendo sus "obsesiones" tratándolas como "la confusa e indiscriminada veleidad reflexiva de los adolescentes, su primitiva y sumaria filosofía, (qué es la vida? ¿Para qué es útil? ¿Cuál es el propósito del universo? y ¿por qué el dolor?), aquellas preguntas que el filósofo verdadero y adulto aleja de sí como absurdas y carentes de auténtico valor especulativo y que no comportan respuesta alguna ni posibilidad de desarrollo"? (7) ¡No!, nos sale contestar de golpe, aquellas preguntas son las mías, las nuestras, sin ellas no hay verdadera humanidad ni posibilidad de grandeza expresiva. Es lo que sostiene con fuerza la gran pianista rusa Marija Judina: "Soy muy consciente de mis pecados y de mis debilidades, pero tengo el ardor de pensar que la grandeza del hombre no está principalmente en sus dotes, sino en el impulso a atreverse que nace con él y muere sólo después de él, en su corazón que tiene sed de infinito; para acallarlo – decía citando a Dostoevskij - haría falta cortar la lengua a Cicerón, arrancar los ojos a Copérnico, lapidar a Shakespeare" (8).

Sin embargo en el drama de este contraste incurable entre la aspiración ideal, la grandeza del propio deseo y lo contradictorio de las realizaciones históricas, el hombre tiende a ceder, por cansancio y fragilidad, por la impaciencia de la espera de una respuesta completa o por la presunción de dársela él mismo. Porque no reconozco la posibilidad de la respuesta, tiendo a reducir o a vaciar de sentido las preguntas últimas constitutivas de mi yo humano. En un primer momento es una desarticulación entre vida y su Destino, luego una separación, finalmente una desesperada negación. La "sabiduría" consiste en quedar dentro de la misma medida: El no ir más allá de sí mismos se convierte en condición necesaria para vivir. Una de las formulaciones más eficaces, e indudablemente más llenas de consecuencias, es todavía la clásica del filósofo inglés David Hume: "Fijemos entonces, por cuanto posible sea, nuestra atención por fuera de nosotros; empujemos nuestra imaginación hasta el cielo o a los extremos límites del Universo: no avanzaremos un paso más allá de nosotros mismos, ni podremos concebir otra especie de existencia que las percepciones aparecidas dentro de aquel círculo restringido" (9).
El hombre que se encierra en los propios límites termina, orgulloso o desesperado, por cultivar esta ilusión de autonomía, esta pretensión de autosuficiencia en la cual nada verdaderamente se espera: “No hay nada más amargo que el alba de un día en el cual nada sucederá…La lentitud de la hora es despiadada, con quien no espera más nada" (C. Pavese, Lo steddazzu, 1936). El resultado amargo es, después de la presunción, la desilusión, incluso como grita Nietzsche, el desprecio de la propia humanidad, razón, libertad, sed de felicidad, todo reducido a nada: "¿Cuál es la máxima experiencia que podéis vivir? La hora del gran desprecio. La hora en que tenéis asco por vuestra felicidad así como por vuestra razón y por vuestra virtud. La hora en la cual digáis: ¡qué importa mi felicidad! Ella es indigencia y escoria y un miserable bienestar. Pero ¡mi felicidad debería justificar incluso la existencia! La hora en la cual digáis: ¡qué importa mi razón! ¿Acaso ella anhela al saber como el león a su comida? Ella es indigencia y escoria y un miserable bienestar. La hora en la cual digáis: ¡qué importa mi virtud! Hasta ahora nunca me volvió rabioso. ¡Cuán cansado estoy de mi bien y de mi mal! ¡Todo aquello es indigencia y escoria y bienestar miserable! ". (10)

También sin llegar al "desprecio" de Nietzsche está claro que negar la posibilidad que la vida sea movimiento, ímpetu hacia un cumplimiento más allá de sí mismos, pone en crisis de manera radical la noción de naturaleza humana. La separación entre Destino y vida, está a la base del dualismo cognoscitivo sobre el cual tanto se ha detenido en estos últimos tiempos Carrón (separación entre saber y creer) (11) se refleja en la crisis misma del concepto de naturaleza humana. Robert Spaemann (12) ha evidenciado la "situación de punto muerto" actual a la cual lleva el dualismo de hermenéutica y cientificismo respecto a la cuestión de qué es el hombre. El filósofo alemán individua dos extremos posible, el uno en la posición de Sartre, el otro en aquella del biólogo molecular Dawkins. De un lado, Sartre concibe al hombre como absoluta libertad privado de esencia y de ser: ya no es más la naturaleza como dato original, ella es el producto, por así decir, de la mirada del hombre sobre sí mismo, sin posibilidad de ligámenes, sino por el contrario rebelión frente a la mirada del otro ("el infierno son los otros"). Es un hombre sin naturaleza, el hombre es aquello que se siente de ser (pensemos en las consecuencias en términos de identidad personal y sexual, en términos de ligámenes, de convivencia civil etcétera.). En el otro extremo el hombre está reducido de manera determinística a sus antecedentes biológicos y genéticos, considerado sólo como urgencia por conservar y difundir sus genes egoístas. “Estoy considerando a una madre como una máquina programada a hacer algo en su poder para propagar copias de los genes que lleva dentro de sí", ya que "nosotros somos máquinas de supervivencia - robots semovientes programados ciegamente para preservar aquellas moléculas egoístas nacidas bajo el nombre de genes" (13). De un hombre sin naturaleza (Sartre) a un hombre que sólo es naturaleza (Dawkins) reducido a los factores científicamente mensurables; los extremos se tocan. Hace falta de paso notar que justo en las búsquedas más avanzadas, las así llamadas neuro-ciencias que estudian la relación entre mente y cerebro se abren resquicios interesantes en el dominio del actual pretendido absolutismo científico. Sin poder profundizar aquí el argumento, basta con señalar las conclusiones a las cuales algunos investigadores afirman que el cerebro funciona de tal modo que engendra creencias: "La pregunta religiosa ya no es rechazada de manera prejuciosa, si acaso despotenciada: los hombres han vivido con tales creencias, pero la respuesta a las preguntas del hombre, incluso aquellas últimas, vienen y vendrán cada vez más de la ciencia, que se desarrolla en su relación con la tecnología en tecnociencia…(que), ha producido una especie de universalismo científico, por el cual si una cosa tiene la marca de la ciencia es considerada indiscutible. Es paradójico: en un mundo que no admite ningún absoluto, funciona el absoluto práctico del universalismo científico. Yo no niego la correlación entre cerebro y mente, donde la mente es la dimensión psíquica en sentido amplio; pero me niego a considerar la relación entre cerebro y mente en los términos de causa y efecto. La detección de los procesos cerebrales no es la explicación total del fenómeno mente. ¿Cuál es el factor que impide este achatamiento? La tradición lo llama alma. Hoy se ha convertido en un tabú. En cambio hace falta volver a hablar reconociendo que existe una dimensión del hombre que no es puro cerebro ni pura mente ni pura relación entre mente y cerebro sino un más allá, otro, el alma precisamente, conexa de manera estructural a mi cuerpo" (14).

En efecto cada uno de nosotros, sin ser científico, en una atenta observación de sí mismo en acción, descubre dos realidades diferentes irreducibles la una a la otra (cuerpo y alma) y que constituyen la unidad del sujeto; "intentar reducir la una a lo otra sería negar la evidencia de la experiencia que las presenta diversas" (15).

4. "Lo mismo que una torre en solitario campo tú estás solo, gigante, en medio de ella". El corazón infalible.

En la confusión que la cual vivimos con muchas manifestaciones de aquella, por decirlo con Hannah Arendt, "especie de rebelión [del hombre] contra la existencia humana como [le] ha sido dada, un regalo gratuito procedente de no sé dónde (hablando en términos profanos), que [el hombre] desea intercambiar, si es posible, con algo que él mismo haya hecho" (16) ninguno de nosotros puede sustraerse, sin perderse a sí mismo, a aquel empeño con la misma humanidad dentro de lo real, a reconocer en la experiencia aquellos factores, más aún aquel factor que está, que opera continuamente en nosotros como criterio original de juicio. También en este caso dirijámonos al descubrimiento de este factor tal como emerge en El pensamiento dominante del drama existencial de Leopardi, compartido por la genialidad de Giussani: "Dulcísimo, poderoso /Dominador de mi profunda mente; / Pensamiento que siempre ante mí tornas. / De tu natura arcana/ ¿Quién no habla? Su poder sobre nosotros / ¿Quién no siente? Mas siempre/ Que al decir sus efectos/
Las humanas lenguas el sentir propio excita,/Nuevo parece por lo que razona [también si de esta cosa siempre se habla, ella es siempre nueva]/¡Cuán solitaria mi mente/
Quedó desde el instante/En que tú la escogiste por morada!/Arrebatos como relámpago, de en torno/Los otros pensamientos míos/Todos se alejaron. Lo mismo que una torre/En solitario campo, /Tú estás solo, gigante, en medio de ella.//

Giussani comenta: "En esta contraposición, que se dilata en el tiempo, en la evolución del tiempo y de la obra humana, hay una cosa, hay un fenómeno, el fenómeno de una cosa, que es como incorruptible frente a la lucha de las contraposiciones, no logra ser resquebrajada, de ella hablan todos y es siempre nueva. Inmediatamente puede tomar ocasión de la mujer, la mujer querida, por tanto de cualquier cosa que se ame, más fuerte de lo usual: todo desaparece cuando uno fija los ojos en esta presencia" Pero "si el símbolo de tal fenómeno es la mujer, el fenómeno se dilata mucho más y es más grande que el motivo de este ser, que el tiempo barre como me barre a mí: este fenómeno, podemos decir, la sed de belleza, la sed de verdad, la sed de felicidad, es el corazón…el hombre percibe dentro de sí un destino a la felicidad, a la verdad, a la belleza, a la bondad, a la justicia. Todos juzgan con base en estas cosas, al menos –si bien superficialmente - un poco todos. Pero aquello que de hecho es más impresionante es que no se pueden quitar: en medio de la 'gran ruina', por usar la expresión dantesca, hay esta cosa que se yergue impetuosa, grandiosa: 'Potente dominador de mi profunda mente', ‘Arrebatos como relámpago, de en torno’; los otros pensamientos del hombre, frente a éste se diluyen"…Lo que es interesante no es la referencia típicamente femenil en la cual Leopardi veía y esperaba la respuesta a su sed de felicidad, sino que es la existencia de este fenómeno, el fenómeno de este factor, que el tiempo y los hechos no logran definir, reducir bajo su dominio, deshaciéndolo… Todos los hombres lo viven; si no vive este fenómeno, el hombre se resquebraja en aburrimiento, en anorexia; en la medida en que el hombre no vive, no se percata, no se nutre de esta excepción al naufragio universal, se aniquila…. (17)

El corazón. Giussani como ningún pensador contemporáneo, relee de modo nuevo y genial esta noción bíblica, que tradicionalmente indica la sed del ímpetu original de la persona, en una concepción potentemente unitaria que, salvando la centralidad del sujeto como criterio del juicio, tan querida por la sensibilidad moderna y contemporánea, destaca la objetividad, el dato estructural de estas exigencias y evidencias. Es un dato primordial, "experiencia elemental" que constituye el rostro del hombre en su confrontación con toda la realidad. Pues ella es el criterio de juicio que está dentro de nosotros, pero que nosotros no decidimos. Yo tengo dentro de mí el criterio para saber qué cosa realmente me corresponde de la realidad. ¿En qué consiste, pues, este corazón o "experiencia elemental"? Es "un complejo de exigencias y evidencias con las cuales el hombre es lanzado hacia la confrontación con todo lo que existe. La naturaleza lanza al hombre al parangón universal consigo mismo, con los otros, con las cosas, dotándolo - como instrumento de tal comparación universal – con un conjunto de evidencias y exigencias originales, tan originales que todo lo que el hombre dice o hace depende de ellas…Una madre esquimal, una madre de la Tierra del Fuego, una madre japonesa dan a la luz seres humanos que son reconocibles como tales, sea como connotaciones exteriores que como impronta interior. Así, cuando ellos digan ''yo” utilizarán esta palabra para indicar una multiplicidad de elementos consecuentes de muchas historias, tradiciones y circunstancias, pero indudablemente cuando dirán ''yo” usarán tal expresión también para indicar un rostro interior, un 'corazón', diría la Biblia, que es igual en cada uno de ellos, si bien traducido en modos muy diferentes" (18). Aquí están puestas las raíces para la superación de aquel exasperado subjetivismo, de aquella afirmación de sí hasta el infinito (anarquía) que representa la tentación más fascinante, "pero es tan fascinante como mentirosa. Y la fuerza de tal mentira está precisamente en su fascinación, que induce a olvidar que el hombre antes no existía y luego muere…Es mucho más grande y verdadero amar al infinito, es decir abrazar la realidad y al ser, antes que afirmarse a sí mismo frente a cualquier realidad. Porque en verdad el hombre se afirma verdaderamente a sí mismo sólo aceptando lo real, tanto es verdad que el hombre empieza a afirmarse a sí mismo cuando acepta existir: cuando acepta una realidad que no se ha dado por sí mismo" (19).

No me he dado por mí mismo, soy hecho; es ésta la primera evidencia que se despierta en el impacto con lo real (cfr. cap. X del Sentido Religioso). Es en el impacto con lo real que el corazón, esta compleja y sin embargo simple experiencia, se pone en marcha, inmediatamente. Ello emerge como "imponencia de los criterios con los cuales la razón se juzga a sí misma (autoconciencia)", como "los principios a los cuales ella se encomienda para ser y para existir. En cada experiencia individual, en la búsqueda de los criterios que juzgan la experiencia misma y con los cuales por la experiencia se puede juzgar el mundo, este emerger de los criterios últimos por la razón es inmediatamente sensible, es inmediato, es automático" (20).
Se puede afirmar que para Giussani el corazón se identifica con la razón, que es conciencia de la realidad en la totalidad de sus factores, en su sentido pleno. Es inteligencia, conocimiento afectivo, es la luz de la inteligencia que llega a ser golpeada, afectada. La razón se pone en acto, se realiza cuando es golpeada, no cuando se impone. "¿Por qué llamarlo corazón en lugar de razón? Porque el corazón es el lugar del affectus, pero el affectus no es antitético a la razón, es el aspecto último de la razón, de la dinámica razonable. Por el cual el corazón es la sede de aquellas evidencias y exigencias originales que proyectan al individuo hacia la realidad, tratando de registrar cómo es ella - darse cuenta, la autoconciencia - según la totalidad de sus factores…La razón percibe la realidad sostenida por la afectividad propia de un juicio de correspondencia entre la realidad y el corazón, las exigencias del corazón… Después entra en juego la espada de la libertad, que puede aceptar esto, (y la aceptación es amor, afirma el ser, dice tú), o no aceptarlo, (esto es la mentira, porque la lógica de este no aceptar es la nada)" (21).
El contenido de la experiencia es la realidad, pero la experiencia no es, como normalmente todos creen, el simple probar algo. Lo que se prueba se convierte en experiencia cuando es juzgado con los criterios del corazón: si es realmente verdadero, si es realmente bello, si es realmente bueno, si es realmente feliz.
"Toda experiencia implica la experiencia elemental, es decir toda experiencia es juzgada por algo que está en ella y que se llama experiencia elemental. Es la percepción inevitable de lo que el hombre busca en todas las cosas: para la satisfacción de sí (satisfacere): para ser completo" (22).
El hombre es educado por la experiencia, no por lo que prueba. Los criterios del corazón como criterios, son infalibles. Son infalibles como criterios, no como juicios, puede haber una infalibilidad mal aplicada, o no aplicada en absoluto, hasta incluso contradicha, como tantas veces cada uno de nosotros experimenta. Pero en cada circunstancia de la vida, en cada momento la realidad hace salir afuera los criterios del corazón, la exigencia última de ser realmente sí mismos. Basta un instante, un delicadísima, última posibilidad. Querría recordar a este propósito el acontecimiento, reportado por toda la prensa, de Richard Rudd, inglés de 43 años. Richard Rudd dijo siempre a la familia que si le ocurriese algo no querría estar mantenido con vida por una máquina. Pero se equivocaba. Después de haber quedado paralítico en octubre de 2009 en un accidente de motocicleta, el inglés de 43 años, conductor de autobús ha hecho todo lo posible por hacer entender a los médicos que no quería morir. Con una señal del ojo, por tres veces seguidas, ha dicho sí al médico que le preguntaba si quería vivir todavía. Y así ha sido. Hoy, pasados nueve meses de aquel momento crucial, Rudd permanece paralítico y necesitado de curaciones constantes, pero logra comunicarse con los parientes y las hijas, Charlott de 18 años y Bethan de 14: sonríe, mueve los ojos y la cabeza. Basta un instante, también en circunstancias extremas, dolorosas, complicadas, para que el corazón sea golpeado y despertado y manifieste potentemente su voz.

Demos un paso ulterior. Hemos dicho que la razón, conciencia de la realidad según la totalidad de sus factores, regenera continuamente y utiliza como criterio último que juzga la relación entre el hombre y la realidad que está experimentando, principios que están dentro de él, su corazón. Preguntémonos: ¿es realmente verdadero que esto es todo? Para responder retomemos el famoso ejemplo del despertador propuesto por Giussani: “Había pues sobre la mesa de su casa un despertador. Puesto que él era un niño muy emprendedor y activo, curioso, como el papá y la mamá se habían ido y estaba solamente la hermana menor, ha visto el despertador, ha mirado a su alrededor, ha tomado el despertador y lo ha desmontado todo. Los pedacitos que se podían contar eran 353. El despertador estaba hecho de 353, pero aquellos 353 factores él ya no era capaz de ponerlos juntos. ¿Por qué? Porque le falta la idea del despertador. Era un pequeño niño y no un relojero suizo…. La razón - que es la mente del niño - no es capaz de hacer el despertador…falta un factor, la idea del despertador…De tal modo la razón implica la afirmación de la existencia del misterio, entendiendo por misterio un factor presente en cada experiencia, que no pertenece a los factores experimentables, numerables, calculables, de la experiencia misma. La idea del despertador está más allá del nivel de los trozos. No es otro pedacito, es otro cosa" (23).

Sin la percepción y el reconocimiento del Misterio como factor de la realidad no hay experiencia, de cualquier cosa se trate. Lo real nos solicita a investigar algo distinto más allá de lo que nos aparece de manera inmediata, algo distinto que es el sentido último de lo que aparece. Es la dinámica del signo. Bloquear esta dinámica con la reacción inmediata, con la apariencia, como muchas veces ocurre, sería sofocar irracionalmente el ímpetu original con que el cual el corazón, provocado, se asoma sobre lo real.
Para aferrar esta dinámica nos es de ayuda todavía, la dramática experiencia de Leopardi, tal como Giussani la toma, en particular en el himno a Aspasia, que ha sido su flama más potente: "es como si él dijese: cómo eres de bella, como fuiste de bella, pero tu belleza no era responsable de sí misma: tu belleza era como la extrema voz de la expresión de un corazón que estaba debajo, escondido; o bien, era como el inicio de una perspectiva de la cual no se veía el final, más que tú, más allá de ti" (24).

Rayo divino pareció a mi mente, /Mujer, tu hermosura. Parecido efecto/Producen la belleza y acordes musicales, /Que alto misterio de ignorados Elíseos [Paradiso]/Parecen a menudo revelarnos. Contempla/así el llagado mortal [el hombre golpeado por esta violencia de amor] a la hija de su mente …

Giussani comenta: “No 'es' un rayo divino; rayo divino al pensamiento del hombre 'parece' su belleza. La belleza del rostro de la mujer es instrumento de algo diferente. Cuando el valor de una cosa está, se sitúa en otra, de la primera cosa se dice que es un signo. 'Contempla así el llagado mortal' aquella que es hija de su mente: es la fuerza de su corazón que embiste aquel rostro que lo atrae y lo golpea por su belleza, pero lo embiste creando una perspectiva, una perspectiva en ello que en sí mismo no tiene…es un signo, es una realidad que es signo, que vale en cuanto signo" (25).

5. "De ti ha dicho mi corazón: 'Buscad su rostro'; tu rostro Señor yo busco" (Sal 27). Cristo, la correspondencia imposible

El corazón, frente a la realidad como signo, es obligado a admitir la existencia de un incomprensible, de un inalcanzable, y por esto no deja de ser exigencia de poder conocer aquel incógnito. Hannah Arendt agudamente observa: "El corazón humano es la morada pero no la patria" (26). Pero cuánto más un hombre tiene el sentido del misterio, tanto más se siente pequeño frente a lo imposible. Pequeño frente a lo imposible y grande en el anhelo de poder entrar en relación con él. Es la grandeza de Leopardi, que se manifiesta en la cumbre de su expresión poética, en el himno A su mujer. En un cierto punto de su vida Leopardi intuyó, presintió que el signo celebrado en el himno de Aspasia había acontecido.

De mirarte viva/ ninguna esperanza me queda; / a no ser, a no ser que desnudo y solo /Por senda ignota, en peregrina estancia/Mi espíritu te vea…

"Por tanto, durante un tiempo de su vida – observa Giussani - Leopardi creyó poderla ver por la calle; después desesperó de poderla ver viva en este mundo y añadió: a menos que yo pueda verte en otro lugar, quién sabe dónde, pero en otro lugar. ¿Qué cosa ver? ¿Qué cosa creía poder ver viva por la calle? La belleza. No a Aspasia, no a una de las decenas de mujeres de quienes se había enamorado, sino la Mujer, con la M mayúscula, la Belleza con la B mayúscula…” (27). Cuando Gaetano Corti comentó en primero de teología la frase del Prólogo del Evangelio de San Juan “El Verbo se ha hecho carne" el presentimiento tenido por Giussani por la lectura del himno fue claro: "El Verbo se ha hecho carne quiere decir que la Belleza se ha hecho hombre, la Justicia se ha hecho hombre, la Bondad se ha hecho hombre, la Verdad se ha hecho hombre. ¿Quid est veritas? Vir qui adest' ¿Qué cosa es la verdad? Un hombre presente. Jesús fue profetizado por el genio de Leopardi mil ochocientos años después de su existencia" (28).

He aquí la última estrofa del himno A su dama: "Si tú de las ideas eternales/eres una, de aquellas que de formas sensibles/no vistió la eterna ciencia/ni entre caducos restos/Probar los afanes de funérea vida, /O si acaso en el cielo donde giras/Otra tierra te acoge entre sus giros, /y más bella que el sol próxima estrella/ Te alumbra, y más benigno éter aspiras,/Desde aquí, donde son los años infaustos y breves,/De ignoto amante este himno recibe".

Comenta Giussani "De ignoto amante este himno recibe'. Ignoto amante. El hombre desconocido amante de esta belleza encarnada, que si no está por las calles del mundo, estará en alguna parte, en alguna otra estrella del cielo, en algún mundo platónico. Ignoto amante: yo ignoto amante de Ti; Tú, Dios hecho carne, ignoto amante mio, ignorado por mí, no conocido por mí, no recordado por mí. Literalmente éste es el mensaje cristiano, como yo lo he conocido, como lo es objetivamente. Aquello que Leopardi expresa como suprema exigencia de poder ver y vivir la relación con la belleza hecha carne, ha acontecido hace dos mil años: Juan y Andrés representan a los primeros interlocutores sacudidos por el estupor de escuchar hablar aquel hombre. El genio de Leopardi se acerca, por lo tanto, al genio religioso de San Juan" (29).

Nunca el hombre habría podido imaginar una respuesta así al grito de su corazón: "De Ti ha dicho mi corazón: buscad su rostro, tu rostro, Señor, yo busco" (Sal 27). Respuesta tan imposible a imaginarse antes que ocurriera como acontecimiento histórico, cuanto supremamente conveniente en su manifestarse libre y totalmente gratuito. Para Juan y Andrés, para los primeros que lo siguieron "Jesucristo se revela como una presencia que corresponde de modo excepcional a los deseos más naturales del corazón y de la razón humanos. Él muestra la propia excepcionalidad porque es el hombre frente al cual el corazón humano advierte la correspondencia para la cual está hecho naturalmente, y que no prueba jamás, ni siquiera frente a las cosas más cautivadoras y bellas de su existencia - por lo menos por una sospecha de brevedad que oculta una tristeza última. Nadie es como Él, tienen que reconocer los suyos; para no creerle - dice san Pedro con la claridad de un ímpetu - no deberían creer ni en sus propios ojos. Tal evidencia excepcional no anula, sino más bien exalta la libertad humana: delante del 'ven y sígueme' repetido sin distinciones a pescadores, mafiosos, prostitutas, sabios y políticos, cada uno está llamado a 'desvelar los pensamientos' del propio corazón, a decidir si adherir a lo verdadero más que a la propia idea o al propio interés" (30).

Jesucristo no se sustituye al drama del corazón humano, sino que lo hace realmente posible, porque se revela como la única respuesta totalmente correspondiente a todas las exigencias constitutivas del corazón y, respondiéndolas, las despierta y las purifica continuamente. Por esto, hay una observación de capital importancia en la introducción de "El origen de la pretensión cristiana": "No sería posible darse cuenta de qué quiere decir Jesucristo si antes no se diera cuenta de la naturaleza de aquel dinamismo que hace del hombre un hombre. Cristo se pone de hecho como respuesta a lo que 'yo' soy, y sólo una toma de conciencia atenta y también tierna y apasionada de mí mismo puede abrirme y disponer a reconocer, a admirar a agradecer, a vivir a Cristo. Sin esta conciencia también aquello de Cristo se vuelve un puro nombre" (31).

En el encuentro con Cristo el yo experimenta una pasión por el propio destino, una ternura hacia la propia sed de felicidad impensable para cualquiera, que se condensan en aquella pregunta que ningún hombre le ha dirigido nunca a otro hombre: "¿Cuál ventaja tendrá el hombre si ganara todo el mundo y luego se pierde a sí mismo? O ¿qué podrá dar el hombre a cambio de sí?” (Mt 16,26; cfr. Mc 8,3ss.; Lc 9, 25s.). Es en la pertenencia a Él que el corazón del hombre que busca su Destino percibe la correspondencia última, de otro modo imposible: “Permaneced en mí y yo en vosotros, porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,4.6).

De manera realista, el hombre sin la ayuda gratuita de Cristo, no logra vivir mucho tiempo sin hacerse mal, sin ir gravemente contra sí mismo, aquel hombre que tiene en el corazón el estímulo del ideal, pero que también tiene dentro su realidad personal una fuerza contradictoria que trata de arrastrarlo. De esta fragilidad aprovecha siempre el poder, cualquier poder, con el que nosotros a menudo nos volvemos conniventes: "El poder hace dormir a todos, lo más posible. Su gran sistema, su gran método es adormecer, anestesiar, o mejor aún, atrofiar. ¿Atrofiar qué cosa? Atrofiar el corazón del hombre, las exigencias del hombre, los deseos, imponer una imagen de deseo o exigencia diversos de aquel ímpetu sin confín que tiene el corazón. Y así crece gente limitada, concluida, prisionera, ya medio cadáver, es decir impotente" (32). El hombre es uno pero dividido, huye de su corazón ("fugitivus cordis sui" dice Agustín), no usa, o usa mal, o parcialmente (por el pecado original) aquellos criterios que son infalibles. El corazón del hombre es tentado por el sueño, puede atrofiarse, reduciendo la amplitud infinita de sus deseos: "Las exigencias del corazón son exigencias de felicidad; sin la fe esta certeza de felicidad no puede ser razonable, pero adquiere la forma, una forma que le da el corazón mismo, tomando pretexto por alguna presencia que no es todavía la gran Presencia (el hombre para la mujer, el niño para la madre, el dinero para quien ama el dinero, el éxito político para quien hace política) y esto se llama sueño; el corazón del hombre es tentado por el sueño; en cambio el corazón del hombre está hecho para la felicidad. Si reconoce la gran Presencia, entiende que es de la gran Presencia que puede venir la razón de la certeza que sus deseos se realicen; por tanto pide la ayuda de la gran Presencia para alcanzarlos, tal como ella les ha dado forma eterna…, todas las circunstancias en las cuales el hombre vive son tentaciones de sueño o bien señales del ideal…El hombre descubre que el atractivo que todas las circunstancias tienen es algo provisional que reenvía al atractivo definitivo y último de la gran Presencia…. Por lo tanto el deseo, que representa la esencia de la esperanza, es que Cristo venga, que, también en las circunstancias provisorias, Cristo sea más alcanzado, Cristo sea más glorificado" (33).

++++ 6. "Quién cree en mí, hará las obras que yo hago y las hara mucho más grandes" (Jn 14, 12)

“Permaneced en mí y yo en vosotros" es la experiencia posible en la pertenencia, a través del Bautismo, a la compañía de la Iglesia, en la cual se manifiesta la contemporaneidad de Cristo, la única en grado de permitirnos estar delante de lo real como hombres. "Ser contemporáneos a Cristo es la única condición para que inicie realmente el conocimiento de Él como consistencia de todas las cosas (Col 1), como inicio de un pueblo nuevo (Gal 3), como criterio con el cual afrontar la totalidad de la experiencia (catolicidad), y como origen de posición cultural, de un punto de vista que permite valorar todo y retener lo que vale (1Ts 5)" (34).

La compañía cristiana es el lugar en el cual la experiencia de aquella novedad de vida, de otro modo imposible en otro lugar, inicia a manifestarse en el tiempo como alborada, no como día pleno, la realidad de la promesa hecha por Cristo a los suyos, que corresponde a la grandeza de la espera de nuestro corazón: "Quien cree en mí, realizará las obras que yo hago y aún mayores" (Jn 14,12). No se trata ciertamente de la promesa de un éxito mundano, de grandiosidad de resultados, de una hegemonía alcanzable, sobre todo en estos tiempos dramáticos en los cuales la Iglesia, herida por los límites y los pecados de sus miembros, es hostigada con una insistencia que hace particularmente actual la cruda pregunta de Eliot en los coros de "La Roca": "¿Por qué los hombres deberían amar la Iglesia?" … "Si el altar tiene que ser derribado hace falta primero construir el altar"

La obra más grande a la cual se refiere Cristo es, en todo tiempo, en toda cultura, en toda coyuntura histórica, el cambio, el renacimiento del yo en el encuentro con Cristo y su libre pertenencia a Él, que embiste "el modo mismo de mirar, de percibir, de juzgar, de sentir, de manipular, de tratar la realidad (personal, social, cultural, política)" (35). El mismo Cristo insiste en su promesa. "No hay ninguno que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mi causa y por causa del Evangelio, que no reciba ya en el presente cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, junto a persecuciones y en el futuro la vida eterna" (Mc 10, 29s.).
os cristianos con el don del Espíritu en el Bautismo conscientemente vivido en una compañía eclesial viva, tienen la posibilidad de empezar a experimentar la realidad de modo nuevo, rico en verdad, cargado de amor: "Y es precisamente la realidad cotidiana que se transforma, es el tiempo presente aquel en el que se recibe 'de más', son las señales normales de la existencia humana los que son cambiados: el amor entre un hombre y una mujer, la amistad entre los hombres, la tensión por la investigación, el tiempo del estudio, del trabajo" (36). Son las señales normales de la existencia humana a través de las cuales nosotros caminamos al Destino, sin censurar y renegar nada, sin dejarnos aprisionar por la belleza de las cosas transitorias, como recuerda un Prefacio de la Liturgia ambrosiana, recordado por Giussani en el último libro de los Equipes de los universitarios, que será presentado el último día del Meeting: "Dios fuerte y bueno concediéndonos los bienes que pasan, Tú nos empujas a la posesión de la felicidad que permanece…y mientras concedes los consuelos de la vida presente ya prometes las glorias futuras, para que nos sea dado desde ahora saborear una existencia perenne y la belleza de las cosas transitorias no nos aprisionen" (Prefacio V lunes de la Cuaresma).

Esta mirada nueva, que surge de una iniciativa generadora de acciones y hechos de una humanidad diversos, es la contribución fundamental del cristiano al mundo, más bien, como recientemente Benedicto XVI ha afirmado "la contribución de los cristianos sólo es decisiva si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y trasformación" (37).

Una mirada que está cargada de ardor y de pasión por Cristo, para la cual la vida, en cualquier circunstancia, en cualquier acción es dominada por el deseo vehemente que Él se manifieste, según la bellísima exhortación de Pablo a los Corintios: "El amor de Cristo nos urge, el pensamiento que uno ha muerto por todos y por lo tanto todos han muerto. Y él ha muerto por todos, para que los que vivan, no vivan más para sí mismos, sino para Aquel que ha muerto y resucitado por todos" (2Cor 5, 14s). Cada acción, cada fatiga, cada sacrificio, si son vividos en la conmoción por el hecho que Él primero ha dado y da la vida por nosotros, se convierte en reconocimiento que la consistencia de todo es Él y grito que Él se manifieste más (se llama oferta), participa conscientemente en el designio de salvación del mundo en Cristo. Así cada acción, también el gesto más humilde y escondido, puede tener un valor y una dignidad cósmica: desde lavar los platos al conducir la Iglesia, desde cuidar a un niño, hasta sufrir en una cama de hospital, o gobernar un País. "El punto de fuerza del cristianismo – es una frase de nuestro gran amigo padre Men’, sacerdote ortodoxo, y que el 9 de septiembre se cumple el vigésimo aniversario de su martirio – consiste justo en no negar nada, sino en la afirmación, en la amplitud, en la plenitud del horizonte que afirma todo."

Dejadme concluir leyendo una carta escrita en el 1993 por un gran amigo, muerto hace dos años, Andrea Aziani, Memor Domini, a un compañero suyo de aventura en Perú, con ocasión de una vacación de universitarios. Ella testimonia la grandeza del corazón humano totalmente aferrado por Cristo y del amor por los hermanos y la posibilidad de generación de vida nueva que emana de esta afección:

"Querido Dado, un inmenso abrazo y un afectuoso recuerdo. ¿Cómo puedo no decirte que me haces falta? Quizás no me creas, pero el hecho es que a un cierto punto uno descubre que somos realmente necesarios (permítame la palabra) los unos para los otros. Pero, en realidad, lo que es necesario es nuestra compañía o, mejor, nuestra compañía vocacional. ¿Para quién? Para nosotros mismos, para los amigos, para los enemigos, para el mundo. Estoy seguro que en este 'baño misionero' de estos días emerja, crezca, potente y gozosa en ti - por lo tanto en todo nosotros - la conciencia, la certeza de aquello que es Cristo en nosotros y para nosotros. O quam ambilis es bone Jesu. Oía en el retiro de Adviento a Don Giussani patear al comentar estos versículos. Buen trabajo para esta última etapa. Qué la unidad entre vosotros y entre todos vosotros y el movimiento sea el leitmotiv, el sujeto capaz de hacer posible y perceptible el Acontecimiento. ¡Que alguien se enamore de lo que nos ha enamorado a nosotros! Pero por esto, para que sea así, nosotros tenemos que quemar, literalmente arder de pasión por el hombre, para que Cristo lo alcance. “El fuego ha de arder” ¿Te acuerdas de Santa Catalina? Gracias por tu espléndida, humilde y generosa presencia y amistad fraterna."

A todos vosotros y a mí deseo este ardor, pidámoslo cada día.

MARCO BONA CASTELLOTTI:

Estoy tan poseído por estas últimas palabras que también yo, de algún modo, quiero retomar este ardor, modestísimamente, pero con un comentario muy preciso que nace de la conferencia de don Stefano Alberto, la cual nos ha hecho entender que la palabra "corazón" no es solo una palabra, ante todo, es una realidad constitutiva de la persona, con todas las condiciones que se necesitan para que eso ocurra.

Entonces quiero recordar aquella paradójica y funámbula tontería de aquel genio de Nietzsche - muy a menudo los genios dicen un montón de tonterías - que ensalza a la hora del gran desprecio… Concibiendo el corazón así, ¡para nada es la hora del gran desprecio! ¡La vida se convierte en el momento eterno del amor al ser!

1 O. MILOSZ, Miguel Manara
2 A. CAMUS, Calígula
3 L. GIUSSANI Los jóvenes y el ideal: el desafío de la realidad, p.34
4 Ibi, 24
5 Pensieri, LXVIII
6 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale. Scritti sull’educazione (a cura di J. CARRON)…, 141
7 N. SAPEGNO, Disegno storico della letteratura italiana,…, 649.
8 In: G. PARRAVICINI, Marija Judina, Più della musica, Edizioni La Casa di Matriona, Milano 2010, 3s.
9 D. HUME, Trattato sulla natura umana, libro I, sez II, par.3
10 F. NIETZSCHE, Così parlò Zarathustra
11 Cfr. J. CARRÓN, Dalla fede il metodo, Esercizi 2009, …, 13ss.
12 Cfr. R. SPAEMANN, Natura e ragione. Saggi di antropologia, 22ss.
13 R. DAWKINS, Il gene egoista, Milano 1995; cit in R. SPAEMANN, ibi.
14 A. SCOLA-A. CAZZULLO, La vita buona, Edizioni Messaggero, Padova 2009, 54s.
15 L. GIUSSANI, El sentido religioso, …, 66
16 H. ARENDT, Vita activa. La condizione umana, Bompiani, Milano 1966, 2
17 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale, .., 145-147
18 L. GIUSSANI, El sentido religioso, …, 24
19 Ibi, 26
20 L. GIUSSANI, Si può veramente vivere così, …, 80
21 L. GIUSSANI, L’autocoscienza del cosmo, …, 83 e 184s.
22 L. GIUSSANI, Si può veramente vivere così, …, 81
23 L. GIUSSANI, Si può veramente vivere così,…, 84s.
24 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale, …, 149
25 ibi
26 H. ARENDT, Quaderni e diari, Neri Pozza 2007, 53
27 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale, …, 153s.
28 Ibi, 154
29 Ibi
30 L. GIUSSANI, El rostro del hombre //, 16-17
31 L. GIUSSANI, //Los orígenes de la pretensión cristiana
.., 9
32 L. GIUSSANI, L’io rinasce in un incontro, …, 174.
33 L. GIUSSANI, Se puede vivir así, 145-146.
34 L. GIUSSANI, El rostro del hombre, 18-19
35 J. CARRÓN, Può un uomo nascere quando è vecchio? //, Esercizi 2010, …, 25
36 L. GIUSSANI, //L’itinerario della fede
, .., 415
37 Alla XXIV Assemblea Plenaria del PCPL, 21 maggio 2010


MARCO BONA CASTELLOTTI:

Buenas tardes a todos, bienvenidos al encuentro que lleva el título del Meeting, la ponencia es de Don Stefano Alberto, docente de Introducción a la Teología de la universidad Católica del Sacro Cuore de Milán.
¡Corazón! Mientras permanezca sólo una palabra, es una de las que tiene más riesgo de ser banalizada. Por ejemplo, hacen un uso amplio de ella los cantautores; y un famoso periodista con ambiciones filosóficas hace algunos años definió el corazón como un músculo, pero gracias a Dios la palabra corazón también está muy difundida en los Textos Sagrados tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y es en esta difusión que se pone el problema profundo de su significado.
Porque el corazón puede ser como dice Jeremías “Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo” (Jer 17,9); David amonesta al pueblo de la dehesa de Dios y el rebaño que él conduce a escuchar su voz y a no endurecer el corazón, pero si el corazón del hombre puede ser duro, también lo es aquella naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes, pero para que esto pueda ocurrir es necesaria una condición, que el hombre sea capaz de amar.
Dice el salmista: "El corazón del justo exulta en el Señor" y San Agustín comenta: "¿Cómo se puede exultar en aquello que no se ve? Pero el Señor no está lejano, es una realidad visible; ama y Él vendrá a habitar en ti". Es en este punto que entra en juego el título del Meeting, que deriva de un pasaje muy intenso de un libro de don Giussani titulado Los jóvenes y el ideal: el desafío de la realidad, que refiere el diálogo entre Don Giussani y una estudiante de la universidad durante una asamblea. Lo contextualizo y luego dejo inmediatamente la palabra a Don Stefano Alberto.

Esta chica sin nombre, no, no es ni siquiera de la universidad, creo que sea de los últimos años del bachillerato, dice: "desde hace tiempo deseo muy fuertemente una vida que sea grande, pero no sé qué pueda ser una vida grande, al mismo tiempo no quiero ser mediocre, a menudo pienso que no soy capaz, advierto mis límites, mi pequeñez, de modo especial, no obstante, me doy cuenta, cuando miro las cosas con lucidez, que aquello que he encontrado es verdaderamente grande". Y luego continúa, en una especie de crescendo, después a un cierto punto Don Giussani dice: "Esta bellísima provocación tuya dice una cosa muy simple: tú deseas ser grande, este deseo es propio del corazón humano. Aquella naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón, por lo tanto, síguelo". Por tanto, la provocación es muy fuerte, muy fuerte porque no siendo el corazón una palabra, para quien vive en un cierto modo y se convierte en un hecho de la existencia, nos pone frente a la realidad de las cosas. Don Stefano Alberto nos ayudará a ir más a fondo en esta provocación.

STEFANO ALBERTO:

1. "Sed realistas, pedid lo imposible"

"Una belleza nueva, un nuevo dolor, un nuevo bien con el cual pronto se nos sacie, para saborear mejor el vino de un mal nuevo, una nueva vida, un infinito de vidas nuevas, he aquí aquello de lo cual tengo necesidad, señores: sencillamente esto y nada más. Ah, ¿cómo colmar este abismo de la vida? ¿Qué hacer? Porque el deseo siempre está allí, más fuerte, más loco que nunca. ¡Es como un incendio marino que arroja su llama en lo más profundo de la negra nada universal! ¡Es un deseo de abrazar las infinitas posibilidades! " (1).

Al grito de Miguel Mañara, que hemos escuchado el año pasado aquí en el Meeting, ha hecho eco hace dos tardes el de Calígula de Camus en su diálogo con el fiel Helicón: "Pero yo no estoy loco y no he sido nunca tan razonable como ahora, sencillamente he sentido de improviso una necesidad de lo imposible. Las cosas tal como son no me satisfacen…Ahora lo sé. Este mundo tal como está hecho no es soportable. Tengo necesidad por tanto de la luna, o de la felicidad, o de la inmortalidad, en suma, de algo que sea quizás insensato, pero que no sea de este mondo" (2). El mismo Camus retoma la aparente paradoja en la afirmación, muy querida al '68 francés: "Sed realistas, pedid lo imposible". ¿De cuál realismo estamos hablando? ¿No es más bien una utopía, incluso una locura? He aquí la respuesta de Giussani, justo en el comentario al pasaje citato del "Calígula": "No es realista que el hombre viva sin ambicionar lo imposible, sin esta apertura a lo imposible, sin nexo con el más allá: cualquier confín alcance" (3). En este sentido "lo imposible" indica el infinito y la insatisfacción insaciable de Calígula que expresa la tensión a este infinito. Es lo que Claudel hace decir a Pierre de Craon en La Anunciación a María: "Lo insaciable no puede derivar más que de lo inextinguible" Y comenta Giussani: "Que el hombre sea un animal insaciable, quiere decir que el sujeto de esta realidad que se llama hombre es un sujeto inextinguible. Calígula habla de luna o felicidad o inmortalidad. Lo insaciable no puede derivar más que de un inextinguible. La insaciabilidad es el signo del Destino. He aquí el emerger de la gran palabra, de la cual ninguno, incluso haciendo cualquier esfuerzo, cualquier movimiento, por cuanto hábil pueda ser, ni siquiera en el sueño, se puede separar. Un destino de inmortalidad se señala en la humana experiencia de insaciabilidad" (4).

2. “Misterio eterno de nuestro ser”

Tal insaciabilidad, la inagotabilidad de los deseos y de las preguntas últimas del hombre exaltan la contradicción entre el ímpetu de las exigencias y el límite de la medida humana en la búsqueda. Es la dramática conciencia expresada por Giacomo Leopardi en uno de sus Pensamientos:
"El no poder estar satisfecho con alguna cosa terrenal, ni, por decir así, con la tierra entera; considerar la amplitud inestimable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeñito para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número infinito de los mundos y el universo infinito, y sentir que el ánimo y nuestro deseo son aún mayores que el mismo universo; y acusar siempre a las cosas de insuficiencia y de nulidad, y padecer necesidades y vacío, e incluso aburrimiento, paréceme el mayor signo de grandeza y de nobleza, que pueda verse de la naturaleza humana" (5). El sentimiento de esta desproporción es para Leopardi el contenido de aquella que él llama 'la sublimidad del sentir'
Recuerdo vívidamente la última vez que Giussani, en ocasión de la publicación de la colección de los cantos más bellos de Leopardi, cuidada por él, para la Biblioteca del Espíritu cristiano con el sugestivo título: Querida belleza…, tuvo ocasión, delante de los estudiantes del Politécnico de Milán, de testimoniar las razones de su amistad con el poeta nacida en los años del Seminario. Precisamente para introducirnos a la sublimidad del sentir leopardiano nos leyó la que fue para él, la estrofa más bella de la literatura italiana, extraída del himno Sobre el retrato de una bella mujer tallado en el monumento sepulcral de la misma: "Deseos infinitos, /y soberbias visiones /crea en el vago pensamiento [vago: es el Ulises de Dante quien desafía al mar infinito, más allá de las columnas de Hércules] /por natural virtud, docta armonía /donde por deleitoso mar, arcano /yerra el espíritu humano, /Casi por divertirse / osado nadador por el Océano: /Mas si un discorde acento /hiere el oído, en nada /se torna aquel edén en un momento.
/ Natura humana, ¿cómo, / si frágil en todo y vil, / Si polvo y sombra eres, tan alto sientes?/
Si gentil todavía, / ¿Cómo los más dignos de tus movimientos y pensamientos/ Son tan frágiles /que de tan bajos orígenes despierten y se apaguen?”
Comenta Giussani "Es un contraste insanable e inconcebible: ‘Natura humana’, ‘Misterio eterno de nuestro ser’; natura humana, si eres tan banal ¿cómo haces para tener deseos de este género, pensamientos de este género, tan grandes? ¿Y si algo noble hay en tí, que supera la corrupción, la corruptibilidad de la materia, cómo es posible que los más dignos de tus movimientos por causas tan bajas - un dolor de muelas, un dolor de oído - se despierten y apaguen? La circunstancia crea el input, da el input para el gran sentimiento, la misma circunstancia porta la imposibilidad a continuarlo por la desilusión que infunde. Ésta es la situación que interesa a Leopardi, que él ha sorprendido en sí mismo". (6)

3.La imposibilidad moderna: "No avanzaremos un paso más allá de nosotros mismos"

“Misterio eterno de nuestro ser”. Para Giussani el verdadero Leopardi está aquí, no en la desesperada negación final de "La Retama", por la cual lo exalta la cultura contemporánea como precursor del nihilismo. ¿Pero tiene razón quien, como Natalino Sapegno ha reducido las preguntas últimas de Leopardi, definiendo sus "obsesiones" tratándolas como "la confusa e indiscriminada veleidad reflexiva de los adolescentes, su primitiva y sumaria filosofía, (qué es la vida? ¿Para qué es útil? ¿Cuál es el propósito del universo? y ¿por qué el dolor?), aquellas preguntas que el filósofo verdadero y adulto aleja de sí como absurdas y carentes de auténtico valor especulativo y que no comportan respuesta alguna ni posibilidad de desarrollo"? (7) ¡No!, nos sale contestar de golpe, aquellas preguntas son las mías, las nuestras, sin ellas no hay verdadera humanidad ni posibilidad de grandeza expresiva. Es lo que sostiene con fuerza la gran pianista rusa Marija Judina: "Soy muy consciente de mis pecados y de mis debilidades, pero tengo el ardor de pensar que la grandeza del hombre no está principalmente en sus dotes, sino en el impulso a atreverse que nace con él y muere sólo después de él, en su corazón que tiene sed de infinito; para acallarlo – decía citando a Dostoevskij - haría falta cortar la lengua a Cicerón, arrancar los ojos a Copérnico, lapidar a Shakespeare" (8).

Sin embargo en el drama de este contraste incurable entre la aspiración ideal, la grandeza del propio deseo y lo contradictorio de las realizaciones históricas, el hombre tiende a ceder, por cansancio y fragilidad, por la impaciencia de la espera de una respuesta completa o por la presunción de dársela él mismo. Porque no reconozco la posibilidad de la respuesta, tiendo a reducir o a vaciar de sentido las preguntas últimas constitutivas de mi yo humano. En un primer momento es una desarticulación entre vida y su Destino, luego una separación, finalmente una desesperada negación. La "sabiduría" consiste en quedar dentro de la misma medida: El no ir más allá de sí mismos se convierte en condición necesaria para vivir. Una de las formulaciones más eficaces, e indudablemente más llenas de consecuencias, es todavía la clásica del filósofo inglés David Hume: "Fijemos entonces, por cuanto posible sea, nuestra atención por fuera de nosotros; empujemos nuestra imaginación hasta el cielo o a los extremos límites del Universo: no avanzaremos un paso más allá de nosotros mismos, ni podremos concebir otra especie de existencia que las percepciones aparecidas dentro de aquel círculo restringido" (9).
El hombre que se encierra en los propios límites termina, orgulloso o desesperado, por cultivar esta ilusión de autonomía, esta pretensión de autosuficiencia en la cual nada verdaderamente se espera: “No hay nada más amargo que el alba de un día en el cual nada sucederá…La lentitud de la hora es despiadada, con quien no espera más nada" (C. Pavese, Lo steddazzu, 1936). El resultado amargo es, después de la presunción, la desilusión, incluso como grita Nietzsche, el desprecio de la propia humanidad, razón, libertad, sed de felicidad, todo reducido a nada: "¿Cuál es la máxima experiencia que podéis vivir? La hora del gran desprecio. La hora en que tenéis asco por vuestra felicidad así como por vuestra razón y por vuestra virtud. La hora en la cual digáis: ¡qué importa mi felicidad! Ella es indigencia y escoria y un miserable bienestar. Pero ¡mi felicidad debería justificar incluso la existencia! La hora en la cual digáis: ¡qué importa mi razón! ¿Acaso ella anhela al saber como el león a su comida? Ella es indigencia y escoria y un miserable bienestar. La hora en la cual digáis: ¡qué importa mi virtud! Hasta ahora nunca me volvió rabioso. ¡Cuán cansado estoy de mi bien y de mi mal! ¡Todo aquello es indigencia y escoria y bienestar miserable! ". (10)

También sin llegar al "desprecio" de Nietzsche está claro que negar la posibilidad que la vida sea movimiento, ímpetu hacia un cumplimiento más allá de sí mismos, pone en crisis de manera radical la noción de naturaleza humana. La separación entre Destino y vida, está a la base del dualismo cognoscitivo sobre el cual tanto se ha detenido en estos últimos tiempos Carrón (separación entre saber y creer) (11) se refleja en la crisis misma del concepto de naturaleza humana. Robert Spaemann (12) ha evidenciado la "situación de punto muerto" actual a la cual lleva el dualismo de hermenéutica y cientificismo respecto a la cuestión de qué es el hombre. El filósofo alemán individua dos extremos posible, el uno en la posición de Sartre, el otro en aquella del biólogo molecular Dawkins. De un lado, Sartre concibe al hombre como absoluta libertad privado de esencia y de ser: ya no es más la naturaleza como dato original, ella es el producto, por así decir, de la mirada del hombre sobre sí mismo, sin posibilidad de ligámenes, sino por el contrario rebelión frente a la mirada del otro ("el infierno son los otros"). Es un hombre sin naturaleza, el hombre es aquello que se siente de ser (pensemos en las consecuencias en términos de identidad personal y sexual, en términos de ligámenes, de convivencia civil etcétera.). En el otro extremo el hombre está reducido de manera determinística a sus antecedentes biológicos y genéticos, considerado sólo como urgencia por conservar y difundir sus genes egoístas. “Estoy considerando a una madre como una máquina programada a hacer algo en su poder para propagar copias de los genes que lleva dentro de sí", ya que "nosotros somos máquinas de supervivencia - robots semovientes programados ciegamente para preservar aquellas moléculas egoístas nacidas bajo el nombre de genes" (13). De un hombre sin naturaleza (Sartre) a un hombre que sólo es naturaleza (Dawkins) reducido a los factores científicamente mensurables; los extremos se tocan. Hace falta de paso notar que justo en las búsquedas más avanzadas, las así llamadas neuro-ciencias que estudian la relación entre mente y cerebro se abren resquicios interesantes en el dominio del actual pretendido absolutismo científico. Sin poder profundizar aquí el argumento, basta con señalar las conclusiones a las cuales algunos investigadores afirman que el cerebro funciona de tal modo que engendra creencias: "La pregunta religiosa ya no es rechazada de manera prejuciosa, si acaso despotenciada: los hombres han vivido con tales creencias, pero la respuesta a las preguntas del hombre, incluso aquellas últimas, vienen y vendrán cada vez más de la ciencia, que se desarrolla en su relación con la tecnología en tecnociencia…(que), ha producido una especie de universalismo científico, por el cual si una cosa tiene la marca de la ciencia es considerada indiscutible. Es paradójico: en un mundo que no admite ningún absoluto, funciona el absoluto práctico del universalismo científico. Yo no niego la correlación entre cerebro y mente, donde la mente es la dimensión psíquica en sentido amplio; pero me niego a considerar la relación entre cerebro y mente en los términos de causa y efecto. La detección de los procesos cerebrales no es la explicación total del fenómeno mente. ¿Cuál es el factor que impide este achatamiento? La tradición lo llama alma. Hoy se ha convertido en un tabú. En cambio hace falta volver a hablar reconociendo que existe una dimensión del hombre que no es puro cerebro ni pura mente ni pura relación entre mente y cerebro sino un más allá, otro, el alma precisamente, conexa de manera estructural a mi cuerpo" (14).

En efecto cada uno de nosotros, sin ser científico, en una atenta observación de sí mismo en acción, descubre dos realidades diferentes irreducibles la una a la otra (cuerpo y alma) y que constituyen la unidad del sujeto; "intentar reducir la una a lo otra sería negar la evidencia de la experiencia que las presenta diversas" (15).

4. "Lo mismo que una torre en solitario campo tú estás solo, gigante, en medio de ella". El corazón infalible.

En la confusión que la cual vivimos con muchas manifestaciones de aquella, por decirlo con Hannah Arendt, "especie de rebelión [del hombre] contra la existencia humana como [le] ha sido dada, un regalo gratuito procedente de no sé dónde (hablando en términos profanos), que [el hombre] desea intercambiar, si es posible, con algo que él mismo haya hecho" (16) ninguno de nosotros puede sustraerse, sin perderse a sí mismo, a aquel empeño con la misma humanidad dentro de lo real, a reconocer en la experiencia aquellos factores, más aún aquel factor que está, que opera continuamente en nosotros como criterio original de juicio. También en este caso dirijámonos al descubrimiento de este factor tal como emerge en El pensamiento dominante del drama existencial de Leopardi, compartido por la genialidad de Giussani: "Dulcísimo, poderoso /Dominador de mi profunda mente; / Pensamiento que siempre ante mí tornas. / De tu natura arcana/ ¿Quién no habla? Su poder sobre nosotros / ¿Quién no siente? Mas siempre/ Que al decir sus efectos/
Las humanas lenguas el sentir propio excita,/Nuevo parece por lo que razona [también si de esta cosa siempre se habla, ella es siempre nueva]/¡Cuán solitaria mi mente/
Quedó desde el instante/En que tú la escogiste por morada!/Arrebatos como relámpago, de en torno/Los otros pensamientos míos/Todos se alejaron. Lo mismo que una torre/En solitario campo, /Tú estás solo, gigante, en medio de ella.//

Giussani comenta: "En esta contraposición, que se dilata en el tiempo, en la evolución del tiempo y de la obra humana, hay una cosa, hay un fenómeno, el fenómeno de una cosa, que es como incorruptible frente a la lucha de las contraposiciones, no logra ser resquebrajada, de ella hablan todos y es siempre nueva. Inmediatamente puede tomar ocasión de la mujer, la mujer querida, por tanto de cualquier cosa que se ame, más fuerte de lo usual: todo desaparece cuando uno fija los ojos en esta presencia" Pero "si el símbolo de tal fenómeno es la mujer, el fenómeno se dilata mucho más y es más grande que el motivo de este ser, que el tiempo barre como me barre a mí: este fenómeno, podemos decir, la sed de belleza, la sed de verdad, la sed de felicidad, es el corazón…el hombre percibe dentro de sí un destino a la felicidad, a la verdad, a la belleza, a la bondad, a la justicia. Todos juzgan con base en estas cosas, al menos –si bien superficialmente - un poco todos. Pero aquello que de hecho es más impresionante es que no se pueden quitar: en medio de la 'gran ruina', por usar la expresión dantesca, hay esta cosa que se yergue impetuosa, grandiosa: 'Potente dominador de mi profunda mente', ‘Arrebatos como relámpago, de en torno’; los otros pensamientos del hombre, frente a éste se diluyen"…Lo que es interesante no es la referencia típicamente femenil en la cual Leopardi veía y esperaba la respuesta a su sed de felicidad, sino que es la existencia de este fenómeno, el fenómeno de este factor, que el tiempo y los hechos no logran definir, reducir bajo su dominio, deshaciéndolo… Todos los hombres lo viven; si no vive este fenómeno, el hombre se resquebraja en aburrimiento, en anorexia; en la medida en que el hombre no vive, no se percata, no se nutre de esta excepción al naufragio universal, se aniquila…. (17)

El corazón. Giussani como ningún pensador contemporáneo, relee de modo nuevo y genial esta noción bíblica, que tradicionalmente indica la sed del ímpetu original de la persona, en una concepción potentemente unitaria que, salvando la centralidad del sujeto como criterio del juicio, tan querida por la sensibilidad moderna y contemporánea, destaca la objetividad, el dato estructural de estas exigencias y evidencias. Es un dato primordial, "experiencia elemental" que constituye el rostro del hombre en su confrontación con toda la realidad. Pues ella es el criterio de juicio que está dentro de nosotros, pero que nosotros no decidimos. Yo tengo dentro de mí el criterio para saber qué cosa realmente me corresponde de la realidad. ¿En qué consiste, pues, este corazón o "experiencia elemental"? Es "un complejo de exigencias y evidencias con las cuales el hombre es lanzado hacia la confrontación con todo lo que existe. La naturaleza lanza al hombre al parangón universal consigo mismo, con los otros, con las cosas, dotándolo - como instrumento de tal comparación universal – con un conjunto de evidencias y exigencias originales, tan originales que todo lo que el hombre dice o hace depende de ellas…Una madre esquimal, una madre de la Tierra del Fuego, una madre japonesa dan a la luz seres humanos que son reconocibles como tales, sea como connotaciones exteriores que como impronta interior. Así, cuando ellos digan ''yo” utilizarán esta palabra para indicar una multiplicidad de elementos consecuentes de muchas historias, tradiciones y circunstancias, pero indudablemente cuando dirán ''yo” usarán tal expresión también para indicar un rostro interior, un 'corazón', diría la Biblia, que es igual en cada uno de ellos, si bien traducido en modos muy diferentes" (18). Aquí están puestas las raíces para la superación de aquel exasperado subjetivismo, de aquella afirmación de sí hasta el infinito (anarquía) que representa la tentación más fascinante, "pero es tan fascinante como mentirosa. Y la fuerza de tal mentira está precisamente en su fascinación, que induce a olvidar que el hombre antes no existía y luego muere…Es mucho más grande y verdadero amar al infinito, es decir abrazar la realidad y al ser, antes que afirmarse a sí mismo frente a cualquier realidad. Porque en verdad el hombre se afirma verdaderamente a sí mismo sólo aceptando lo real, tanto es verdad que el hombre empieza a afirmarse a sí mismo cuando acepta existir: cuando acepta una realidad que no se ha dado por sí mismo" (19).

No me he dado por mí mismo, soy hecho; es ésta la primera evidencia que se despierta en el impacto con lo real (cfr. cap. X del Sentido Religioso). Es en el impacto con lo real que el corazón, esta compleja y sin embargo simple experiencia, se pone en marcha, inmediatamente. Ello emerge como "imponencia de los criterios con los cuales la razón se juzga a sí misma (autoconciencia)", como "los principios a los cuales ella se encomienda para ser y para existir. En cada experiencia individual, en la búsqueda de los criterios que juzgan la experiencia misma y con los cuales por la experiencia se puede juzgar el mundo, este emerger de los criterios últimos por la razón es inmediatamente sensible, es inmediato, es automático" (20).
Se puede afirmar que para Giussani el corazón se identifica con la razón, que es conciencia de la realidad en la totalidad de sus factores, en su sentido pleno. Es inteligencia, conocimiento afectivo, es la luz de la inteligencia que llega a ser golpeada, afectada. La razón se pone en acto, se realiza cuando es golpeada, no cuando se impone. "¿Por qué llamarlo corazón en lugar de razón? Porque el corazón es el lugar del affectus, pero el affectus no es antitético a la razón, es el aspecto último de la razón, de la dinámica razonable. Por el cual el corazón es la sede de aquellas evidencias y exigencias originales que proyectan al individuo hacia la realidad, tratando de registrar cómo es ella - darse cuenta, la autoconciencia - según la totalidad de sus factores…La razón percibe la realidad sostenida por la afectividad propia de un juicio de correspondencia entre la realidad y el corazón, las exigencias del corazón… Después entra en juego la espada de la libertad, que puede aceptar esto, (y la aceptación es amor, afirma el ser, dice tú), o no aceptarlo, (esto es la mentira, porque la lógica de este no aceptar es la nada)" (21).
El contenido de la experiencia es la realidad, pero la experiencia no es, como normalmente todos creen, el simple probar algo. Lo que se prueba se convierte en experiencia cuando es juzgado con los criterios del corazón: si es realmente verdadero, si es realmente bello, si es realmente bueno, si es realmente feliz.
"Toda experiencia implica la experiencia elemental, es decir toda experiencia es juzgada por algo que está en ella y que se llama experiencia elemental. Es la percepción inevitable de lo que el hombre busca en todas las cosas: para la satisfacción de sí (satisfacere): para ser completo" (22).
El hombre es educado por la experiencia, no por lo que prueba. Los criterios del corazón como criterios, son infalibles. Son infalibles como criterios, no como juicios, puede haber una infalibilidad mal aplicada, o no aplicada en absoluto, hasta incluso contradicha, como tantas veces cada uno de nosotros experimenta. Pero en cada circunstancia de la vida, en cada momento la realidad hace salir afuera los criterios del corazón, la exigencia última de ser realmente sí mismos. Basta un instante, un delicadísima, última posibilidad. Querría recordar a este propósito el acontecimiento, reportado por toda la prensa, de Richard Rudd, inglés de 43 años. Richard Rudd dijo siempre a la familia que si le ocurriese algo no querría estar mantenido con vida por una máquina. Pero se equivocaba. Después de haber quedado paralítico en octubre de 2009 en un accidente de motocicleta, el inglés de 43 años, conductor de autobús ha hecho todo lo posible por hacer entender a los médicos que no quería morir. Con una señal del ojo, por tres veces seguidas, ha dicho sí al médico que le preguntaba si quería vivir todavía. Y así ha sido. Hoy, pasados nueve meses de aquel momento crucial, Rudd permanece paralítico y necesitado de curaciones constantes, pero logra comunicarse con los parientes y las hijas, Charlott de 18 años y Bethan de 14: sonríe, mueve los ojos y la cabeza. Basta un instante, también en circunstancias extremas, dolorosas, complicadas, para que el corazón sea golpeado y despertado y manifieste potentemente su voz.

Demos un paso ulterior. Hemos dicho que la razón, conciencia de la realidad según la totalidad de sus factores, regenera continuamente y utiliza como criterio último que juzga la relación entre el hombre y la realidad que está experimentando, principios que están dentro de él, su corazón. Preguntémonos: ¿es realmente verdadero que esto es todo? Para responder retomemos el famoso ejemplo del despertador propuesto por Giussani: “Había pues sobre la mesa de su casa un despertador. Puesto que él era un niño muy emprendedor y activo, curioso, como el papá y la mamá se habían ido y estaba solamente la hermana menor, ha visto el despertador, ha mirado a su alrededor, ha tomado el despertador y lo ha desmontado todo. Los pedacitos que se podían contar eran 353. El despertador estaba hecho de 353, pero aquellos 353 factores él ya no era capaz de ponerlos juntos. ¿Por qué? Porque le falta la idea del despertador. Era un pequeño niño y no un relojero suizo…. La razón - que es la mente del niño - no es capaz de hacer el despertador…falta un factor, la idea del despertador…De tal modo la razón implica la afirmación de la existencia del misterio, entendiendo por misterio un factor presente en cada experiencia, que no pertenece a los factores experimentables, numerables, calculables, de la experiencia misma. La idea del despertador está más allá del nivel de los trozos. No es otro pedacito, es otro cosa" (23).

Sin la percepción y el reconocimiento del Misterio como factor de la realidad no hay experiencia, de cualquier cosa se trate. Lo real nos solicita a investigar algo distinto más allá de lo que nos aparece de manera inmediata, algo distinto que es el sentido último de lo que aparece. Es la dinámica del signo. Bloquear esta dinámica con la reacción inmediata, con la apariencia, como muchas veces ocurre, sería sofocar irracionalmente el ímpetu original con que el cual el corazón, provocado, se asoma sobre lo real.
Para aferrar esta dinámica nos es de ayuda todavía, la dramática experiencia de Leopardi, tal como Giussani la toma, en particular en el himno a Aspasia, que ha sido su flama más potente: "es como si él dijese: cómo eres de bella, como fuiste de bella, pero tu belleza no era responsable de sí misma: tu belleza era como la extrema voz de la expresión de un corazón que estaba debajo, escondido; o bien, era como el inicio de una perspectiva de la cual no se veía el final, más que tú, más allá de ti" (24).

Rayo divino pareció a mi mente, /Mujer, tu hermosura. Parecido efecto/Producen la belleza y acordes musicales, /Que alto misterio de ignorados Elíseos [Paradiso]/Parecen a menudo revelarnos. Contempla/así el llagado mortal [el hombre golpeado por esta violencia de amor] a la hija de su mente …

Giussani comenta: “No 'es' un rayo divino; rayo divino al pensamiento del hombre 'parece' su belleza. La belleza del rostro de la mujer es instrumento de algo diferente. Cuando el valor de una cosa está, se sitúa en otra, de la primera cosa se dice que es un signo. 'Contempla así el llagado mortal' aquella que es hija de su mente: es la fuerza de su corazón que embiste aquel rostro que lo atrae y lo golpea por su belleza, pero lo embiste creando una perspectiva, una perspectiva en ello que en sí mismo no tiene…es un signo, es una realidad que es signo, que vale en cuanto signo" (25).

5. "De ti ha dicho mi corazón: 'Buscad su rostro'; tu rostro Señor yo busco" (Sal 27). Cristo, la correspondencia imposible

El corazón, frente a la realidad como signo, es obligado a admitir la existencia de un incomprensible, de un inalcanzable, y por esto no deja de ser exigencia de poder conocer aquel incógnito. Hannah Arendt agudamente observa: "El corazón humano es la morada pero no la patria" (26). Pero cuánto más un hombre tiene el sentido del misterio, tanto más se siente pequeño frente a lo imposible. Pequeño frente a lo imposible y grande en el anhelo de poder entrar en relación con él. Es la grandeza de Leopardi, que se manifiesta en la cumbre de su expresión poética, en el himno A su mujer. En un cierto punto de su vida Leopardi intuyó, presintió que el signo celebrado en el himno de Aspasia había acontecido.

De mirarte viva/ ninguna esperanza me queda; / a no ser, a no ser que desnudo y solo /Por senda ignota, en peregrina estancia/Mi espíritu te vea…

"Por tanto, durante un tiempo de su vida – observa Giussani - Leopardi creyó poderla ver por la calle; después desesperó de poderla ver viva en este mundo y añadió: a menos que yo pueda verte en otro lugar, quién sabe dónde, pero en otro lugar. ¿Qué cosa ver? ¿Qué cosa creía poder ver viva por la calle? La belleza. No a Aspasia, no a una de las decenas de mujeres de quienes se había enamorado, sino la Mujer, con la M mayúscula, la Belleza con la B mayúscula…” (27). Cuando Gaetano Corti comentó en primero de teología la frase del Prólogo del Evangelio de San Juan “El Verbo se ha hecho carne" el presentimiento tenido por Giussani por la lectura del himno fue claro: "El Verbo se ha hecho carne quiere decir que la Belleza se ha hecho hombre, la Justicia se ha hecho hombre, la Bondad se ha hecho hombre, la Verdad se ha hecho hombre. ¿Quid est veritas? Vir qui adest' ¿Qué cosa es la verdad? Un hombre presente. Jesús fue profetizado por el genio de Leopardi mil ochocientos años después de su existencia" (28).

He aquí la última estrofa del himno A su dama: "Si tú de las ideas eternales/eres una, de aquellas que de formas sensibles/no vistió la eterna ciencia/ni entre caducos restos/Probar los afanes de funérea vida, /O si acaso en el cielo donde giras/Otra tierra te acoge entre sus giros, /y más bella que el sol próxima estrella/ Te alumbra, y más benigno éter aspiras,/Desde aquí, donde son los años infaustos y breves,/De ignoto amante este himno recibe".

Comenta Giussani "De ignoto amante este himno recibe'. Ignoto amante. El hombre desconocido amante de esta belleza encarnada, que si no está por las calles del mundo, estará en alguna parte, en alguna otra estrella del cielo, en algún mundo platónico. Ignoto amante: yo ignoto amante de Ti; Tú, Dios hecho carne, ignoto amante mio, ignorado por mí, no conocido por mí, no recordado por mí. Literalmente éste es el mensaje cristiano, como yo lo he conocido, como lo es objetivamente. Aquello que Leopardi expresa como suprema exigencia de poder ver y vivir la relación con la belleza hecha carne, ha acontecido hace dos mil años: Juan y Andrés representan a los primeros interlocutores sacudidos por el estupor de escuchar hablar aquel hombre. El genio de Leopardi se acerca, por lo tanto, al genio religioso de San Juan" (29).

Nunca el hombre habría podido imaginar una respuesta así al grito de su corazón: "De Ti ha dicho mi corazón: buscad su rostro, tu rostro, Señor, yo busco" (Sal 27). Respuesta tan imposible a imaginarse antes que ocurriera como acontecimiento histórico, cuanto supremamente conveniente en su manifestarse libre y totalmente gratuito. Para Juan y Andrés, para los primeros que lo siguieron "Jesucristo se revela como una presencia que corresponde de modo excepcional a los deseos más naturales del corazón y de la razón humanos. Él muestra la propia excepcionalidad porque es el hombre frente al cual el corazón humano advierte la correspondencia para la cual está hecho naturalmente, y que no prueba jamás, ni siquiera frente a las cosas más cautivadoras y bellas de su existencia - por lo menos por una sospecha de brevedad que oculta una tristeza última. Nadie es como Él, tienen que reconocer los suyos; para no creerle - dice san Pedro con la claridad de un ímpetu - no deberían creer ni en sus propios ojos. Tal evidencia excepcional no anula, sino más bien exalta la libertad humana: delante del 'ven y sígueme' repetido sin distinciones a pescadores, mafiosos, prostitutas, sabios y políticos, cada uno está llamado a 'desvelar los pensamientos' del propio corazón, a decidir si adherir a lo verdadero más que a la propia idea o al propio interés" (30).

Jesucristo no se sustituye al drama del corazón humano, sino que lo hace realmente posible, porque se revela como la única respuesta totalmente correspondiente a todas las exigencias constitutivas del corazón y, respondiéndolas, las despierta y las purifica continuamente. Por esto, hay una observación de capital importancia en la introducción de "El origen de la pretensión cristiana": "No sería posible darse cuenta de qué quiere decir Jesucristo si antes no se diera cuenta de la naturaleza de aquel dinamismo que hace del hombre un hombre. Cristo se pone de hecho como respuesta a lo que 'yo' soy, y sólo una toma de conciencia atenta y también tierna y apasionada de mí mismo puede abrirme y disponer a reconocer, a admirar a agradecer, a vivir a Cristo. Sin esta conciencia también aquello de Cristo se vuelve un puro nombre" (31).

En el encuentro con Cristo el yo experimenta una pasión por el propio destino, una ternura hacia la propia sed de felicidad impensable para cualquiera, que se condensan en aquella pregunta que ningún hombre le ha dirigido nunca a otro hombre: "¿Cuál ventaja tendrá el hombre si ganara todo el mundo y luego se pierde a sí mismo? O ¿qué podrá dar el hombre a cambio de sí?” (Mt 16,26; cfr. Mc 8,3ss.; Lc 9, 25s.). Es en la pertenencia a Él que el corazón del hombre que busca su Destino percibe la correspondencia última, de otro modo imposible: “Permaneced en mí y yo en vosotros, porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,4.6).

De manera realista, el hombre sin la ayuda gratuita de Cristo, no logra vivir mucho tiempo sin hacerse mal, sin ir gravemente contra sí mismo, aquel hombre que tiene en el corazón el estímulo del ideal, pero que también tiene dentro su realidad personal una fuerza contradictoria que trata de arrastrarlo. De esta fragilidad aprovecha siempre el poder, cualquier poder, con el que nosotros a menudo nos volvemos conniventes: "El poder hace dormir a todos, lo más posible. Su gran sistema, su gran método es adormecer, anestesiar, o mejor aún, atrofiar. ¿Atrofiar qué cosa? Atrofiar el corazón del hombre, las exigencias del hombre, los deseos, imponer una imagen de deseo o exigencia diversos de aquel ímpetu sin confín que tiene el corazón. Y así crece gente limitada, concluida, prisionera, ya medio cadáver, es decir impotente" (32). El hombre es uno pero dividido, huye de su corazón ("fugitivus cordis sui" dice Agustín), no usa, o usa mal, o parcialmente (por el pecado original) aquellos criterios que son infalibles. El corazón del hombre es tentado por el sueño, puede atrofiarse, reduciendo la amplitud infinita de sus deseos: "Las exigencias del corazón son exigencias de felicidad; sin la fe esta certeza de felicidad no puede ser razonable, pero adquiere la forma, una forma que le da el corazón mismo, tomando pretexto por alguna presencia que no es todavía la gran Presencia (el hombre para la mujer, el niño para la madre, el dinero para quien ama el dinero, el éxito político para quien hace política) y esto se llama sueño; el corazón del hombre es tentado por el sueño; en cambio el corazón del hombre está hecho para la felicidad. Si reconoce la gran Presencia, entiende que es de la gran Presencia que puede venir la razón de la certeza que sus deseos se realicen; por tanto pide la ayuda de la gran Presencia para alcanzarlos, tal como ella les ha dado forma eterna…, todas las circunstancias en las cuales el hombre vive son tentaciones de sueño o bien señales del ideal…El hombre descubre que el atractivo que todas las circunstancias tienen es algo provisional que reenvía al atractivo definitivo y último de la gran Presencia…. Por lo tanto el deseo, que representa la esencia de la esperanza, es que Cristo venga, que, también en las circunstancias provisorias, Cristo sea más alcanzado, Cristo sea más glorificado" (33).

6. "Quién cree en mí, hará las obras que yo hago y las hara mucho más grandes" (Jn 14, 12)

“Permaneced en mí y yo en vosotros" es la experiencia posible en la pertenencia, a través del Bautismo, a la compañía de la Iglesia, en la cual se manifiesta la contemporaneidad de Cristo, la única en grado de permitirnos estar delante de lo real como hombres. "Ser contemporáneos a Cristo es la única condición para que inicie realmente el conocimiento de Él como consistencia de todas las cosas (Col 1), como inicio de un pueblo nuevo (Gal 3), como criterio con el cual afrontar la totalidad de la experiencia (catolicidad), y como origen de posición cultural, de un punto de vista que permite valorar todo y retener lo que vale (1Ts 5)" (34).

La compañía cristiana es el lugar en el cual la experiencia de aquella novedad de vida, de otro modo imposible en otro lugar, inicia a manifestarse en el tiempo como alborada, no como día pleno, la realidad de la promesa hecha por Cristo a los suyos, que corresponde a la grandeza de la espera de nuestro corazón: "Quien cree en mí, realizará las obras que yo hago y aún mayores" (Jn 14,12). No se trata ciertamente de la promesa de un éxito mundano, de grandiosidad de resultados, de una hegemonía alcanzable, sobre todo en estos tiempos dramáticos en los cuales la Iglesia, herida por los límites y los pecados de sus miembros, es hostigada con una insistencia que hace particularmente actual la cruda pregunta de Eliot en los coros de "La Roca": "¿Por qué los hombres deberían amar la Iglesia?" … "Si el altar tiene que ser derribado hace falta primero construir el altar"

La obra más grande a la cual se refiere Cristo es, en todo tiempo, en toda cultura, en toda coyuntura histórica, el cambio, el renacimiento del yo en el encuentro con Cristo y su libre pertenencia a Él, que embiste "el modo mismo de mirar, de percibir, de juzgar, de sentir, de manipular, de tratar la realidad (personal, social, cultural, política)" (35). El mismo Cristo insiste en su promesa. "No hay ninguno que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mi causa y por causa del Evangelio, que no reciba ya en el presente cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, junto a persecuciones y en el futuro la vida eterna" (Mc 10, 29s.).
os cristianos con el don del Espíritu en el Bautismo conscientemente vivido en una compañía eclesial viva, tienen la posibilidad de empezar a experimentar la realidad de modo nuevo, rico en verdad, cargado de amor: "Y es precisamente la realidad cotidiana que se transforma, es el tiempo presente aquel en el que se recibe 'de más', son las señales normales de la existencia humana los que son cambiados: el amor entre un hombre y una mujer, la amistad entre los hombres, la tensión por la investigación, el tiempo del estudio, del trabajo" (36). Son las señales normales de la existencia humana a través de las cuales nosotros caminamos al Destino, sin censurar y renegar nada, sin dejarnos aprisionar por la belleza de las cosas transitorias, como recuerda un Prefacio de la Liturgia ambrosiana, recordado por Giussani en el último libro de los Equipes de los universitarios, que será presentado el último día del Meeting: "Dios fuerte y bueno concediéndonos los bienes que pasan, Tú nos empujas a la posesión de la felicidad que permanece…y mientras concedes los consuelos de la vida presente ya prometes las glorias futuras, para que nos sea dado desde ahora saborear una existencia perenne y la belleza de las cosas transitorias no nos aprisionen" (Prefacio V lunes de la Cuaresma).

Esta mirada nueva, que surge de una iniciativa generadora de acciones y hechos de una humanidad diversos, es la contribución fundamental del cristiano al mundo, más bien, como recientemente Benedicto XVI ha afirmado "la contribución de los cristianos sólo es decisiva si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y trasformación" (37).

Una mirada que está cargada de ardor y de pasión por Cristo, para la cual la vida, en cualquier circunstancia, en cualquier acción es dominada por el deseo vehemente que Él se manifieste, según la bellísima exhortación de Pablo a los Corintios: "El amor de Cristo nos urge, el pensamiento que uno ha muerto por todos y por lo tanto todos han muerto. Y él ha muerto por todos, para que los que vivan, no vivan más para sí mismos, sino para Aquel que ha muerto y resucitado por todos" (2Cor 5, 14s). Cada acción, cada fatiga, cada sacrificio, si son vividos en la conmoción por el hecho que Él primero ha dado y da la vida por nosotros, se convierte en reconocimiento que la consistencia de todo es Él y grito que Él se manifieste más (se llama oferta), participa conscientemente en el designio de salvación del mundo en Cristo. Así cada acción, también el gesto más humilde y escondido, puede tener un valor y una dignidad cósmica: desde lavar los platos al conducir la Iglesia, desde cuidar a un niño, hasta sufrir en una cama de hospital, o gobernar un País. "El punto de fuerza del cristianismo – es una frase de nuestro gran amigo padre Men’, sacerdote ortodoxo, y que el 9 de septiembre se cumple el vigésimo aniversario de su martirio – consiste justo en no negar nada, sino en la afirmación, en la amplitud, en la plenitud del horizonte que afirma todo."

Dejadme concluir leyendo una carta escrita en el 1993 por un gran amigo, muerto hace dos años, Andrea Aziani, Memor Domini, a un compañero suyo de aventura en Perú, con ocasión de una vacación de universitarios. Ella testimonia la grandeza del corazón humano totalmente aferrado por Cristo y del amor por los hermanos y la posibilidad de generación de vida nueva que emana de esta afección:

"Querido Dado, un inmenso abrazo y un afectuoso recuerdo. ¿Cómo puedo no decirte que me haces falta? Quizás no me creas, pero el hecho es que a un cierto punto uno descubre que somos realmente necesarios (permítame la palabra) los unos para los otros. Pero, en realidad, lo que es necesario es nuestra compañía o, mejor, nuestra compañía vocacional. ¿Para quién? Para nosotros mismos, para los amigos, para los enemigos, para el mundo. Estoy seguro que en este 'baño misionero' de estos días emerja, crezca, potente y gozosa en ti - por lo tanto en todo nosotros - la conciencia, la certeza de aquello que es Cristo en nosotros y para nosotros. O quam ambilis es bone Jesu. Oía en el retiro de Adviento a Don Giussani patear al comentar estos versículos. Buen trabajo para esta última etapa. Qué la unidad entre vosotros y entre todos vosotros y el movimiento sea el leitmotiv, el sujeto capaz de hacer posible y perceptible el Acontecimiento. ¡Que alguien se enamore de lo que nos ha enamorado a nosotros! Pero por esto, para que sea así, nosotros tenemos que quemar, literalmente arder de pasión por el hombre, para que Cristo lo alcance. “El fuego ha de arder” ¿Te acuerdas de Santa Catalina? Gracias por tu espléndida, humilde y generosa presencia y amistad fraterna."

A todos vosotros y a mí deseo este ardor, pidámoslo cada día.

MARCO BONA CASTELLOTTI:

Estoy tan poseído por estas últimas palabras que también yo, de algún modo, quiero retomar este ardor, modestísimamente, pero con un comentario muy preciso que nace de la conferencia de don Stefano Alberto, la cual nos ha hecho entender que la palabra "corazón" no es solo una palabra, ante todo, es una realidad constitutiva de la persona, con todas las condiciones que se necesitan para que eso ocurra.

Entonces quiero recordar aquella paradójica y funámbula tontería de aquel genio de Nietzsche - muy a menudo los genios dicen un montón de tonterías - que ensalza a la hora del gran desprecio… Concibiendo el corazón así, ¡para nada es la hora del gran desprecio! ¡La vida se convierte en el momento eterno del amor al ser!

Notas

1 O. MILOSZ, Miguel Manara
2 A. CAMUS, Calígula
3 L. GIUSSANI Los jóvenes y el ideal: el desafío de la realidad, p.34
4 Ibi, 24
5 Pensieri, LXVIII
6 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale. Scritti sull’educazione (a cura di J. CARRON)…, 141
7 N. SAPEGNO, Disegno storico della letteratura italiana,…, 649.
8 In: G. PARRAVICINI, Marija Judina, Più della musica, Edizioni La Casa di Matriona, Milano 2010, 3s.
9 D. HUME, Trattato sulla natura umana, libro I, sez II, par.3
10 F. NIETZSCHE, Così parlò Zarathustra
11 Cfr. J. CARRÓN, Dalla fede il metodo, Esercizi 2009, …, 13ss.
12 Cfr. R. SPAEMANN, Natura e ragione. Saggi di antropologia, 22ss.
13 R. DAWKINS, Il gene egoista, Milano 1995; cit in R. SPAEMANN, ibi.
14 A. SCOLA-A. CAZZULLO, La vita buona, Edizioni Messaggero, Padova 2009, 54s.
15 L. GIUSSANI, El sentido religioso, …, 66
16 H. ARENDT, Vita activa. La condizione umana, Bompiani, Milano 1966, 2
17 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale, .., 145-147
18 L. GIUSSANI, El sentido religioso, …, 24
19 Ibi, 26
20 L. GIUSSANI, Si può veramente vivere così, …, 80
21 L. GIUSSANI, L’autocoscienza del cosmo, …, 83 e 184s.
22 L. GIUSSANI, Si può veramente vivere così, …, 81
23 L. GIUSSANI, Si può veramente vivere così,…, 84s.
24 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale, …, 149
25 ibi
26 H. ARENDT, Quaderni e diari, Neri Pozza 2007, 53
27 L. GIUSSANI, Vivere intensamente il reale, …, 153s.
28 Ibi, 154
29 Ibi
30 L. GIUSSANI, El rostro del hombre, 16-17
31 L. GIUSSANI, Los orígenes de la pretensión cristiana.., 9
32 L. GIUSSANI, L’io rinasce in un incontro, …, 174.
33 L. GIUSSANI, Se puede vivir así, 145-146.
34 L. GIUSSANI, El rostro del hombre, 18-19
35 J. CARRÓN, Può un uomo nascere quando è vecchio?, Esercizi 2010, …, 25
36 L. GIUSSANI, L’itinerario della fede, .., 415
37 Alla XXIV Assemblea Plenaria del PCPL, 21 maggio 2010

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